BUENOS PROPÓSITOS
Domingo 5.—La medalla dada a Precusa ha despertado en mí un remordimiento. Yo todavía no he ganado ninguna; de algún tiempo a esta parte no estudio; estoy descontento de mí; el maestro, mi padre y mi madre también lo están. No siento el placer que sentía cuando trabajaba de buena voluntad y abandonando la mesa corría a mis juegos lleno de alegría, como si no hubiera jugado en un mes entero; ni siquiera me siento a la mesa con los míos con el gusto que antes; me persigue una sombra en el ánimo, una voz interior que me dice continuamente: “Esto no marcha, esto no marcha”. Cuando por la noche veo atravesar la plaza tantos muchachos en medio de los grupos de operarios que vuelven de su trabajo, alegres a pesar del cansancio, que apresuran su paso impacientes por llegar a comer cuanto antes a su casa, hablando fuerte, riendo y golpeándose las espaldas con las manos ennegrecidas por el carbón o blanqueadas por la cal, y pienso que han estado trabajando desde el rayar del alba hasta aquella hora; y con aquellos tantos otros, aun más pequeños, que han pasado todo el día, bien sobre los tejados, bien delante de los hornos, bien en medio de las máquinas o dentro del agua o bajo tierra, sin comer más que un pedazo de pan, no puedo menos que avergonzarme, yo que en todo este tiempo no he hecho otra cosa que emborronar de mala gana cuatro malas páginas. ¡Ah, sí! ¡Estoy descontento, descontento! Bien veo que mi padre está de mal humor y quisiera decírmelo; pero le apena y espera todavía. “¡Querido padre mío! ¡Tú, que trabajas tanto! Todo es tuyo; todo lo que en casa me rodea, todo lo que me abriga y me alimenta, todo lo que me instruye y me divierte, todo es fruto de tu trabajo; todo te ha costado preocupaciones, privaciones, disgustos, esfuerzos; ¡y no me esfuerzo yo!”. ¡Ah, no! ¡Esto es demasiado injusto y me hace mucho daño! Quiero comenzar desde hoy; quiero empezar a estudiar como Estardo, con los puños y los dientes apretados; quiero ponerme a ello con toda la fuerza de mi voluntad y de mi alma; quiero vencer el sueño por la noche, saltar de la cama muy temprano, golpearme el cerebro sin descanso y fustigar sin piedad la pereza, fatigarme, sufrir y hasta enfermar, con tal de no arrastrar esta vida floja y abandonada que me envilece y llena de tristeza a los demás. ¡Ánimo, al trabajo! ¡Al trabajo, con toda mi alma y con todas mis fuerzas! ¡Al trabajo, que me dará el reposo dulce, los juegos placenteros, el comer alegre! ¡Al trabajo, que me traerá de nuevo, la bondadosa sonrisa de mi maestro y el bendito beso de mi padre!