EL TREN.
Viernes 10.—Precusa vino ayer a casa con Garrón. Yo creo que aun cuando hubieran sido hijos de príncipes no habrían sido acogidos con más jovialidad. Era la primera vez que venía Garrón, porque, sobre ser un poco huraño, se avergüenza de que lo vean, porque es muy grande y todavía cursa el tercer año. Todos salimos a abrir la puerta cuando llamaron. Crosi no vino, porque al fin había llegado su padre de América, después de seis años de ausencia. Mi madre besó inmediatamente a Precusa, y mi padre le presentó a Garrón, diciendo: “Aquí tienes: éste no solamente es un buen muchacho; es todo un hombre y un caballero”. Garrón bajó su gran cabeza rapada, sonriendo a escondidas conmigo. Precusa llevaba la medalla y estaba contento, porque su padre ha reanudado el trabajo y han pasado cinco días sin que beba; quiere que esté siempre a su lado en el taller, y parece enteramente otro. Nos pusimos a jugar; saqué todos mis trebejos, y Precusa quedó encantado a la vista del tren, que anda solo cuando se le da cuerda a la máquina; jamás lo había visto, y devoraba con sus ojos los vagoncillos amarillos y encarnados. Le di la llave para que jugase a su sabor, se arrodilló y no volvió a levantar más la cabeza. Nunca le había visto tan contento. Siempre nos decía: “Dispénsame, dispénsame”, apartando nuestras manos si intentábamos detener la máquina; cogía y colocaba con toda clase de miramientos los vagoncillos, como si fueran de vidrio, temía empañarlos con el aliento, los limpiaba por arriba y por abajo, y se veía una sonrisa incesante en sus labios. Todos nosotros le mirábamos; no quitábamos ojo de aquel cuello como un hilo, de aquellas orejitas que yo había visto un día echar sangre, de aquel chaquetón con las bocamangas vueltas, por donde salían los dos bracitos de enfermo que tantas veces se habían levantado para defender la cara de los golpes. ¡Oh! En aquel momento hubiera arrojado a sus pies todos mis juguetes y todos mis libros, hubiera arrancado de mi boca el último pedazo de pan para dárselo, me habría desnudado para que se vistiera, me hubiera arrodillado para besarle las manos. Por lo menos—pensé—quisiera darle el tren; era preciso, sin embargo, pedir permiso a mi padre. En aquel momento sentí que me ponían un papelito en la mano; miré: estaba escrito con lápiz por mi padre y decía: A Precusa le gusta tu tren. Él no tiene juguetes. ¿No te dice nada tu corazón? Cogí súbitamente la máquina y los vagones, hice que pusiera las manos, y se lo entregué todo diciendo: “Tómalo, es tuyo”. Se me quedó mirando sin comprender. “Es tuyo—dije—; te lo regalo”. Entonces dirigió sus ojos hacia mi padre y mi madre, todavía más admirado, y me preguntó: “Pero ¿por qué?”. Mi padre le contestó: “Te lo regala Enrique porque es amigo tuyo, porque te quiere... para celebrar tu medalla”. Precusa preguntó tímidamente: “Y ¿lo he de llevar conmigo... a mi casa?”. “¡Pues claro!”, respondieron todos. Todavía estaba en la puerta y no se atrevía a marcharse. ¡Era feliz! Pedía perdón, y su boca temblaba y reía juntamente. Garrón le ayudó a envolver el tren en un pañuelo, y al inclinarse sonaron los mendrugos de pan que llenaban sus bolsillos. “Un día—me dijo Precusa—vendrás al taller a ver como trabaja mi padre. Te daré unos clavos”. Mi madre puso un ramito en el ojal de la chaqueta a Garrón para que se lo diera a su madre en su nombre. Garrón, con su vozarrón, contestó: “Gracias”, sin levantar la cabeza del pecho, pero revelando espléndidamente en sus ojos su alma buena y noble.