ESCENA II
Casta, luego Susana
Susana.—(Desde fuera.) ¿Se puede?
Casta.—Adelante.
S.—¿Cómo?... ¿Estás sola?
C.—Sí.
S.—¡Yo que no me atrevía á entrar, temiendo hallarte!...
C.—¿Dónde?
S.—En brazos del esposo.
C.—No me hables de Mariano.
S.—¿Está en casa?
C.—No.
S.—¡Me alegro! ¿Cuándo vendrá?
C.—Ni el diablo lo sabe. Mañana... pasado... ¡Ni me importa!...
S.—Mejor. Entonces...
C.—¿Qué?
S.—Vente conmigo.
C.—¡Chiquilla!
S.—Vente.
C.—¿Dónde?
C.—¡A la Bombilla! (Horrorizada.)
S.—Sí.
C.—¿Solas?
S.—¡Quiá!
C.—¿Con quién?
S.—Con mi amigo; ya le conoces... Federico...
C.—¿Estás loca?
S.—Sí, loca; loca y borracha, ¡pero no de vino, sino de alegría, de ilusión, de juventud!...
C.—¿Y tu marido?
S.—En Puente-Viesco, desde ayer, curándose el reúma. Vamos, ¿qué piensas?... Federico aguarda en la esquina.
C.—Imposible, no voy.
S.—¿Por qué? ¿Quién iba á enterarse?
C.—(Pensativa y dudosa.) Nadie...
S.—Entonces....
O.—Dudo, tengo miedo.
S.—¿A quién?
C.—No sé.
S.—¿No estás vestida?
C.—Sí.
S.—Pues, necia... sígueme. ¿A qué esperas?
C.—Sin embargo...
S.—¿Qué?
C.—¡Bonito papel representaría yo en vuestro dúo de amor!
S.—¡Psch!... Regular... (Ríe.)
C.—Si yo tuviese...
S.—¿Un amigo?
C.—Eso es...
S.—¡Naturalmente; un amigo! ¡Lo que tantas veces te aconsejé que debes procurarte!... Porque, mira: con los hombres debe hacerse lo que con los trajes: hay uno nuevo, para salir de día, ir al teatro, exhibirse en público... este es el marido. El amante es el traje modesto conque salimos de noche, por calles solitarias... ó al campo, para tendernos libremente sobre la hierba..!
C.—(pensativa.) ¡Si Ricardito supiera!...
S.—(con gran interés.) Oye, á propósito: ¿qué hay de eso?
C.—Nada nuevo.
S.—¿Te escribe?
C.—Todos los días... y me sigue... y no me deja á sol ni á sombra.
S.-¿Y tú?
C.—Desdeñándole.
S.—¿Y tu marido?
C.—Como los maridos de Bocaccio: en la higuera.
S.—¡Pobre Ricardo!
C.—Si leyeses su última carta...
S.—(Con alegría.) ¡A ver, á ver!...
C.—(Sacando un papel del seno.) Lee; me llama su cielo...
S.—(leyendo, pero sin coger la carta.) Y... su vida... Y te pide una cita...
C.—Sí.
S.—¡Pobrecillo!
C.—Mira, cómo se despide: «Te beso en los labios...»
S.—(Leyendo.) «En la nuca...»
C.—(Leyendo.) «Donde tú quieras..»
S.—¡Excelente muchacho!
C.—¿Te parece?
S.—Yo le protegeré.
Pausa. Las dos interlocutores meditan.
S.—Conque, ¿vienes?
C.—No me atrevo.
C.—No, no soy cobarde... pero, reconoce que la caída de las mujeres depende, más que del deseo...
S.—Sí, de la ocasión.
C.—Tú lo digiste.
S.—Del cuarto de hora...
C.—Y esa ocasión, ese cuarto de hora, faltan... faltando Ricardo.
S.—(Resignándose.) Bien; entonces, adiós, no quiero perder más tiempo.
C.—(Besándola.) Adiós, que seas muy feliz.
S.—Lo seré; no lo dudes.
C.—Yo en cambio...
S.—Encerrada y sola... y condenada á marido perpetuo. Adiós, feísima, adiós... (Váse: Casta la acompaña. La escena queda un instante sola.)