II
Eran las doce cuando llegó a su casa. Doña Emilia le examinó inquieta. ¿De dónde venía tan colorado?...
—Media hora hace —exclamó— que don Gregorio y don Cándido están aguardándote. Hoy almuerzan con nosotros.
Don Higinio entró en el comedor, donde fue ovacionado. Antes de que pudiera trasponer la puerta, Anselmo, Carmen y Joaquinito le detuvieron, aferrándose a sus rodillas. El boticario le abrazó cordialmente, con una efusión sencilla reveladora de una leal amistad. El médico también arremetió a él, mostrándole victorioso un papel azul.
—Aquí está el telegrama que mi Lucía y yo esperábamos; ya nuestra felicidad es indiscutible. ¡Cincuenta mil pesetas para cada uno de nosotros, Perea de mi alma!... ¡Somos ricos!...
Y a don Gregorio Hernández, a pesar de su corpachón de jayán y aquella voz terrible con que aturdía a sus enfermos, se le aguaron los ojos. El benemérito don Higinio se sintió oprimido, aplastado, sobre el pechazo del médico como contra un muro. Al fondo, en la penumbra suave del comedor, los rostros de su cuñada, de doña Lucía y de doña Benita, componían una especie de coro sonriente y acogedor. Al fin, pudo desasirse, respirar libremente.
—¿Cuándo cobramos?
—En seguida —replicó Hernández—; hoy mismo o mañana. Como la cantidad es importante, necesitaremos ir a Ciudad Real.
Acababan de servir la sopa y todos se sentaron a la mesa. Don Higinio ocupó la presidencia, teniendo a su derecha a doña Lucía y a doña Benita a su izquierda. Los muchachos, bajo la vigilancia indulgente y regañona de Teresita, invadían la cabecera opuesta. Doña Emilia, que no quitaba ojo de su marido, preguntó:
—¿No les parece a ustedes que está muy colorado?...
Todas las miradas claváronse en Perea, quien, de súbito, por obra de un fenómeno nervioso reflejo, se sintió enrojecer. Don Cándido declaró que le hallaba como siempre; pero doña Emilia, maternal y vehemente, levantose para examinarle los pulsos.
—Tiene la cabeza muy caliente; ¿será calentura?...
Teresa y doña Benita se habían quedado serias; pensaban lo mismo; raras son las grandes alegrías que no van seguidas de algún grave dolor, y si don Higinio muriese... Doña Emilia quiso ponerle un termómetro. Tanta solicitud irritó a Perea. No padecía de nada, estaba bien, mejor que nunca...
—Es que he estado bebiendo aguardiente con Cenén, y la bebida me hace daño.
—Naturalmente —exclamó don Gregorio—; una pequeña sofocación sin importancia, que desaparecerá apenas los primeros alimentos bajen al estómago. Vaya, Emilia, no sea usted aprensiva; siéntese usted.
Ancho, alto, recio como un púgil clásico, el médico era un comedor formidable y regocijado que, sin cesar de alabar cuantos platos le ponían delante, mascaba a dos carrillos; trituraba los huesos de pollo y dejaba la huella grasienta de sus labios en el cristal de su copa de vino. En sus manos, terribles y oscuras, cualquiera cuchara parecía pequeña. Los huesos que doña Lucía colocaba intactos al borde de su plato don Gregorio los miraba con avidez salvaje.
—¿Pero dejas esto? —exclamaba.
Concluía por chuparlos glotonamente, y luego los rompía como si fuesen galleta; el fragor de sus mandíbulas de gigante sorprendía a los niños y les daba risa. Cuando comía se cegaba, se transfiguraba; respiraba ordinariez...
«Es un hombre, decía Cenén, que lleva el cerebro en la barriga».
El almuerzo fue largo y tuvo alegre y bulliciosa sobremesa. Mientras los muchachos se llenaban los bolsillos de pasas, los adultos discutían el empleo de su nueva fortuna. Los hombres razonaban juiciosamente; don Gregorio pensaba mercar un perro y pedir a Éibar una escopeta: estas serían las únicas frivolidades que adquiriese; el resto del capital lo invertiría íntegro en tierras y aperos de labranza.
—Desciendo de agricultores —agregó— y adoro el campo; ¡ojalá no me hubiesen enviado a la Universidad nunca! Ya lo verán ustedes; yo, más que un médico metido a labrador, soy un labrador metido a médico.
El boticario y don Higinio asentían. ¡Nada de fábricas ni de negocios expuestos a huelgas y a competencias suicidas! Dinero empleado en tierras es salvo: la tierra es la fuente de todo, la verdad suprema, la madre que nunca engaña al hombre. Perea, por su parte, deseaba adquirir a orillas del Guadamil la hacienda denominada Los Cipreses, lugar muy a propósito para instalar un molino.
En cambio, las mujeres, más pintorescas, más imaginativas, anhelaban algo superfluo, pero bonito, raro, que orease sus espíritus con una ráfaga de novela: un viaje, por ejemplo... ¿Pero era posible que sus maridos quisieran reducir a tierra un dinero tan frívolo, tan riente como el de la lotería?...
Doña Emilia exclamó, golpeando en un plato con la cucharilla del café:
—¡Un viaje sería lo mejor!... Un viaje de un mes; nos iríamos los cuatro. ¿Digo bien, Lucía?...
Los circunstantes permanecieron callados, y la mujer de Hernández hizo con sus labios, enrojecidos por la digestión, un mohín de desagrado. ¡Un viaje! ¿Y adónde y para qué? ¿A pasar trabajos?... Lo que no hubiese en Serranillas, respecto a comodidades, señorío y buen trato, no había que buscarlo en parte ninguna. Años atrás ella y su marido fueron a Ciudad Real a comprar un aparato ortopédico para el hijo del notario Arribas, que se había roto una pierna, y a poco mueren de sed: en ninguna parte hallaban agua fresca. Y en un viaje más largo, a Madrid, verbigracia, era absurdo pensar; Gregorio no podía dejar a sus enfermos tanto tiempo...
Este rio a carcajadas y descargó sobre los débiles omoplatos del boticario un vigoroso puñetazo.
—No les puedo dejar libres mucho tiempo porque se curarían todos. ¡Yo no debo cerrarle la botica a don Cándido!
Teresa y doña Benita, acariciadas un instante por la idea de viajar, miraban ahora con horror la posibilidad de moverse de Serranillas: los negocios no se abandonan así; cerrar una casa cuesta mucho trabajo; la humedad de las habitaciones deshabitadas es fatal para los muebles, y la polilla hace estragos en las ropas que no se remueven y solean. Además, ¿quién iba a cuidar de las gallinas y de las flores? Un viaje del que nadie sabe cuándo volverá, porque no se tiene la salud comprada, puede ser la ruina de una hacienda.
Doña Emilia, sin embargo, no renunciaba totalmente a su idea. Primero pensó salir del pueblo: fue una curiosidad noble, una atracción de cosas lontanas, nunca vistas; seguidamente aquel impulso artista se desdibujó y avillanó bajo una simulación práctica. Ella había oído decir que en el extranjero las ropas son tan baratas que lo mucho que en ellas se economiza equivale holgadamente a los gastos de viaje. Ahora que el invierno estaba cercano, doña Emilia pensó en un abrigo de pieles: uno de esos magníficos sobretodos de pantera o de marta, donde las grandes heteras parisinas se arrebujan, semidesnudas, para que las retrate Reutlinger. Fue un deslumbramiento: viose en la iglesia, asistiendo los domingos a misa mayor, pasando con la solemnidad de una imagen ante sus amigas humilladas; y luego, por la tarde, en el andén, esperando la llegada del correo de Madrid, que se detiene en Serranillas dos minutos...
Encarose con don Higinio, y de sopetón, como quien tira a quemarropa:
—Tú —dijo— debías ir a París a comprarme un abrigo.
El saludable semblante de Perea adquirió la alelada expresión del que sueña.
—¿Yo?... ¿Yo solo a París?...
—¿Y qué?... Total, con seis o siete mil pesetas realizas la excursión, te distraes, descansas un poco, que bien lo necesitas, y me regalas un abrigo como yo te diga. ¿Quieres?...
Don Higinio sonreía; la sorpresa del primer momento había declinado; ahora estaba alegre, suspenso, trémulo de emoción ante aquel camino que la suerte acababa de tender generosa bajo sus pies, como una alfombra de hechicería y aventura. Para disimular la pueril algazara de sus sentimientos, juzgó oportuno oponer objeciones:
—Como yo no sé francés...
—¡Bah!... Llevando buenos billetes de Banco en el bolsillo —arguyó don Gregorio— crea usted que para comprar no precisa conocer el idioma del que vende. Además, en esos grandes hoteles extranjeros siempre habrá intérpretes que le acompañen a usted a todas partes.
Y tras una pausa:
—Yo, en el pellejo de usted, sin esa cadena que me tienen echada al pie mis enfermos, tomaba el tren mañana mismo.
Don Higinio no respondió; parecía dudar y sus ojos miraban al mantel, mientras sus dedos amasaban nerviosamente una miguita de pan. En su ánimo, ingenuo y poltrón, Tartufo insinuaba su perfil hipócrita: deseaba que le rogasen, que le empujasen hacia aquel lance, mojado en mieles dulcísimas de zozobra; quería gozar de la aventura sin asumir probables responsabilidades. Era algo quintaesenciado, refinadamente voluptuoso y femenino, como aquel embustero ademán de sacrificio que, para salvar su recato, las mujeres dan siempre a sus favores.
El boticario insinuó:
—Si fuese usted a París me haría un altísimo favor trayéndome un tratado de Química vegetal que necesito. No recuerdo ahora el nombre del autor...
Las pieles con que doña Emilia pensaba engalanarse suscitaron en doña Lucía y en la esposa de don Cándido ambiciones paralelas.
—Si va usted a París —exclamó doña Lucía—, no le pido más que una cosa: un corsé del Louvre; yo le daré las medidas.
—¡Qué ocurrencia! Mejor es un reloj —interrumpió doña Benita.
—O una sortija —agregó Teresa.
—Tengo sortijas y relojes, Emilia lo sabe: dos relojes que no sirven para nada, porque no andan. ¡Ah! Prefiero el corsé: un corsé recto, elegante, de color malva; un verdadero corsé francés...
Don Higinio intentó defenderse. Él era un temperamento metódico, casero, que quizás no pudiera alterar sus viejas costumbres; echaría de menos su hogar, sus zapatillas, sus trebejos de pesca, sus duelos al dominó, el aliño y sazón que Vicenta daba a los guisos; ¡todo, en fin!... Por añadidura tenía faenas agrícolas que debía dirigir personalmente: siembras, riegos, podas, rotura de tierras...
Hernández le atajó.
—¡Nada, no es cierto, no, señor! ¡Pretextos!... El campo, como la pesca, es para usted un deporte.
A las voces estentóreas de don Gregorio se aunaron las demás. Doña Emilia, su hermana, doña Lucía y doña Benita, rodearon a don Higinio que permanecía sentado, dándole en la cabeza y el cogote amistosos golpecitos.
—¡Sí, señor; tiene usted que marcharse!... ¡Hombre más roñoso!... Y todo por no obsequiarnos...
—¡Si yo estuviese en su pellejo! —repetía don Gregorio.
Los niños gritaban también, estimulados por el ejemplo de las mujeres: desde el quicio de las puertas la servidumbre asistía sonriente a la escena. Perea creyó llegada la ocasión de ceder.
—En fin —exclamó—, como ustedes quieran; yo no tengo voluntad...
Y en seguida, cual si lo que le proponían fuese madurando en su ánimo y ganándole:
—Verdaderamente siempre he tenido grandísimos deseos de conocer París, y miren ustedes por qué casualidad ahora...
Un muchacho que vino a buscar a don Gregorio para un alumbramiento desenlazó la sobremesa. El médico y el boticario se marcharon juntos; a poco doña Lucía y doña Benita se fueron también, y don Higinio, descalzo y libre de la opresora tiranía del cuello y de los tirantes, pudo dormir, según su costumbre, una horita de siesta. Despertó a las seis. Inmediatamente, con una diligencia nerviosa, nueva en él, se vistió y salió a la calle. Pepe Fernández, director de El Faro, bisemanario, defensor de los intereses de Serranillas, acudió a saludarle.
—Hablo de usted —dijo— en el próximo número de mi periódico y anuncio su viaje a París.
Don Higinio se ruborizó; aquella inesperada popularidad, aquella exhibición constante, le quemaban las mejillas. Cuando llegó al Casino todos los jugadores de dominó se pusieron de pie para aplaudirle, y Julio Cenén tocó al piano los primeros acordes de la Marcha Real. A pesar de la infantil sencillez de tal agasajo, don Higinio avanzó descubierto y conmovido, agitando sobre su cabeza cuadrada su sombrero color café.
—¡Gracias, señores, gracias!...
El portero del Casino, que caminaba tras él, le abordó con una reserva que Perea halló misteriosa.
—Don Gregorio necesita verle a usted; él volverá en seguida; no vaya usted a marcharse...
A las siete apareció el médico. Su corpachón macizo y su rostro broncíneo, cubierto de espesas barbazas y sombreado por un fieltro de alas crecidísimas, erguíanse prepotentes sobre la multitud de parroquianos instalados alrededor de las mesas. Don Higinio hízole señas acogedoras.
—¿Qué hay? ¿Tenía usted algo que anunciarme?
—Que mañana temprano, en el tren de las siete, nos vamos los dos a Ciudad Real a cobrar «lo nuestro».
Perea tardó en responder; su haronía se rebelaba contra aquel propósito de acción.
—¿Y no sería mejor escribir diciendo que lo enviasen?
—¡No, hombre! ¿Pero le cuesta a usted trabajo recibir dinero? Nosotros salimos para Ciudad Real en el tren de las siete; luego almorzaremos donde yo disponga... ¡Ya sabe usted que a mi lado nadie se muere de hambre!... Pasamos un gran día, y a las nueve y media o diez de la noche estaremos de regreso. ¿Conformes?...
Don Higinio cedió; no había modo de esquivarse.
—Entonces —dijo Hernández— hasta mañana. Ahora me voy porque están aguardándome. Mañana a las seis y media espéreme usted en su casa, vestido; yo iré a recogerle.
Aquella noche, tendido en su amplio lecho matrimonial a la izquierda de su mujer, que no podía dormir, don Higinio batalló inútilmente por conciliar el sueño. Su ánimo pusilánime, abandonado siempre a la inercia cobarde de la costumbre, hallábase desarraigado y como precipitado en un torbellino. La Fortuna invadía su vida, desarticulándola. Horas nada más transcurrieron desde que le notificaron su ventura, y parecíale que hubiese pasado mucho tiempo: el sobresalto de aquella mañana, las copas de aguardiente bebidas con Cenén, su almuerzo en compañía de don Gregorio y de don Cándido, la afectuosa ovación que le tributaron en el Casino, la perspectiva del viaje que a la mañana siguiente debía emprender... todo, atropelladamente, se barajaba en su memoria. ¿Cómo podían caber tantos proyectos, tanto trajín, tantas emociones, en el abreviado espacio de un día?... Y terminado aquel paseo a Ciudad Real, los cuidados, los preparativos, los encargos de su excursión a París, la metrópoli inmensa donde ningún vecino de Serranillas, que él supiese, había estado.
Al fin, la carne tarda y poltrona se sobrepuso al imaginativo y despabilado espíritu de don Higinio, cuyos párpados comenzaron a cerrarse; bajo las gasas sutiles del sueño, su inquietud se aletargaba dulcemente. De pronto, el temor de que pudiesen robarle en Ciudad Real, le estremeció; los ladrones no duermen. Dio un codazo a doña Emilia que ya roncaba:
—Mañana —ordenó— recuérdame que lleve el revólver...
Por dicha, estos prudentes resquemores fueron inútiles. Perea y don Gregorio llegaron a la capital, desayunaron con chocolate y picatostes en el café de la estación, cobraron sus veinte mil duros en hermosos billetes de quinientas y de mil pesetas, almorzaron opíparamente en una taberna, cuya dueña, rolliza y deseable todavía a pesar de los años, fue muy amiga del médico cuando este era estudiante, y, por no dilatar más su ausencia, regresaron a Serranillas en el mixto de las siete y cuarenta. Cargados iban de juguetes: pelotas, cornetas, soldados de plomo, un ferrocarril mecánico, una linterna mágica, un teatro guignol... Y con todo dieron en casa de don Higinio, donde doña Lucía, rodeada de sus cuatro hijos, doña Emilia con los suyos, Teresa, doña Benita y don Cándido, les esperaban. La ovación que la infancia tributó a los expedicionarios fue atronadora; Perea se quedó sordo; hubo momentos en que el techo del comedor, con su magnífica lámpara de bronce, pareció resquebrajarse y venir abajo.
Desde el día siguiente, y fortalecido por su mujer y su cuñada, emprendió don Higinio los prolegómenos de su éxodo. Su primer cuidado fue marcar para su partida una fecha. Con gravedad que disimulaba cierto vago temorcillo interior, había dicho:
—Me iré el sábado...
Y apenas lo declaró cuando lo supo y repitió el vecindario.
«Perea se marcha el sábado...».
Hacia ese día, llamado a ser memoratísimo en la historia de Serranillas, todo se disponía y enderezaba. Antolín recibió órdenes apremiantes de confeccionar dos trajes, un «completo» negro, de americana, y otro de chaquet, color gris. También juzgó prudente don Higinio reforzar el número de sus camisas y encargó media docena a Manolita, la mujer de Pepe Martín, que las aderezaba muy bien. Los calzoncillos se los hacían en casa, no por bajuna tacañería ni ridículo prurito de ahorro, sino porque Teresita sabía cortarlos y disponerlos a maravilla: eran unos calzoncillos, «antiguo régimen», con pretinas bordadas en colores y cintas para sujetar y afirmar las perneras sobre los calcetines. Doña Emilia, en el exiguo vacar que sus quehaceres domésticos la permitían, le repasaba las camisetas y los pañuelos, y como su marido jamás supo anudarse la corbata, pidió al bazar de ropas del señor Feliciano varios lazos hechos. Don Higinio, por su parte, no estaba ocioso: había comprado dos sombreros; un hongo, que debía «rimar» con el traje de chaquet, y otro blando, color perla, para ponérselo con su «completo» de americana. También mercó un baúl: un legítimo cofre lugareño de recia tablazón, blindado de hojalata amarilla y con cantoneras azules de metal, que vacío pesaba los treinta kilos de equipaje que las Compañías ferroviarias otorgan a cada viajero.
Aquel baúl, abierto siempre en medio del dormitorio de don Higinio, parecía una boca. Con la preocupación de cuanto habían de meter en él, nadie se acordaba de cerrarlo, y su tapa erecta tenía la elocuencia de una amenaza. Acarreados por Teresita y doña Emilia, los calcetines de hilo de Escocia «para vestir», y los de lana para el reúma; las camisetas rusas, densas, blandas, capaces de resistir los fríos polares; los calzoncillos de abigarradas pretinas, la media docena de camisas que Manolita había traído, los pañuelos... todo iba desapareciendo en la panza insaciable del cofre. La flamante ola blanca crecía. En la mañana del jueves, dos días antes del señalado para la partida, se vio que el baúl era pequeño y fue necesario cambiarlo por otro mayor.
Entretanto llovían sobre Perea recomendaciones y encargos: hubiera podido llenar un cuaderno de solicitudes. Todos sus amigos querían algo de París: para don Gregorio, una escopeta; para doña Lucía un corsé del Louvre; para doña Emilia, un abrigo de pieles. Teresa deseaba un reloj; doña Benita, un sombrero; don Cándido, un tratado de Química vegetal y algún pisapapeles o cachivache artístico con que adornar su mesa de trabajo; Julio Cenén le pidió una pitillera con algún desnudo en esmalte que ruborizase a las muchachas; el cura, don Tomás, quería unos espejuelos; el notario, don Jerónimo Arribas, una pianola; don Justo, el dueño de la fonda, una motocicleta. Hubo quien le encargó un juego de ajedrez...
Cansado de no hallar en el Casino un momento de tregua, don Higinio hacia frecuentes escapatorias al campo. Allí respiraba. Iba despacio, mirando a todos lados detenidamente, cual si en vísperas de emprender un viaje que estimaba larguísimo quisiera despedirse con los ojos de aquellos paisajes familiares, y si saludaba a alguien deslizaba en su reverencia una suave melancolía de «adiós». Bajo su grasa, los pruritos aventureros de su niñez se desentumecían cautelosos. Antaño su alma quimerista se fue muchas noches de fiesta, mientras su pobre cuerpo, aburrido y esclavo, quedaba en casa; pero ahora iba a ser él, tanto o más que ella, quien saliese a rondar. ¡Aquel premio, aquella fuga a París!... ¿Qué lances el Destino le tendría reservados? Hasta sentía miedo; se acordaba de la pantera dantesca:
Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura
ché la diritta vía era smarrita...
En sus últimas batallas al dominó la suerte le fue adversa; estaba ausente, no llevaba cuenta de las fichas jugadas y siempre perdía; para no comprometer su fama de campeón, tuvo que retirarse. Una mañana salió a pescar y volvió con las manos vacías; si algún pececillo mordisqueó la carnaza, él no lo advirtió; pensaba en el Sena.
Ya tarde, al tramontar del sol, iba a la estación, como si el sitio de donde en breve había de marcharse le atrajera. El mozo de andén Juan Pantaleón, a quien por su bordonera juventud de juglar don Higinio dedicó siempre disimulado cariño y aprecio, le daba palique.
—¿Conque el sábado, don Higinio?
—El sábado.
—¿Por mucho tiempo?
—¡Psch!... ¡Allá veremos!...
Y esta posibilidad de dilatar su ausencia o de acortarla, de ir o volver según su gusto y albedrío, de hallarse horro, siquiera fuese efímeramente, de lazos sentimentales y de sociales miramientos, de ser «él», por fin, causábale en el diafragma un frío estremecimiento de histeria. Muy apesarado, los ojos en el suelo, Juan Pantaleón suspiraba:
—¡Quién pudiera irse con usted!
Era un payo cuarentón, de talla vulgar, metido en carnes, con el lleno y rasurado semblante canonjil sombreado por una boina vasca. Su empaque cándido interesaba; era lento, redondo, suave, y corregía su rusticidad la nostalgia inteligente de sus ojos apaciguados. Al caminar balanceándose sobre sus piernas un poco abiertas, los flecos de la manta con que de noche se abrigaba los hombros, barrían el andén.
Juan Pantaleón tenía su historia, y en ella una desilusión y una lágrima: una historia humilde, a la vez cómica y triste, como un cuento de Daudet.
De pequeño cantaba en las iglesias; su voz dulce, vibrante, de tenor, llenando desde las alturas del coro la oquedad armoniosa del templo, distraía la devoción rezadora de las mujeres; las más jóvenes levantaban la cabeza para mirar... Y Juan Pantaleón, que apenas escribía su nombre, quiso cambiar la iglesia por el teatro, ser artista. El tábano de la codicia le picó cruelmente; fue un derramamiento alborozado de orgullo que, a no exteriorizarse, le hubiera enloquecido. No sabía música, pero su memoria auditiva era excelente: tonadilla que oía repetíala inmediatamente sin vacilaciones, y fiado en esto emprendió la lucha. La farándula cascabelera le llevó consigo muy lejos, de pueblo en pueblo, sobre las carreteras polvorientas de la Mancha y de la vieja Castilla; a veces de meritorio, otras con un jornal miserable.
Pero Juan Pantaleón era dichoso: las piruetas del vivir errante, la existencia de bastidores, la alegría de los afeites, el prestigio versallesco de las pelucas blancas, la policromía grotesca de los trajes que se endosaba para salir en el coro, distraían su impaciencia ambiciosa. Transcurrieron varios años y siempre igual: comiendo malamente hoy, ayunando mañana, y, entretanto, la desaprensiva juventud que se va, el corazón que se enfría y depone su optimismo, los pies que olvidan el regocijo de caminar... Hasta que Juan Pantaleón perdió definitivamente aquel funesto hilillo de voz que a tan descabelladas andanzas le había llevado, y sintiendo por primera vez el imperio aplastante de la realidad, sus pobres ojos vertieron llanto amarguísimo sobre la esperanza muerta. Tespis le despedía de su carreta: ya nunca iría a Madrid, Eldorado de su alma ingenua; jamás los periódicos hablarían de él. Roto, afónico, sin oficio, regresó a Serranillas, su pueblo, donde los caritativos oficios del alcalde y de don Tomás Murillo, el cura, lograron emplearle en la estación. Catorce pesetas semanales tenía de jornal.
Allí le conoció don Higinio. No obstante su derrota y el total hundimiento de su pasado, Juan Pantaleón mostrábase contento. El trabajo era corto, las responsabilidades de su cargo, poco graves; bastante más comprometido veíase el guardagujas que custodiaba la boca del túnel. Mientras él podía leer periódicos y vivir sobre el andén, cerca de aquellos trenes que, viniendo de muy lejos, tenían para su imaginación andariega una elocuencia poderosa. En esos expresos de lujo que ora están en Lisboa, ora en Berlín, viajan los artistas que un tiempo fueron «sus hermanos»: los músicos célebres, los tenores millonarios, bellos y famosos, las grandes divas de renombre mundial...
Por lo mismo, Juan Pantaleón no siempre arrojaba al viento de igual modo el nombre de su pueblo:
—¡Serranillas... dos minutos!...
Si el convoy que salía de las tinieblas del túnel era un mercancías, el antiguo artista apenas se molestaba en lanzar su pregón. ¿Para qué? En los mixtos las personas adineradas y distinguidas no viajan, y él, Juan Pantaleón, no se incomodaba por la muchedumbre de tercera clase. El trabajador, el campesino, los «sin patria», a quienes importase el nombre de aquella estación, podían preguntarlo. En cambio, cuando el tren era un rápido, uno de esos grandes expresos internacionales que llevan y traen a los reyes del dinero y del arte, Juan Pantaleón no decía el nombre de Serranillas, sino que lo cantaba, alargándolo, modulándolo amorosamente, cual deslizando una lágrima de su alma triste entre aquellas cuatro sílabas melódicas y amadas:
—¡Serraniiiillas... dos minutos!...
La i estirada, interminable, que alternativamente bajaba o subía con raros acrobatismos musicales, era algo lancinante, muy personal, muy hondo, que nadie comprendía. En el frío silencio nocturno, ante la impasibilidad de los vagones herméticos, oscuros, impenetrables como ataúdes tras el misterio de sus cortinillas corridas, Juan Pantaleón lanzaba al espacio su grito de costumbre:
—¡Serraniiiillas... dos minutos!...
En el empleado de hoy florecía el artista de ayer. Entonces cantaba para los inteligentes, o solo, tal vez, para sí mismo, cual evocando tiempos pretéritos y mejores: era una especie de arrullo interior, de coquetería, de placer narcisista:
—¡Serraniiiillas... dos minutos!...
Lo decía varias veces y siempre con el mismo brioso ahinco; los mozos de la estación admiraban su voz ilusionada y dulce, y él lo sabía; aquel andén era su tribuna, su escenario; aquellos viajeros invisibles constituían su público. Juan Pantaleón pensaba:
«Ahora me oyen; quizás mi voz les impresione y sorprenda; acaso se lleven su timbre en la memoria...».
Si por casualidad algún viajero, hombre o mujer, se asomaba a una ventanilla y distraía los ojos en él, Juan Pantaleón se turbaba, enrojecía, bajaba los párpados... ¡Estaban mirándole!... ¿Por qué?... ¡Si fuese Anselmi! ¡Si fuese la De Lerma... o la Storchio!...
Hasta que el tren seguía, dejando el andén en silencio y en sombras: era su teatro que se cerraba, su público que se iba...
Secretamente, a pesar de su crédito, de su nombre y del amor a sus hijos, don Higinio envidiaba a Juan Pantaleón. El antiguo siervo de la farándula había viajado, pasado riesgos, tenido amoríos en encrucijadas y mesones; Juan Pantaleón, con sus días de ayuno y sus noches sin techo, llevaba a su espalda una linda historia de juglar. Como anduvo fuera de Serranillas muchos años podía referir lances ignorados de todos o inventarlos, refugiándose en el misterio de la distancia, para allí, con abundante espacio y gusto, bordar una mentira. ¡Él, en cambio, que una vez solo, cuando fue a graduarse Bachiller en Ciudad Real, perdió de vista la torre de la iglesia donde le bautizaron!... ¿Qué llegaría a contar que sus conterráneos no supiesen de memoria?... Por eso ahora, que la suerte le empujaba al extranjero, la compañía de aquel hombre que había corrido mundo producíale el efecto animador de un buen consejo.
Juan Pantaleón, que todo sabía explicarlo con sugestivo aplomo, le informaba de la fiebre de velocidad que tienen las comidas servidas en las estaciones; de su emoción al trasponer la frontera y sentir que repentinamente todas las personas hablaban otro idioma; de la alegría que sazona los almuerzos en las mesitas ambulantes de los dining-car; del extraordinario lujo y comodidades de los coches-dormitorio, donde el amor suele ofrecer a los hombres que viajan solos la sonrisa de una aventura...
El viernes, por la tarde, don Higinio también estuvo en la estación; le gustaba la casa, con su techumbre puntiaguda sombreada por un grupo de eucaliptos; la melancolía de los vagones olvidados sobre las vías de descarga; el andén pequeño, asfaltado, limpio, donde el ir y venir de los trenes parecía dejar estremecimientos de cosmopolitismo. Al marcharse, Juan Pantaleón le abordó:
—¿Así que, mañana, don Higinio?
—Sí, hombre, todo llega, mañana. ¿A qué hora pasa el rápido?
—A las nueve y cuarenta y cinco de la noche. ¡Quién pudiera irse en él!
Fue una lágrima disuelta en una exclamación. Sin poder contenerse, atropellando distancias y categorías, Juan Pantaleón dio su mano callosa a don Higinio. Ante el alborozado sobresalto del viaje, sus almas se acercaron, fraternizaron; era «un compañero». Don Higinio, que nunca le había dicho «adiós» a nadie, salió de la estación conmovido. Iba alegre, aunque su ufanía disimulaba una tristeza; su emoción recordábale historias de políticos desterrados que él antaño leyó; ahora, que se expatriaba, comprendía el dolor de aquellos hombres al pasar la frontera.
Perea comió poco, no tenía apetito, la inquietud llenaba su estómago como un manjar fuerte. Inútilmente procuraba mantener la conversación; su espíritu no estaba allí; entre bocado y bocado o de un plato a otro, quedábase suspenso, la rubia empanadilla de escabeche o el trozo de pollo clavados en la punta del tenedor. Doña Emilia, que le avizoraba atenta y se imponía a él con ese ascendiente que las voluntades activas ejercen siempre sobre las mollares, indecisas o perezosas, se lo reprochó. ¿En qué diablos estaba cavilando?...
—¡Nunca —exclamó— has hecho tantas bolitas de pan!
Por la noche, ya acostados, la esposa sufrió la angustia de la separación que iba acercándose, y su pena tuvo acentos de simplicidad infantil. El alma de la mujer es exagerada y primitiva; los tonos medios de la pasión se dan en ella confusamente; cuando no es niña, es madre.
—Te cuidarás mucho, Higinio —decía—, te cuidarás mucho, ¿verdad?
—Sí, mujer.
—Te abrigarás bien y no te asomarás a las ventanillas del vagón, ni te apearás en ninguna estación hasta que el tren esté quietecito...
—No, mujer.
—Y en cuanto llegues a París me telegrafías; y si te enfermas, ¡no lo permita Dios!, me lo escribes para que yo vaya a cuidarte.
Acariciándose el bigote, los ojos muy despabilados bajo la tiniebla del dormitorio, don Higinio repetía, distraído:
—Sí, mujer...
Tras un silencio, lleno de supersticiones, doña Emilia agregó:
—Estoy arrepentida de ser la iniciadora de este viaje; a Teresa se lo decía; en el cuarto de costura ha estado volando toda la tarde un moscardón negro...
Don Higinio se estremeció; en esas agorerías, como en todo, puede haber algo cierto. ¿Le amenazaría un peligro?... Callado, heroico, volviose hacia su mujer y la abrazó estrechamente; su erudición le permitió acordarse de Héctor despidiéndose de Andrómaca. Era aquella la última noche que pasaba a su lado...
—Por si no volviese a verla... —pensó.
La mañana siguiente fue agitadísima; en los rostros el insomnio había dejado huellas de palidez; doña Emilia amaneció con un ojo hinchado; al salir de su cuarto vio a Teresita y las dos hermanas cuchichearon; ninguna había podido dormir.
A las nueve se levantó don Higinio, y casi al mismo tiempo llegó el sastre, con los trajes. El pobre Antolín estaba lívido, lacio y desbaratado, como un difunto.
—Aún no me he acostado —declaró.
Ante el espejo del armario y en presencia de su mujer, de su cuñada y de los niños, don Higinio se endosó los dos trajes: el de americana estaba bien, pero el chaquet le hacía sobre la espalda una arruga oblicua y el pantalón le apretaba el vientre. Antolín aseguró que aquello no era nada, señaló con tiza las indispensables correcciones y llevose las prendas, prometiendo traerlas a media tarde.
Después de almorzar y ya un poco reanimado por los optimismos de la comida, concluyó Perea de arreglar su equipaje. Dentro del baúl colosal, cubierto de hojalata y bruñido y resplandeciente como una armadura, la ropa interior, pulcramente doblada y planchada, componía una especie de bloque macizo y lapidario: ni un intersticio quedó vacío; los calcetines y los pañuelos, sagazmente distribuidos rellenaban los huecos. Los cuellos y puños y los trajes fueron colocados arriba, en la bandeja, para evitar que se arrugasen. Los sombreros ocuparon una gran caja de cartón, blanca y cilíndrica, cuya tapa en caracteres dorados, decía: «Modas de París, Ciudad Real». El paraguas y todos los bastones, menos uno de estoque que el expedicionario quiso llevar a mano por lo malo que pudiera sucederle, iban en el portamantas. Los enseres de tocador, toallas, cepillos, frascos de esencias, navajas de afeitar, y el botiquín, con su botellita de alcohol, su papel aglutinante para heridas y sus puñaditos de té, hierbabuena y manzanilla, distribuidos en sacos, llenaron un maletín.
Perea no quería llevar merienda. ¿Para qué, si en todos los rápidos, según Juan Pantaleón le había dicho, hay coche-comedor? Pero su mujer le atajó con una suposición irrebatible:
—¿Y si a media noche tuvieses ganas de comer?...
El caso, efectivamente, podía ocurrir, y don Higinio se dejó convencer. La tarde la pasó en su despacho revolviendo papeles; luego, cuando ya no veía, metódico siempre y con una tristeza de despedida, fue dando cuerda a todos los relojes de la casa.
La hora de cenar Teresita y su hermana la adelantaron un poco, temerosas de que alguien fuese a interrumpirles; querían estar solas, libres, en la deliciosa independencia del aislamiento. Doña Emilia tenía los ojos anegados en llanto; no podía olvidar que aquella noche era «la última», y, a cada momento, por encima de los platos, dejaba una caricia en las manos del esposo. A los postres llegaban cuando se presentaron don Gregorio y doña Lucía, seguidos de su prole, y tras ellos el boticario y doña Benita. No habían querido ir antes por no molestar.
—¿Vienen ustedes a la estación? —preguntó Perea.
—¿Lo duda usted? —gritó el médico—, allí estaremos todos; según dicen, va «medio Casino» a despedirle a usted. ¡No faltará ni el cura!... ¿Ha leído usted El Faro de hoy?... Fernández le dedica a usted una crónica.
Ruborizado el viajero bajó los párpados. Sus amigos eran muy buenos. ¿Por qué se molestaban así? Él, francamente, no merecía tanto...
Acababan de beber el café cuando llamaron a la puerta don Jerónimo Arribas y Julio Cenén, a quienes don Higinio se apresuró a obsequiar con cigarros habanos y licores.
—¿Cómo andan esos ánimos? —interrogó el notario.
—Bien, muy bien.
—¡Naturalmente! ¡Todos le envidiamos a usted!...
Era pequeño y panzudo y tenía esa respiración anhelante de los obesos que sugiere deseos de abrir las ventanas. Siempre llevaba sueltos tres o cuatro botones del chaleco, y como al sentarse sus piernecillas le quedaban colgando, gustaba de enlazarlas a su bastón que ponía a modo de puente entre el suelo y el borde delantero de la silla.
—Yo solo le encargo, querido Perea —dijo Cenén—, la pitillera que usted sabe...
—Y yo —agregó Arribas—, que no eche usted en saco roto mi pianola.
Hubo un rato de discreteo ameno y picante. A don Gregorio le había intrigado la admonición del secretario del Ayuntamiento, y empezó a zaherirle.
—Ya tenemos en danza a Cenén, cada día con la cabeza más chiquita y los pantalones más cortos. ¿Qué pitillera es esa?...
El secretario, efectivamente, era como Hernández decía, y su cabecita aguda y calva, sus ojos ratoniles y su rostro pálido, terminado por una barba cortada en punta, carecían de majestad. Pero, en cambio, tenía la réplica fácil y virulenta y sabia molestar. Reprochó al médico su manera de comer, su gordura, la arruga horizontal que todos sus trajes le formaban en la espalda, el tamaño de sus pies de ogro, tan grandes que con el cuero de sus botas podría esterarse una habitación.
—De sus fuerzas —agregó— no digo nada: yo, cuando le saludo en la calle, le doy la mano cerrada. De su elegancia tampoco hablemos; un día le vi de frac en el Casino y me dieron ganas de comer; parecía un mozo; solo le faltaba la servilleta al brazo; su frac me produjo el efecto de un aperitivo...
Picado don Gregorio quiso responder: él no sería elegante, pero sí trabajador, lo que tratándose de hombres casados es lo principal.
—¿Usted comprende que si no fuese así, yo, por ejemplo, que muchas veces me acuesto a las cinco de la mañana, a las ocho esté otra vez en la calle?
El ingenio de Cenén, que de socaliñas y venenosos apotegmas tenía siempre y a propósito de todo gran cosecha, halló en seguida una respuesta mortificante: se acordó de que Hernández no era muy limpio.
—Sí, ya lo sabemos —dijo—, efectivamente..., hay cosas que se huelen, pero no se explican...
Todos reían y la conversación iba a agriarse. Afortunadamente, una criada anunció desde la puerta a los hombres que habían de llevar el equipaje.
Los circunstantes se levantaron. Don Gregorio dio dos fragorosas palmadas, remedo de aquellas con que, siendo estudiante, los bedeles anunciaban la entrada en clase. Eran las nueve.
—El tren llega a las diez menos quince —dijo el médico—; pero debemos ir acercándonos a la estación. Necesitamos facturar y cuarenta y cinco minutos pasan en seguida.
Prevaleció su consejo. En un santiamén Teresita y doña Emilia acabaron de pergeñarse. La esposa de Perea estaba inconsolable; tenía la nariz y los párpados enrojecidos, y con su incesante llorar no podía empolvarse bien. Teresita secreteó con su cuñado:
—Las muchachas y el jardinero quieren ir a despedirte, ¿les das permiso?...
Magnánimo, ligeramente desdeñoso, don Higinio accedió. ¿A qué venía tal pregunta? ¡Que fuesen! ¿Cuándo contrarió ni oprimió él a nadie?...
Uno de los mozos cargadores echose a cuestas los sesenta y tantos kilos que pesaba el baúl; el otro recogió la sombrerera, el portamantas, el maletín y la merienda envuelta en un número de El Faro. Inmediatamente, todos, ordenados de dos en fondo, salieron a la calle. El tiempo era hermoso: una noche otoñal apacible, tibia y lunada; acribillaban magníficamente las estrellas el soberbio terciopelo celeste; dormía la brisa entre los árboles, que erguían su misterio verde sobre la blancura de los bardales, y a lo largo de la calle ancha y desierta, el caserío de planta baja, con sus fachadas enjalbegadas lindamente y los quicios de puertas y ventanas pintados de ocre o de azul, dibujaban una perspectiva simpática. El viajero recontó su acompañamiento: rodeando a los hombres portadores del equipaje iban sus hijos y los del médico; la infancia componía la vanguardia. Seguíanles Teresa y doña Benita, luego él y su mujer, después don Gregorio y doña Lucía, que ocupaban con la amplitud de sus lomos toda la acera; tras ellos Julio Cenén y don Cándido, luego el notario, y, finalmente, el ama de llaves, Vicenta la cocinera, el jardinero y las dos azafatas que componían la servidumbre de don Higinio. Muchas persianas, esas persianas brujas desde las cuales las mujeres lugareñas todo lo ven, se entreabrían discretamente con disimulo de atisbo y misterio, al paso de la pequeña comitiva. Al cruzar la plaza incorporose a ella don Tomás Murillo. Saludáronle todos sin detenerse y prosiguieron caminando un poco azorados, pareciéndoles haber oído en el silencio religioso de la noche y allá muy lejos el silbido de un tren. Las pisadas resonaron más fuertes. Delante, balanceándose animador sobre los hombros del tagarote que lo llevaba, el baúl de don Higinio, con su blindaje de hojalata bruñida, rebrillando bajo la palidez lunar, parecía un lábaro.
Cuando llegaron a la estación aún había poca gente; pero los amigos de aquel «medio Casino», de que don Gregorio Hernández había hablado, no tardaron en ir apareciendo. Les veían pasar en grupitos de cuatro y cinco individuos por detrás de la empalizada azul y blanca que aislaba el andén, y don Higinio les reconocía por la voz.
—Me parece que ahí viene don Pedro... Creo que esa tos es la de don Cesáreo...
Los que habían acompañado a Perea desde su casa rodeaban a doña Emilia y Teresita formando una guardia de honor. Aquella situación, un poco aparte, les enorgullecía: eran los buenos, los íntimos, los que «se hacían cargo» del trance doloroso por que la familia del expedicionario benemérito estaba pasando. Don Higinio andaba turulato de un lado a otro, repartiendo apretones de manos, oyendo y diciendo frases cuyo significado, en el cómico rebullicio de sus ideas, no comprendía bien. Y a todos sus amigos les decía lo mismo:
—¡Pero, hombre!... ¿Por qué se ha molestado usted en venir?... ¡No valía la pena!...
Las personas que acudieron a festejar con un saludo la marcha de Perea llegaban a doscientas. Nunca, excepción hecha del día en que todo el vecindario se reunió allí para vitorear al Rey, fue el modesto andén de Serranillas teatro de una manifestación igual. Entre los grupos, Juan Pantaleón, embozado en su manta, un farol en la mano, paseaba su emoción: una inquietud agridulce de antiguo trotatierras; él no era egoísta, ya que no podía moverse de allí, complacíale que se fuesen los demás.
Sobre las dos esferas del reloj saledizo que decoraba la fachada de la estación, las manecillas negras avanzaban inexorables. Doña Emilia tuvo frío, miedo, y acercándose a su marido que charlaba con Gutiérrez, el jefe de Correos, le oprimió un brazo. ¿Por qué en el transcurso de aquel día no le habría besado más veces?...
—¡Qué pocos minutos nos quedan de estar juntos! —murmuró.
Al grupo formado por las familias de don Gregorio y de don Cándido, los chiquillos y los servidores de Perea traían noticias diversas, todas nerviosas, interesantes, que calofriaban la piel.
—Ya han facturado el baúl... El tren sale en este momento de la estación inmediata... Ahora dicen que pasa el puente...
Los enseres que el viajero llevaba consigo habían sido colocados al borde del andén, junto a la vía. De pronto la muchedumbre, sacudida por esos presentimientos raros del alma colectiva, osciló, se arremolinó. Iba a llegar el tren. Juan Pantaleón avanzaba separando al público:
—Señores, háganme el favor de retirarse; échense atrás; el andén ha de estar libre...
Se oyó una trepidación: algo hondo, arcano, como un sacudimiento telúrico; lejos, en la negrura inmensa, brilló una luz. El rápido. Vibró un silbido agudísimo y sobre la chimenea de la locomotora que acababa de dibujarse ondeó en graciosas espirales una blanca columna de humo. Pasó la máquina jadeante, enorme, cubierta de vapor, irradiando un calor de infierno, y casi al mismo tiempo, de súbito, tras un estridente atabaleo de frenos, el convoy se detuvo. Del fragor de la llegada al silencio de los vagones inmóviles, agarrotados, apenas hubo transición. Nadie se asomó a las ventanillas cerradas, oscuras; sin duda todos los viajeros iban durmiendo. Y fue entonces, en aquellos instantes de absoluta calma, cuando Juan Pantaleón, nervioso, emocionado y artista como nunca, cantó por tres veces, con su voz de tenor, el nombre de su pueblo. Miraba a don Higinio:
—¡Serraniiiillas... dos minutos!...
A Perea, conmovido y ridículo, los ojos se le llenaron de lágrimas. Abrazó a su mujer, a su cuñada, a los niños; se deslizó de los brazos del médico para caer en los del farmacéutico, en los del notario, en los del cura...
Sonó una campana; no había momento que perder. ¡Pronto, arriba!... Empujado, aupado por todos y como en volandas, don Higinio subió a un vagón. Por la ventanilla le entregaron el portamantas, la sombrerera, el maletín, el paquete de la merienda... todo a escape, casi a golpes. Aún pudo estrechar varias manos, no sabía de quién...
Alguien gritó:
—¡Viva don Higinio Perea!
—¡Viva! —repitió la multitud.
Y don Gregorio:
—¡Viva el conquistador de París!
—¡Viva! —contestó el coro.
El tren rodaba ya. Los circunstantes despedían al viajero sacudiendo sus sombreros en alto. Inmóvil en la ventanilla, don Higinio agitaba un pañuelo; aquel pañuelo blanco lo vieron todos flamear largo rato; luego, como luz que se extingue, desapareció....
La leyenda empezaba.