III

Cuatro días después, a las siete de la mañana, don Higinio pasaba el Bidasoa. Siempre modesto, iba en segunda clase. Acodado sobre una ventanilla, el audaz manchego observaba con ojos de curiosidad y avidez los nuevos aspectos que la realidad le ofrecía. De Irún a Hendaya, a pesar de su vecindad física, ¡qué pasmosa distancia moral!... El paisaje no había cambiado, y, sin embargo, el idioma, los trajes, hasta los tipos, modificados de súbito por la proverbial amabilidad francesa, eran distintos. ¿Debía creerse que una montaña, un riachuelo o un túnel alejasen tanto a unos hombres de otros?... Más que la indumentaria de los gendarmes, admiraba Perea la urbana diligencia y corrección de los mozos de andén. ¿Cómo, individuos que ganaban su vida cargando baúles, podían hallarse tan bien educados?

Cuando arrancó el tren, don Higinio, aunque no tenía sueño, tendiose cómodamente sobre uno de los asientos, feliz de hallarse solo; su portamantas, su sombrerera, su maletín y el bastón de estoque que llevaba aparte, ocupaban una de las redecillas destinadas a equipajes. La idea de que por momentos la distancia que le separaba de Serranillas iba agrandándose, le hinchaba de orgullo. Ninguno de sus conterráneos se había atrevido a ir tan lejos.

—¡Cuánto hablarán de mí! —pensaba.

En la estación de San Juan de Luz subieron a su departamento un matrimonio francés y un caballero de barba rubia y cuadrada. Don Higinio inmediatamente se incorporó y fue a sentarse junto a una ventanilla, de espaldas a la máquina, para mejor resguardarse del viento y del polvo. El señor de la hermosa barba rútila ocupó cerca de la ventanilla contraria idéntica posición. El matrimonio instalose también en aquel asiento, y de modo que ella quedó a la derecha de don Higinio. Era una mujercita de mediana estatura, ni delgada ni gruesa, vestida de gris; representaba veinte años, pero la expresión y travesura de sus ojos azules declaraban muchos más. Llevaba los cabellos cortos y rizados lindamente, y en la alegría del semblante, rosado y saludable, se abría la tentación de una boca preciosa: una de esas boquirritas recogidas, carnosas, bermejas como fresas, absurdas de puro correctas y bien concluidas, con que ríen los maniquíes de cera en los escaparates de las tiendas de modas. Tenía las manos cuidadas y pequeñas, y los piececitos, que apoyó cómodamente en el borde del asiento frontero, finos y bien calzados. El marido, alto, cenceño y rojo, el rostro decorado por un legítimo bigote francés, largo y caído, apenas arregló su equipaje y deslizó sus pies en la caliente blandura de unas zapatillas suizas, sumiose en la lectura de Le Matin. Todo lo observaba Perea, y hasta de lo más nimio se suspendía y maravillaba. Jamás ni en Serranillas, ni en Almodóvar del Campo, ni aun en Ciudad Real llegaron a ver sus ojos tres tipos así. ¡Esto era vivir! Y su cuerpo estremecíase de miedo, de júbilo, de pasmo, cual si a su lado, rozándole, pasase la Aventura.

Como hacía frío, don Higinio tuvo que abrigarse las piernas con su manta de viaje; sus manos se amorataban y sufría unos deseos rabiosos de fumar que no satisfizo por no parecer descortés. El matrimonio cambiaba a intervalos largos algunas palabras, muy pocas, y él volvía a la lectura de su periódico; el caballero de la barba dorada hojeaba un libro; y ella, la damita de la boca encendida, se abrillantaba las uñas con un pulidor de marfil; a cada movimiento, los crespos rizos color nogal temblaban sobre la nieve de la nuca. Perea tuvo vergüenza de su ociosidad y poltronería, y aunque tímido, como las novelas y el cinematógrafo le habían llenado la cabeza de lances galantes en ferrocarril, comenzó a mirar a la viajera con intención expresiva. En el extranjero, los españoles, si han de mantener su leyenda donjuanesca, necesitan ser así; a don Higinio aquel coqueteo inocente le parecía un compromiso de raza.

En Bayona pusieron calentadores de agua hirviendo para los pies, y entraron dos jóvenes alemanes, lampiños, rubios y blancos, como héroes nibelungos, que por su buena traza, cortesana distinción de ademanes y mucha alegría, debían de ser estudiantes ricos. Habíanse sentado enfrente de don Higinio, y apenas reanudó su marcha el tren, cuando el más alto de ellos diose a observar a la señora francesa con ahinco y complacencia evidentes y como si el marido no estuviese allí. Perea observaba de reojo sus gestos: sin duda hablaban de él, y esto le molestó de manera que le puso en ánimos y disposición de pelea. Afortunadamente, su bastón de estoque estaba allí.

Para reprimir su enojo y distraerse quiso mirar el paisaje, mas no pudo; una densa neblina cubría los campos, y el vaho de las respiraciones y de los calentadores había empañado los cristales del vagón. Además los estudiantes alemanes le obsesionaban. ¿Estarían burlándose de él?... Ellos advirtieron la tenacidad con que el vidrioso manchego les espiaba, y acaso con el propósito ladino de tranquilizarle, le interpelaron amablemente:

—¿Comprende el alemán?

Don Higinio Perea se alzó de hombros, ruborizándose como una señorita, y su empacho arreció al notar que la viajera volvía hacia él su bonita cabeza y que su boca de grana se llenaba de risa. Los estudiantes, muy complacidos, repitieron su pregunta en francés:

—Ni una palabra —contestó don Higinio.

—¿Español?

—Sí, español...

Esto fue lo único que entendió bien, y replicó con tal entereza que hubo en su vehemencia como un desafío. Sin embargo, la cordial llaneza con que los alemanes le habían hablado, desvanecieron su odio y redujeron a simpatía y mansedumbre su voluntad.

—Sin duda creían que yo era el esposo —meditó.

Desde aquel instante sintiose recobrado y tranquilo, y hasta pareciole que la asistencia de la linda viajera establecía entre él y los estudiantes cierta complicidad. Al otro extremo del vagón, el caballero de la barba cuadrada color de sol leía impasible en un libro. Los alemanes charlaban, reían y gesticulaban como si boxeasen; luego descorcharon una botella de cerveza, sacaron de un cestillo pan y fiambres y se pusieron a merendar. La joven parecía escucharles con singular interés y a ratos bajaba la cabeza, tragándose una sonrisa. Ellos la interrogaron:

—¿Entienden ustedes el alemán?

Aludían al hombre del bigote lacio y frondoso que leía Le Matin. Ella, muy avisadamente, repuso:

—Yo, sí, señores; lo comprendo y lo hablo; mi marido, no.

El esposo interpeló en voz baja:

—¿Qué dicen?

—Preguntan si sabes alemán.

—Ya...

Y les miró haciendo con la cabeza un gesto negativo. Ceremoniosos y correctísimos, los dos jóvenes se inclinaron.

Durante mucho tiempo don Higinio, fatigado de amoricones y miradas, se dedicó a buscar con su pie derecho los de la francesita, quien sin comprometedoras alharacas de mujer perseguida, delicadamente, esquivaba los suyos. Los estudiantes sorprendieron la torpe persecución y la comentaron con la hilarante y bulliciosa expansión que la seguridad de no ser comprendidos del esposo les permitía. La joven, deteniendo a duras penas su interior regocijo, se mordía los labios, y así acrecentaba su tentadora humedad y sanguinario color. Ellos proseguían hablando sin cesar de mirarla, vencidos igualmente por el hechizo rojo de su boca breve, casi redonda, ardiente como la fresca cicatriz de un botón de fuego.

De pronto la locomotora silbó y el tren, que llevaba sus luces apagadas, penetró en la lobreguez de un túnel. Don Higinio, cuya sexual glotonería iba ya muy alarmada, tanto por los traqueteos del vagón como por la tibia y fragante proximidad de la viajera, aprovechó aquella ocasión para pellizcar a la francesita en una nalga. ¡Si Emilia le viese!... Y entonces acaeció algo inaudito, tartarinesco y lejos de toda probabilidad y carril; y fue que, apenas había don Higinio realizado su pecaminoso pensamiento, cuando pareciole que en la tiniebla enorme del vagón una sombra avanzaba, y al mismo tiempo que oía crepitar cerca de él un beso ansioso, lleno de vehemente lujuria, recibió la más formidable, infamante y escandalosa bofetada que dieron a manchego; y como su enemigo, para mejor afrentarle y burlarle, se la recetó con la mano abierta, si la percusión no fue grande, el escozor de la mejilla golpeada y el ridículo consiguiente al estampido del porrazo fueron mayúsculos.

Cuando el tren volvió a la luz, Perea, los dos alemanes y el marido de la francesita se miraban interrogantes y amenazadores: unos parecían sorprendidos, otros iracundos. Hasta el señor de la barba de similor, que había oído la pronta furia con que al ósculo respondió la bofetada, monologueó algunas palabras en inglés.

El esposo de la francesa, trémulo, había tirado Le Matin al suelo y bajo su lacio bigote galo sus labios blanqueaban de cólera. Estaba cierto de que habían besado a su mujer y de que ella —la buena, la heroica—, apenas recibió la ofensa castigó rudamente al ofensor. Pero, ¿cuál de aquellos cuatro hombres sería el miserable?... Y sin moverse, sus puños se crispaban, y sus ojos, inflamados, taladrantes como cuchillos, iban insultadores de unos a otros, buscando una víctima.

La viajera tampoco conseguía explicarse lo ocurrido. Unos labios jóvenes —ella juraría que eran jóvenes—, unos labios que olían a cigarrillos egipcios y a trébol, se habían aplastado rápida y frenéticamente contra los suyos; pero quién la besó —el ladrón de su boca podía ser cualquiera de los tres hombres que tenía más cerca— no la interesaba tanto como el autor de aquella bofetada oportuna y cruel que resonó como una pedrada en un espejo. ¿Quién pudo defenderla así? Su marido no era, bien claro lo decía la perplejidad que trastornaba el semblante del hombre de los bigotes desmayados. ¿Entonces?...

Don Higinio, por su parte, estaba embarullado; lo anómalo y ridículo de su situación poníanle fuera de sí. No dudaba de que uno de los estudiantes dio el beso, como también juraría que fue la francesita quien le abofeteó, y así, a la vez que envidiaba al teutón y adoraba la grácil y aniñada delicadeza de aquella mano, maravillábase de su esfuerzo viril. ¡Ah, si él hubiera podido explicarse!... Únicamente le tranquilizaba la seguridad de que era una mujer, no un hombre, quien había desarrollado en su mejilla aquel molesto calor, aquella especie de hormigueo profundo que por momentos iba transformándose en hinchazón. La suciedad en que su conciencia se hallaba, le permitía explicarse la equivocación de la viajera: él era el de las miraditas insinuantes, el de los pisotones, el del pellizco, en fin. Así, la joven, al sentirse besada, se revolvió contra él. ¡Era lo lógico! Perea, al término de sus meditaciones, se halló consolado: «manos blancas» si enojan no ofenden; ¡peor hubiera sido que el hombre de Le Matin se hubiese enterado!...

Entretanto, los alemanes cuchicheaban animadamente; el más alto explicaba a su compañero lo sucedido; fue un lance disparatado, vodevilesco, digno de Boccacio o del caballero Casanova. Minutos antes, en el preciso momento de inmergirse el tren bajo el túnel, la oscuridad le inspiró un deseo loco, sádico, irrefrenable, de besar a su compañera de viaje en la boca; y al mismo tiempo que sin meditarlo apenas satisfacía aquel frenesí, para ponerse a salvo de sospechas descargó sobre el soplado coramvobis de don Higinio su mano abierta. Los dos estudiantes reían a carcajadas del donaire: era una improvisación maquiavélica, una genialidad bufa, estridente, de caricaturista.

La aventura no tuvo derivaciones ni pasó adelante. El matrimonio se apeó en Landas, y los alemanes y el caballero de la barba dorada se quedaron en Burdeos; por cuanto don Higinio, a no persistir la molesta tumefacción de su carrillo, hubiese llegado a creer que todo aquel cómico lance, con las figuras que en él intervinieron, invención goyesca fue de sueño y de risa.

En el café de la estación de Burdeos, Perea escribió dos postales: una, dirigida a su mujer, y otra, a don Gregorio. La primera decía:

«Llegué sin novedad. Dentro de breves momentos sigo hacia París. Francia es admirable. Ya irás conociendo mis impresiones. Besos».

Y la segunda:

«Acabo de beber a su salud y a la de mis amigos del Casino un vaso de este vino sin rival. Reanudo mi viaje. Abrazo a todos».

Don Higinio suspiró. Todo ello era mentira; pero, ¿sería admisible la realidad uniforme, soñolienta y pacata si, a intervalos, no echásemos sobre su vulgaridad la sazonada belleza de una inocente superchería?...

Al salir el tren de Burdeos llovía copiosamente: uno de esos aguaceros compactos, silenciosos, como hechos de neblina, del otoño francés. Por todas partes castañares espesos, campos verdes esmeradamente cultivados, casitas de dos pisos con puntiagudas techumbres de pizarra, vacas normandas de ubres crecidas y mirar bondadoso que recibían el chaparrón tumbadas en el suelo. Y lejos, apareciendo o esquivándose alternativamente entre los grupos de edificios, un trozo de mar, mástiles de veleros, chimeneas, grúas, y las torres famosas de la catedral levantando su esbeltez sobre la gris monotonía de la ciudad entristecida por el agua y el humo.

Muchos días después de arribar al término de su viaje, don Higinio, todas las mañanas, al despertarse en su cuartito del hotel de los Alpes, tenía el mismo pensamiento:

«Estoy en París».

Y a esta idea pura, casi abstracta, un fuerte y candoroso regocijo interior respondía: ¡París!... El teatro de todas las novelas, de todas las bufas peripecias que se devanan en los cinematógrafos, de los millonarios, de las grandes heteras que hicieron olvidar a los reyes galantes de Inglaterra y de Bélgica la pesantez de sus coronas; el escenario de cuantos crímenes folletinescos y arcanos estremecen al mundo. ¡París!... ¡El foco de las elegancias, del arte y del vicio, donde el dinero, la belleza y el buen gusto de una civilización refinada instalaron las alcobas más célebres de Europa! ¡París!... ¡Y él, vecino modesto del modestísimo pueblo de Serranillas, estaba allí, en la Ciudad-Sol, a quince céntimos de ómnibus de la Venus de Milo, y a otros quince del Jardín de Plantas!...

Dos semanas eran transcurridas desde que las suelas de sus botas manchegas resonaron bajo las bóvedas de la Estación de Orleáns, y un coche le llevó al hotel de los Alpes, situado en el cruce de las calles de Trévise y Bleue, allá en las alegrías montmartresas del noveno distrito. A partir de entonces nada le sucedió que mereciese los honores de una postal: ni conocía El Louvre, ni tuvo ocasión de ir al bosque de Bolonia, ni de visitar ninguno de los pintorescos cafés de Clichy: ni siquiera había vuelto a ver el Sena, después de la mañana en que lo cruzó por el puente Royal. Ni paseos, ni amigos, ni mujercitas de una noche, ¡nada!... Y, sin embargo, don Higinio estaba contento y los días escapábansele sin sentir, cual si el aire de la ciudad babélica bastase a ahitarle de satisfacción y ufanía.

Los primeros días, después de almorzar, acompañado de Francisco, el intérprete del hotel —un piamontés que aprendió el español en Cádiz—, recorrió los «grandes bulevares», desde la iglesia de la Magdalena a la plaza de la República: y el fragoroso trepidar de coches, automóviles y tranvías, la diligencia y abigarramiento de aquella multitud cosmopolita que congestionaba las aceras y la terrasse de los cafés; la sucesión de escaparates, todos lujosos; la profusión infinita de luces; el vaivén perenne de mujeres alquiladoras de amor, lindas, elegantes, con fragilidades de porcelana y párpados de color violeta, que pasaban mostrando bajo la fimbria de sus vestidos la retadora tentación de unas medias caladas; la frescura del ambiente otoñal, el ejercicio..., todo coadyuvaba a rendir la flaca musculatura y el ánimo sedentario y roncero de don Higinio de manera tal, que a cada momento sentíase obligado a comer algo. Su acompañante, que ya era viejo y tenía la nariz colorada, singularmente por las noches, pedía ajenjo y hablaba del Piamonte; don Higinio bebía cerveza y procuraba explicar a su interlocutor las amenidades del paisaje manchego: una tierra puede ser muy rara, interesante y merecedora de estudio, aunque no se parezca a Suiza. Al cuarto o quinto bock, el audaz viajero empezaba a marearse, y este ligerísimo aturdimiento exaltaba su natural bondadoso:

—Si alguna vez la suerte le llevase a Serranillas —decía—, no le faltaría a usted nada.

Francisco arqueaba las cejas, levantaba los hombros: un gesto de aventurero que ignora adónde las andanzas de la vida pueden llevarle.

—¡Quién sabe! —respondía—, a mí me gusta tener amigos en todas partes. ¿Comprende?... ¡Amigos!... ¡No enemigos!...

Mojaba sus bigotes de antiguo sargento en la fatalidad verde de su ajenjo, y entornando los ojos sobre la rubicundez de su nariz, repetía:

—¡Amigos, nada más que amigos!...

Y don Higinio:

—Yo, antes de volver a España, le dejaré mis señas.

—Bien, muy bien; nadie sabe... ¿verdad?... Nadie sabe... Yo no tengo familia... ¿Me comprende?... No tengo familia, y eso del hotel... ¡Bah!... Cualquier día... ¿eh?... Nadie sabe. ¿Me comprende?... Eso es. ¡Amigos, nada más que amigos!...

El pobre diablo, con tres o cuatro ajenjos se emborrachaba; pero esto, lejos de ofender a Perea, le complacía. ¡Cómo disfrutaba y qué raros tipos iba conociendo! Al noble manchego le encantaba cuanto, según su sencillo criterio, tenía algo de snob, y la idea de hallarse con un italiano, que acaso fuera un asesino, bebiendo cerveza y ajenjo en la terrasse de un café de París, parecíale una nota aguda de cosmopolitismo. ¡Si lo supiesen en Serranillas, donde todo parecía mal!...

Ya de regreso al hotel, como don Higinio se dispusiera a meterse en el ascensor para subir a su cuarto, Francisco, familiarmente, le daba la mano. Luego, en voz baja:

—Si alguna vez necesitase usted una mujercita, no tenga reparo en decírmelo, ¿comprende?... No tenga reparo. ¡Cuerpo de la Madona!... ¡Yo conozco París!...

En días sucesivos, Perea se decidió a salir solo. Sabía que siguiendo la calle Bleue llegaba a la de La Fayette y luego a la de Laffitte, que le conducía al bulevar de los Italianos. Después aprendió otro camino más sencillo y no menos animado: por la calle Faubourg Poissonnière al bulevar del mismo nombre. De aquella vía magnífica, llena de movimiento, de tentaciones y de luces, y echada, como resplandeciente collar, sobre el plano de París, no se atrevía a pasar: juzgaba imposible nada más hermoso, más cegador y desbordante de riqueza y de vida. ¡Luego, el miedo a «los apaches»!...

Así, la tarde en que sin otro valedor que su bastón de estoque decidiose a ir por el bulevar Sebastopol hacia el río, y vio desde la plaza Châtelet grisear las torres de Nuestra Señora sobre la melancolía de una tarde brumosa, húmeda y alegre, genuinamente parisina, su júbilo fue tan intenso como grande la cobarde inquietud que padeciera hasta llegar allí. Poco a poco, según sus arrestos aumentaban, su voluntad se desentumecía y resolvíase a trasponer mayores distancias, y de este modo, de vuelta al hotel, podía afectar a los ojos del intérprete el aire importante de un hombre que ha caminado mucho y tiene negocios. Las indicaciones de un plano que adquirió por tres francos le orientaban eficazmente. El alma bruja de la ciudad iba aproximándose a su alma tímida y seduciéndola. Una mañana se metió en el metropolitano y fue a parar al Arco de Triunfo; por la noche estuvo en Folies-Bergère; al día siguiente un ómnibus y un tranvía de vapor le llevaron al Bosque...

Generalmente, don Higinio, fiel a la saludable rusticidad de sus costumbres, despertábase temprano, pero nunca se levantaba antes de las diez. Eran aquellos momentos de exquisito sosiego interior: nada apetecía; ni recuerdos ni deseos removían su conciencia... ¡Todo igual en la mansa planicie de las horas que fueron y de las horas que iban llegando!... Desde su lecho inspeccionaba cómodamente su habitación: la ventana abierta sobre un patio, el tocador con espejo y piedra de mármol, el armario de luna, aquella mesita, cubierta por un tapete rojo, donde él escribía con su letra igual y segura las cuatro o cinco postales que cotidianamente enviaba a Serranillas; la alfombra un poco raída; las sillas de yute azul y ovalado respaldo, y en un ángulo su baúl resplandeciente y policromo, la sombrerera, el portamantas, el maletín, todos los buenos objetos familiares que le acompañaron en aquel arriscado éxodo y le hablaban de su pacífico vivir manchego.

Fumando cigarrillos y emperezado en la dulce tibieza de las colchas, dejaba Perea transcurrir el tiempo. Como antes el fastidio, era el pecado, la tentación de un adulterio, lo que al presente le enardecía y conturbaba. Nunca había burlado a doña Emilia; por costumbre, por miedo a recibir algún peligroso contagio o acaso, sencillamente, por falta de ocasión, no lo hizo: fue una de esas fidelidades sin sacrificio que las mujeres no agradecen. Mas ahora su ociosidad, su prolongada continencia, la callejera exhibición de tantas voluptuosidades cotizables, y, sobre todo, el ambiente de París —ambiente de alcoba— embriagador y amoral como un vaso de jerez añejo, habíanle transfigurado. El lascivo capricho le alucinaba. Empezó a comprender el tormento de los ascetas solicitados por el diablo. ¡Ah, la musitadora, ladina, invencible Tentación!... Muchas veces permaneció inmóvil; los ojos clavados en un rincón del dormitorio, como si la mujer, sin nombre ni perfil todavía, estuviese acurrucada allí.

Luego, de un brinco se incorporaba, sujetábase los calzoncillos de punto, color tabaco, sobre la redondez del abdomen, se calzaba unas zapatillas de paño y abría la puerta. Allí estaban sus botas, ya limpias, y dentro de ellas las cartas que hubiese traído el correo. Don Higinio las leía de pie, un poco trémulo. ¡Oh! Aquellas cartas venidas de España y sobre cuyo sello leía el nombre de Serranillas estampado, tal vez, por el mismo Gutiérrez, atizaban en su corazón el sentimiento de la patria. Pero inmediatamente se tranquilizaba: las noticias eran buenas; nada desagradable había ocurrido; doña Emilia le enviaba muchos besos y le recomendaba abrigarse bien para salir a la calle; Teresita, en una postdata, le recordaba el corsé para doña Lucía; Julio Cenén le hablaba de su pitillera, y don Gregorio de dos excelentes galgos que había comprado... Mirando hacia adentro, Perea recomponía toda la vida material y moral de su pueblo, inmóvil, monótono, como fosilizado, y sentía el horror de volver a él. ¡Bah, pero sí volvería!... El pasado es una terrible cadena que llevamos al pie, y el honrado manchego sentía que, de cuantas esclavitudes oprimen al hombre, ninguna tan fuerte como el recuerdo de las personas que, habiéndole sido siempre fieles, le quieren y le aguardan.

El comedor del hotel de los Alpes era espacioso, con techo de esmerilados cristales por donde descendía una claridad lechosa que armonizaba agradablemente con el fondo oscuro de la alfombra, la luminosidad joyante de la vajilla y la impecable blancura de los manteles. Don Higinio almorzaba a las doce en punto: a esa hora había poca concurrencia y los camareros servían mejor. Invariablemente ocupaba una mesita situada cerca de un balcón, desde donde oteaba la animada confluencia de las calles Bleue y Trévise. Cerca de él comía un joven inglés, rico y artista, míster Grand, que, según informes del intérprete, había ido a estudiar la pintura a París.

—Pero es un loco —decía Francisco, envidiándole— y no hará nada; creo que en un mes no ha dormido aquí tres noches...

Más allá se instalaba un matrimonio. La mujer, bonita, elegante, muy nerviosa, muy pálida, con largos ojos brillantes y negros, parecía italiana. Él era un gigante holandés, rubio, enorme y rosado como un recién nacido. Tenía barba, unas tupidas y ondulantes barbazas patriarcales que casi le llegaban a la cintura, y tras los cristales de unos lentes de oro sus pupilas azules miraban con serenidad bovina. Comía mucho, y como estaba un poco cargado de hombros, aquella curvatura de su espina dorsal le daba una expresión repugnante de sensualidad y glotonería. ¿Cómo pudo casarse una mujercita tan agradable y menuda como aquella con un animal así?...

A falta de otras ocupaciones, entre plato y plato, don Higinio se dedicó a aborrecer, con todo el vigor de su sangre manchega, al holandés. Su odio parecía el presentimiento de algo malo. ¿De dónde habría salido tamaño virote?... Le molestaban su modo violento de partir el pan, de reír, de llevarse a los gruesos labios su copa de cerveza. Don Higinio sentía deseos de pegarle, y como su imaginación meridional se excandecía y descarrilaba fácilmente, fantaseaba que sostenía allí mismo con el holandés un «cuerpo a cuerpo» desesperado y caballeresco: él se abalanzaba sobre su enemigo, y, derribándole al suelo, le asestaba con su cuchillo de postre varios golpes mortales; luego se incorporaba trágico y galante, y entrecogiendo a la italiana por el talle huía con ella...

El origen de este aborrecimiento debía de referirse a la saludable ecuanimidad y ordenación que el más ligero examen advertía en todos los ademanes y pormenores del gigante. Aquel hombre vestía bien, era correcto, tranquilo, hercúleo: tenía la fuerza de sus músculos y la fuerza de su previsión. Perea le observaba y no sorprendió en él ni un guiño nervioso al hablar, ni un movimiento que denotase contrariedad u olvido de algo. El holandés tenía «de todo», hasta lentes y barba, y todo sabía usarlo oportunamente: si llovía mucho, se presentaba en el comedor con impermeable, chanclos y polainas de cuero; si el tiempo era variable, traía paraguas. Por las noches, para ir al teatro, se endosaba un magnífico gabán de pieles; de día se abrigaba con una bufanda y un gabán inglés a cuadros verdes y grises. No alardeaba de elegante, pero poseía varios trajes de mañana, frac, smoking y un «completo» de luto para asistir a los entierros. También advirtió don Higinio cómo su compañero de hotel, siempre que mudaba de ropa, lo hacía de guantes, de calcetines, de corbata y de bastón; que fumaba unas veces en pipa y otras cigarros habanos, y cambiaba con frecuencia las sortijas que lucían sobre los dedos índice y meñique de su mano izquierda. A Perea, tan reglamentado por costumbre y por herencia, le irritaba, sin embargo, el ritmo cronométrico de aquel extranjero, rubio y carnoso, que todo parecía llevarlo previsto y en cuya existencia, por lo mismo, no podría haber nunca una exclamación de sorpresa. Además, le odiaba porque era alto. Nada, ni siquiera la figura de Napoleón, alivia en los hombres pequeños el dolor de no haber crecido. Las mujeres, obligadas a optar entre un enano y un gigante, preferirán siempre al segundo; para ellas, devotas de la forma, David no ha matado a Goliat. La estatura sobrada implica una idea de imperio. Los hombres altos son bellos, imponentes, decorativos; en el teatro, y lo mismo sucede en la vida, el público no acepta los éxitos amorosos de un galán chiquitín; la voz que viene de arriba es más convincente, más autoritaria; los comediantes de Atenas y de Roma calzaban coturno; el mismo Jehová, lo primero que hizo para ser respetado fue subirse al Sinaí...

Finaba noviembre y Perea ni pensaba volver a su pueblo, ni se curaba de cumplir los encargos a su honrada voluntad y diligencia encomendados. Las primeras semanas las empleó en curiosear, recorrer calles, conocer cafés, asomarse a los teatros y recordar algo de aquellos dos cursos de francés que aprobó de muchacho en el Instituto de Ciudad Real. Después sufrió un catarro, acompañado de calentura, que le obligó a encamarse y buscar un médico. Don Higinio aceptó impertérrito esta malandanza, y, sin quejarse, se purgó y sudó cuanto fue necesario. La idea constante, reparadora, vagamente novelesca «de hallarse en París», le efervorizaba y bastaba a su contento. Nada hacía y para todo, sin embargo, le faltaba tiempo; hasta se descuidaba en escribir a Serranillas, a pesar de cuanto su mujer rabiaba y se dolía de aquellos silencios. Era un nirvana inexpresable y delicioso, un quietismo interior alquitarado, fragante, que guardaba un rumor de faldas, un exquisito deseo de aventura. Aunque hubiese entrado en París, según el decir gráfico del vulgo, París no había entrado en él: era demasiado grande para encerrado en una síntesis rápida; no lo paladeaba cómodamente, sus emociones se desordenaban. Y cual los días, se le iba el dinero: de las diez mil pesetas que sacó de su pueblo, llevaba gastadas cerca de la mitad. ¿En qué?... Don Higinio arqueaba sus cejas peludas; no lo sabía; que no le preguntasen nada: había en todo ello algo fantasmagórico, un emborronamiento de su personalidad, de sus antiguos hábitos previsores y rígidos; una amable inconsciencia bohemia y sedante que le hacía feliz.

Convaleciente todavía de su catarro, don Higinio Perea salió a la calle, y por las de La Fayette y Laffitte, llegó al bulevar. Iba bien abrigado, y el sol, ese buen sol de París que siembra las aceras de risas de mujer, se dejaba sentir sobre los hombros. Perea entró en un café, pidió un aperitivo y leyó en Le Journal un cuento galante. Le Matin no lo compraba casi nunca; lo aborrecía; le recordaba su desabrida aventura del tren. A mediodía emprendió el regreso al hotel de los Alpes. Para distraerse improvisó un nuevo camino por la calle Drouot. En la Grange Batelière, delante del pasaje Jouffroy, una vieja vestida de negro y que llevaba sobre la blancura de sus cabellos una capota de terciopelo violeta, adornada por un manojo de guindas, le abordó misteriosa.

—¿El señor es extranjero?

Don Higinio comprendió.

—Sí, señora; extranjero, español...

Lo dijo en un francés abominable, lentamente y adelantando mucho los labios, como los niños cuando empiezan a hablar. Su interlocutora, sin embargo, le entendió:

—Celebro que sea usted extranjero, porque así me costará menos vergüenza explicarme. Soy viuda y vivo en la mayor miseria. ¡Ah! ¡Si supiese usted cuánto he sufrido antes de llegar a esta situación extrema!... En los obradores el trabajo de la mujer se paga muy mal; puede usted creerme, señor: desde ayer no he comido...

Los hombros cuadrados de Perea, que se había detenido a escuchar, tuvieron un expresivo alzamiento de disgusto y desdén. ¿Y para eso le molestaban?... Chapurró una disculpa y trató de seguir adelante. Pero la anciana, caminando a su lado, insistía:

—Señor..., usted es un caballero distinguido..., un caballero de corazón...

—No llevo calderilla.

—Un sacrificio, señor...; un pequeño sacrificio. Si no lo hace por mí, hágalo por mis niñas. Tengo dos hijas, señor, una de dieciséis años, otra de dieciocho..., bonitas como amores..., a quienes usted podría proteger...

Involuntariamente don Higinio acortó el paso y su rostro, un momento enfoscado, empezó a iluminarse. Su pestorejo lucio, sensual, martirizado por la castidad, entre las sílabas de aquellas palabras mal traducidas había sentido reír a la serpiente. La mendiga, trémula de emoción, los azules ojuelos brillantes de codicia, prosiguió:

—¡Si las viese usted!... La más pequeña, especialmente, tiene un cuerpo precioso. Yo quiero que usted las conozca, señor. ¡Son tan buenas!... Usted podría ser la salvación de ambas...

Y como él callase, atragantándose con lo que quería y no acertaba a decir, la vieja añadió:

—Yo, le soy a usted franca: las quiero muchísimo, ¡son mis hijas!... Pero si han de perderse, como fatalmente ocurrirá, me alegraría de que tuviesen un protector como usted; un hombre así, de mundo..., porque los hombres corridos son los que mejor juzgan del mérito de las mujeres...

Sofocado por la emoción, don Higinio preguntó:

—¿Dónde podría conocerlas?

—En mi casa. Yo vivo en la calle de Feydeau... ¿comprende usted? Cerca de la Bolsa...

—No recuerdo.

—¿Cómo? ¡Sí!... Al otro lado del bulevar... Calle Feydeau, número nueve, piso cuarto, puerta número dos. Madame Berta...

Don Higinio sacó un lápiz, y como no llevase cartera ni hoja ninguna de papel blanco, ofreció a su interlocutora el puño izquierdo de su camisa.

—Escriba usted misma las señas; es mejor.

Hízolo así la vieja; luego...

—¿Cuándo irá usted a vernos?

Perea consultó su estómago: tenía hambre y a los lances de amor conviene ir bien comido, pues de la generosa alimentación de la carne nacen casi siempre el optimismo y mejor talante del espíritu.

—¿A las seis, por ejemplo?

—Perfectamente, sí, señor; a las seis, porque hasta esa hora las niñas trabajan en un taller de lamparillas eléctricas.

—¿Ganan mucho?

—Un franco entre las dos.

Y, agregó:

—Señor... ¿Puede usted socorrerme con algo?... Vea usted la hora que es; aún he de llevarlas el almuerzo al obrador y no tengo un céntimo.

Lentamente don Higinio se desabotonó el gabán; llevose una mano al chaleco. Reflexionaba. Si realmente se proponía acometer la seducción de ambas hermanitas, ¿por qué prevenirlas en contra suya mostrándose en aquella ocasión remiso y cicatero?... ¿Acaso las primeras impresiones no fueron siempre las mejores?... Con parsimonia y disimulo, llenos de nobleza, Perea deslizó en la rugosa mano de aquella madre, modelo de alcahuetas, una moneda de diez francos.

—Tome usted y hasta la tarde. ¿Buhardilla número dos, verdad?... Madame Berta...

—Eso es, caballero; muchas gracias...; eso es...; adiós, adiós...

Y ágil, feliz, bajo la estridencia grotesca que ponían sobre sus cabellos blancos las guindas de su gorro violeta, la vieja desapareció en el pasaje Jouffroy.

Don Higinio almorzó opíparamente. Estaba contento, y su regocijo producíale una hiperestesia y alegría estomacal indecibles. De la sopa, que era de cangrejos, se sirvió dos platos, y la fuente de empanadillas que le trajeron la retiró el camarero vacía; también en las perdices su desbocado apetito causó gran destrozo. Como siempre, el holandés y su mujer comían algunas mesas más allá; pero don Higinio apenas les miró: fue la primera vez que el hombre de las manos y de los pies colosales no le sugería ideas de exterminio.

Completamente absorto ante su taza de café, un poco congestionado por la digestión y el curso voluptuoso de sus ideas, don Higinio miraba danzar en el espacio perspectivas de harén. ¿Cómo serían sus futuras amigas? La imagen de la francesita que conoció en el ferrocarril volvía a su memoria. Se parecerían a ella: la carne nacarina, el pelo rubio y corto... Veíase subiendo las escaleras de la casa donde la tentación le dio cita, acariciando paternal las mejillas rosadas de dos criaturas a la vez vibrantes de pecaminosas curiosidades y de rubor, sentándolas sobre sus rodillas, besándolas con sabio detenimiento y explicándolas luego, en fin, con regaladas pausas, todos los capítulos del Misterio Goloso; y más tarde, recorriendo con ellas los alrededores de París: excursiones a Versalles, partiditas de pesca a orillas del Sena, almuerzos faunescos en los bosques centenarios de Saint-Cloud... Después, cuando tuviese que regresar a su pueblo, si continuaban siendo buenas y juiciosas, las llevaría a España, y en Ciudad Real buscaría un lugar reservado, una especie de Elíseo manchego, adonde ir a verlas sin escándalo dos veces por semana. De madame Berta no se cuidaba; ¡vieja ridícula!... A sus hijas, en cambio, había que llevárselas y para siempre. El pensamiento de don Higinio no pasaba de allí; ¿ni para qué más?... ¡Ser amante de dos hermanas y tenerlas reunidas bajo el mismo techo, enamoradas de él, alegres, sin celos, dedicadas a la tarea de inventar constantemente para su mayor distracción y halago caricias nuevas! ¿No sería esta la aventura inaudita que su ardiente corazón presintió oculta entre los billetes de Banco que le trajo la lotería?...

Como no pudiera estarse quieto, y según el tiempo transcurría la comezón de sus nervios se agravase, salió a la calle, y por la de Richelieu, de un tirón, llegó al Sena. Una reñida batalla de añejas costumbres y de ideas amorales, nuevas en él, trastornaban su espíritu. A ratos parecíale hallarse asomado a un pozo hondísimo. El hombre que pudiendo robar una fortuna no lo hizo, acreditó su honradez; como demostró su caballerosidad quien respetó y volvió a su deber y honestidad a la doncella que inocentemente se le ofreciera; como probado dejaron su valor los que no temblaron habiéndose hallado en peligro y congoja de muerte. Pero quien no conoció ninguno de estos arriscados trances, ¿qué sabrá de sí mismo?... Esto sucedíale a él, lugareño y pazguato, que apenas se vio expuesto a las tentaciones sirenas del mundo empezó a temblar y a embarullarse como un adolescente. La evidente posibilidad en que estaba de burlar a su mujer con las hijas de madame Berta le parecía algo gravísimo, y considerando que sus futuras amantes eran hermanas y casi niñas aún, su delito crecía, convirtiéndose en caso monstruoso de incesto y bigamia. Pero luego su conciencia se tranquilizaba, que para servir a su egoísmo en todo halló la razón casuística del hombre motivo y disculpa. Hay afectos superficiales que, como la calderilla, pueden llevarse sin riesgo, a la vista de la muchedumbre, pues si alguien los codicia y se apodera de ellos no nos infiere daño mayor; y otros, en cambio, los grandes, los sagrados, los vinculados a las raíces más hondas de nuestro árbol sentimental, que deben ocultarse como tesoros y no son susceptibles de ser cambiados en cualquiera parte. Cuerdamente don Higinio reflexionó que su amor a doña Emilia pertenecía a los últimos, con lo que bien determinadas las lindes de su jardín interior, convencido de que el áspero capricho que lleva a la mancebía no ofende a la esposa, y, por lo mismo, que su hogar de Serranillas no se oponía a que las hijas de madame Berta tuviesen un hotelito en Ciudad Real, pudo desechar toda puritana y entristecedora laya de escrúpulos y abandonarse plenamente al regocijo que su mucha ventura le deparaba.

Seguro de sí mismo, los puños apretados, la barbilla recogida, el paso corto, la mirada brillante, a las seis en punto don Higinio Perea se detenía frente al número nueve de la calle Feydeau. Consultó lo escrito en el puño de su camisa para cerciorarse: era allí. El zaguán, de modesta apariencia, olía a humedad. Al fondo, tras una puerta de cristales, estaba la escalera. Entretenido con sus verdes deseos, el galán pasaba de largo ante la portería, cuando una voz femenina le interpeló:

—Caballero, ¿dónde va usted?

—Al piso cuarto, madame Berta...

—¿Madame Berta?...

La mujer frunció las cejas; sus labios tuvieron una mueca hostil.

—No conozco a esa señora. ¿Ve usted, si no le hubiese llamado? Se debe preguntar siempre en las porterías. Aquí no vive ninguna madame Berta.

Humilde, conciliador, comprendiendo que en aventuras del jaez de la que allí le llevaba las porteras ejercen siempre cierta tercería, el galán puso entre las manos enmitonadas de su interlocutora una moneda de dos francos. Después, sonriente, seguro de que la buena mujer iba a recordar en seguida:

—Es una señora de luto, una señora viuda...

Un vago ruborcillo le impedía decir más. La portera, sin demostrar agradecimiento, se había guardado los dos francos en un bolsillo de su delantal. Bajo su cofia blanca, muy encañonada y limpia, su rostro huraño repitió lentamente, con lentitud llena de convicción, un movimiento negativo. Perea sintió una ola de sangre subir a su garganta; un presentimiento horrible acababa de traspasarle las sienes; lo declararía todo...

—Es una señora pobre, que tiene dos hijas jovencitas, la menor de dieciséis años, la otra de dieciocho, trabajan en un obrador de lamparillas eléctricas...

—Vamos, sí, ya... Comprendo lo que venía usted buscando... Pues, no es aquí; le han mentido a usted...

Poniendo al servicio de su causa cuanto sabía de francés, y con el fanatismo del hombre que defiende su felicidad —toda su felicidad— don Higinio repuso:

—¡No es posible!... A madame Berta yo la conozco mucho. Una señora... con una capota color violeta y unas guindas... Vea usted; ella misma escribió estas señas: número nueve, calle Feydeau, piso cuarto, puerta número dos...

Y mostraba el puño donde la mendiga dejó una dirección imaginaria. La portera se echó a reír.

—Caballero, no se canse; le han engañado a usted, y juraría que usted no conoce a la señora que ha escrito eso. Yo se lo aseguro: le han engañado a usted.

Don Higinio no insistió más y salió a la calle; iba tan aturrullado, tan avergonzado de sí mismo, que ni siquiera se atrevía a reflexionar en la candorosa ridiculez de cuanto acababa de sucederle. ¡Era un mentecato, un redomado papamoscas, que no debió salir jamás de su pueblo! ¿Tendría él cara de tonto?... Primero, la bofetada en el tren; ahora, madame Berta. ¡La vieja, la maldita pécora! ¡Y cómo se habrían regodeado ella y las bigardonas de sus hijas con el medio luis que le estafaron! Pues, ¿y la portera?... ¿Y los dos francos que la dio neciamente para que, al cabo, se burlase de él?... La violencia de sus rencores aceleraba su andar y le encendía las orejas; iba que volaba. Cruzó el bulevar de los Italianos y siguió por la calle Drouot, hacia su casa. Todas las imágenes de voluptuosidad que en el transcurso de aquella tarde le emocionaron, habíanse convertido en brasas inextinguibles de odio. Llegó a detestar la calle Feydeau y hasta el nombre de Feydeau. ¡Oh! ¡Jamás leería una novela de ese autor! Su corazón ardía; era un incendio horrísono alimentado por todos los escombros del hotelito que en Ciudad Real había soñado para las niñas de madame Berta...

Al verle llegar tan congestionado, Francisco creyose en la obligación de preguntarle si había tenido algún disgusto.

—No, nada —repuso evasivamente.

—Entonces, es el frío.

—Eso es, el frío... Hasta luego.

El reloj del comedor señalaba las siete y media. Perea ocupó su mesa, saludó con una leve inclinación de cabeza al holandés y a su señora, que ya estaban en los postres, y pidió dos huevos pasados por agua. El camarero, ágil y ceremonioso dentro de su frac, como un prestidigitador, interrogó:

—¿Y luego?...

—Nada más.

—¿Se siente usted mal?

—No; pero me falta apetito.

Trasegó un buen vaso de vino para limpiarse la boca, y esto comenzó a restaurarle el humor. Observaba a la italiana, pálida, interesante, más atrayente que otras veces con el traje ceñidísimo, corte sastre, que vestía aquella noche. Ella, a intervalos, distraídamente, acaso por coquetería, le miraba también. Don Higinio, reanimado, ordenó al camarero le trajese una sopa de tortugas y un bistec con patatas. Acabó por olvidar su descalabro y cenar opíparamente. Su espíritu voluble se rehizo. Estaba contento. Realmente merecía, por su mal corazón, la engañifa y burla de que fue objeto. ¡Qué canastos! Porque si él socorrió con medio luis a madame Berta lo hizo pensando más en la bonitura de sus hijas que en su desamparo.

Terminaba de apurar su taza de café y de pedir una copita de coñac cuando llegó el intérprete. En aquel momento el holandés y su mujer dejaban el comedor; míster Grand, el joven inglés aprendiz de pintor, también se había marchado y don Higinio quedaba solo ante la vastedad del salón, tapizado de verde claro, alegre, con sus docenas de mesitas cubiertas de cristalería fina y brillante sobre la albura celosa de los manteles. Francisco abordó a Perea.

—Usted ha concluido de cenar y ahora empezaré yo.

Tenía la nariz acarminada, y bajo los párpados medio cerrados, los ojos azules, bruñidos por el ajenjo, miraban con quietud estúpida. Olía a alcohol.

—¿Se ha divertido usted mucho?

Don Higinio titubeó la cabeza con el ademán vago, indiferente, de un hombre de mundo.

—¡Psch... de todo hubo!...

Hablaron de mujeres. Bruscamente, tras una bulliciosa carcajada, el piamontés exclamó:

—Esta noche, cuando le vi a usted llegar de la calle con las orejas tan encendidas, pensé: «El señor Perea vuelve de pasar la tarde con una señorita». Ahora, dígame si me equivoqué: ¿es verdad o no es verdad?...

Perea echó el cuerpo hacia atrás, contra el respaldo de la silla; su rostro saludable tenía toda la insolencia de la felicidad: la mirada saltarina, el cigarro habano humeando entre el carmín húmedo de los labios, los pulgares de ambas manos metidos en los bolsillos del chaleco, mientras los otros dedos tamborileaban jactanciosos sobre la epicúrea redondez del abdomen...

—Sí —afirmó— es cierto. ¿A qué negarlo?... Aunque uno esté casado, ¿verdad?... puede permitirse ciertas distracciones. Esta mañana, delante del pasaje Jouffroy, una señora se acercó a mí...

Y aplomadamente, desenvolviendo lujos imaginativos dignos de un dramaturgo, explicó una aventura donde lo fantaseado se plasmaba y fundía en lo sucedido, y viceversa. Describió a madame Berta: pequeña, enlutada, con sus cabellos de lino y su gorra violeta. Él había ido a su casa; una buhardillita de la calle Feydeau pobremente amueblada, pero muy limpia, desde cuya única ventana se dominaba un gran trozo de París. Allí conoció a Elisabet y Georgina, las hijas de madame Berta. Las dos eran bonitas, mimosas, perversas... ¡Especialmente la menor, Elisabet: una especie de Salomé, con todas las lubricidades de una pantera en la espalda!... ¡Oh!...

Diciendo así, cerraba los ojos. Francisco le escuchaba boquiabierto, una mueca de lujuria senil en los labios, la roja nariz caída y como echada sobre el bigote.

—Esas aventuras —observó— suelen costar caras: hay mucho souteneur, presidiarios que viven de las mujeres, y pueden darle a usted un susto. No se fíe usted; yo conozco París.

Don Higinio hizo un gesto desdeñoso y se puso de pie. Miró a su alrededor. Nadie. El comedor desierto. Entonces sacó un cuchillo de hoja triangular y mango negro que llevaba colocado atrás, sobre los riñones; cuchillo de carnicero que cuando fue con don Gregorio Hernández a cobrar las cien mil pesetas de la lotería mercó en Ciudad Real por nueve reales.

—Mientras me acompañe —exclamó— necesito dos hombres para reñir conmigo.

Hecha esta declaración heroica subió a su cuarto. Eran las diez, y las alborotadas emociones de aquel día le habían zarandeado y molido de manera que hasta los huesos le dolían. Comenzó a desnudarse y según iba quitándose las ropas las colocaba sobre el respaldo de las sillas, según doña Emilia le enseñó a hacer, para que no se arrugasen. Al pasar cerca de la ventana miró casualmente hacia afuera y vio en el piso inferior, y al otro lado del patio, negro, profundo como un derriscadero, el rectángulo lleno de blanca claridad de una ventana. Era la del dormitorio del holandés. Unos momentos don Higinio permaneció tan suspenso y pasmado, que hasta la marcha de la sangre debió de retardarse en su impresionable corazón; pero reaccionando en seguida mató la luz, merced a lo cual las imágenes que sucesivamente iban dibujándose en la ventana iluminada redoblaron su intensidad y limpieza.

El matrimonio no se acordó de cerrar las persianas, y su intimidad se devanaba a la vista del público. Eran cuadros ridículos, grotescos, voluptuosos, que el arte bufón de Téniers hubiera querido pintar. El holandés, en calzoncillos, sentado sobre una sillita baja, se lavaba los pies: don Higinio veía sus pantorrillas, blancas y fuertes, dignas de un titán de mármol; su cabeza rubia, sus lomos poderosos, doblados trabajosamente hacia adelante. Ella, la italiana,, había comenzado a desnudarse cerca del lecho. Para verla mejor, don Higinio necesitó ponerse de rodillas. Agazapado como un tigre, vibrante de curiosidad, aguijoneado por deseos lascivos que, cual alfileres, asaeteaban su carne, Perea miraba aplastándose la nariz contra el cristal de la ventana. El espectáculo lo merecía. La joven se quitó su blusa; se desembarazó de la falda; manojos de encajes finísimos, como fabricados con hilos de venusinas espumas, orlaban sus brazos y su espalda y se ceñían a sus rodillas; a intervalos volvíase hacia su marido, como hablando con él. Ambas rodillas apoyadas contra un borde del lecho, el busto arqueado hacia atrás, la italiana se alzó la camisa y sus manos enjoyadas —aquellas manecitas que Perea vio ir y venir tantas veces, allá en el comedor, desde la fuente de los entremeses a la botella del vino— comenzaron a sobar lentamente la suavidad mate de las caderas, donde las cintas crueles del corsé habían dejado una red de huellas bermejas. Era una linda escultura: ancha de hombros, breve de talle, redonda de caderas...

Hubo una pausa; la interesante película parecía detenerse allí. Repentinamente la italiana, obedeciendo quizás a una indicación tardía del holandés, apagó la luz y el dormitorio se anegó en tinieblas; fue como un párpado que cayese sobre el cristal de una linterna mágica. Don Higinio dejó su atalaya y suspirando, entelerido de frío, presa de indecible pesadumbre, se metió en la cama; y apenas lo hizo, de cara a la pared, quedose dormido: la tristeza le había servido de narcótico.

En días sucesivos, como arrepentido de las calaveradas que quisiera cometer, don Higinio empezó a observar una conducta prudente, perfectamente reglamentada: paseaba lo necesario a su salud, visitaba los museos y se recogía temprano. El intérprete, a pesar de su constante embriaguez, advirtió aquel cambio de costumbres.

—Hace usted bien —decía—, París es terrible. ¡Ah, estas mujeres!... ¡Muy difícil hallar una buena, muy difícil!... Nos engañan, nos dejan sin dinero... y luego... ni nos conocen. ¡Perras!... Debe hacerse lo que usted: de cuando en cuando... y... ¡abur!... Yo conozco París, señor Perea; yo conozco París. Se lo dice a usted un piamontés que ha visto mucho mundo: aquí el hombre que no sabe reservarse dura poco. Al principio la conducta de usted no me gustaba. Yo le observaba, ¿sabe usted?... ¡Oh, ya lo creo! Yo le observaba y me decía: «Este señor va al precipicio de cabeza; no se contiene; París es una serpiente y la serpiente le ha mordido...». Me equivoqué; usted, señor Perea, entiende la vida.

Estos diálogos rápidos se devanaban en el zaguán del hotel de los Alpes, sobre cuyas paredes campeaban grandes carteles policromos, anunciadores de Compañías navieras y de viajes económicos a Italia y a Suiza. Don Higinio escuchaba a Francisco y sonreía, prestando así su asentimiento a las galantes suposiciones del intérprete; este inocente embuste lisonjeaba su amor propio y le consolaba de ser tan simple. Luego, metido en el ascensor, camino de su habitación, a solas ya con su conciencia, comprendía que era un lugareño desmañado, pacato y oscuro, y que estaba en ridículo.

Francamente, no comprendía en qué pueden malrotar su patrimonio y el de su mujer los grandes calaveras. ¿Juegan? ¿Tienen queridas? ¿Adoran los viajes, los muebles ricos y demás opulencias del buen vivir?... Misterio. ¿Cómo en la brevedad de una vida y en la flaqueza de un cuerpo pueden caber las horas necesarias para derretir tantos millones?... Lo ignoraba. No era roñoso, y, sin embargo, no gastaba mucho dinero. ¿Cómo se emplea el dinero? Tampoco lo sabía. El dinero, por lo visto, se gasta casi con el mismo trabajo con que se gana; es un brujo que primero no quiere venir y luego no hay manera de separarle de nosotros. Para esto, tal vez, es indispensable tener amistades, frecuentar Casinos... Pero, ¿cómo adquirir relaciones? ¿Cómo acercarse a los obradores donde el amor es alegre y barato, o a las heteras célebres cuyas noches deshacen familias y fortunas?... El primer movimiento de las ciudades es hostil, hermético; rechazan al forastero y hay que vencerlas, como a las personas. Don Higinio ignoraba esa labor de conquista; sin embargo, no se hubiese cambiado por nadie.

Fiel a su afición más arraigada había comprado una caña de pescar, y muchas mañanas iba a sentarse bajo el puente de las Artes. Sigilosamente el pasado le envolvía, le recobraba; parecíale hallarse en Serranillas y viendo el Sena se acordaba del Guadamil; como otras veces, mirando en el bulevar las rotativas de Le Matin, se acordaba de El Faro. Por las tardes visitaba los grandes almacenes: Louvre, Bon-Marché, Samaritana..., y hoy compraba el corsé de doña Lucía, mañana la pitillera para Julio Cenén, o una torre Eiffel para adornar la mesa de don Cándido...

Únicamente las cartas de su mujer le molestaban, aunque de soslayo acariciasen su vanidad. Doña Emilia estaba celosa; no comprendía que su marido emplease tanto tiempo en conocer París, y le suponía enamoriscado de alguna francesa. La imaginación de las damas recogidas y caseras marcha muy de prisa.

«Me han dicho —escribía— que esas mujeres enloquecen a los hombres. ¿Es verdad?... ¡Cuídate, por Dios! Tú eres bueno, pero las malas compañías tiran mucho. Higinio: no quiero pensar que puedas olvidarte de tus hijos y de mí. ¿Cuándo vienes? La sola idea de verte llegar enfermo me saca de juicio».

A esta carta, que traslucía el espíritu altanero, dominador y vehemente de la antigua rica hembra, contestó Perea con otra muy afectuosa y razonada, donde hablaba de los muchos días que su catarro le impidió salir a la calle, y de aquella discreta parsimonia que la adquisición de los objetos, algunos de valor, que sus amigos le encargaron, requería. Mintió un poco.

«Por tu abrigo de pieles me han pedido cinco mil francos en una peletería del bulevar; yo me quedé aterrado; pero me aseguran que en cierto almacén, cuyo nombre ahora no recuerdo, lo hallaré tan bueno y más barato. También debo ocuparme de la pianola que nuestro amigo Arribas desea; para comprarla sin exponerme a ser engañado necesito que alguien me guíe y aconseje. Todo esto exige paseos, relaciones y tiempo, mucho tiempo; en Serranillas no podéis formaros idea del tiempo que se pierde en estas ciudades enormes. Además necesito dinero; con el que traje no tengo para nada; aquí todo es carísimo. Mándame, pues, a vuelta de correo, cinco mil pesetas...».

La respuesta de doña Emilia tardó en llegar; venía acompañada de un cheque contra el Crédit Lyonnais por valor de mil duros, moneda española; y era una misiva breve, seca, llena de sombras. Decía la esposa:

«Me apresuro a enviarte la suma que necesitas. Ojalá no sea para tu mal. ¿Nos reuniremos pronto? No lo sé. Parece que un siglo ha pasado desde que te fuiste. Nuestros hijos me preguntan por ti: te echan mucho de menos. ¡Si vieras qué alta está la niña!...».

Perea se indignó; era una carta imbécil: su mujer hablaba de su ausencia de dos meses como de un destierro de varios años. En el mismo error tropezaban sus amigos: todos le suponían divirtiéndose, interviniendo en lances de magia y cinematógrafo, atropellando «estrellas» de café-concierto y despilfarrando con española bizarría los billetes de Banco. ¡Idiotas! ¡Creían a París un poco mayor que Ciudad Real!... ¡Si ellos supiesen su desventura del tren, la engañifa de madame Berta y el estado de monástica abstención en que vivía!... Don Higinio apretó los puños. Luego, con aquella admirable facilidad que su alma voluble tenía para pasar de la cólera al desdén y a la risa, se encogió de hombros. En la pobre vida humana todo a la vez es grotesco y trágico; solamente las apariencias varían; tan pronto el drama se viste el traje de Arlequín, como lo bufo, lo insignificante, «lo de todos los días», se emboza en la capa de Cyrano y tiene, como Romeo, una escala y una cita.

En este último caso se hallaba don Higinio. Había de volver a su pueblo casto como un San Luis Gonzaga y llevando intactos sobre los labios los besos que doña Emilia le diera al despedirle, y todos, sin embargo, descubrirían en su rostro la honda fatiga, ruina y acabamiento de las orgías gozadas. Y aún podía disculparse que sus conterráneos, lugareños y sencillos, opinasen así; lo extraordinario, lo que bañaba a Perea en asombro, era que personas que vivían a su alrededor, el intérprete del hotel, verbigracia, creyesen lo mismo. Es el sino del individuo: hay hombres que tras una larga vida dedicada a darle gusto al diablo llegaron a viejos nimbados de un prestigio inamovible de rectitud, gravedad y melancolía; mientras otros, habiendo luchado y sufrido y llevado acuestas las cruces más penosas, jamás fueron tomados en serio. Nadie les cree: su cortesía sonriente es ligereza, desaprensión, liviandad de costumbres y de conciencia; sus momentos de tristeza, disimulo; su cansancio de trabajo, fatiga de placeres. La muchedumbre, sin saber cómo, clasifica a sus individuos apenas salen de la Universidad y les extiende ejecutorias de las cuales nunca podrán hallarse totalmente libres; y así, por decreto absurdo de la opinión, este será prudente y virtuoso, y aquel, loco y frívolo como un sombrero echado al aire.

¿De dónde proceden esos errores colectivos? ¿Es del modo que el sujeto tiene de mirar, de vestirse, de dar la mano? ¿A tanto alcanzan la gracia de unos guantes de ante o el color de un chaleco? Y, en caso afirmativo, ¿cómo la opinión ajena, que primero es para el sujeto porvenir y horizonte, y luego, por obra renovadora del tiempo, se muda en ayer y cristaliza en la Historia, consigue dar tan hueros cimientos a sus juicios?...

Evidentemente, la multitud, inclinada a encogerse de hombros cuando la invitan a realizar una obra filantrópica, descubre una resuelta simpatía hacia lo calumnioso, y lo acredita el éxito que obtienen las campañas difamatorias de los periódicos: una crónica laudatoria pasa inadvertida, cual si la envidia de todos la circundase de silencio; mientras la gacetilla infamante se repite con complacencia, brinca de boca en boca, se agarra traviesa a todos los oídos, sugiere un eco de villana alegría en todas las almas...

Así se explicaba don Higinio el juicio absurdo que de su condición y tranquilos hábitos iba formándose el público. Al cabo, la idea de parecer desbaratado y calavera no podía enojar seriamente a quien, como él, siempre sintió el fastidio de ser virtuoso, y Perea, que nunca había mentido, siguió mintiendo: unas veces ante el intérprete de su hotel, otras en las cartas que escribía a sus paisanos; misivas ladinas en donde, sin decir nada, dejaba entrever mucho. Se debe aborrecer la calumnia por mala; la calumnia roe, mina, deshace: es el vitriolo del honor; pero, ¿cómo abominar de aquellos inocentes embustes que mientras mejoran a quien los dice regocijan al que los oye y le distraen discretamente?... Diosa Mentira, alma de los salones donde se murmura amablemente, nodriza de poetas, fontana de ensueños perlados, savia de toda cortesía, ¿cómo quiso el divino Platón desterrarte de su República?...

Las cartas de doña Emilia, recordando a don Higinio que en Serranillas estaba el inevitable desenlace de su historia, exacerbaron sus deseos de conocer París; pues son las urbes como las mujeres, que solo interesan fuertemente aquellas adonde llegamos accidentalmente o de paso, y así, ni estudiamos a nuestras esposas ni nos inspira curiosidad la ciudad que habitamos y que errantes de muy lontanos países acaso vengan a visitar.

Viviendo en buenos hoteles el viajero no puede inquirir el alma de la nación donde se halla, porque todas las fondas del mundo, salvo diferencias levísimas, son idénticas. Para acercarse a los «bajos fondos» oscuros y dolorosos de los pueblos, necesario será sentir la tragedia de sus necesidades; conocer íntimamente la importancia o valor de su moneda, saber cuáles son los mercados más baratos y lo que vale un panecillo y una libra de carne, y cuánto carbón dan por diez céntimos; desmenuzar la vida, ver cómo los recursos del hombre se multiplican para resistir a la miseria.

Convencido de ello don Higinio aplicose a explorar los detalles de ese vivir mezquino y arcano. En sus largas excursiones por el barrio Latino, prolongadas muchas veces hasta el Jardín de Plantas, el curioso manchego escrutaba los detalles más ínfimos: la clientela abigarrada de las tabernas; las zapaterías donde enderezan tacones o echan medias suelas a unas botas en el tiempo que su dueño invierte en leer un periódico y fumarse una pipa; los bazares populares donde venden hasta trozos de vela; las tiendas de antigüedades de las calles Bonaparte y Mazarino; las librerías de lance metidas en cajones a lo largo del Sena...

También invertía muchas horas recorriendo los llamados, por antonomasia, «grandes almacenes»; centros de enorme actividad comercial que sostienen a millares de familias y cuyo balance diario equivale a una gigantesca jugada de Bolsa. Francisco, el intérprete, le había explicado la fundación y desarrollo de esos establecimientos, asombro de forasteros. Generalmente su origen fue humilde. Un comerciante inteligente y pobre instaló, verbigracia, una tienda de sombreros para señoras; lentamente la pequeña industria arraigó, y medrando, lo que empezó siendo sombrerería, fue más tarde zapatería también, y luego bazar. Cuando las existencias desbordaban del local primitivo, su dueño adquirió una de las tiendas inmediatas, y después otra, y más adelante el piso principal, y el segundo y el tercero... ¡hasta las buhardillas!... Y como el trajín arreciaba, puso ascensores y escalerillas especiales de servicio.

Pasó tiempo...

Ya el negocio se hallaba sobradamente asegurado, el esfuerzo inicial había producido sus frutos, los asuntos afirmaban su rumbo próspero. Veinticinco o treinta años de ardiente trabajo habían bastado para que el insignificante despacho de sombreros se transformase en grandioso almacén.

El dinero llama al dinero; los que una vez quedaron victoriosos, sin procurarlo, hallan siempre aliados. Al antiguo modisto se unieron otros mercaderes que le brindaron sus iniciativas y su capital. Al principio fueron dos, tres; después, muchos; emitiéronse acciones y entonces la batalla fue de cientos de miles y aun de millones de francos. Compráronse ocho, nueve o diez casas juntas, toda una manzana; derribáronse los muros medianeros y sustituyéronse por columnas de hierro que, sin perjudicar la solidez, no mermasen la saludable amplitud y hermosa perspectiva de las salas; convirtiéronse los corredores en galerías, y uniendo unas habitaciones a otras improvisáronse magníficos patios cubiertos, a una altura de cinco o seis pisos, por gigantescas monteras de cristal. Así fueron organizándose esos titanes del comercio que flotan sobre el océano bursátil de París como boyas enormes, y gozan de prestigio mundial.

En cualquiera de esos bazares extraordinarios donde trabaja una verdadera muchedumbre de modistas, de corseteras, de zapateros, de sastres, de guanteras, de ebanistas, de tapiceros, de individuos pertenecientes a todos los oficios, y donde los trajes se entregan pocas horas después de encargados, hay zuecos para cocheros y mozos de cuadra, y botas de charol; vestidos de pana y de frac; sombreros de mil francos, dignos de ser lucidos en un palco de la ópera, y canotiers a ocho reales, para obrerillas; ropa blanca, perfumería, pieles, juguetes, enseres hípicos, muebles, pianos, libros, cuadros, estatuas, tapices... De cuanto la industria y el arte han producido, hay allí; y todo aparece bellamente expuesto al alcance del público, de modo que este pueda verlo y manosearlo con perfecto espacio y detenimiento.

Otra de las manifestaciones comerciales que más interesaban a Perea eran los mostradores a la intemperie.

El espíritu astuto de los mercaderes sabe cuánto abundan los transeúntes que, por falta de tiempo, distracción o quizás vergonzosa cortedad de carácter, se abstienen muchas veces de comprar. Para esta clase especialísima de público fueron ideadas las largas mesas que, desde las siete o las ocho de la mañana, según la estación, instalan los comerciantes al aire libre y son como un derramamiento pujante y alegre de la vida interior de cada almacén. Ante la plebeya alegría de aquellos mostradores, la multitud se detiene curiosa: allí los hombres se ponen en mangas de camisa para vestirse un chaleco, y las mujeres se prueban una blusa; cada cual va a su objeto; nadie se estorba. Esta venta se prolonga hasta la noche. A esa hora se recogen las mercancías, se levantan los mostradores y las pirámides de sombreros, los montones de zapatos y de corsés, las olas frufrutantes de faldas y de blusas, desaparecen en la amplitud del establecimiento. Es una inspiración o absorción gigante, que deja las aceras desembarazadas y limpias, como para que sobre ellas circule mejor la traviesa alegría del París noctámbulo.

De estas instructivas andanzas jamás regresaba don Higinio con las manos vacías. Poco a poco iba adquiriendo los cachivaches que necesitaba llevar a su pueblo: el reloj para Teresita, las navajas de Nicanor, la escopeta y unas polainas para don Gregorio, unos espejuelos para don Tomás... Amén de otras incontables baratijas que le sorprendían y enamoraban: figulinas de mármol, tinteros caprichosos, tarjetas postales, juguetes, un espejo, un bidet: diríase que a Serranillas no había llegado aún la civilización. Estos sacrificios los hacía para acrecentar el éxito de su restitución al terruño, seguro de que el brillo de su regreso estaría en razón directa del número de regalos que llevase. En el hotel de los Alpes atónitos estaban de tanta adquisición; dentro del dormitorio de Perea, al pie de la cama, encima del armario, sobre las sillas, los objetos, cuidadosamente atados y envueltos en papeles de estridente policromía, iban hacinándose; flotaba en el aire ese olor indefinible a barniz de las cosas nuevas: la habitación parecía un bazar.

Todo esto ahondaba las raíces de amor que París iba echando en el embelequero carácter de don Higinio. París era el misterio. Nadie le conocía en aquella ciudad inmensa. ¿Quién acecharía sus pasos ni iría a contarle los peces cobrados en el transcurso de una tarde, bajo la umbría del puente? Así, por contraste, viendo rodar las aguas del Sena, pensaba en su pueblo. ¡Oh, la hora triste, la hora gris, en que hubiese de regresar a Serranillas para otra vez vivir ante los ojos de todo el mundo!... Sorprendíase entonces de haber podido alejarse tanto de aquel pasado anodino, y comprendía que las distancias no existen; el espacio, con ser infinito, lo lleva el hombre en sí. ¡Querer!... He ahí el secreto; millares de personas no hicieron nada nunca, porque jamás su voluntad se decidió a la acción. Él, un día, «quiso», y aquel impulso interior, que solo tardó segundos en producirse, había bastado a sacarle de España. Lo que antes imaginara dificilísimo, ahora se le antojaba insignificante; y es porque la vida remeda a esas montañas que vistas desde lejos parecen inaccesibles, y luego, de cerca, ofrecen innúmeros vericuetos y quebrajas por donde encaramarse hasta su cumbre. Y París, en una historia tan llana como la de don Higinio, era una cumbre.