IV

Aquella tarde la dedicó Perea a visitar los grandiosos mercados centrales. A las cinco, bajo su impermeable y su paraguas de algodón, emprendió el regreso hacia el café del bulevar donde acostumbraba a beber su aperitivo. Llovía copiosamente y la neblina, esa encantadora neblina de París que tanto embellece a las mujeres, emborronaba los edificios y suspendía halos de similor ante los escaparates iluminados de los comercios. Don Higinio seguía la calle Montmartre; iba cansado, salpicado de barro, empujado a cada momento por la muchedumbre.

En la esquina de la calle Croissant alcanzó a una joven «de la casa llana»; rubia, los ojos azules, la nariz respingona, la boca cínica y alegre como una pirueta de café-concierto, el seno redondo, las caderas apretadas y movedizas. Al sentir sobre la blancura de su nuca el cálido aliento de don Higinio, la muchacha volvió la cabeza: una cabecita pequeña, insolente, bajo la sombra de su canotier rojo.

—¡Me había usted asustado! —dijo.

Perea sonrió sosamente y no halló en su exiguo vocabulario francés palabra oportuna que replicar. Ella continuó:

—¿Extranjero? ¿Es usted extranjero?

—Sí.

—¿Español?

—Sí.

—Me gustan los españoles. Yo tuve un amigo de Bayona, del Mediodía... ¿Me paga usted un bock?...

Se agarró a su brazo, volviéndose hacia él para hablar, de modo que la pomposidad juvenil de su seno rozase la mano que don Higinio llevaba recogida a la altura del pecho sosteniendo el paraguas. Ella había cerrado el suyo. Vestía de negro. Era una legítima hija del bulevar: lagotera, parlanchina, deseable, impúdica y cerril.

Prosiguió:

—¿Le gusto a usted?... ¿Sí? Lo más feo de mi persona es la cara: soy chatilla; mis ojos son graciosos, pero pequeños... El cuerpo, en cambio, es bueno; me lo han dicho muchos artistas. ¿Quiere usted verlo?... Espere usted un momento. Voy a enseñarle una fotografía que me hicieron desnuda.

Se iba con frivolidad de pájaro. Don Higinio la retuvo.

—¿Dónde vas?

—A buscar mi retrato. Yo vivo aquí mismo, en la calle Croissant. Vuelvo en seguida...

Y escapó. Perea quedose en medio de la acera, no sabiendo si aguardar a la moza o seguir su camino; mareado, los pies húmedos, mientras en su paraguas tropezaban los de todos los transeúntes. Decidió refugiarse en un portal. ¡Demonio de chiquilla!... Ella reapareció pronto: llegaba riendo, brincando, con una alegría que evocaba recuerdos de colegio.

—¡Vea usted!...

Don Higinio miró, mientras sus ásperos bigotes disimulaban una mueca faunesca de los labios. En aquel retrato la joven aparecía de perfil, las piernas juntas y los brazos en alto. Estaba bien: ni delgada ni gruesa; el seno en su sitio. ¡Muy bien!... El inflamable manchego sonreía gozoso; aquella imagen desvergonzada había sido una especie de toque de rebato para sus castigados deseos. Algo abrasador, quemante como un vaho de horno, le rozó la espalda. Los ojos duchos de la aventurera leyeron de corrido en la abochornada frente y las extraviadas pupilas de su interlocutor. Comprendió que debía ganar tiempo: no siempre los prólogos son oportunos...

—Entonces —dijo— no bebamos cerveza. ¿Quiere usted?... Yo conozco aquí, en la calle Paul-Lelong, un hotel donde estaremos tranquilos.

Don Higinio, alucinado, sintiendo agolparse a su cuello toda su sangre, preguntó maquinalmente:

—¿Es casa de confianza?

—¡Oh, ya lo creo! No tenga usted miedo. Yo voy mucho allí.

Caminó tras ella diligente, sin cansancio, sin frío, con un ahinco para el que todos los caminos eran cuesta abajo. Doblaron la esquina de la calle Paul-Lelong. Sobre una puerta leyó don Higinio: «Hotel Amueblado».

—Aquí es —dijo ella.

Y entraron. En la portería un señor grueso, de cara afeitada y monacal, les dio una llave.

—Buenas tardes, señorita Leopoldina. Habitación número quince; ya sabe usted, en el piso segundo...

Subieron presurosos una escalera de caracol, cubierta por una alfombra verde muy raída y manchada de gotas de cera. Traspusieron un pasillo oscuro, impregnado de ese aire tibio, oliente a perfume y a carne, de las alcobas; abrieron la puerta de un cuarto tapizado de rojo, donde había un lecho dorado, un lavabo, un armario de luna...

La señorita Leopoldina arremetió a Perea, cubriéndole los redondos carrillos de bulliciosos besos.

—Te voy a querer mucho —repetía—, mucho: eres muy guapo. Mira, yo soy así: una loca... Mis amigas lo dicen: una loca; en seguida me enamoro. Cuando regreses a España tendrás que llevarme.

Y en seguida.

—¿Llevas navaja?...

El galán sonrió; hizo un signo afirmativo. No llevaba navaja, precisamente, pero sí un cuchillo; el famoso cuchillo de mango negro y hoja triangular con que una noche asombró al intérprete del hotel de los Alpes. Desde que estaba en París, siempre, para salir a la calle, se lo ponía atrás, entre el pantalón y la faja, según la usanza marinera, y más por afición a lo heroico y decorativo que porque hubiese reflexionado nunca seriamente en la posibilidad de agredir a nadie. Leopoldina volvió a abrazarle; viendo el arma cortante, bruñida, sus ojos chispearon con regocijo ancestral; su alma vagabunda, acostumbrada a los lances violentos, se estremecía...

—Me gustan los hombres valientes —exclamó—. ¡Tú serás mi hombre!...

La señorita Leopoldina supo proporcionar a su amigo dos horas deliciosas: era infatigable, sabia, oportuna... Perea estaba abrochándose el chaleco, cuando recordó que no llevaba dinero en plata ni en oro. Solo tenía un billete de cien francos.

—Yo lo cambiaré —dijo ella—. ¿Cuánto he de devolverte?

Don Higinio, que empezaba a sentirse enamoriscado de la francesa, fue generoso.

—Dame la mitad.

Cambiaron un beso, el último, sobre los labios, y empezaron a bajar la escalera, cuyos peldaños en espiral daban la sensación de un remolino. La señorita Leopoldina, muy pizpireta, muy saltarina, bajo su sombrerito rojo, iba delante. Silbaba una canción. De pronto, al salir a la calle, echó a correr velozmente con un rapidísimo arranque de corza. Don Higinio la vio alejarse, esfumarse casi entre la niebla a través de la indescriptible baraúnda de peatones y de coches, y lanzose tras ella. Había comprendido que intentaban robarle. Al llegar a la calle Montmartre, la señorita Leopoldina se sintió trabada por un brazo. A su lado Perea, los ojos furiosos y los rudos bigotes mojados por la lluvia, estaba imponente.

—Suelta mi dinero, ladrona.

—¿Qué dinero?

—Mi billete de cien francos. Devuélvemelo o te rompo un hueso.

Ella empezó a gritar, en tanto miraba a los transeúntes, implorando su simpatía y ayuda.

—¡Suélteme usted!... ¡Yo no le conozco!... ¿Qué dinero es ese?... Usted no me ha dado dinero ninguno.

Hizo un esfuerzo violentísimo, arqueando las caderas y echando el cuerpo hacia adelante, al mismo tiempo que intentaba morder la mano con que el valeroso manchego la atenaceaba. Al fin pudo escapar, esquivándose detrás de un ómnibus. Pero don Higinio volvió a alcanzarla, y esta vez la señorita Leopoldina comenzó a gritar como si la despellejasen.

—¡Socorro, que me matan!...

—Mi dinero —rugía el manchego sin soltar a la chiquilla—; mi dinero o te estrangulo.

Forcejeaban en medio de la calle, sobre el barro, bajo la lluvia, expuestos a ser atropellados por los coches; resbalaba ella, resbalaba él; a don Higinio se le cayó el paraguas. Leopoldina vociferaba improperadora:

—¡Socorro! ¡Es un «apache»!... ¡Que me matan!...

La muchacha se defendía bien; pero apenas conseguía librarse de los dedos de su acosador cuando de nuevo caía en su poder. Así luchando y sin atraer mucho la atención del público, en quien el aguacero parecía sosegar la curiosidad, fueron acercándose a un despacho de bebidas situado en la esquina de la calle Réaumur. Todo el empeño de Leopoldina parecía cifrarse en llegar allí.

—¡Socorro! ¡Es un «apache» —repetía—, un «apache»!... ¡Que me matan!... ¡¡Socorro!!...

De súbito la tragicomedia callejera mudó de aspecto y amenazó convertirse en drama. Un mocetón como de treinta años, afeitado y robusto, con traje de pana color tabaco, los pantalones anchos de muslos y muy ceñidos sobre la bota, una boina azul derribada hacia atrás y alrededor del cuello un pañuelo rojo, salió de la taberna y trabando a don Higinio por los cabezones le zarandeó y obligó a soltar su presa.

—¡Eh, buen hombre!... —interpeló—. ¿Qué es eso?... ¿Qué le sucede?

Su acento zumbón, insolente, anunciaba un golpe.

—Me ha robado —repuso Perea algo sorprendido.

—Pues fastidiarse..., o si le parece... lo que había usted de decirle a ella me lo dice a mí. ¿No le es igual?...

Hablando así, sin soltar las solapas de don Higinio, llevose la mano hacia atrás, como buscando un arma. Era musculoso, tenía el mirar acerado y sobre su frente pálida caía, como un penacho belicoso, un mechón de cabellos rizados. La señorita Leopoldina, entretanto, se había refugiado en la taberna. Don Higinio vaciló: en Serranillas, seguramente hubiese andado a bofetadas con aquel pícaro; pero allí, a pesar de su cuchillo, tuvo miedo; miedo a la muerte, al misterio que envolvía todo aquel oscuro mundo de prostitutas y de ladrones; se acordó de los crímenes que había visto en los cinematógrafos, de los «apaches» que saben dar «el golpe del padre Francisco», y, como por ensalmo, sus fuegos de baratería y majeza se apagaron. Comprendiéndolo su contrincante, le volvió la espalda, y Perea, mal repuesto aún del susto, permaneció alelado, mirando hacia la taberna donde Leopoldina, de pie ante un grupo de mujeres y hombres, pirueteaba y reía agitando sobre su cabeza, como una bandera, el billete robado.

Amohinado y furioso, pálido a la vez de coraje y de miedo, don Higinio continuó su camino bajo la lluvia, sin siquiera acordarse de abrir su paraguas. A pesar de su diligencia llegó al hotel muy tarde; en el comedor no había nadie. El camarero, al servirle la sopa, le dijo:

—Hoy es usted el último.

Había en aquella declaración una especie de reproche, de lamento, hacia las desgobernadas costumbres del huésped; y Perea comenzó a engullir velozmente, cual si quisiera desquitarse del tiempo perdido. Acodado a la mesa glotonamente, pequeño, redondo, cabezón, rojo y mofletudo, tras la blancura de su servilleta, parecía el anuncio de un aperitivo. Según comía, su malhumor iba encalmándose. ¿De qué se avergonzaba? Si algo parecido le ocurre en Serranillas se deja partir en pedazos antes que echar atrás un solo pie. Pero, ¡en París!... ¡Bah!... ¿Quién le conocía en París?... La gente que le vio retirarse, pensaría: «Hace bien; es un hombre prudente, enemigo de escándalos; un caballero que tendrá su alma en su almario, como cada cual, pero que no ha querido jugarse la vida por una pampirolada...». Además, dado su aspecto, comprenderían que estaba casado, que tendría hijos, y el hombre casado debe cuidarse porque pertenece a su familia. ¡Ah, si no fuera por sus hijos, llevando como llevaba su buen cuchillo a la cintura!...

Atacó rudamente el bistec con patatas que acababan de traerle, trasegó parsimoniosamente un bien colmado vaso de vino, y el curso de sus ideas abonanzó. Total... ¿qué? ¡Nada!... Unas palabras, celos... Si es cierto que el «apache» le había trabado por los cabezones, él también le agarró una muñeca. ¡Oh, y con qué fuerza! Ahora lo recordaba bien; y él tenía la mano dura... ¡ya lo creo!... debió de hacerle daño... ¡En fin, cosas de hombres!... Lo cierto era que había pasado una tarde muy agradable...

La llegada del intérprete concluyó de serenarle. Francisco le traía una noticia impresionante.

—¿No le han dicho a usted la tragedia de esta tarde?...

Don Higinio hizo el gesto vago del individuo que acaba de llegar y no sabe nada. Francisco prosiguió:

—Ha sido algo horrible. ¿Se acuerda usted de Luisa, la camarera del segundo?

— ¿Una rubita, vestida de negro?

—Sí. Esta tarde se cayó al patio. ¡Pobrecita! La levantamos muerta.

Francisco observaba a Perea; al hablar había empleado esa lentitud sádica, llena de pausas, de reticencias crueles, con que los hombres saben dar las malas noticias que no les importan. Don Higinio hizo un ademán de sorpresa y derramó en la fuente de la ensalada una copa de vino. Pidió detalles. Acordándose de la pobre Luisa pensaba también en el «apache» de la calle Réaumur. ¡Si a él le hubiesen abierto el vientre de una cuchillada! Indudablemente hay días terribles.

Despacio, un poco emocionado tras el ajenjo que había pedido, Francisco refirió circunstanciadamente la tragedia.

Para los padres viejos que ahora lloraban su muerte se llamaba Luisa Soucy; para él y la servidumbre del hotel de los Alpes era la jeune femme de chambre du second. Luisa, bonita, traviesa y alegre como una doncellita de Marivaux, gozaba entre la gente de escalera abajo de cierta popularidad: había llegado a tener «cosas». Cuando iba por la calle, el carbonero de al lado, y el tabernero y el muchacho empleado en la mercería de la esquina, deslizaban en sus oídos frases galantes y ardorosas. El dueño de la épicerie próxima, si la veía aparecer con su delantalito muy pulcro y ceñido y su cestita colgada del redondo antebrazo, olvidaba sus propios intereses y la servía generosamente. Los domingos todas las muchachas de la vecindad querían salir con ella, porque Luisa era la más diabólica, la más feliz, la más ocurrente de todas, y a su lado no había dolor.

Según Francisco, esta pequeña celebridad la mató.

Luisa Soucy tenía temperamento de gimnasta: era atrevida, ágil, diablesca; lo que veía hacer a los titiriteros en las ferias de Saint-Cloud y Neuilly, ella lo repetía después puntualmente en el cuarto de la costura ante las ventanas abiertas, para que los vecinos la admirasen: brincaba sobre la mesa, se ponía cabeza abajo, orgullosa de sus piernas y de sus pantalones encintados, se columpiaba afianzada al montante de las puertas; hacía juegos malabares con los platos y si alguno de ellos saltaba en añicos contra el suelo, el público simple y bullicioso de Luisa Soucy reía a carcajadas. ¡Demonio de chiquilla y qué bien imitaba a los hércules de plazuela! ¡Cómo repetía sus farsas, sus gritos! Aquella criatura, realmente, tenía mucha gracia y acaso, de haberse dedicado a la farándula, hubiera sido una buena actriz. «No hay quien pueda con ella» —decían unos—. «No tiene miedo a nada» —agregaban otros—. Ella, la inocente princesita del patio, que conocía la admiración y hasta las mezquinas envidias de que era objeto, se hinchaba de orgullo como una heroína. Y así, jugando, mecida por el aplauso, llegó a la muerte.

Asomada a un balcón del piso segundo, Luisa Soucy bromeaba con una vecina. Había cesado de llover y aquella tregua pobló de mujeres las ventanas; un frívolo murmullo de cuchicheos femeninos alegraba los ámbitos húmedos y profundos del patio. Luisa, que estaba barriendo, dejó la escoba y quiso maravillar a su público con un ejercicio extraordinario.

—¿A que voy —exclamó dirigiéndose a su vecina— desde mi balcón al tuyo?...

Y la otra:

—¿A que no?...

En el fondo de esta negativa latía, inconsciente, una crueldad. Las camareras, los cocineros, los marmitones, algunos huéspedes también, noticiosos de la apuesta, miraban ansiosos y los comentarios revolaban febriles, animadores, de ventana en ventana.

—Es capaz de hacer lo que dice...

—Sí; pero no se cae, no hay cuidado: es un diablo...

Las más tímidas gritaban:

—¡Luisa, Luisa!... No seas loca... No puedes pasar; la distancia es muy grande...

En aquel momento, ella, quizás, tuvo miedo. ¿Por qué no, si era mujer y era muy joven, y muy honda la altura sobre que iba a exponerse?... Pero acaso comprendió que ya no debía retroceder: había ofrecido a «su público» aquella diversión y al público no se le puede engañar porque se le pierde; sus entrañas experimentaron ese calofrío que solo conocen los militares y los artistas ante la expectación, a la vez admirativa y despiadada, de las muchedumbres. Automáticamente, sin alegría, obedeciendo al orgulloso prurito de quedar bien, de no desmejorar la celebridad adquirida, Luisa Soucy intentó deslizarse sobre la barandilla, mojada por la lluvia, del balcón. Bruscamente sus muñecas débiles flaquearon y dando una voltereta fue a estrellarse contra las losas del patio.

El intérprete terminó con esa prosopopeya que inspira a los hombres el haber sido testigos de algo grave.

—Yo estaba allí, yo la vi caer...

Don Higinio se había quedado serio; el alma de Luisa Soucy le preocupaba; se parecía a la suya. ¡Ah, el deseo tantas veces funesto de quedar bien!... Esa vanidad que mató a la pobre muchacha es uno de los sentimientos más tenaces del humano espíritu: por vanidad, más que por abstracto y desinteresado amor a la belleza, triunfan muchos artistas; por vanidad se arruinan muchos mercaderes y se suicidan muchos amantes; la vanidad lleva al heroísmo. Ese aroma de las multitudes llamado «prestigio» puede, de consiguiente, ser lo mejor y también lo más malo; y si la popularidad es humo y por ella los hombres afrontan la muerte, ¿es que la celebridad vale tanto como una vida, o acaso la vida vale tan poco que puede darse por la celebridad?...

Don Higinio suspiró: ¡pobre Luisa!... ¡Y pensar que si él estaba allí sano y salvo era porque cuando su cuestión con el «apache» no tuvo público!...

Al día siguiente despertó enfermo: su frente y sus manos abrasaban; tenía la lengua sucia. Era una perturbación digestiva que achacó a su disgusto de la víspera y a la fuerte impresión que de sobremesa y a guisa de postre le dio el intérprete. Por segunda vez, desde que estaba en París, don Higinio sintió miedo. ¡Estar enfermo y tan lejos de Serranillas!... Con esta aprensión tomó una purga, y acostado y tosiqueando, quejándose unas veces de neuralgia y otras de dolores en el vientre, pasó varios días. La comida se la subían a su habitación; no se afeitaba ni ponía el menor aliño en el cuidado de su persona; las horas que estaba levantado las pasaba en un sillón, junto a la ventana, leyendo periódicos y viendo caer la nieve. En medio de tanto fastidio Perea, sin embargo, no se aburría. «Estoy en París», pensaba. Lo que equivalía a decir: «Nadie me ve, nadie fiscaliza mis acciones, nadie sabe de mí. De este breve período de mi vida, si el caso llega, podré decir lo que me parezca. En estos momentos la leyenda, cual una égida santa, me cubre de poesía...».

Una tarde Francisco fue a visitarle; el piamontés le echaba de menos; había preguntado por él y le dijeron que estaba indispuesto. Nada grave, por lo visto: le pulsó, le examinó la lengua y los ojos... ¡Bah, una insignificancia!...

—Esos males —agregó truhanesco— antes los curan las mujeres bonitas que los médicos.

El paciente hizo un gesto ambiguo; en poco tiempo había corrido mucho y estaba fatigado. Refirió su aventura con la señorita Leopoldina, aunque adobándola de modo que el desenlace fuese perfectamente airoso para él. La muchacha, desde el primer momento, le había demostrado gran simpatía. Él la cortejó, la arrulló fervorosamente y consiguió arrastrarla a un «hotel amueblado» de la calle Paul-Lelong. Al salir de allí, un antiguo novio de Leopoldina les detuvo; era un tipo terrible. Ella, asustada, echó a correr y desapareció entre el gentío. El desconocido tenía ganas de reñir, los celos le oscurecían el entendimiento y hasta hizo ademán de asir a don Higinio por las solapas.

—Yo, entonces —continuó Perea—, le agarré por el cuello..., yo soy fuerte..., le agarré bien..., en fin..., unos transeúntes nos separaron y todo quedó así.

Había hablado brevemente, con esa sobriedad de los hombres prudentes y bravos, refractarios a comentar sus valentías. Lo único que deploraba era no haber revisto a Leopoldina. El intérprete le interrumpió:

—No le pese a usted; esa mujer, indudablemente, es una aventurera. ¡Yo conozco París!...

A don Higinio empezaba a cansarle la muletilla del intérprete; no pudo reprimir su enojo.

—«Usted conoce París...» —exclamó—. Caramba, también yo lo conozco. ¿Qué hay con eso?... ¿Cree usted que soy un chiquillo?... Yo no me chupo el dedo, señor Francisco.

El piamontés repuso:

—No importa; yo me entiendo, señor Perea. Aquí hay gente muy mala. ¿Qué necesidad tiene usted, un señor serio, de exponerse a recibir un golpe?... París es muy peligroso, muy traicionero; un día, cualquiera de esas lumias, de acuerdo con cuatro o cinco «apaches», le dan a usted un susto.

Perea titubeaba la cabeza, ni jaquetón ni pusilánime; pero con la tranquilidad de quien todo lo lleva meditado y previsto.

—A usted —agregó Francisco— le convenía una mujercita que viniese a verle dos o tres veces por semana; pero aquí mismo, en su cuarto, sin escándalo...

Don Higinio abrió mucho los ojos. Parecía un gallo.

—Pero, ¿puede ser eso?

—¿Por qué no?... Yo, precisamente, conozco una señorita que le gustaría a usted: no viste mal, es juiciosa...

—¿Y la dejarían subir?

—De eso yo me encargo. Además, en este hotel, como en la mayor parte de los hoteles de París, todo está permitido.

Don Higinio concluía de cenar cuando llamaron suavemente a la puerta de su habitación. Era una joven delgada, no muy alta, deliciosamente pálida entre la frondosidad negra de los cabellos, y en los bruñidos ojos una expresión sabia y humilde, llena de promesas. Sus manos desaparecían en un manguito.

—Yo soy la señorita Enriqueta...

Perea comprendió. El intérprete había sido eficaz. Mortificado por la vergüenza de su barba mal afeitada, don Higinio saludó a la joven muy amablemente y la invitó a sentarse. Ella aceptó, recogida y modosa. Tenía la voz impertinente. Vestía de gris y adornaba su cabeza una gorrita del mismo color con un sprit rojo. Ceñía su cuello una piel blanca. Llevaba guantes, chanclos de goma, paraguas, una carterita de mano; don Higinio se acordó del holandés: ¡cuánta previsión! También la señorita Enriqueta «tenía de todo...». Ella inició la conversación.

—El señor Francisco, el intérprete, me habló de usted esta tarde. Dice: «Es un caballero español muy distinguido; un buen amigo». Eso es lo que a nosotras las mujeres nos conviene: personas distinguidas, serias, que no nos hagan perder el tiempo. Yo también soy muy seria. Otras jóvenes, así de mi edad, se enamoran de algún estudiante o de algún chauffeur o de cualquier comicucho, y andan por ahí desprestigiadas, sin dinero y expuestas a todo lo malo. Yo no soy de esas: yo soy formal; el señor Francisco me conoce hace tiempo. La mujer, para gustar, necesita ir bien calzada, bien vestida y eso cuesta dinero.

Había en el pequeño discurso de aquella señorita, que probablemente tenía ahorros en el Monte de Piedad, un exceso de seriedad, una sobra de equilibrio y buen juicio que afligieron a don Higinio. ¡Lástima que la señorita Enriqueta no fuese un poquito más loca!... No obstante, el noble manchego correspondía a las palabras de su interlocutora con graves cabezadas de asentimiento y elogio. ¡Muy bien, sí, señorita; todo aquello estaba muy en su punto; las muchachas galantes deben ser así!... Ella prosiguió con una destreza genuinamente mercantil:

—Tampoco soy de esas que dan escándalos: yo no bebo nunca, ni fumo, ni tengo malas amistades, ni pido lo que no debo pedir, como otras. Yo no abuso. Sobre todo la corrección. Si a usted le conviene ser amigo mío, yo vendré a visitarle cuando me llame: usted me lo dice ahora, o me escribe, o me envía recado por conducto del señor Francisco. Además, si quiere usted conocer bien París yo puedo acompañarle. Hay restaurants donde se come barato y muy bien, y con los ómnibus recorreríamos por poco dinero grandes distancias. Conmigo va usted seguro. Visitaremos los museos. Yo tengo alguna cultura artística y así, charlando, lo ve usted todo y practica el francés.

Le dio su tarjeta: «Señorita Enriqueta Nussac, calle Rougemont, número diez. (Junto a los grandes bulevares)».

Don Higinio se inclinó cortés y puso la tarjeta en el espejo del armario. No sabía qué decir, ni precisaba que añadiese palabra a lo expuesto por la joven del traje gris y del sprit encarnado. Era la situación, un tanto desairada, en que caen los hombres cuando las mujeres toman la iniciativa. De nuevo el recuerdo del holandés cruzó por su memoria. Verdaderamente, la señorita Enriqueta, guía, profesora de francés, expendedora de caricias a domicilio, todo dentro de la más estricta discreción y formalidad, era una especie de enciclopedia de «despacho permanente», donde hasta las más heteróclitas necesidades del forastero estaban previstas. Y don Higinio, enamorado perpetuo de la emoción, de lo irregular, sintió esa melancolía indefinible que hay en todos los negocios que llegaron a nosotros completamente hechos. ¡Qué diablos! Él, tan inclinado a complicar las cosas para embellecerlas, después de lo dicho por su amiga no le restaba otro quehacer que meterse en la cama y apagar la luz.

Al otro día, cuando don Higinio abrió los ojos, vio a la señorita Enriqueta, ya empolvada y vestida, leyendo Le Journal delante del balcón. ¿También madrugadora?... Perea se quedó estupefacto.

—¿Qué hora es?

—Las nueve. Yo me levanto siempre muy temprano. ¿Le sorprende a usted, verdad?

Se acercó a su amigo mostrándole el periódico; acababan de traerlo. Perea la invitó a desayunar; pero ella rehusó el convite; quería ir pronto a su casa a dar de comer a su gozquecillo y a sus pájaros. Cuando pasaba una noche fuera de su hogar estaba intranquila; siempre temía encontrarlos muertos. Don Higinio la dio un luis, y ambos prometieron volver a reunirse por la tarde, a las dos, en el pasaje Saulnier. Se besaron.

—Adiós, querida Enriqueta.

—Hasta luego, mi amor...

En seguida don Higinio se levantó y aseó pulcramente. Estaba contento; mientras se afeitaba no cesó de cantar; todos sus alifafes habían desaparecido. Después bajó al comedor y almorzó con un apetito de estudiante. Bebió una buena taza de café puro, pidió una copa de coñac, encendió un cigarro habano, se cercioró de que el cuchillo ocupaba su sitio, entre la faja y el pantalón, y salió a la calle. En la puerta del hotel encontró a Francisco.

—¿Qué tal mi amiguita?

—¡Deliciosa!...

El piamontés sonreía alegre.

—¿Volverá usted a verla?

—¿Cómo, si volveré?... ¡Esta misma noche! ¿Qué creía usted? En España somos así...

Y caminó sobre la acera, muy erguido, muy orondo, lanzando al aire una gran bocanada de humo...

La amistad grave y comedida de la señorita Enriqueta aportó al vivir habitual de Perea un nuevo elemento de orden. A pesar de sus comezones aventureras, don Higinio era un reglamentado, uno de esos caracteres sustancialmente metódicos, apegados a sus costumbres y a su casa, que hablan bien del matrimonio, usan paraguas y, cuando viajan, nunca dejan de comprar una guía de ferrocarriles. De aquí la rapidez con que la joven del traje gris se inhibió en su voluntad y acopló a sus mañas. Enriqueta iba a verle al hotel de los Alpes los martes y viernes, después de cenar; pasaban la noche juntos y el día siguiente lo dedicaban a pasear o a recorrer almacenes. Ella le favorecía con sus consejos, le señalaba lo mejor, y don Higinio experimentaba un travieso contentamiento obligándola a ponerse los diferentes regalos que había de llevar a sus amigas de Serranillas: el corsé de doña Lucía, el sombrero para doña Benita, el reloj de Teresa. Hasta el riquísimo abrigo de pieles que compró a doña Emilia en una peletería de la calle Royal por mil ochocientos francos, estuvo toda una tarde, durante una excursión a los museos del Louvre, sobre los hombros fragantes y redondos de la muchacha. Gracias a ella, también, conoció Perea los rincones favoritos del París noctámbulo, ojeó los alrededores de la ciudad, hermosos siempre, a pesar del frío, aprendió a utilizar los ómnibus y amplió notoriamente sus conocimientos del idioma francés. Considerando estos beneficios, los dos luises que semanalmente deslizaba entre las manos, alternativamente interesadillas y cariñosas de Enriqueta Nussac, constituían una recompensa irrisoria.

Sin embargo, el afectuoso corazón del hidalgo manchego no propendía a enamorarse de la señorita Enriqueta, bonita, elegante, bien educada, pero metódica, redicha y seria..., ¡horriblemente seria!..., fuera y dentro de aquella alcobita del hotel de los Alpes, como si el amor constituyese para ella una especie de oficina. Don Higinio se acordaba con cierta melancolía de Leopoldina; era una sinvergüenza, una verdadera lumia de plazuela, soez y ladrona; ¡pero, tan alegre, tan conversadora, tan aturdida!... ¡Buena diferencia de ella a Enriqueta, dulce, circunspecta, con algo de institutriz en la conversación y en el ademán!... ¡Oh! ¿Por qué lo alborotado, lo imprevisto, será también, casi siempre, lo más agradable?...

Esto no impedía al galán, pródigo como un poeta en novelescas invenciones, atribuir a su amiguita ciertas cualidades, muy recomendables, de emotividad y desinterés. Ella habíale dado a comprender, con veladas palabras, que dependía de cierto pobre señor, viejo y rico. Por esta razón tenía comercio con muy pocos hombres. Fue preciso que Francisco, el intérprete, le hablase de don Higinio, celebrándole su buena disposición de ánimo, generosidad y altas dotes de caballero.

—Yo te conocía de vista —había dicho la señorita Enriqueta— y me gustabas. Al revés de mis amigas, los jovenzuelos me aburren: son indiscretos, sobones, pegajosos... Prefiero un hombre, un verdadero hombre, como tú...

Con esto que ella declaraba, más otro tanto que inadvertidamente y de la mejor buena fe añadía la manirrota imaginación de don Higinio, llegó este a componerse una especie de enredo sentimental que, si no le consolaba completamente, siempre extendía cierto artificio poético sobre la moza y el camino de simpatía que la llevó a él. ¿Y por qué no sería amado?... Evidentemente, no era hermoso; pero el amor se parece al talento; a veces depende exclusivamente del espíritu: se puede obtener mucha admiración y mucho cariño y ser muy feo. Así consolado, en el comedor don Higinio miraba al holandés derechamente y sin envidia: estaban iguales; a él también le querían, con la ventaja de que sus ojos podían vanagloriarse de haber visto a la italiana, siquiera fuese a hurtadillas, aquella parte de su cuerpo más crecida y golosa.

Pronto tres meses serían transcurridos desde que Perea llegó a París, y las cartas de doña Emilia eran, de día en día, más apremiantes. La excelente señora no dudaba de que su marido tuviese relaciones con alguna francesa maestra en el arte de sorber el juicio a los hombres, y hablaba de arreglar su equipaje y plantarse en el hotel de los Alpes: ya no quería abrigo de pieles, ni sombreros, ni ninguno de aquellos regalos que el traidor la describía marrullero con intención evidente de fortalecer su paciencia con su codicia; lo que ella necesitaba era a «su Higinio», arruinado, tullido o ciego, o como las grandísimas tunantas de París le hubiesen dejado. No era posible resistir el imperio de aquel llamamiento furioso, y Perea lo reconocía así. Pero, ¿cuándo volver?... Serranillas era la verdad, la realidad odiosa, ¿y quién que conoció una vez el hechizo de una mentira podría tornar sin dolor a la aridez de la verdad?... Don Higinio no necesitaba mujeres, ni orgías, ni boatos desusados: con vivir en París tenía bastante. Hasta lo peor, la tristeza del invierno, la lluvia, la nieve, el frío, el barro que emporcaba las calles, el rumor oceánico de tantos millares de vehículos rodando entre la niebla, todo le producía una especie de mareo, de sopor de conciencia, que alimentaba su ufanía. Él regresaría a Serranillas, porque allí estaban su mujer, sus hijos y su hacienda; pero que le dejaran tranquilo algunos meses más, que no le hostigasen de aquel modo. ¿Es que el egoísmo de los suyos tenía envidia de su libertad?

Sus relaciones con Enriqueta también le sujetaban allí. Don Higinio, tonto a pesar de su traza y de sus años como un buen mozo, se creía amado; ella se lo había dicho varias veces, y una señorita tan seria no podía mentir ni enamorarse ligeramente. Se trataba de una pasión, de una verdadera pasión..., y afectos de tan subida calidad no deben pagarse con ingratitud. La señorita Enriqueta era dulce, mimosa, lloraría por él si le perdiese, clavaría en el encanto de sus cabellos sus uñas rosadas, enflaquecería..., y don Higinio tenía el corazón demasiado blando para consentir que nadie se arruinase por él. No, eso nunca. Todo menos dejar tras sí una estela de lágrimas. Pero, ¿cómo las pobres mujeres pueden interesarse así por hombres que apenas conocen? Él era un aventurero, un español, hijo del país de las leyendas sanguinarias, un corsario de carnes blancas... ¿Cómo Enriqueta, ofuscada, no pensó en esto antes de rendirle su voluntad?... Debía, por tanto, llegar a la ruptura suavemente para ahorrarse futuros dolores de conciencia. Con estos humanitarios escrúpulos pasó varios días, hasta que un incidente grotesco acudió a sacarle de aquel atolladero sentimental.

Una tarde se hallaba don Higinio tomando su aperitivo en la terrasse de un café contiguo al hotel de los Alpes, cuando pasaron Francisco y un huésped, a quien Perea había saludado algunas veces. Don Higinio, con una sonrisa y un gesto galante, les invitó a sentarse y ellos aceptaron. El intérprete pidió un ajenjo.

—Creo que es el duodécimo que bebo hoy —dijo.

El huésped pidió ginebra. Se llamaba Clark. Era un joven suizo, rubio, alto, elegante, que debía de tener muchos éxitos entre las mujeres. Don Higinio, para mostrarse amable, se lo manifestó así. Clark sonrió evasivamente.

—Usted —dijo— tampoco se aburre. Ayer le vi con la señorita Enriqueta.

Perea se ruborizó.

—¿Sí?... Es posible ... ¿La conoce usted?

—Mucho. Es la amiga de Francisco.

Don Higinio miró al intérprete, cuyos ojos, con el deleite de beber, se inmovilizaban y adquirían una expresión imbécil y húmeda. Clark prosiguió:

—Es una muchacha muy agradable, ¿verdad?..., y no es cara. Demasiado seria, tal vez... Yo la he llevado a mi cuarto varias noches.

Don Higinio quedose aturdido, cual si acabase de recibir un porrazo en la cabeza, y se llevó a los labios la copa de su aperitivo sin advertir que estaba vacía. No obstante, trató de disimular su desconcierto. Habló de un modo indiferente...

—Ella me ha referido una historia; dice que tiene relaciones con un caballero rico.

Clark lanzó una carcajada juvenil, y Francisco, que había oído las palabras de Perea, sonrió sin dejar de beber: los lacios bigotes, mojados en ajenjo; la nariz, roja; la mirada, turbia y feliz...

—Esas son invenciones —exclamó el suizo—. La señorita Enriqueta es la amante de nuestro amigo Francisco, vive con él... ¿Verdad, viejo?

El intérprete hizo un signo afirmativo; luego se encogió de hombros, significando con aquel movimiento que se echaba la moral a la espalda. Clark prosiguió:

—La señorita Enriqueta, como no es fea y sabe presentarse, constituye una mina. Aquí, el señor Francisco la administra muy bien, y, gracias a ella, donde usted le ve, ya tiene sus economías en la Caja de Ahorros. ¿Verdad, viejo?... ¡Bravo! El señor Francisco no es celoso.

El intérprete insinuó otro ademán de desdén. Estaba borracho.

—Yo conozco París —dijo—; aquí es preciso tener dinero. Mañana llega uno a viejo, y, si es pobre... ¡zas!, al hospital, ¿verdad? A pudrirse, ¿verdad?, a morirse como un perro... ¡Ah, y eso, no!... Hay que tener dinero, sea como fuere...; pero dinero, luises..., lo demás..., ¡bah!... Que no me vengan con cuentos, ¿eh?...; que no me vengan con cuentos... ¡Yo conozco París!...

Clark, que no sospechaba por qué el apasionado don Higinio se había quedado tan serio, le guiñaba los ojos picaresco y procuraba interesarle en la conversación. El suizo, por burla, quería que Francisco hablase.

—¿Hace mucho tiempo que la conoce usted?

—Tres años o cuatro..., ¡es igual!...

—Pero, veamos, señor Francisco; es incomprensible que una muchacha como la señorita Enriqueta esté enamorada de un hombre como usted. ¡Si fuese del señor Perea o de mí!... ¡Pero de usted!... ¡Un hombre casi viejo!...

El intérprete movió la cabeza.

—¡Bah! No sé si me quiere; lo de menos es que las mujeres nos quieran: lo importante es que no nos dejen. Y para tenerlas sujetas, nada como esto...

Enseñaba los puños.

—¿Eh?... ¡Yo conozco París!...

Mientras Clark y el intérprete charlaban, don Higinio se prometía no volver a pasar ni siquiera una noche con la señorita Enriqueta. ¡Miren la mosquita muerta, qué bien mentía y con qué monacal humildad bajaba los párpados al hablar «del señor rico» que la protegía!... Y a fin de cuentas resultaba que la hipocritilla se había desnudado en todos los dormitorios del hotel de los Alpes, y que el sucio dinero así ganado iba a redondear el bolsillo del borrachón y repugnante señor Francisco. ¡Qué asco! Perea sentíase removido por belicosos ardores; de bonísima gana le hubiese sacudido al intérprete un par de bofetadas; su cinismo lo merecía. Le miró atentamente, analizándole implacable. Era feo, hediondo, con aquellos ojos vidriosos y azules de lagarto, aquellos bigotes lacios que, al hablar, parecían metérsele dentro de la boca, y aquella nariz carnosa y bermeja. ¡Y pensar que la señorita Enriqueta ponía sus labios sobre un adefesio así!...

Repentinamente don Higinio se quedó muy triste; dentro de su imaginación meridional, un andamiaje de ilusiones acababa de derrumbarse. Recordó sus andanzas desde que salió de España: la bofetada infamante que recibiera en el tren, la burla de madame Berta, el billete de cien francos que le robó Leopoldina, la aventurera de la calle Paul-Lelong; y, finalmente, su desabrido enredijo con la señorita Enriqueta, ¡una señorita al alcance de todos los huéspedes del hotel de los Alpes!... Verdaderamente, para correr lances de tan pobrísimo jaez era ridículo que siguiese viviendo en París. Sí, regresaría a Serranillas. ¿Qué remedio? Aquel era su centro, el desenlace inevitable de su oscura vida.

A la mañana siguiente, los mozos de un bazar inmediato subieron a la habitación de Perea tres baúles mundos, que, unidos al reluciente cofre forrado de hojalata, compusieron un equipaje formidable, digno de un prestidigitador. En ellos fue colocando don Higinio las pieles, las ropas, los relojes de pared, los juguetes, las figulinas y los libros que, sin darse cuenta, había comprado en el largo holgar de aquellos tres meses, y tantos eran los objetos, que apuradillo se vio para que, al cabo, todos quedasen bien colocados y envueltos. Por la tarde recibió la visita de la señorita Enriqueta. La joven se sorprendió; el dormitorio parecía un andén.

—¿Cómo, te marchas?...

—Sí.

—¿Pero de una vez?...

Con el asombro sus ojos en aquel momento parecieron más lindos. Perea suspiró. Creía que su amiguita había cambiado de color, que acaso tenía deseos de llorar, y él no era capaz de hacerle daño a nadie. Arqueó las cejas, levantó los hombros cuanto pudo y luego dejolos caer desanimadamente, cual si todo su cuerpo fuera a desplomarse: el gesto de un deportado a Siberia o de un forzado a cadena perpetua.

—Me vuelvo a España —dijo.

—¡A España! —repitió la francesita—, ¿y por mucho tiempo?

Don Higinio aún pudo arrancar a sus omoplatos una nueva elocuencia.

—Probablemente para siempre.

Estaba triste; pero una repentina inspiración del comediante que acababa de surgir en él le aconsejaba apesararse cuanto quisiera, pues en momentos tales era belleza la melancolía.

La francesita, ante un espejo, volvió a colocarse sobre la alborotada gracia de sus cabellos la gorrilla que se había quitado al entrar; su instinto práctico la decía que junto a un hombre preocupado con su equipaje y ante una cama cubierta de cachivaches frágiles y de sombreros de señora, nada tenía que hacer. Todo había concluido; como si entre ella y don Higinio acabaran de levantarse los Pirineos...

Para despedirse, la señorita Enriqueta recobró su seriedad; volvió a hablarle de usted.

—Bien; le deseo un buen viaje, y si vuelve usted a París espero se acuerde de mí. Ya sabe usted mi nombre y mis señas...

Don Higinio la interrumpió precipitadamente:

—Sí, sí; calle de Rougemont, número diez, muy cerca de los grandes bulevares...

Le horripilaba la idea de que la joven fuese a darle otra tarjeta. La escena era trivial, con una trivialidad rayana en lo ridículo, y, sin embargo, tenía intensidad emotiva, era punzante, removedora, como todas las despedidas, parodias de la muerte. Además, el desorden del dormitorio añadía al momento un interés decorativo muy apropiado: algo de hogar deshecho, de nido frío, de altar roto en pedazos...

La señorita Enriqueta había abierto su cartera de mano: de ella sacó un espejito, una polverita, un peine minúsculo. Parecía contrariada.

—Necesitaba cumplir varios encargos y no llevo dinero. ¿Me paga usted un coche?

Don Higinio, magnánimo, la entregó dos luises.

—Toma —dijo— para que adornes una pulsera.

Y se separaron. Demasiado se le alcanzaba al noble manchego que aquel dinero iría a parar derechamente a las puercas manos del intérprete. Pero a él, ¿qué le importaba? Si la señorita Enriqueta quería pagar las borracheras de ajenjo de su viejo amante... ¡ella allá!... Don Higinio ya no sentía celos; sobre la ligera herida que en su amor propio dejaron las palabras indiscretas de Clark, la reflexión había extendido a modo de bálsamo una ecuanimidad tolerante y caballeresca.

Después llamó a un criado y le dio un franco para que le comprase periódicos.

—Aunque los traiga usted repetidos no importa: los quiero para envolver pequeños objetos que aún no están embalados.

El camarero volvió con casi toda la prensa del día: Le Journal, Le Petit Journal, Le Matin, Le Figaro, Le Temps, L’Écho de Paris, Le Gaulois, Le Petit Parisien, Gil Blas... Perea los ojeó rápidamente. Muchos de ellos hablaban en su primera página de un crimen misterioso perpetrado la víspera en una isla del Sena, y publicaban el retrato del muerto. Perea recordó su disputa con el «apache» amante de Leopoldina, y en medio de la pena que le producía volver a España experimentó un bienestar de liberación, una alegría de reo indultado; realmente, vivir en París era una temeridad.

Aquella noche —la última que pasaría en París— don Higinio no salió a la calle: prefería a la frivolidad de lo actual las gravedades enlutadas del recuerdo. Se acordaba de Hernán Cortés y de «su noche triste». ¿No valía París el imperio de Motezuma?... Subió a su habitación y extenuado, así de pesadumbre verdadera como de aquella otra que su imaginación fantaseaba y se atribuía, sentose sobre un baúl. Miraba a su alrededor.

«Mañana, a estas horas —se decía—, estaré muy lejos...».

Intentó llorar, y como no pudiese se pasó un pañuelo por los ojos y se metió en la cama, donde no tardó en empezar a roncar sonoramente.

Al otro día, a media tarde, para tener tiempo de facturar, don Higinio arregló sus cuentas con el dueño del hotel, se despidió de Clark y del señor Francisco, repartió propinas entre los camareros y subió a un coche.

—¡A la estación de Orleáns!...

Llevaba consigo el portamantas, dos maletines y varias sombrereras. Tras él, en un camión, cubiertos por un hule, bajo la lluvia que caía a torrentes, iban sus cuatro baúles abarrotados de obsequios, y metidas en cajones especiales, la pianola del notario Arribas y una motocicleta.

En aquel viaje a través de París don Higinio parecía un rey mago.