V
Cinco años después de regresar de París don Higinio Perea experimentaba la desazonadora impresión de no haberse movido jamás de Serranillas; de tal modo sus antiguos hábitos habían vuelto a ganarle, y tan perfecto fue el ayuntamiento del día en que salió de su pueblo con aquel otro en que volvió a él, que a través del recuerdo entre ambos no parecía caber ni el intervalo brevísimo de una hora.
La restitución del audaz manchego al solar de sus mayores tuvo, durante varias semanas, estrépito y claridades de apoteosis. Don Higinio salió de París muy triste, y su negra pesadumbre le acompañó al trasponer la frontera y sobre el dolor de las llanuras castellanas: era una amargura de destierro, de paraíso perdido; don Higinio comprendía a Boabdil... Sin embargo, al columbrar nuevamente la iglesia de su pueblo, recibió una perforante emoción de ufanía; luego, según el tren adelantaba, iba reconociendo los semblantes, todos familiares, de las personas que le esperaban en el andén, y cada uno de ellos obtenía de su impresionable corazón un latido alegre. Finalmente, cuando oyó la voz conocidísima, evocadora, de Juan Pantaleón que gritaba, más emocionado y más artista que nunca:
—¡Serraniiiillas, dos minutos!...
Sus ojos se arrasaron en lágrimas y su redondo coramvobis se empurpuró. La multitud le aclamaba; un tonante griterío desgarró el espacio:
—¡Viva don Higinio Perea!...
—¡Vivaaa!...
Allí estaban, en primer término, su mujer, su cuñada, el enorme don Gregorio Hernández con sus robinsónicas barbazas más revueltas que nunca, como si la emoción se le subiese a ellas y las encrespara; don Cándido el boticario; don Tomás Murillo, Julio Cenén, que había cogido en brazos a Joaquinito Perea para que su padre le viese antes que a sus hermanos; el notario, don Jerónimo Arribas; doña Lucía, doña Benita, Pepe Fernández, director de El Faro; Gutiérrez, el jefe de Correos, con sus hijas Águeda y Francisca... Y tras ellos todos los socios del Casino, el ingeniero y varios empleados y capataces de su mina, y otras muchas personas curiosas de ver al viajero, de quien últimamente se había hablado mucho y cuyas supuestas andanzas recorrieron el pueblo a expensas de la credulidad paya de los unos y de la desocupación y malicia de los otros. Zarandeado, besuqueado, oprimido, don Higinio, sin tiempo para desembarazarse de su maletín y de la manta en que iba envuelto, se revolvía bajo un enjambre de brazos obsequiosos: todos querían palparle, ofrendarle un testimonio material de su afecto, y al hacerlo le recordaban sus encargos.
—¿Me trae usted mis postales?
—¿Y mis floreros? ¿Qué hizo usted de mis floreros?...
—¡Amigo Perea!... ¿A que se le olvidó a usted mi despertador?...
En la imposibilidad de responder puntualmente a tantas preguntas, el gran hombre repartía apretones de manos, frases de esperanza, sonrisas de asentimiento y parabién. A su alrededor y a propósito de su persona bullían los comentarios. Don Gregorio Hernández le encontraba más grueso; a don Cándido le parecía que no había variado. Agarrada a su brazo, estrechándose contra él enamorada y vagamente celosa, doña Emilia murmuraba:
—Perillán... bien te habrás divertido... Tenemos que arreglar muchas cuentas...
Desmayaba la tarde y en la claridad opalina de su agonía, la curiosidad adornaba de mujeres los balcones; tras las persianas latían ojos avizores; en las puertas de las tabernas la gente se agolpaba. Era la atención unánime, absoluta, de un pueblo, concentrada en un hombre. De este modo, rodeado por una multitud sobre la cual los cuatro grandes baúles que componían el principal equipaje del viajero flotaban como boyas, arribó don Higinio a su casa.
Aquellos primeros días fueron alternativamente de laxitud y de fiebre; a momentos de agitación calenturienta, durante los cuales el repatriado veíase obligado a divertir a cuantos amigos iban a visitarle, describiéndoles detalladamente lo mucho que vieron sus ojos, sucedían intervalos taciturnos de paz. Vaciados los cofres, repartidos los regalos, comentado hasta lo más nimio, amortiguada la curiosidad de todos, don Higinio recobraba su vida. Volvió a dar cuerda a los relojes y a sentir la suave melancolía de las cosas familiares y antiguas. Al principio añoró mucho las comodidades del hotel de los Alpes. ¡Qué lujo, qué refinamientos, qué manera de prever y adelantarse a las menores necesidades del pasajero! Don Higinio hablaba y no concluía: un criado para abrir la puerta, otro dentro del ascensor, doncellas que parecían institutrices, mozos de comedor con frac, guantes y botas de charol, y en cada piso camareros vestidos de smoking, ceremoniosos y elegantes como galanes de comedia, que caminaban delante de los huéspedes encendiendo las luces, abriendo a su paso todas las puertas hasta dejarles en sus habitaciones, y retirándose luego tras una respetuosa curvatura de su espina dorsal. Perea suspiraba. Trabajillo iba a costarle restituirse a lo antiguo. Ello constituía el asunto predilecto de sus conversaciones, y a cada momento, para dar a sus frases relieve y prestigio históricos, exclamaba:
—Estos puños que llevo están planchados en París.
Y otras veces:
—El perfume de mi pañuelo lo compré en el bulevar, cerca del café donde iba todas las tardes a tomar el aperitivo...
Lo que más trabajo le costó fue acostumbrarse a tirar de los cordones de las campanillas. ¡Qué abominable atraso el de los pueblos! En su dormitorio del hotel de los Alpes había un timbre pequeñín, de porcelana, colocado en la pared, entre la cabecera del lecho y la mesilla de noche. Bastaba poner un dedo sobre aquel botoncito para que segundos después, cual salido de una caja de sorpresa, apareciese un camarero sonriente, amable y cordial como un diplomático. En cambio, el empleo de la campanilla le parecía indecoroso, especialmente de noche: si se hallaba acostado y a oscuras y necesitaba llamar, había de molestarse sacando un brazo fuera del embozo, buscar a tientas el cordón sobre la frialdad del muro y tirar luego de él, destapándose y despabilándose con el esfuerzo...
También echaba muy de menos la vajilla del hotel de los Alpes, tan fina, tan limpia, y la corrección y rapidez en el servicio de la mesa, y, sobre todo, el arte pulquérrimo de lustrar el calzado. En Serranillas no había criada que supiese embetunar un par de botas. ¡Qué distinto de París!... Perea no podía olvidar su alegría cuando por las mañanas, ante la puerta de su dormitorio, hallaba, dentro de sus botas cepilladas y bruñidas como el azabache, su correspondencia del día y un número de Le Journal.
Merced a tales recuerdos, don Higinio, mucho tiempo después de salir de París, continuaba viviendo en París, fumando con fruición el detestable tabaco que en gran cantidad trajo de allí, discurriendo en francés y manteniendo abarrisco la hegemonía de Francia sobre todos los países de Europa.
En su pueblo se ahogaba: le parecía ruin, arcaico, tedioso, y esta carencia de dinamismo espiritual lo achacaba a la monotonía de la alimentación, por obra de la probada influencia que sobre el cerebro tuvo siempre el estómago. Aquel viaje revolucionó sus opiniones políticas y hasta su manera de hablar; su fonética cambió completamente; sin llegar a aprender el francés, parecía haber olvidado el español; las palabras más sencillas y corrientes las pronunciaba cerrando mucho los labios y oscureciendo las vocales cuanto podía. También interrumpíase a la mitad de una frase, titubeando cual si no hallase el verbo o el adjetivo exactos, y la desenlazaba de un modo raro y exótico. Pero estas inocentes supercherías con que esforzábase en dar a su persona un barniz europeo duraron apenas un año. La conversación lugareña de su mujer, los cuidados de sus haciendas, sus cotidianas disputas con aparceros y rabadanes, las horas amables del Casino, todo iba quitándole aquel sutil aroma de cosmopolitismo, y al fin tornó a ser quien era y se hundió en su pasado: fue como piedra caída en un lago tranquilo, cuyas aguas, luego de vibrar unos instantes en círculos concéntricos, se cerraran sobre ella impasibles. Otra vez volvió a sus labranzas, a sus horas solitarias de pesca a orillas del Guadamil, a sus partidas de dominó y a sus caramelos de azúcar en el Casino, y al amor virgiliano de los frutales y de los geranios que medraban en su huerto.
Los tres meses vividos en París no le fueron, sin embargo, totalmente baldíos, que como algo deja de su filo el cuchillo en lo cortado, así guarda siempre el espíritu huellas de las emociones que pasaron por él. Serranillas había cobrado a sus ojos otra expresión más triste, y sus habitantes, aun los de mayor viso, un irritante empaque de vulgaridad y ordinariez que antaño no advertía; su viaje, educándole el gusto, descubriole muchas fealdades, pues suele ocurrir con las personas lo que con ciertos vestidos viejos, que si en la penumbra de la casa parecen bien, fuera, bajo la ruda luz de la calle, son inadmisibles.
De ello nació la imprevista afición de don Higinio a andar solo. Aquel hombre excelente pensaba en París, y a lo largo de las calles de Serranillas, anchas, calladas, en cuya paz algún estudiante de música desgranaba notas de Cramer y de Kalkbrenner, arrastraba, semejante a un ala rota, su melancolía incomprendida de desterrado. A intervalos el férreo tableteo de las herraduras de un caballo, el pregón del lañador o la cadencia monorrítmica con que unos colegiales repetían a coro los números de la tabla de multiplicar; luego nada: solo el eco de sus pasos en la quietud. Todas las casas, de fachadas revocadas de rosa o de azul y de aleros salientes, deshabitadas parecían; pero él sentía que desde las persianas verdes, con verdor de plátano, entre la alegría de las jambas pintadas de blanco, ojos femeninos le espiaban, le seguían, preguntándole, quizás, por su leyenda; y Perea, en quien sus pequeñas infidelidades conyugales agudizaron los instintos aventureros, experimentaba el roce de esa vehemente lujuria pueblerina, excitada por el silencio y la inacción en que la carne de las lugareñas jóvenes se tuesta, y que ardía tras las persianas semejante a un fuego vestal. Don Higinio suspiraba; ahora lo comprendía; ahora que era tarde. ¡Ah, si él veinte años antes hubiese sabido!...
La disposición de su casa le permitía mantenerse aislado. A derecha e izquierda del recibimiento o zaguán empedrado de cantos menudos y pulidos, abocaban las puertas del cuarto destinado a Teresita y a Carmen, y del gabinete contiguo a la alcoba conyugal. Después estaba el patio, adornado de macetas y con un pozo cuya roldana, a impulsos del aire, chirriaba en el silencio. Más adentro hallábanse el comedor, la cocina, la despensa, el ropero, el dormitorio de Anselmo y de Joaquín, y el despacho; una habitación sin otro moblaje que una vieja mesa, media docena de sillas de paja, varios arcones ratonados llenos de papeles y un armario con novelas y libros de agricultura y minería. Estas habitaciones abrían sus ventanas sobre el jardín, grande y bien arbolado. Los cuartos de la servidumbre ocupaban el desván. Los suelos, celosamente aljofifados; los techos, altos, y las paredes, blancas y sin adornos, daban a toda la casa una fuerte alegría de luz.
Don Higinio pasaba largas horas en el gabinete, lejos del rebullicio familiar y meditando en sí mismo. Contrajo la debilidad de suspirar. ¡Era un extranjero en su país! ¡Nadie le comprendía! ¡Estaba tan solo!...
Muchas mañanas cogía un libro, y, acompañado de sus hijos, trepaba bravamente a la cumbre más alta de los montes que parecían oprimir a Serranillas en un cinturón de piedra. Allí, mientras los muchachos jugaban, acomodábase en el suelo, ahincaba su bastón en la tierra, colocaba sobre él su sombrero y miraba el paisaje. La primavera restituía al campo sus temblores de esmeralda y prendía en el aire fragancias de azahares y de rosas. Una fuerte claridad blanca ungía el espacio. Abajo, desde la iglesia a la estación del ferrocarril, siguiendo un plano levemente inclinado, se arracimaba pintoresco el caserío: calles tortuosas, encolados jastiales, tejados bermejos y aquí y allá, como manchas abrileñas, el rectángulo verde de algún jardín. Del pueblo, juntamente con el silencio, voz augusta del valle, se elevaba, parecida a un hervor, el inextinguible charloteo de los pajarillos encelados, y a intervalos, un rebuzno, el clarinear de un gallo o el grito de algún tren minero: silbido flexuoso que tan pronto crecía, como se apagaba tras un vallado para renacer después, según las zigzagueantes evoluciones del camino. Todo orquestaba en el paisaje, bueno y adusto a la vez: los montes, los predios jugosos, las arboledas cubiertas de serpollos lozanos, las minas con sus chimeneas humeantes y sus sólidos edificios de ladrillo, tiznados por el polvo del carbón; los sembrados de patatas y los campos de alfalfa, sobre los cuales el Guadamil, brillando a intervalos, parecía haber diseminado los pedazos de algún espejo roto; y a otro lado, el perímetro circular y amarillento, semejante a un enorme grano de trigo, de la Plaza de Toros, y el paseo donde anualmente se celebraba la feria y conducía a cierta ermita donde la gente piadosa veneraba una imagen de San Rosendo. Miraba don Higinio y del horizonte refluía hacia él, como vaho fatal, una ola crecidísima de tristeza. Allí había nacido y en aquel cementerio lejano cuyos cipreses pequeños, rígidos, se alzaban sobre el suelo jaquelado por las tumbas cual piezas de ajedrez, hallaría desenlace y reposo su oscuro afanar. Don Higinio, trágico en medio de su insignificancia y adocenamiento, resoplaba de dolor con tal brío que sus hijos volvían los ojos para observarle. El menguado sentía gravitar sobre sus sienes, como un amago de congestión, la austeridad litúrgica del silencio: ese terrible silencio campesino, voz de la tierra que invade el alma y así la entumece y reduce a imbecilidad, como la exalta y lleva a la locura. ¡París, las torres maravillosas de Nuestra Señora, el puente de las Artes, bajo el cual vivió tantas horas felices! ¡El intérprete piamontés, el hotel de los Alpes!... ¿Y la francesita del tren? ¿Y madame Berta? ¿Y la pícara Leopoldina con su «apache»? ¿Y la señorita Enriqueta, tan interesadilla y tan formal, tan seria hasta en el instante de desembarazarse de su camisa?... De todas estas imágenes cínicas o triviales recordaba don Higinio y ninguna le sugería rencores. ¡Ah! ¡Y con cuanto gusto hubiese acudido nuevamente a ellas para ser engañado otra vez!...
A última hora, según costumbre añeja, iba al Casino, y al ver la ceremonia con que los porteros le saludaban, parecíale recibir un aliento de Europa y experimentaba bienestar indecible. Después se distraía sabrosamente oyendo mentir a sus amigos. Durante las interminables batallas de dominó, los jugadores inventaban historias, acuchillaban honras, aderezaban con graves salsas de pecado lo más inocente. Todas aquellas invenciones empezaban de igual modo: «Se dice...». La fórmula hipócrita, calumniosa y cobarde corría de boca en boca. Unas veces hablaban de cierto rico tabernero de Almodóvar, conocido por el remoquete de Tocinico, que acababa de establecerse en Serranillas y a quien suponían complicado en un negocio de moneda falsa; otras, de la operación que varios médicos de Ciudad Real practicaron a Águeda, la hija mayor del jefe de Correos: el tumor que, según su padre, la extrajeron del vientre, era un chiquillo de don Mariano, el dueño de la herrería. Se comentaban los menores incidentes acaecidos en el transcurso del día, los trajes que las muchachas llevaban al paseo y qué novios rondaban hasta más tarde; y si don Tomás solía dolerse de que no hubiera proporción entre los matrimonios y los bautizos; y si las caderas de Primitiva y de María Luisa, las alegres sobrinas del Juez municipal, eran de carne o de algodón; y como fueron muchas las manos que ora en la calle, ya en la iglesia, aprovechando irreverentes las apreturas de la misa mayor, pellizcaron en ellas, las opiniones estaban divididas. La mayoría, sin embargo, propendía al mal: Julio Cenén obtuvo un éxito cuando dijo que, según el testimonio fidedigno del limpiabotas de la plaza, que las había servido varias veces, tanto María Luisa como su hermanita tenían las pantorrillas muy delgadas...
Luego de cenar, mientras doña Emilia acostaba a los niños, don Higinio, apoyado sobre la barandilla del balcón, hundía sus miradas en la fuliginosa vaguedad nocturna. Desde su casa, situada en la parte más alta del pueblo, se atalayaba bien todo el aspecto del caserío, blanqueando con blancura fantasmal bajo la claridad lechosa de las estrellas. El silencio era tan absoluto, tan denso, que parecía sentirse en la piel. Solo a muy espaciados intervalos, el rumor lontano de un tren, un ladrido vigilante o el grito agorero de las lechuzas. A un lado y cual presidiendo el descanso del villorio, surgía la iglesia con su torre cuadrangular de centenaria reciedumbre, oscurecida por los años y el polvo minero. Aquella torre, en cuyo remate latía un reloj de cuatro esferas, parecía registrar simultáneamente los extremos cardinales del horizonte. Hasta don Higinio llegaba su imperio; era la voluntad del pueblo: tenía la fuerza de una orden, el despotismo de un brazo levantado, la dramática elocuencia de un ¡alerta! dado en la solemnidad de la noche. Bajo el espacio negro, el remate aguileño de la vieja torre recordaba el corvo perfil de una ave maléfica: las esferas, que solo podían verse dos a dos, eran los ojos fosforescentes y circulares, y entre ambas, bruñida por la palidez del misterio astral, una arista semejante a un pico carnicero. En el jamás interrumpido aburrimiento de la existencia lugareña, la torre de la iglesia constituía una obsesión inapelable como una ley: era el timón, la voluntad, la voz que clamaba ordenancista en todos los hogares. Ella despertaba a los hombres y les mandaba al trabajo; ella, al tramontar el sol, les restituía a sus casas; camino del colegio, los muchachos la miraban a hurtadillas. Era la alegría a veces, también el dolor; por lo mismo, su gesto, al reflejarse en las conciencias, tenía expresiones distintas: placentero con quien cumplió su deber, adusto para los que, holgazanes o distraídos, perdieron su jornada.
Don Higinio conocía de memoria estas calladas elocuencias. ¡Torre maga, torre de sugestión y embrujamiento! Sus campanas, que festejaban el amor de los casados y la inmersión de los recién nacidos en las aguas lustrales y gemían piadosas sobre los muertos, parecían las lenguas encargadas de referir al cielo la historia de aquel pequeño mundo olvidado. Ella lo disponía todo: el baile y la oración, la labor y el descanso; su clamor vibraba con voluptuosidades de epitalamio en la carne de las solteras; sus esferas luminosas, donde reía el tiempo, registraban el valle y fulguraban sobre él una amenaza. Solo un rinconcito se sustraía a su dictadura y era el cementerio, el camposanto; asilo de la eternidad ante cuyos muros se detienen las horas, y que a la orgullosa arquitectura de la torre erecta oponía la dócil negación, el inefable reposo igualatorio, de la línea horizontal.
Perdido en estas inútiles y acedas imaginaciones estábase don Higinio largo tiempo, hasta que la voz de doña Emilia, belicosa como un toque de corneta, le volvía a la humilde realidad.
—¡Higinio!... ¿Has cerrado la puerta de abajo? ¿Le diste cuerda al reloj del comedor?
Y luego, con la insolente autoridad del ama de casa abrumada de preocupaciones y deberes, añadía:
—¡Diantre, haz algo!... Debías suponer que yo soy de carne y hueso y no puedo estar en todo.
Él, callado y pasivo, más pasivo que nunca, con el reposo y la noble tristeza de un rey destronado, cerraba el balcón, aseguraba las puertas, soltaba los perros y volvía al dormitorio conyugal. Muchas noches doña Emilia, que tardaba bastante en dormirse, le oía suspirar.
Por refinado esmero que pusiese don Higinio en ocultar sus emociones, era imposible que su disimulo y gobierno de sí propio fuesen absolutos, y la mutación de su carácter no tardó en trascender al público. Doña Emilia y Teresita fueron las primeras en advertirla, y hasta los murmuradores, que al principio se burlaron de la pronunciación exageradamente francesa que trajo Perea de París, comprendieron que el espíritu de este atravesaba una grave crisis. Creeríasele herido de amor o sujeto a cualquier implacable remordimiento o maleficio.
—Nos le han cambiado —decía don Gregorio.
Y doña Emilia:
—Sí, señor, es verdad: el marido que se me fue no es el que ha vuelto.
A ratos, efectivamente, parecía otro hombre: la tristeza había aristocratizado su rostro carrilludo, y hasta en su cuerpo, a pesar de su fea cortedad y robustez, parecía insinuarse tímidamente una elegancia nueva. Se había suscrito a Le Journal, dejó de ir a misa, se aficionó a las corbatas de colores oscuros, compró un plano de Francia, y siempre que hablaba de París lo hacía bajando la voz, como si al evocar aquel recuerdo su alma penetrase en algún lugar sagrado. Era el acento respetuoso, recogido, prudente que se emplea en las casas donde hay un enfermo grave...
Contraviniendo su antiguo régimen de vida, salía de casa todas las noches, y acompañado de un perro caminaba por el campo diez y doce kilómetros. Ni el frío, ni la lluvia, ni el cierzo que pasaba ululante por los gollizos de la sierra, le detenían. Unas veces se plantaba en Argamasilla, otras en Almodóvar. Esto, amén de beneficiar su salud, le ayudaba a demostrar cuán cosida llevaba la costumbre de recogerse tarde. Sus convecinos se asombraban de verle y él sonreía, halagado y triste.
—Si me acostase antes de las doce —explicaba— no podría dormir.
No bebía más que cerveza y aseguraba que el olor del vino le producía náuseas. La primera botella de ajenjo que entró en Serranillas fue para él y suscitó largos comentarios: todos hablaban del brebaje verde donde Perea, que no podía renunciar a sus hábitos de París, disolvía lentamente un terrón de azúcar colocado sobre un tenedor. Julio Cenén compró la segunda botella, y como era muy novelero y gustaba de llamar la atención, la llevó al Casino para que todos lo supiesen. Este afrancesamiento de costumbres indignaba a don Gregorio e infundía a su vozarrón fragosidades de batalla.
—Son ustedes unos criminales —decía—, están envenenando al vecindario, y usted, amigo Perea, es el principal responsable. ¡Beber ajenjo en Serranillas! ¿Dónde se vio nada igual?...
Don Higinio hacía un signo de asentimiento y no contestaba; después se encogía de hombros, con la laxitud triste de quien sabe que no puede vencer sus vicios.
En la mesa familiar mantenía generalmente una actitud grave. Teresita hablaba trivialidades; doña Emilia regañaba a los muchachos por su desaplicación o sucia manera de comer y continuamente citábase como modelo.
—A tu edad —decía— yo no era así...
Perea callaba, aburrido, pensando que aquellas conversaciones repetidas día tras día, a lo largo de los años, tenían un rumor somnífero de aguacero. Frecuentemente quedábase absorto, inmóvil, la cuchara en el aire, los ojos, que no veían, clavados sobre un punto del muro. Su mujer le pellizcaba:
—¡Que no estás en París!...
Él la miraba, sonriendo bondadoso:
—¿Cómo adivinaste?...
Y seguía comiendo con esa placidez que suelen adquirir los rostros cuando el espíritu se halla ausente.
Recién vuelto de su viaje había continuado usando varios objetos que denotaban cierto galán refinamiento de costumbres: como ligas, bigoteras, frascos de brillantina, cosméticos, piedras pómez que limpian los dedos y les dan delicado pulimento, limas, pastas de rosado color para las uñas, pomadas suavizadoras del cutis y otros afeites. Pero insensiblemente, según el ambiente de Serranillas iba dominándole, aquellas novedades traspirenaicas fueron cayendo en deplorable desuso: las ligas cedieron su lugar a las antiguas y aborrecibles cintas; las bigoteras, olvidadas quedaron en un cajón de la cómoda; las limas se cubrieron de moho; los niños llenaban de agua los pulverizadores para regar las macetas. Perea había llegado a olvidar el secreto de aquellos lazos de corbata que se hacía en París y de nuevo, hasta en estas nimiedades, hubo de someterse a la férula maternal de su mujer. Lentamente se abandonaba, descuidaba los perfumes, no se limpiaba los dientes. Cuando iba a salir a la calle, no encontraba nada: doña Emilia tenía que anudarle la corbata, le ayudaba a ponerse los tirantes, le estiraba el chaleco sobre la redondez del abdomen, y al cepillarle la ropa, ya puesta, como lo hiciese con mucha exageración y ahinco, solía darle con la madera del cepillo en los artejos. Entretanto, le sermoneaba.
—¡Ah, qué hombre tan desmañado! La verdad, no comprendo cómo has podido arreglártelas por esos mundos separado de mí.
Él sonreía; su tristeza habíase resuelto en olvido o abandono de su persona, y en una novísima exaltación de su cariño a la naturaleza: pescaba más que antes y dedicose asiduamente al mejoramiento de los frutales del jardín. Amaba las uvas de reflejos metálicos; las fresas, que, con los últimos días abrileños, comenzaban a bermejear entre la verde alcatifa de sus hojas; las dulces sandías, que a veces se agrietaban de maduras, riendo con una bocaza clownesca, roja y feliz; las lechugas jóvenes, semejantes a esmeraldas sobre la gleba de la tierra removida y oscura. Entre los frutales, don Higinio tenía también preferencias. Sus favoritos eran los albaricoqueros y las higueras de frondoso y lozano ramaje, árboles peleadores, cuyas ramas enérgicas crecían rectilíneas hacia la luz. Ante estos tentáculos decididos, derechos y belicosos como bayonetas, los olivos más próximos, así como los manzanos y los guindos, de troncos blancos y redondos, recogían su follaje en un gesto notorio de huida. Perea desdeñaba aquellos árboles cobardes, cuya debilidad, por una larga concatenación de ideas, le movía a pensar en sí mismo.
A fines de mayo la llegada de unos acróbatas, procedentes de Ciudad Real, regocijó y puso en fiestas al vecindario. Los familiares del Casino no hablaban de otro asunto. Julio Cenén, que conoció al director de la farándula cuando este fue al Ayuntamiento por la necesaria licencia para levantar a un lado del paseo su circo de lona y tablas, aseguraba que las tres mujeres de la compañía eran hermosísimas, especialmente la más joven. Cenén y Pepe Fernández, director de El Faro, habían conversado con ella. Tenía diecinueve años y era de Perpignan.
—¿Habla español? —preguntó Arribas.
—Muy poco; veinte o treinta palabras; eso es lo malo: hay que enamorarla por señas.
Todos miraron a Perea.
—¡Vamos, don Higinio!... Ahí tiene usted una francesa, casi una compatriota... ¡Sea enhorabuena!... Ahora puede usted lucirse...
Don Higinio sonreía modesto. Sí, es verdad, que él dominaba el francés; pero... ¡bah!... La ocasión no era la más a propósito. En los Pirineos Orientales se habla un dialecto híbrido y oscuro lleno de influencias catalanas. ¡Una francesa de Perpignan!... ¡Si hubiese sido de París!...
Alguien insinuó la posibilidad de que Perea la conociese; como esas mujeres de teatro viajan tanto... Don Higinio sentíase puerilmente mecido, enfatuado, por tal suposición. ¡Quién sabe!... Mientras estuvo en París había frecuentado mucho los teatros Casino y Olympia, donde conoció a las aventureras de más boato y renombre, y no sería extraordinario que él y aquella titiritera hubiesen bebido cerveza juntos alguna vez.
—Yo —añadía bajando la voz— llevaba en París una vida de infierno: bailes, cenas con mujeres... ¡En fin! ¡Como un muchacho! Raras eran las noches en que iba a dormir a mi hotel.
Insensiblemente, los tres meses que don Higinio permaneció en París fueron dilatándose hasta convertirse en cuatro, en cinco, en seis... Al principio, el intrépido viajero se daba cuenta de su superchería; pero luego, repitiéndola, llegó a embaucarse y tener por hecho real y valedero su propia mentira. Y como la realidad de los sucesos y personas se desdibuja tanto o más en las lejanías del tiempo que en las del espacio, el mismo don Gregorio y todos sus amigos llegaron a creer que Perea, efectivamente, había residido en la ciudad del Sena más de un semestre. Contribuyó a añadir visos de certidumbre a la invención la época en que don Higinio salió de Serranillas: fue a mediados de noviembre, y el tránsito de aquel año al siguiente daba a su destierro longevidad increíble. Además, Perea, sumando discretamente lo poco que alcanzó a conocer a cuanto los periódicos le enseñaron, disertaba con notable desparpajo acerca de fiestas y cuadros de la vida parisina separados entre sí por grandes intervalos: de los bazares de juguetes que invaden los bulevares el día de Nochebuena y de la feria famosa del Catorce de Julio, aniversario de la rendición de la Bastilla; de los bailes de la ópera y del «Gran Premio» de Longchamps; de las borrascosas sesiones presenciadas por él en el Parlamento, y de las escenas galantes de las playas de Dieppe y Trouville... Y esta diablesca mescolanza de fechas y lugares coadyuvaba singularmente a dilatar su viaje.
El viernes, a las ocho y media de la noche, según El Faro había anunciado, celebrose la inauguración del circo: un verdadero acontecimiento que removió hasta el fondo los arcones olientes a naftalina, donde las muchachas acomodadas tenían guardados sus trapitos. A fiesta de tanta solemnidad y cosmopolitismo no podía faltar don Higinio. Acompañado de su mujer, de sus hijos y de su cuñada, ocupó seis sillas de la primera fila. Allí estaban también don Gregorio y doña Lucía, con sus rojas mejillas sopladas y tirantes; el boticario y doña Benita; Cenén, el notario Arribas, María Luisa y Primitiva Sampedro, las sobrinas del juez municipal; el jefe de Correos con su familia, y otros muchos nombres de la buena sociedad.
A lo largo de los asientos, como por hilos telegráficos, los chismes, las inquinas, las suposiciones calumniosas, corrían con inverecunda fertilidad y presteza. En aquel villano torneo de cobardía y maldad, los socios del Casino alcanzaban los primeros puestos.
—¿Han visto ustedes qué pálida está la hija de Gutiérrez?...
—Desde la historia del tumor...
—Sí, sí... ¡Valiente tumor!... De tumores como ese hemos nacido todos...
El circo, hecho de tablas, era una especie de anfiteatro, cubierto por una gran lona que oscurecieron la intemperie y el polvo y salpicada de remiendos blancos; un recio horcón o puntal clavado en el preciso comedio de la pista daba forma cónica a la frágil techumbre. La gradería de la entrada general hallábase separada de los asientos de mayor aprecio por un callejón, y la constituían largos tablones sin numeración ni respaldo. Una traspillada cortina de yute ocultaba a los espectadores el sitio por donde entraban y salían los artistas. Al otro lado, sobre un andamiaje a modo de palco, seis individuos pertenecientes a la Banda municipal, soplaban en sus instrumentos las bélicas notas de un pasodoble. El formidable bataneo del platillo señalaba el ritmo. Del suelo arenoso, removido, pisoteado, ascendía un polvillo sutil que iba blanqueando los sombreros de los hombres y amortiguaba el resplandor de los dos arcos voltaicos pendientes de un alambre sobre la pista.
Callado, un poco triste porque se acordaba de París, don Higinio miraba el espectáculo. Doña Emilia, adivinando la situación de ánimo de su marido, se irritó: estaba aburrido y, lo que era peor, con aquella cara aburría a los demás; la gente lo notaba.
—¿Quieres que nos vayamos a casa?...
Perea, hablando muy bajito, tranquilizó a su mujer:
—No, hija; si estoy contento... ¡Créeme!... Ahora... ¡Claro es!... Como de todo esto he visto mucho y tan bueno...
Efectivamente, ni las malabaristas alemanas, ni el payaso, ni el hércules que jugaba con una bala de cañón, le emocionaban; los perros amaestrados le aburrieron tanto que se puso a leer el último número de El Faro. Únicamente le interesó la francesita de Perpignan, que, de pie sobre una alfombrilla y a los acordes de un vals, realizaba ejercicios de dislocación. Era menudita, delicadamente carnosa, con cabellos de paje enguedejados y rubios y una boquita irónica como la de una dama galante del Renacimiento. La muchacha gustó; su juventud, su gracia, la cordial armonía de sus formas y ademanes, conquistaron al público; hombres y mujeres la observaban ávidamente, y la artista debió de sentir sobre su piel rosada, como efluvio magnético, el roce del deseo y de la envidia. Un grupo de amigos del Casino, Julio Cenén entre ellos, miraba a Perea, invitándole con exagerados guiños y aspavientos a que reparase bien en la francesita. Parecían decirle: «Ahí la tiene usted. Esas son de las que a usted le gustan». Viéndoles, don Gregorio reía. Don Higinio, molestado, miró a su mujer.
—Podían considerar que vengo contigo. Esas indiscreciones únicamente entre hombres solos pueden tolerarse.
Ella había enrojecido de celos.
—Cuando tus amigos te embroman así, algún motivo habrá. Yo no soy tonta. ¿Es que a esa mujer la conociste en París?
Perea, satisfecho y envanecido, se echó a reír.
—¡No digas disparates!... Claro que hubiera podido conocerla... Pero, no, te lo aseguro; no sé quién es...
Y su pueril petulancia era tal que quitaba eficacia a su negativa. Doña Emilia le miraba de hito en hito a los ojos, y bajo su rollizo corpachón toda su ingenua y caliente sangre manchega hervía. ¡Ah, la raza!
—Yo sabré enterarme —murmuró—; y si esa titiritera ha venido a Serranillas detrás de ti, pierde el moño.
Su cólera era tanta que empezó a suspirar y a rebullirse en su asiento, cual si la pinchasen alfileres. Perea sintió a su lado una palpitación de tragedia y tuvo miedo. La idea de que dos mujeres se matasen por él le horrorizaba. Doña Emilia tenía el semblante cubierto de mador y salpicado de manchas rojizas, como si un ataque de herpetismo la amenazase.
—Esta misma noche he de saberlo —repetía—; esta misma noche...
Nada dijo don Higinio; pero cuando la francesita, terminados sus ejercicios, se retiró, pareciole que acababan de quitarle un gran peso de encima.
Al día siguiente, en el Casino, don Higinio Perea quiso a bofetadas madurarle los carrillos a Cenén y a Pepe Martín. Su broma de la víspera, en el circo, era imperdonable y sirvió para que su mujer le diera un disgusto; doña Emilia tenía celos de la francesita de Perpignan.
—Y si lo hicieron ustedes para mortificarme —agregó levantándose con bélica arrogancia—, se han equivocado: yo no tengo miedo a nadie; yo sé cerrar los puños y ponerlos donde sea menester.
Tosió, se aseguró las solapas sobre el pecho, dio algunos pasos hacia adelante, hacia atrás, de costado, ante las personas que le rodeaban expectantes, suspensas de tanta valentía.
—Porque a reñir —concluyó—, y esto se lo digo a usted..., y a usted..., y a usted..., y a quienquiera darse por aludido, no hay hombre que me eche el pie delante.
Aquel arranque de cólera había agotado los escasos fondos de rencor que podían incubarse en un espíritu tan evangélico y bonachón como el suyo, y así, apenas lanzó su viril desafío, cuando con las últimas palabras sus odios claudicaron y sintiose descaecido y amansado como una oveja.
Julio Cenén, que le conocía perfectamente, aprovechó esta oportunidad para abrazarle. ¡Ea, pelillos a la mar!... Pero ¿a qué venía aquello?... Varios de los circunstantes intervinieron en favor de la paz y don Higinio, satisfecho de su airosa conducta y ya totalmente desarmado, concluyó echándose a reír. Estaba pesaroso de su arrebato; no se acordaba de nada, no quería que nadie lo recordase tampoco. Se acabó; él retiraba una a una cuantas frases agresivas hubiera podido decir...
Por la noche volvió al circo acompañado de Cenén; el secretario del Ayuntamiento quería a todo trance hablar con la francesita de Perpignan y le llevaba de intérprete. Al entrar vieron a don Gregorio Hernández. Cenén le echó un brazo por la cintura.
—¿Quiere usted venir? Vamos a decirle cuatro requiebros a la francesita de las dislocaciones.
El rostro aguileño del travieso secretario rebosaba malicia. Don Gregorio le miraba desdeñoso y burlón; a Cenén no le crecían ni el juicio ni los pantalones; no le inspiraba confianza; a él los hombres de cabeza pequeña nunca le habían gustado. Tras una pausa, demostró ceder:
—¿Y quién va a presentarnos?
—¿Quién ha de ser?... ¡Yo!... O mejor dicho, el amigo Perea, el único de nosotros que sabe francés...
Aquella noche el elemento masculino predominaba; los mineros invadían la entrada general; en los asientos de preferencia, en cambio, había pocas familias; las señoras decían que las saltimbanquis trabajaban demasiado desnudas...
Siguiendo un callejón llegaron Cenén, don Higinio y el médico a la parte del circo por donde salían y se retiraban los artistas. Allí estaban el clown de los perros amaestrados, el hércules, las malabaristas alemanas y la francesita de Perpignan. Al ver a Cenén, a quien ya conocía, la joven sonrió. En familiar y limpio castellano, el secretario, con gran desparpajo, presentó a don Higinio:
—Aquí tienes un hombre que en eso de hablar francés es una especie de Gambetta.
Por los ademanes de su interlocutor comprendió la señorita de Perpignan que la traían un intérprete.
—Muchísimo gusto... ¿El señor habla francés?...
Perea tartamudeó:
—Sí, sí... un poco...
Cenén lanzó una carcajada grosera:
—Le hemos entendido a usted perfectamente. Ha dicho usted: «Sí, sí; un poco». Para eso no necesita usted ponerse tan colorado.
La joven miraba, alternativamente, a los tres hombres.
—España es muy bonita —dijo—, me gusta mucho. ¿Conoce usted París?...
Don Higinio afirmó. ¡Ah! ¡Ya lo creo! ¡París!... ¡No conocía otra cosa!...
—¿Vivió usted allí mucho tiempo?
Él extendió los cinco dedos de su mano derecha y el meñique de su mano izquierda, y luego, con un mohín de indecisión, alargó también el anular.
—¿Seis o siete años? —exclamó la artista asombrándose.
—No, no...
—¿Seis o siete meses?
—Sí... sí...
Se embarullaba. Al responder, por más esfuerzos de memoria que hacía, no daba con la palabra exacta; el buen hombre se hallaba en ridículo; su festera imaginación le había engañado; ahora su conciencia lo afirmaba: él no sabía francés. Cenén se reía, mortificándole:
—¿Y para eso nada más, para decir «no, no» o «sí, sí», ha pasado usted la frontera?
Perea intentó disculparse; atribuía su torpeza a falta de costumbre; en la psicología de la conversación hay mucho de mecánico; él estaba cierto de que ocho días después de volver a París charlaría el francés de prisa y correctamente, lo mismo que antes. Además, en Perpignan se habla un dialecto estúpido, y no aquel francés limpio y sonoro que él había aprendido en el bulevar.
—Dígale usted —apuntó Cenén— si quiere cenar conmigo.
Don Higinio se mordía los labios. «Cenar —pensaba—, ¿cómo se dice “cenar” en francés?...».
Trató de corregir la torpeza de su verbo por medio de una mímica hiperbólica, perfectamente meridional. La artista se encogía de hombros, risueña y encantadora dentro de sus mallas color tabaco. Había comprendido.
—¿Cenar? —dijo—. No puedo; esas cenas después de la función suelen hacer daño...
Sonó un timbre y la señorita de Perpignan se despidió; sus manos duras y pequeñas de gimnasta oprimieron las de don Higinio con viril sacudida.
—Adiós, señores. Va a empezar «mi número». ¿Irán ustedes a aplaudirme?
—¿Qué dice? —interrumpió Cenén.
—Nada, que se marcha; dice que «buenas noches». ¿Vamos a verla?
La francesita dirigíase hacia la cortina de yute que velaba la pista, y a cada momento volvía la cabeza despidiendo a los tres hombres con una sonrisa de malicia. Don Higinio, Cenén y don Gregorio, que no había desplegado los labios, juzgando su misión terminada, se retiraron. El secretario iba furioso.
—Si lo sé —decía—, me traigo un diccionario. ¡Lástima de noche!... ¡Canastos!... ¿Sabe usted, amigo Perea, que en París, con un intérprete como usted, cualquiera se muere de hambre?...
Doña Emilia tenía prohibido a su esposo categóricamente que fuese al circo; él, mansurrón y ladino, la ofrecía obediencia y se iba al Casino so pretexto de que sus digestiones empezaban a ser difíciles y necesitaba aligerarlas haciendo un poco de ejercicio después de cenar. En el Casino, jugando al dominó, permanecía hasta las nueve y media o las diez; pero a esa hora él, don Gregorio, que también se finaba por las faldas y el secretario del Ayuntamiento, se marchaban a relamerse de gozo con las dislocaciones de la señorita de Perpignan.
Al médico corpulento, sanguíneo y feudal, y a Julio Cenén, picado de lascivia como un adolescente, les llevaba allí el deseo de ver casi en cueros a la francesa y complacerse en la anguilada multiplicidad de sus actitudes, con cuyas visiones don Gregorio se ponía rojo, y el secretario del Ayuntamiento, que en sus momentos de más férvida atención tenía el sucio vicio de morderse las uñas, se quedaba lívido.
En don Higinio las gelatinosas torceduras de la saltimbanqui producían emociones de otro orden más espiritual y depurado. La hermosura alechigada y maciza de las alemanas malabaristas, el francés bárbaro del payaso, los juramentos que mascullaba en italiano el director de la compañía, le interesaban por igual y unos instantes le alejaban de Serranillas. Aquello era un remedo de cuanto él vio en sus andanzas por Europa, una fiesta de cosmopolitismo que orientaba su alma nostálgica hacia las frivolidades babélicas de Clichy. ¿Por qué se habría unido a doña Emilia? ¿Por qué tendría hijos y casas y heredades que administrar? ¿Por qué producirían sus campos tantas aceitunas y tanto trigo? ¿Por qué rodaría el agua en su aceña?... Y como si todo ello no bastase a retenerle bien trabado y sujeto, sus negocios de carbón, su mina, clavada en la tierra como profundísima raíz. Él hubiera deseado ser capitán de barco, pícaro, cantante o titiritero; entonces, como su rodar por el mundo le enseñara diversos idiomas, habría sabido exponer su amor a la señorita de Perpignan, y ella le hubiese querido y entregado a toda su voluptuosa disposición y merced. La idea de verse dentro de unos calzones de botarga y con la nariz pintada de bermellón no le intimidaba: tan grande era la eficacia poética de su ensueño. Ella vestiría sus mallas de color tabaco, y él se endosaría un traje de clown, de chino o de diablo... ¿Qué importaba?... Y luego, adelante por los caminos; muy pobres los dos, pero muy juntos, muy felices, con la suprema alegría de la libertad. La madre Casualidad, que siempre tuvo para los «sin patria» una sonrisa y una gota de leche, les acompañaría. ¡Ni hijos, ni muebles!... Nada que sujete; ningún lazo que obligue al corazón a mirar hacia atrás. Ante estos espejismos de hamponería, don Higinio suspiraba, amodorraba los ojos, cruzaba sobre la media esfera de su vientre sus manos cortas y peludas. Porque los hombres son en esto de desear lo mismo que las mujeres, que se desperecen y agotan por lo que no tienen, y así, mientras las pueblerinas sueñan con viajes, las titiriteras acaso diesen toda su independencia, todas las distracciones de su vivir quebrado y errante, a cambio de una casita rústica con gallinas y árboles frutales.
Estos ensimismamientos de don Higinio solía destruirlos un brusco codazo de Cenén. La francesita, inclinándose agradecida bajo los aplausos del público, se retiraba de la pista con corteses y graciosas zalemas.
—¡Mírela usted, qué pinturera! —rugía el secretario mordiéndose una uña—. ¡Había que comérsela!
—¿Cómo se llama?
—La Debreuil, Liana Debreuil... ¿Quiere usted que volvamos a verla?... ¡Cáscaras! ¡Usted está helado, amigo mío!...
Perea se alzaba de hombros.
—Pero, ¿qué quiere usted que haga?... Luego, el dialecto de esas francesas de los Pirineos Bajos es tan raro... Ya recordará usted lo que me sucedió con ella noches pasadas... ¿Verdad?... Hablamos, y... ¡ni media palabra!...
Al concluir el espectáculo Julio Cenén despidiose rápidamente de don Higinio y del médico. Don Gregorio le miró atento y poniéndole sobre el cogote una de sus manazas de cazador. El semblante del secretario tenía la inmovilidad de líneas, la fanática dureza de expresión, con que se manifiestan las resoluciones inexorables.
—¿Dónde va usted?... —exclamó el médico atenazándole un brazo.
—Eso no se pregunta.
—Sí, señor, se pregunta. ¿Dónde va usted, perillán?...
—A ver a la Debreuil.
—¿Solo?
—Completamente solo; es decir...
Con hipocresía discreta enseñó a sus amigos un billete de cien pesetas que llevaba en la cartera.
—¿Eh, amigo Perea, a usted que ha corrido mundo, qué le parece mi plan?
Luego, bajando la voz, los ojos relucientes de picardía:
—Voy a traducir mi pasión al Esperanto; esta vez creo que la señorita Liana y yo nos entenderemos.
Como el bien ajeno aflige tanto, a don Higinio y a don Gregorio las palabras del secretario les dejó tristes. Largo rato caminaron preocupados, en el silencio de las calles blancas, llenas de luna. Al fin, habló don Gregorio: los sanguíneos son impacientes.
—¿Cree usted que conseguirá algo?
Don Higinio hizo un gesto ambiguo; un mohín prudente de hombre mundano que ha visto muchas veces cómo lo que parecía imposible, el azar en un santiamén lo allana y resuelve.
—Nadie sabe...
El médico afirmaba egoísta.
—¡Bah! Me parece que no.
—Sin embargo, ese Cenén es un diablo.
—¡Por muy diablo que sea! Yo le aseguro a usted que no consigue nada. Él hará lo posible..., ¡eso sí! Ya le conocemos; pero la francesita le sacará el dinero, se divertirá a su costa unos días, y luego... ¡la del humo!... ¡Buenas son las francesas! ¡Tías más interesadotas nadie las vio!... ¡Es decir, a quién voy a contárselo!... Usted ya las conoce...
Perea sonreía y bajaba los párpados, cual si en la lengua llevase alguna anécdota galante y sabrosa y no osara contarla.
—Sin embargo —dijo lentamente, con la parsimonia de quien va leyendo en su experiencia—, esas mujeres de teatro suelen tener caprichos...
—¡No me hable usted de ellas! Son unas pécoras. Yo no he tenido comercio con ninguna, pero lo sé por mis amigos de Ciudad Real. ¡Ya lo dice el pueblo! La carne de teatro, cara y mala.
—¡Cara, sí, es cierto!
—¡Y mala, don Higinio!...
—Mala no, don Gregorio.
—¡Sí, señor, mala! ¡Muy mala! ¡Canastos!... ¡Se lo dice a usted un médico!
Pero don Higinio no cedía; instintivamente se apasionaba por las artistas, no quería que se las ofendiese; el odio burgués que Hernández manifestaba hacia las amables servidoras de la farándula enardecía su ánimo; defendiéndolas parecíale defender algo suyo. Su actitud fue tan resuelta que el médico cedió un poco.
—Bueno, no se encrespe usted así. ¡Caramba, Perea! Bien se conoce que habla en usted el agradecimiento. No obstante su opinión, yo sigo en mis trece y... ¡al tiempo! Estoy seguro de que Cenén, que en el fondo es un chiquillo, no consigue nada.
Era media noche cuando se despidieron. En la oscuridad, al lado opuesto de la plaza, el globo rojo de la botica de don Cándido tenía la expresión de una mirada.
—Hasta mañana, amigo Perea.
—Hasta mañana, don Gregorio.
Cuando don Higinio, andando de puntillas, llegó a su cuarto, fue interpelado agriamente por doña Emilia:
—¿Qué hora es?...
—Aproximadamente las doce y media.
—No mientas, estoy sin dormir hace dos horas. Ahora son la una y media.
—No, mujer...
—Si, señor. Antes oí: ¡tan!... la una. Y antes había oído otra campanada: ¡tan!... las doce y media. ¿Crees que soy tonta?...
Perea repuso flemático:
—Si deseas convencerte de tu engaño levántate y mira el reloj.
—No me hace falta. ¡Yo quisiera saber qué motivos te retienen por ahí hasta estas horas, las menos oportunas para que estén fuera de sus casas las personas decentes!
Don Higinio se había quitado la americana y el chaleco, que a tientas colocó abiertos sobre el respaldo de una silla, para que los sobacos se aireasen y secasen. La rolliza y encolerizada señora se removía en el lecho con un áspero roce de sábanas.
—¿Te diviertes mucho en el circo?... Como ahora, al cabo de los años, hemos descubierto que te mueres por las francesas. ¡Dichoso París, dichoso viajecito a París, dichosa lotería!...
Perea, que se acordaba de su cuartito del hotel de los Alpes, lanzó un suspiro tan hondo, tan huracanado, como el aliento de un gigante. Ella lo glosó agresiva:
—¡Sí, te entiendo, ya puedes suspirar! Afortunadamente esas bribonas se marchan de aquí el domingo. Hacen bien; de no irse, entre yo y unas cuantas íbamos a arrastrarlas por las calles del pelo.
Don Higinio, que acababa de perder un botón, empezó a buscar por la pared la llavecita de la luz.
—No enciendas —ordenó doña Emilia—, me duelen los ojos.
Perea concluyó de desnudarse a oscuras.
Otra noche el secretario del Ayuntamiento, tras un ocultamiento de dos días, reapareció en el Casino con aires de misterio y de triunfo. Sus amigos le interrogaban sonrientes, y él a todos contestaba en voz baja y pasándoles un brazo por el hombro. En la sala del billar, don Higinio, el notario y el médico, oyeron de labios de don Cándido lo sucedido. Julio Cenén se hallaba en relaciones con la titiritera: él lo decía, daba detalles; además, varias personas le habían visto.
—¡No lo creo! —interrumpió don Gregorio.
El boticario insistió; era un casado pacífico a quien no irritaban los éxitos amorosos del prójimo.
—No lo dude usted, Hernández; anoche mismo, ya tarde, estaban cenando en la fonda.
Perea observó vengativo:
—¿No se lo dije a usted, don Gregorio? Pero usted no quiso creerme: las artistas son muy caprichosas.
—¡Caprichos!... Entendámonos, porque esa mujer no querrá a Cenén por su cara linda, buscará su dinero...
—También es posible —replicó Perea—: la mujer de teatro es cara.
—Y mala, don Higinio.
—Mala no, don Gregorio; no sea usted tozudo. Ni malas, ni sucias, ni feas, hablo en general. ¿No dirá usted que la Debreuil es fea?...
Los omoplatos del médico tuvieron un encogimiento de supremo desdén:
—¡Bah!... Total, ¿qué?... Una saltimbanqui al alcance de todo el mundo.
Para distraer su envidia fue a sentarse a la mesa donde sus compañeros de tresillo le esperaban. Don Higinio y el notario continuaron informándose por don Cándido de la aventura de Cenén.
—¿Pero la francesita va a quedarse en Serranillas? —exclamó Arribas.
—No la juzgo tan loca.
—¡Naturalmente! Cenén carece de recursos para mantenerla.
Perea sonreía, atónito del buen atrevimiento, donaire y fortuna del secretario. Preguntó:
—¿Sabe algo la mujer de Julio?
—Lo sabe todo; nada había sucedido aún cuando ya fueron a contárselo. Pero, ¿qué hará la pobre?... ¡Aguantarse! ¡Ya sabemos cómo es él!...
El pasmo que despertaron estos pormenores en el alma ecuánime de don Higinio, pronto se fundió y deshizo en melancolía. Al principio, la mortificación de amor propio que sufriera don Gregorio le regocijó malévolamente; luego, él mismo y por idéntica causa, fue amustiándose. ¡Qué fortuna la de Cenén! Perea estaba seguro de no cederle en conversación y don de gentes y de aventajarle en dinero, respetabilidad y costumbre de hablar con francesas, que para algo había estado en París y conocido a la señorita Enriqueta. Y, sin embargo, él nunca hubiera sido capaz de acercarse a la Debreuil, mostrarla un billete de veinte duros y llevársela a cenar. Para esto hacía falta despreocupación, alegría desvergonzada, frescura de espíritu, y no tener una mujer como la suya.
«¡Yo quisiera verle con Emilia!» —pensaba, consolándose.
Las relaciones de Julio Cenén con la señorita de Perpignan habían dado a la figurilla desmedrada y simpática del secretario un prestigio galán. Su popularidad creció. Todas las simpatías femeninas estaban de su parte, porque era el hombre más pintoresco del pueblo y el único capaz de requebrar a las esposas de sus amigos. Él explotaba bien su éxito. Ni una noche faltaba al circo y las mujeres que le veían pasar desde sus ventanas le advertían mejor afeitado y vestido con mayor pulcritud que antes. Cuando Liana Debreuil salía a la pista, sonrientes los labios impúdicos, los brazos en alto, el cuerpo mollar y felino perfectamente modelado y como desnudo bajo sus mallas, la muchedumbre miraba a Cenén. Ella saludaba al público con reverencias y piruetas de bailarina, y al tenderse en la alfombrilla pecho arriba, las piernas en flexión, las manos cruzadas bajo la nuca, velaba los ojos perversamente cual si el recuerdo del enamorado secretario la rozase los senos. Julio Cenén, triunfante, envidiado, faunesco, reía dichoso, como sobre un pedestal, entre un grupo de amigos.
En la noche del domingo hubo función extraordinaria, y, terminado el espectáculo, apenas se fue el público, los mismos artistas comenzaron a demoler el circo. Sus martillazos sonaban lúgubremente. En un santiamén quedaron desarmadas las graderías, guardada en largos cajones la tablazón de las paredes y arrollada a un palo, como un telón, la vieja lona que servía de techumbre. Apenas duró tres horas la faena, y al día siguiente, en el primer mixto que iba a Ciudad Real y pasaba por Serranillas a las siete y minutos de la mañana, salió la compañía con todos sus bagajes. Una gran pesadumbre de silencio, de oscuridad; una pesadumbre de casa vacía, quedó tras ella.
Aquel día don Higinio lo pasó mal. ¿Qué podía importarle que los saltimbanquis se hubiesen ido? Nada, absolutamente; y, sin embargo, estaba triste. Por la noche, después de cenar y sin moverse de la mesa, pidió El Faro y se puso a leer. Leyó el artículo de fondo, los telegramas, el folletín, mientras fumaba bajo la blanca luz tranquila de la lámpara. Los niños se habían acostado. Doña Emilia le interrogó, irónica:
—¿No sales hoy?
—No... ¿Por qué?...
Perea intentaba dar a su voz un acento ingenuo.
Su mujer replicó:
—Me lo figuraba; como se acabó el circo... ¡Anda, que bien nos hemos reído a costa tuya Teresa y yo!... Conocemos tu mala suerte. ¿De modo que andabas bebiendo los vientos por la francesita esa?... ¿La Debreuil, no se llama la Debreuil?... Una noche estuviste hablando con ella lo menos hora y media; me lo han dicho... y te ponías muy colorado... Pero de nada te sirvieron tus conocimientos lingüísticos, porque Julio Cenén, más gracioso que tú y más joven, te la birló en un instante.
Calló, complaciéndose en el profundo amohinamiento y bochorno del esposo. Era su venganza. Luego:
—Francamente; te creía menos apocado. ¡Vamos, que dejarse engañar por un tipejo como ese, raquítico, feo y mal vestido!...
Perea no contestó; siguió leyendo. ¿Para qué replicar? A querer decir la compleja situación de su ánimo, sus penas sin nombre, sus inquietudes, el hondo fastidio que año tras año, según griseaban sus cabellos, fue envolviéndole como una red, hubiera necesitado estar hablando varias horas seguidas; al término de las cuales, ni ella le habría comprendido, ni él, probablemente, hubiese llegado a entenderse a sí propio: tan raro, tan heteróclito, tan ajeno a los trillados carriles de su espíritu era cuanto por su conciencia estaba pasando.
Un accidente acaecido en la mina, la brusca aparición de una vena de agua que anegó varias galerías en el corto espacio de una noche, vino a remover saludablemente el sedentario dinamismo moral de Perea. El ingeniero, informado por los capataces de lo ocurrido, fue a verle antes de amanecer. Urgía buscar remedio al mal; la inundación era tan copiosa que amenazaba el porvenir de la mina. Inmediatamente comenzaron los trabajos de salvamento. Durante varios días doscientos hombres llegados de Almodóvar y de otros pueblos inmediatos, pues en Serranillas había pocos braceros ociosos, divididos en compañías de a cincuenta números, lucharon sin tregua contra la arriada; pero entre todos no bastaban a sacar los metros cúbicos de agua que por la hendidura del manantial salían bullentes y espumosos, y así el nivel de la inundación continuaba subiendo. Ante la gravedad del daño, don Higinio Perea estuvo varias semanas sin desnudarse. Fue necesario telegrafiar a París pidiendo un motor de cuarenta caballos que diese movimiento a una especie de noria que el ingeniero había mandado construir. Simultáneamente, y a pocos metros de la mina, cuadrillas de albañiles comenzaron a levantar con toda diligencia y solidez el edificio donde el motor sería instalado. Más de dos meses duró la obra, y en ellos lo mismo el ingeniero, que los capataces y peones trabajaron con discreción y buena voluntad admirables. El día en que la noria empezó a funcionar y el agua de sus cangilones profundos, de un metro, rodó bulliciosa por un azarbe hacia el Guadamil, fue de júbilo para patronos y obreros. La esperanza volvía a los mineros sin recursos, despedidos del tajo por la inundación. Así todo el vecindario acudió a ver trabajar la máquina, cuyo poderoso bataneo resonaba a más de medio kilómetro; el edificio que ocupaba era sólido y grande, y sus muros bermejos de ladrillo se perfilaban con tan victoriosa ufanía sobre el infinito zafiro del espacio, que hasta los más envidiosos reconocieron la bizarría con que don Higinio, sin favor de nadie, supo hacer frente al desastre, invirtiendo en la nueva maquinaria y en las obras de albañilería a ella anejas un capital. Por suerte, tantos esfuerzos no fueron baldíos; la noria dominó a la vena de agua y la altura de la inundación empezó a decrecer. A la semana siguiente pudo maniobrar el ascensor y algunos mineros descendieron al pozo.
—Ha sido «un gesto» —decía don Cándido, comentando la actitud de su amigo en aquel peligroso fregado—; yo, francamente, no le creía hombre de tanto corazón.
Don Higinio, efectivamente, había demostrado un estoicismo ante el peligro y una generosidad en el remedio que le granjearon la simpatía y respeto de todos, y ello coadyuvó a fomentar cierto inesperado prestigio de bravura y galanía que, nacido nadie sabe cómo, empezaba a nimbar la figura del noble manchego. La leyenda fue desarrollándose insensiblemente en el filar de aquellos cinco años, y la elaboraron el viaje de Perea a Francia, los noventa días que estuvo allí y a través del tiempo se convirtieron en siete u ocho meses; la austeridad, más firme cada vez, de su rostro; la parquedad de su conversación; el hazañoso garbo con que una tarde, hallándose casualmente en la cárcel, dominó un «plante» y obligó a los presos a rendir los garrotes y cuchillos de que estaban provistos; el caballeresco tesón, nacido quizás al calor de amables recuerdos, que siempre empleó en la defensa de las mujeres de teatro; y finalmente, su voz velada y su reservado comedimiento al hablar de París, como si durante su estancia allí le hubiese sucedido algo muy grave. Tales fueron los elementos que la triscadora imaginación popular utilizó para componer su leyenda; una de esas leyendas nobles o pícaras que el alma colectiva impone al individuo, y unas veces le ayudan a medrar y otras le pierden.
Bajo aquella reputación, don Higinio se hallaba bien; reconocíase pacífico, metódico, incapaz de seducir mujeres ni de causar daño a nadie; sabíase esclavo de sus obligaciones, del porvenir de sus hijos, de su propio temperamento, mansejón y apaisado, y, sin embargo, complacíale que el mundo le creyese galán y pronto a los más arriscados extremos. Esta quimerista inclinación de ánimo abunda: millares de hombres, entristecidos por la invencible distancia que separa sus actos de sus ensueños, procuran olvidar su fracaso mostrándose de muy enemiga manera a cómo son. Semejante farsa, no obstante su infantil sencillez, divertía a Perea; sin él precaverlo, aquel breve tiempo que estuvo en París había bastado a impregnar su pobre existencia de una fragancia de aventura: en Serranillas le querían y envidiaban sus ocultos amores, sus éxitos de viajero; era ese algo suave y triste, refinadamente distinguido, que la ingenua juventud prende, como un aroma de jardín, en los cabellos blancos de Don Juan...
«Soy vulgar —pensaba—; tan vulgar como don Cándido, que no ha salido jamás de su botica ni conoció otra mujer que la suya...».
Pero, y los demás, ¿no serían iguales? El notario Arribas, verbigracia, sargento del ejército que capituló en Santiago de Cuba y de quien se referían proezas dignas de ser celebradas en romances, ¿sabría, efectivamente, disparar un tiro o por dónde se agarraba una bayoneta?... También don Gregorio exaltaba, con grandes gritos, sus hazañas de cazador. Pero, ¿quién daría fe de tan notables lances?... Es muy fácil decir: «Yo hice esto», «A mí me sucedió aquello...», cuando el narrador tiene la sospechosa precaución de rodear de absoluta soledad su aventura.
Julio Cenén había referido de casa en casa la historia de sus amores con la señorita de Perpignan, y alguien, efectivamente, les vio juntos en el circo y luego cenando en la fonda de don Justo; pero ello no significaba que el recato de la Debreuil, por muy usado, raído y discutible que fuese, hubiera concedido al arriscado secretario mayores favores. Nadie sabía lo que entre ambos sucediera; luego Julio Cenén, al amparo del misterio, podía mentir...
Cavilando en esto Perea, sentía que un ambiente de traición, de embuste, liviandad y superchería le circundaba. Como no hay cuerpos perfectos, tampoco existen almas modelos, sino que todas disimulan la caricatura o degeneración de algún fingimiento. Quienes blasonan de honrados, aquellos de valientes, otros de seductores, estos de metódicos y castos...; y entre los hilos incontables de tantas mentiras, nadie suele ser lo que parece, ni tampoco lo que la opinión del prójimo señala y divulga. De este modo se explicaba don Higinio que todos sus convecinos hubiesen algo notable que referir, mientras él no tenía en su historia, que ya iba siendo larga, ni el menor incidente digno de loa, recordación o comentario.
«No es que les haya ocurrido nada —rumiaba Perea—; pero lo dicen y luego lo repite el público».
El ejemplo más terminante de la influencia que una mentira puede ejercer en la vida de un hombre lo ofrecía Diego, el sobrino de Arribas.
A pesar de sus veinticinco o treinta años, el rostro de Diego conservaba la humildad y dulcedumbre de la adolescencia: era un bendito, una pobre voluntad dócil, asustadiza, enemiga de ruidos; y no obstante, a todas partes le acompañaba una desfavorable leyenda de matonismo y escándalo. ¿De dónde provenía aquel temeroso renombre? ¿Qué conventos allanó el menguado?... ¿A qué rivales mató en desafío? ¿Qué fortunas perdió al juego? ¿Cuáles fueron sus bacanales? ¿Qué doncellas se malograron por él?... Nadie hubiese podido demostrar que incurriera en ninguno de estos errores, y, sin embargo, su familia le aborrecía; su esposa, favorecida por su padre, se negó a continuar viviendo bajo el techo conyugal, y así, de unos en otros, la murmuración cristalizó y convirtiose en historia y posteridad; y Diego, dulce y apocado como una liebre, fue tenido por una de las peores cabezas de Serranillas.
En los pueblos estos casos de injusticia social se cuentan por millares. Un hecho cualquiera, aun el más baladí, sirve para clasificar a un individuo, para «marcarle», y este juicio, repetido neciamente por el vulgo, se extiende, afianza y llega a ser indeleble. Es una labor de impresionismo. Hay individuos que fueron tontos toda su vida y murieron en olor de imbecilidad, únicamente porque sus conterráneos, cumpliendo un acuerdo tácito, acordaron negarles todo criterio.
Esto motivó, tal vez, el nimbo de tropelías y de maldad que rodeaba a aquel pobre Diego, tan silencioso, tan humilde, capaz de estarse sentado cinco horas seguidas sin hablar a nadie. Quizás cuando muchacho, y probablemente contra toda la inclinación de su voluntad misericordiosa, reñiría con otro chiquillo, a quien hirió, lo que fue causa de que su madre y la del descalabrado anduviesen a la greña.
¿Para qué más?... La noticia estremeció la población, abultándose, hinchándose de calle en calle a cada nueva glosa, y Diego quedó «clasificado»: era un rebelde, un inadaptado, un temperamento irreductible. Con las primeras alegrías de la juventud, aquella aventura inocente remozó su prestigio fatal. Diego se halló perdido; todos sus actos suscitaban sospechas. Si le veían hablando de noche con una muchacha: «¡Es un mujeriego!», decía la gente. Si tallando una peseta en el «saloncito verde» del Casino: «¡Es un jugador!...». Si bebiendo un vaso de vino ante el mostrador de una taberna o en la fonda de don Justo: «¡Es un borracho!...». ¿Cómo destruir aquella voz fiscal, voz del pueblo, que resonaba por todas partes?... El historial bravucón del niño perdía al hombre; la muchedumbre, después de juzgarle pendenciero, arisco y maleante, negábase rotundamente a creerle de otro modo. Era necesario rendirse: el individuo caía de rodillas bajo el empuje de la colectividad.
Perea llegó a pensar que en la historia de las personas vulgares, los únicos capítulos de algún relieve novelesco suelen ser mentiras nacidas bruscamente al calor de una frase y precipitadas luego a los cuatro vientos de la murmuración por el vulgo inconsciente. ¡Ah, si él quisiera inventar teniendo, como había, el inmenso París a su espalda!... Pero no; don Higinio no sabía mentir; el embuste implica un disimulo, una felonía, que repugnaban a su carácter bravo y sencillo.
Estas menudas divagaciones filosóficas de una parte, y de otra los años, que sigilosamente y a hurto una de las conciencias más avisadas, así saben cambiar la traza física de los hombres como revolucionarles el humor hasta inclinarles a lo que nunca desearon y viceversa, fueron modificando la ética de don Higinio. Su afición a la soledad habíase trocado en misantropía. Fuera del Casino, adonde iba dos o tres veces por semana, no sostenía relaciones de amistad con nadie, y llevaba constantemente en su noble rostro una pesadumbre de condena. El amor a París había pasado por su alma como esos cariños intensos y románticos que suelen tatuar en muchos jóvenes una huella imborrable de tristeza. Pensaba en París con la misma melancolía que una mujer puede recordar su primera falta. Una vez solo se acercó al maravilloso vitral de la inmensa cosmópolis, vio su luminosidad cegadora, oyó el babélico estruendo de su risa eternal, sintió resbalar las manos de sus cocotas sobre su carne pecadora y temblante, y, luego, de súbito, extinguiéronse las luces y la alucinación se deshizo en recuerdo y en sombras de destierro. Si veía el reloj de oro que compró para su cuñada en la calle de la Paz, o la petaca con que obsequió a Cenén, don Higinio se ponía triste; la pianola del notario Arribas, oída algunas veces en el silencio de las calles espaciosas y vacías, le inspiraba deseos de llorar: era la voz de París, inteligible solo para su alma. Igual emoción depresiva experimentaba cuando en la fachada de la Casa Correos ponían alguno de esos carteles con que las Compañías navieras llaman a los emigrantes: vapores blancos deslizándose sobre un mar de purísimo color esmeralda; vapores negros, empenachados de humo, recortándose violentamente bajo un cielo rojo; y debajo los nombres hacia donde los hambrientos de la vieja Europa orientan su esperanza: Buenos Aires, Méjico, Montevideo, Brasil... Viéndolos don Higinio se acordaba del zaguán del hotel de los Alpes, y la figura del intérprete, con sus lacios bigotes, su larga nariz enrojecida por el ajenjo y sus botas de paño, cruzaba grotesca y simpática su memoria. Comprendía el buen manchego que todo, con el favor ingrato del tiempo, iba dejándole, y él, a su vez, sentía un absoluto desasimiento y eremítico desdén hacia todo. Anselmo, su primogénito, había cumplido quince años y estudiaba el tercer curso del Bachillerato; Joaquinito iba a ingresar en el Instituto; Carmen, con ese raro pudor que separa a las hijas de los padres, para luego lanzarlas entre los brazos de un marido, ya no se desnudaba sin antes cerrar la puerta de su dormitorio; y doña Emilia, aunque no era vieja, por su gordura y batalladora condición de carácter, había llegado a colocarse fuera del terreno sexual.
Hallándose desencentrado y un poco anacrónico, don Higinio se refugió en la pesca, única distracción compatible con su nostálgico amor al silencio, y hubo a su alrededor como un súbito germinal de flores melancólicas en las que nunca había reparado. Fue entonces cuando comprendió la tristeza del viejo nido de cigüeñas que coronaba la torre de la iglesia, y la sórdida aridez mental del vivir lugareño, y el aburrimiento de las vírgenes que allí frutecen y acaban; y como si iba por las calles tuviera la costumbre de mirar hacia el interior de las tiendas, advirtió el asombroso número de relojes parados que había en Serranillas; lo que, demostrándole cuán poco vale el tiempo en la existencia lenta de los pueblos, fue para su espíritu delicado un nuevo motivo de descaecimiento y pesadumbre. A última hora de la tarde, luego de visitar la mina que ya había recobrado su fértil trajín, iba al paseo de la Feria a beber agua ferruginosa de cierto manantial que un médico célebre descubrió antaño y a sus expensas convirtió en fuente. Algunas veces alargaba su camino hasta la estación, donde nunca faltaban amigos con quienes departir templadamente mientras llegaba el correo de Ciudad Real. Allí, cierta tarde, le saludó un individuo a quien solo conocía de vista.
—¿No se acuerda usted de mí, señor Perea?...
—No, en este momento, la verdad...
—Yo soy Paco Martínez.
—¿Martínez?...
—El que le vendió el baúl cuando le cayó a usted la lotería y se marchó a París...
—¡Ah, sí!...
Don Higinio le examinó afectuosamente, casi enternecido, como se mira a un cómplice, y en su memoria reavivose la imagen de su cofre forrado de hojalata amarilla, y con él la visión de su bohemio cuartito del hotel de los Alpes. Martínez reiteró a Perea su amistad humilde y los servicios de su casa.
—Si hace usted otro viaje, ya lo sabe; acuérdese de este servidor.
Don Higinio esbozó un mohín de duda y melancolía.
—No es fácil —dijo como en un suspiro— que vuelva a moverme de aquí: voy llegando a viejo y los años son poco aficionados a mudanzas.
Hablando de esta suerte, inconsciente, miró al espacio, a los alcores rocosos que circuían la población, a la torre de la iglesia, donde las esferas iluminadas del reloj brillaban en la creciente oscuridad vesperal como las pupilas glaucas de una lechuza. ¡No; él ya nunca saldría de Serranillas!... ¿Ni para qué?... Solo el andén, con sus trenes que venían de lejos, de París acaso, parecía comprender su destierro. A su excelente corazón le emocionaba románticamente todo aquel trasiego; los amores son interesantes porque nos dejan; los paisajes parecen más bonitos cuando se van; el secreto de toda pasión y de toda belleza estriba en la misma angustia que nos produce sentir cómo lo más deseado irremediablemente se deshace y marchita entre nuestras manos ingratas.
Un día varias muchachas de Serranillas, hijas de mineros, subieron al correo de Madrid, donde las habían dicho que las criadas cobraban buenos sueldos. Eran mozuelas de quince a dieciocho años, y sus trajes de ligeros colores y los pañuelos de seda que cubrían sus cabezas mejoraban su gracia juvenil. Muchas personas de su intimidad y cariño las acompañaron a la estación; la despedida fue emocionante: sollozaban las madres, y las muchachas, apenadas de una parte y removidas de otra gozosamente con la alegría del viaje, no sabían si llorar o reír. Rodó el tren, llevándolas consigo hacia el mañana, donde, emboscada, acecha la vida. Se fueron. ¡Oh, la pena desgarradora de ese instante en que las cosas son y dejan de ser para siempre, porque si algún día volviesen ya no serían las mismas!... Al salir del andén, seguro de que nadie le veía, don Higinio Perea, que hubiera querido marcharse con ellas, necesitó enjugarse los ojos.