VI
Empezaba la otoñada con unos días frescos, ligeramente neblinosos, que olían a tierra húmeda. El paisaje cambió: los prados iban amarilleando, y entre el ramaje seco el viento sonaba de otro modo; el Guadamil venía crecido, y sus ondas, en la hoya profunda del Jabalí, tenían murmurios de amenaza. Ya del cielo azulino, de un azul enfermo, las últimas golondrinas se habían marchado; las cigüeñas de la iglesia se fueron también.
Una tarde de octubre, después de almorzar, don Higinio Perea enderezó sus pasos a la botica de don Cándido, que celebraba, juntamente con su fiesta onomástica, el cincuentavo aniversario de su natalicio. Llovía copiosamente y para no cruzar la plaza convertida por obra del mal tiempo y abandono del alcalde, en un barrizal, necesitó don Higinio dar un largo rodeo. Caminaba sin prisa y chupando un buen cigarro. Bajo su paraguas, que le defendía del chaparrón y sobre la sequedad de sus chanclos, iba contento y como transportado cinco años atrás: aquel día turbio, fangoso, en que las piedras de la calle oponían una brillantez acerada a la claridad lívida del espacio, era «un día de París...».
Cuando llegó a la farmacia ya la sobremesa, aunque duró mucho, había terminado, y de cuantos amigos acudieron a la íntima y alegre zahora solo quedaban don Gregorio Hernández, el notario Arribas, Julio Cenén y Gutiérrez, el jefe de Correos. Don Higinio les halló en una de las habitaciones últimas de la casa, cómodamente repanchigados alrededor de un velador al que daban autoridad y simpático paramento tres botellas de coñac, dos intactas aún y la otra casi vacía. Perea fue recibido con estudiantil algazara.
—¿Cómo viene usted tan tarde, hombre de Dios? —le gritó el médico—. Ha perdido usted un almuerzo de primer orden. Aquí, el más desganado, se ha chupado los dedos. ¡Magnífico!... Ya lo sabe Cándido: a su mujer, quiera él o no, me la llevo de cocinera.
Don Higinio disculpó su retraso con sus ocupaciones; había estado haciendo números y escribiendo cartas; la mina le daba muchos calentamientos de cabeza. El farmacéutico quiso obsequiarle con una tacita de caracolillo y moka, y don Higinio aceptó. Sentose de espaldas a la luz, entre don Jerónimo Arribas y el secretario del Ayuntamiento; cruzó una pierna sobre otra, bebió su café aromado y caliente, trasegó medio vasito de coñac e inmediatamente, bajo la caricia tibia de aquel ambiente impregnado de olor a tabaco, fue feliz. Cenén le dio un amistoso golpecito en el hombro:
—¡Vaya, con don Higinio! Pues ha de saber usted que todos le hemos echado de menos.
—Yo iba a enviarle a usted un segundo recado —dijo don Cándido—; pero estos demonios se opusieron.
Hernández rectificó, dando una gran voz.
—¡Alto! Quien se opuso fui yo; estos señores nada dijeron; me opuse porque conozco a Perea: es un mátalas callando con quien, en ciertos días de la semana, no se puede contar. ¿Es o no verdad?...
Todos rieron de bonísima gana, porque en aquellos momentos de sincero optimismo aun las frases más triviales sonaban a agudeza y donaire. Don Higinio rio también, moviendo la cabeza a un lado y otro, como si intentase objetar algo, muy colorado y mirándose los chanclos. Estaba contento; una atmósfera de cordial amistad le envolvía. Don Cándido le sirvió un segundo vasito de coñac.
—Tiene usted que beber de prisa para alcanzarnos, le llevamos mucha ventaja.
Como le temblase el pulso y no consiguiera escanciar limpiamente, Hernández le arrebató la botella.
—¡Eche usted sin miedo!... ¡Canastos, estos boticarios son unos miserables! ¡Todo lo dan por gotas!
Gutiérrez y Arribas intercedieron:
—Pero si a Perea no le gusta beber... Este coñac tiene muchos grados.
Aquella intromisión piadosa picó la vanidad de don Higinio.
—Nadie pase cuidado —dijo—, yo bebo mucho: ya saben ustedes que el ajenjo es agua para mí.
Y de un trago apuró el vaso. El médico aplaudió.
—¿Ven ustedes? Pero si este hombre, allá en París, se enjuagaba la boca con lejía. ¡Cuando yo digo que no le conocen!...
Don Higinio, que no estaba acostumbrado a ingerir bebidas fuertes, sintió que todo el calor de aquella buchada se le subía a las sienes, a la nuca. Como por ensalmo, la discreta melancolía habitual de su carácter desapareció, y sus párpados experimentaron una extraña y amable ligereza.
—¡Muy bien dicho, don Gregorio —exclamó campechano—, estos caballeros de alfeñique no me conocen!...
Para mejor demostrarlo, antes de que nadie le invitase a ello, se sirvió otro coñac. Todos le imitaron; hubiera sido descortesía dejarle solo en momento de tanta gravedad y gusto. Julio Cenén insinuó:
—Yo desconocía este aspecto de nuestro amigo Perea: únicamente recuerdo que hace años, cuando llegó a Serranillas la noticia de que a él y a don Gregorio les había caído la lotería, estuvo en el Casino bebiendo aguardiente de Cazalla con Pepe Martín y conmigo.
—¡Pero si esos son detalles! —interrumpió el médico—. Donde este hombre se habrá acostumbrado a beber es en París; el pueblo francés bebe mucho, muchísimo..., como ustedes no pueden figurarse. ¿No es así, don Higinio?
El interpelado hizo un signo afirmativo; se acordaba de Francisco, el intérprete del hotel de los Alpes, con su nariz roja caída sobre el bigote lacio, su respiración de alcohólico y sus ojos azules, húmedos siempre y medio cerrados.
—Es verdad —declaró sentencioso—; yo, allí, francamente, es donde he abusado un poco de la bebida.
—¿Permaneció usted mucho tiempo en París? —dijo el notario.
—Cerca de ocho meses.
Hernández le miró asombrado. ¿Ocho meses?... Él creía que no habían llegado a siete, pero no estaba cierto. En la distancia de los cinco años transcurridos desde entonces sus recuerdos se embarullaban.
—¡Cómo corre el tiempo! —exclamó don Jerónimo.
La reflexión de Arribas arrancó un suspiro al jefe de Correos y tuvo la virtud de arquear melancólicamente todas las cejas. Hubo una pausa.
—Pues, sí, señor —insistió pérfidamente don Higinio—, ocho meses o poco menos, estuve en París. ¡Quién pudiera volver!...
Y al hablar así, de pronto, quedose triste, como si en París, efectivamente, se hubiese dejado el corazón.
Su ánimo volvía a inmergirse en un tranquilo, inefable bienestar. El aposento donde se hallaban era hermoso; cromos vulgares metidos en dorados marcos y antiguos retratos de familia, exornaban el papel oscuro de las paredes; hacía calor; el recio aroma del tabaco invitaba al ensueño; por las dos ventanas enrejadas y sin cortinas, asomaba un retal de jardín y se percibía el monorritmo sigiloso de la lluvia.
El coñac desataba en los circunstantes el prurito lírico de hablar de sí mismos. El secretario del Ayuntamiento cedió sin gran resistencia a los ruegos de Gutiérrez y del notario, y comenzó a referir sus relaciones con la Debreuil. Los pormenores traviesos que el narrador añadía a su cinedológico relato eran tan expresivos y con tales gestos los ilustraba, que don Cándido creyose obligado a cerrar la puerta.
—¿Anda por ahí tu mujer? —preguntó Arribas.
—No, está en la botica; de todos modos...
La hiperbólica y mentirosa imaginación de Cenén daban a sus vulgares amoríos con la señorita de Perpignan visos novelescos de desinterés y sacrificio. ¡Adorable Liana! Era bonita, era buena... y, para mayor hechizo y simpatía de su persona, ¡era horriblemente desgraciada! A cada momento los ojuelos ratoniles del secretario se volvían hacia Perea, solicitando la irrecusable autoridad de su aprobación.
—Aquí, don Higinio, conoció mucho a Liana; toda una noche estuvo hablando con ella y él, mejor que nadie, puede decir si era o no una chiquilla encantadora.
Perea asintió pausadamente, con lentitud enfática y doctoral:
—Sí, era una criatura muy agradable, muy francesa... Es un tipo que abunda mucho en París.
Cenén prosiguió:
—Ella se había enamorado de mí; al principio, no; ¡como casi no nos entendíamos!... ¡Pero, luego!... La víspera de marcharse estuvo llorando toda la noche; parecía loca: tan pronto quería quedarse a vivir aquí, conmigo; tan pronto me invitaba a irme con ella a correr mundo. ¡Niña de mi alma! «Tú —decía— no tienes que hacer nada; yo te vestiré, te pagaré la fonda, los viajes...». Creo que si para seguirla la impongo la condición de llevarse también mi familia, acepta.
Movía su cabecita de pájaro a todos lados, y se sirvió un coñac.
—¡Luego dicen que las francesas son interesadas!... ¡Mentira!...
Miraba a don Higinio. Perea afirmó:
—Las francesas son como todas las mujeres: apenas se enamoran de verdad, se hace de ellas lo que se quiere.
El médico se mordió los labios; de excelente gana hubiese protestado poniendo al servicio de su opinión sus terribles pulmones; pero el medio le era hostil y prefirió callar. Las sentenciosas palabras de don Higinio merecieron el asentimiento general. ¡Bien se echaba de ver por ellas que había viajado y conocía el mundo!...
Gutiérrez empezó a contar una aventurilla de parecido jaez que años atrás tuvo con una muchacha de Almodóvar.
—Pido a ustedes acerca de esto —advirtió, queriendo sosegar caballerescos escrúpulos— la mayor reserva, pues la pobrecilla ya se ha casado...
Los circunstantes asintieron y continuaron mirándole, con la paciente y fingida atención que los hombres dedican a las historias ajenas para así adquirir el derecho de contar las suyas. Don Cándido, sencillo y crédulo como un eremita, se frotaba las manos: hacía mucho tiempo que no pasaba una tarde tan espiritual ni tan alegre como aquella. Su mujer apareció.
—¿Dónde están la valeriana y el jengibre?
—En el estante de la derecha, segunda tabla.
Doña Benita se atrevió a decir:
—Ven un momento; yo no alcanzo.
—Y yo no puedo moverme de aquí. ¡Qué exigencias! Súbete en una silla.
Contra su costumbre, él, tan servicial, tan cariñoso, excitado por la bebida, había replicado ásperamente: estaba alegre y no quería molestarse por nadie; sus palabras tuvieron el egoísmo de la felicidad.
La historia del jefe de Correos fue muy celebrada y reída, y en su honor los circunstantes vaciaron de nuevo sus vasos. Al cabo don Gregorio pudo coger las riendas de la conversación y enderezarla hacia su afición favorita: la caza. El buen doctor tenía un pointer y un setter ingleses, con los que se proponía no dejar una perdiz en aquellos contornos.
—El pointer —decía— es cachorro aún; pero tiene unas orejas sedosas y largas, y tal distancia desde el entrecejo al extremo de la nariz, que apostaría la mano derecha a que va a ser un perro de vientos altos de primer orden. El setter ha cazado ya mucho, aunque siempre en terreno cubierto; por lo mismo tiene la fea inclinación de rastrear, que aquí, en nuestros campos manchegos, no sirve.
Internose en una erudita digresión relativa a la educación de los perros, según el género de caza que hayan de practicar. Citaba ejemplos, amontonaba razones y su caliente sangre de cazador hervía. Empezaron las anécdotas.
—¿Se acuerda usted, Arribas, de aquel matacán que cobramos en el barranco del Tojo?... Yo lo conocía bien; me había reventado dos meses atrás un galgo que valía millones; Gutiérrez puede decirlo. Pues yo estaba a un lado del barranco con Claudio Hinojosa, que en paz descanse. ¡Buen amigo! Y acabábamos de comer unos chicharrones, cuando oímos llegar la jauría. Como siempre, Rafael, el perro de Hinojosa, iba delante, y apenas lo vi comprendí que el pobre animal no podía correr más. La liebre había sabido hallar la ventajilla de una cuesta y cortaba el terreno a su gusto. Conque... el tiempo indispensable para echarme la escopeta a la cara y... ¡allá fue el tiro!... Hecha una pelota rodó la pendiente.
Llamaron a la puerta.
—¡Adelante! —gritó don Cándido.
Era un muchacho que venía con gran prisa en busca del médico; el pobrecillo chorreaba agua y sudor.
—De parte de la maestra —dijo—, que vaya usted en seguida a la peluquería, que el amo se ha puesto peor.
—¿Está enfermo Nicanor? —preguntó el boticario a don Gregorio.
—¿No lo sabía usted? Hace tiempo. Por la vida que le reste no doy cuatro ochavos; tiene una enterodiálisis que se muere a chorros. ¡Naturalmente! Son personas que comen mal y no hacen ejercicio...
Volviose hacia el mensajero.
—Di que luego iré, después de cenar; ahora estoy ocupado.
Aún el recadero no había traspuesto de la habitación, cuando Hernández reanudó la evocación de sus hazañas cinegéticas. Aquel belicoso nieto de Nemrod y de San Huberto era inagotable y hablaba con una vehemencia resonante que no abría en su discurso suturas de silencio ni pausas de atención.
—Hace cuatro años —decía— a fines de noviembre, por el día de mi santo, precisamente, fuimos diez o doce amigos, los mejores tiradores de Almodóvar y yo, a cazar jabalíes a la sierra. Claudio Hinojosa vino con nosotros. ¿Se acuerda usted, don Cándido, que no quiso usted ser de la partida? La caza empezó dándose mal: había nevado mucho la víspera y los perros parecían acobardados; no rastreaban. Era al anochecer. Ibamos el pobre Andresito Bustin, que también ha muerto, y yo, por una cañada en busca del rancho donde habíamos de pasar la noche, cuando oigo ladrar a los perros...; pero con ese ladrido, a la vez de miedo y de rabia, que únicamente los cazadores conocemos.
Se interrumpió para avivar la lumbre de su cigarro.
—¿Habían visto algo? —interrogó Gutiérrez sirviéndose un coñac.
Esta observación alborozó la verbosidad de don Gregorio.
—¡Pues ya lo creo! ¡Atienda usted!... Le digo a Bustin: «Prepara la escopeta y no te muevas ni dejes de mirar hacia allí». Y le señalo una especie de trocha oscura sembrada de aznachos y retamas que a la izquierda se parecía. Yo avancé con mucho cuidado, porque el sitio era profundo y estaba orientado de modo que había en él poca luz. Ignoro lo que pasó entonces; todavía no he podido explicármelo. Los ladridos, si bien iban acercándose, sonaban lejos aún; y, sin embargo, de pronto oigo un estrépito de breñas y de jarales rotos y por entre el escobo aparece un jabalí que llegaba rebudiando y con los ojos encendidos como ascuas. Apenas había visto a la fiera cuando ya la tenía encima, a cinco o seis metros delante de mí. ¿Cómo escapar? Bustin, el pobre, disparó su escopeta, pero con el miedo de herirme apuntó alto. ¡Señores, puedo jurarles que, desde aquel día, conozco la cara que tiene la muerte!... En trances tales, los hombres deben jugarse el todo por el todo: yo soy de esos. ¿Qué hago entonces?... Tiro mi escopeta, que ya para nada me servía, hinco una rodilla en tierra y con el cuchillo de monte en la mano espero al jabalí. La fiera, que venía mordida por los perros y estaba furiosa, me acomete, pero, así, en línea recta, como un toro; yo ladeo un poco el cuerpo, lo indispensable para que sus colmillos no me toquen, y la clavo el cuchillo hasta el corazón. Fue, modestia aparte, un golpe de maestro. Recuerdo que el animal se quedó parado unos instantes, y luego empezó a temblar y cayó al suelo.
—¿Hecho una pelota? —preguntó irónicamente Gutiérrez.
—¡Sí, señor, hecho una pelota! ¡Esa es la frase! «Hecho una pelota»... ¿Qué le parece a usted? ¿O no lo cree?... Pues debía usted creerlo, como yo creo que en la oficina de Correos, administrada por usted, no se pierde ninguna carta.
El enfurecido gesto del médico y la acritud venenosa de su réplica intimidaron a Gutiérrez.
—Pero, hombre, no sea usted terrible; yo no he querido molestarle; todo fue broma...
La lluvia había acelerado la brevedad otoñal del crepúsculo, y la noche llegó bruscamente. Don Cándido cerró las maderas de las ventanas y encendió la lámpara: una muy vieja de petróleo, suspendida del techo por una cadena que cubrieron de mugre las moscas, el polvo y el tiempo. En la atmósfera tórrida de la habitación, trastornados por los vapores del alcohol y del tabaco, los semblantes mostrábanse congestionados y llenaban los ojos fosforescencias extrañas. La tertulia continuó: Gutiérrez no tenía nada urgente que hacer; el notario y Julio Cenén, tampoco; Hernández, por su parte, había resuelto no visitar aquel día a ningún enfermo. Don Cándido mandó traer pasteles, que aportaron a la reunión un nuevo y agradable aliciente. En cuanto a don Higinio, hasta las ocho, hora de cenar, no tenía prisa.
La conversación devanábase tenaz, inagotable, alrededor de los mismos temas: Cenén sacó a relucir por segunda vez la historia de sus amoríos con la titiritera; don Gregorio comentaba sus cacerías; Arribas explicaba a Gutiérrez las proezas por él realizadas en Santiago de Cuba.
Perea, al que la bebida había amodorrado un poco, les observaba en silencio. No obstante, conservaba la lucidez necesaria para comprender que mucha parte de cuanto sus amigos estaban refiriendo era mentira. Los heroísmos del notario, como la pelea cuerpo a cuerpo de don Gregorio con el jabalí, como la conquista y amoroso cautiverio de la Debreuil, se parecían en tener igual fondo de oscuridad y aislamiento: nadie había visto a Arribas acuchillar cubanos, ni a don Gregorio matar lobos ni jabalíes a brazo partido; nadie, tampoco, podía atestiguar que la señorita Debreuil hubiese tenido nunca la condescendencia de sentarse sobre las rodillas del secretario del Ayuntamiento. Todos estos eran combates sin brillo ni fanfarria, éxitos misteriosos obtenidos a puerta cerrada o en lugares remotos o ante personas que —¡oh, sospechosa casualidad!— ya habían muerto.
Y, sin embargo, reflexionaba don Higinio mientras se servía otro coñac, él y Gutiérrez y el excelente don Cándido, que no hablaban recelosos quizás de mentir, hallábanse oscurecidos por aquellos tres elocuentes y desvergonzados embusteros. Probablemente, ni el médico creía a Cenén, ni este a don Gregorio, ni el notario daba fe a ninguno de los dos, ni era, a su vez, tomado en consideración por ellos, lo que no impedía que todos, recíproca y educadamente, se aplaudieran y reverenciasen.
Por primera vez empezaba don Higinio a darse razón exacta de los hondos fundamentos que en el espíritu humano tiene la mentira. Los animales, las plantas, la misma Naturaleza augusta, traicionan, disimulan, encubren la verdad. Miente todo lo que lucha, todo lo que acecha: la zorra, que para huir mejor sabe fingirse muerta; el cocodrilo, que se cubre de lodo y, remedando el llanto de los niños, atrae al caminante; el gato, que para cazar al ratón se oculta tras una cortina; mienten la araña con su inmovilidad; los camaleones astutos, que cambian de color; el oso hormiguero, que engaña a las hormigas con la quietud y dulzura asesina de su lengua; la flor, que cierra sus pétalos si un insecto la roza. Y mienten también el cielo, que parece azul y no es azul; el agua del mar, que siendo incolora se viste de verde; la tierra, que mostrándose llana es redonda; y el sol, que no se mueve y, sin embargo, parece andar; mienten, en fin, los ojos, donde las imágenes se pintan invertidas... Y, si todo miente, ¿cómo no mentiría el hombre que, amén de pelear contra sus semejantes, necesita librarse y defenderse constantemente del horrible fastidio de sí mismo?...
La mentira rodea al individuo, le ayuda en sus relaciones sociales, en sus investigaciones científicas, y al mismo tiempo que le estimula al trabajo le encanta. Es una hechicera, un perfume de la creación. La mentira invade lo más augusto, piruetea en los espacios inexplorables, ríe detrás del átomo, amenaza en el enigma de las bacterias, late en los millares de sentimientos indecisos, torvos, criminales tal vez, que no consigue esclarecer la conciencia. Es el porvenir, es también la historia. A la mentira exterior otra mentira, reflejo de aquella, responde en nosotros y a su vez proyecta sobre el mundo objetivo su perfil; pues ni todas las cosas existen según las vemos, ni los sentimientos que andan por nuestro espíritu son como la crédula conciencia los imagina, ni su naturaleza es tan abstracta que deje de influir en el ulterior funcionamiento de los sentidos. De todo lo cual se deduce que el hombre, especialmente en achaques amorosos, unas veces percibe las cosas como son y otras según su deseo quisiera que fuesen.
El misterio halló en la mentira la túnica maravillosa de Tanit y no se separa de ella nunca, y la omnipotencia de la mentira nace precisamente de la universalidad del misterio. Allí donde se detiene la ciencia del químico, allí donde fracasa el telescopio, ante el jeroglífico o el fósil que desafían la sagacidad de los buceadores del pasado, allí donde la luz de la reflexión no desciende, allí mismo comienza el fraude.
Don Higinio, siempre tan sincero, no podía dejarse sofisticar por los embustes que a veces pasearon su espíritu hasta el malsano extremo de creerlos hechos reales, y así estaba ciertísimo de que su permanencia en París solo duró tres meses, y de que su vocabulario francés registraba apenas un centenar de palabras, y de cómo había sido y continuaba siendo un lugareño pazguato, sin mundología ni trato de mujeres. Por lo mismo, la mitad, al menos, de su «nostalgia de París» era mentira: engaño aquel ardimiento con que defendía a las señoritas de teatro y, en general, a toda persona de vivir equívoco; falsos los aires de experiencia, desdén y fatiga que adquiría para hablar de sus viajes; contrahecha también su afición al ajenjo. Con todo, a despecho de esta ruda pero saludable franqueza que aplicaba a sí mismo, era indudable que siempre había de tratarse con cierta indulgencia y atribuirse algunos méritos más de los que realmente poseía.
«Verdaderamente —pensaba—, ninguno de los individuos aquí reunidos vale más que yo».
Se sirvió un coñac.
Sus meditaciones continuaban. Si la mentira es algo tan multilateral y sutil que triunfa hasta del sentido íntimo, y ondulando de unos nervios en otros no solo se sustrae a la razón, sino que, a veces, brinca sobre ella y la impone su imperio, ¿por qué no había de subsistir en las relaciones sociales? A quien a sí propio se engaña, ¿no le sería fácil engañar también a los demás?
La mentira, como el rubor, el orgullo y la valentía, son sentimientos que surgen al calor de la colectividad. Las personas que examinadas por separado son absolutamente leales, terminantemente sinceras, apenas se reúnen producen la mentira. Es una de las muchas veces en que, tratándose de las paradójicas matemáticas del espíritu, una suma no es el total de los sumandos que la componen. De aquí nace el llamado «espíritu de cuerpo»; los diversos uniformes con que el hombre castiga estúpidamente su libertad, fueron siempre viveros de mentiras.
Además, la credulidad ajena induce por sigilosos caminos a las dulzuras de la superchería. La opinión del prójimo, ese rumor de la colectividad que ahora es presente y mañana será recuerdo, historia, acaso inmortalidad gloriosa, depende de nosotros, de nuestros gestos y palabras; seremos vulgares y nada quedará de nuestro breve paso por la vida; pero sepamos sobresalir, y lo futuro eternizará nuestros ademanes y tendrá ecos perpetuadores de nuestra voz. ¡Y es tan fácil y, por lo mismo, tan tentador, decir un embuste que de súbito nos ennoblezca y aúpe sobre el rebaño!...
En aquel momento Arribas, gordiflón y excitado, decía:
—El yanqui y yo rodamos juntos hasta el fondo del tajo, las manos del uno clavadas, como garras, en el cuello del otro. Pero él cayó debajo..., ¡ah, ladrón!..., y yo, con mi bayoneta, le abrí la barriga de parte a parte...
—¡Viva España! —gritó electrizado Hernández, descargando sobre el velador un puñetazo de gigante.
El notario, de pie, muy sofocado, mostraba una sortija.
—Es un trofeo —dijo—, la llevaba mi enemigo. Yo, cuando le vi bien muerto, traté de quitársela; pero no podía y necesité cortarle el dedo con una navaja.
Don Higinio, lentamente, trasegó otro coñac. ¿Por qué no sería él como los demás? ¿Por qué no proporcionarse, una vez siquiera, el frívolo, inofensivo y alquitarado goce de mentir?...
Los hombres más agradables, los mejores conversadores, recurren con frecuencia a la gracia y poesía del embuste, porque la verdad es demasiado seria, demasiado triste y semejante a sí misma siempre, para no aburrir. Los buenos narradores, si han de ser escuchados con agrado, necesitan suprimir ciertos detalles, abultar otros, inventar, en fin..., y aunque nadie les crea, ¿qué importa, si, al cabo, lo que dijeron fue bonito y distrajo un momento?... La mentira supone una reacción poética del sujeto contra la vulgaridad colectiva. El arte es delicioso porque eternamente, en el fondo y como soplo vivificador de sus producciones mejores, subsiste algo imaginado, convencional; una obra de arte es un trozo de realidad, bajo el cual, como un pájaro dentro de una jaula, canta una mentira.
La misma cortesía, por cuya virtud, según la observación agudísima de La Bruyère, «consigue el hombre aparecer por fuera como debiera ser interiormente», ¿no es también una falsedad? Pero traición exquisita, sin la que los engranajes de la máquina social, probablemente, se romperían.
Don Higinio estaba borracho; un aquelarre de ideas se arremolinaban confusamente tras su frente pálida y sudorosa. ¿Y si mintiese?... La mentira posee un don de polarización que trastorna aun lo más sencillo. Mentir es embarcarse hacia el ideal, amar, rendir corazones, ser héroe, ser millonario. ¿Qué valen el hachís, ni la morfina, ni los paraísos del opio, que produce el Oriente, comparados con el divino opio de la mentira?... Mentir es libertarse, convertirse en otro hombre; el alma que sueña y cree en sus sueños siempre irá vestida de domingo; una mentira equivale a la copa de vino que para olvidar dolores beben los obreros los sábados. Platón, queriendo desterrar la mentira de su República, incurría en un gravísimo delito de belleza y vulneraba la liturgia, porque, sin los altos prestigios de la mentira, ¿qué sería de los dioses?...
Distraída y pausadamente don Higinio se sirvió otro coñac. A su alrededor continuaban improvisándose historias absurdas y dionisiacas, de sangre y de amor: violaciones, batallas, cacerías; toda una gama de terribles estremecimientos de muerte y voluptuosidad. ¿Por qué no inventar algo?... Esta idea producíale un secreto y suave regocijo. Cada una de las personas allí reunidas padecía una debilidad, un vicio, que las obligaba a caer en las exageraciones más desairadas y ridículas; y así don Gregorio, que era noblote, ingenuo y muy dado a llamar las cosas sin ambages y por su nombre, en hablando de cacerías se le nublaba el seso y atribuíase con la mejor buena fe mil arriscadas aventuras; y otro tanto acaecíale a Julio Cenén, en cuanto se refiriese al arte de rendir las castidades más austeras y los corazones más fríos y mejor guardados; y al notario Arribas, en achaques de matonismo, emboscadas, pendencias, desafíos a cuchillo, lances a pistola o florete y otros caballerescos modos de hacerle ascos a la vida. Y si todos, a pesar del merecido descrédito en que el frecuente abuso de la mentira les había puesto, dirigían alternativamente la conversación y narraban episodios que parecían interesar a los demás, él, que nunca cultivó la fábula, ¿qué sincero brío, qué fuerza persuasiva, qué irrecusable imperio de verdad no acertaría a imprimir a lo que dijese?...
La desconocida emoción le ofrecía una especie de plano inclinado, por donde su espíritu quimerista sentía la voluptuosa felicidad de dejarse ir. «Ahora no soy nadie —reflexionaba—; pero apenas inventase algo me convertiría en una especie de voluntad superior y todos repararían en mí...». Sufría una inquietud angustiosa, una trepidación interior, semejante a esos terribles alborotos espirituales con que suele revelarse en los hombres el genio. Mentiría, sí; ya estaba decidido; pero, ¿qué diría, de qué iba a hablar?... La idea de hilvanar torpemente su embuste le aterraba. Su invención no debía ser trivial, sino grande, novelesca, a la vez romántica y heroica, digna, en fin, de los largos años de aburrida sinceridad que la precedieron. Pero una mentira así, bella y recia como una obra de arte, una mentira con vistas a la posteridad, no se improvisaba fácilmente; era necesario discurrirla bien, madurarla, equilibrar minuciosamente los elementos de lugar y de tiempo que habían de robustecerla, para no caer más adelante en contradicciones que descubriesen la torpe armazón de la superchería. Todo ello implicaba graves dificultades; la historia apacible de Perea era demasiado conocida, y una pregunta cualquiera, hecha quizás con mala intención, podía desconcertar al narrador y dejarle en ridículo. Y don Higinio, midiendo el peligro a que su vanidad quería lanzarle, estremecíase de pavura. Aquel amor propio, rasgo máximo de su carácter lleno siempre de leal entereza, se ovillaba ruboroso y temblante ante la risa ajena; él quería que «su público» le aplaudiese, le admirase y tributara a su engaño los respetos que merece la Historia; él no quería fracasar; su mentira no debía ser silbada; nada dijo aún y ya sus pulsos latían de emoción; su miedo era el que oprime el corazón de los autores que estrenan por primera vez...
Para enfervorizarse se sirvió otro coñac. Escenas inconexas, recuerdos a medio vestir, frases que jamás habían granado en su cerebro, le zarandeaban. Como él nunca fue militar, como el notario, ni siquiera cazador de perdices, como don Gregorio, ni disfrutaba de aquel prestigio galán que la pública opinión concedía a Cenén, su mentira necesitaba, desde luego, desarrollarse en otro ambiente; por ejemplo, en París...
Miró a su alrededor; el interés de las historias, acaso de las patrañas, con que unos y otros cebaban la curiosidad general, iba en auge. Los pasteles que doña Benita trajo en una larga fuente de porcelana habían desaparecido. Bajo la luz rojiza de la lámpara y a través del humo de los cigarros, los circunstantes, terriblemente excitados por el coñac y el calor de la habitación, mostrábanse rodeados de un extraño halo de vigor y amenaza. Ladrones, corsarios, parecían, o soldadesca allí reunida para disputarse el botín de un asalto.
De pronto, casi contra su voluntad y albedrío, empujado a ello por un imperativo superior, don Higinio movió los labios, insinuó con su mano derecha un gesto...
—Señores...
Y apenas habló, cuando tuvo la intuición de que algo gravísimo, irreparable, caía sobre él, como si el destino para que fue nacido acabara de cumplirse. No obstante, automáticamente, repitió:
—Señores...
Todos le miraron; su interpelación llegaba, precisamente, en una de esas pausas, semejantes a lagunas de silencio, que a intervalos interrumpen el hilo del diálogo. Aunque, según costumbre suya, había hablado muy bajo, su voz, dotada quizás en aquel momento de algún inexorable y taladrante magnetismo, avasalló la atención general. Don Higinio iba a decir algo...
Perea prosiguió lentamente, con un repentino aplomo de que él mismo, apenas lo advirtió, empezó a asombrarse.
—Yo también, si ustedes lo permiten, voy a contar algo interesante. Hay en mí, como en todos los hombres, una historia íntima, una página secreta, un rincón sagrado donde nadie..., ¡compréndanlo ustedes bien!..., donde nadie entró nunca...
¿Una historia Perea? ¿Era posible? ¡Una historia aquel hombre que en todas las reuniones del Casino siempre se limitaba a oír!... Hubo un breve momento de expectación. Don Cándido se quitó su gorrilla de terciopelo para rascarse el cráneo, mondo y puntiagudo, con las uñas de sus dedos amarillados por el humo de los cigarrillos y el vaho de las medicinas. Estaba atónito. ¿De modo que el amigo Perea, a quien todos creían conocer perfectamente, escondía un misterio?... En el secreto que va a divulgarse, vibra una especie de violación, de atropello: un aroma de azahares deshojados, que inspira un regocijo casi sexual. El secretario del Ayuntamiento, muy alborotado, revolviendo a todos lados sus ojos ratoniles, interrogó al médico.
—¿Usted sabía algo, don Gregorio?
—Yo, no.
—Ni yo —afirmó Arribas.
—Ni yo —repitió Gutiérrez.
—Yo tampoco —dijo el boticario—, y el lance me interesa y sorprende tanto más, cuanto que don Higinio nunca se ha metido en bullas.
—No lo sabe nadie —interrumpió Perea con cierta vehemencia, que produjo en su auditorio bonísimo efecto—, y si ahora me decido a hablar es porque hay penas, remordimientos..., como ustedes quieran llamarlos..., que no pueden llevarse ocultos en el pecho toda la vida. Pero, ¡eso sí!..., han de jurarme ustedes, bajo palabra de caballeros, que mi desgracia..., porque se trata de una desgracia..., no se la dirán a nadie, no saldrá de aquí... Como si yo hubiese hablado dentro de una tumba, ¿verdad?... Yo estoy casado, tengo hijos... ¡Ustedes sabrán ponerse en mi lugar!...
Los circunstantes asintieron; estaban sugestionados; el secreto de don Higinio Perea moriría con ellos. Y entonces fue cuando este, que había empezado a hablar sin saber aún exactamente lo que iba a decir, vio claro. Fue una improvisación maravillosa, un chorro de luz meridiana, un brusco y magistral andamiaje de palabras y de gestos tan precisos y terminantemente coordinados, como si dictados fuesen por la verdad misma: una especie de pasmoso monólogo en el cual los talentos de un dramaturgo y de un comediante los recursos mejores, acababan de aunarse para defender el éxito de una mentira. Fácilmente, con rapidez de vértigo, don Higinio inventaba, recordaba, zurcía lo imaginario con lo verdadero, y a la vez ligaba hechos que en la realidad histórica aparecían separados, o divorciaba, por el contrario, lo que estuvo unido; y todo febrilmente, sin un titubeo, con ese contagioso ardor que produce en los espíritus la visión rotunda, concluyente, de la verdad. Fue un caso precioso de aquella «síntesis imaginativa de imágenes dispersas y reales», de que tanto hablan los neurópatas.
Adelantando mucho el busto, la voz insegura y como estrangulada por la emoción, lo labios trémulos, descoloridos, bajo la hirsuta frondosidad del bigote, el rostro cubierto de histriónica palidez, don Higinio Perea agregó:
—Yo, señores... he matado a un hombre...
A esta declaración terrible nadie contestó: tan acerba fue la impresión, tan extraordinarios el asombro y el trágico espanto que cayeron sobre aquellas cabezas sencillas. El notario estuvo tentado de marcharse, y don Cándido miró hacia la puerta para cerciorarse de que estaba cerrada. Don Gregorio, Gutiérrez y Julio Cenén no se movieron: parecíales que, oyendo las confesiones de don Higinio, iban a ser cómplices de un crimen. El pánico de todos fue tan manifiesto, que allí mismo Perea, interiormente, se arrepintió de su disparatada audacia. Pero, ¿cómo desdecirse, cómo retroceder, cómo retirar ya la palabra heroica?...
Sereno, temerario, dueño absoluto de la situación, el gesto parco, los ojos ligeramente vueltos hacia arriba, digno como Ulises, su hermano en mentiras, de tener un Homero para su hazaña, el narrador continuó:
—Fue en París, a los pocos meses de llegar allí. Vivía yo a la sazón en el hotel de los Alpes, del cual creo haberles hablado otras veces...
Para dar mayor verosimilitud a la novela que iba desenvolviendo, buscó arteramente la alianza y colaboración de su auditorio.
—¿Recuerdan ustedes que estuve una temporada bastante larga sin escribir?
Hernández asintió.
—Sí, me parece que sí..., tengo cierta idea...
—Mi pobre Emilia no la ha olvidado. ¡Cuánto sufrió entonces!... Pues bien; aquel silencio mío fue motivado por lo que voy a decir. Ya supondrán ustedes que en el fondo de mi historia, como en todo cuanto por algún concepto puede interesar mucho al hombre, hay una mujer... La inspiradora o causante de aquel drama fue una italiana, tipo admirable: pelinegra, el cutis mate, los labios muy rojos, los ojos azabachados: se llamaba Leopoldina y estaba casada con un holandés; míster Ruch: una especie de gigante, pesado, musculoso, con unos cabellos de oro muy planchados sobre la frente y los ojos grandes y azules, de un azul pálido. Podría dibujarlo. Lo más notable de aquel coloso era el color de su piel, blanca, blanca..., como las nieves de su país, como solo puede serlo la carne de las gentes del Norte. Aquí, en nuestras tierras manchegas, donde tan lindamente castiga el sol, no sabemos lo que es eso. ¡Pero en Holanda!... El tipo de que hablo me producía la extravagante impresión de una estatua de mármol con peluca rubia.
Julio Cenén trató de adelantarse a los acontecimientos.
—Un tipo así no es el más a propósito para una italiana —dijo—; las italianas, como las españolas, son todo fuego.
Don Higinio le atajó.
—Eso parecían significar las apariencias; pero estas muchas veces engañan. Míster Ruch, obeso y rubicundo, era violento, dominador y grosero como un turco: una especie de Otelo con cabello de ángel. Leopoldina, sin embargo, tuvo la osadía de poner en mí sus bellísimos ojos..., y crean ustedes que los hombres más valientes son corderos comparados con la mujer que se enamora y dice: «¡Allá voy!...».
Continuó su relación con gran sobriedad, y poniendo siempre en ella un buen humor muy del gusto de su auditorio. Había sabido asociar el nombre de Leopoldina, la aventurera que una tarde en las calles de Paul-Lelong y Montmartre le robó casi a viva fuerza un billete de cien francos, a la figura del holandés y de su mujer; y como a estas imágenes iba vinculado el aspecto del comedor y de las habitaciones, escaleras y pasillos del hotel de los Alpes, su fantasía lo barajaba todo armónicamente y su improvisación iba devanándose como sobre rieles.
¿Por qué asoció la imagen del holandés a su folletinesca aventura?... El narrador ignoraba la causa: quizás por obra de la misma antipatía que sintiera hacia aquel hombre apenas le vio, y por las muchas veces que, mientras comía, se divirtió en observar a su mujer. El apellido «Ruch», que adjudicó al holandés, pertenecía a Francisco, el intérprete del hotel de los Alpes.
Don Higinio acababa de referir sus emociones la noche en que, desde la ventana de su cuarto, alebrado como un cazador en acecho, había visto desnudarse a la italiana; y aun tuvo la perversidad de describir el rebuscado lujo y limpieza de su ropa interior, y aquellas señales que las cintas del corsé dejaron sobre su carne joven y rosada. Julio Cenén suspiró: aquel episodio le había puesto los ojos muy brillantes. Don Higinio suspiró también; su carrilluda fisonomía acababa de cubrirse de gravedad triste.
—¿Quién me hubiera dicho entonces —exclamó— que algunas horas más tarde aquel cuerpo hermosísimo se arrojaría entre mis brazos?...
Hubo un silencio. Según hablaba y veía la descomunal impresión que sus palabras producían, el narrador iba maravillándose de su obra. Era imposible mentir mejor que él lo hacía: su mentira fruto parecía de sazonadas meditaciones y de tenaces y escrupulosos ensayos. Instintivamente, con una intuición omnisciente de gran comediante, hallaba la inflexión vocal mejor, la frase y la actitud más adecuadas para vestir su fraude. Y así, unas veces mentía afirmando; y otras, negando tibiamente ciertos detalles que adulaban demasiado su amor propio o mostrándose arrepentido de lo hecho, continuaba mintiendo: que, si bien se repara, en la vida como sobre el mar, todos los caminos pueden conducir al mismo puerto.
—Una tarde, al volver de la calle y entrar en mi dormitorio —prosiguió don Higinio—, pisé un papel que habían echado por debajo de la puerta. Me agacho a recogerlo, lo desdoblo temblando y leo: «Una señora que se interesa por usted le espera esta noche, a las ocho y media, en la calle Feydeau, dentro de un coche que hallará usted parado frente al número nueve».
Esta cita fantástica tenía una raíz histórica: Perea se había acordado de las falsas señas que le dio madame Berta. Hernández le interrumpió:
—¿La misiva estaría escrita en francés?...
A pesar de la limpia inocencia de la observación, don Higinio, que no la aguardaba, se desconcertó un segundo; pero su turbación fue tan rapidísima, tan leve, que nadie la advirtió. Tuvo, además, el discreto acuerdo de negar.
—La misiva estaba en italiano; pero yo la leí de corrido; ya saben ustedes que el italiano lo entendemos perfectamente.
Y continuó:
—Cinco minutos haría que yo esperaba en la calle Feydeau, cuando un coche se detuvo delante de mí. Ahora juzguen ustedes de mi sorpresa al reconocer tras el cristal de la ventanilla el encantador perfil de la italiana del hotel de los Alpes. No titubeé, sin embargo, y abrí la portezuela. ¡Ah, esos lances, que parecen de novela, no suceden nada más que en París!... Allí son moneda corriente; estoy por creer que ni siquiera llaman la atención: parece que flotan en la atmósfera, que los produce el clima... Pues bien; yo, la verdad, como he corrido pocas aventuras, estaba aturrullado y no sabía qué decir. Afortunadamente, Leopoldina vino en mi auxilio. Era una criatura de extraordinario talento. En pocos instantes, mientras el cochero nos llevaba hacia el Arco de Triunfo, me contó su historia, unas veces en su idioma, otras en francés. Tan pronto lloraba, tan pronto reía..., y, de repente, como si se hubiese vuelto loca, me echó los brazos al cuello y se sentó sobre mis rodillas.
Tronó una explosión de hilarante. Gutiérrez abrazó al victorioso don Higinio y el notario le hizo cosquillas pellizcándole en las corvas. Don Gregorio y Cenén apuraron sus copas de coñac en señal de alegría. Pero el agasajado no sonrió siquiera, y todos callaron respetando su pena, acordándose de que aquellos amores habían tenido un desenlace trágico.
—Mis relaciones con Leopoldina —continuó Perea— apenas duraron una semana. Nos reuníamos en el domicilio de una señora amiga suya, y allí me narraba sus penas: su marido era un animal, un perfecto animal, celoso y terrible, que no la comprendía. ¡La pobre! Quería a todo trance escaparse conmigo. «Me llevas a España —balbuceaba llorando—, a España para siempre...». Y yo la hubiese traído..., ¡palabra de honor!..., la hubiese traído; los hombres, en ciertas ocasiones, no sabemos resistir. Ahora, cuando nuestro amigo Cenén decía que estuvo en peligro de marcharse con la Debreuil, me acordaba de esto...
Volvió a suspirar y por dos veces tragó saliva, como luchando con su pena.
—Omitiré detalles —prosiguió—; baste saber que míster Ruch, enterado de lo ocurrido, vino a desafiarme a mi propio cuarto. Era casi de madrugada cuando se presentó. Como ustedes comprenderán, traté de negar, más que por miedo..., ¡lo juro!..., por caballerosidad. Yo, francamente, el miedo no lo he sentido nunca. Pero él me obligó a callar diciendo: «Lo sé todo, mi mujer me lo ha contado todo; así pues, si no quiere usted salir a batirse inmediatamente conmigo, le mataré aquí mismo como a un perro». Y sacó un revólver. En aquel momento, señores, lo confieso, me acordé de mi pobre Emilia, de mis hijos, de mi España... Estos tragos, luego, examinados a distancia, no parecen graves... ¡Ah! Pero cuando se pasan son duros..., ¡duros de veras!... En fin, convencido de que nada podía hacer para evitar el lance, me vestí tranquilamente y cogí un cuchillo que días antes de emprender mi viaje había comprado en Ciudad Real. ¿Se acuerda usted, don Gregorio?
El médico, en efecto, se acordaba...
—¿No tenía usted revólver? —interrumpió don Cándido, a quien la bravura impasible de su amigo aterraba.
—Sí —replicó don Higinio—; pero prefiero las armas blancas: con ellas hay que arrimarse al peligro; por lo mismo son más valientes, más nobles, y, desde luego, mucho más seguras. El holandés, sentado al borde de mi cama, me observaba impasible. Cuando acabé de vestirme, le dije: «Usted guía». Salimos a la calle y tomamos un coche que nos dejó en la plaza de la Concordia, junto a una estación del Metropolitano. Allí subimos al tren subterráneo, que en menos de cinco minutos nos llevó al Arco de Triunfo, donde ganamos el tranvía de vapor que va a Neuilly. ¡Un verdadero viaje! Yo iba inquietándome; pero callaba para que mi rival no se formase mala idea de mí.
—¡Qué valor! —exclamó el boticario.
—Fue una temeridad —dijo don Gregorio—, porque el holandés podía ser un miserable y tenderle a usted una celada. ¡No sería el primer caso!...
Don Higinio se alzó de hombros con desdén heroico.
—En esos momentos, amigo Hernández, crea usted que nadie piensa lo que hace.
Arribas, recordando sin duda los yanquis sacrificados por él como corderos, en Santiago de Cuba, aprobó:
—Dice usted bien: los hombres nos cegamos y somos peores que tigres.
Perea continuó:
—Las nueve de la mañana serían cuando llegamos al puente de Neuilly. A todas estas yo no había vuelto a cambiar con mi enemigo ni una palabra, y siempre que echábamos pie a tierra él caminaba delante, guiándome. Varias veces hubiera podido asesinarle a mansalva, y esta confianza que ponía en mí me tranquilizaba, pues demostraba que míster Ruch no era un cobarde capaz de una traición. Así, caminando el uno en pos del otro, seguimos bordeando el Sena largo trecho, hasta que el holandés llamó a un barquero para que nos llevase a la isla de la Grande Jatte.
Don Higinio, en efecto, arrastrado por su afición a la pesca, había pasado allí una tarde muy agradable, y de aquel solitario rincón conservaba una imagen bastante precisa. A esta circunstancia debía añadirse la de haberse cometido aquellos días y en la isla, justamente, de la Grande Jatte, un «crimen misterioso», al que los periódicos, a falta tal vez de mejor asunto, dedicaron columnas enteras y tuvo la virtud de remover la curiosidad de París. El autor de aquella fechoría no había dejado rastro y su víctima no pudo ser identificada. De estos diversos detalles se acordaba entonces Perea, y con rara presteza y habilidad de todos se servía para acrecentar la buena disposición, colorido y solidez de su patraña.
—El tiempo no era el más a propósito para andar por el campo —decía don Higinio—; estábamos a principios de enero, el día dos, bien me acuerdo, y el frío cortaba la piel. Caminábamos por un bosque; ni un soplo de viento; la neblina era espesa y se agarraba a los árboles; sobre el suelo escarchado apenas podíamos andar. Ni un alma, ni un ruido. De pronto el holandés se detuvo, y volviéndose hacia mí con la flema de su carne rubia, exclamó: «¿Le gusta a usted el sitio?...». «Mucho» —repliqué—. No hablamos más y nos acometimos. Fue un instante. Yo comprendí que era necesario jugarse la vida a un solo golpe, y así lo hice. Tuve una arremetida de fiera, y el corazón de míster Ruch sirvió de vaina a mi cuchillo.
—¿Acertó usted a darle en el corazón? —interrogó el notario.
—Se lo partí en dos pedazos —repuso sin vacilar el héroe—. Pero mi fortuna, con ser grande, no fue completa, porque en aquel momento el holandés disparaba a quemarropa su revólver sobre mí y la bala, penetrando por semejante sitio, me traspasó de parte a parte y fue a clavárseme en la espina dorsal.
Si don Higinio se hubiese limitado a decir que mató al holandés, su mentira hubiera llamado menos la atención y probablemente habría fracasado, pues a embustes mucho mayores estaban avezados los oídos de todos. Su supremo acierto, por tanto, consistió en declararse herido. Aquella bala clavada allí, según generosa confesión del héroe, a la altura de la décima vértebra, tenía toda la certidumbre, todo el irrevocable imperio de un acta notarial. Así, el asombro que en los circunstantes produjo aquella jamás soñada declaración fue definitivo. Como por arte de hechicería don Higinio, a quien hasta allí diputaban hombre juicioso y casero, erguíase ante ellos llevando sobre la vulgaridad de su sombrero hongo la pluma de Don Juan. De aquel antiguo Perea sin leyenda y sin misterio, aficionado a pescar, a jugar al dominó y a hacer caramelos, había surgido otro hombre que, tanto por su propia historia como por la acrisolada limpieza de su abolengo, bien podía ser motivo de orgullo para Serranillas: un verdadero hombre de mundo, más conquistador que Cenén, más bravo indudablemente que el notario Arribas, y tan diestro, al menos, en el arte de manejar el cuchillo, como don Gregorio, el matador de jabalíes. Todos, dentro de las especialidades de seducción o matonismo que cada cual se atribuía, sentíanse humillados por aquel nuevo y brillante prestigio.
—¿Y por dónde le entró a usted la bala? —interrogó impaciente el médico.
Perea acababa de acordarse de que su pecho conservaba la cicatriz de una herida incisa que, siendo niño, se causó con un cristal una tarde al salir del colegio, y repuso:
—Por aquí, vean ustedes; el orificio de entrada, aunque muy reducido por el tiempo, se conoce aún.
Casi sin saber lo que hacía púsose de pie y comenzó a desabotonarse el chaleco, la camisa; se levantó las puntas flotantes de su corbata. Gutiérrez bajó la lámpara y todos se levantaron, adelantando el rostro, frunciendo los párpados para reconcentrar mejor la mirada. Don Higinio, con audacia temeraria, mostraba por entre la abertura de su camiseta color salmón su pecho cobrizo, peludo como el vientre de un oso.
—Aquí está —dijo señalando con el índice de su mano derecha una huella blanca, perdida bajo la espesa pelambrera.
Los circunstantes siguieron aquel gesto, y el aplomo sugestivo del héroe de una parte, de otra el coñac, el espíritu de imitación, acaso un oportuno y sofístico parpadeo de la luz, realizaron el milagro. Todos vieron la herida.
—¡Es cierto! —exclamó Hernández—, aquí es.
Don Cándido la apreció también, y el secretario del Ayuntamiento, y el jefe de Correos, y el notario... Don Higinio brincaba de sorpresa en sorpresa; nunca hubiera creído que a la pobre humanidad, inclinada sistemáticamente a la desconfianza y tan incrédula, sin embargo, pudiera engañársela tan pronto.
—¿Y dice usted —añadió el médico— que la bala quedó incrustada en la décima vértebra dorsal?
—Sí, señor.
—¡No puede ser!
—¿Por qué?...
—¡Porque, no!... ¿No lo comprende usted? Es demasiado bajo.
A don Higinio no le importaba que el proyectil del holandés hubiera ido a instalarse una o dos o tres vértebras más arriba; pero su ágil y clarividente discreción comprendió que debía sostener lo dicho, lo que, conocida la pobrísima ciencia de su amigo, no había de serle difícil.
—Tenga usted presente —dijo— la aventajada estatura de mi rival: míster Ruch era un hombretón; por lo mismo, la trayectoria del balazo debió de ser oblicua, de arriba a abajo. Yo, como usted comprenderá, me limito a repetir lo que dijeron las notabilidades médicas que me examinaron.
Hernández se dio por enterado; las últimas palabras del héroe acababan de convencerle. ¿Acaso no sabía él tanta anatomía como los profesores de París?... Para demostrarlo juzgó oportuno sorprender a sus oyentes determinando allí mismo el rumbo seguido por el proyectil, y oscureciendo lo más posible su descripción con términos profesionales.
—Todo está comprendido —exclamó—; la bala perforó el apéndice xifoides, que por su naturaleza cartilaginosa es poco resistente; rompería el peritoneo, atravesaría la cavidad del abdomen e iría a clavarse en la espina dorsal. ¡Y gracias que no desgarró ninguna asa intestinal!... ¿Le operaron a usted?
—Nada; no, señor.
—¡Es natural! ¡No hacía falta! Le recomendarían a usted, además del tratamiento indicado para tales casos, mucho reposo y la leche como único alimento...
—Precisamente.
Todos miraban a Perea con el respeto, humildad y devoción admirativa que inspiran a la multitud los supervivientes de alguna terrible catástrofe. ¡Qué hombre! Ahora comprendían mejor su carácter reservado y el celo galante con que en diferentes ocasiones había defendido a las mujeres de moralidad distraída.
—¿Y no se resiente usted nunca de la herida? —preguntó el boticario.
—Algunas veces; cuando realizo algún esfuerzo, verbigracia, o si cambia el tiempo.
A don Higinio le pareció oportuno interpolar una sonrisa en el relato de su aventura, y añadió:
—Puedo decir que el holandés me puso un barómetro a la altura de los riñones...
El ático humor y desparpajo de Perea y la modestia con que hasta entonces había callado su historia, traía a todos suspensos y pasmados.
Habían vuelto a llamar a la puerta y don Cándido salió a abrir. Era Carmen, que iba en busca de su padre para cenar.
—Son las nueve —dijo—, estamos esperándote.
El héroe de la Grande Jatte la llamó a su lado, la estrechó contra su pecho y empezó a pasarla una mano por los cabellos. Se acordaba de un grabado, copia de un cuadro titulado: «Napoleón y su hija», que había visto alguna vez. Su gesto tenía una tranquilidad patriarcal y solemne; parecía decir: «¡Si no fuese por estas criaturas!».
Para marcharse, estrechó la mano del médico, la del boticario, la de Cenén, la de Arribas, la de Gutiérrez. Al mismo tiempo, aludiendo a la niña con un mohín, balbuceó:
—Que no sepa nada, ¿eh?... Ustedes se hacen cargo... ¡Sería horrible!...
El jefe de Correos habló en nombre de todos.
—Nada tiene usted que advertirnos: aquí, en este instante, no hay más que caballeros.
Don Higinio Perea salió de la botica apoyándose en su hija y echando aquel paso lento y largo, propio a su juicio, del hombre que arrastra algún remordimiento. Llovía y el globo rojo de la farmacia tendía sobre el lodazal de la plaza un cono sangriento. La niña levantó la cabeza.
—¿Has bebido, papá?...
Desconcertose el amante de Leopoldina.
—No... ¿Por qué?...
—Me había parecido: estás muy colorado.
Iba, en efecto, encendido como una amapola y con la boca tan seca que apenas podía mover los labios. Al doblar la esquina volvió la cabeza. Hallábase excitadísimo; tenía miedo, un pánico de superstición; como si realmente el cadáver enorme, frío y blanco del holandés, le fuera pisando los talones.