VII

En menos de un mes, la invención lanzada por don Higinio Perea en el refugio y misterio de la farmacia de don Cándido, había dado varias vueltas al pueblo. A pesar del silencio que los allí reunidos juraron guardar al héroe de la Grande Jatte, la noticia les pareció tan emocionante y golosa, y de tal manera sojuzgó y trastornó sus ánimos, que les faltó tiempo para feriar con ella la voraz curiosidad de sus mujeres. El boticario se lo dijo a doña Benita; don Gregorio, a doña Lucía; el secretario del Ayuntamiento, a su Inés; don Jerónimo Arribas, a doña Marcela y a los dos pasantes de la notaría; Gutiérrez, si bien con medias palabras y exigiendo aquella misma reserva de que él carecía, se lo confió a sus hijas... Y así la hazaña de Perea, tan pronto aplaudida como censurada, pero siempre comentada con prolija vehemencia, fue revolando de puerta en puerta hasta ser tan familiar al vecindario de Serranillas como la torre de la iglesia.

Por poco observador que fuese don Higinio, y olvidado y desasido que se hallase de su mentira, bien echó de ver que algo extraordinario se operaba a su alrededor. Durante los primeros días no supo a qué atribuirlo, pues el recuerdo de su embuste se le había ido del cerebro con los últimos vahos del coñac tragado en casa de don Cándido, y aunque lo tuviese presente, nunca lo creyera capaz de subsistir, ni menos de merecer la atención de nadie. Pero no tardó en modificar su opinión, cediendo a la autoridad irrevocable de los numerosos y muy graves indicios que de múltiples partes y bajo artificios diversos llegaban a descubrirle el interés vivísimo, no exento de admiración, de que era objeto. El mentiroso es un sugestionador, y él, inconscientemente, había sugestionado al pueblo: se le discutía, se le espiaba, se le seguía desde lejos con los ojos. El artista se asombró de su obra; hallábase envuelto, cercado, apresado por ella; hubiera querido destruirla y no hubiese podido, tal vez; su mentira, como por ensalmo, se había hecho horizonte. A todas horas recibía pruebas fehacientes del sincero cariño y alta estimación que el alma colectiva le tributaba: Cenén, Gutiérrez, el notario, hasta don Gregorio Hernández y don Cándido, unidos a él por una amistad de muchos años, le trataban con mayor pleitesía y reverencia, y como de inferiores a jefe; y la misma doña Lucía, que continuaba sin hallar corsé que reparase el desbordamiento de su obesidad, solía mirarle con una languidez nueva. Si iba a la mina hallaba a sus obreros más obedientes y devotos, y cuando llegaba al Casino los porteros le saludaban, poniéndose de pie, con un acogimiento silencioso y humilde que le bañaba en dulce vanidad.

El buen hombre atisbaba curiosamente aquel interesantísimo cambio de opinión. El vulgo, al igual de las mujeres, es imaginativo, y como la imaginación solo de mentiras se satisface, siente la necesidad, casi fisiológica, de ser engañado; por cuanto lo extraordinario le atrae y le vence, y antes prefiere la pinturería folletinesca de un «se dice» a la gravedad histórica de un hecho comprobado. Ello explicaba el éxito que, a despecho de la fingida reserva de todos, había obtenido su mentira, y cómo, por imperativo caprichoso de la muchedumbre, en el pacífico ricachón de antaño, dedicado a los lisos placeres de la familia, del dominó y de la pesca, surgía ahora, cual de una caja de sorpresa, una personalidad andariega, belicosa, prudente, seductora, colmada, en fin, de interés teatral. Esta observación halagaba sus pueriles y romancescos humos de exotismo, y le inspiró una preocupación que, por lo constante, fue origen, a su vez, de un gesto reservado que bien pudiera ser, pensaba el público, el de un remordimiento.

Este ademán taciturno, tan cómico como su falsa afición al ajenjo o aquel postizo acento francés con que cinco años antes regresó de París, era una especie de traje que el héroe de la Grande Jatte se endosaba diariamente al salir a la calle. Realmente no hubiera podido adoptar otra actitud. Sus conterráneos habían empezado a dedicarle ese cariño dispensador de los padres hacia el hijo calavera que no quiso aprender carrera ni oficio, pero en quien reconocen las gallardías de un buen entendimiento y de una hermosa apostura física; les halagaba que de aquel noble predio manchego hubiese surgido, siquiera fuese merced a la intervención poco romántica de la lotería, la figura de un varón complicado, tracista y galán como un caballero Casanova, que hubiera viajado por el extranjero y seducido a una hermosura italiana y vencido en temerario desafío a un gigante holandés. De consiguiente, al agraciado por tan difíciles prestigios no le quedaba otro recurso que mantener «su papel», vivir su mentira, aquella mentira lanzada entre el exaltado aturdimiento de dos sorbos de coñac, y a cuya rápida divulgación sirvió de coadjutora la voz de todo un pueblo. Este le había dicho:

«Toma tu cruz de héroe, la más pesada de todas, y sigue».

Y don Higinio se cruzó de brazos: él sería héroe, como Dieguito, el sobrino de su amigo Arribas, sería siempre un pillo; porque así lo había decretado la opinión ajena...

Para mejorar la disposición interior de su espíritu y no aparecer demasiado ridículo ante las miradas fiscales de su propia conciencia, no le faltarían razones. En primer lugar, era seguro que doña Emilia no sabría aquello, pues constantemente y para bien del individuo, el rumor de sus pequeñas ridiculeces o no llega nunca a conocimiento de su familia o llega muy tarde; y en segundo término, y a este asidero agarrábase principalmente la vanidad del héroe, nadie podría demostrarle que hubiese mentido. Las figuras y lugares que su fácil imaginación y novelesca facundia utilizaron en la erección de la leyenda existían: la italiana del hotel de los Alpes no le había amado, pero pudo amarle; como el holandés, que en aquellos momentos gozaría seguramente de perfecta salud, era innegable que hubiera podido morir a sus manos. Tales suposiciones, aun dentro de la lógica más estricta, siempre representaban un argumento. Además, la generosa casualidad le favorecía. La víctima que fue a elegir era la de un hombre cuyo cadáver halló la policía en una isla del Sena y no pudo ser identificado; él conservaba varios periódicos que lo decían así, y de los cuales se acordó en el caliente flujo de su improvisación. Esto constituía para don Higinio un argumento Aquiles, porque de darle la desgobernada y suicida ventolera de confesarse públicamente autor de aquel viejo crimen olvidado, y constituirse prisionero so pretexto de acallar remordimientos de conciencia, ¿qué tribunal le hubiera recusado?... Únicamente podía comprometer la certidumbre de su relato la bala del holandés, que él dijo llevar incrustada en la décima vértebra; pero, si nadie podía probarle que no la tuviese allí, ¿qué importaba?...

Discurriendo así consiguió serenar todos sus escrúpulos. El delicioso matón de la isla de la Grande Jatte, por lo mismo que sus convecinos eran unos incorregibles y redomados embusteros, abominaba de la mentira, aunque este odio se parecía a la misoginia de muchos viejos moralistas, que reniegan de las enaguas precisamente porque de jóvenes no supieron descoserse de ellas. La mentira, según don Higinio, constituye uno de los pródromos, síntomas, o matices más graves de la patología social; ella retarda el avance de la ciencia, desorbita con invenciones grotescas la inspiración de los artistas jóvenes y envenena la existencia familiar: la mentira es el robo, el disimulo, la calumnia, la cobardía, la ostentación ruinosa, el adulterio; la mujer, huyendo del castigo del hombre, se acoge a la mentira.

Hay mentiras inocentes que jamás perjudican a tercera persona, como la del asesinato del holandés, y, en general, las de cuantos buenos conversadores, cultivadores felices del jardín del embuste, piden a la imaginación la amenidad ágil y la gracia que la realidad no tiene. Pero desdichadamente la mayoría de los hombres que incurren en delito de impostura no es por devoción estética o prurito de decir algo bello que frívolamente eduque o distraiga, sino por dañar los intereses o emporcar el honor de alguna persona.

La psicología de la mentira es interesantísima. A los que podrían calificarse de «profesionales» de la patraña, esta llega a dominarles tan sostenida y acabadamente que les impone una segunda personalidad, por cuanto muchos médicos les colocan en el número de los anormales. Hay, efectivamente, quien de buena fe se cree héroe y se atribuye majezas de Bayardo; o un terrible seductor más recuestado por las damas que Lovelace; o un rival dichoso de Magallanes en materia de viajes. También abundan los que gustan de mostrarse atrafagados en difíciles maquinaciones económicas. Generalmente, la mentira, cuando no proviene de la timidez, es una hiperestesia, «un producto» de la imaginación, la gran arisca vestida de colorines y cascabeles, empeñada perpetuamente en corregir la vulgaridad social.

Existe, además, otra mentira que no se deriva del miedo ni de la fantasía, sino del cálculo; superchería que no es exaltación o alboroto romántico del carácter, mas sí represión, disimulo o empequeñecimiento del mismo. La mentira de la imaginación hincha lo más sencillo; la razonada, como su madre la hipocresía, tiende, por el contrario, a cepillar o reducir cuanto haya de saliente en el individuo; aquella, «multiplica»; la segunda, «resta»; y de ambas, evidentemente, esta es peor, porque su humildad inspira confianza: suele ser la mentira favorita de los inferiores, de los criados, de los niños. También es la más frecuente: su anguilada suavidad, su color gris, tan de acuerdo con la mediocridad colectiva, su respeto incondicional a lo instituido, su miedo lacayuno a las costumbres, equivalen a un uniforme. ¿Cómo diferenciar entre la bondad verdadera y la fingida o pegadiza? ¿Cómo saber quién es noble «por dentro» y quién muestra hidalguía accidentalmente y de paso?... En los espíritus caballerescos la decencia constituye algo sustantivo, rígido, muy incómodo, ciertamente, de llevar; en los solapados y rufianes, es una librea. Las apariencias, sin embargo, no varían: entonces, ¿cómo distinguir cuándo la honradez y la sinceridad son «trapo» y cuándo «piel»?...

Amén de la timidez y de la imaginación, los manantiales mentirosos más abundantes son la vanidad, el orgullo y la envidia. Lo que esta inventa, cae inmediatamente bajo la égida amparadora del amor propio, y el orgullo y la vanidad lo mantienen ante la opinión, aun a riesgo de grandes sacrificios. También se miente por misericordia.

En los hombres de espíritu cultivado, como don Higinio Perea, y capaces de realizar complicadas síntesis mentales, las mentiras se alambican y esclarecen difícilmente, pues se afianzan al espíritu que las produce con numerosas raíces. El héroe de la Grande Jatte, aunque nunca había mentido, propendía a la mentira acaso por culpa del medio donde naciera, demasiado pequeño para su actividad, o tal vez porque envidiase la plenitud de vida que rebosan las biografías de los varones trotatierras y fuertes y quisiera igualarles. La sociedad lugareña que le circundaba, mundo tranquilo donde la desocupación servía de maravilloso abono a la murmuración y a la calumnia, le invitó al engaño y él mintió por el único pueril antojo de obtener durante el breve espacio de una tarde, el elogio envidioso de sus amigos más íntimos. Cuestión de vaya y pasatiempo. Pero como la seriedad de sus palabras y acciones fuese proverbial, su invención obtuvo resonancia estupenda, y rebasando los límites de Serranillas traspuso las márgenes verdes del Guadamil y levantó en Almodóvar del Campo un clamoreo admirativo.

Ante aquella inesperada realidad don Higinio, a la vez asustado y satisfecho, concluyó, tras detenido examen de conciencia, por encogerse de hombros. ¿Qué inmoralidad hay en el embuste que sin lastimar a nadie mejora a quien lo dice, y a todos por igual regocija y divierte?... Los agiotistas, los conquistadores, son hombres de voluntad que cultivan la acción; la quietud reflexiva pertenece a los artistas, a los sabios. Perea sintiose ligado a los individuos de este último grupo por cierta comunidad espiritual. ¡Su mentira, aquella mentira donde su destino parecía haber encarnado!... ¿Por qué no imponerla al vulgo como se impone una obra de arte? Don Quijote y Fausto carecen de realidad histórica, no vivieron jamás, y, sin embargo, ¿no es cierto que existen los dos?...

Aquel día, muy temprano, los vecinos de la plaza vieron pasar a don Higinio cargado con todos sus pertrechos de pesca: las cañas al hombro como lanzones, su sillita de campaña a la espalda, y colgados sobre el brazo izquierdo el cesto de la merienda y el voluminoso paraguas de algodón negro guarnecido por una franja morada. Vestía traje de pana color vino, y llevaba echado hacia la nuca un amplio sombrero de fieltro gris. Caminaba de prisa, jaque, rechoncho, peludo y alegre, bajo la claridad plomiza de la mañana. Al enfrontar una calleja que por entre bardales y pobrísimas viviendas de mineros desembocaba en el ejido, saludó a don Gregorio.

—¡Bien madrugamos! —gritó Perea.

Hernández llevaba puestas sus polainas de cazador y un chubasquero que le cubría hasta cerca de los pies.

—Vuelvo de ver a Tocinico.

—¿Sigue mejor?

—Creo no llegue a la noche; si no reacciona...

Se habían detenido y hablaban de acera a acera, con familiaridad pueblerina. El brusco vozarrón de don Gregorio retumbaba en el silencio ecoico del callejón desempedrado, pendiente y vacío.

—¿Cómo sale usted a pescar en un día así?

—¿Qué le sucede al día?

Miró al espacio: el cariz del cielo, efectivamente, era intranquilizador. Soplaba un poniente frescachón que anunciaba lluvia. El médico extendió un brazo.

—Debía usted saber que cuando aquellos picos no se ven claros, en Serranillas llueve siempre.

—Es verdad.

—Y para el hombre que ha abusado de la vida como usted y lleva en su cuerpo lo que usted tiene la desgracia de llevar en el suyo, los cambios barométricos son fatales. Eso está al alcance de un niño; pero usted, por lo visto, no se quiere bien.

Desdeñoso y heroico, el amante de Leopoldina se alzó de hombros. Sí, ya comprendía a qué aludía don Gregorio: a la bala del holandés... ¡Bah!... ¡Buena cosa le importaba a él la bala!...

—La humedad es un veneno terrible para las heridas viejas —agregó Hernández.

Campechanamente, levantando el brazo derecho con el gesto alegre del hombre que tira su sombrero al aire, don Higinio repuso:

—¡Historias, don Gregorio! ¡No haga usted caso!... ¿Quién se acuerda de esas antiguallas?...

Y siguió adelante. El médico exclamó, como si le tirase una piedra:

—¿Antiguallas? ¡Bueno! ¡Las locuras se pagan!...

Perea se alejaba sin mirarle y haciendo signos negativos con la cabeza.

—¿Que no se pagan?... ¡Dentro de algunos años me lo dirá usted!

A su vez, don Gregorio reanudó su camino. Una gota de agua acababa de caerle en la nariz y miró al cielo. ¡Marcharse a pescar con un tiempo como aquel! Decididamente don Higinio no tenía miedo a nada... Cuando llegó a su casa, su mujer le preguntó:

—¿Has visto a Perea?

—Ahora mismo, en el callejón. ¿Por qué?

—¡Nada! Por aquí pasó muy tieso, con un traje de pana flamante y un sombrero gris. Cada día está más joven.

Hernández se echó a reír.

—¡Bueno traerá a la noche el trajecito, con lo que va a llover!...

Don Higinio encontró crecida y más rápida que de ordinario la corriente del Guadamil, señal inequívoca de haber llovido la víspera en la sierra. Esto le obligó a caminar un buen trecho, remontando el curso del río hasta dar con un vado por el que pasó sin apenas mojarse los pies a la otra orilla, donde había hondonadas y quebrajas hospitalarias perfectamente defendidas del aire. Aún anduvo otro medio kilómetro buscando cierto paraje pedregoso llamado Hoyo Grande, al cual en los días ventosos y nublados los barbos y las sabrosas truchas acudían en mayor cantidad; y una vez allí, preparó las cañas, encebó los anzuelos y clavó en la tierra una estaca, a la que ató sólidamente su paraguas abierto, formando así una especie de minúscula tienda de campaña bajo la cual se instaló. Después encendió su pipa, una gran pipa marinera, recuerdo de París, y aguardó.

Durante la primera hora cayeron algunas gotas de lluvia; pero el viento, que debía de ser fuerte, barrió las nubes hacia levante, esclareciose el cielo y hubo momentos en que pareció asomarse el sol; pero de muevo el espacio se cubrió y muy lejos, al otro lado de la sierra, tal vez, se oyó rodar un trueno. Una fuerte claridad lechosa inundó el paisaje. El aire olía a tierra mojada y sobre los crecidos herbazales corrió un raro estremecimiento verde. Como las ráfagas del cierzo soplaban muy altas, cendales sutiles de bruma iban oscureciendo el cauce del río, cuyas ondas adquirían la muerta coloración de la ceniza. El silencio, ese silencio absoluto, quietud de letargo, de la niebla, ahogaba todos los ecos serrinos. Don Higinio se acordó de que una mañana así fue la elegida por él para deshacerse del temible holandés del hotel de los Alpes, y pensando en los buenos consejos de don Gregorio a propósito de la malsana influencia de la humedad en la cicatrización de las heridas antiguas, se echó a reír con un cinismo del que debió ruborizarse un poco su conciencia.

Encendió otra pipa, y para neutralizar los efectos del frío, que empezaba a entumecerle las rodillas, sacó del cesto de las vituallas el frasco de la ginebra y trasegó algunos sorbos largos. Desde el sitio donde se hallaba, bajo y rodeado de ribazos arbolados y fragosos, el horizonte que exploraban sus ojos era limitadísimo. Nada se veía del pueblo, distante ocho o nueve kilómetros, ni del campo en que estaban las minas. Solo se divisaban las márgenes del Guadamil, que escapaban en pendientes ariscas hacia la sierra, y mucho más allá, la dentada crestería, semejante a airones basálticos, de los montes que cerraban el valle. Con ser tan reducido el panorama, la brumazón, por momentos, iba acortándolo; densas masas de vapores plomizos engrudaban el espacio, y la claridad diurna aumentaba su livor de agonía. En la oscuridad creciente, los contornos se borraban: los árboles parecían diluirse sobre el vasto fondo fuliginoso del suelo; el fastigio de los altos cerros concluyó por mezclarse a las nubes que los cubrían y desvanecerse en ellas, y de este modo, cielo y tierra se aunaron y perdieron tras la misma homogeneidad gris. Mientras el caudal del Guadamil, engrosado por el aguacero que probablemente desde hacía horas estaba cayendo en la sierra, aumentó tanto que Perea necesitó trasladarse a un sitio más alto. Su optimismo, empero, no claudicaba, y a mediodía almorzó reciamente, así por exigencias del estómago, como por la satisfacción de las tres libras de buen pescado que llevaba cobradas. ¡Bah! En total, aquel mal tiempo reducíase a cuatro gotas y a un poco de humedad.

Acabando estaba de preparar el café cuando empezó a llover tan furiosamente que en pocos minutos, y a despecho del paraguas, sintiose calado y remojado igual que si le hubiesen echado de cabeza al río. Al pronto creyó que se trataba de una grupada de corta duración, pues la misma violencia del chaparrón parecía señalarlo así, y confiado en ello, sin detenerse a recoger sus enseres de pesca, huyó pendiente arriba a refugiarse en una concavidad del terreno, una especie de casilicio que apenas le abrigaba los hombros. Desde su refugio, el paladín de la Grande Jatte observaba la melancolía de su paraguas inútil, chorreando agua, y de sus cañas que dejó suspendidas sobre la corriente del río, y la idea de que a su engaño hubiesen acudido más peces hacíale sufrir.

Transcurría el tiempo y el aguacero no amainaba, y como la tierra iba empapándose por instantes, la rústica hornacina que a Perea servía de escondite comenzó a rezumarse de modo que antes le mojaba que le cubría. Don Higinio empezó a inquietarse; para un reumático hereditario como él, aquellas humedades podían ser fatales. Hernández tenía razón: marcharse a pescar tan lejos en un día así, era una locura.

Caía la lluvia tan compacta que los retamales comenzaron a doblarse bajo ella, y su caudal componía hilos que resbalaban brillantes sobre los troncos de los allozos y de los pinos. Las aguas del Guadamil habían adquirido sonoridades y garrulerías de amenaza; su curso era más violento; rodaban sus ondas, oscurecidas por el tiznado dosel de las nubes, en remolinos espumeantes y al chocar contra los peñascales y raíces que dentaban las márgenes, saltaban destrizadas y convulsas. Recalado, los pies fríos y doloridos, el sombrero metido hasta el cogote, don Higinio se alentaba las manos para calentárselas. Estaba asustado. Desde el legendario diluvio que puso a flote el arca de Noé, no era verosímil que en tierras de la Mancha hubiese llovido nunca así. No sabía qué hacer y ni siquiera la distracción de fumar le quedaba, pues con la humedad el tabaco no ardía. Tuvo que guardarse la corbata en el bolsillo; el cuello de su camisa había perdido la tiesura del almidón y convertídose en un tirajo viscoso, frío, que le causaba la impresión de llevar un reptil enroscado al cuello.

La niebla de las primeras horas matutinas se había resuelto en agua pacíficamente; pero a media tarde cambió la expresión del cielo, y la que hasta allí fue lluvia susurradora, con el favor del viento hízose tempestad. El ciclón, improvisado al otro lado de la sierra, iba a pasar sobre el valle de Serranillas con iracundo aletazo. Sopló fragorosa una ráfaga que disciplinó los árboles y arrancó de los alcores rocosos gemebundeos de agorería y espanto; un relámpago cabrioló en el espacio, y su luz apocalíptica iluminó hasta los rincones profundos del bosque; el trueno tableteó rebotando de montaña en montaña. Flagelada por el huracán, la lluvia embestía rabiosamente contra la hornacina de don Higinio y el viento, revolviéndose sibilante entre aquellas hondonadas, recogía las hojas caídas y levantándolas a considerable altura las dispersaba por el aire; en cada arista, en cada hendidura del monte, su violencia producía alaridos bárbaros. Obedeciendo a una costumbre infantil, Perea se signó; jamás su cumplida experiencia de hombre rústico había visto espectáculo igual. De pronto sus cañas, su sillita de campo y su paraguas, arrebatados por el coraje de los elementos, cayeron al río. Instintivamente don Higinio corrió tras ellos para recobrarlos; mas su diligencia fue inútil, pues la corriente era muy rápida y hubiera sido temerario meterse en ella. El paraguas, especialmente, hinchado de aire, huía rápido, voltejeando como un animal de quimera sobre las ondas gruñidoras del Guadamil.

Ante este desastre, el esforzado galán de la italiana del hotel de los Alpes solo pensó en la huida. Pero, ¿cómo volver al pueblo si para ello necesitaba repasar el río y con la riada no habría manera de vadearlo?... Don Higinio quiso saber la hora para ceñir a ella sus planes de retirada, y hasta este auxilio le faltó, porque su reloj se había parado en la una y cinco. El bizarro manchego apretó las puños y dardeó contra el cielo una mirada simoníaca. ¡Sin tabaco, sin reloj, calado hasta los huesos como un náufrago!... ¡Ah! ¿No es cierto que hay trances en que todo cuanto nos rodea, tierra y espacio, árboles, piedras, nubes, montañas, parecen burlarse de nosotros?

Alicaído recogió el cesto de sus provisiones, único objeto que por su pesantez y volumen exiguo no cayó al río, y echó a andar, indiferente, bajo el aguacero. El camino era ingrato, por lo resbaladizo unas veces, otras por encharcado y blanduzco. Después de recorrer tres kilómetros don Higinio hallose rendido y necesitó sentarse: sus botas, embarradas, parecían las de un gigante y pesaban de modo que se agarraban al suelo como raíces; su traje de pana, aquel flamante traje avinado en que doña Lucía detuvo una mirada furtiva, ahora agarrotaba sus movimientos y gravitaba sobre sus lomos cual una armadura. La lluvia caía siempre y el errante, los ojos apagados, la boca entreabierta, sentía correr por su espalda su caricia helada. Transcurridos unos momentos, prosiguió su camino.

Anochecía cuando llegó a la hoya temible del Jabalí. En aquel paraje, erizado de peñascos hostiles, el Guadamil se encrespaba y tenía fosquedades urañas de torrente. Los ojos azules y bondadosos de Perea registraban la orilla.

—¡Si mi paraguas se hubiese detenido aquí! —pensaba.

Siguió adelante, acuciado por el temor de que la noche le sorprendiese. En realidad no sabía qué hacer: la crecida había inutilizado seguramente todos los puntos vadeables del río, y aunque él estaba cierto de conocerlos palmo a palmo, comprendía el peligro de meterse en el agua sin saber nadar y confiando su salud a piedras movedizas que el ímpetu de la corriente acaso arrancó y trasladó a otros sitios. La lluvia había cesado, apaciguose el viento y en el espacio mudo, inexpresivo, como fatigado por la tormenta que pasó sobre él, los árboles se erguían inmóviles y brillantes. Pocos kilómetros más allá, en la oscuridad nocherniega, llena para los caminantes de hostilidad y zozobras, el campeón de la Grande Jatte vio brillar dos de las esferas del reloj de la iglesia, lo que le reanimó con la emoción de una subidísima alegría.

—Cuando el reloj está encendido —pensó— es que son las seis.

Y reanudó su marcha, siempre con cuidado, porque el Guadamil al echar fuera el pecho había arriado muchos parajes que horas antes estaban enjutos.

Entretanto, la ausencia inexplicable de don Higinio había convertido su hogar en una sucursal o abreviado remedo de aquel «valle de lágrimas» de que hablan las Escrituras. Por la mañana, apenas empezó a llover, doña Emilia fue al armario a cerciorarse de si estaba allí el impermeable de su marido, y como lo viese se contrarió muchísimo. Era uno de esos caracteres dominadores y vehementes, en los que todos los sentimientos, hasta el del amor, tienen un gesto de cólera.

—¡Se ha empeñado en no ponerse el impermeable —refunfuñó—; milagro será que no vuelva con un enfriamiento!

Su hermana Teresita, buena y sorda, con una sordera creciente que añadía a la natural expresión amable de su rostro una dulzura nueva, procuró tranquilizarla.

—No te apures, mujer; no se trata de un niño; a la hora de almorzar, seguramente, le tenemos aquí.

Los largos ojos árabes de doña Emilia resplandecieron rencorosos.

—¡Parece mentira que no le conozcas! ¡Él, volver!... Pero, ¿no sabemos que en viendo una caña de pescar se vuelve loco?...

Según transcurrían las horas la nerviosidad de la excelente señora iba en aumento: todo influía sobre ella insanamente; de una parte, la ausencia de don Higinio; de otra, la atmósfera saturada de electricidad. Sus manos temblaban. Fue a la cocina y rompió varios platos; intentó coser y se pinchó los dedos. Un presentimiento aciago la traspasó el pecho; llamó a su hermana.

—Creo que va a sucedernos una desgracia; acabo de sentir un calofrío muy raro, como si algo me hubiese rozado la nuca.

Teresita no oyó bien.

—¿Cómo?

Arrepentida de sus palabras doña Emilia no quiso contestar; estaba irritadísima, con esa mortificación de vanidad que produce la conciencia de haber dicho una tontería.

Llegó la hora de almorzar y don Higinio no apareció. Doña Emilia apenas pudo catar bocado; sucesivamente poníase roja, blanca; nunca la había oprimido el corsé tanto como entonces. Sus hijos comieron perfectamente, pero hablaban de buscar al padre.

—Iré yo solo —dijo Anselmo.

El futuro jurisconsulto tenía el orgullo de sus dieciséis años y de sus músculos, endurecidos por dos cursos de gimnasia.

Joaquinito quería acompañarle, y el primogénito le humilló echándole en rostro su poca edad.

—Tú eres muy pequeño todavía.

Y luego:

—¡A callar, mocoso!...

No estando allí su padre, Anselmo creíase obligado a asumir las responsabilidades y derechos del cabeza de familia. Joaquinito, furioso, amenazó a su hermano con un cuchillo de postre, que luego clavó sañudamente en un pastel de crema y cabello de ángel. Carmencita callaba, pensando que ella era ya una mujercita y que cuando hace mal tiempo las señoras distinguidas no salen de casa. Doña Emilia terminó la discusión.

—¡Aquí no se hace nada que yo no disponga! Ya lo sabéis. Y si alguno me desobedece se acordará del día de hoy.

Dejó la mesa y comenzó a pasear de un lado a otro; a cada momento iba a la calle, bajo el aguacero, con esperanza de ver llegar a Perea, y sus cabellos, al desrizarse con la humedad, invadían plañideros la frente y daban al rostro una expresión dramática. Teresita, sorda y dulce, arrastrada inconscientemente por la inquietud y dolor de su hermana, caminaba tras ella.

A media tarde, al resonar aquel formidable trueno que tanto empavoreció a don Higinio y le obligó a signarse, su mujer dio un grito y fue a ponerse de hinojos ante una imagen pequeñita de Nuestra Señora del Refugio que tenía en su dormitorio entre velas azules y flores de trapo. Allí permaneció dilatado rato, los llorosos y suplicantes ojos vueltos hacia arriba, los brazos abiertos. Teresita, que la había seguido, también se arrodilló; luego, absorta y como desvanecida en el fervor de su místico recogimiento, hundió la barbilla en el pecho y buscó actitud más cómoda sentándose sobre los talones. Fuera rugía la tormenta, y a intervalos el deslumbrante zigzagueo de los relámpagos inflamaba la habitación. Anselmo se asomó a la puerta; aquella escena le interesaba sin entristecerle; en Ciudad Real recordaba haber visto una zarzuela que se desenvolvía a orillas del mar y cuyo primer acto terminaba con un cuadro así.

Dieron las tres, las cuatro... y la tormenta, al alejarse, parecía dejar tras sí un indefinible latido de desolación y tragedia que doña Emilia no pudo resistir.

—Me voy —declaró.

Iba a casa del médico; necesitaba ver gente, hablar con doña Lucía, desahogar su inquietud de algún modo. Tal vez Perea, de regreso de su malhadada excursión, se hubiese detenido allí... No quiso incomodarse en ceñirse el corsé; vistiose un abrigo encima de la bata que llevaba puesta, se rodeó al cuello una bufanda y salió a la calle.

Apenas había doblado la esquina, Anselmo y Joaquinito se aliaron.

—¿Buscamos a papá? —propuso el mayor.

—Vamos.

Cogieron sus boinas y se encaminaron al portal. Teresita, secundada por Carmen, intentó detenerles; pero su bondadoso prestigio no alcanzaba a tanto.

—Volvemos pronto —dijeron.

Y escaparon en dirección al río. Iban corriendo. En el fondo de aquel amor al padre había un juvenil deseo de libertad, de campo; un prurito ardiente de zapatear sobre la hierba húmeda...

Doña Emilia llegó a casa del médico tan demudada y diferente a sí misma, que la señora de Hernández se asustó.

—¿Qué tienes?... ¿Ocurre alguna desgracia?

Sin saber por qué, doña Emilia preguntó por don Gregorio.

—Ha salido, pero si le precisas irán a buscarle; está en el Casino.

Doña Emilia hizo un signo negativo y para serenarse pidió agua. Lo que ella necesitaba saber era el paradero de su marido; tenía el presentimiento de que le había sucedido un percance; en la sierra debía de haber llovido horrorosamente y el Guadamil, sin duda, arrastraba mucha agua; quizás Higinio intentó vadearlo y como la corriente sería muy fuerte y él no sabía nadar...

La esposa de Hernández procuró tranquilizarla.

—Gregorio le saludó esta mañana y hablaron un momento.

—¿A qué hora?

—Temprano. Yo también le vi: iba muy currutaco con su sombrero gris y su traje nuevo de pana.

—¿Te dijo algo?...

—No me vio. A tu marido le sucede con su caña de pescar lo que al mío con su escopeta. Gregorio cuando va de caza no conoce a nadie.

Observaba a su amiga de un modo extraño, acariciador, lleno de piedad; se acordaba del duelo entre don Higinio y el holandés, que su esposo la refirió cierta noche de sobremesa y bajo secreto de confesión. ¡No!... ¡Ella nada diría; lo había jurado!... Además, ¿para qué darla celos con la hermosa Leopoldina?... Sin embargo, de saber Emilia quién era Perea, el verdadero Perea, aquel hombre terrible que no temía a la muerte y del cual ella solo conocía el aspecto casero, risueño y metódico, su dolor en aquellos momentos seguramente no sería tan hondo. Emilia se angustiaba porque, a su juicio, su esposo era un niño, una especie de hijo mayor... ¡Ya, ya!... Eso parecía con su aire mansito, y luego resultó lo que ya sabía todo el pueblo...

Doña Emilia creyó ver en los ojos de su amiga una expresión desacostumbrada de cariño, de misericordia...

—¿Por qué me miras así?

—¿Cómo, tonta?

—Con esa cara... ¿Es que sabes algo... algo malo, y no quieres decírmelo?...

Se levantó impetuosa y trabando a la señora de Hernández por los hombros la registró largamente y de hito en hito las pupilas.

—¿No me ocultas nada?...

Doña Lucía se mordió los labios.

—¿Por qué preguntas eso? Bástete saber que a tu marido no le sucede ninguna desgracia.

—¿Lo sabes tú?... ¿Y cómo?

Doña Lucía titubeaba; sus deseos de hablar eran irresistibles; algo físico; una especie de cosquilleo lingual.

—Porque Higinio —dijo— no es lo que supones, ¿comprendes?... Vives a su lado hace dieciocho o diecinueve años y le conoces menos que yo. Higinio, para que te enteres, no es de los hombres que, como dice el vulgo, «se ahogan en poca agua»; de consiguiente, vive tranquila. Higinio vendrá luego o mañana..., y le verás llegar sano y salvo. Tu marido es valiente y sabe guardarse.

Calló unos instantes, durante los cuales su honrada reserva y su indiscreto deseo de proclamar el heroísmo de don Higinio lucharon a brazo partido. Al cabo, añadió gravemente:

—Tu esposo, hija, no se parece al mío; Gregorio es lo que todos vemos: con su vozarrón diríamos que va a comerse los niños crudos, y luego, en el fondo, nada: un infeliz; yo misma hago de él cuanto quiero. Pero tu Higinio es muy diferente. ¡Ay, Emilia, qué engañada vives!... Tu marido es un hombre de historia...

Las frases ambagiosas de la señora de Hernández y aquella sonrisita de ironía y misterio con que las subrayaba, atizaron en el levantisco ánimo de doña Emilia una sospecha celosa.

—¡Tú hablas así por algo! —exclamó—; no disimules; ¿a qué esas reticencias? ¿Tiene Higinio relaciones con alguna mujer?...

Para responder, doña Lucía adoptó un gesto solemne.

—No tengas celos; yo sé que tu marido no te engaña. ¿Entiendes?... Fíjate bien: tu marido, actualmente, no te engaña; pero en otra época ya lejana pudo engañarte..., y si entonces, de algún enredo que acaso fue muy grave, supo escapar ileso, es inocente que ahora te asustes tanto por él.

Estaba rendida; sus esfuerzos para callar habían postrado sus energías. Tras un silencio, doña Emilia replicó absorta.

—No te entiendo, hija; la verdad: no te entiendo...

Quedose suspensa, los ojos puestos en el trozo de cielo que se divisaba por la ventana. Doña Lucía, muy inquieta, se levantó, arreglose los cabellos ante un espejo y volvió a sentarse. A pesar de la ajamonada solidez de su talle, el generoso crecimiento de los senos, la pomposidad durísima de las lucias caderas, el saludable color del rostro y la señoril bonitura de sus manos enjoyadas y pequeñas, daban a su figura notoria voluptuosidad y picante interés. Al decir de cuantos la conocieron joven, nunca fue muy hermosa; pero sus ojos y ademanes hubieron siempre una intención que inquietaba a los hombres, y esta fue la ventaja que envidiaron todas las mozas y trajo revueltos a los mozos mejores de su época. La misma doña Emilia recordaba que, muchos años atrás, siendo todos solteros, su marido y la actual señora de Hernández, cuya casa tenía a cierto callejón sin salida una reja muy florida y oscura, habían coqueteado un poco.

Doña Emilia, que tampoco podía estarse quieta, se acercó a la ventana, al espejo; bebió agua otra vez...

—¿Y tus hijos? —preguntó.

—En el colegio. Desde allí van al Casino en busca de su padre y luego vuelven todos juntos.

Anochecía rápidamente. En la penumbra del gabinete, sobre la blancura de las paredes, una antigua sillería de yute rojo alzaba sus respaldos ovalados; encima del sofá un espejo, semejante a un lago inmóvil, iba anegándose en sombras; cromos baratos y manojos de fotografías y tarjetas postales servían de sencillo paramento a los muros; sobre un viejo velador con piedra de mármol, colocado en el centro de la habitación, una planta descolorida por el polvo y la luz, abría la estupidez de sus flores de trapo.

Pisadas inquietas, juveniles, acompañadas de otras varoniles más lentas, turbaron la quietud del zaguán. Se oyó preguntar:

—¿Y mamá?... ¿Ha venido mamá?

Eran Anselmo y Joaquín. Doña Emilia reconoció la voz de sus hijos y acudió a su encuentro. Venían los muchachos acompañados de un minero, que se había destocado respetuosamente y miraba a las señoras de Perea y de Hernández muy compungido.

—Esto es lo único que hemos hallado —dijo Anselmo.

Y presentó a su madre el paraguas, hecho trizas, de don Higinio.

—¡El paraguas de papá! —exclamó doña Emilia crispando las manos y levantándolas blancas y trémulas sobre su cabeza—; pero, ¿y vuestro padre?... ¿Dónde está vuestro padre?...

Los dos mozalbetes, aunque consternados, no dejaban de gozarse secretamente en la importancia que les confería la noticia de que eran portadores.

—Nosotros —dijo Joaquín— apenas tú saliste de casa nos fuimos a buscar a papá, y ya en el campo encontramos a este hombre, que traía el paraguas.

Anselmo presentó al obrero.

—Trabaja en nuestra mina; es entibador.

Doña Emilia, lívida, temblante, fantasmal, tuvo que sentarse. La mujer del médico se mantenía a su lado, de pie, acariciándola los hombros con una mano, pronta a socorrerla, y por prudente indicación suya Joaquinito fue a buscar un vaso de agua.

El rústico se rascaba la cabeza.

—Yo —dijo— me sentía hoy mal, que llevo más de ocho días con calenturas, como sabe muy bien don Gregorio, y ese fue el motivo de que dejase el trabajo antes de la hora. Cuando salí de la mina eran las cinco y llovía bastante. Yo vivo, para lo que las señoras gusten mandarme, a la entrada del Calvario Viejo, de modo que, para no rodear mucho, seguí el camino que guía a la llamada Venta del Ansia, por mal nombre. Conque al acercarme al río, que viene crecidísimo... ¡Aquí los señoritos lo saben y pueden decirlo!... Viene para darle un susto al más guapo. Conque ya iba a cruzarlo y me había arremangado el pantalón, con permiso de ustedes, hasta semejante sitio, cuando veo una cosa que flotaba sobre la corriente; según estaba, parecía una rueda. Pienso: «Eso es un paraguas abierto». Me paro, y como el viento lo traía hacia donde yo estaba, lo cogí sin trabajo. Entonces... «¡Pero si es el paraguas del amo!...». Lo reconocí por la cenefa morada, que no hay otro igual en Serranillas, y porque el amo ha bajado a la mina muchas veces con él. A poco encontré a los señoritos, y aquí estamos todos para cuanto las señoras quieran disponer. Yo, al menos, ya lo saben las señoras: si en algo puedo ser útil... Con toda confianza...

Calló, y como en el estupor de tragedia que sus palabras habían producido nadie hablase, añadió:

—Ahora lo que hace falta es que a don Higinio no le haya sucedido ninguna desgracia.

Todo volvió a quedar en silencio. Joaquinito procuraba abrir el paraguas, húmedo y siniestro como un ahogado. Su hermano se lo arrebató.

—Estate quieto, tonto, ¿no comprendes que vas a romperlo?

Doña Emilia permanecía inmóvil y sin color, los ojos enjutos, fijos, enormemente abiertos, cual si viera rodar las ondas turbias del Guadamil y flotando sobre ellas el cadáver de don Higinio. La misma doña Lucía, a pesar de la confianza que el campeón de la Grande Jatte la inspiraba, empezó a inquietarse. Ella conocía el cariño que don Higinio profesaba a su paraguas; por lo mismo, cuando se resignó a perderlo debió de ser en circunstancias de terrible y excepcional peligro; probablemente, viendo que la tempestad no amainaba, decidiría repasar el Guadamil, y al intentarlo y sentirse vencido por la corriente tiraría sus enseres de pescador, su sillita de campo, su paraguas... ¿Y después?... Porque un hombre, por heroico que sea, si no sabe nadar se ahoga en seguida.

No obstante, la señora de Hernández supo hallar en su atribulado magín palabras discretas de esperanza.

—Yo creo —dijo— que don Higinio no habrá cometido la imprudencia de querer vadear el río hallándolo tan crecido.

Su insinuación piadosa halló eco en el minero.

—Eso mismo pienso yo. El amo conoce el río mejor que nadie, y sabe que con el Guadamil no es bueno jugar. Don Higinio se habrá escondido en el hueco de alguna peña, y allí estará aguardando a que la corriente baje un poco...

Ya el minero se había retirado y doña Emilia aún continuaba idiotizada por la impresión sufrida: «El paraguas —repetía— el paraguas...». Aquel dolor seco, reconcentrado y sin gestos comenzaba a ser de malísimo agüero. Para dicha de todos, la crisis resolviose al fin en un torrente de lágrimas.

—¡Ya no le veré nunca! —sollozaba—, ¡nunca!... ¡Ah!... ¿Por qué le dejé marchar?... ¡Si yo lo sabía!... ¡Si esta mañana, cuando le vi ponerse su traje de pana nuevo, me dijo algo el corazón!...

Hablaba a media voz, hipando, bebiéndose las lágrimas. Joaquinito también rompió a llorar. El primogénito, muy pálido, se mordía los labios enfrenando el llanto, obediente al bizarro consejo de su padre, según el cual los hombres nunca deben demostrar dolor. Únicamente doña Lucía permanecía animosa: su confianza en el héroe resucitaba; era imposible que un hombre del temerario temple de Perea muriese así, tan oscuramente, tan prosaicamente, sin oponer al peligro un bello gesto de nadador. Pero, ¿y el paraguas?... ¿Cómo don Higinio, a no hallarse en riesgo extremado de muerte, pudo decidirse a perder su paraguas?...

—Eso es —dijo— que se le ha caído, y como el viento sería muy fuerte...

Pero doña Emilia, inconsolable, movía la cabeza negativamente.

—¡Nunca le veré, nunca! —repetía—. Ese traje, que hoy se puso por primera vez, era su mortaja... Yo no me engaño, Lucía; mi corazón no se equivoca...

Acompañada de sus hijos y de la esposa del médico, la presunta viuda volvió a su casa. Al verla tan caída, Teresita y Carmen empezaron a llorar. Vicenta, la cocinera, y las dos azafatas también tenían los ojos húmedos. Todas hablaban a la vez, sospechando las razones que inducían a creer en la muerte de don Higinio, y el paraguas, el maldito paraguas origen principal de tan lamentable alboroto, iba de unas manos a otras. Pepe, el jardinero, se presentó.

—Si a la señora le parece bien yo puedo ir a buscar al amo.

En la noche de tantas conversaciones inanes y estériles, aquella proposición resuelta y viril tuvo la eficacia de un rayo de luz. Súbitamente doña Emilia se reanimó; casi de un salto, a despecho de sus carnes, se puso de pie.

—¿Tú sabes dónde él pensaba pasar el día?...

—Aproximadamente, sí, señora. Es en un recodo del río que llaman Hoyo Grande.

—¿Muy lejos de aquí?

—Como a dos leguas. Pero la distancia no importa y si alguien me acompañase..., pues convendría que fuésemos varios y con hachones...

Doña Lucía intervino; aquello era lo mejor; de todos modos su optimismo opinaba que debían de esperar algo más; hasta las ocho, por ejemplo...

—Entretanto —añadió, dirigiéndose a Anselmo y a Joaquín—, vosotros iréis al Casino para informar a mi marido de lo que ocurre y decirle que venga aquí pasado un rato. Nadie como él para disponer qué hombres han de acompañar a Pepe.

Apenas los muchachos y el jardinero se marcharon, con urbanas razones doña Lucía rogó a Carmencita y a las criadas salir de la habitación. La buena señora no podía represar más tiempo la tentación de descubrir el terrible lance del hotel de los Alpes; a su juicio, era indudable que el conocimiento de la verdadera personalidad impasible y heroica de don Higinio había de infundir a su mujer grandes alientos. Ella misma, ¿de dónde sacaba su seguridad de que Perea había de volver, sino de la ciega fe que tenía en su valor?...

—¿Me marcho yo también? —interrogó Teresita.

—No, usted puede quedarse; lo que voy a decir es muy grave... ¡mucho!... Pero no tanto que usted no pueda oírlo.

El misterio de que la señora de Hernández rodeaba sus miradas, frases y gestos era tal, que oyéndola doña Emilia parecía olvidar su dolor. La esposa del médico se acercó a su amiga, la abrazó, la besuqueó sonora y efusivamente las mejillas...

—Lo que voy a decirte te asustará al principio, pero luego ha de tranquilizarte. ¡Emilia, mi pobre Emilia!... ¡Ah! ¡La mujer que tiene la suerte..., o la desgracia..., ¡nadie lo sabe!..., de pertenecer a un hombre como el tuyo, en la situación actual no debe asustarse!

La narradora miraba a las dos hermanas y a cada momento se interrumpía, saboreando su secreto, complaciéndose en tenerlo sobre la lengua y paladearlo como quien paladea un caramelo.

—Higinio —prosiguió—, donde le veis, tan bueno, tan suave, tan incapaz de hacer daño a nadie..., porque pocos caracteres habrá mejores que el suyo, ¿verdad?... Pues bien; Higinio... ¡ha matado a un hombre!...

Doña Emilia se levantó trémula, balbuciente, espectral. Sus cabellos se erizaban.

—¿Ha matado a un hombre?

Y Teresita, más aterrada tal vez que su hermana, porque su doncellez servía de abono a su ingenuidad, repitió con voz agonizante:

—¿Mi cuñado ha matado a un hombre?...

La señora de Hernández se ratificó en un gesto lleno de melancolía y de gravedad.

—Como estáis oyéndolo.

A sus palabras siguió un silencio terrible. De súbito doña Emilia lanzó un grito y adelantó hacia su amiga la lividez de sus manos temblantes y crispadas:

—Pero, ¿cuándo? ¿Cuándo ha sucedido eso? ¿Ha sido esta tarde?...

—No, hija mía; fue hace cinco o seis años, allá en París...

La relativa antigüedad de la fecha no mermó en un ápice el sobresalto de doña Emilia; tan grande era que bruscamente hallose aliviada, cual si el horror de aquella tragedia ignorada oscureciese su congoja presente.

—Tu marido —prosiguió doña Lucía— se lo confesó a Gregorio y a otros amigos en casa de don Cándido; ya sabes que los hombres, entre ellos, no tienen secretos; y Gregorio me lo ha contado a mí. Higinio mató en desafío al esposo de una italiana hermosísima, según dicen, con quien tuvo relaciones...

Oyendo esto la señora de Perea no experimentó malestar ninguno; ni siquiera tuvo celos; hallábase absorta y como desquiciada y fuera de sí. ¡Oh, la acre atracción del espanto! Ella, tan aficionada a leer novelas, creía asistir a la representación real, palpitante, de un inaudito folletín. Rápidamente, pero con una destreza que ni omitía detalles ni regateaba colores, la señora de Hernández fue refiriendo cuanto sabía del sangriento lance, y aun añadió bastante por cuenta de su propia imaginación y dadivoso temperamento: las citas de don Higinio con la italiana, las sospechas del marido, el encuentro de los dos hombres, su viaje a través de París, el Sena, la isla de la Grande Jatte, el barquero, la niebla, el combate a brazo partido, el tiro, y, finalmente, la cuchillada que partió en dos pedazos el tempestuoso corazón del holandés...

Víctima de indescriptible y jamás sentida tribulación, doña Emilia lloraba, reía, y tan pronto detenía la respiración, enfriábanse sus labios y dentro del pecho su ánima parecía ovillarse de miedo, como cobraba fueros y la sana color de la sangre volvía a sus mejillas. Cuando oyó que el holandés había disparado su revólver contra don Higinio quedose blanca, y segundos después, al saber que Perea, gallardamente y sin auxilio de nadie dio fin de su rival, se puso roja.

—¿Y dices que tiene una bala dentro del cuerpo?

—Sí.

—¿Dónde?...

—En la columna vertebral, un poco más arriba de los riñones.

—¿Y la herida?... ¡Yo no le he visto cicatriz ninguna!...

—No te habrás fijado; es pequeñita; Gregorio la conoce y... ¡ya comprenderás que un médico no puede equivocarse!... También la vieron don Cándido, Cenén, Arribas, el jefe de Correos..., todos, en fin, cuantos allí estaban; la cicatriz la tiene en la parte inferior del pecho: es una huella blanca, una especie de hendidura... ¡Como las balas de estos revólveres modernos apenas dejan rastro!...

Doña Emilia se persignaba: una inefable, recóndita y desconocida emoción la poseía. A pesar de saberse engañada no tenía celos, y al miedo que la patética historia la produjo iba aparejado una emoción muy dulce, muy consoladora, de admiración hacia el hombre que así, tan valerosamente, cuchillo en mano, defendió su vida. Su femenil vanidad se sentía halagada. Seguramente Higinio, al arremeter a su rival, pensó en sus hijos y también en ella... ¡sobre todo en ella!... Y su alma romántica, sin advertirlo, se esponjó de gozo. Se reconoció humilde; era débil, tímida; una pobre mujer sin valor y sin fuerzas. Él, en cambio, había dado pruebas concluyentes de heroísmo. ¡Ah! ¡Y ella durmió entre aquellos brazos temerarios y temblado de placer bajo la caricia viril de unas manos que, no obstante su proverbial bondad, si el caso llegaba sabían matar! ¡Qué revelación, qué alegría!... ¡Higinio!... «¡Su Higinio!...». ¿Por qué no estaría allí para abrazarse como esclava a sus rodillas?...

—De esto —concluyó doña Lucía— no hables a mi marido, pues le juré no decirte nada. Y hubiera mantenido mi juramento a no ser porque me he creído obligada a tranquilizarte, demostrándote que un hombre como el tuyo no es de los que se ahogan en un buche de agua.

A poco volvieron Anselmo y Joaquín; con ellos llegaban don Gregorio, Cenén y otros amigos de Perea, todos muy alborotados, conversadores y dispuestos a recorrer el bosque y aun a dragar el Guadamil, si era preciso, con tal de descubrir el paradero de don Higinio. Julio Cenén quería salir en su busca inmediatamente. Según las últimas noticias llegadas del campo, el nivel de las aguas había bajado mucho, de modo que si Perea ya no estaba allí era porque, luchando tal vez por vadear el río, sufrió algún percance grave. El impresionable secretario se paseaba nervioso, y en aquel ir y volver continuo, bajo la luz de la lámpara, su monda cabecita ornitológica adquiría brillanteces distintas.

—No creo —añadió— que se trate de un accidente irreparable; pero de algo muy serio, sí, porque Higinio es un carácter que no se amilana fácilmente.

Los circunstantes asintieron y de soslayo, con disimulo enigmático, miraron a doña Emilia. La pobre mujer se ruborizó y en medio de su dolor experimentó un gran alivio: la satisfacción vanidosa y exquisita de ser la consorte, la viuda quizás, de un héroe.

«¡Todos saben lo del hotel de los Alpes!», pensó.

Hernández había sacado su reloj, que por dos veces se llevó al oído. Temía que no anduviese, porque él hubiera jurado que era más tarde.

—¡Pero, señores —exclamó—, si apenas son las seis! No nos asustemos tanto; es que los días han acortado mucho. Acaso no hayan encendido todavía el reloj de la iglesia.

Doña Lucía se asomó a una ventana.

—Sí —dijo—, ya lo han encendido; desde aquí se ve. El cielo está muy limpio; hay luna...

En atención a lo moderado de la hora, prevaleció el criterio de don Gregorio. Esperarían a las siete para emprender la batida. Mientras Pepe el jardinero podía buscar las teas con que los ojeadores habían de alumbrarse. También era muy conveniente llevar perros.

—De paso —ordenó Cenén a Pepe—, llégate a mi casa y pide mis polainas.

—Tráete además las mías —dijo don Gregorio—, mis hijos saben dónde están.

Todos se habían sentado formando semicírculo delante de doña Emilia, y la prodigaban frases vulgares de consuelo. Don Higinio conocía a palmos las orillas del Guadamil, y era un hombre sereno y valiente acostumbrado a desafiar riesgos mucho mayores. La esposa del médico abrazó a su amiga.

—¿Lo ves?... ¿No te lo decía yo?

Y doña Emilia, afligida y consolada a la vez, hacía signos de asentimiento y se restañaba los ojos. Había, sin embargo, en aquella escena algo fúnebre, que trascendía a velorio o a visita de pésame.

A poco llegó don Cándido; en el Casino le explicaron lo que sucedía y en seguida fue a la botica a calzarse sus botas montaraces y a tomar un piscolabis. A doña Benita se lo dijo:

—No cuentes conmigo en toda la noche.

Don Gregorio le ofreció a su lado un asiento y le informó de cómo permanecerían allí hasta las siete. En aquel momento apareció el notario; vestía traje de pana, boina azul y polainas del mismo color; parecía un guerrillero; noticioso de lo ocurrido, su afecto a Perea le obligaba a pedir un puesto entre los primeros amigos que fueran a buscarle. También se sentó jadeante y obeso, y puso entre sus piernas la cayada de pastor de que venía armado. La reunión se animaba; parecía una tertulia de cazadores y a ello contribuía el violento ladrar de los perros que acababan de traer y andaban por el patio; los animales venteaban una aventura. La excursión, que al principio pudo parecer desabrida, cobraba de repente un interés cinegético enorme; en la conciencia de todos, insensiblemente, don Higinio se convertía en una presa.

Bruscamente la puerta se abrió y apareció Pepe. Con voz ahogada:

—¡El amo! —gritó.

Los circunstantes se levantaron; doña Lucía dio un grito; doña Emilia preguntó heroica, con la bizarría de una espartana:

—Pero, ¿viene vivo?...

—¡Sí, señora! Viene por su pie.

El jardinero desapareció. La esposa corrió hacia la puerta y todos la siguieron, apretujándose al salir. Nadie se asombraba de que Perea hubiese reaparecido, por muy recios obstáculos que hubiese necesitado vencer; ellos le conocían; el amante de Leopoldina era «un hombre». Doña Emilia atravesó el zaguán y salió a la calle, gritando:

—¡Higinio!... ¡Mi Higinio!...

Y allí mismo, bajo el perfil irónico de la luna y ante los balcones llenos de vecinos atisbadores y conmovidos, abrazó al héroe. A su vez sus amigos le rodearon, pero no osaban tocarle por miedo a mojarse. Don Higinio estaba densamente pálido, y era tan grande su frío, que los dientes le castañeteaban y apenas sabía concertar las palabras. Daba lástima y risa: llegaba embarrado hasta más arriba de las rodillas, traía roto el pantalón y había perdido la cinta del sombrero. Únicamente don Gregorio se atrevió a abrazarle, y lo hizo con la rudeza de un hércules.

—¿No le dije a usted esta mañana que el cielo amenazaba tormenta?... ¡Pero como usted es un hombre sin freno y sin ley!...

Don Higinio sonrió vagamente; estaba desjarretado, rendido y sus ojos buenos, medio cerrados por la fatiga, tenían el dolor de una infinita humildad. No podía hablar. Declaró que le dolían mucho la cabeza y la espalda, y necesitaba acostarse en seguida. Cuando supo que aquellos buenos amigos pensaban ir a buscarle con perros y antorchas se conmovió y supo dedicarles una sonrisa de gratitud.

—Gracias. Mañana les contaré lo sucedido..., mañana... ¿Eh? Ahora tengo frío... sueño... Sí, ustedes me perdonarán; hasta mañana...

Con esto despidiose de todos y entró en su casa. Doña Emilia clavó en don Gregorio una mirada suplicante.

—No es nada —repuso el médico—; un poquito de fiebre. De todos modos, yo volveré después de cenar.