VIII
Perea llegó a su cuarto, entornó la puerta y sin hablar se metió en la cama. Doña Emilia le ayudó a desnudarse y a cada momento se persignaba, significando así su asombro: el traje de pana, con el agua y el barro que traía encima, bien pesaba una arroba y seguramente quedaría inservible; las botas estaban rotas, y de tal modo las había desgobernado y encogido la mojadura, que su dueño necesitó forcejear mucho para quitárselas; los calcetines también aparecieron inservibles, agujereados y cubiertos de lodo. Doña Emilia no cesaba de pasmarse; su marido llevaba salpicaduras de barro hasta en la corbata; eran manchas absurdas, que nadie hubiera explicado cómo pudieron caer allí. El héroe de la Grande Jatte terminó por quedarse en pelota y vestirse un traje de franela amarilla que usaba cuando padecía amagos de reúma. Después cerró los ojos. Su mujer le contempló amorosamente, con una ternura nueva en ella, y por dos veces le besó la frente.
—¿Tienes frío?... ¿Eh?... ¿Tienes frío?...
Perea repuso lacónico, sin molestarse en abrir los ojos:
—Sí.
Ella deslizó bajo las mantas una mano tibia y maternal, buscando los pies uñosos, duros y grandes de don Higinio.
—¿Quieres una botella de agua caliente?
—Bueno...
El náufrago del Guadamil se dejaba mimar. Doña Emilia salió de la habitación a decir que inmediatamente pusiesen al fuego una olla con agua, y regresó a poco andando de puntillas. Aunque Perea tenía los párpados bien cerrados, ella, para que la luz no le hiriese si los abría, sujetó con alfileres, alrededor de la lámpara, un número de El Faro; hecho lo cual, enamorada y dócil como una sierva, prosternose delante de la cama. Don Higinio se había dormido, y bajo su bigote hirsuto los labios dejaron escapar un ronquido polífono y grotesco. Su mujer aprovechó estos instantes para ir en busca de la botella del agua caliente, que trajo envuelta en una toquilla y con gran diligencia. Aquel reparo, transmitiéndose rápidamente a los yertos pies del enfermo, debió de aliviarle, por cuanto no tardó en abrir los ojos. De ver el rostro de doña Emilia tan cerca del suyo pareció sorprenderse.
—¿Qué haces ahí?
—Mirarte... cuidarte...
—¿Por qué no te acuestas?
—Es muy temprano.
—¿Temprano?... ¿Qué hora?
—Las ocho, tal vez... Nadie ha cenado todavía...
—¡Las ocho! —repitió.
Había perdido la noción del tiempo; él hubiese jurado que estaba amaneciendo.
—Sin duda —dijo— cuando volví traía un poco de calentura, pero ahora me siento mejor.
Miró a su mujer y de nuevo maravillose de verla tan amable, tan hembra, tan cerca de él. Ella, sin deponer su actitud de inferioridad y adoración, comenzó a besarle las manos, y cuantas veces lo hacía entornaba los negros ojos, cual si gustasen sus labios el roce de algo exquisito. La inocente señora tenía deseos locos de abrazar a su esposo; mas no como a marido y persona vulgar o de este mundo, sino como a héroe; asegurarle que de allí en adelante no volvería a reñirle ni habría en aquella casa otra voz que la suya; decirle que le perdonaba su travesura con la italiana de marras, y pedirle muchos detalles, muchos..., ¡muchos!... de su reyerta con el pavoroso holandés. Pero así, tan de sopetón, no se atrevía; temía que la detenida rememoración de aquellos momentos crueles mortificasen demasiado al vencedor de la Grande Jatte; un remordimiento, por adormecido que se halle bajo el tiempo, siempre es desagradable. Suavemente, mientras llegaba la ocasión propicia, interrogó:
—Ahora no tienes fiebre, ¿quieres comer algo?
Esta proposición evocó instantáneamente en don Higinio una sensación de hambre. Vio claro en su interior. Desde medio día no probaba bocado. Él no estaba enfermo, sino hambriento. Indolente, con la laxitud, follonería y la mala crianza de quien se reconoce muy mimado, manifestó deseos de comer unas sopitas de ajo.
—¿Con un huevo? —preguntó la esposa.
—Con dos.
Ella le besó.
—¿Las quieres claras o espesitas?...
—Mejor espesitas...
—¿Te gustaría tomar también una copita de jerez?... Una copa pequeña, de esas de licor...
El recuerdo de la comida enardecía a Perea, y su estómago, por segundos, recobraba toda su jovial prepotencia.
—Sí, quiero jerez, pero no en copa de licor; sírvemelo en vaso.
Doña Emilia sonrió maternal: antes esta exigencia la habría parecido una impertinencia estúpida; a nadie, con sentido común, hallándose en aquel estado de debilidad, se le ocurriría beber un vaso grande de jerez... Pero ahora se daba cuenta fácil de lo que en otra ocasión no hubiese comprendido. Don Higinio era un hombre mucho más fuerte que la mayoría de los hombres; un temperamento excepcional; un varón fuerte, bravo, nacido para la orgía y la pelea, que, como los mosqueteros legendarios, tras de un asalto y entre los brazos de las hermosas que se les rindieron, se curaban sus heridas con vino.
Mientras Teresita y Vicenta aderezaban las sopas, doña Emilia quiso friccionarle al enfermo los lomos con alcohol alcanforado. Perea accedió, soboncito y mimoso; después de pasar a la intemperie tantas horas ingratas, necesitaba sentirse curado, defendido. Su mujer le ayudó a colocarse boca abajo, le subió la camiseta hasta arrollársela alrededor del cuello, como una bufanda, retiró las mantas, dejándolas en aquel lugar, honesto todavía, donde la túnica de la Venus de Milo se detuvo, y comenzó a resobarle las mollares espaldas. Pronto la piel fue coloreándose; pero doña Emilia proseguía su saludable tarea briosamente, pensando que bajo aquella carne, más amada entonces para ella que nunca, había una bala.
Con la friega, el calor de la botella que tenía a los pies y el sustancioso reparo de la comida, no tardó el paciente en hallarse tan ágil, ufano y bien dispuesto como si nada malo le hubiese acaecido. Sus ojos brillaban. ¿Por qué se mostraba su mujer tan cariñosa, tan femenina?... Pidió un cigarrillo, tenía ganas de fumar y de charlar, exagerando los riesgos y fatigas que había hurtado.
—¡El río estaba imponente! —exclamó—. ¡Cómo rugía!... Imposible vadearlo; hubo momentos en que me acordé mucho de vosotros, particularmente de ti, Emilia. «¿Si no volveré a verla?», pensaba.
En su imaginación, naturalmente romancera y con ayuda del jerez, los sucesos se abultaban; el Guadamil se convertía en Amazonas. La esposa se enterneció:
—¿Es cierto —balbuceó lagotera— que cuantas veces te has visto en peligro de muerte te acordaste de mí?
—Siempre, hija mía.
Y al responder así don Higinio pensaba en su desafío con míster Ruch como en un hecho real. Doña Emilia se dejó resbalar de la sillita que ocupaba y quedó de hinojos sobre la alfombra, los brazos apoyados en el borde del lecho.
Teresita apareció, caminando de puntillas.
—Ahí está don Gregorio.
Perea se alegró; iba a llamarle; pero su mujer se lo impidió llevándose un índice a los labios. Volviose hacia su hermana:
—Dile que Higinio está profundamente dormido, y que si algo ocurriese ya le avisaremos.
Agregó, casi por señas:
—Vosotros podéis comer.
—¿Y tú?
—Yo, si tengo ganas, cenaré más tarde.
Teresita salió del aposento sin ruido, y al andar, a lo largo de su cuerpecillo rígido y seco de virgen cuarentona, su sencillo vestido negro se movía como una cortina sobre el vano de una puerta. Doña Emilia no quería separarse de su marido; la retenía a su lado la punzadora, la irrefrenable curiosidad de saber; sus manos suaves, nerviosas, acariciaban con fervor inexhausto las manos del héroe; y nuevamente Perea vio temblar en los ojos de su compañera, olvidada del amor durante largo tiempo, aquella expresión humilde, voluptuosa y rendida que antes, por dos veces, le había emocionado.
—¿Qué tienes? —preguntó.
Como las circunstancias le favorecían, acababa de hallar también en su garganta una inflexión dulce de voz. La esposa vaciló, se restañó los ojos con el embozo de la sábana, y de repente sus escrúpulos y reservas flaquearon. A tropezones, ahogándose bajo un desatado aluvión de suspirones y de lágrimas, murmuró:
—¡Lo sé todo, Higinio..., todo!... ¡Todo!... ¡Ah!... ¿Por qué fuiste tan malo y tan reservado conmigo?
—¿El qué sabes? —replicó Perea.
—Tu aventura del hotel de los Alpes... esa aventura que es la mitad de tu vida... Me lo ha contado Lucía esta tarde... ¡Es horrible!... ¡Horrible!...
Y le besaba las manos:
—Tú, con estas manos tan buenas..., que jamás hicieron daño a nadie... ¡haber matado a un hombre!...
Su dolor desbordó al eco de sus propias palabras, y su respiración tornose tan espasmódica y anhelante que necesitó levantarse y quitarse el corsé. Don Higinio se había quedado estupefacto. A espaldas suyas su hazaña iba adquiriendo proporciones cómicas: lo que él dijo a don Gregorio, este se lo comunicó a doña Lucía, quien, a su vez, se lo confesó a doña Emilia. ¡Buenas son las mujeres para guardar secretos de nadie cuando jamás supieron defender los suyos!... Él debía haber pensado en esto antes de mentir como un tonto y de atribuirse rasgos de baratería tan contrarios a su sencillez, templanza de costumbres y juiciosa manera de ser. ¿No era bufo que su mujer, creyéndole un asesino, llorase de aquel modo? Él, que nunca proporcionó a su compañera penas reales, ¿permitiría que así se afligiese por fantasmas?... Y luego, sus hijos, cuando fuesen hombres y cediendo al testimonio público aceptasen la certidumbre de aquella tragedia que todo el pueblo repetía, ¿qué pensarían de él?... ¿No le juzgarían severamente, y con razón?... La conciencia de Perea tuvo un gesto honrado.
—Todo eso —dijo— es falso.
—No mientas —replicó doña Emilia—, ¿por qué mientes?... ¿Quién, mejor que yo, te guardaría un secreto así?... ¡Ay!... ¡Ahora es cuando comprendo cuán poco me has querido!...
—Repito que nada de eso es cierto...
Lo negaba con honradez hidalga; pero súbitamente el primer impulso noble de su espíritu decayó, y entre sus labios la misma blandura de su negativa equivalió a una confesión. Doña Emilia, las manos cruzadas sobre el pecho, volvió a arrodillarse...
—Ten confianza en mí —musitaba—, yo no soy mala, yo te perdono todo, aunque me hayas burlado con muchas mujeres... ¿Qué importa, si al cabo volviste a mí? ¿No soy la verdadera, la única compañera de tu vida?... Al hablarme Lucía de esto tuve celos, sí... ¡celos horribles!...; pero apenas duraron un instante y los olvidé para solo pensar en ti, en el peligro que corriste luchando con ese hombre... ¡Dios le tenga en su gloria!, que el pobre, haciendo lo que hizo, defendía su honor. En estos casos, yo lo he dicho siempre, la infame que no merece perdón es la mujer. ¡Las mujeres son las perras!... Vosotros, no; vosotros no tenéis culpa: los hombres buscan, piden, y si consiguen algo... ¡Tan contentos!
Sonrió y tuvieron sus labios una complacencia inefable.
—Yo sé que ella era italiana y muy guapa... ¿verdad?... Él era holandés, creo... ¡Oh!... Cuéntame, me muero de curiosidad; yo debo saberlo todo para consolarte y sufrir contigo; yo quiero que sean míos tus remordimientos...
Y como don Higinio, desconcertado por el imprevisto sesgo de aquel discurso, tardase en responder, agregó:
—Si soy muy buena, si te amo más que a mi vida... ¿Sabes lo que hice aquí mismo, mientras tu dormías?... Pues rezar dos padrenuestros y dos avemarías por el eterno descanso de tu víctima. ¿Di, no era ese mi deber?... ¿No estamos obligadas las mujeres a pedir a Dios el perdón de cuantas locuras cometen sus maridos?...
Su verbo adquiría, con el entusiasmo, inflexiones proféticas.
—Créeme, Higinio: lo que no llegué a comprender en tantos años lo he visto ahora de golpe: todo en la vida tiene su razón, su «porqué» divino. Esto ya no hay quien me lo saque de la cabeza: si Dios me puso a tu lado y consintió nuestro matrimonio fue para que rezase por ti.
Se enternecía, su voz volvía a llenarse de lágrimas.
—Tu reserva de tantos años ha retrasado, sin duda, tu salvación. Pero yo sabré ganar el tiempo perdido, rezaré a Dios día y noche para que te perdone y Él me oirá...
Temblaba en su acento el deseo vehementísimo de que el drama de la isla de la Grande Jatte fuese cierto; y reiteradamente y entre grandes llamaradas pasó por sus pupilas mojadas en llanto aquella expresión lasciva y dulce que tanto había interesado a Perea. ¡Oh, paradojas del alma femenina! Doña Emilia, tan ordenada, tan rectilínea, devota y esclava del buen parecer burgués, no hallaba muy mal que su marido hubiese asesinado a un hombre: era una inconsecuencia pueril y deliciosa; algo truculento, pero también pintoresco, atrayente, como un romance de bandidos. Don Higinio sonrió por dentro. Si su mujer, efectivamente, con la seguridad de que él había matado a un holandés iba a ser en lo sucesivo más feliz que lo fue nunca, ¿por qué persuadirla de su error? ¿Qué mal había en ello?... En cuanto a sus hijos, ya les diría él la verdad más adelante... ¡Y eso si hacía falta!... Y, sobre todo, ¿dónde está lo cierto, dónde lo falso?... Hay millones de verdades que no lo son porque nadie cree en ellas. ¿Cuántos siglos, verbigracia, anduvo la humanidad sin saber que la tierra era redonda?... En cambio, una mentira defendida por todos es una verdad...
De sofisma en sofisma don Higinio iba recobrando aquella alerta disposición de ánimo en que estaba cuando inventó su hazaña en la botica de don Cándido. La botella de agua caliente, la friega de alcohol, las sopas, el vaso de jerez, la actitud dócil de Emilia... todo le animaba a seguir mintiendo. La estimación más fuerte la obtenemos, sin duda, con nuestra sinceridad; pero si en un caso concreto y por circunstancias especiales sucede lo contrario, ¿por qué buscar en ella el demérito y la ruina?...
El amante de Leopoldina dejó de fumar, contrajo sus cejas poderosas, dio a su fisonomía las expresiones graves de la resignación y del remordimiento. Aquella mentira le producía el malestar físico de un salto de mucha altura.
—Es verdad —declaró—; si ya lo sabes..., ¿a qué negarlo?...
Sus manos acariciaron paternales la cabeza de doña Emilia, y merced a un extraño miraje romántico le satisfizo que la cabellera que él conoció joven tuviese algunas canas, cual si estas hubieran brotado al dolor de sus locuras juveniles.
—¡Pobre Emilia!... ¡Tan buena!... ¡Qué demontre!... Yo nunca había pensado hablar contigo de esto...
Su ademán sobrio, dulce, tuvo esa fina elegancia que infunden al hombre la amabilidad y la melancolía. Habló lentamente. ¡París..., los días de niebla..., la melancolía de verse solo..., la castidad..., la tentación emboscada en el fastidio de cada hora que pasa!... Una noche, después de cenar, en el momento de salir a la calle, conoció a Leopoldina: era alta, flexible, elegantísima y llevaba puestos un gabán de paño negro a guisa de guardapolvo y una gorrilla escocesa de viaje. Mientras su marido hablaba con el intérprete del hotel, ella se había quedado inmóvil, lívida y como petrificada, mirando a don Higinio. A doña Emilia se la escapó una exclamación de cólera:
—¡Tía bribona!... ¡Si yo hubiese estado allí!...
Perea tenía una imaginación eminentemente plástica que le permitía ver cuanto iba inventando; pero con tal diafanidad y bulto, que apenas lo fantaseaba cuando ya lo recordaba y percibía como si realmente se hubiese retratado en sus pupilas alguna vez. Así, según devanaba el hilo de su aventura, recomponía los lugares donde colocaba su acción, asociando para ello con arte y presteza sorprendentes sitios y personas: sucesivamente evocaba la figura maciza del holandés, el perfil espiritual, cera y violeta, de la italiana; el aspecto risueño del comedor, el ascensor, la portería con sus carteles multicolores, la disposición de las habitaciones y pasillos del hotel de los Alpes, la calle Feydeau...; y luego la escena entre él y el marido, su viaje a través de París, la lucha sin testigos y a muerte, entre la bruma, sobre un suelo resbaladizo, cubierto de escarcha...
Animado por los incidentes de su novelesca relación, el náufrago del Guadamil se había sentado en la cama, y con tan artística vehemencia sentía su mentira, que ni un instante cesó el ademán de responder con absoluta fidelidad a la palabra. Aquella ley fisiológica que impone a cada idea rotunda y vivaz un gesto terminante, cumplíase en él exactamente. Su patraña, síntesis magistral de observaciones y de movimientos, adquiría por instantes el vigor de lo vivido. Su numen halló frases felicísimas. En la descripción de la pelea, especialmente, la cálida fantasía del narrador se desbordó con la misma generosidad que lo hizo aquella tarde el Guadamil. El encuentro había sido rápido y salvaje. Primeramente él y su enemigo lucharon a brazo partido; míster Ruch ponía todo su empeño en agarrarle del pescuezo. Indudablemente quería estrangularle; él, comprendiéndolo así, procuraba zafarse merced a esguinces y agachadillas de extraordinaria agilidad. Hubo instantes en que su valor se sintió abrumado y casi vencido bajo el corpachón del terrible holandés. Al cabo, aprovechando un descuido de su rival, pudo desasirse y desenvainar su cuchillo; míster Ruch entonces dio dos pasos atrás, sacó su revólver y disparó. Perea ni siquiera tuvo tiempo de sentirse herido: ciego de ira lanzose sobre su agresor y mientras con la mano izquierda le arrebataba el revólver, con la otra le hundió el cuchillo, hasta el mango, en el corazón...
Doña Emilia lanzó un grito.
—¿Y quedó muerto?...
Don Higinio adelantó el labio inferior, desdeñoso y perdonavidas.
—¡Toma!... ¡Tú verás! ¡Creo que la hoja le salió por la espalda!...
Horrorizada abrazó a su esposo, escondiendo su rostro en el pecho velludo del héroe.
—Calla, Higinio, por Dios —murmuró—, calla; has tenido en este instante una manera de mirar que me ha dado miedo.
Y, tras una pausa:
—¿Y cómo escapaste de allí? ¿No dices que estabais en una isla?
—Sí —replicó Perea—, y confieso que libré de milagro. Apenas me cercioré de que míster Ruch era cadáver, me puse mi pañuelo sobre la herida para detener la hemorragia lo mejor posible, me abroché el gabán, y guiándome por las huellas que nuestras pisadas dejaron en la nieve, regresé al sitio donde momentos antes habíamos desembarcado. Comprenderás que iba enfurecido y dispuesto a todo, incluso a asesinar al botero si por azar se negaba a volverme a la orilla. Afortunadamente, el hombre pareció alegrarse de verme; cuando yo llegué estaba dormido en el fondo de su lancha y para despertarle le sacudí por un brazo. Recuerdo que me preguntó: «¿Y su compañero?...». Yo, en previsión de que hubiese oído el tiro, le respondí: «Se ha quedado con unos amigos hasta más tarde; por cierto que ha matado con su revólver una rata terrible...».
Calló unos momentos y luego zambullose en el lecho diciendo con aire displicente:
—¡En fin!... ¿Para qué hablar más de eso?... Ya el tiempo se lo llevó todo, y... ¡menos mal!... que la policía no supo dar conmigo.
Doña Emilia sollozaba: acababa de representarse a su marido camino de la cárcel, maniatado y entre gendarmes. Perea continuó:
—Mi rival había tenido la precaución de no llevar consigo cédula, pasaporte ni ningún otro documento que señalase su personalidad; y como la pobre Leopoldina, por amor a mí, nada dijo, el lance quedó en el más absoluto misterio. Otro día te leeré lo que los periódicos dijeron del crimen de la Grande Jatte; ya verás; yo estaba aterrado; en París la gente no hablaba de otra cosa. Fue la época en que tú, pobrecita, te desesperabas porque yo no escribía. ¿Te acuerdas? ¿Comprendes ahora?... ¡Ah!... ¡Si supieses cuánto sufrí para que la servidumbre del hotel no se apercibiese ni de mi herida ni de las inquietudes horribles que me devoraban!... Al médico que me asistió, un señor anciano y muy bueno, pude convencerle de que el balazo me lo había dado yo mismo examinando una browning. ¡Cuántas penas! A no ser por tu recuerdo... ¡Ah!... Yo hubiese querido salir de París inmediatamente, pero no me atreví. «¿Y si me detienen?», pensaba. Un extranjero siempre es sospechoso, máxime a raíz de un crimen cuyo autor se ignora; por lo mismo preferí estarme quietecito y continuar mi vida ordinaria, y esto acaso me salvó.
Aún tuvo don Higinio cinismo para añadir a su mentira otros detalles. Los nueve días que tardó en cicatrizarse su herida los pasó encamado, pretextando un ataque de reúma; la hermosa Leopoldina le acompañaba día y noche, con un tesón de madre, y para que nadie la viese, siempre que llamaban a la puerta, se escondía detrás de un armario. Para justificar la insólita desaparición de su marido dijo en el hotel que míster Ruch había regresado precipitadamente a La Haya por asuntos de familia, y que, transcurrido algún tiempo, si no volvía iría a reunirse con él. Entretanto su amor hacia Perea crecía; le miraba con devoción llena de agradecimiento y de cariño; como se mira a un padre, a un libertador...
El narrador suspiró, arqueó las cejas y adoptó una actitud más cómoda.
—La infeliz..., ¡eso es verdad!..., se portó como una heroína; más de una semana estuvo sin quitarse el corsé.
Doña Emilia se mordía los labios celosa de la italiana y al mismo tiempo agradecida a su abnegación. Empezó a rezongar: verdaderamente, comportándose así, se limitó a cumplir su deber; ella, en su puesto y tratándose de un hombre tan bravo y caballero como Perea, hubiese hecho lo mismo.
—¿Y después? —exclamó.
—¿Qué?...
—¿Dónde se marchó esa mujer; qué fue de ella?...
La idea torcedora de que su marido no la hubiese olvidado y quizás la escribiera aún acababa de herirla, sofocándola como una punzada en el corazón. Don Higinio comprendió que, al revés de la realidad, donde las pequeñas historias suelen prolongarse demasiado, su mentira, para mayor intensidad y poética melancolía del relato, debía concluir pronto. Volvió a suspirar y su voz fue profunda:
—La pobre Leopoldina —murmuró lacónico— falleció en La Haya al año siguiente... de remordimientos, tal vez.
—¿Tú me lo juras, Higinio; tú me juras que esa mujer ha muerto?...
Perea extendió su mano derecha; aquella mano que vertió sobre la nieve de la isla de la Grande Jatte, como una gota de lacre, la sangre de un hombre.
—Te lo juro, Emilia. Si no fuese así, créeme, no te ocultaría la verdad.
Las pupilas ingenuas de la esposa resplandecieron de júbilo; pero instantáneamente, como era muy devota y no quería alegrarse del mal y menos de la muerte de nadie, se amustió y quedó pensativa. Por sus mejillas, dos lágrimas resbalaron.
—Si Dios la ha perdonado —murmuró—, como yo en este instante la perdono, estará salva.
Enamorada como nunca de su marido, trastornada su conciencia bajo la explosión de un cariño fulminante y novelesco, la excelente señora hallaba muy natural que una mujer enloqueciera y atropellase por don Higinio sus obligaciones más sagradas. Sus ojos se clavaban en el héroe con lubricidades masoquistas de bacante. ¡Ella misma!..., tan recogida, tan fiel, tan dueña de su carne, puesta en la situación de la hermosa italiana del hotel de los Alpes, ¿qué hubiera hecho?...
Quiso después ver el orificio de entrada de la bala. Perea se desconcertó imperceptiblemente: allí estaba la prueba que había de desbaratar su fraude de raíz, o, por el contrario, infundirle visos inconcusos y terminantes de certidumbre. Con notable aplomo, medio incorporado en el lecho, comenzó a desabrocharse la camiseta y sus dedos tactearon en la base del pecho rollizo y peludo. No dudaba vencer: don Gregorio, don Cándido, el notario, el secretario del Ayuntamiento, Gutiérrez... todos habían visto la herida y daban fe de ella. ¿Cómo doña Emilia, guiada por el ejemplo acaso más que por sus propios ojos, no la vería también? Por algo estaba enamorada y los enfermos de daño tan grave antes ven lo que quieren ver, que buscan y apetecen lo que realmente han visto.
—Mira —dijo Perea.
—¿Ahí?...
—Aquí mismo...
Su dedo índice señalaba la cicatriz blanca, tenue, que en aquel sitio le causara, treinta años atrás, un trozo de cristal. Doña Emilia levantó la cabeza, parpadeó, se frotó los ojos; la luz eléctrica suspendida en el comedio de la habitación, cerca del techo, estaba cansada y alumbraba mal. Miró, sin embargo...
—Veo entre el vello una especie de herida...
—Esa es.
—Sí, sí... ¡Ahora!... ¡Qué horror!... ¡Pensar que por un agujero así se nos puede ir la vida!...
—La bala —replicó audazmente don Higinio— era de esas delgadas y largas que ahora se usan; su diámetro, según dijo el médico, sería menor que el de un cigarrillo; por eso el orificio de entrada es tan pequeño.
Las grandes pupilas candorosas de doña Emilia estaban llenas de espanto.
—¿Y no sientes la bala?...
—Muy raras veces; únicamente cuando el tiempo cambia o ando mucho... o si realizo algún esfuerzo...
Añadió cruel:
—Hace un rato, por ejemplo, dejé que me friccionases con alcohol porque todo este lado de los riñones me dolía bastante.
Doña Emilia besó la herida del héroe dulcemente, con aquel mismo arrobo místico con que besar solía el costado sangrante de un Cristo que había en la iglesia, debajo del coro, y Perea sintió su saludable pechazo mojado en lágrimas. Aún charlaron copiosamente: don Higinio empezaba a cansarse; había glosado su invención de diversas maneras y ya no se le ocurrían pormenores nuevos que añadir; la curiosidad de su mujer era insaciable. Al fin recordaron que sería muy tarde. Andando de puntillas doña Emilia se aproximó a la puerta, que entreabrió suavemente. Toda la casa yacía a oscuras y en silencio. Para cerciorarse llamó:
—¡Teresa!...
Y un momento después:
—¡Anselmo!... ¡Vicenta!...
Nadie contestó. Indudablemente todos se habían acostado. Entonces echó la llave del dormitorio y empezó a desnudarse; tenía los ojos brillantes y el rostro encendido; don Higinio la miraba ufano; su mujer, con el deseo, parecía más joven, más linda; aquello era una resurrección nupcial. Ella, que para mudarse de ropa interior había sentido el delicado miramiento de ocultarse detrás de una cortina, se acostó al lado de su esposo y le echó los brazos al cuello.
—¡Higinio de mi alma, Higinio de mi vida!... ¿Ves?... Para que te hubiesen matado. ¡Loco! Dímelo otra vez: ¿es cierto que cuando fuiste a batirte con ese hombre te acordabas de mí?...
Aquella noche en que, tras un dilatado intervalo de fraternal castidad, la antorcha fecunda de himeneo volvió a lucir ardorosamente, doña Emilia, trémula, imaginativa, presa de férvidas y extrañas angustias sexuales, más que con su esposo durmió con la bala del holandés.
A la mañana siguiente, no bien Perea abrió los ojos, su mujer le dijo solemne:
—Anoche, pensando en la muerte, hice una promesa a la que creo no has de oponerte.
Don Higinio, mal despabilado aún, se frotó los párpados:
—¿Qué promesa?
—Oír el primer domingo de cada mes una misa por el descanso de Leopoldina y de su esposo, y vestir durante los años, pocos o muchos, que me queden de vida, el hábito de Nuestra Señora del Carmen.
Perea iba a indignarse:
—¡Qué disparate!... ¡Vestirse ahora de hábito!... Pero ¿por qué has de pagar tú mis locuras?...
—Debo pagarlas —interrumpió doña Emilia sentenciosa—, pues si tú pecas, yo estoy obligada a lavar tu espíritu de culpas y a salvarte conmigo.
Don Higinio se atusaba el bigote nerviosamente; su honradez y las ideas místicas que, aunque asaz olvidadas y disueltas, guardaba desde niño en su corazón, se revolvían contra aquellas consecuencias teológicas de su mentira. Quiso hablar, rojo de cólera; pero su mujer se lo impidió con un gesto grave y fanático.
—¡Es inútil! —exclamó—, no te haré caso; será la primera vez que te desobedezca; pero... no puedo desdecirme: ¡lo he jurado!...
—¿Y tu abrigo, tu magnífico abrigo de pieles, que todavía está intacto?...
—He renunciado a él; puedo llevarlo, pero no quiero; es un lujo y solo la sencillez y la pobreza son gratas a los ojos de Dios. ¿Qué importa? ¡Tonto!... ¿Vale lo mejor de este mundo la salvación eterna?
Fuerza de voluntad necesitó para imponerse aquel sacrificio que hería su vanidad más amada y crecida; pero ya lo hizo, y ahora gozaba de ese alquitarado sosiego interior que el alma experimenta venciéndose a sí misma.
Perea no replicó, y de súbito demostró tranquilidad. Acababa de comprender que el hábito del Carmen que su mujer deseaba vestirse, ponía al servicio de su invención la enorme fuerza de la Iglesia. Además, era algo romántico, bonito...
—¡Psch!... Bueno..., como gustes... —murmuró—; no deseo contradecirte... ¡Si lo has jurado!...
En los días sucesivos el sanguinario misterio de la isla de la Grande Jatte flotó en el ambiente de la casa como un maleficio. Teresita se lo había contado a sus sobrinos y estos, a su vez, lo dijeron a la servidumbre. Nadie, sin embargo, hablaba de ello en voz alta, ni tampoco asunto de tan ingrata recordación aprovechó para discreteo o palique de sobremesa; pero, en cambio, todos lo glosaban secretamente: los criados, en la cocina; los muchachos, en el gabinete de estudio, sentados alrededor de la mesa, bajo el lechoso y quieto resplandor de la lámpara. A Joaquinito le ardían los ojos; Carmen, que ya era una mujercita, y Anselmo, en quien la edad dejó florecer ideas de honor y valentía, experimentaban al ver a su padre una desconocida turbación de cariño y respeto. Era el verdadero cabeza de familia, bueno y temerario a la vez, encanecido en el difícil arte de conocer a los hombres y de luchar con las pasiones. Pocos meses bastaron para que Perea sintiese esta nueva devoción filial que llegaba hasta él semejante a un incienso, como asimismo el dócil rendimiento y total pleitesía que su mujer le profesaba. Doña Emilia era otra: quizás la buena señora fuese más dura que nunca con la gente de escaleras abajo, cual si necesitase absolutamente eliminar aquel malhumor suyo originado por un exceso de actividad hepática; pero con respecto a don Higinio su carácter se había edulcorado, y, sin ella advertirlo tal vez, tratábale con mayor comedimiento y como a dueño, bajando los ojos en su presencia y apagando la voz. Los juicios de Perea eran inapelables: sin él procurarlo, de repente, en su casa no hubo otra voluntad que la suya; sus deseos, aunque los manifestase tibiamente, se cumplían como sentencias. Don Higinio se parecía a Moisés: sus palabras, en poquísimo tiempo, adquirieron la autoridad del Talmud.
El falso héroe de la Grande Jatte estaba asombrado y apenas podía darse cuenta de la vastedad, utilidad doméstica y helénica hermosura de su mentira, y de los pingües beneficios que más adelante pudiese traerle. Muchas mañanas, mientras se vestía, reflexionaba en la absoluta renovación moral producida a su alrededor merced a un sencillo embuste dicho sin pensar; por donde ratificó otra vez su creencia de que poco aprovecha el mérito si no se exterioriza, pues vivimos tan atropelladamente y atención tan exigua dedicamos al examen de nuestros juicios, que raras veces descendemos a su entraña; y así, mayor cuidado debe poner el hombre en aparentar lo que quisiera ser, que en serlo realmente. Como el añil se deshace en el agua, de igual manera la personalidad del individuo va desdibujándose y disolviéndose en la gran superchería del alma colectiva, hasta llegar un instante en que el eco se impone a la voz y la imagen tiene más fuerza que el cuerpo que la proyecta: del hombre solo restará entonces lo que quiera ver la muchedumbre; su conciencia, su voluntad, su historia, todo cuanto de más sustantivo hubo en él, merced a un maravilloso juego de escamoteo moral, se habrá hecho opinión.
A falta de negocios de mayor riesgo, don Higinio Perea se dedicó ardientemente al perfeccionamiento y cautelosa difusión de su falacia. Era un quehacer inocente que le distraía a la vez que, por momentos, iba rodeándole de mejor bienestar. El ambiente lugareño facilitaba su tarea: al principio su embuste había corrido de casa en casa solapadamente, como asustado de su misma gravedad; pero tan pronto fue del dominio público, cuando reaccionó triunfante y apoderándose de don Higinio le aupó y adornó su cabeza con un nimbo glorioso. Perea, que empezó a mentir en la oscuridad de una rebotica, hallose de improviso arrebatado y transportado a la luz por su propia mentira; gracias a la chismosa amistad de todos, su invención habíase convertido para él en clarín, en tambor, en claridad vivísima. ¿Cómo detener aquel movimiento?... Y el héroe, asustado, deslumbrado, sonriendo unas veces, inquieto otras por las proporciones crecientes de su obra, dejose llevar. ¿Acaso puede nadie, ni siquiera el mismo instigador o causante de un movimiento, oponerse después a la inercia arrolladora de la opinión ajena?...
Ciñéndose discretamente a las circunstancias, don Higinio siguió cultivando su fraude, y pasmaba la multiplicidad e inexhausta riqueza de sus frases, expresiones de rostro y ademanes, según los años, condición intelectual y rústica credulidad de las personas a quienes embaucaba. El amante de Leopoldina, ora por gusto, ya por necesidad, porque el ambiente le obligaba a ello, iba dedicando su vida a su mentira, como el artista que aplica todo el esfuerzo de su existencia a una sola y suprema obra de arte; la llevaba en el centro de su conciencia, como base o punto de gravedad de su espíritu, y eran admirables la apretada lógica y la ardiente variedad de recursos que empleaba en su paramento, defensa y custodia.
En los epilépticos, histéricos, embusteros y visionarios, la introspección es defectuosa, y la ciencia advierte discontinuidades en el funcionamiento intelectual, faltas de centralización psíquica, incoherencias de carácter, motivadas por ausencias de coordinación o sistematización entre los dinamismos voluntarios y los pensantes. El cerebro de los neurasténicos, dicen los médicos, hecho está de montañas y de valles. Pero ninguno de tales síntomas rizaban dañinamente el alma equilibrada y burguesa de Perea: él nunca fue embustero; él, casualmente, solo mintió una vez, y aquella mentira, perfectamente fundamentada y dispuesta, pulida y maravillosamente fortificada por los trampantojos arteros del tiempo y de la opinión, llegó a ser una verdadera obra de arte y a tener la compacta reciedumbre de la vida de su propio inventor.
Imponiéndola al crédulo vecindario de Serranillas, Perea realizaba aquel principio estético del poeta Oscar Wilde, para quien no es la Naturaleza, como dice Taine, la que produce el arte, sino este quien, con su pasmosa virtualidad creadora, modifica la Naturaleza y la revela a los hombres. Don Higinio ideó y planeó su mentira, lo mismo que Rembrandt imaginó y concertó su famosa Lección de Anatomía. Y hecho esto, fue simultaneando con su labor admirable y jamás concluida de autor, otra faena no menos artística, pertinaz y sorprendente de comediante, pues de su farsa solo él podía ser intérprete, y la realizaba fríamente, «viéndose» a todas horas para no incurrir en exceso de sinceridad, según los maestros del teatro aconsejan que debe hacerse.
Ni por casualidad se producían en el heroico burlador de la señora Leopoldina aquellos fenómenos —parpadeo, ligero temblor de las fosas nasales, palidez del rostro y de los labios, vacilaciones en la voz— que los médicos consignaron en el cuadro sintomático de la mentira. Había llegado a dominar su invención a fuerza de madurarla y burilarla, y en cualquiera de las síntesis que de ella hacía, la prolija y artificiosa concurrencia de imágenes era instantánea.
En la complicadísima psicología humana todas las expresiones y todos los gestos, según las circunstancias en que se producen, pueden llevarse admirablemente al servicio de la misma mentira: la indignación, el entusiasmo, el rubor, el desdén, la carcajada, los mohines de la reflexión, del arrepentimiento o del honor ofendido; la frase que afirmando miente y el silencio que, precisamente por no decir nada, miente también; los párpados entornándose como para disimular el sobresalto de una traición, y el suspiro o el alzamiento de hombros que pueden aludir al recuerdo de algo dañino que nubla la conciencia; la oración inconclusa, la sonrisa disimulada, el suspiro, la lágrima, el acceso de tos... cada uno de esos millares de inextricables ademanes o matices de pensamiento que llenan una conversación, ¿no constituye otros tantos escondrijos, vericuetos, quebradas, atajos, cuevas y laberintos de la gran selva de la mentira?...
Toda esta extensísima gama de expresiones la pulsaba don Higinio con rara maestría, y, según la calidad de su interlocutor, era ingenuo o malicioso, exagerado o reservón, fatuo o modesto. Al principio y dirigiéndose a individuos de su edad, su conversación y sus ademanes eran vehementes, hiperbólicos, pues siempre tiene lo superlativo algo caliente que deslumbra y arrastra; después modificó su táctica, especialmente si su auditorio lo componía gente joven, inexperta y fácil al engaño; entonces adoptaba un gesto cansino de hombre triste y hastiado, que vivió mucho y siente miedo a sus recuerdos. Y entre ambos extremos, todas las muecas, todas las piruetas, todos los guiños incontables, bufos o tristes, del embuste.
En los momentos de más íntima expansión amistosa, también refería la burleta de madame Berta, sus relaciones con Enriqueta y hasta su desventura del tren, pues todo no había de ser heroico en su vida, y para un hombre capaz, como él, de matar a otro, una bofetada de mujer no tiene importancia.
Perea consagraba su vida a su invención, y en ella su actividad se detenía y de allí sacaba generosos tesoros de distracción y buen humor: ya podía ver la petaca de Cenén, o los zapatos con que anduvo por París y que guardados tenía como reliquia, y oír la pianola del notario, o la motocicleta de don Justo latiendo como un corazón a lo largo de los caminos, que nada conseguiría entristecerle; su engaño bastaba a su alegría, y lo defendía y propagaba cual si en él su destino se hubiese hecho carne. Nada le fatigaba; una y dos y muchas veces refería sus aventuras de París, y siempre hacíalo con habilidad suave y ladina o con invasor entusiasmo; aquella invención, tantas veces repetida, era como un libro maestro cuyo autor fuese leyéndolo de casa en casa.
Un domingo muy de mañana estaba don Higinio desayunándose cuando aparecieron en el comedor doña Emilia y su hermana vestidas con flamantes hábitos de nuestra Señora del Carmen. Viendo a su cuñada quedose suspenso y sin mascar el picatoste, mojado en chocolate, que acababa de meterse en la boca. Teresita se ruborizó; también ella, la pobre doncellona, en quien el miedo instintivo a los hombres sanguinarios y violadores crecía con los años, hizo voto de vestir así toda su vida. Perea dio un puñetazo sobre la mesa.
—Pero, ¿es que habéis adelantado el Carnaval? ¿Qué dirá el pueblo? ¿No comprendéis que van a burlarse de vosotras?...
Las hallaba más pequeñas y redondas con aquellos trajes de estameña parda sin otro adorno que un cinturón, sus cabellos partidos devotamente sobre la frente, sus manos cruzadas a la altura del vientre y sosteniendo un rosario y un libro de oraciones. Tras una pausa la misma ingenuidad primitiva de las dos figuras aplacó la cólera de don Higinio, quien se alzó de hombros, contuvo una sonrisa y siguió comiendo. Realmente, a él nada de aquello debía importarle.
—¡Allá vosotras! —exclamó—. ¡Por mí!... todo eso son pesetas que me ahorro de dar a la modista...
La entrada de doña Emilia y de Teresita en la iglesia causó una impresión que no tardó en divulgarse por todos los ámbitos de Serranillas; el mismo don Tomás, que en tal momento subía al púlpito apoyándose en su bastón de muletilla, no pudo abstenerse de mirarlas. ¿A qué poderoso motivo obedecería aquel severo cambio de indumentaria?... Durante la tarde la noticia, reverdecida y comentada prolijamente, revoló de tertulia en tertulia. Nadie comprendía aquella explosión de misticismo, y menos en doña Emilia, que siempre fue aficionada a vestir bien. ¿Qué haría entonces de los trajes, uno de pañete azul y otro de seda color gris, que últimamente recibió de Ciudad Real?... Y el magnífico abrigo que su marido la compró en París y aún estaba nuevecito, ¿seguiría usándolo?... Un hábito tan triste como el de Nuestra Señora del Carmen solo se ofrece a propósito de un viaje a Ultramar o en acción de gracias al cielo por habernos liberado de alguna terrible enfermedad o extremado accidente. Pero a los Perea nada ostensiblemente adverso les había ocurrido; su desgracia, por tanto, suponiendo que hubiesen padecido alguna, constituía algo íntimo, enigmático, cuyo misterio exasperaba duramente la curiosidad general. Hubo quien aseguró que doña Emilia había ofrecido vestir así porque, a pesar de sus años, deseaba tener otro hijo...
Para regocijo y sosiego del vecindario no tardó en saberse la verdad, que doña Emilia y Teresita descubrieron a la señora de Hernández, y esta, a su vez, reveló a sus amigas. La mujer y la cuñada de Perea habían hecho formal promesa de llevar mientras viviesen el hábito del Carmen, porque eran católicas ejemplares y querían desagraviar a Dios de lo mucho que don Higinio le ofendió el tiempo que estuvo en París; lavar en lo posible su alma de los terribles pecados que la manchaban, y pedir la salvación del holandés y de la italiana del hotel de los Alpes, los cuales, tanto por su lamentable fin como por el olor de protestantismo en que vivieron, debían de hallarse en el otro mundo bastante mal mirados. Y apenas el pueblo supo esto, cuando los juicios más halagüeños descendieron, como lluvia de bendición, sobre las dos hermanas. A don Higinio, como a todos los pícaros, le sobraba la suerte. ¿Quién, si no él, después de lo hecho, dispondría para la asistencia y redención de su alma de dos mujeres tan buenas, humildes y gratas a los ojos del Creador, como su esposa y su cuñada?...
El mismo don Tomás, que conocía las torcidas andanzas del héroe, se sintió conmovido y le señaló la oportunidad de aligerar un poco ante el confesionario la grave carga de sus culpas.
—No tenga usted miedo en venir a mí —había dicho el cura—; no olvide que la misericordia de Nuestro Señor es tan grande que alcanzó a San Pablo. Conviene, sin embargo, no ofenderle con nuestro desdén: yo estoy cierto de que a los divinos ojos ha de ser más agradable la confesión que hacemos libremente y en estado de plena salud, que aquella arrancada a última hora a nuestro orgullo por el miedo a la muerte.
A las sentadas razones de su amigo, don Higinio contestó bromeando: él había viajado y leído bastante y tenía «sus ideas»; y aunque sus entrañas eran tan mansas y católicas como las de su padre y su abuelo, no podía sustraerse en absoluto al espíritu descreído del siglo. Reía y le daba a Murillo irónicos golpecitos en la espalda.
—¡Y, sobre todo, amigo don Tomás!... ¡Caramba!... No tome usted la cuestión tan a pecho; ¡yo, francamente, no pienso morirme todavía!...
Desde que en Serranillas empezó a susurrarse el novelesco empeño de galantería y bravura sostenido por don Higinio en París, la opinión había evolucionado muchas veces alrededor del héroe de la Grande Jatte, y tan pronto le acusaba del doble delito de adulterio y homicidio, como reaccionaba bondadosamente hallando en sus mismas bizarría y fortuna disculpa para su falta. De algo de esto estaba informado Perea, mas nunca hubiese llegado a maliciar los extraordinarios apasionamientos que su figura sugería. Una noche, por causa suya, en la taberna de Tocinico, dos mineros anduvieron a bofetadas, y de entusiasmo semejante participaban todos. Para la minoría sensata, don Higinio era una mala persona: nadie debe poner los ojos en la mujer del vecino, por muy fácil, libre y hermosa que parezca, y menos a la edad y en la situación de Perea, casado y con hijos. ¡Lástima de bala que le traspasó sin apenas dañarle!... Hubiérale entrado un poco más arriba y a la izquierda, allí donde late el corazón, y no se hubiese perdido nada. Contra este juicio severísimo alzábase el parecer de la mayoría, especialmente el de las mujeres, retardatarias y crueles. Don Higinio, al verse solicitado por la italiana del hotel de los Alpes, aceptó la aventura como cualquier hombre, colocado en su situación, habría hecho. Si el holandés no llega a enterarse del engaño, el lance no acarrea consecuencias peores; pero lo supo, buscó a su rival, le desafió, y este, matándole, se limitó a cumplir con el natural instinto de conservación. Nada hizo el valeroso Perea que le arrebatase la estimación de sus conterráneos; antes se comportó bizarramente, según todo caballero debe conducirse, tanto si alguna dama bella y levantada de cascos le persigue, como si un hombre, aunque sea esposo ofendido, le reta y provoca. Don Higinio había observado en el transcurso de aquel lamentable enredo una actitud enérgica, pero pasiva: él no anduvo enamorando a la italiana ni buscó camorra al holandés; muy al contrario, fue él quien, por artes dañinas del diablo hallose seducido primero y amenazado de muerte después. En ambos casos, así cuando galán aceptó las caricias, como cuando luego, fieramente, rechazó el peligro, ¿no se mantuvo dentro de los límites de lo estrictamente humano? Cierto que pudo decir a Leopoldina: «Señora, déjeme usted en paz; usted pertenece a su marido y no debe pensar en otro hombre...». Con cuyo saludable consejo el drama de la Grande Jatte no hubiese ocurrido. Mas ¿cómo pedir a don Higinio, joven todavía y aventurero, la reflexión severa y la templanza eremítica de que solo varones contadísimos fueron capaces?...
Esta cuestión, llevada y traída de boca en boca largo tiempo, se anticuó; los cinco o seis años que pasaron lentos sobre ella la infundieron cierto prestigio; era algo que por razones diversas hallábase ligado a muchas personas y pertenecía a la historia de Serranillas. La mentira de Perea, fortalecida por el tiempo y la opinión, se convirtió en realidad, en hecho inconcuso y sabidísimo. Para sus contemporáneos, don Higinio había sido una mala cabeza, un verdadero hombre de historia, de cuya agitada vida íntima solo se conocía lo que él buenamente quiso contar; para los jóvenes, don Higinio, a pesar de su figura maciza y grotesca, era «Don Juan»; la leyenda que pasa embozada en una capa roja y con ruido de espuelas; y todos, reservándose el derecho de imitarle alguna vez, se envanecían de que Serranillas hubiese servido de cuna a un temperamento así.
Con el ilusionista filar del tiempo, el drama de amor comenzado en el hotel de los Alpes y desenlazado a tiros y cuchilladas en una isla del Sena, iba perdiendo sus contornos primitivos: se emborronaron muchos detalles, algunos pormenores quedaron preteridos y fueron reemplazados por otros que añadía la suelta imaginación de los comentaristas; y al cabo de todo aquello solo quedó flotando en el ambiente un perfume de aventura, un aroma romántico que era la síntesis del vario y esforzado vivir de don Higinio. Como de muchos insignes autores clásicos a quienes el vulgo cita, pondera y no conoce, así de la historia de Perea subsistía únicamente, semejante a una estela, una fragancia de amores y de arriesgados empeños. Ya nadie le discutía, y la cristiana promesa que su mujer y su cuñada hicieron de vestir siempre de hábito añadió nuevas hojas de mirto y de laurel a la recia corona de sus prestigios. A través de los años, su mentira, galana y audaz como un gesto del caballero Casanova, repetía la vida perdurable y esclarecida de las obras de arte. Los hombres le respetaban y si hablaban de amores recurrían a su experiencia; muchas mujeres detenían en él una mirada sentimental; en la calle los mozos le saludaban como a maestro y le cedían la acera.
Una tarde, al salir del Casino, el sobrino de Arribas le saludó; don Higinio, que le quería bien, se alegró de verle.
—¿Dónde te metes, muchacho? A tu tío le he preguntado muchas veces por ti.
Diego suspiró; vestía pobretonamente y bajo su sombrerito hongo su rostro aparecía más lacio, desanimado y amarillo que nunca.
—Desgracias que le suceden a los hombres, señor Perea —repuso.
—¿Desgracias?... Cuéntame. Yo voy hacia mi casa; puedes acompañarme si no tienes que hacer.
—Con mucho gusto...
Caminaron lentamente por las calles solitarias llenas de bruma. Don Higinio, importante, egoísta y gordiflón, ocupaba la acera; Diego iba por el regajo, tropezando unas veces, resbalando otras sobre las piedras húmedas; indudablemente, las viejas botas que calzaba no eran suyas y le torturaban los pies. Mientras seguía hablando, un deseo punzante de confesión exaltaba su alma solitaria, acosada y despedida de todas partes por la opinión del pueblo: él no era pícaro ni tonto, pero acabaría en tonto y en pícaro, porque la gente se había empeñado en decirlo, y cada cual es lo que sus semejantes le permiten ser...
A estas discretas meditaciones, Perea respondía con graves movimientos afirmativos de cabeza. La situación moral de su interlocutor se parecía extraordinariamente a la suya: su heroísmo, como las malas artes del pobre Diego, eran arbitrariedades fatales, incorregibles, de la opinión.
—Es cierto que me gusta jugar —prosiguió Diego— y que pierdo casi siempre. Pero sea usted imparcial, don Higinio de mi alma, y dígame lo que su buen criterio le aconseje: ¿Cree usted que merece perdón de Dios lo que la familia de mi mujer hace conmigo?...
Sus labios se plegaron hacia abajo y sus ojos azules y pacíficos se afligieron tanto que Perea pensó que Diego iba a echarse a llorar. Verdaderamente, al pobre le sobraban razones para desesperarse. De nada le valía ser casado y padre de dos criaturas: su suegro le había echado a la calle casi a pescozones y recogido a su hija y a sus nietos; para mayor desdicha, su mujer no quería saber de él; ¡ni siquiera le permitían ver a sus hijos!...
—¡Este día cuatro hará dos meses que no les doy un beso! ¡¡Dos meses!!...
Su pena rompió en llanto amarguísimo, y como iba aturdido tropezó y metió un pie en un charco de agua. Perea tuvo clemencia de él y cogiéndole de un brazo le ayudó a subir a la acera. Diego se lo agradeció:
—Muchas gracias, don Higinio... Déjeme usted... Si yo lo que debía hacer era morirme...
Prosiguió desahogándose:
—¡No soy tan malo, no, señor... no soy tan malo, ni tan sandio, ni tan inútil!... ¡Es que la gente lo dice!... Julio Cenén, por ejemplo, ¿no es peor que yo? Él juega, bebe y tiene queridas... Y, sin embargo, su mujer se aguanta. ¿Por qué no se conforma la mía?... Pero las tres o cuatro veces que me han dejado hablar con ella me ha dicho: «Yo no vivo con un pillete». Eso lo ha aprendido de su padre, porque a ella no se le ocurre, ella es buena. Y mi suegro, el día en que me echó a la calle, me decía: «¿Tú crees que voy a darle mi hija a un granuja?». Y yo, don Higinio, ¿qué hago? ¡Aquí tiene usted un hombre de veintiocho años perdido!... Mi madre, la pobre, ya sabe usted, ¡gracias que pueda ir saliendo adelante con la cacharrería!... Allí duermo y es bastante. Y en mi tío no hay que pensar. Cuando fui a contarle mis desgracias se encogió de hombros: «Todo eso —me dijo— te sucede por pillo y por tonto...». ¿Qué le parece a usted el consuelo?... Y no puedo reñir con él porque perdería los cinco reales que gano en la notaría. ¿Y eso?... ¡Darme cinco reales con los miles de duros que tiene!... Y así estoy: sin ganas de vestirme ni de ir a ninguna parte...
Hubo un largo silencio; la respiración anhelante de Diego era la del hombre que acaba de quitarse de encima un gran peso; don Higinio parecía meditar. Al cabo, el héroe de la Grande Jatte, insinuó una protesta.
—¿Y tu suegro hasta cuándo se propone mantener esa actitud? Él no tiene derecho a despedirte como a criado; máxime que no es de su casa, sino de la tuya propia, de tu casa de marido y de padre, de donde te echa. La ley te ampara; todos los derechos más inviolables están de tu parte; tu mujer te debe obediencia absoluta, y si tú sabes amarrarte bien los pantalones tu suegro tendrá que callarse.
Diego hizo un mohín de duda.
—Mi suegro no es que me aborrezca, precisamente; pero me ha dicho: «Hasta que yo no sepa que has dejado los naipes y que ganas lo necesario para sostener a tu familia, no te presentes por aquí». ¿Usted comprende?... En el fondo tiene razón; yo de todo me doy cuenta. Y con mi suegro no se puede jugar; yo voy diciéndole que si el código..., y que si la ley..., y que si no me devuelve a mi mujer y a mis hijos voy a llevarle a los tribunales... y me da un puñetazo que... Vamos..., ¡hay que conocerle!...
Esta confesión cobarde inflamó la belicosa sangre de don Higinio.
—Entonces —gritó con voz tonante—, no te quejes a nadie; en la vida, lo que no puede conseguirse con buenas razones se obtiene a puñaladas. ¡Ya lo sabes!...
Se detuvo porque habían llegado a su casa. Las mejillas del amante de Leopoldina echaban fuego; parecía defender algo suyo y su gesto era magnánimo y valiente. Se arregló la corbata, se estiró los puños de la camisa...
—¡Bah! —añadió—. Si a mí me hacen la mitad..., ¡fíjate bien!, nada más que la mitad de lo que te han hecho a ti..., ¡arde el pueblo!...
El pobre Diego bajó los ojos, empavorecido ante el ademán matasiete y las furibundas voces de Perea:
—Don Higinio, usted... ya sabemos quién es usted y de lo mucho que es capaz...; pero todos no somos iguales...
Perea, muy excitado, le interrumpió:
—¡Te digo que arde el pueblo, hombre; y arde la iglesia... y la provincia!... ¡Lo juro!....
Y poniendo los dedos índice y pulgar de su mano derecha en cruz los besó vehemente. En seguida se despidieron.
—Adiós, Dieguito; si algo se te ofrece, ya sabes...
—Adiós, don Higinio... y muchas gracias...
El sobrino del notario siguió calle abajo, asombrado de la fiereza y sanguinarios procedimientos de Perea, y don Higinio entró en su casa taconeando. Su mujer, que había estado atisbándole por una ventana, le preguntó:
—¿Ese que hablaba contigo es Diego, el sobrino de Arribas?
—El mismo.
—¿Qué quería?
—Nada; venía contándome que su suegro le ha quitado su mujer y sus hijas, y le ha echado a la calle. ¡Y él, tan manso!
—¡Como que es tonto! —replicó doña Emilia.
En el comedor saludó a doña Lucía; la esposa del médico cenaba con ellos, porque don Gregorio había ido a Almodóvar y no regresaría hasta la mañana siguiente. La señora de Hernández estaba hermosa, y sobre la blancura almendrada de sus dientes, un poco grandes, los labios húmedos, gruesecillos y rojos, tenían mohines provocativos. Perea ocupó la cabecera de la mesa, entre ella y doña Emilia; al otro lado se instalaron Teresita, Carmen, Anselmo y Joaquín. Se habló de Dieguito y don Higinio repitió detalladamente cuanto el malpocado sobrino de Arribas le había dicho. Las mujeres reían implacables. Don Higinio, casi sin intervalo, se bebió dos grandes vasos de vino: experimentaba un buen humor, conversador y rudo, del que doña Lucía, especialmente, participaba en gran manera; un regocijo que le producía el deseo de algo raro, imprevisto. ¡El pobre Dieguito!...
—Yo le he dicho —exclamó clavando su tenedor en una perdiz— que le corte la cabeza a su suegro y la envíe a Ciudad Real para que hagan de ella una sopera...
Los muchachos reían a carcajadas. Doña Emilia se persignó, exagerando el espanto que la feroz ocurrencia de su marido la producía.
—¡Calla, hijo, calla!... Tú, sí, serías capaz de eso y de mucho más...
Y doña Lucía ratificó:
—¡Ya lo creo!...
Desde hacía mucho tiempo la señora de Hernández mostraba hacia su amigo una inclinación alarmante, y aquella noche no perdía ocasión de fijar en él sus encandilados ojos; pero con insistencia voluptuosa tan manifiesta, que el bizarro manchego se reconoció comprometido por aquellas insinuaciones, cuyo pecaminoso alcance su hidalguía se negaba a comprender. ¿Era posible?... Y acordándose de la rancia amistad que le unía al médico y de que doña Lucía y doña Emilia tenían, años más o menos, la misma edad, sintió frío en la espalda. ¿Pero es que las mujeres, aunque vayan siendo viejas y estén cargadas de hijos, nunca acaban de decirle adiós a la traición?... Inconsciente, acaso contra todo el honrado propósito de su voluntad, buscó bajo la mesa los pies de doña Lucía con los suyos. El perverso contacto se produjo tímido al principio, resuelto y de regaladísima dulcedumbre después. La señora de Hernández, lejos de esquivar los rústicos zapatones del héroe, parecía buscarlos, y su presión la llenaba de sangre las mejillas. Don Higinio reía, charlaba a tente bonete; llegó a ponerse fuera de sí. Su mujer le llamó la atención.
—¡Pareces loco!... Fíjate en lo que haces... no vayas a echarle sal al café...
A las nueve y media doña Lucía se levantó para marcharse. Don Higinio quiso acompañarla, solícito y galán; pero ella rehusó el ofrecimiento: no quería que nadie se molestase, su casa estaba a dos pasos de allí. Perea quedose con tal negativa un poco amohinado. ¿Habría oprimido con excesiva fuerza los pies de su amiga? Lo que su presunción juzgó amor, ¿no sería afecto tolerante de hermana?... Esto meditaba su inocencia, mientras sus dedos distraídos amasaban una miga de pan. La señora de Hernández, por su parte, también se marchó triste: deseaba a Perea: empezó a desearle apenas conoció su valor y su buena suerte con las damas; era una pasión novelesca que inopinadamente la hirió en el otoño de su vida y la arrancó muchas lágrimas secretas y crueles. Pero al mismo tiempo que se finaba por él, le tenía miedo, y así no consintió que la acompañase, pues la reputación de las mujeres antes pierde que gana con la sociedad de hombres mal afamados y libertinos.
A la mañana siguiente estaba Perea concluyendo de vestirse cuando le anunciaron que un individuo deseaba verle. Detrás de la criada, portadora del recado, apareció doña Emilia, demudado el rostro y con mucho sobresalto en los ademanes y en los ojos.
—Es un tipo —dijo— que no me gusta: parece esconder algo; yo le he visto en alguna parte, pero no sé quién es. ¿Qué le digo?...
Don Higinio vaciló; una aventura real llegaba a él y, sin razón, tuvo miedo. Pero tampoco había motivos para esconderse, y, además, su leyenda de bravo le prohibía ser débil. Tosió, se estiró los puños de la camisa y el chaleco, como hacía siempre que adoptaba una resolución importante; dirigió una mirada hacia el cajón de la mesa donde tenía el revólver...
—Bueno —dijo ahuecando un poco la voz—, decidle a ese hombre que pase y dejadme solo con él.
Obedecieron las dos mujeres y transcurridos pocos momentos apareció el desconocido. Era un individuo cuarentón, seco y alto y de color terroso. Vestía chaqueta y calzones de paño pardo que le llegaban a las corvas, según clásica usanza de la gente rústica de ambas Castillas; medias y alpargatas blancas, y faja de lana azul; llevaba el ancho sombrero campesino en la mano, y cubría su cabeza, de cabellos grises cortados al rape, un pañuelo negro anudado atrás. Bajo la frente deprimida, en el misterio del rostro anguloso y afeitado, los ojos pequeños y cenizos miraban oblicuamente.
—Buenos días, don Higinio, y usted disimule que así, tan de mañana, venga a molestarle...
—Buenos días.
El payo parecía cohibido; pero, aunque no levantaba la cabeza, sus pupilas astutas giraban de un sitio a otro escrutándolo todo. Su mirar traidor desazonó a Perea. ¿Qué buscaba aquel hombre? Don Higinio recordó su mentira. «Debe de ser un valiente —pensó— cuando, sabiendo quien yo soy, se atreve de este modo a acercarse a mí». Luego, en alta voz:
—Bien, dígame qué desea, porque yo tengo que hacer; iba a salir.
—¿A la mina quizás?... Pues entonces, si usted lo permite, yo le acompañaré...
—No; prefiero que hablemos aquí.
Serenada la primera vibración de sus nervios, había recobrado el dominio de sí mismo y observaba a su interlocutor frente a frente.
—Yo lo decía —replicó el rústico dando vueltas a su sombrero— porque, vamos..., parece que los hombres, cuando estamos solos..., ¿usted me comprende?..., los hombres, cuando estamos solos, hablamos mejor...
—Solos estamos; ahora usted sabrá si tiene, efectivamente, algo que decirme.
Se dirigió al armario, lo abrió y cogió su revólver, que se guardó en una faltriquera con estudiada lentitud, significando así al intruso que desconfiaba de él y estaba apercibido a rechazar una agresión. Por el semblante cobreño del desconocido pasó una sombra. La inesperada gallardía de Perea le había desconcertado; destosió, se rascó la cabeza. De pronto cobró arrestos nuevos.
—Es el caso que yo necesitaba dos mil reales. Usted no me conoce; pero yo le conozco a usted..., yo sé muy bien quién es usted..., y me dije: «Pues nadie mejor que don Higinio Perea puede dártelos».
La proposición era tan extraordinaria, que a don Higinio le dieron ganas de reír.
—¡Caramba!... Conque dos mil reales, ¿eh?... Necesita usted dos mil reales y viene a pedírmelos. ¡Muy bien, muy bonito, muy cómodo!... ¿Y por qué cree usted que así, sin más ni más, voy a darle dos mil reales?...
Lanzó una carcajada y de súbito se quedó serio. La osadía y desvergüenza inauditas del payo volvían a irritarle.
—Pues me parece —agregó—, me parece... que va usted a marcharse sin ellos. ¡Valiente frescura! ¡Meterse de ese modo en las casas a pedir dinero!...
El intruso miraba a don Higinio tranquilamente y muy sobre sí; en sus ojuelos cenicientos ardía una llama de cólera contenida; sin duda no era tan páparo como simulaban sus montaraces apariencias. Replicó irónico y cazurro:
—Si empieza usted a amontonarse tan pronto no vamos a entendernos.
El héroe de la Grande Jatte pensaba soñar; la calma de su interlocutor le enardecía.
—Pero si no tenemos para qué entendernos; usted me pide quinientas pesetas, ¿no es así? Yo digo que no puedo dárselas, y basta: la conversación ha concluido.
—Está usted equivocado.
—¿Sí?... ¡Hombre!... ¿Estoy equivocado?
—Sí, señor; ya supondrá usted, que yo no vengo aquí por gusto o, como suele decirse, a humo de pajas. Yo sé de usted una historia que, francamente, no le hace a usted favor ninguno; una historia mala que todo Serranillas conoce...
—¿Una historia? —repitió don Higinio—. ¿Qué historia es esa?...
Estaba trémulo; sus manos se habían quedado frías. Su único pensamiento fue: «Emilia me ha engañado y vienen a decírmelo». Inconscientemente se acordaba de doña Lucía. Después su espíritu pareció quedarse rígido, sin una vibración, sin una idea. Volvió a pensar: «Emilia me ha engañado». Ni por asomo se le ocurrió que a lo que el desconocido aludía era a su aventura del hotel de los Alpes.
—Sí, señor —continuó el labriego—; yo sé que usted hace años mató en París a un hombre.
Los ojos azules de don Higinio parpadearon, cual si ante ellos acabara de inflamarse una gran luz. Empezaba a comprender y una inefable alegría bañó su corazón. Instantes nada más tardó en reponerse, y de nuevo halló su máscara y sus ademanes estupendos de histrión.
—Bueno —repuso sombrío, como si el más negro y venenoso de los remordimientos acabase de resurgir en él—, es cierto, he matado a un hombre, pero fue noblemente y en defensa propia; ¿qué hay?...
Hablaba levantando la voz, porque le pareció haber sentido ruido en la habitación inmediata y supuso que fuese doña Emilia.
—Yo no digo cómo sucedió la reyerta —repuso el patán—; lo cierto es que usted ha matado a un hombre..., y el crimen ha quedado así..., como otros muchos...
—¿Qué más?...
El desconocido sonrió:
—¿Cómo, qué más?... Al buen entendedor... Que a usted no le gustaría andar en dimes y diretes con la justicia, y que yo conozco el secreto de usted... y que necesito dos mil reales...
Perea sintió que la ira le cegaba. ¿No había en toda aquella escena demasiada ridiculez?... Solemne, olímpico, extendió un brazo.
—¡Salga usted de aquí!
Y como el otro le mirase impávido, repitió añadiendo a su orden el insulto:
—¡Salga usted de aquí, ladrón!...
Su interlocutor no se movía:
—Cuidado con la lengua, don Higinio; cuidadito con la lengua, porque le puede a usted pesar...
—¿A mí? —gritó Perea—. ¿A mí? ¿Amenazas a mí?...
Apretó los puños; iba a abalanzarse sobre el canalla. En tan dramático momento apareció doña Emilia; la excelente señora lo había oído todo. Al entrar en la habitación lo hizo tan violentamente que derribó una silla, lo que dio al cuadro cierto efectismo teatral. Corrió hacia don Higinio y le abrazó frenética, cubriéndole con su cuerpo.
—¡Quieto! —gritó—. ¡Por mí, por tus hijos!...
Luego, dignamente, fríamente, volviéndose hacia el desconocido:
—Yo, de mis ahorros, le daré los dos mil reales que necesita. Váyase tranquilo y vuelva por ellos esta tarde.
Y como el rústico vacilase, añadió:
—Se lo dice a usted una señora.
Perea no replicó: comprendía que su mentira le obligaba a callar. Cuando el rústico se marchó, doña Emilia rompió a llorar convulsivamente; sin embargo, era feliz: estaba cierta de haber librado a su esposo de un enorme peligro.