IX
Al salir de misa, doña Emilia y su hermana fueron a la botica a comprar un frasco de citrato de litina con que purgar a Carmen. Hallaron la farmacia sola. La señora de Perea golpeó en un batintín, colocado como pisapapeles sobre el mostrador. A su llamamiento, desde muy lejos, la voz de doña Benita respondió:
—¡Va en seguida!...
La botica, pequeña y con suelo de ladrillo, estaba llena de sol. Sobre el papel rojo oscuro que revestía las paredes y servía de fondo a las anaquelerías, frascos de porcelana blanca, altos y cilíndricos, muy distanciados unos de otros para la mejor ornamentación, mostraban sus panzas bienhechoras, donde dormían los gérmenes de la salud. En cada uno, escrito a mano, se leía un nombre: acetato de plomo, sulfato cíncico, polvo de nuez vómica, ácido bórico, polvo de genciana, crémor tártaro... Completaban el decorado cuatro sillas de yute, un reloj, dos bustos en escayola: uno de Hipócrates, otro de Galeno.
Apareció doña Benita, pequeña, servicial, con esa palidez de las personas que viven encerradas. Las tres mujeres se besaron; la esposa de don Cándido buscó el citrato de litina en un cajón.
—¿Tenéis algún enfermo?
—No; Carmen, únicamente, desde hace días sufre del estómago. Yo lo achaco a la fruta...
Doña Benita preguntó por Perea.
—Ayer tarde mi marido y yo le vimos cruzar por aquí acompañado de Cenén; iba hablando y parecía muy irritado. Decía: «¡No puede ser; eso no puede ser!...». Nosotros no oímos más; pero como Cenén es así y tu marido..., en fin... ¿Me explico?...
Doña Emilia repuso absorta:
—Sí, hija, demasiado; con un hombre como el mío no hay tranquilidad posible.
—Pues, por eso. A mí, francamente, su modo de hablar me llamó la atención. «Algo grave le sucede», pensé.
—¿Hacia dónde iban?
—No sé; ellos venían de ahí, de la izquierda...
Los hábitos de las dos hermanas y el semblante bondadoso de doña Benita, rimaban extrañamente con el ambiente evocativo de dolores de la farmacia. Doña Emilia añadió desahogándose:
—Higinio está muy acabado. El pobre sufre mucho; yo lo conozco, aunque él nada me dice. La conciencia no le deja vivir; se acuerda, ya sabéis... Ese remordimiento le mata. Aquí puedo decirlo: por las noches, apenas se acuesta, empieza a suspirar; pero cuando llega el dos de enero, aniversario de su desafío, suspira de tal modo y empieza a decir unas palabras tan raras en francés que no me deja dormir.
Al salir de la botica, doña Emilia y Teresita, cogidas del brazo, caminaron hacia su casa por la acera del sol. Tenían deseos de hablar; se hallaban en uno de esos momentos de íntima expansión en que los secretos se dicen.
—¡París, maldito París! —mascullaba doña Emilia—. ¡Y pensar que fui yo quien le animó a realizar ese viaje!...
Las palabras de doña Benita volvían misteriosas a su espíritu.
—¿De qué hablarían él y Cenén, hermana?...
Teresa afirmó:
—De nada grato a Dios, seguramente.
—Eso creo también. Tu cuñado se cae de bueno, pero como no sabe ponerle a nadie mala cara...
Mientras don Higinio Perea fue un hombre oscuro, ninguno de los capítulos de su historia llamó particularmente la atención colectiva. Su conducta parecía transparente. El público conocía su bondad, la sencillez de sus costumbres, su amor al orden. Hubiera cometido una grave calaverada, y sus amigos se habrían alzado de hombros indulgentes y echado sobre su error la misericordia del silencio. Pero apenas se divulgó su vida íntima y el pueblo hubo noticia de la fiera alebrada bajo la superficial mansedumbre de aquel hombre gordo, aficionado a la pesca y al dominó, cuando todos sus actos y palabras adquirieron resonancias orquestales: su figura se agigantó, su voz siempre tenía eco y bajo sus pies la tierra parecía resonar como un tambor. El vecindario de Serranillas en masa habíase convertido en espía y comentarista de su prohombre más ilustre; cuanto a él concernía llamaba la atención. Si le veían transitar dos veces seguidas por alguna calle solitaria, el público lo murmuraba y la noticia no tardaba en llegar al Casino y luego a oídos de doña Emilia. La bondadosa señora, desde que se supo unida a un héroe, no disfrutaba instante de reposo. Además, don Higinio persistía en la intranquilizadora costumbre de salir de noche. Ella no le seguía; pero le espiaba desde lejos y las noticias que por diferentes conductos recibía sobraban a mantener su alerta. Frecuentemente no podía reprimir su curiosidad y le interrogaba:
—Ayer estabas mirando un escaparate en la calle Peninsular, ¿dónde ibas?
Y otras veces:
—¿A quién escribiste esta mañana?
Perea se asombraba:
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te han visto echar una carta en el buzón de Correos.
Él, que nada tenía que ocultar, reíase interiormente, satisfecho de aquel espionaje y maravillado de que en una conducta lisa y diáfana como la suya la opinión viese tantas sombras; él lanzó su mentira, y esta, robustecida por la fantasía patrañera, la maledicencia y la desocupación de todos, semejante a las bolas de nieve, más crecía cuanto más rodaba. Era un caso modelo de inercia.
Don Higinio ya no mentía; ¿para qué, si todo un pueblo mentía por él?... Y de este modo, inventando los demás y enardeciendo él con actitudes ambagiosas y palabras ladinas aquellas fantasías, el vulgo diose a escudriñar las páginas más antiguas y olvidadas de su historia, y de tal examen la malévola imaginación de los glosistas dedujo y sacó en limpio que el héroe de la Grande Jatte tenía un hijo natural de dieciséis a dieciocho años, habido de una mujer llamada Indalecia, cuya liviandad de condición y hermosura de carnes era notorio que dieron a los buenos mozos de su tiempo ratos muy agradables.
Cuando esta descabellada noticia llegó a presencia y conocimiento de don Higinio, ya todo Serranillas la sabía. El primer movimiento de Perea fue de asombro. ¡Un bastardo de dieciocho años!... Luego se indignó; ¿qué diría su mujer, que pensarían sus hijos verdaderos de aquel nuevo hermano?... Por lo mismo, su protesta tuvo tanta energía y vibró con acentos tales de sinceridad, que a punto estuvo de arruinar allí mismo la flamante invención. Pero en seguida mudó de parecer: él, más que un mentiroso activo, era un inspector de cuantos rasgos imaginarios le atribuían los demás, y en asuntos de esta índole su conciencia embelequera propendía resueltamente a la tolerancia. Doña Emilia, que tanto amaba a los niños, nada podía recriminarle; si acaso le afearía el abandono en que siempre tuvo al espurio, pues si no ante la ley, a los ojos de Dios tan hijos nuestros son los morganáticos como los legítimos. Don Higinio se frotó las manos placentero; aquellas inocentes farsas con que la casualidad iba amenizándole el tedio de sus días devanábanse magistralmente, dirigidas y llevadas hacia su desenlace por el genio teatral de la opinión. Él nada necesitaba hacer, si no era sonreír unas veces, amustiarse otras, mover la cabeza, suspirar y mirar al suelo como quien sabe muchos secretos golosos y no quiere decirlos. Indudablemente su posición abonanzaba y era por momentos más interesante y airosa. Si su padre y su abuelo y todos los Perea dejaron tras sí una memorable impresión de bondad, él estaba cierto de pasar a los tiempos futuros orlado de aquel nimbo de seducción y heroísmo que tanto, desde niño, le había lisonjeado; tendría su leyenda, su inmortalidad; se hablaría de él como de un señor feudal, terrible con los hombres, rendido, seductor y generoso con las damas, y ante su retrato las vírgenes soñadoras se pondrían tristes...
Conforme a esta idea maduró su plan: él nunca reconocería que Gasparito, el muchacho de la señora Indalecia, era suyo; pero permitiría que lo dijesen los demás. De la opinión de sus hijos no se curaba. Llevar al matrimonio y aun engendrar después de casado un bastardo, o dos, o cinco... ¿qué importa? ¿Acaso los Papas y los Reyes, obligados por su alta jerarquía a servir de ejemplo a los pueblos, no les tuvieron a docenas?...
Claro es que en tal asunto la fantasía lugareña no lo había inventado todo; algo antiguo mediaba, efectivamente, entre Perea y la señora Indalecia; pero fueron relaciones superficiales y de limpia amistad, nacidas de la ancha condescendencia que aquel tuvo de asistir a Gasparito en la pila del bautismo.
Los orígenes de su mesalianza remontábanse a muy atrás. Indalecia había servido de doncella en casa de don Higinio cuando este era pequeño y aún vivían don Salvador y doña Pastora; contaba seis o siete años más que él, lo que entre niños es bastante, y así le trataba como a hijo y reiteradas veces le sentó sobre su regazo para dormirle, o bien le desnudaba y metía en la cama, y los domingos, cogido de la mano, le llevaba a misa. Un día Indalecia, jugando, tropezó con una consola y rompió varios cachivaches de gran mérito, y doña Pastora, que tenía la musculatura varonil y el carácter violento, se descalzó una zapatilla, derribó a la muchacha en el suelo y levantándola la camisa la azotó hasta cansarse. Indalecia, a la sazón, había cumplido dieciséis años, y don Higinio, que asistió a su tormento, acobardado y metiéndose un dedo en la nariz, guardó largo tiempo en su memoria adolescente la visión de aquellas posaderas que, bajo los golpes, iban ruborizándose como mejillas.
Tras de bien zurrada, Indalecia fue despedida y se marchó a Almodóvar del Campo; don Higinio la veía muy de tarde en tarde, y ella, acordándose quizás de los azotes recibidos en su presencia y a trasero mondo, poníase colorada. Con la pubertad medró mucho. A los veinte años era una real moza que siempre tenía en los labios una canción o una risa y balanceaba deshonestamente las caderas al andar. Perecíanse los hombres por ella; mas ninguno se animaba a desposarla, pues su madre, según viejas y venenosas lenguas decían, fue de las mujeres que Cervantes llamó graciosamente «de la casa llana», y todos temían que la hija hubiese heredado la misma dadivosa condición. No faltó, sin embargo, quien la llevase al altar, que a mucho obliga un buen palmito. Se llamaba Patricio Bengoa, de oficio, carpintero, conocido por el Señor, remoquete feliz que expresaba bien la condición hidalga, dulce y brava de aquel hombre. Vivía en Serranillas, y don Higinio, que ya estaba casado, reclamaba con frecuencia sus servicios. También, aunque a largos intervalos, veía a Indalecia, siempre muy pinturera y bien calzada, y sin advertirlo, el recuerdo infantil de la azotaina volvía pertinaz a su memoria: don Higinio no olvidaba que donde el Señor ponía entonces las manos, él, muchos años atrás, había puesto los ojos. Bromeaban a propósito del tiempo, que iba echándoles a perder, y de la poca diligencia que el maestro Bengoa se daba en tener hijos. Perea tuteaba a su antigua sirviente:
—Ya sabes —decía— que quiero ser padrino de tu primer chiquillo.
Frecuentaba el taller de Patricio su amigo Juan Matías, capataz de entibadores en la mina de Perea: era soltero y parecía tener unto simpático, según como sabía allegarse las voluntades y meterse en el corazón: los dos hombres emprendían negocios juntos y se llevaban bien. Para unirles mejor, Indalecia se dio a Juan Matías. Sus relaciones duraron varios años y de ellas, excepto Patricio Bengoa, estaba informado el pueblo. Por lo mismo, Indalecia, que conocía el criterio celoso y vengativo de el Señor, vivía intranquila y sobre brasas. Juan Matías, por el contrario, aceptaba serenamente, casi sin escrúpulos de conciencia, su papel de amante; no tenía miedo; la costumbre del peligro había hecho a sus ojos, de la traición, una legalidad. Su querida, no obstante, le amonestaba:
—Guárdate de Patricio; hazme caso a mí; Patricio es de los hombres que hacen y callan...
Así opinaba también mucha gente, y esto mantenía sobre el taller del maestro Bengoa un cálido interés de drama. Al cabo, el tan previsto y temido desenlace llegó; mas no por razones gallardas de honor, sino obedeciendo a motivos triviales, pues en la eterna tragicomedia humana quiso el Destino que a lo solemne fuese barajado frecuentemente lo ridículo.
El Señor festejaba al otro día su cumpleaños e invitó a Juan Matías a comer en el campo. Precisamente era domingo. El entibador aceptó y a la mañana siguiente, muy temprano, se presentó en el taller. Era un espléndido día de julio, caliente y azul.
—Vámonos —dijo Patricio— antes de que apriete el sol.
Entre los dos hombres cargaron la merienda, suculenta y copiosa; Bengoa demostraba bonísimo humor. Indalecia manifestó que necesitaba dejar preparada la cena y no podría salir hasta más tarde; ellos se conformaron, y la joven prometió ir a buscarles al sitio denominado Los Alamos, lindante con el Guadamil. Era un paraje señero, tapizado de hierba lozana y crecida; canciones de pájaros alegraban el bosque; los árboles frondosos esparcían a su alrededor una gran sombra fresca; el terreno descendía en acelerada pendiente hacia el río, que formaba allí un remanso, y la existencia de una hoya daba a las aguas quietud pavorosa y oscura.
Sentados en el suelo, Juan Matías y el Señor comenzaron a beber; el vino era bueno; poco a poco una leve embriaguez fue desatando sus lenguas y tocando llamada a las risueñas memorias juveniles. ¡Ah, placeres inolvidables de Ciudad Real! ¡Quién pudiera volver allí!...
Los dos, muy colorados, miraban al espacio con ojos húmedos y felices.
—¿Te acuerdas de Tomasa?
—¡Figúrate!... ¿Y de Natividad? A ti te traía loco.
—¡También ella me quería!...
—¿Y aquel domingo de Piñata en que nos disfrazamos todos?
Tras un breve silencio, Patricio Bengoa lanzó un hondo y entrecortado suspiro.
—Tú eres feliz —dijo— porque sigues soltero y el hombre mozo siempre es joven. Pero, ¡yo!...
Por primera vez en su vida, aquel esposo excelente, trabajador y ordenado, sentía que la fidelidad matrimonial pesaba un poco. Sus labios tuvieron un guiño amargo y lamentose de que Indalecia viniese a interrumpirles; delante de las mujeres no se puede hablar...
Continuaron bebiendo, exaltándose, sintiendo circular por sus miembros un ardor nuevo. El Señor desafió a su amigo al dominó; aceptó Juan Matías el reto y apostaron veinticinco pesetas para una cena en la taberna de Tocinico. La cantidad arriesgada era importante y merecía ser bien defendida.
—¡El seis doble!
—El seis y cinco.
—El doble cinco...
Las fichas iban trazando una línea blanca sobre el verdor de la hierba. El entibador tenía lo que los bebedores llaman «mal vino», y cierta jugada que estimó poco limpia suscitó entre los dos hombres una disputa. Ante los peleadores acicates del vino y del sol, su rancia y fraternal amistad naufragó.
—¡Estás burlándote de mí! —gritó Juan Matías.
—Quien quiere burlarse de mí eres tú —contestó Bengoa.
—¡Mentira!... ¡Tú quieres robarme y para robar están las carreteras, ladrón!...
Al insulto replicó el Señor tirando a la cabeza de su rival las fichas que tenía en la mano; Juan Matías repelió la agresión rompiendo contra la nariz del carpintero una botella vacía; seguidamente se levantaron y engarfiñándose cual gatos furiosos, rodaron por el ribazo hasta el río.
En aquel momento preciso llegaba Indalecia; la pobre mujer lanzó un grito; pensó que reñían por ella.
—¡Juan Matías!... ¡Patricio!...
Ninguno la oyó. Agarrados el uno al otro cayeron al Guadamil, cuyas ondas, al principio, huyeron como espantadas, formando círculos homocéntricos y luego tornaron a juntarse sobre ellos. Sus cadáveres reaparecieron juntos ocho días después, tumefactos, verdosos...
Como nadie pudo sospechar la humilde verdad de lo acaecido entre Juan Matías y Patricio Bengoa, todos creyeron que se habían matado por Indalecia, lo que agregó a sus muy sazonadas perfecciones físicas un extraordinario paramento novelesco que ella, a su modo, supo aprovechar bien. Con los cuatro o cinco mil reales en que vendió a un ebanista de Almodóvar la carpintería, instaló en las afueras del pueblo, cerca de la Plaza de Toros, un taller de planchado. Durante los primeros meses su conducta fue tan laboriosa y recogida, que su virtud traía a los murmuradores desorientados y como dolidos; mas no era ella mujer que firmase contratos largos con la castidad, y así pronto el obrador se convirtió en una especie de cafetín clandestino o lugar de holgorio, adonde, llegada la noche y siguiendo hipócritamente disimulados callejones, la gente alegre se dirigía como a un santuario.
Aquel raído tráfico, sin embargo, antes empobrecía a la viuda de el Señor que la mejoraba, pues si algunos de sus amigos recompensaban con largueza hidalga sus favores, aquel dinero y aun algo más pellizcado imprevisoramente a sus ahorros, lo daba ella después a los amantes jovenzuelos que tenía para servicio y regalo de su gusto. Entonces alcanzaba Indalecia la plenitud de su rústica hermosura, y la leyenda de los dos hombres que por afición a sus pedazos se ahogaron en el Guadamil, la nimbaba espléndidamente. Julio Cenén, don Gregorio Hernández, Gutiérrez, el notario Arribas, hasta don Cándido el farmacéutico, modelo de hombres caseros, llamaron alguna vez a la puerta de aquella mujer hospitalaria. Únicamente Perea, contenido por rancios y delicados miramientos, nunca fue a verla, y así Indalecia le respetaba y tenía en mucho, de manera que si le tropezaba en la calle sus mejillas enrojecían y humildemente bajaba los ojos.
Llegaron después los tiempos malos. La viuda de Patricio ganaba en carne cuanto perdía en belleza, sus labios se entristecían, sus ojos se circundaban de pequeñas arrugas y sus mejores amigos, poco a poco, iban olvidándola; que todos hubieran podido retratarla de memoria, y raras veces en estos ingratos lances de mancebía la costumbre no sirvió de estorbo al deseo.
Ante aquel enojoso crepúsculo, la pobre mujer cerró su casa y marchose a ocupar otra más modesta. Nadie habló de ella en mucho tiempo. Un día supo don Higinio que estaba enferma y deseaba verle. Perea acudió a su llamamiento y la halló sola, encamada y con un recién nacido en brazos.
—¡Pero, criatura! —exclamó—, ¿es posible?...
—¡Ya ve usted!... A mi edad; ¿quién iba a pensarlo?...
No obstante su demacración púsose muy colorada, cual si toda la sangre que no perdió en el parto la hubiese subido al rostro. Don Higinio, que se perecía por los chiquillos, examinó al muchacho: era morenito y tenía la nariz bien perfilada y los cabellos rizos. El mocoso le ganaba la voluntad.
—Diga usted, ¿es bonito?... —preguntó la madre.
—Sí, es bonito; se parece mucho a mi Anselmo cuando nació.
Y, luego:
—¿De quién es?...
Hubo un silencio que pareció dibujar un signo de interrogación sobre el misterio de aquella nueva vida. Indalecia suspiró:
—¡Don Higinio de mi alma, no lo sé!... ¿Usted comprende?... ¿Cómo quiere usted que lo sepa?...
Perea, a su vez, suspiró; miró a su interlocutora con ojos clementes; un tropel de remembranzas infantiles invadía su memoria; se acordaba de cuando Indalecia le tomaba en brazos para mecerle, y de los cuentos que le refería de noche, inclinada sobre su cuna, mientras le cubría los carrillos de besos maternales; y vio la escena cruel de la azotaina y el turgente trasero de la muchacha tiñéndose de carmín bajo la zapatilla implacable de doña Pastora: ¡aquel trasero que tantos amigos suyos conocían y que siempre tuvo para él algo fraternal!...
—Bueno... ¿Y para qué me has llamado? ¿Qué quieres de mí?... ¿Dinero?...
Indalecia se emocionó tanto que empezó a llorar: se encontraba pobre y olvidada de todos, hasta de sus hermanos, que ni siquiera la escribían. Por eso recurría a don Higinio; nadie, acaso por la misma castidad de sus relaciones, la inspiraba tanta confianza: le había visto pequeño, era algo muy suyo, muy amado, como un pedazo de aquellos años buenos en que ella también era niña...
—Y usted —agregó— se ofreció muchas veces a ser padrino de mi primer hijo...
No necesitaba haber apelado a tantos recursos sentimentales para derrotar una voluntad tan exorable como la de su antiguo amo: hubiera dicho la mitad y habría triunfado lo mismo. Perea aceptó el padrinazgo y entregó a Indalecia cincuenta pesetas para que le comprase al chiquillo la gorrita y la capa de cristianar. La madre besó las manos caritativas del noble manchego, y a este, que era muy impresionable, se le aguaron los ojos. Indalecia no cesaba de bendecirle y daba por bien empleados cuantos malos ratos sufrió hasta allí; nunca pudo esperar un honor semejante, ni ambicionar para el hijo de su alma una suerte mayor.
Días después el muchacho fue bautizado e inscrito en el Registro con los nombres de Gaspar, Higinio, Andrés; Gaspar, por ser este el nombre del hermano mayor de Indalecia; Higinio, por su padrino, y Andrés, para no agraviar al santo del día en que nació, que fue el último de noviembre. El neófito, dentro de su traje blanco cubierto de armiñados encajes, un helado de Chantilly parecía. Ofició de madrina Vicenta, la cocinera de Perea, y terminada la ceremonia don Higinio, generoso siempre, envió a Indalecia otras cincuenta pesetas, cuatro gallinas y doce libras de chocolate.
Este rasgo altruista se divulgó en seguida y fue muy elogiado. Nadie discutió la castidad y pulcritud del sentimiento que lo había inspirado; Perea, amparando a Indalecia, socorría a su antigua niñera, no a la pobre barragana a quien los mineros, en procesión escandalosa, iban a visitar los domingos. Además, don Higinio era un hombre casto, metódico, sincero, absolutamente incapaz de burlar a su mujer con ninguna perdida.
El tiempo de una parte y de otra la reacción, muchas veces purificadora, de la maternidad, fueron cambiando radicalmente las costumbres de Indalecia. Loca de amor por aquel hijo concebido en la otoñada de su vida, y queriendo desagraviarle de la oscuridad de su origen, renunció a los hombres y buscó la subsistencia en el trabajo honesto: dedicose a confeccionar calzoncillos y camisas, que luego vendía a los mineros; también les repasaba y limpiaba la ropa. Perea, cuando salía a pescar, la encontró muchas veces lavando a orillas del Guadamil, los ojos puestos en aquel río que se llevó a su marido y a su amante.
—Buenos días, comadre...
Hablaban unos momentos y luego don Higinio, que aún no había ido a París, se alejaba taciturno, humillado, pensando que él, metido en Serranillas, no tendría nunca, como su antigua sirviente, «una historia».
Pasaron muchos años, tantos que el viaje de Perea a Francia empezaba a olvidarse, cuando de súbito el pueblo tembló con la relación del gravísimo lance de la Grande Jatte. Indalecia, que conocía mejor que nadie el pacífico y mollar temperamento de su compadre, no cesaba de asombrarse. ¡Quién lo hubiera pensado! ¡Aquel chiquillo tan bueno, tan dócil, haber tenido coraje para matar a un hombre!... Y la sencilla mujer, que le amaba como a hijo, reía y lloraba, unas veces de orgullo, otras de miedo. Cuando le vio, no pudo abstenerse de reñirle: su exaltación era sincera.
—¡Pero, compadre!... ¿Qué le dio a usted a beber esa italiana de Satanás para que así, con tanta frescura, se jugase usted la vida por ella?...
Don Higinio tuvo un gesto modesto.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Todo el mundo... ¡Los mineros! Pero, ¿usted no lo sabe?... En las minas, desde hace un mes, no hablan de otra cosa.
Prosiguió:
—¿Y si le hubiesen a usted matado? ¿Eh? ¿Y entonces?... ¿Qué hubiera sido de su señora y de sus hijos?... ¡Ah, loco!... ¡Y ya que le he visto chiquito..., así..., que no levantaba un palmo del suelo...; como quien dice, en pañales!... Tampoco se acordó usted de mí en ese momento ni de su ahijado. ¡Buenos son ustedes, los hombres, en cuanto hay de por medio una camisa de mujer!... Y si fuese usted soltero..., ¡bien va!..., haga de su capa un sayo y mátese con quien quiera que nadie le censurará; pero, ¡así..., cargado de obligaciones!... ¡Yo no lo entiendo! ¿Qué voy a decirle? ¡Los hijos, compadre de mi alma, atan mucho... mucho!... Véame usted a mí; ahora, casi de vieja, me he puesto a trabajar; pues todo lo hago para que Gasparito tenga algo que agradecerme el día de mañana...
Luego se puso triste y habló de la conciencia, y hubo en la tosquedad de sus palabras una emoción que, repentinamente, pareció purificar su rostro como una agua lustral: las malas acciones de nuestra juventud nos acosan a lo largo de la vida semejantes a perros rabiosos; los remordimientos son insaciables; sus dientes, que no hacen sangre, se clavan, sin embargo, como alfileres, en el corazón.
—Usted mató a ese hombre porque, de lo contrario, él le hubiese matado a usted, ¿no es así?... Él le buscó a usted, le provocó, le obligó a pelear... ¿Qué iba usted a hacer?... ¡Bueno, no importa!... Su cadáver estará usted viéndolo siempre, y cuantos más años pasen, peor. Usted conoce mi desgracia, compadre, y sabe que hablo por experiencia; pues yo le juro, sobre la cabeza de mi Gasparito, que ni un instante olvido aquel momento en que mi Patricio y Juan Matías se agarraron y cayeron al río. Yo no les empujé, yo no les tiré al agua haciéndoles así, con la mano...; pero sé que se mataron por mí, y eso basta.
A pesar de tan razonables observaciones, don Higinio comprendía que, como todo el pueblo, Indalecia, desde que tuvo conocimiento de su hazaña, le estimaba más; y no precisamente como a persona de su intimidad y particular afecto, según hizo hasta allí, sino como a verdadero hombre de mundo, esforzado, vivido y galán. Sin embargo, delante de Indalecia el inocente Perea hallábase empequeñecido y sin aplomo: su prestigio era robado, carecía de fundamento, reposaba todo él sobre una mentira; mientras el de su comadre tenía por pedestal heroico e inamovible dos cadáveres, ante los cuales desfiló todo el vecindario de Serranillas. Al holandés del hotel de los Alpes nadie le había visto; pero a el Señor y a Juan Matías les trató mucha gente y el pueblo entero conocía los ocultos motivos de odio que mediaban entre ambos. ¡Ah! ¡Si él hubiera sabido que la historia de aquella doble muerte era falsa también! ¡Si hubiese sospechado que Patricio Bengoa y el entibador no se mataron por celos, sino por una jugada de dominó, habría visto que el drama famoso que embelleció la juventud de Indalecia, como la mayor parte de cuantos dolores torturan a la frágil humanidad, era un poco ridículo!...
A los quince años Gasparito llamaba la atención por sus donaires y la majeza y gitanesco garabato de su linda persona. Parecía de bronce. Era delgadito y de mediana estatura, pero vigoroso y muy ágil; no mostraba afición hacia ninguno de los oficios que su padrino quiso darle, pero los toros le robaban el sueño y llevaba siempre trajes ceñidos y los aladares muy peinados y brillantes de aceite. Su madre estaba desesperada, no sabía qué hacer de él. Don Higinio también empezaba a cansarse: le había colocado en su mina con una peseta de jornal y el muchacho vendió las herramientas para ir a ver en Manzanares una novillada; después le dedicó a herrero, y ni por casualidad llegaba puntualmente al taller; le metió de aprendiz en la sastrería de Antolín y sucedió lo mismo. Don Higinio, exasperado, llegó a pegarle, y cuando el chiquillo fue a decírselo a su madre, esta, lejos de atenderle como él esperaba, empezó a decir con grandes voces:
—¡Lo que haga tu padrino, bien hecho está! Había de matarte, ¿oyes?... había de rociarte con petróleo y prenderte fuego, y no sería yo quien le sujetase la mano. ¿Te parece que el hombre, sin obligación ninguna, ha hecho y está haciendo poco por nosotros, desagradecido? ¿No sabes, hampón, que sin él tu madre se hubiera muerto y tú habrías ido en cueros a bautizarte?...
De tal escena y de otras semejantes dedujo Gasparito que don Higinio era su padre, y como este parentesco satisfacía su vanidad, se convenció pronto de ello y empezó a decirlo a unos y otros, aunque dando siempre a sus palabras visos misteriosos de confesión. En otra ocasión, aquella fantasía seguramente no hubiese medrado; pero don Higinio Perea ya llevaba a su espalda una leyenda: un aventurero que como él había corrido Europa seduciendo italianas y matando holandeses, y acaso fuese autor de otros desafueros peores, ¿por qué no tendría un hijo de cualquiera de sus antiguas criadas?... Además, su resuelta protección al muchacho lo indicaba así: algo habría cuando don Higinio, que llevaba sobre su alma tantos recuerdos graves y no era, por lo mismo, hombre capaz de enternecerse fácilmente, no desamparaba a Gasparito. La especie cundió, como el fuego en un pajar, de conciencia en conciencia; las mujeres se persignaban; don Gregorio, Julio Cenén, Arribas, don Cándido, Gutiérrez, todos los amigos del héroe de la Grande Jatte, arqueaban las cejas despavoridos. ¡Canario, con Perea, y qué historias iban descubriéndole!... Cuando a la señora Indalecia la hablaban de esto, la mujer sonreía halagada. Y así fue cómo don Higinio, de repente, por imperativo de la opinión, se vio obligado a aceptar la paternidad de Gasparito.
Al saber doña Emilia esta nueva calaverada de su marido, tuvo un disgusto tan grande como cuando doña Lucía la refirió el drama de la Grande Jatte, con la agravante de que ahora el origen de su pena era prosaico, vulgarísimo y exento de todo airón novelesco. ¡Tener un hijo de una criada!... ¿A quién se le ocurre?... ¡Y de una mujerzuela así, que ni los mineros la querían!... Todo el orgullo burgués de la noble señora protestaba de tan sucia mesalianza. Con los recuerdos su indignación se enardecía: precisamente don Higinio visitaba a Indalecia cuando ella estaba en meses mayores de Carmencita; un embarazo penosísimo, una verdadera enfermedad, que a poco la cuesta la vida. Doña Emilia había encontrado su belicoso carácter de antes y cerraba los puños. ¡El muy granuja! ¡Un hijo de diecisiete años!... ¡Ese era el fruto de las tardes que decía pasaba pescando en el Guadamil!... La esposa veía al adúltero saliendo, hipócrita, de su casa con el paraguas y la sillita de campo debajo del brazo y la caña al hombro, para ir a regodearse con su manceba. Los peces que el miserable traía luego a su hogar, Indalecia, seguramente, los compraba en el mercado. ¡Ah! ¡Cuánto se habrían reído de ella los dos!...
El encuentro de doña Emilia y su marido fue borrascoso: mucho gritaba ella, pero él ni se amilanaba ni cedía en un ápice; a una voz de la improperadora, replicaba el agredido con otra voz; a un ademán colérico, con otro ademán de mayor hostilidad y violencia. Tan alto hablaban que Teresita, a pesar de su sordera, les oía perfectamente.
Desde el primer momento el acusado, con un arrebato que lejos de favorecerle corroboraba el delito que le atribuían, comenzó a negar. ¡Mentira, todo aquello era mentira!... Él no había tocado ni a la fimbria de las enaguas de Indalecia. Lo juraba, lo sostenía por su honor de caballero. Indalecia, a pesar de su baja condición, era para él una especie de hermana. Guardaba una actitud tan intransigente, tan irreductible y de tan furibunda y amedrentadora manera le relucían los ojos, que empavorecida doña Emilia comenzó a desconcertarse. De nuevo volvió a sentir la sugestión trágica que, durante aquellos últimos años, ejercía sobre ella el héroe.
—¡Pero, si lo dice todo el pueblo! —sollozó.
—¡Pues, miente todo el pueblo! —replicó Perea.
—¡Si te han visto entrar en casa de esa mujer!...
—Naturalmente. ¿Y qué? ¿Lo niego acaso?... Pero ya sabes en qué forma: como protector, como padrino de su hijo.
—De vuestro hijo, querrás decir.
—¡Emilia!... ¡No respondo de mí si se me agota la paciencia!...
El campeón de la Grande Jatte cerraba los puños y sus cejas peludas, donde blanqueaban algunas canas, se contraían olímpicas. Estaba magnífico. Añadió:
—Quisiera saber quién te ha contado esa infamia.
—Mucha gente.
—Pero, ¿quién?... Así, con tanta vaguedad, no se responde. Concreta, di... ¡yo necesito un nombre!... ¡Al canalla que fuese iba a costarle el corazón!...
Enardecido por la fanfarria baratera de sus gestos y palabras, don Higinio se acordaba del holandés como si efectivamente le hubiese matado. Doña Emilia tuvo miedo; conocía a su marido; los hombres como él tardan en irritarse, pero ya furiosos llegan al crimen. Entonces bajó los párpados y su llanto empezó a correr ingenuo; estaba arrepentida de haber hablado tanto; es peligroso hostigar a la fiera...
Perea iba y venía por la habitación a descompuestas y sonantes zancadas. De pronto, se detuvo; abrió los brazos:
—No es verdad. ¿Oyes bien?... No es verdad, que Gasparito sea mío. Pero, aunque lo fuese, ¿es motivo suficiente para que te pongas así y de tal modo me pierdas el respeto?... Yo tengo mis ideas; yo soy un hombre moderno, inteligente..., un hombre que ha viajado, y por lo mismo, incapaz de abandonar a un hijo suyo, le hubiera habido de una princesa o de una fregona.
Hablando así el grandísimo farsante cohonestaba la verdad con lo que tanto adulaba su pueril inclinación a ser tenido por hombre de proceloso historial. Él nada había declarado, y, sin embargo, comprendía que aquella última reticencia ahincaba definitivamente en doña Emilia la convicción de que Gasparito era obra suya. Satisfecho de su victoria, agregó amansándose pérfidamente:
—Además, tonta, ¿qué les faltó nunca a nuestros hijos? A Anselmo le tenemos en la mejor casa de huéspedes de Ciudad Real y el año próximo empezará su carrera de Derecho; Joaquinito pronto será bachiller; Carmen ya tiene novio, ¿Eh? ¿Creías que lo ignoraba? Ya ves que no. Le conozco: Ismael Cañeja: no parece mala persona. ¡Bobina!... Yo sé muchas cosas, pero aparento no saberlas porque a las mujeres, para entretenerlas mejor, conviene engañarlas siempre un poquito... Entonces, si el porvenir de los muchachos está asegurado..., ¿de qué te quejas?...
Calló comprendiendo que el silencio le ayudaba a triunfar. Inclinose luego sobre su mujer, que permanecía sentada, y la besó en los cabellos tiernamente. Aquellos cabellos que él conoció negros y el tiempo artero poco a poco iba espolvoreando de ceniza. Engañándose a sí mismo, pensó: «Verdaderamente la he hecho sufrir mucho»... Y su emoción fue tan sincera que se le aguaron los ojos. Ella, la inocente, le echó al cuello los brazos, y balbuciente:
—Yo sé..., yo sé..., ¡no te enfades!..., yo sé..., que Gasparito es hijo tuyo... Bueno, no hablemos más de eso; te lo perdono. Pero... ¡júrame que no has tenido más hijos de otras mujeres!...
Perea, desconcertado por tanta indulgencia y tanto candor, inició un ademán ambiguo.
—¡Júramelo! —repitió doña Emilia—. Quiero oírlo todo, lo bueno y lo malo, pero de tus labios; diciéndomelo tú, nada me hace daño. ¡Hablas tan bien!...
Su enamorado acento era apremiante, convulsivo; y como don Higinio, detenido por unas migajas de honradez, vacilase:
—¿Es que hay otra historia? —gritó.
Iba a llorar: el héroe comprendió que era indispensable volver a mentir.
—No —dijo pausado—, no hay más historias.
—¿No tienes otros hijos?
—No.
—¿Me lo juras?
—Te lo juro, Emilia; te lo juro.
Ella respiró consolada. Perea la dio muchos besos y salió a la calle. Camino del Casino, iba pensando:
«¿Hasta dónde me llevará la opinión ajena?...».