X
Como otros años, a mediados de mayo hubo feria en Serranillas. El carácter minero de la población, la tolerancia que las autoridades interesadamente dispensaban al juego, los excelentes ejemplares de caballos, carneros moruecos y de toros que allí se mercaban, y el fuerte número de forasteros que estas y otras causas atraían, habían hecho de aquella fiesta una de las más ricas y frecuentadas de la región.
Ya dos días antes de empezar el holgorio comenzó a notarse en la estación del ferrocarril desusado barullo; los trenes llegaban abarrotados de feriantes, y sobre el pequeño andén unos momentos las mantas, las alforjas, los botijos, los colchones, los baúles forrados de hojalata y otros líos, maletas y rebujos de diversos colorines y trazas, componían barricadas pintorescas. Los vendedores más importantes llegaban en carros o sobre mulos. A los ganados se les veía avanzar bajo nubes doradas de polvo por los numerosos caminos de herradura que, faldeando la sierra abrupta, descendían ondulantes hacia el valle, donde humeaban las chimeneas de las minas; y todo componía un jubiloso estrépito de colorines estridentes y de voces, de gruñidos, de bramidos, de relinchos, de agrios, inacabables y flexuosos lamentos de ruedas mal engrasadas, chasquear de látigos, acelerado tintinear de colleras, todo revuelto, chorreando vida y subiendo al cielo en la paz rústica, soleada y azul de la naturaleza primaveral. El viernes, durante la noche, hubo en el paseo un atabaleo de martillos que mantuvo a la chiquillería del lugar nerviosa y despierta hasta muy tarde: eran los trajinantes, vendedores y titiriteros que levantaban sus barracas de lona y tablas. Por toda aquella parte, el pueblo parecía un campamento; en el misterio nocturno, a la luz remisa de los faroles, cuadrillas silenciosas y diligentes de mujeres y hombres, trabajaban afanosamente cavando hoyos, plantando horcones, aderezando con pasmosa destreza anaquelerías y mostradores que luego aislaban entre fantásticos tabiques de trapo; y de las grandes arcas donde los bujeros llevan sus mercancías, las falsas joyas y los juguetes salían a millares.
La feria presentaba aquel año extraordinaria animación. En el Casino, y con unánime y fervoroso beneplácito de sus socios, fueron recibidos varios profesionales del juego, individuos corteses, bien vestidos y de manos muy alhajadas, y hubo partidas de baccarat hasta el amanecer. Las peripecias del azar removieron los ánimos. Se hablaba de los dos novillos que el domingo serían lidiados y estoqueados por unos acróbatas italianos, y de que Pedro Ramírez, director de la Banda municipal, había ensayado minuciosamente a sus músicos para lucirse en la Glorieta. También se dijo que Julio Cenén y dos amigos suyos estuvieron cenando en la taberna de Tocinico con las tonadilleras de una barraca.
Al otro día, sábado, después de almorzar y recibir las cuentas de sus capataces, don Higinio Perea se aseó cuidadosamente, vistiose un traje nuevecito de lanilla azul, y con el blando sombrero de fieltro gris ligeramente caído sobre la oreja izquierda se presentó en el comedor. Doña Emilia y su hija, sentadas en sillas bajas, cosían ante un gran cuévano lleno de ropa limpia. De una ojeada registró la esposa todos los perfiles y detalles de la pequeña, redonda y saludable figura de su marido: el hirsuto bigote untado de brillantina, irguiéndose en la satisfacción rosada y carnosa del rostro; la corbata roja con lunares negros, los zapatos de cuero amarillo, los pantalones doblados sobre la cursilería de los calcetines de hilo violeta. Con tantos colorines parecía don Higinio una puesta de sol.
—¡Mira —exclamó la buena señora dirigiéndose a Carmen—, qué majo ha sabido ponerse tu padre!...
Luego, con el aire indulgente y cansado de la mujer que necesitó perdonar muchas veces:
—¡Bien dice el refrán: quien malas mañas tiene...!
Perea sonrió orondo de parecer todavía, a pesar de sus cuarenta y ocho años, joven y buen mozo. Doña Emilia, más enamorada de él que nunca, le miraba embelesada, asombrándose de cómo un hombre que llevaba una bala dentro estuviese tan fuerte. Don Higinio preguntó por Ismael Cañeja, el novio de Carmen: era un buen muchacho, rico y dócil, que acababa de abrir en Serranillas su bufete de abogado. Ismael no había llegado aún.
—Estamos esperándole —dijo Carmen.
Don Higinio se alegró, porque así le dejaban libre.
—Yo pensaba ir a la feria; ¿queréis acompañarme?
—Nosotras —repuso doña Emilia— iremos más tarde; si supiésemos dónde encontrarte a las seis o las siete..., por ejemplo...
—A esa hora —contestó Perea— os aguardo en la feria; ya sabéis, en la caseta del Casino. ¡Hasta luego!...
Desde su casa se encaminó a la Plaza de Toros. Aquella pueril afición a los payasos y los acróbatas le avergonzaba un poco; pero él era así y no podía envejecer sus gustos, a pesar de sus viajes, de sus fingidas tristezas de ciudadano cosmopolita y de aquellos terribles ajenjos que sin ganas solía beber en el Casino. Al acercarse al despacho de billetes, don Cándido le detuvo.
—Tengo un palco —exclamó riendo—; luego vendrá don Jerónimo Arribas con su familia. Acompáñenos usted.
La sana sencillez con que el boticario hablaba de lo que iban a divertirse alivió de su empacho a don Higinio. Declaró, sin embargo, que todo aquello le aburría; pero como en los pueblos, cuando llega un día festivo, no hay donde meterse... El farmacéutico, para consolarle, le adelantó algunas noticias: los toritos eran murcianos; él pudo verlos la víspera y le parecieron bravos y de mucho poder; el clown encargado de estoquearlos había dicho que si en la muerte de cada res tardaba más de quince minutos regalaría veinticinco pesetas al Hospital.
—Le aseguro a usted —repetía don Cándido—, que vamos a divertirnos: estas mojigangas me desternillan de risa.
La plaza era de madera, y tanto el redondel como el callejón, cubiertos estaban de hierba menuda. En medio de la arena, pendiente de una armazón metálica asegurada por hilos de acero y bruñida por el sol, había un trapecio. La multitud se apiñaba en las gradas, voceadora y riente. Sonaban gritos, pregones, insultos fieros. La tarde era alegre, luminosa, tibia. A lo lejos, dorados por el incendio vesperal, ondulaban los montes que cerraban el pétreo horizonte de Serranillas, y las figuras de los mozos, casi todos con chaleco negro y en mangas de camisa, ocupadores de la fila última y más alta del tendido, perfilábanse limpiamente sobre aquel gran fondo amarillento y azul.
A las cuatro y media comenzó la mojiganga, en la que para cumplido recreo y satisfacción de los más exigentes hubo de todo: farsas bufas, perros sabios, equilibristas, juegos malabares y ejercicios de fuerza. Pero lo que mayor alegría produjo fue la lidia de los dos novillos, que el payaso italiano, tras muchos sustos, caídas y grimosas congojas, logró matar antes del plazo de quince minutos que él mismo se impuso, por cuanto salvó las veinticinco pesetas de su apuesta y fue aclamado y sacado del redondel en hombros.
Eran las seis. Arribas se había marchado con su familia, y don Higinio y el boticario se hallaron un poco desconcertados ante la aburrida longitud y vacuidad de la tarde; el espectáculo había concluido demasiado pronto; todavía, para la hora de cenar, faltaba mucho tiempo.
Caminaron hacia la Glorieta, donde los músicos de la Banda municipal, dirigidos por la vehemente batuta del maestro Ramírez, preludiaban un inspirado momento sentimental. Don Cándido, que no diferenciaba un vals de un pasodoble, preguntó:
—¿Qué tocan ahora?
Perea tampoco lo sabía; tenía un oído detestable y una educación musical tan precaria que no diferenciaba a Wagner de Lehar.
—No sé, no recuerdo...; pero debe de ser alemán.
Dieron algunas vueltas por la Glorieta, girando pausadamente alrededor del quiosco donde el maestro Ramírez, la cara roja, sudada y reluciente y los brazos en alto, se cubría de laureles. El gentío era enorme; apenas podían andar; del suelo arenoso el trajín de tantos pies arrancaba un polvillo que manchaba las ropas y enardecía las fauces. Dentro de sus trajes domingueros, mujeres y hombres iban graves, rígidos, como envarados por la preocupación de ver y ser vistos. Pasó Diego, solo, vestido de gris, las manos en los bolsillos del pantalón, el caminar descuidado de quien se aburre y no tiene qué hacer, y un palillo de dientes prendido en la cinta del sombrero.
—Buenas tardes, don Higinio, y la compañía.
—Adiós, Dieguito.
—¿Es el sobrino de Arribas? —preguntó don Cándido.
—El mismo.
—Me había parecido. No le trato; no me gusta.
—El pobre no sé cómo tiene humor de salir a la calle. Una vez me contó sus penas. Él juega; bueno... Pues nada más que por eso, porque se jugó tres o cuatro veces el sueldo que le daban en el Ayuntamiento, le dejaron cesante y su mujer le abandonó y se volvió con su padre.
—Algo me habían contado.
—Además, su suegro le ha quitado los hijos.
El boticario, tan bueno, tan fácil al enternecimiento, tuvo, sin embargo, en aquella ocasión, por obra quizás de la opinión colectiva, un arranque cruel.
—No conozco a su mujer —exclamó—; pero estoy cierto de que ha procedido muy discretamente volviéndose de nuevo con su padre. Ese Diego, según dicen, es un pillete y un tonto, ¿y usted sabe, amigo Perea, cuán horrible será vivir con un tipo así?...
Pasó Gutiérrez.
—Adiós, señores.
—Buenas tardes. Adiós, señoritas.
Al jefe de Correos acompañaban sus hijas Águeda y Marina.
—Parece —insinuó malévolamente don Higinio— que a la niña de Gutiérrez no ha vuelto a reproducírsele el tumor.
—No era posible.
—Ya; ¿la operaron bien?
—Perfectamente; la cura fue radical: al novio... ya sabe usted quién digo: don Mariano, el de la herrería...; pues, nada: se marchó a León y no ha vuelto...
Los dos hombres rieron, apoyándose mutuamente el uno en el brazo del otro. Aquel torpe donaire no les producía malestar; ¿por qué, si lo decía todo el mundo?...
Caminaban lentamente, sofocados por el gentío y el polvo. A derecha e izquierda las barracas alzaban sus frontis de trapo: había tiros al blanco, acróbatas, boxeadores, fieras domadas, un gigante, un enano, un indio que comía carne cruda, un luchador australiano que regalaba diez duros a quien le venciese, una mujer con cabeza de lobo, una exposición de figuras de cera, puestos de avellanas, nueces, turrón, arrope y otras golosinas, y todo se anunciaba con estentóreas voces y zambra fragorosa de tambores, platillos y cornetas. Los «tío-vivos», alegrados por la canallesca algarabía de los pianillos de manubrio, giraban veloces, desplegando al aire la policromía de sus banderitas y bambalinas; los columpios, llenos de muchachas que reían a la luz opalina del crepúsculo, mecíanse isócronos en el espacio límpido; delante de los pequeños bazares, bajo los toldos extendidos ante ellos como viseras, la multitud se apiñaba curiosa; todos buscaban algo: las mujeres, un dije; los mozos, una cartera o una navaja; los niños, un juguete. Allí se mascaba el polvo y el calor era más fuerte. En pie, tras el prestigio de sus mostradores, los mercaderes animaban al público a comprar. La rústica muchedumbre se detenía, dócil y curiosa, cautivada por el brillo de las botonaduras, de las peinetas, de las sortijas, alfileres y pendientes de similor distribuidos en cajitas de cartón blanco, y los chiquillos miraban asombrados, las cabezas echadas atrás, los montones de sables y fusiles de hojalata, látigos, cornetas, carricoches de cartón y muñecos de celuloide colgados del techo de los bazares como racimos de maravilla.
Lo que más interesaba al boticario era la abundancia de caras nuevas. Esto le envanecía.
—Serranillas —dijo— no tardará en ser una gran población; repare usted en su influjo sobre los pueblos cercanos: hoy, la mitad de las muchachas de Almodóvar y de Argamasilla, están aquí.
Don Higinio notó que muchas mujeres le miraban; don Cándido lo advirtió también.
—Le comen a usted con los ojos.
El héroe de la Grande Jatte sonrió; don Cándido prosiguió bromeando:
—¿Qué lleva usted hoy encima de su persona?... ¿Será el sombrero? ¿Será la corbata?...
Perea adoptó el aire reflexivo y disgustado del hombre a quien molesta la popularidad.
—Es —repuso bajando la voz— que conocen mi historia de París: las mujeres se mueren por lo raro.
Volvieron a cruzarse con Dieguito, con Gutiérrez y sus hijas, y con la familia del notario. También saludaron a Julio Cenén y su mujer, y a lo lejos, por detrás de las casetas, como huyendo del bullicio, vieron pasar la silueta bondadosa y anciana de don Tomás Murillo.
—¿Quiere usted ver una buena moza? —propuso don Cándido.
Don Higinio se sobresaltó un poco.
—¿Dónde?...
—Aquí, cerca de la Glorieta. Volvamos hacia atrás: es de Valladolid; tiene un puesto de abanicos. Que yo sepa, nada malo dicen de ella todavía, pero parece así... muy alegre... Eso, usted que conoce a las hembras, lo juzgará mejor que yo.
Perea, aunque sin ganas, se dejó llevar. Cuando ya llegaban vieron a doña Emilia con Teresita, Carmen y su novio. Todos se saludaron sin detenerse.
—Hasta luego, Ismael.
—Hasta después...
La abaniquera de Valladolid vestía de luto: era una mocetona alta y gruesa, pelinegra, con las mejillas muy pálidas y la nariz larga, aguileña, dominadora entre la expresión impertinente de dos ojos vivaces, redondos y muy juntos. Se hallaba en pie detrás del mostrador, forrado de yute rojo, de su caseta; inmóvil sobre el fondo que ponía a su figura la anaquelería repleta de cajas de abanicos.
—¿Pero usted ha hablado con ella otra vez? —susurró don Higinio.
—Yo, nunca.
—Entonces no debemos acercarnos, sería ridículo.
—¿Ridículo? ¿Por qué?... ¡Vamos, tiene usted unos miramientos! ¿Y usted ha viajado?... ¡Bah! Usted no sabe tratar a esta gente.
Se adelantó un poco turbado, sin embargo:
—¡Bien por las caras bonitas! Si yo no fuese tan viejo, vendía la botica y me marchaba por esos mundos con usted a vender abanicos.
No obstante lo manido y ramplón del requiebro, la muchacha sonrió, agradeciendo a don Cándido sus rendidos propósitos. Demostró apreciarle; sabía que la farmacia era suya; también conocía a doña Benita, con quien estuvo hablando una tarde. El boticario sentía apaciguarse por instantes el fuego de sus amorosas baterías y lo desairado de la conversación emprendida. Por decir algo exclamó, echando sobre Perea todas las responsabilidades de la entrevista.
—Pues... yo deseaba presentarle este amigo, que se ha enamorado de usted.
La indiscreción de don Cándido revolvió las bilis de don Higinio, que se puso encendido como un rábano. La abaniquera de Valladolid se echó a reír.
—Este señor don Cándido, a pesar de sus añitos, es un revoltoso.
El boticario prosiguió muy animado:
—¿Usted no ha oído hablar de don Higinio Perea?
—¿Que es dueño de una mina?
—Ese. Pues aquí le tenemos. Donde usted le ve, hecho un taco, conoce París y ha tenido con las mujeres mucha fortuna.
Volviéndose hacia Perea, añadió:
—Pero, hombre..., ¿va usted a ponerse por eso colorado?...
La abaniquera de Valladolid miró a don Higinio con la atención que inspira el individuo de quien se sabe una grave historia. Perea, sobrecogido, sin saber qué hacer ni qué decir para recobrarse, replicó:
—Casualmente traigo aquí el retrato de una de ellas.
—¿Qué retrato?
—El de la italiana del hotel de los Alpes.
Aludía a un antiguo retrato que compró en París por un franco, y aquella mañana encontró registrando un legajo de olvidados papeles. Para darle valor histórico, la facundia embustera y tracista de don Higinio había discurrido dedicárselo con letra fingida, y luego raspar la dedicatoria cuidadosamente, pero no tanto que el nombre de Leopoldina no fuese bien legible.
—Me lo eché al bolsillo precisamente para enseñárselo a usted. Véanlo...
Era la fotografía de una mujer hermosa y medio desnuda, envuelta en un abrigo de pieles.
Don Cándido y la abaniquera de Valladolid miraron ávidamente el retrato que Perea les mostraba con cierto disimulo para no llamar la atención de los curiosos. Ambos reconocieron el buen gusto de don Higinio. Ella preguntó:
—¿Esta señora era del teatro?
—No...
Se ponía melancólico y un hondo suspiro le subió a la garganta. La joven agregó curiosa:
—Aquí decía algo: ¿la dedicatoria, verdad?... ¿Quién la borró? ¿Usted?... ¿Y por qué?... ¿Era escandalosa?...
—No, hija mía; no es que fuese escandalosa; es... que constituía una imprudencia. Tratándose de una mujer casada...
Gravemente, con la cara triste de quien acaba de lastimarse el alma contra un mal recuerdo, don Higinio guardó el retrato. Entonces la abaniquera de Valladolid interpeló a don Cándido:
—¿Ve usted? ¿Cómo quiere usted que este caballero, que ha conocido mujeres tan hermosas, se enamore de mí? Lo que el señor Perea querrá es comprarme un abanico.
Don Higinio, siempre cortés, accedió y pagó doce pesetas por un abanico que apenas valdría ocho o nueve reales. Con esta generosidad de gran señor se despidió de la muchacha. Al boticario le indignaba aquel dispendio inútil. Perea sonreía satisfecho de que su largueza hubiese enmendado su falta de desparpajo y conversación. Dijo:
—Con las mujeres, para rendirlas pronto, hay que empezar así.
Regresaron a la Glorieta y subieron los cuatro peldaños que daban acceso a la caseta del Casino: era una amplísima azotea de asfalto donde se servían café y refrescos; una barandilla la circundaba y hallábase cubierta por una lona afianzada sobre altos pilares de hierro. Don Higinio y don Cándido se instalaron en un velador inmediato al paseo. Desde allí saludaron a varios amigos. El boticario pidió una cerveza, Perea un ajenjo, y ambos se desabotonaron los chalecos para mayor comodidad y holgura. También se quitaron los sombreros, y con toda parsimonia secáronse el sudor que les mojaba la frente y el cogote. Abajo, la multitud circulaba lentamente o se detenía ante los baratillos; en los árboles, cuyos tallos más altos doraban aún las llamaradas postrimeras del crepúsculo, suspiraba la brisa; los músicos de la Banda municipal se habían marchado y el silencio que dejaron tras sí añadió al ambiente vesperal una sensación de frescura.
Rompiendo por entre la multitud, un vendedor de globos se acercaba: era un hombrecillo pequeño, vestido de pana, con el chaleco abierto sobre el orondo declive de la panza. Un enjambre de chiquillos le precedía, le rodeaba, mirándole de hito en hito, como a un ídolo; cuando el mercader se detenía, el menudo batallón le imitaba y sus rostros, renegridos por la intemperie y el sol, ardían de deseo. Aquellos globitos chillones, pintureros, tan pronto hinchados y codiciosos de libertad, como propensos a amustiarse, eran un admirable símbolo de la psicología infantil. Viéndolos don Higinio, de pronto se quedó triste y empezó a suspirar. Su melancolía sorprendió al boticario:
—¿Qué le sucede a usted?
—¡Psch... nada!...
Mentía; recordaba sus años niños, sus años buenos. ¡Los globos!... ¿Quién, de muchacho o de joven, no ha llevado dentro del alma un juguete igual?...
El vendedor iba acercándose. Inesperadamente el cordelillo con que sujetaba su liviana mercancía se rompió y los globos, atados unos a otros, se remontaron en brusco tropel: una bandada de raros pájaros parecían, y su áspera policromía clavaba sobre el fondo apacible y uniforme del cielo el júbilo chillón de un cartel. La muchedumbre, sorprendida, lanzó un grito; luego hubo risas y centenares de brazos señalaron al espacio. ¡Un espectáculo nuevo! La gente reía adivinando que el desdichado vendedor de globos debía de sentir ganas de llorar. Es lo humano: lo que fue lágrima en un individuo, después, al reflejarse sobre la conciencia social, se transmuta en risa.
Pero el viento había impelido al manojo de globos contra los árboles del paseo, y los fugitivos empezaron a tropezar, cual si unas ramas los despidiesen y otras los atrapasen; ellos, sin embargo, aunque entre golpes, seguían subiendo hasta que el cordelito que llevaban colgante a la zaga se enredó a uno de los tallos más altos. Entonces se detuvieron. El público prorrumpió en un largo «¡oh!...» admirativo. Vistos así, componían un airoso penacho, una especie de colosal y disparatado racimo que el sol moribundo teñía de rojo, de verde, de naranja, de violeta, de añil...
Su dueño, el hombrecillo del traje de pana, pateaba y se mesaba los cabellos. ¿Cómo recobrarlos? Su dolor era trágico y bufo; viéndole tan infeliz, tan mezquino, la multitud sentía indistintamente ganas de insultarle o de darle un abrazo. El pobre hombre miraba a sus queridos globos; comprendía que de no alcanzarlos en seguida, quedarían inservibles, sin barniz, lamentablemente desinflados bajo el rocío nocturno. De pronto echó a correr: recordaba que en el Ayuntamiento había una escalera muy larga e iba por ella. Sobre la muchedumbre rodó un murmullo de hilaridad; los espectadores se imaginaban cuán cómica sería la figura del vendedor cuando reapareciese pequeñín, sudoroso, jadeante, bajo el peso de la escalera.
Parados al pie del árbol, los chiquillos observaban ávidamente los globos que el viento balanceaba allá arriba, en la luz, como un airón. ¡Si pudieran cogerlos antes de que su dueño volviese!... La gente les azuzaba, complaciéndose en aquella mala obra. Los muchachos titubeaban. Varios intentaron subir, mas no pudieron; el tronco era demasiado grueso. Súbitamente uno de ellos, más vigoroso o más resuelto, acometió la aventura; favorecido por sus compañeros, consiguió gatear hasta izarse sobre la primera bifurcación, y ya allí, de unas ramas en otras, continuó trepando.
Don Higinio, que no le quitaba ojo, se había puesto en pie, nervioso y asustado.
—Va a caerse —murmuraba— y nos dará un disgusto.
Don Cándido, muy inquieto también, afirmó:
—Me parece que sí...
En el público, que opinaba lo mismo, acababa de producirse un silencio imponente. Todos miraban. Cerca de la copa, las ramas delgadas ofrecían escasa seguridad; el muchacho lo comprendió y empezó a vacilar; tenía miedo. Pero ya no podía retroceder; su ambición de una parte, de otra el elogio de la muchedumbre, le obligaban a seguir. Aún adelantó algunos metros. Por fin logró alcanzar el cordel que pendía de los globos, y estos se estremecieron como si defendiesen su libertad. El entusiasmo del público, impresionable y desocupado, reventó en un aplauso.
De pronto surgió la tragedia. El muchacho, que iba descolgándose con destreza felina de rama en rama, hizo un mal movimiento y cayó al pie del árbol, lívido, inerte, la cabeza bañada en sangre, mientras los globos, independizados unos de otros, volaban desgranando por el infinito añil la carcajada de sus colorines.
Unos guardias se llevaron al herido, quien, a pesar del agua con que le rociaron la cara, no recobraba el conocimiento. Don Cándido, muy inquieto, repetía:
—Pero, ¿ha visto usted qué chiquillos estos? ¿Ha visto usted?...
Perea, serenado el susto del primer momento, cayó en un silencio de reflexión y nostalgia. La opinión ajena, el elogio desprendido como aroma fatal de aquella multitud que llenaba el paseo, fue lo que hirió al muchacho; el chiquillo se expuso a morir por quedar bien, por la misma razón que una tarde Luisa Soucy, la camarera del hotel de los Alpes, ante el pequeño público que iba a juzgarla, arriesgó su vida. Y él sosteniendo un año y otro tercamente la farsa vanidosa de su heroísmo, ¿no era también una víctima de la opinión?... Volvió a suspirar y se quedó triste, muy triste, como nunca lo estuvo: la melancolía es el gesto donde cristaliza la experiencia de las vidas largas y la suya empezaba a serlo. En aquel oscuro drama pueblerino, en aquel niño que se mata y en aquellos globos que huyen, don Higinio veía repetirse el calvario de todos los conquistadores, de todos los fundadores de religiones, de cuantos grandes hombres, sabios o artistas, sucumbieron por el Ideal inaccesible, eternamente suspendido en lo azul...
Realmente, el héroe de la Grande Jatte se hallaba en un instante de depresión; además, sabía que su apesaramiento y su copa de ajenjo rimaban muy bien. Hasta que las voces de doña Lucía y su marido le trajeron a la realidad.
—Vengo de su casa —dijo el médico a don Cándido.
—¿Se ha enterado usted de lo sucedido aquí hace unos momentos?
—¿El muchacho que se cayó de un árbol? Precisamente. Le llevaron a la botica de usted y allí le hice la primera cura. Es hijo de un pobre vecino del Matadero. Tres puntos he tenido que darle.
Doña Lucía preguntó a Perea por su familia, y al saber que doña Emilia y Carmen no tardarían decidió esperarlas. Los señores de Hernández se sentaron. Ella pidió cerveza y patatas fritas y su marido coñac; cortésmente don Cándido les acompañó con otro bock y don Higinio con un segundo ajenjo. Don Gregorio reprendió a Perea su culto al horrible brebaje que extenúa a Francia. Doña Lucía también le afeó su afición a las bebidas fuertes: el ajenjo es un veneno; su marido lo decía muchas veces. Don Higinio tuvo un movimiento desdeñoso de hombros; deliraba por el ajenjo; ¡la costumbre!...; era un vicio que adquirió en París y al cual no podía sobreponerse. Ella dardeó sobre el héroe una ojeada indefinible.
—¡Pobre Emilia!... ¡No quiero pensar cuánto habrá sufrido con un hombre como usted!...
Don Higinio miró a la mujer del médico y, por segunda vez, la adivinó muy cerca de sí. Estaba hermosa, con las redondeces opulentas de sus cuarenta años, su blusa blanca de seda y su semblante arrebolado por la opresión del corsé. Una cinta de terciopelo aniñaba la expresión matronil de su cabeza de cabellos negros, graciosamente recogidos sobre las sienes. La luz desfallecida del crepúsculo daba a su garganta suavidades tibias y exquisitas.
Hernández advirtió la tristeza de don Higinio.
—¿Qué le sucede a usted?
—Yo también lo había notado —confirmó su mujer—. ¿En qué piensa usted, amigo Perea? ¡Qué cara!... ¡Diríase que están presentándole a usted una factura!...
Don Higinio rio y trató de explicar su actitud. La caída del chiquillo le había impresionado; no porque la sangre le marease... ¡Quia!... ¡Al contrario!... La sangre le animaba, le exaltaba, producíale una especie de reacción belicosa; pero se trataba de un niño..., el herido era un niño, un ser débil... y esto le apenaba. ¡Oh! Si en vez de ser un muchacho hubiera sido un hombre... ¡Bah, entonces, nada! ¡Tan tranquilo!... Doña Lucía escuchábale enternecida, pasmada de que pudiera ser a la vez tan valiente y tan bueno.
Don Cándido, que con el segundo bock se había despabilado el carácter, juzgó oportuno y gracioso dar de la melancolía de don Higinio otra explicación.
—Yo creo —dijo bajando la voz— que lo que trae alicaído a nuestro buen amigo es una mujer, o más exactamente, el recuerdo de una mujer.
—¿De cuál? —preguntó doña Lucía.
Perea fingió turbarse y miró al suelo: en realidad estaba encantado de la simplicidad del boticario. Este reía, se frotaba las manos.
—Él lo dirá; hasta puede enseñarles el retrato; lo lleva encima...
Llenos de emoción, los señores de Hernández arrastraron sus sillas acercándose a Perea cuanto permitía la mesa. Entonces don Higinio, para hablar, adoptó un aire grave: don Cándido, que no cesaba de reír, era un solemne indiscreto, un niño grande; a él no le gustaba remover ciertos recuerdos; pero, en fin..., ¡como ellos lo sabían todo!...
Curiosa, con una curiosidad agresiva en la que acaso hubiese un poco de celos, la señora de Hernández exclamó:
—Pero, ¿tiene usted otra querida?
—No, hija mía.
—¿Entonces, qué?... Explíquese. Porque usted es terrible.
—No; un poco de calma. El retrato que traigo aquí es... ya pueden ustedes figurárselo...
—¿Nosotros?... Sí, sí... ¡Cualquiera adivina! ¡Como si no le conociésemos!...
—Lucía, por Dios...
—¡Habrá usted tenido tantas trapisondas!
Don Higinio sonreía ufano y modesto, al mismo tiempo que reventaba de orgullo. Nunca había disfrutado tanto. El seno duro y voluminoso de la mujer del médico le rozaba un brazo y parecía quemárselo; oía gemir tenuemente las ballenas del corsé de su amiga; doña Lucía olía a salud y se perfumaba con trébol. Don Higinio sintió un ligero y delicioso desvanecimiento. ¡Requerido, mimado!... No se hubiera cambiado por un rey.
—Pero todas las aventurillas que yo haya podido correr —dijo— fueron lances de poco momento y sustancia. Ahora se trata de algo muy antiguo, pero inolvidable para mí.
Su rostro tornó a ensombrecerse y miró al boticario.
—El retrato a que este simpático indiscreto se refiere es el de Leopoldina.
—¿La italiana del hotel de los Alpes? —interrogó don Gregorio.
—La misma.
—¡Caramba, celebro conocerla!...
—Dicho retrato lo escondí tan bien al salir de París que durante varios años estuvo perdido. Además, nunca puse verdadero empeño en hallarlo. ¡Ustedes lo comprenden! No quería que la pobre Emilia lo viese. Estaba cierto de poseerlo y eso me bastaba. Hasta que hoy, registrando unos periódicos de aquella época, lo encontré. ¡Tuve una alegría!... Y entonces, sin saber cómo..., acaso para llevarlo cerca de mí durante algunas horas, me lo eché en el bolsillo. Es este...
Sacó la fotografía, un tanto empalidecida por los años, de aquella hermosura cortesana, impúdica y espléndida, medio desnuda bajo la suave piel del abrigo donde tuvo la coquetería de envolverse. Don Higinio observó astutamente:
—He borrado la dedicatoria...
Los ojos de doña Lucía brillaron de curiosidad, de desdén, de odio, de envidia, de celos. No se cansaba de mirar el retrato y, sin embargo, de buena gana lo hubiera hecho trizas.
El médico declaró rudamente:
—¡Buena mujer!...
Había visto que tenía el pecho fuerte y las caderas vigorosas, y no necesitaba más su devoción para rendirse. Doña Lucía, sin cesar de mirar el retrato, murmuraba:
—Los pies un poco grandes, quizás... La boca es bonita... Los ojos son hermosos; pero los encuentro demasiado juntos...
Examinó con minuciosidad hostil la línea impecable de aquella pierna que la inspiración gaitera del fotógrafo dejó desnuda; la armonía mórbida de los brazos y de los hombros; la gracia de los cabellos cortos, ensortijados, infantiles; la perversidad risotera de los labios entreabiertos sobre el júbilo de los dientes níveos y menudos. Realmente era una de esas bellezas artistas, teatrales y decorativas, que labran, con su impudicia atrayente, la desesperación de las señoras casadas.
—¿La quiso usted mucho? —preguntó.
Don Higinio tomó el retrato que su amiga le devolvía displicente, miró al suelo y se mordió los labios. No contestó, y jamás hubiera podido responder con mayor elocuencia: aquel silencio era una afirmación, un sollozo, toda su historia mojada en una lágrima...
—Pues, yo, francamente —agregó la señora de Hernández—, jamás me hubiese enamorado de ninguna mujer capaz de retratarse así.
El amante de Leopoldina creyose obligado a decir algo:
—Ya sabe usted, Lucía, cómo son las extranjeras; París no es Serranillas...
Su ademán fue parco, triste, noble, caballeresco. ¡Bien se echaba de ver que la había amado!... ¿Y, cómo dudarlo, cuando arriesgó por ella la vida?...
—Mis palabras no han querido ofenderla —declaró apresuradamente doña Lucía—; ya sé que ha muerto y más de una misa, sépalo usted ahora, he oído en alivio de su alma; eso no impide que me haya parecido y me siga pareciendo una titiritera.
Hernández y el boticario, que se habían puesto a charlar aparte, se levantaron a dar una vuelta por el paseo. Doña Lucía no quiso acompañarles; esperaba a doña Emilia, que ya no podía tardar.
—Entonces —repuso el médico—, si no vuelvo por aquí antes de media hora, vete a casa.
Don Cándido llamó al camarero y pagó el gasto de todos.
—Hasta después...
Doña Lucía y Perea quedaron solos ante el velador, donde el misterio verde del ajenjo que don Higinio aún no había podido beber, parecía observarles como una pupila sabática. Acababan de encender los faroles y aquellas luces dispersas, rutilando aquí y allá, bajo la fronda, añadían a la escena un pique novelesco. La señora de Hernández bebió un sorbo de agua; su corazón latía con desconocida violencia; estaba roja, se ahogaba de calor. En cambio, sus manos y sus pies estaban yertos. Tras un breve silencio.
—Dígame usted —murmuró—, ¿cómo era esa mujer? Se llamaba Leopoldina, ¿verdad?
—Sí, Leopoldina.
—¿Y la quiso usted mucho?... Séame franco; ya sabe que he rezado por ella..., y lo hice porque, salvando su alma, imagino que beneficio la de usted...
—Lucía..., amiga querida...
La oprimió ardorosamente una mano bajo el mármol del velador. Ella vibró: de pronto apagose el incendio de sus mejillas; se quedó lívida, espectral.
—Sí, soy su amiga..., una buena amiga..., una hermana de muchos años... que le quiere tanto como su misma esposa puede quererle... ¡Acaso más!...
Su voz se enturbiaba; aguáronse sus pupilas; iba a llorar... Afortunadamente pudo contenerse.
—Dígamelo usted todo...
—Pero, Lucía..., ¿a qué viene esto? ¿Qué quiere usted de mí?...
—Todo; necesito conocer su historia detalladamente. ¡Será tan interesante! Usted es un hombre extraordinario. Cuénteme su drama de París. He soñado con él muchas veces. ¡Hable, hable, por Dios, antes de que vengan a interrumpirnos!... ¿Cómo mató usted al holandés? ¿No era holandés el marido de la italiana del hotel de los Alpes?...
—Sí, holandés: ¡el pobre míster Ruch!...
Charlaron lentamente, sabrosamente, acercando un poco las cabezas, mientras, por discreción, miraban a la muchedumbre. Él, entretanto, buscaba furtivamente con sus rodillas las de su amiga, y ella dejábase estrechar, lánguida, absorta y sin defensa. Perea, entusiasmado, arreció su elocuencia: describió el Sena, la isla de la Grande Jatte, el misterio pavoroso de la barca donde iban él y su enemigo, deslizándose quedamente bajo la niebla, y luego el tiro, la lucha bárbara...
La señora de Hernández oprimió febrilmente las manos del héroe.
—¿Y no siente usted nunca remordimientos?
—Algunas veces.
—¿De noche, verdad?...
Perea se asombró:
—¿Cómo lo sabe usted?
—Por Emilia. ¡Tiene conmigo tanta confianza! «Hay noches —me ha dicho— en que Higinio, con sus suspiros, no me deja dormir».
Iban acercándose en un idilio sin palabras, discreto y excitativo, mientras las rodillas proseguían triunfales su acción conquistadora. Don Higinio no se acordaba del amigo a quien ofendía; las vituperables complacencias de doña Lucía habíanle puesto fuera de sí y con la rienda de sus malos deseos sobre el cuello; al cabo, era la primera vez que una mujer, por caminos sinceros de amor o de capricho, llegaba a él. Bebió un sorbo de ajenjo para refrescarse las fauces caldeadas por el lascivo apetecer y el mucho hablar.
—Conservo todavía —dijo— muchos periódicos que hablan de aquel lance.
—¿Es posible?
—Publican el retrato de mi rival. Los guardo por curiosidad, así como las botas que usaba entonces. Varias veces he querido tirar esos recuerdos y no pude. ¡No sé!... Es una página de juventud que a la vez me atrae y me lastima.
La señora de Hernández entornaba los ojos.
—¡Qué hombre, qué hombre!... ¡Me da usted miedo!...
Replicó don Higinio:
—¿Por qué no va usted a verlos a mi casa?... Uno de esos periódicos reproduce una fotografía de la Grande Jatte, y conocerá usted el lugar exacto donde el pobre holandés y yo nos batimos.
—¿A su casa? —repitió balbuciente doña Lucía a quien aquel diálogo causaba la impresión de ir cruzando un abismo sobre un alambre.
—¿Por qué no?...
Y como tardase en responderle, agregó seductor:
—Nadie la vería a usted entrar.
Ella preguntó sin mirarle:
—¿Cuándo?
—Después de la feria: el martes.
—¿A qué hora?
—Por la tarde: a la primera campanada de las seis.
—No puede ser.
—¿Cómo?
—A esa hora Emilia y Teresita van a la iglesia.
Don Higinio sonrió.
—Por eso lo dije, precisamente; para que estuviésemos solos.
Hubo otra pausa que tuvo todos los almíbares de un consentimiento, toda la edénica gravedad de una caída: algo cálido, íntimo, inefable, como esos silencios que siguen en las alcobas a la violencia jadeante del abrazo. Perea insistió:
—¿Irá usted?
Ella accedió con un gesto. Después los dos sonrieron con alegría hipócrita a doña Emilia, Teresita, Carmen y su novio, que se acercaban saludándoles desde el paseo.
La noche del domingo el galán del hotel de los Alpes la pasó muy inquieto, suspirando mucho y con más remordimientos, al parecer, que de ordinario. Estaba, sin embargo, muy ufano: al cabo, por primera vez, iba a correr una verdadera aventura. Al día siguiente madrugó, vistiose un traje cualquiera y se fue a la mina, de donde regresó muy entrada la tarde. Sentíase nervioso y aquella nerviosidad desbordante le obligaba al movimiento. En la mina sus fueros de amo tuvieron acentos de tempestad: examinó cuentas, reprendió agriamente a los capataces y despidió a un obrero; su voz retumbaba amedrentadora en las tinieblas del filón; los trabajadores le miraban con respeto y nadie se atrevió a replicarle; la figura maciza del héroe les imponía pavura; no recordaban haberle visto nunca así.
Por la tarde estuvo en la estación, impregnada de la suave tristeza de los trajinantes que se marchaban: aquel era el último día de feria. Juan Pantaleón le saludó. El antiguo artista había envejecido lamentablemente y ya no pregonaba el eufónico nombre de Serranillas con aquel ánimo optimista y victorioso de antaño. Sin embargo, manteníase erguido y conservaba la altanería del hombre que lleva una historia tras sí.
Después de cenar don Higinio fue al Casino, donde jugó al dominó hasta media noche. Don Gregorio invitole varias veces a una partida de billar, y no aceptó; su conciencia honrada, refractaria a la traición, no resistía la mirada noble, llena de amistad, del médico. Cada vez que el vozarrón franco de Hernández llegaba a sus oídos, todo su cuerpo se estremecía: el remordimiento, como un soplo de aire frío, que le rozaba la espalda.
Pensaba:
«¡Si tú supieses!...».
Salió del Casino acompañado de Julio Cenén y del notario, y animados los tres por la tibieza vernal y la esplendidez lechosa de la noche lunada, encamináronse hacia la feria. Los pequeños comerciantes, los saltimbanquis, los exhibidores de monstruosidades apócrifas y de películas, desmontaban sus barracas; las mercaderías desaparecían en vastos arcones; la tablazón de los mostradores quedaba atada sólidamente con cuerdas; los maderos que fijaron los cuatro ángulos de la tienda eran arrancados del suelo, y al instante la techumbre y las paredes desaparecían. Los martillazos de entonces eran idénticos a los que resonaron allí mismo noches atrás, y parecían, sin embargo, diferentes: el regocijo de la llegada habíase trocado en desilusión y despedida, y flotaba sobre todos aquellos objetos como un cansancio. Las golondrinas se iban y, para mayor tristeza, se llevaban sus nidos.
Don Higinio saludó a la abaniquera de Valladolid. La muchacha no parecía llevarse buenos recuerdos de Serranillas; había vendido muy poco, sus ganancias —según dijo— apenas alcanzaban a cubrir los gastos de ferrocarril y de posada. Desde allí se dirigía a Manzanares; luego iría a Almadén; más tarde, a Valdepeñas.
—Veremos —añadió— si en lo sucesivo quiere la suerte ayudarme mejor.
Perea se despidió de ella deseándola mucha fortuna, y su acento emocionado tuvo una sinceridad paternal. Después él y sus amigos reanudaron su camino. Lentamente todos los ruidos iban extinguiéndose, las luces se apagaban y, según la oscuridad de la tierra acrecía, el cielo, anegado en la evaporación plata de la luna, mostrábase más profundo y solemne. Hallábanse a la conclusión del paseo, cerca de la ermita de San Rosendo y como a dos kilómetros del pueblo. El panorama, bajo la frialdad de la luz astral, tenía desdibujamientos misteriosos; alrededor del valle, que descendía en declive blando hacia las minas, las montañas insinuaban una larga línea de gibas y depresiones blancas, semejantes sobre el espacio oscuro a la raya que una tiza hubiese dejado en la tiniebla de una pizarra. Al fondo, la torre de la iglesia mostraba las esferas iluminadas de su reloj y su cúpula cuadrada, como la cabeza de un ave cabalística, y a su alrededor el caserío se agrupaba silencioso, recogido, lleno del hechizo que tienen los caballetes y las paredes enjalbegadas a luz de la luna.
Cuando Perea, don Jerónimo Arribas y el secretario del Ayuntamiento se retiraron a dormir, eran las dos, y de alquería en alquería, como un alerta, volaba el canto retador de los gallos.
El martes por la mañana, apenas terminó de almorzar, don Gregorio se ciñó bien las polainas, cogió el morral y la canana de los cartuchos y se echó airosamente la escopeta a la espalda. La idea de que pronto llegaría la veda enfurecía sus ardores cinegéticos. Estaba rojo y contento. Su figura heroica, sus pies de jayán y la desmesurada amplitud de su sombrero, llenaban el comedor. Parecía una estatua de Nemrod con traje de pana. Los perros, retozones, ladraban, brincando alegres, frotando contra las piernas ciclópeas del amo sus hocicos fríos. Hernández dio un beso a su mujer y declaró que no volvería hasta la hora de cenar. Ernestín quiso acompañarle; aquel día, precisamente, el director del colegio celebraba su fiesta onomástica y no había clase.
—¿Puedo ir contigo, papá?...
El médico accedió:
—Bueno; pero a condición de no cansarte, pues te advierto que vamos a pegarle mucho al camino.
Doña Lucía, oculta tras una persiana, les miró partir, y tuvo su alma para el médico un sentimiento complejo de piedad y desdén. Luego, apenas se halló sola, experimentó una emoción de miedo, un temblor hondo que alborotaba la marcha de su corazón y parecía enfriar la raíz de sus cabellos.
«A la primera campanada de las seis», había dicho don Higinio.
Doña Lucía no quería acordarse del insinuante y pecaminoso misterio con que estas palabras fueron pronunciadas, ni del voluptuoso martirio que sus lindos zapatos de charol sufrieron bajo las rudas y enamoradas botas del héroe. Tampoco evocaría aquella época, ya tan lejana, en que Perea, soltero entonces, rondaba su reja. ¡Vayan en paz los verdores marchitos!... No: don Higinio, por muy acostumbrado que estuviese a rendir mujeres, no podía haber puesto en ella ninguna ilusión o deseo que no fuese de absoluta honestidad; don Higinio quería mostrarla sus botas y los periódicos que relataban su hazaña, y nada más; y si deseaba recibirla a solas era porque aquellos diarios comprometedores no podían ser vistos de nadie, pues si matando a míster Ruch obró noblemente y en propia defensa, no por eso dejaba de hallarse expuesto a que la justicia algún día le tomara cuentas estrechas y terribles de su acción.
A estas hipócritas invenciones recurría la honestidad de la comprometida señora para no asustarse excesivamente. Una vez más la mentira triunfaba: ella sabía que iba a caer, pero aparentaba no creerlo y así declinaba en Perea todas las horribles responsabilidades de su falta. Para engañarse mejor y sentir menos el peligro, su conciencia sofista levantaba nuevos reductos alrededor de su virtud. Don Higinio, seguramente, no pensaría seducirla; pero, aunque lo intentara, pues de hombre tan desbocado y libertino lo peor debía esperarse y temerse, ¿no tenía ella dientes y uñas con que rechazarle?... Al mismo tiempo otra emoción, que antes que de miedo o remordimiento era de suave complacencia y voluptuosidad, llegaba a turbarla. Claro es que ella sabría, en caso necesario, defenderse bizarramente. Pero... ¿tendría coraje y alientos bastantes para resistir el ciego asalto de la fiera encelada? Recordaba la figura redonda del héroe; don Higinio, puesto en tan apretado trance, debía de tener la violencia terrible de un piel roja. ¡Y como en achaques de amorosas caídas el papel de víctima es tan dulce!... Las supercherías tranquilizadoras de su conciencia, por una parte, y de otra el masoquismo inefable de luchar, pernear, anegarse en llanto si era preciso, y, al fin, ser tomada por fuerza, pacificaban su virtud. ¡Don Higinio!... Aquel hombre que oprimió entre sus brazos italianas y francesas y mujeres de nadie sabe cuantos países, ¿cómo sería en la intimidad?... ¡Sus manos! ¿Qué ardor, qué perversas sabidurías, qué vehemencias salvajes de presidio habría en ellas?... La señora de Hernández creía sentirlas ya sobre sus riñones y cerraba los ojos. Esta emoción, rotundamente sexual, la decidió. ¿Por qué esquivar aquel momento que, sin saberlo, esperó tantos años?... Sí, iría. ¿Acaso otras mujeres, como ella casadas y con hijos, no registraron en su historia una hora igual?... Iría y no vacilaría más; hay que permitir a la razón descansar de cuándo en cuándo en la casualidad, y si se llega a momentos u ocasiones de tanto riesgo, la vida debe cruzarse como cruzan los equilibristas los abismos, sin mirar hacia abajo...
Doña Lucía pasó la tarde tras las celosías de su dormitorio, y en un estado de hiperestesia que distinguía simultáneamente y por igual todos los ruidos de su casa y de la calle, y hasta las trepidaciones más leves de su enamorado corazón. ¡Oh, y con qué lentitud caminaban las horas! Nunca le pareció el pueblo tan callado, tan triste, ni sintió con más fuerza la melancolía de sus calles ociosas, manchadas de musgo. La esposa de Hernández se ahogaba dentro de su corsé. Jamás, ni cuando fue al altar vestida de blanco y el pecho y los cabellos cubiertos de azahares, sus sienes habían latido así. Alternativamente, al roce del menor pensamiento, tenía calor o frío, se ponía roja o se quedaba lívida... ¡Luego es cierto que las humanas entrañas son tan resistentes!... ¡Luego una mujer puede tener un amante y acudir a su cita sin miedo a que, antes de llegar a sus brazos, de alegría y de susto la estalle el corazón!... Y después de la caída, en la conciencia de la adúltera que juró pertenecer solo a un hombre, y de pronto es de dos, ¿qué pasa?...
A las cinco y media vio ir a doña Emilia, Teresita y Carmen, camino de la iglesia. Las dos hermanas llevaban, como siempre, desde hacía cinco años, sus graves hábitos de Nuestra Señora del Carmen, y en las manos, libros de devoción y sendos rosarios de cuentas negras. La señora de Hernández se estremeció, y para no seguir mirándolas tan tranquilas, tan fieles, se llevó su pañuelo a los ojos.
«Van a rezar por él» —pensó.
Y luego:
«¡Oh, es que si “él” fuese mi marido, yo haría lo mismo!...».
Con cuya reflexión y creencia su cariño hacia Perea se recobró y exaltó furiosamente. ¡Ah!... ¿Por qué los hombres peores, los más aventureros, los más díscolos, serán también los más amados?...
Doña Lucía halló al héroe de la Grande Jatte paseándose por el zaguán de su casa con las manos atrás, sobre los fondillos, y en mangas de camisa. A la buena señora no la molestó este detalle prosaico; ella no leía novelas; además, en un pueblo no había razón para que un hombre, por enamorado que esté, se vista de smoking a las seis de la tarde. Cruzaron el patio y llegaron al comedor.
—Estoy aquí de milagro —dijo ella.
—¿Cómo? ¿No se atrevía usted a venir?
—No..., no me atrevía...
—¿Por qué?
—Pues..., ya ve usted; porque no...
Don Higinio hizo un gesto de asombro y ella enrojeció, pues en su negativa palpitaba terminante la obsesión del pecado. Él, familiar, sobreponiéndose trabajosamente a su emoción, la estrechó una mano:
—¡Qué niña es usted!...
Estaba orgulloso y poco a poco adquiría el aplomo de un artista acostumbrado a recibir visitas de mujeres. Ladinamente propuso pasar al gabinete; doña Lucía rehusó; mejor estaban allí; insistió Perea diciendo que los periódicos los tenía guardados en su dormitorio, dentro de un arcón, y ella mantuvo su negativa; en el comedor había más luz. La idea de hallarse con don Higinio cerca de la alcoba la intimidaba. El amante de Leopoldina, convencido de que no derrotaría la obstinada resistencia de su amiga, se alivió considerando que en el comedor, cubierto por una funda de crudillo, había un diván. Concluyó por ceder y fue a buscar los periódicos. Cuando reapareció, la señora de Hernández, a la vez esperanzada y medrosa, bordeaba ese delicioso momento de espíritu en que las mujeres lo desean todo y de todo, sin embargo, se asustan. También ella, apenas llegó al comedor, había visto el diván.
Perea deshizo el tan anunciado paquete de periódicos: eran números de Le Matin, Gil Blas, Le Journal, Le Figaro, Le Petit Parisien, L’Écho de Paris, Le Gaulois, amarilleados por la doble acción del tiempo y del polvo; algunos fueron manchados por la humedad. Allí también estaban las botas del héroe; unos brodequines rugosos, torcidos hacia arriba, manchados por el barro de París. Doña Lucía miraba curiosamente, los ojos abrillantados y como ensanchados por ese interés malsano que a los espíritus impresionables y sencillos inspiran los crímenes. El galán del hotel de los Alpes, entretanto, maniobraba parsimoniosamente, seguro de que su mejor discurso y el rendimiento y total sumisión de la amada residían en aquellos papeles.
Abrió un número de Le Journal y señaló un retrato inserto en la primera columna de la segunda plana.
—Aquí le tiene usted —dijo sencillamente.
Ella se inclinó para ver mejor.
—¿Al holandés?
—Sí.
—¡Oh!... ¡Pobre hombre! ¿Míster Ruch, verdad?... ¡Qué miedo!...
La fotografía, hecha probablemente en La Morgue famosa, era la de un mocetón como de treinta años, desnudo de medio cuerpo arriba; el cuello recio y la mandíbula ancha acusaban una gran fuerza física; usaba bigote y tenía los ojos cerrados; en el pecho, inmediatamente encima de la tetilla izquierda, veíase claramente la mancha de una herida enorme. La impresión que aquel despojo humano produjo en la señora de Hernández fue demasiado intensa. Perea la había rodeado el talle con un brazo; ella empezó a temblar; sus dientes castañetearon y fascinada se estrechó contra el héroe.
Don Higinio leyó un epígrafe:
—«El crimen de ayer». ¿Usted comprende el francés?
Doña Lucía no contestaba; él repitió su pregunta:
—¿Usted traduce el francés?
La esposa del médico coordinaba mal sus ideas y tardó en responder:
—Yo, no.
—Es lástima, pues aquí todo está perfectamente explicado y hay detalles muy interesantes.
Continuó leyendo, mientras su índice de gruesos artejos, terminado por una uña ancha y roma, iba señalando en las columnas del periódico como sobre un mapa.
—Vea usted. Dice: «En la isla de la Grande Jatte». «Las primeras pesquisas». «El cadáver no ha sido identificado». «El móvil probable del crimen...».
Desdobló un número de Le Matin.
—Aquí está el sitio donde fue encontrado el cadáver.
Suspiró.
—Me acuerdo de él perfectamente: si cierro los ojos me parece verlo aún...
Pero la esposa de Hernández apenas le oía: el muerto, con su bigote lacio y la expresión de dolor y de paz que la agonía dio a su rostro, la fascinaba. Y luego..., ¡aquella herida horrible, espantosa, como la huella de un hachazo!...
Con voz tímida, casi imperceptible, preguntó:
—¿Le dio usted muchos golpes?
—Uno nada más; pero espantoso..., ¡eso sí!... El cuchillo entró hasta el mango y la hoja tendría una anchura de tres dedos, tal vez...
Callaron. La seducción rápida, creciente, inevitable, seguía su curso. Ahora doña Lucía miraba temblando las botas; aquellas terribles botas cuyas suelas, quizás, se mojaron en la sangre del holandés.
—¿Las llevaba usted puestas?
—Sí.
—¿La mañana del lance?
—También; no usaba otras. ¡Si hablasen!
—¡Qué horror!... Los hombres... los hombres...
Recobrándose curiosa:
—¿El balazo lo recibió usted en el pecho?
—Un poco más abajo. Aquí; aquí, precisamente, donde las costillas se separan. La cicatriz es muy pequeña; con los años casi se ha borrado, pero todavía se conoce. ¿Quiere usted verla?
Ella no deseaba otra cosa, pero empezó a negar.
—No, no... ¡Qué vergüenza!...
—¿Vergüenza? ¿Por qué?... ¡No sea usted inocente! Si apenas necesito desnudarme.
Se desabotonó la camisa y por la abertura se arremangó la elástica. Apareció la carne blanda, cetrina, cubierta por una espesa pelambrera rucia. Doña Lucía, sin querer, miraba. Vio la herida. ¡Oh!... Y, al acercarse, su nariz percibió un olor acre, penetrante, lascivo: un olor a macho...
La sugestión trágica iba en aumento. La señora de Hernández comprendió que sus piernas empezaban a flaquear; estaba perdida; no la quedaban ni un grito en su garganta, ni un soplo de energía en sus músculos; además, en aquel preciso momento acababa de sentir posarse sobre su espalda la mano de Perea, cálida, impaciente...; la mano asesina...
Sollozando, vencida, la excelente señora refugió su rostro, bañado en lágrimas, contra el chaleco del héroe. El recuerdo de Leopoldina la atormentaba.
—¡Higinio! —balbuceó—. ¡Higinio!... ¡Y todo eso lo hizo usted por el amor de una mujer, por ella se manchó usted la conciencia de sangre!... ¡Ah! ¡Yo adoraría al hombre que hubiera sabido amarme así!...
El dulce momento pasaba adornado con sus atavíos más bellos de humildad y de lágrimas; había que aprovecharlo. Don Higinio cerró la puerta del comedor con llave, y suavemente empujó a doña Lucía hacia el diván; ella cedía, poniéndose un brazo delante del rostro. Y hubo un largo silencio nupcial...
Perea, sofocado aún, pero triunfante y gozoso, se arreglaba precipitadamente el lazo de su corbata delante de un espejo. Ella le observaba, inmóvil, aturdida, pensando que desde hacía unos instantes era otra mujer. ¡Un amante! ¡Tenía un amante!... ¿Y no equivalía esto a haber hallado de nuevo su juventud?...
No pudo contenerse y levantándose le echó los brazos al cuello y le dio muchos besos largos, callados; besos de traición, de adulterio. El orgullo de pertenecer a un héroe llenaba su espíritu:
—¡Higinio mío! ¿Qué tienen los hombres como tú para ser tan amados?
A las siete oyeron llegar a doña Emilia; Teresita, Carmen y su novio, habían ido a visitar, sin duda, a la mujer del notario, que estaba enferma. Mientras la señora de Perea dejaba su rosario y su libro de oraciones en el gabinete, los dos amantes hubieron tiempo de serenarse: don Higinio encendió un cigarrillo y se estiró el chaleco; doña Lucía se pasó una mano por los cabellos y rápidamente, con una borla que sacó de una cajita de celuloide, se empolvó las mejillas. Cuando doña Emilia entró en el comedor, su marido se paseaba indiferente, silbando una canción. Para recibir a su amiga, la señora de Hernández se levantó. Las dos mujeres se besaron.
—¿Cómo tú por aquí, a estas horas? —preguntó doña Emilia.
La interpelada, a pesar de su inexperiencia, halló inmediatamente, en ese gran fondo de hipocresía que caracteriza la arquitectura moral femenina, un aplomo perfecto.
—Me aburría en casa y vine a verte. Gregorio se fue esta mañana de caza y se llevó a Ernestín. ¡Comprende mi fastidio; todo el día sola!... Os vi esta tarde, a ti, a tu hermana y a tu hija, cuando ibais, a la novena, y pensé reunirme con vosotras en la iglesia; luego me entretuve demasiado preparando unos dulces, y ya se me quitaron las ganas de vestirme. Tu marido, para distraerme, me ha enseñado los célebres periódicos...
Perea dirigió hacia la mesa una mirada oblicua de inquietud y continuó paseando. Doña Emilia interrogó:
—¿Qué periódicos?...
—Esos...
Los reconoció en seguida y su rostro se nubló: la molestaba que su marido hubiese dispensado a doña Lucía un tan señaladísimo testimonio de confianza; al fin, aquellos periódicos eran documentos que, más o menos tarde, podían comprometerle. ¿Qué sabe nadie lo que en el día de mañana puede ocurrir? Hay secretos que ligan unas personas a otras como cadenas, y por lo mismo únicamente la esposa puede saber. La señora de Hernández mostró a su amiga el retrato del holandés.
—¿Le habías visto?
—Muchas veces. ¡Dios le haya perdonado!...
Ahogó un suspiro y sus ojos bondadosos se arrasaron en lágrimas. Las dos mujeres, de pie ante la mesa, contemplaban aquellas botas sucias y aquel montón de papeles amarillentos, de donde parecía alzarse, como desde una tumba, la acusadora voz de la víctima. A intervalos, con pasmoso disimulo de histrionisa, los ojos de doña Lucía buscaban al héroe. A Perea se le antojó que aquella escena se prolongaba demasiado. Sin hablar, con la severidad de rostro que cumple a una honda preocupación mental, empezó a recoger los periódicos; apenas si miró el retrato del holandés; comprendíase que el semblante donde la muerte había inmovilizado una expresión de rabia y de angustia, le impresionaba dolorosamente. Para no hacerle sufrir más, doña Lucía quiso dar a la conversación un sesgo frívolo y picante.
—Y el otro retrato —exclamó—, ¿lo conoces?
—¿Cuál?
—El de la italiana.
Doña Emilia se encaró con su marido y sus manos gordizuelas, pacíficas, embarnecidas por los años y la ociosidad, se crisparon: hubo en ellas un temblor de garra.
—¿Es posible? ¿Tienes el retrato de esa tía y no me lo has enseñado? ¿Acaso la quieres aún?...
Doña Lucía azuzaba sus celos.
—Tú eres tonta. Di que te lo enseñe, lo lleva en el bolsillo; el sábado, en la caseta del Casino, estuvimos viéndolo Gregorio, don Cándido y yo.
Perea la miraba sorprendido de su actitud hostil. ¿Por qué aquel aborrecimiento a la hermosa italiana del hotel de los Alpes? Para tranquilizar a su mujer adoptó una expresión a la vez distraída y grave.
—Yo creí —dijo— que lo conocías; no se trata de un secreto, sino de un olvido. Voy a buscarlo; creo que lo tengo en la cartera.
Salió despacio, pero con el andar firme y noble que da una conciencia tranquila. Las dos mujeres, después de seguirle con los ojos hasta la puerta, se miraron.
—¿Qué te parece? —exclamó doña Emilia.
La señora de Hernández arqueaba las cejas y se mordió los labios.
—Cuanto más le trato —dijo—, más me asombro de que haya hecho lo que sabemos.
—Pues, yo no. ¡Si le hubieses visto una mañana dispuesto a estrangular a un hombre que vino a pedirle dinero amenazándole con delatarle a la justicia!...
—¿Es posible?...
—¡Ay, hija! ¡Qué miedo pasé! Higinio se puso hecho un tigre, amarillo como la cera, los labios blancos... ¡Una fiera!... Si no llego tan a tiempo mata al individuo.
Doña Lucía miró a su amiga intensamente, envidiándola de todo corazón el trabajo de tener un marido así. ¡El amor de la italiana, la muerte del holandés!... ¿Pero sabe nadie el perfume que una aventura semejante deja en una vida?... La señora de Perea suspiró y bajó los ojos; dentro de su hábito y en aquella actitud, parecía una imagen. Su voz moribunda, su palidez, sus manos cruzadas devotamente sobre el abdomen, sus pies calzados con cómodos zapatos de paño, parecían decir: «A los hombres de esa condición hay que perdonarles, cuando menos, veinte veces al día».
Reapareció don Higinio, trayendo entre los dedos índice y mayor de su mano derecha una fotografía, que arrojó displicente sobre la mesa.
—¡Ahí tienes el retrato!...
Doña Emilia lo recogió; iba a insultarlo, pero se contuvo, acordándose de que la persona allí representada estaba muerta. Emociones nuevas y enemigas la sacudían: tan pronto sentía despecho de que su marido hubiese tratado a una mujer tan hermosa, tan pronto se holgaba de haber tenido una rival así. En realidad, la belleza teatral y decorativa de la italiana se imponía a sus celos. Doña Emilia y la señora de Hernández permanecían inmóviles, medio abrazadas, como socorriéndose mutuamente ante la expresión de aquella imagen lasciva, tentadora, medio desnuda entre la caricia de su abrigo de piel.
La esposa advirtió que la fotografía había estado dedicada.
—¿Tú conoces la dedicatoria? —murmuró.
—No.
—¿No te la dijo él?
—No.
—¿De verdad?
—¡Palabra!
—Alguna desvergüenza sería.
—¡Figúrate, cuando se ha decidido a borrarla!
—Solo se lee el nombre: «Leopoldina».
Quedáronse pensativas; don Higinio, que había seguido el diálogo, las miraba de reojo.
—Es hermosa, ¿verdad? —insinuó doña Lucía.
A regañadientes, la esposa del héroe declaró:
—Sí, hija mía; no es posible negarlo.
—Los pies un poco grandes, quizás...
—¡Psch..., quizás!...
—Y los ojos demasiado juntos...
—Sí, tal vez...
—No, «tal vez», no; fíjate: los tiene muy juntos.
Interpeló rencorosa a don Higinio:
—¿No es cierto que se los pintaba?...
Perea se encogió de hombros; no se acordaba; además, ¿qué mujer elegante, máxime si es francesa, no se pinta un poquito?... Continuó paseándose de un extremo a otro de la habitación, las manos cruzadas atrás, sintiendo que la bizarra conquista y rendimiento de doña Lucía le había endolorido las piernas un poco. La esposa del médico le observaba llena de devoción. En aquel comedor, pensaba, había tres mujeres: ella, Emilia y la del retrato, y las tres habían pertenecido a don Higinio. ¡Ah, qué hombre!...
De improviso, doña Emilia, herida por una presunción repentina, palideció, dilató los ojos, llevose una mano a la frente.
—¿Qué veo? —murmuró—. ¡Es verdad!... Sí... es verdad. El abrigo que tiene puesto esta reverendísima zurrona es el mío. ¡El mío!...
Don Higinio se asombró, se echó a reír. Las mujeres están locas; hay que dejarlas. Doña Lucía cogió el retrato, lo miró bien. Efectivamente, aquel abrigo era el de su amiga. Se volvió hacia Perea desdeñosa:
—¡Qué asco!... Parece mentira...
Don Higinio protestó:
—¡Ah! ¿Usted también?... ¡Cuerno, si no es verdad!... ¿Cómo iba yo a regalarle un abrigo así a una señora casada?
¡Qué coincidencias!... Ahora recordaba que el abrigo de su mujer había calentado, efectivamente, toda una tarde, los hombros de la señorita Enriqueta...
Doña Emilia lloraba abatidamente:
—¡Qué pena para mí!... Sí, es mi abrigo; y no digas que todos los abrigos de piel se parecen, porque este yo lo conozco: ¡es el mío, mi abrigo!... Si no se lo regalastes se lo prestarías para retratarse; ¡y en cueros!... ¡Qué vergüenza!... Ya no lo quiero, está maldito. ¡Ah, se acabó!... Yo pensaba dárselo a mi Carmen, cuando fuese mayorcita; pero ya, tampoco. ¡Se acabó para siempre! Ni ella ni yo. ¡Nunca!...
Así, lagrimeando y hablando, fue apaciguándose su despecho. Luego se acercó a su marido y cogiéndole las manos:
—¿Me dejas romper esa fotografía?...
—¿Por qué? —balbuceó—. ¿Qué te importa después de tantos años?
—Sí, me importa. Tengo de ella unos celos horribles... ¿Me dejas?...
—No seas tonta... Yo no la quiero, ¿comprendes?...; pero me gustaría conservarla: es un trofeo...
Aquel retrato, comprado en el bulevar, no le interesaba ni decía nada a su memoria; sin embargo, quería defenderlo únicamente porque era de París. Pero doña Lucía acudió en auxilio de su amiga.
—¡Sí, señor —exclamó—; ese retrato muere ahora mismo! ¡No faltaba más!... Y hace usted mal, pero muy mal, en no acceder en seguida.
Él comprendió que no podría luchar contra las dos, y bajó la cabeza resignado.
—Hagan ustedes lo que gusten.
Su gesto fue débil y triste, como el de Pilatos entregando a Jesús.
—Ven, Emilia —gritó alborozada doña Lucía, que había cogido el retrato—. ¡Ven! ¡Ahora es la nuestra! ¡Vamos a quemarlo!
Escaparon corriendo y salieron al jardín. Don Higinio, gordo y en mangas de camisa, se había asomado a una de las ventanas para desde allí presenciar el auto de fe, y experimentaba una rara inquietud, como si efectivamente su pasado fuera a deshacerse en humo y cenizas. Era casi de noche y la gran melancolía crepuscular infundía a los árboles majestad y misterio. Salmodiaba una fuente. El jardín callado olía a mentas, a madreselvas, a jazmines, a hinojos.
Doña Emilia y doña Lucía estaban emocionadas. La señora de Hernández reía mucho; su risa era desapacible, estridente; Doña Emilia parecía acobardada y a cada momento miraba a su marido, esperando una reprensión. La presencia del héroe la cohibía. ¿Estaría mal lo que iban a hacer?... Al cabo la hilaridad carcajeante de doña Lucía la ganó, y a su vez, empezó a reír. La esposa y la querida se disponían a vengarse cruelmente de aquella rival por quien Perea, loco de amor, había matado. Ambas se disputaban el gusto de romper el retrato.
—¡Yo, primero!... ¡Trae!...
—¡No, déjame a mí!...
La fotografía, en un santiamén, quedó hecha añicos; amontonaron los pedazos y con una cerilla los prendieron fuego; era algo infantil; una columnita de blanco humo subió retorciéndose en la penumbra violeta. Después, cuando las últimas llamas se extinguieron, las dos a porfía, para desmenuzar bien las cenizas, patearon sobre el rescoldo.
Entonces, de pronto, don Higinio se puso muy triste. ¿Por qué? Tal vez por doña Lucía, que llamó a su corazón tan tarde; quizás por aquella mujer del retrato, a quien no vio nunca.
Llegada la noche, ya en su cama, el héroe de la Grande Jatte suspiró mucho. Doña Emilia, suponiéndole comido de remordimientos, le aconsejó maternal:
—No pienses más en eso, no sufras. Dios querrá perdonarte. ¿No sabes que hay dos mujeres que rezan por ti?...