XI

Doña Emilia penetró en el dormitorio como una ráfaga. Su hermana la seguía, caminando a pasos menudos y secándose las manos en su delantal. Don Higinio, que aún dormía, abrió los ojos. Tuvo una moción de sorpresa. El semblante humilde de Teresita decía asombro; el de doña Emilia, cólera.

—¿No sabes lo que sucede? —exclamó la esposa.

Y se detuvo para dar a su noticia, con aquel silencio, mayor importancia. Perea hizo un gesto negativo.

—Pues, nada, un escándalo; que Manolilla está embarazada.

—¿Qué me cuentas?

—Me lo ha dicho ella misma. ¡Figúrate!... ¿Eh? ¡Qué vergüenza para nosotros!...

Viendo la estupefacción de su cuñado, como un eco, Teresita afirmó:

—Sí, no lo dudes; está embarazada.

Doña Emilia prosiguió:

—Inmediatamente, como supondrás, la he despedido; lo siento porque es una criada de buen carácter, trabajadora y limpia. Pero en ese estado no puede continuar aquí. Con quien tú eres y la fama que tienes, el pueblo iba a decir en seguida que el chiquillo era tuyo. ¿Qué te parece? ¡Una mocosa de dieciséis años! ¡Qué corrupción, Señor, qué corrupción!...

Don Higinio encendió un cigarrillo; la historia le interesaba; quiso oír detalles.

—Lo hemos descubierto —repuso doña Emilia— por casualidad. A Teresa y a mí nos había chocado el vientre de Manolilla; la encontrábamos demasiado redonda. ¡Pero como esa gente lleva siempre tantos refajos!... Ahora llego a la cocina y veo las torrijas que la di anoche intactas en un plato. ¡Lo que a mí se me escape!... «¿Por qué no las has comido?», pregunto. «Porque no tenía ganas». —«¿No estaban buenas?». —«Sí, señora». —«Y entonces, ¿cómo las dejas? Yo sé que te gustan mucho...». Se puso muy colorada y el corazón me dio un vuelco. Pensé que las torrijas estaban envenenadas, que alguien quería matarnos..., ¡no sé!... ¡Como el mundo esconde tanta maldad!... Entonces cierro la puerta, agarro a la chiquilla por los brazos, la doy un buen zamarreo y la digo: «Ahora mismo, delante de mí, te comes las torrijas». —«No, señora; no tengo ganas». —«Pues sin ganas; solo por complacerme vas a comértelas». Cojo el plato y se lo pongo delante. Y ella callada. «Come». Callada. «¡Come!». A la tercera vez no pude contenerme y la di una bofetada. La maldita, nada; muy encendida y sin levantar los ojos del suelo. A mí la rabia me ahogaba; al mismo tiempo no quería gritar, porque pensé: «Si Higinio se levanta, esto acaba mal». ¡Porque conozco tu genio! Tú eres muy bueno mientras no te pinchen; tú ves a Manolilla así, emperrada en no hablar ¡y la ahogas!...

Perea hizo un mohín modesto para encubrir la satisfacción que le causaba la convicción que su mujer tenía en su heroísmo. Doña Emilia y Teresita se habían sentado al borde del lecho. La narradora prosiguió:

—Yo no sé cuántas bofetadas la di; todavía me duele la mano. En estas llega Vicenta, y al enterarse de lo que sucedía, me dice: «No se canse usted, señorita; aquí la única que conoce a esta hipócrita soy yo; para hacerla hablar hay que quemarla el trasero con una plancha. ¡Yo me encargo!...». En fin, la chiquilla tuvo miedo y confesó. Me dijo que estaba embarazada de cinco meses... ¿Ves qué infamia?... ¡De cinco meses!... Y que así la despellejásemos no comería torrijas, porque el autor de su desgracia es un muchacho de Ciudad Real que trabaja de cocinero en la taberna de Tocinico, y la tarde en que por primera y única vez fue suya, el granuja la dio a probar de unas torrijas que estaba haciendo. ¿Qué te parece la explicación? ¡Yo me quedé fría! ¿Tú has oído nada con menos sentido común?...

Don Higinio no respondió. El odio africano, exquisitamente tierno y ridículo a la vez que la infeliz Manolilla dedicaba a las torrijas, él lo comprendía; era un odio semejante al que su corazón alimentó en otro tiempo hacia Le Matin, verbigracia, o contra la calle Feydeau. Las torrijas fueron para Manolilla lo que para doña Lucía aquellos viejos periódicos que hablaban del misterioso crimen de la Grande Jatte: un pretexto; y en la vida, donde nada es sólido, grande ni definitivo, ¿qué es todo lo que ocurre sino el pretexto de cuanto ha de venir detrás?...

—¿Y qué piensas hacer con Manolilla? —preguntó.

—Despedirla, ¿no lo sabes?...

—¡Pero, así!... ¿El autor del desaguisado qué dice?

—El cocinero no quiere ni oír hablar de ella, y ya comprenderás que no estoy dispuesta a remediar culpas ajenas. Ahora menos mal, pues nadie lo sabe; pero, ¿y después?... Ella dice que no tiene dónde ir, y a su casa no quiere volver, porque si su padre la ve así, la mata. Yo lo comprendo y hasta la compadezco... ¡francamente!... la compadezco; pero... ¡allá cada cual con sus acciones!... ¡Que no hubiese comido torrijas!

Se levantó para marcharse y su gesto era austero, glacial, como el del arcángel que anunció a nuestros primeros padres la pérdida del Paraíso.

—A mí —dijo Teresita— esa Manolilla me da mucha compasión. ¡Como la hemos conocido pequeña!... Ahora la pobre está metida en su cuarto y llorando, pero llorando a ríos, mientras recoge sus ropitas...

Las dos hermanas salieron del dormitorio. Don Higinio quedose pensativo, y unos instantes su alma generosa censuró colérica la actitud desjugada, inhumanamente moral, de su mujer. ¡Ser buena!... ¡Es tan fácil la virtud cuando se han satisfecho todas las necesidades del corazón y del estómago!... Manolilla, en cambio, nada poseía. Como es lógico, la infeliz desearía emanciparse del fogón, conquistar un hogar, un marido; si se dio, acaso fuera para retener mejor a su amante; y de pronto sus esperanzas se derrumban, su burlador la abandona cobarde y se halla desamparada de todos, sin casa honesta donde refugiarse. Emilia razonaba bien: «¡Que no hubiese comido torrijas!...». Pero, ¿quién no delinque? ¿Quién, en cualquiera de las emboscadas que, tan pronto el amor, como el orgullo, la necesidad o la codicia, tienden a la integridad del hombre, no comió torrijas alguna vez?... Y, por lo mismo, Jesús, bajo cuyos pies descalzos se hundió el mundo antiguo, ¿no mandó perdonar siempre?... Después pensó en el cocinero que tan mal parada y raída dejó la doncellez de la muchacha. Le conocía de vista: era un mozalbete veintenario, picado de viruelas, rubio, presumido y desagradable. Sin embargo, Perea le envidiaba: aquel perillán, que seguramente no sabía escribir, corría aventuras y seducía criadas, aunque estas fuesen tan poco apetecibles como Manolilla; pero él, fuera de su noche de boda, ¿qué podía contar?... ¿No tenía su vida la sinceridad del sol, el aburrimiento de la llanada?... Ciertamente que doña Lucía se le rindió; mas no fue a él, al hombre, sino al prestigio de su mentira; acerca de esto ni su modestia ni su buen criterio y discurso podían equivocarse.

En tales pensamientos andaba el conspicuo manchego cuando llamaron a la puerta.

—¡Adelante!...

Era Manolilla. La muchacha raquítica, paliducha, esmirriada, se quedó en el dintel; las piernas un poco abiertas, los ojos bajos, cohibidos por la presencia del amo. Llevaba puesto un mantón a cuadros azules y blancos, y en las manos un hinchado atadijo de ropas.

—Ya le habrá dicho a usted la señora que me voy —murmuró.

—Sí, hija mía.

Ante la humillación y destierro de la pecadora sintió una emoción subidísima, un enternecimiento que, a durar, se hubiese resuelto en lágrimas. ¡La pobre criatura! Él, de seguir los evangélicos dictados de su voluntad, hubiera dicho: «Manolilla: Tú no te vas; tú te quedas con nosotros, pues no tienes adonde ir. Si tu padre, siguiendo preocupaciones rancias, te maldice, yo, hombre moderno, hombre cristiano, te perdono y recojo. Vuelve a tu cuarto, infeliz, y deja en él tus ropitas. Seca tu llanto. Aquí darás a luz tu hijo, y, entre todos, te ayudaremos a criarle. Los pañales que mis niños se pusieron servirán al tuyo. Yo no continúo la obra execrable de traición, de egoísmo y de infamia que comenzó tu amante». Esto era lo hermoso, lo noble, lo que Cristo, de vivir en Serranillas, hubiera hecho. Pero don Higinio reconocíase incapaz de tan alta empresa. ¿Cómo obtener de doña Emilia el indulto de la muchacha? ¿Cómo llevar a su entendimiento y menos a su ordenado corazón, la idea de que todos los pequeñuelos, sean de quien fueren, deben sernos igualmente amados? Imposible; el criterio de doña Emilia era el de todo el pueblo; el egoísmo humano es tan colosal que llena el horizonte, y ¿cómo sustraerse al horizonte?...

Mientras estas egregias imaginaciones zarandeaban el espíritu de don Higinio, Manolilla permanecía inmóvil y humilde, como esperando un fallo. Al cabo, la cuitada pensó que debía despedirse:

—Bien, pues..., ustedes me perdonarán si en algo he faltado.

—No, mujer.

—Y hasta otro día..., si no me muero... y quieren ustedes recibirme...

Hablaba a tropezones, tragándose las lágrimas. Perea se incorporó en la cama y registró los bolsillos de su chaleco, colgado sobre el respaldo de una silla.

—Toma —dijo.

La ofrecía dos duros. Ella rehusó; acababa de cobrar su salario y sus ahorros ascendían a cuarenta pesetas. ¿Para qué más? Don Higinio admiró la despreocupación, el estoicismo, con que Manolilla miraba al porvenir.

—No importa —insistió—; esto es un regalo mío; guárdatelo, guárdalo pronto y que nadie lo sepa.

Cedió ella, y, tímidamente, se acercó al lecho.

—Que Dios le aumente la salud.

—Gracias, Manolilla. ¿Dónde vas ahora?

—A la posada; allí pasaré la noche.

—¿Y mañana?

—Me voy a Ciudad Real, para ver de entrar en la Maternidad.

—Y a tu novio, ¿no piensas hablarle?

—No, señor. ¿Para qué?...

Su voz, que había ido debilitándose, expiró en un sollozo. Secándose los ojos con su delantal salió del dormitorio, y al cerrar la puerta don Higinio sintió que acababa de cumplirse una grave infamia. Sin embargo, allá en los entresijos más hondos de su alma, orientada perpetuamente hacia la aventura, envidiaba a Manolilla: era joven y el carnaval de lo imprevisto la aguardaba; pero, ¿y a él?... Gordo, viejo, rodeado de familia, atado de pies y manos a su hacienda, ya nada podría arrancarle de allí. Y, sin embargo, todavía su corazón estaba mozo, todavía esperaba. De aquí la emoción de envidia que Manolilla le dejó al marcharse.

«¡Quién hubiera comido torrijas como ella!...» —pensó.

Para todo, sin embargo, era ya un poco tarde. A los cincuenta y dos años, ligado a la tierra, más que por los negocios por hábitos inveterados de sedentarismo y de inacción, ¿adónde ir?... Don Higinio apreciaba las hondas mutaciones que en las personas, como en los afectos, el tiempo andariego había realizado, y de todas partes llegaba a él un aliento de silencio, olvido y desilusión. Lentamente, reconocíase apartado de la circulación y cual empujado hacia el margen de la vida; otras generaciones arrebataron a la suya las riendas de la actividad, y el ver cómo los matrimonios de personas que conoció pequeñas iban cargándose de hijos, traíale la sensación de la humanidad que marchaba tras él. A su alrededor, todo decaía y retoñaba: doña Emilia tenía los cabellos grises; Teresita estaba más sorda y cenceña que nunca, y el carnoso y decorativo crepúsculo de doña Lucía, a la vez, por diversos lados se desmayaba y batía en deplorable retirada. Sus amigos hallábanse igualmente malparados, y de los más íntimos su fiel memoria conservaba dos imágenes: la garrida que lucieron de mozos, y la otra, fea y vieja, que los afanes del vivir les fue dejando. Don Jerónimo Arribas había engordado tanto, que el tejido adiposo le ahogaba y apenas podía ocuparse de su bufete; don Gregorio había perdido la fina vista y el seguro pulso de sus buenos tiempos, y apenas se acordaba de la escopeta; don Cándido envejecía dentro de su botica, como las antiguas imágenes de cera se decoloran y amustian en la penumbra polvorienta de las capillas; Julio Cenén, a pesar de su frivolidad ornitológica, también se había sosegado, al extremo de que su mujer, como si quisiera vengarse de cuanto sufrió a su lado, apenas le permitía salir de noche; Gutiérrez, clavado por el reúma en su sillón de la Administración de Correos, iba poco al Casino; desde la calle, a través de las enrejadas ventanas de la oficina, se le veía escribir, y en la semioscuridad de la estancia su cabeza, de cabellos blancos y rizosos, parecía una bola de algodón.

A los viejos perfiles achacosos y lentos sustituían otras figuras mozas y ágiles. El noble Perea reconocía la pesadumbre de los años, más que en sus propios achaques y goteras, en el pasmoso florecimiento de sus hijos. Anselmo, el primogénito, era abogado y había abierto bufete en Ciudad Real; Joaquinito cursaba segundo año de Medicina; Carmen se había casado y tenía un niño, Higinín, rubio como las mazorcas y con los ojos grandes, crédulos y azules de su abuelo.

En aquel esperanzado y fecundo movimiento de avance, nadie quedó atrás, que el tiempo infinito de todo se acuerda por igual. Eugenio y Gorito, los hijos mayores de Hernández, también fueron muchachos de provecho. Eugenio terminó la carrera de perito agrónomo; Gorito era militar.

Baldomero, el heredero único de don Cándido, se había licenciado en Farmacia y ya se disponía a casarse y a sustituir a su padre detrás del mostrador de la botica.

Águeda y Marina, las niñas de Gutiérrez, a pesar de ciertas murmuraciones calumniosas, se habían casado: la primera, con un ambulante de Correos, y su hermana, con un acomodado labrador de Argamasilla.

Gasparito, el hijo de la señora Indalecia, era un trujamán redomado, con quien, por dos o tres veces, tuvo que ventilar cuentas la Guardia civil; afortunadamente, su caudalosa simpatía y mucha astucia le libraron siempre de los malos fregados en que su necesidad o su descomedida afición a lo ajeno le pusieron, y de zoco en colodro, unas veces de novillero y otras de chalán, ganaba su sustento y el de su anciana madre.

De este modo, cuanto más miraba en torno suyo el benemérito don Higinio más solo y olvidado se reconocía, así de los que por ancianos iban hacia la muerte, como de aquellos jóvenes a quienes llamaba la vida. ¡Y él mismo!..., con su cabeza calva, sus zapatos de paño, sus ropas interiores de franela y sus frecuentes ataques de anquilosis, ¿no era un hombre «pasado»?... El reúma, que como legado de raza empezó a atormentarle desde mozo, habíale producido una grave lesión en el pericardio, agravada por las humedades de la mina y sus aficiones de pescador. ¡Bastante le había sermoneado acerca de esto su amigo don Gregorio, y con hartas furibundas profecías trató de amedrentarle! Pero, ¿quién llevaría su sabiduría y prudencia al extremo de curarse en salud?...

Ahora que comenzaba a resquebrajarse comprendía mejor que nunca la majestad y artística belleza de la mentira que sirvió de centro de gravedad a su historia y la dio color y relieve. Aquel hermoso gesto falso era la pirosfera de su alma, lo que infundía cohesión a todos los actos de su vida, como el hilo que sujeta unas a otras las cuentas de un rosario. Si bien tarde y de modo incompleto, merced a su superchería, conquistó aquellas preeminentes satisfacciones de vanidad, solo a los más ínclitos varones reservadas. Mucho tuvo: la devoción sumisa de su mujer, el respeto de su familia, la estimación de sus amigos, una amante, un hijo natural, una dorada leyenda de galantería y de bravura, y con ella la admiración de todo un pueblo. La mentira, que primero fue murmuración y luego la opinión pública, con la ayuda y favor del tiempo, convirtió en historia, era para don Higinio lo que para los artistas el seudónimo con que llegaron a la celebridad: las muchedumbres admiran al Greco, pero ignoran a Domingo Theotocópuli; han leído quizás a Stendhal y desconocen a Enrique Beyle. La inmortalidad se alcanza con una estatua, con un libro, con un ademán. Así la obtuvo Perea: para sus conterráneos, orgullosos de su valor, siempre sería «un hombre que mató en París a un holandés»; su gloria, como la de Juan de Urbieta, el oscuro soldado que prendió a Francisco I en Pavía, cristalizó en un gesto, pero tan rotundo y feliz que todo el oro de su vida cupo en él. Durante esas horas raras de sinceridad que los hombres suelen tener consigo mismos, don Higinio examinaba con cruel imparcialidad el regio manto de heroísmo que durante años y años llevó puesto. ¡Oh! Si los vecinos de Serranillas supiesen la verdad... ¡Cómo le despreciarían, cómo acudirían a reírse de él en sus propias barbas!... Y harían mal; su befa sería injusta: si él mintió fue llevado por el natural prurito de ennoblecerse, de ser «algo», y ¿en la historia de todos los hombres no late siempre, como un corazón, el mismo deseo de notoriedad?...

El esclarecido don Higinio, olvidado de la pesca, alejado un poco de los grandes torneos de dominó del Casino, dedicado bonachonamente a la cría de conejos y observando por las mañanas, a través de los cristales de su dormitorio, el cariz del tiempo, tenía, a despecho de su figura vulgar, algo de la grandeza triste de Carlos V en su celda de Yuste. ¿Con quién hablaría de su pasado? ¿A qué espíritu delicado confiaría el fracaso de sus ensueños de argonauta y su inmarcesible amor a París?... Antaño, cuando unos y otros eran jóvenes, aún había ganas de charlar: en las tertulias, este narraba sus cacerías, aquel sus éxitos amorosos; la mentira era como un sarpullido de su mocedad. Pero ahora, en todos, hasta la imaginación había callado.

—¡Soy un extranjero en mi país! —solía decir don Higinio.

Únicamente perduraba su historia: la leyenda que nimbaba su cabeza casi blanca, estaba escrita con indelebles caracteres y como claveteada en la memoria de todos. Nadie dudaba de aquel valor afirmado de manera inconcusa cuando los presos de la cárcel se amotinaron y el amante de Leopoldina, sin otras armas que su bien templado coraje y sus puños, se impuso a ellos; y análoga impresión dejó la bizarra generosidad con que atajó la inundación que hubo en su mina. Como si tales recuerdos no bastasen a su prestigio, la suerte quiso que Perea, ya en los umbrales de la vejez, añadiese a su bien cimentada historia de valiente nuevos laureles inmarcesibles.

Un anochecer las campanas de la iglesia repicaron a fuego desesperadamente. El vecindario se conmovió y los hombres se echaron a la calle; llenáronse las ventanas de mujeres y de chiquillos; todos los rostros tenían la misma expresión inmóvil producida por el choque de la curiosidad y del miedo. El incendio era en una casa pobre del callejón del Hombre Ahorcado, detrás de la Plaza de Abastos, y las llamas, azuzadas por el viento, se alargaban siniestras en el cielo oscuro. Sus lampazos sanguinarios alcanzaban muy lejos. Un fuerte sacudimiento estremeció al pueblo. Los trabajadores que salían de las minas y veían el fuego aceleraban el paso, y como se acercaban en tropel, el ruido de sus voces y sus figuras harapientas, tiznadas de carbón, daban a su llegada apariencias intranquilizadoras de motín. Las calles retemblaron con el murmullo de sus respiraciones jadeantes y de sus pisadas. El siniestro iba en auge: torbellinos de chispas bermejas, perláticas, saltarinas como cohetes, lo coronaban; parecía un volcán, y sobre el tejado ardiente, convertido en cráter, las llamas flameaban lamiendo el espacio, hinchándose, retorciéndose, semejantes a un gigantesco pañuelo rojo y amarillo que dijese «adiós». Clamaban las campanas pidiendo auxilio. Sobre el gran fondo crepuscular las esferas pálidas del reloj de la iglesia, brillantes como ojos agoreros, tenían esta vez una rara expresión, y la corva arista que las separaba, enrojecida por el incendio, parecía un pico manchado de sangre.

Los dos bomberos que pagaba el Municipio, favorecidos por las varias parejas de guardias civiles y un numeroso grupo de vecinos de buena voluntad, habían conseguido sacar a la calle la única bomba servible que quedaba en el Ayuntamiento y llevarla al lugar del peligro. De todas partes, hombres provistos de azadones y de escaleras, acudían dispuestos a demoler lo que fuese necesario para aislar el fuego.

A don Higinio, en pie delante de su casa, le rozaban aquellas fuertes vibraciones de peligro y de lucha, y su alma aventurera se estremecía. Doña Emilia, Teresita, Carmen, que llevaba a su hijo en brazos, doña Lucía y otras mujeres, le rodeaban, apretujándose medrosas contra él, como si el héroe de la Grande Jatte hubiese de preservarlas de algún riesgo.

Vieron a don Gregorio. El médico iba muy de prisa y no se detuvo; varios vecinos le siguieron; decían que había heridos...

Doña Emilia agarró a su marido por los brazos:

—Tú no vas.

—No, hija.

—Es que te conozco; el deseo de ir te llena los ojos; te estás conmigo; me darías un disgusto muy grande, y bastante me hiciste sufrir ya. Además, eres viejo.

Teresita, adivinando lo que decía su hermana, añadió:

—¿Le aconsejas que no vaya? ¡Naturalmente! ¡Sería una locura!...

Y doña Lucía, entornando los ojos:

—Usted se queda con nosotras.

Don Higinio, muy bien plantado sobre sus botas de cuero amarillo, las manos en los bolsillos del pantalón, el abdomen libre y orondo bajo el chaleco desabrochado, se mordió los labios. Su mujer decía bien: él quería ir al incendio. ¿Y por qué no? ¿No iban otros hombres y no era él, supuesta su condición heroica, el más obligado a acudir a los lugares de peligro? ¿De qué aprovechaba, si no, su valentía? El bravo que no usa de su valor cuando las circunstancias le invitan a mostrarlo, queda tan desairadamente como el rico tacaño que esconde su dinero.

En aquel momento pasó Julio Cenén; sobre su rostro flaco, de color cera, su barba puntiaguda, negra aún, parecía postiza.

—¿Viene usted conmigo? —gritó el secretario a Perea.

—¡No, señor! —replicó doña Emilia—, ¡mi marido no se mueve de aquí!

Sin hacer caso de esta interrupción, Cenén prosiguió:

—Venga usted. Allí hacemos falta todos; dicen que hay un muerto.

Don Higinio, enardecido, avanzó algunos pasos. Las mujeres le rodearon: doña Emilia y Teresita se abrazaron a sus rodillas, arrastrando sobre la acera la gravedad de sus hábitos, y Carmen trató de conmover a su padre mostrándole la cabecita estúpida, mofletuda y colorada de Higinín.

—¡Higinio de mi alma, no vayas!...

—¡Papá, por Dios!...

Pero el héroe las rechazó a todas y a todas se impuso con un gesto de irrevocable autoridad; el mismo gesto temerario que habría tenido si algún día, efectivamente, hubiese necesitado matar a un holandés; y estoico, manchando con sus zapatos los trajes que aquellas dos santas mujeres llevaban para mejor rezar por él, siguió adelante.

Momentos después, el galán del hotel de los Alpes, se cubría de gloria.

A través de la turbamulta aglomerada en el lugar del siniestro, don Higinio y Julio Cenén se abrieron paso fácilmente; su prestigio les favorecía; al verles los curiosos se oprimían, franqueándoles respetuosamente el camino. ¿Adónde marchaba Perea tan resuelto? Todos recordaban de cuando conjuró el motín de los presos, y le seguían con los ojos, seguros de que iba a realizar alguna acción peligrosa, extraordinaria, digna de él, en fin...

Delante de la casa incendiada, que era de dos pisos, los muebles, colchones, líos de ropas, baúles y otros objetos que los vecinos arrojaron por los balcones, yacían en caótico hacinamiento, horriblemente manchados de agua, barro y humo. Allí el resplandor del fuego era tan violento que abrasaba las mejillas; nadie se acercaba; ante la formidable hoguera, los semblantes, suspensos, acobardados, de la multitud, aparecían rojos. Por las ventanas de la casa, convertida en volcán, salían cortinajes terribles de llamas que renegreaban y agrietaban la fachada. Varios balcones se desplomaron con un espantoso fragor de inflamados cascotes. La bomba, aunque funcionaba bien, era insuficiente para dominar el incendio, y su vena de agua antes lo alimentaba que lo combatía. El calor había roto en añicos todos los cristales de las viviendas inmediatas. Los dos bomberos, heridos de gravedad, acababan de ser trasladados a la botica de don Cándido, y la cuadrilla de albañiles que capitaneaban el alcalde y el jefe de carabineros, persuadida de la imposibilidad de apagar el fuego, dedicábase a impedir que este, socorrido por el viento, se propagase.

De repente, una mujer que probablemente estuvo encerrada en alguno de los cuartos interiores, apareció desmelenada, loca de terror, en un balcón del piso segundo. Sus gritos desesperados dominaron el tumulto, semejante a un hervor, de la muchedumbre. Inclinada sobre la barandilla, los brazos extendidos, los cabellos colgantes, la boca desquijarada trágicamente en el espanto del rostro tiznado por el humo, parecía una furia. Julio Cenén la reconoció.

—Es Evarista, la hija de Matilde la cintera...

La infeliz impetraba:

—¡Socorro!... ¡Socorro!...

A su llamamiento, varias voces contestaron:

—¡Baja por la escalera!

—¡No puedo! ¡Está ardiendo!...

Sus brazos convulsos se retorcían frenéticos; parecía que iba a lanzarse de cabeza a la calle.

El alcalde la ordenó:

—¡Descuélgate despacio, y cuando ya no puedas más, déjate caer; aquí te recibiremos! ¡No tengas miedo!...

Ella medía la profundidad del salto con ojos espantados. El señor alcalde repitió:

—¡No tengas miedo! ¡Tírate!...

Desafiando bravamente la proximidad quemante de las llamas, dos guardias civiles extendieron varios colchones en el suelo, y después, los cuerpos rígidos, los brazos abiertos, la mirada en alto, dispusiéronse a recibir a la joven. Pero ella no se atrevía a brincar; el abismo, realmente, era demasiado hondo.

—¡No puedo! —repetía llorando—, ¡no puedo!...

Julio Cenén murmuró al oído de Perea:

—Le advierto a usted que es una chiquilla preciosa: todavía no habrá cumplido dieciocho años y ya tiene uno de los panderos más hermosos del pueblo...

La inoportunidad de la observación repugnó a don Higinio. El secretario del Ayuntamiento era un cínico y un majadero. Ellos se habían puesto allí, delante de todos, para hacer algo notable, o cuando menos para ser útiles. Súbitamente, la idea de que la opinión pudiese juzgarle mal le asaltó. Irritado miró a Cenén:

—Hay que salvar a esa mujer.

—¿Salvarla? ¿Cómo?...

—Subiendo adonde está.

El secretario se inmutó.

—No intente usted semejante disparate; sería ir a una muerte segura; la escalera está ardiendo.

Perea no le oyó. Una ola de sangre temeraria, la sangre de los Alcañiz, le nubló la razón; abotonose su zamarra de pana, y antes de que nadie pudiese detenerle, brincando ágilmente sobre los muebles hacinados en medio de la calle, desapareció en el zaguán de la casa incendiada. La multitud lanzó un grito de admiración y de espanto. ¿Era creíble que un hombre como él, gordo y respetable, desafiase así a la muerte? Julio Cenén pateaba y se mordía los puños de rabia.

—¡No sale! —decía—, ¡no vuelve más!... Y yo tengo la culpa de su desgracia, ¡porque fui quien le animó a venir!...

Inútilmente el alcalde trató de consolarle; los dos reconocían que a Perea, como a todos los valientes, le atraía el peligro, y quien ama el peligro —enseña un antiguo refrán—, más o menos tarde perece en él. Transcurrieron algunos instantes de angustiosa zozobra. De súbito, rápido, triunfante, don Higinio surgió en el balcón envuelto en una repentina ráfaga de humo rojizo, tomó a Evarista, medio desmayada, en brazos, echósela al hombro con varonil arranque y huyó a tiempo que un tabique, cediendo a la voracidad de las llamas, se desplomaba y el interior del piso resplandecía horrorosamente. Minutos después, bajo una explosión estruendosa de vítores y aplausos, el héroe de la Grande Jatte salía a la calle con Evarista. Había perdido el sombrero y sufrido en las manos varias quemaduras, pero aún tuvo la sangre fría de saludar con una sonrisa al pueblo entusiasmado.

Inmediatamente, ovacionado, sostenido por centenares de brazos amigos, se dirigió a la farmacia de don Cándido para ser curado. En el trayecto encontró a su familia, que acudía llorando, noticiosa de su nueva hazaña. Su mujer, su cuñada, su hija, doña Lucía, todas le abrazaban. Doña Emilia sufrió una congoja; fue necesario meterla precipitadamente en una casa y quitarla el corsé.

—¡Qué locura, señor! —hipaba la pobre señora—. ¡Qué locura!... ¡Un hombre como Higinio, enfermo del corazón!... ¡Exponerse a una emoción así!...

Julio Cenén, que llevaba a Perea cogido por la cintura, le preguntó misterioso:

—Dígame, amigo don Higinio, usted que lo ha tocado: ¿cómo tiene Evarista el trasero?...

Don Higinio, en quien ningún sentimiento procaz había manchado el noble desinterés de su acción, se indignó:

—Pero, usted es tonto; ¿usted cree que cuando un hombre se juega la vida, como yo acabo de hacerlo, se fija en detalles?...

El lascivo secretario rompió a reír.

—¡Canastos! —exclamó—, ¡usted de nada se admira! ¿A un trasero así le llama usted «un detalle»?...

Esta hazaña fue el último de aquellos dos o tres rasgos preclaros de valor que fijaban otros tantos jalones gloriosos en la historia bizarra de Perea; una especie de canto de cisne o de verso gallardo con que el Azar le permitió rematar el magnífico soneto de su vida. Después, como si aquel sacrificio hubiese apagado bruscamente sus bríos, el héroe de la Grande Jatte tornose más sedentario y casero que lo fue nunca. Sus ocultos amores con doña Lucía duraron poco, y mucho tiempo hacía que sus relaciones eran rotundamente fraternales: se estrechaban las manos de cierto modo, se miraban con ojos en los que había una tristura de adiós, un calor de cenizas, y nada más. Don Higinio bajaba a la mina pocas veces; se levantaba a mediodía, y después de almorzar salía al jardín, donde las higueras, los naranjos, los albaricoqueros y los guindos de troncos plateados eternizaban la lucha de los árboles por el dominio del espacio y de la tierra: allí, tranquilo, solemne, un poco triste, como quien habiéndolo tenido todo, a todo renunció por generoso y estoico desasimiento de su voluntad, dedicaba horas dulcísimas a la crianza de sus conejos. Él mismo les construía sus viviendas y por su mano les aderezaba el pasto, compuesto principalmente de hojas de salvia, ramas de tomillo y de hinojo y otras plantas fragantes, que si no sirven para el encebamiento de los animales, los robustecen y acrecientan su fecundidad. Conocía sus enfermedades y el modo de curarlas, el régimen a que deben someterse los machos durante ciertas épocas del año, las razas más ardientes y que mejores crías producen; y apuntados en un cuaderno llevaba los días de monta, las fechas en que las conejas habían de parir y aquellas en que los gazapitos necesitan ser destetados. Acerca de tales minucias, el amante de Leopoldina hubiera podido escribir un libro. En el Casino jugaba al dominó con los amigos de su edad; pero ya no bebía ajenjo, ni quemaba terroncitos de azúcar, ni reía como antes, y si algún mozo le hablaba envidiándole su historia de amores y de valentías, adoptaba una actitud triste.

—Veo —decía suspirando— que inspiro celos a la juventud. ¡Ahora es cuando reconozco que voy siendo viejo!...

La desilusión, que en el curso insensible del tiempo cae sobre todas las cabezas por igual, con la diferencia de que en las mozas y calientes se deshiela, mientras en las ancianas cuaja y perdura, había blanqueado, casi completamente, los cabellos ásperos y cortos del héroe. Doña Emilia, vieja también dentro de la parda tristeza de su hábito, sufría con el espectáculo de aquella lenta ruina. Sigilosamente los años realizaban su obra. ¡La primera cana! ¡Oh! ¿Qué frío lancinante, qué frío de otra vida hay en ese primer cabello blanco que nada, ni la hoguera de todas las ilusiones, ni el sol de todas las primaveras futuras, podrían curar?... Alma que lates dentro de nosotros, roto en pedazos tu traje verde, hecho con sedas de ilusión; ¿por qué no te envolviste, como en un sudario, bajo las primeras nieves que florecieron sobre tu frente? ¿Acaso no llega a ti el silencio de tus rizos de plata? Y si lo sientes, ¿por qué esperas aún?...

De esto doña Emilia hablaba frecuentemente con su hermana y su hija, y Carmen, que tenía sobre sus rodillas a Higinín, suspiraba, y sin advertirlo iba habituándose a la idea de ser la huérfana de un héroe. A doña Lucía también la apenaba el natural apagamiento de su antiguo amante. Con los años su carne había callado, pero su corazón palpitaba aún por él. Muchas tardes, viéndole trabajar bonachonamente en la fabricación y limpieza de sus conejeras, meditaba:

«¡Y que ese hombre haya matado a otro por una mujer!...».

Una mañana de las últimas de octubre don Higinio declaró que no podía levantarse. Su mujer, cuando le llevó el desayuno a la cama, sorprendiose de hallarle acostado boca abajo y quejándose de fuertes dolores en los riñones y en el vientre. Tiempo hacía que el reúma le rondaba: unas veces se le fijaba en un codo, otras le atacaba las rodillas, y épocas hubo en que los pies, particularmente el izquierdo, se le hinchaban de modo que le era imposible calzarse. Ahora el mal parecía detenido y localizado, y con tal furia apretaba que el enfermo, bien a pesar suyo, no sabía estarse quieto.

—¿Quieres que llamemos a Hernández? —preguntó doña Emilia.

—No, todavía no; esperemos a que sea más tarde.

El médico, ignorantón y expeditivo en sus procedimientos, le inspiraba miedo.

—Mejor sería —agregó— que me dieses una buena friega de alcohol en los riñones.

Doña Emilia dejó la colación matutina del héroe sobre la mesilla de noche y salió en busca de un preparado de alcohol y romero muy eficaz contra toda clase de dolores. Teresita, a quien en los cambios de estación también se le inflamaban las articulaciones, lo empleaba mucho y siempre con fortuna. El rostro hundido en la almohada, la camiseta de bayeta recogida hasta los sobacos, don Higinio resistió pacientemente el masaje. Mientras le frotaba con todo empuje y devoción, su mujer no cesaba de hablar, a la vez maternal y celosa:

—¡Ya!... Si no hubieses llevado la vida que sabemos, no estarías así; pero, ¡claro!, no quisiste oír mis consejos y ahora te ves como te ves... ¡hecho un valetudinario!... Entre las humedades de la mina y las que recibías cuando te ibas a pescar, ¡bueno te han dejado!... ¿Te acuerdas de la tarde en que se desbordó el río?... Aquella mañana yo no quería dejarte marchar; pero tú, según costumbre, no me hiciste caso. ¡Naturalmente!... Las mujeres propias nunca tienen razón, ¿verdad?... Somos un pedazo de carne con ojos, una especie de amas de llaves o de burras de carga, sin hermosura, sin entendimiento, ¡sin nada, hijo, sin nada!... Buenas solo para reñir a las criadas y darle teta a los niños. En cambio, si yo fuese una pelandusca cualquiera, de esas que no saben más que mirarse al espejo, pintarse los ojos y retratarse en cueros, como quien yo sé..., ¡Dios la haya perdonado!..., no sabrías dónde ponerme...

Según hablaba, sus recuerdos se desentumecían amenazadores, y sus manos se crispaban furiosas, como si los lucios lomos del paciente fuesen las entrañas aborrecidas de alguna rival. Perea, callado, sumiso, con la humildad que infunde una conciencia sucia, no respondía palabra, y apretados los dientes y los carrillos crecidos por el esfuerzo que le costaba no quejarse, resistía los aliados dolores del reúma y de las friegas.

Doña Emilia proseguía su rencoroso monólogo, y a veces, vencida por la fatiga, apoyábase inadvertidamente sobre el enfermo con grave escozor de su piel y quebrantamiento de sus costillas.

—¡Y si no fuesen más que los resfríos de la mina!... Pero otros..., ¡ya lo creo!..., otros son los motivos que ahora te tienen tirado en esa cama. Los hombres que de jóvenes abusaron de los placeres, como tú has hecho, llegan a la vejez prematuramente. Porque, ¡eso no puedes negarlo!... Queridas no te han faltado: hoy una, mañana otra; cojo a la morena, dejo a la rubia... ¡un serrallo!... y de todos los países. Luego, esa herida... ¡Dios no permita que nos dé un disgusto!...

Seguía frotando, satisfecha de ver cómo las mollares espaldas del paciente enrojecían.

—Cuando te veo así comprendo que de todas tus amantes la que mayor aborrecimiento me inspira, a la que detesto con toda mi alma, tanto que si pudiese la quemaría viva, es a la italiana. A Indalecia, ahí tienes, a Indalecia, no la odio. ¡Pero a la italiana! ¡Grandísima perra! Dios me perdone; pero si considero que por culpa suya te pudieron matar y quedarse nuestros hijos sin padre, parece que voy a volverme loca. Es verdad que te tengo, que eres mío; pero, ¡cómo te han dejado!... Reumático, herido, enfermo del corazón... ¿Ves? Di... ¿Reconoces ahora las consecuencias de tu mala cabeza?...

Con el favor del alcohol y de los restregones, don Higinio sintiose mejor, y a ello coadyuvó el gran trozo de franela caliente que le aplicó su mujer sobre el abdomen. Una saludable reacción le permitió dormir hasta medio día. Cuando despertó, acordándose de que debía contestar sin dilación a la carta que el ingeniero belga monsieur Luis Berain, futuro director de la mina, le había dirigido, pidió recado de escribir y redactó un telegrama:

«Luis Berain. Escuela Politécnica. Bruselas. Urge presencia suya aquí. Póngase en camino cuanto antes. Banqueros místeres Witerbay, Sedwind y Compañía, le facilitarán fondos necesarios.—Perea».

Llamó a doña Emilia:

—Ordena a Vicenta que vaya a Correos y le diga a Gutiérrez me haga el favor de traducir este telegrama al francés y de darle curso en seguida. ¡Ah! Y tú, si ves a Gutiérrez, explícale que por hallarme enfermo no se lo he enviado traducido, no vaya a pensar que no sé francés...

Don Higinio no quiso almorzar; tenía el vientre inflamado y los dolores de riñones volvían a mortificarle. Por todo alimento, en el transcurso de la tarde, bebió dos vasos de leche azucarada y una taza de caldo. A la hora del crepúsculo se amodorró. Doña Emilia, que no se separaba de él, le tocó la frente y los pulsos y advirtió que estos eran muy recios y frecuentes.

—Tienes calentura. ¿Mandamos venir a don Gregorio?

—No, hija.

—¿Por qué?...

—Ya te lo he dicho; todavía no hace falta.

Su mujer le dio una segunda frotadura de alcohol y romero, y le abrigó el vientre con un buen fomento de algodón y una faja de franela: esta faja histórica, pues que sirvió a doña Emilia veinte años atrás, en su último parto, hizo florecer sobre los labios del héroe una sonrisa triste. Luego cerró los ojos y entre sueños sintió murmullo de pasos y creyó reconocer la voz de doña Lucía. La noche la pasó muy mal; punzadas fugaces, pero terribles, que parecían nacerle en los riñones, le zarpeaban el vientre, por momentos más hinchado y más duro. Carmen acompañó a su padre hasta media noche, hora en que se retiró porque a Higinín no podía dejarle solo más tiempo. Teresita y doña Emilia se quedaron velando al enfermo. A intervalos, Perea buscaba ansiosamente las manos de su mujer y las oprimía con fuerza.

—Me siento peor —decía—, ¿qué será?...

Entornaba los párpados y su respiración, con el dolor, era anhelante y ruidosa. Balbuceaba:

—Me siento peor.

Por la mañana, su voluntad se debilitó y pidió que llamasen al médico.

—¡Es un animal! —suspiró—, un completo animal; pero... ¡qué vamos a hacer!...

A poco, metido en una tuina de paño pardo con bocamangas y cuello de astracán, pantalón de pana y botas amarillas de ternera, llegó don Gregorio. Su sombrero, su madura corpulencia, su tempestuoso vozarrón y los aspavientos de sus brazos enormes, llenaron el dormitorio. Traía los párpados hinchados de sueño; ni siquiera le habían dado tiempo a lavarse la cara. Apenas recibieron en su casa el recado de don Higinio, doña Lucía le echó a la calle.

—¡No he podido desayunarme! —exclamó.

Acercose al paciente y ligeramente, por debajo de las mantas, le exploró el vientre. Sus dedos de hierro iban de un lado a otro, golpeando, oprimiendo...

—¿Le duele a usted aquí? —decía—, ¿y aquí?..., ¿y ahora?...

Don Higinio tan pronto afirmaba como negaba; a ratos parecía perplejo y miraba al techo, cual si la sutil explicación y respuesta de lo que sucedía dentro de él estuviese allí. Doña Emilia, su hermana y Carmen, con Higinín en brazos, rodeaban el lecho, suspensas y pálidas.

—Se me figura —insinuó don Higinio tímidamente, porque los dedos del médico le hacían mucho daño— que esto es un ataque de reúma.

—¿Y por qué cree usted eso?

—Hombre..., como usted sabe que soy un reumático crónico...

Hernández calló; parecía tener otra opinión.

—Vamos a ver —murmuraba, como si hablase consigo mismo—, vamos a ver...

Doña Emilia suspiró, cruzando las manos:

—¡Ay!... ¿Cree usted que será grave?...

—No sé, señora mía; no lo sé aún; pero espero saberlo; mis dedos algo han de decirme...

De pronto, su rostro bronceño de cazador se iluminó con la claridad de un hallazgo; pero instantáneamente aquella luz desapareció, y lo que unos momentos fue alegría fortísima, mudose en sombras de preocupación y de tragedia. Tan manifiesto y decidido imperio adquirió este segundo gesto, que doña Emilia, primero, y luego Teresita, se echaron a llorar.

Doña Emilia gritó:

—¿Qué es, don Gregorio de mi alma, qué es eso?... ¡Hable usted, por el amor de sus hijos; hable usted!...

El médico repuso absorto y solemne:

—El caso no es desesperado, pero sí grave. ¿A qué andar con eufemismos? ¡Muy grave!...

Cruzose de brazos, el mentón sepultado en el lazo de su corbata, las cejas fruncidas. Interrogó a Perea:

—¿Usted es cardíaco, verdad?

—¡Toma! ¿A qué viene esa pregunta? ¿No lo sabe usted de siempre?...

Hubo otra pausa. Hernández murmuraba:

—Muy grave..., muy grave...

Don Higinio, un poco inquieto, observaba a su amigo, pensando: «¡Qué disparate irá a decir este avestruz!...».

Al médico parecía costarle trabajo resolverse a hablar. Sin duda sus palabras iban a ser aterradoras. Al fin se decidió:

—Yo quisiera que estas señoras nos dejasen solos un momento...

Las tres mujeres, a la vez, prorrumpieron en gritos y sollozos, formando una ensordecedora algarabía. Por suerte don Higinio, agitando imperiosamente su diestra corta y heroica, las redujo a silencio.

—Hacedme la santa merced de callar. De lo contrario, me obligaréis a echaros de aquí.

Y, volviéndose hacia Hernández bonachonamente:

—Pero, veamos; ¿usted no piensa, como yo, que se trata de un poco de reúma?

—No, señor.

—¿No?...

—No, señor: desgraciadamente, no es así. Si no fuese usted Higinio Perea hablaría de otra manera; pero usted es un hombre, un verdadero hombre, sereno y valiente... ¿Me explico?... ¡Un hombre que puede oírlo todo!

Las mujeres permanecían trémulas, boquiabiertas; en sus ojos dilatados, la curiosidad secó el llanto. Perea también empezaba a alarmarse, que el misterio y pavura de que don Gregorio rodeaba su diagnóstico a todos se imponía, y hubo en la habitación un silencio tal que se habría percibido el hilar de una araña. El rostro y el ademán del médico adquirieron expresión profética:

—Amigo don Higinio, en este bajo mundo, como recuerdo haberle repetido muchas veces, todo se paga.

Perea quiso bromear:

—¿Todo? ¡No exagere usted! ¡Recuerde sus deudas de estudiante!...

Pero Hernández permaneció serio; tan serio como jamás lo estuvo en su vida.

—¡Todo se paga! —insistió sibilino—; y así, quien sembró bienes, recogerá bonanzas, y quien fue malo, al finar su vida solo cosechará tempestades y dolores.

Y tras una pausa:

—Esto último le ha sucedido a usted, querido amigo. Usted es muy bueno, ya lo sabemos... ¡muy noble!... Pero la juventud de usted fue turbulenta; usted usó y derrochó sin cálculo las energías preciosas de la mocedad, y ahora es llegado el triste momento de pagar aquellas locuras. Usted cree que esos dolores son reumáticos; está usted completamente equivocado. Esas punzadas que, según dice muy bien, parecen desgarros..., algo como si le rajasen a usted por dentro..., ¿verdad?..., provienen de otra causa.

—¿De cuál?...

Por más esfuerzos imaginativos que hacía, no daba con el hito o término adonde su interlocutor iba a parar. Hernández prosiguió:

—Usted ha olvidado que sus aventuras dejaron en su cuerpo un rastro indeleble; usted no se acuerda de que lleva una bala dentro e ignora que las heridas viejas, cuando llegamos a cierta edad, suelen ser fatales...

El héroe de la Grande Jatte se estremeció; en aquellos momentos de sinceridad, las palabras del médico le produjeron la brutal sensación de un chorro de agua fría sobre la espalda.

—¿Qué quiere usted decir?

—Quiero decir —replicó don Gregorio con una lentitud llena de autoridad— que si yo desconociese la historia del balazo me inclinaría a creer que la enfermedad de usted se reducía, sencillamente, a un ataque agudísimo de reúma visceral. Es una clase de reúma muy frecuente en los cardíacos.

Don Higinio, agitando ambos brazos en el aire, comenzó a afirmar con resuelta vehemencia:

—¡Ah, pues no lo dude usted! ¡No lo dude usted!... ¡Lo que yo tengo es reúma visceral!...

—¿Por qué?

—¿Cómo, por qué?... ¡Toma! ¡Porque sí!... Porque mi padre y mi abuelo y todos mis ascendientes fueron reumáticos... y ellos me dieron su reúma como su apellido. ¡Ni más ni menos!...

—Está usted equivocado, amigo Perea.

Con la terquedad del médico, don Higinio empezaba a irritarse:

—Pero, ¿por qué no había de ser reúma?

Hernández, a su vez, dio una terrible voz.

—¿Y por qué no había de ser la bala, que, desprendida al fin del hueso donde estuvo alojada, al descender ahora obedeciendo a la gravedad, le produce a usted esos dolores de que se queja? Deme usted una razón siquiera en contra de lo que digo: ¿por qué no había de ser la bala?...

Como la cobarde y pesimista complexión humana, por obra de su misma poquedad y follonería, inclínase siempre a creer lo más malo, desde el primer momento, así doña Emilia, como Teresita y Carmen, rindieron su confianza a la opinión de don Gregorio; y apenas oyeron que la vengativa bala del holandés era la causa de los tenaces dolores que afligían al cabeza de familia, cuando se arrojaron unas en brazos de otras, deshaciéndose en lágrimas, sollozos e imprecaciones furibundas. Doña Emilia, especialmente, tuvo inflexiones de voz, encendidas miradas y gestos dignos de la tragedia griega. Olvidada de la mansedumbre a que su hábito parecía obligarla, mordíase los puños y zapateaba el suelo como si allí, bajo sus pies, tuviese a la italiana del hotel de los Alpes. Recordaba su retrato, roto y quemado en el jardín; la veía entre pieles, orgullosa de su belleza incitante, medio desnuda, y esto acrecentaba su cólera.

—¡Las perras! —rugía—. ¡Las grandísimas lobas, bribonas, viciosas y sinvergüenzas, que, no contentas con su marido, hacen cara a los hombres casados!... ¡Que se ha muerto!... ¿Y a mí, qué?... En el infierno habrá caído de cabeza y allí estará ardiendo por una eternidad. ¡La muy pécora!... ¡Poner frente a frente a dos hombres para que se maten!... ¿Qué hace Dios —¡la Virgen del Carmen me perdone!— que de un rayo no las parte a esas malas tías el corazón?...

Iba a proseguir su fervorosa perorata, cuando su marido, seca y desabridamente, la atajó y redujo a silencio.

—O callas, pero callas en absoluto, o te vas. ¡Elige!...

Las tres plañideras se reportaron, y si bien continuaron llorando, pues las lágrimas sinceras ni corren ni se enjugan a voluntad, hacíanlo con tal temerosa parsimonia y comedimiento que no se las oía. El semblante del héroe reflejaba una honda preocupación: él estaba cierto de hallarse bajo un ataque de reúma; pero el médico afirmaba que aquellos dolores eran motivados por la bala en su movimiento de descenso, y, realmente, admitiendo la historia de su lance con el holandés, no había ninguna razón científica que rechazase lo que don Gregorio decía. Perea reconoció que ambas explicaciones, la suya y la de Hernández, se equilibraban. Entonces, gravemente, miró a su amigo.

—Bueno —dijo—; suponiendo que tenga usted razón, ¿qué cree usted que debemos hacer?...

Don Gregorio tuvo un ademán de indecisión que el paciente se apresuró a desvanecer; con él se podía hablar de todo: era «un hombre».

—Ya lo sé —replicó el médico—, ya lo sé; por consiguiente, expresaré mi opinión sin ambages. Amigo Perea, la situación en que usted se halla es comprometidísima: hay que operarle a usted.

—¿Operarme? —repitió don Higinio que, a pesar de su indiscutible valor, había sentido palidecer sus mejillas.

—Sí, señor.

—¿Operarme qué? ¿Dónde?

—¡Oh!... Nada más sencillo: abrirle a usted el vientre y sacarle el proyectil.

Estas palabras de tal manera pasmaron y suspendieron el ánimo de las mujeres, que, como por ensalmo, cesó su llanto. Hubo un dilatado y absoluto silencio. Don Higinio, no sabiendo qué actitud adoptar, encendió un cigarrillo; tan pronto se asustaba, como tenía ganas de echarse a reír, o el sufrimiento imponía a su rostro algún ridículo visaje.

Hernández había comenzado a exponer un terrible diagnóstico.

—¿Usted no me ha dicho que el holandés era un hombre alto?

—Sí, señor.

—¿Más alto que yo, tal vez?...

El enfermo advirtió que su mujer, su hija y su cuñada le miraban fijamente, desesperadamente, invitándole a recordar bien, a no olvidar o descuidar ningún detalle. Sus cejas se fruncieron, como si ayudasen con aquel movimiento a la memoria.

—No, me parece que no —declaró con la parsimonia de quien mide y sospesa bien sus palabras—; míster Ruch sería como usted.

Don Gregorio, repuso:

—Eso creía yo, no sé por qué. Pues, bien; la bala que un hombre de mi estatura disparase sobre usted, al penetrar por debajo del apéndice xifoides, que es donde aparece el orificio de entrada del proyectil, seguiría una línea descendente, hasta tropezar en el raquis o columna dorsal, a la altura próximamente de la décima vértebra.

Las manazas del médico trazaban en el aire figuras geométricas.

—¿Ve usted? La bala entra por aquí y sigue hacia abajo...

Las mujeres hacían signos afirmativos; don Gregorio tenía razón: su explicación era sucinta, terminante. ¡Lo que es la ciencia!... Creían estar viendo la bala...

Hernández continuó:

—Ahora necesito saber si la convalecencia de usted fue rápida.

Don Higinio, aturdido, arrastrado por la fuerza de la situación en que estaba, declaró:

—Sí, rápida... Yo no recuerdo exactamente... ¡Han pasado tantos años! Pero, sí... desde luego, duró poco.

—¿Unos quince días?

—Eso es: un par de semanas, o menos; calculemos doce días...

Su mujer intervino en aquella, al parecer, interesantísima ordenación de fechas:

—Yo sé que cuando te hallabas en París pasaste dieciocho días justos sin escribirme. ¿No serían esos los de tu enfermedad?...

Don Higinio hizo un mohín ambiguo.

—Es lo mismo —interrumpió don Gregorio—; cinco días más o menos no modifican lo que voy a decir. La bala, que de haber roto alguna asa intestinal hubiese acarreado la peritonitis y en seguida la muerte, es indudable que perforó el peritoneo y la cavidad abdominal, sin lesionar ninguno de los grandes vasos del tronco celíaco ni otros órganos capitales. A esta casualidad, verdaderamente milagrosa, debemos atribuir que la cicatrización de la herida fuese tan rápida. Ahora bien; los años han pasado, usted sabe que los cuerpos vivos tienen una marcadísima inclinación a desechar cuantos objetos extraños pudiera haber en ellos, y así los libros consignan numerosos casos de individuos que habiéndose tragado una aguja, verbigracia, mucho tiempo después se la encontraron en una pierna o en un pie. Esto es lo que aquí ha sucedido: la acción eliminadora, lentísima, pero cierta, del hueso, por una parte, y de otra algún movimiento o esfuerzo que usted ha realizado, consiguieron expulsar al proyectil de la especie de celdilla o alveolo que él mismo, al hundirse en el espinazo, se había formado. En estos momentos la bala, cumpliendo la ley de gravedad, va bajando, y lo hace desgarrando cuantas fibras, ligamentos y tejidos encuentra a su paso; quizás alcance al duodeno, parte del intestino delgado adherido a la parte posterior del abdomen, y al mesenterio... Esos dolores de riñones que usted siente señalan la trayectoria que sigue el proyectil. Si hubiese aquí un encerado, yo la pintaría; esto, en cirugía, es una especie de tópico, algo que se ve...

Aunque completamente derrotado bajo la terrible coalición formada por su propia mentira y la irritante ignorancia del médico, el desventurado don Higinio aún se atrevió a insinuar:

—¿Y si la bala se hubiera estado quietecita y esto no fuese más que reúma?... Perdone usted mi insistencia, pero yo...

Hernández, con ese fanatismo especial que ponen los médicos en la defensa de sus opiniones, no le dejó concluir.

—No, señor, no es reúma —gritó—; yo le aseguro a usted que no es reúma. No niego la existencia de pleuritis y peritonitis reumáticas, motivadas por la acción directa de la sustancia tóxica específica, o acaso por una pericarditis reumática. Usted tiene el vientre inflamado, y pudiera ocurrir que dicha inflamación se hubiese transmitido desde el pericardio a la pleura y de esta al peritoneo, en cuyo caso la dolencia quedaría reducida, en último término, a un catarro gástrico. Esta explicación es la inmediata, la más sencilla, por no decir la única, tratándose de un hombre que no hubiera sido herido; pero no olvidemos que usted lleva una bala dentro y que ese trozo de plomo, estimando ciertos síntomas que son más para sentidos por el médico que para explicados, indudablemente acaba de deslizarse fuera de la cara anterior del cuerpo de la vértebra donde por espacio de doce o quince años estuvo presa, y lo hace suspendiendo sobre la vida de usted el terrible peligro de la peritonitis.

Disertó dilatadamente y con una abundancia pedantesca, que, no obstante su oscuridad, así maravillaba como afligía a su auditorio. Escuchándole, don Higinio pensaba socarrón: «¡Lucido estás, si siempre aciertas como ahora!...».

Nuevamente don Gregorio rogó a las señoras que se marchasen; necesitaba hablar con el enfermo a solas un momento. Ellas retiráronse con sigilosos pasos, una tras otra, la cabeza inclinada sobre el pecho y debajo de la nariz el pañuelo empapado en lágrimas. Apenas Teresita, que iba la última, cerró la puerta, Hernández se instaló al borde del lecho y su voz y su rostro reflejaron una intensa emoción paternal.

—¿Sufre usted mucho? —preguntó.

—Bastante. El dolor empieza aquí detrás, a la altura de las caderas, y alcanza hasta el empeine...

Don Higinio se tocaba la amplitud de su abdomen, duro y redondo.

—Lo tengo hinchado —repetía—; es innegable que lo tengo hinchado.

—Vamos derechos a la peritonitis...

Perea tuvo un gesto de cansancio y desdén. Don Gregorio insistió:

—Usted me llamará machacón; pero yo estoy obligado a decirle lo que mi buena amistad y leal saber me aconsejan: vamos derechos a la peritonitis. ¿Lo quiere usted más claro? Pues bien; usted necesita operarse inmediatamente. Si yo no le inspiro confianza suficiente, llamemos a otro médico o a varios médicos, y seguro estoy de que dirán lo mismo: que debe usted dejarse operar antes de que la tumefacción de los tejidos imposibilite toda acción quirúrgica. La dificultad capital, sépalo usted de una vez, estriba en que para resistir una operación así es indispensable cloroformizarse, y usted no puede tomar el cloroformo porque es cardíaco.

Don Higinio miraba al techo; parecía tranquilo, como si no midiese bien el terrible dilema en que la ciencia de don Gregorio le colocaba. Hernández añadió:

—Yo le invito a meditar en esto; pero en seguida, pues el extremado riesgo de la situación permite que cada minuto tenga para nosotros la importancia, de una hora. A usted, que ha expuesto la piel tantas veces, la muerte no puede asustarle; por eso hablo así: ha llegado el momento, querido amigo, de jugarse la vida a una carta; o poniéndonos en lo peor: de elegir entre dos muertes: dulce, suave, totalmente inconsciente, una de ellas, la del cloroformo; terrible, desesperada, llena de indescriptibles convulsiones, la otra, la de la peritonitis. Sin vacilar, yo escogería la primera. Cloroformizándose, siempre le quedan a usted esperanzas legítimas de salvarse; en cambio, dejando que la hinchazón siga su curso, va usted a un desenlace fatal. ¿Qué hacemos entonces?...

El héroe de la Grande Jatte se rascó la cabeza, se atusó el bigote, se frotó la nariz, volvió a un lado y otro sus nobles ojos azules. Después, majestuoso, con la lentitud reflexiva del hombre que, sintiendo su fin cercano, se dispone a testar, repuso:

—Querido don Gregorio, mi situación es demasiado difícil para resuelta de pronto; tengo muchos negocios pendientes; tengo también muchos afectos entrañables que me ligan a la vida y me la hacen amable. Morir no es nada... ¡nada!... un parpadeo y se acabó. Pero ¿y lo otro? ¿Cómo despedirse de todo aquello en que puso uno su corazón?... Déjeme usted pensar..., ordenar mis ideas..., hablar con mi conciencia... ¿Eh? ¿Le parece a usted bien?... Yo le avisaré a usted mañana...

En el acento con que estas atinadas razones fueron dichas, palpitaba un dejo de ironía y buen humor.

Y agregó:

—Ahora, provisionalmente, para mitigar un poco los dolores del vientre, ¿qué me aconseja usted?...

Don Gregorio le recomendó aplicarse de hora en hora en el vientre fomentos calientes de harina de linaza, aderezados con gotas de láudano.

—Es lo mejor —dijo— porque el láudano no cura, pero encalma, y la linaza es un buen emoliente. Procure usted no moverse y permanecer boca arriba todo el tiempo posible; así retardaremos el movimiento de avance de la bala. Como alimento, nada más que leche y, si acaso, un poquito de caldo...

Apenas se fue Hernández, doña Emilia, Carmen y Teresita reaparecieron; querían saber lo que el médico había dicho, y don Higinio, tanto para satisfacer aquella afectuosa solicitud, como por que le dejasen en paz, informolas de todo minuciosamente. Ellas, paradas delante de la cama, le escuchaban silenciosas, clavados en él sus ojos implorantes, llenos de lágrimas. También pidió el héroe los fomentos de harina de linaza que le habían prescrito, y habiendo recibido el primero, casi abrasando, sobre la barriga, rogó que le dejasen solo.

En la media luz del dormitorio, apenas le rodeó el silencio, don Higinio Perea sintió desentumecerse en su interior una nueva y extravagante inquietud. Era algo parecido a un mal presentimiento. El estaba bien seguro de que todo aquello de la peritonitis explicado por don Gregorio con fraseología gárrula era, sencillamente, un mondo y formidable disparate. Sin embargo, el criterio del médico le preocupaba; diríase que su opinión era una amenaza real, un peligro verdadero, tangente, que vivía fuera de él y podía herirle; una fuerza enemiga contra la que acaso necesitase esgrimir su voluntad.

Al anochecer, doña Emilia y Teresita entraron en el dormitorio, y sus hábitos del Carmen impresionaron desagradablemente a Perea, sugiriéndole la emoción de hallarse muy enfermo. Las dos hermanas volvían de casa de don Gregorio y de hablar con él. Comentaron su conversación; Hernández, a quien sorprendieron estudiando sobre un atlas anatómico la herida de don Higinio, las había reiterado la absoluta necesidad y urgencia de la operación; doña Lucía opinaba lo mismo; y como de pronto se interrumpiesen, el galán del hotel de los Alpes, que estuvo escuchándolas atento, preguntó:

—¿Y vosotras?... ¿Qué pensáis vosotras?...

Ninguna de ellas se decidía a responder, y mirábanse asustadas, como encomendándose mutuamente el trabajo de hablar. Era la indecisión caritativa de las personas comisionadas de recordarle a un moribundo la oportunidad de dictar su testamento. Al cabo, doña Emilia, más resuelta:

—Nosotras creemos —dijo— que debes operarte; la idea de que te abran el vientre me horripila; yo sé que tu operación me cuesta una enfermedad... Pero, ¡si de ello depende tu salud!...

Don Higinio volvió a estremecerse; un gran frío recorrió sus miembros; aquel mismo frío que el médico, al marcharse, le dejó en la conciencia. Un halo siniestro le circundaba; él lo sentía crecer a su alrededor, espesarse, adquirir consistencia palpable, y no podía evitarlo. Pero ¿es que su mujer y su cuñada, las personas que más le querían, contagiadas de la charladora y pedantesca ignorancia de Hernández, hablaban formalmente de ponerle los intestinos al sol para extraerle una bala imaginaria?...

El paladín de la Grande Jatte, entre los dolores del reúma y el recuerdo de la mortal conjura que iba cubriéndole, no pudo cerrar los ojos en toda la noche.

Muy de mañana don Gregorio fue a verle.

—¿Qué tal se ha dormido?

—Bastante mal, amigo mío —repuso Perea—; bastante mal; peor que ayer.

En efecto, estaba pálido, y sus barbas rucias y crecidas le aviejaban deplorablemente. Don Gregorio, por debajo de las mantas, le palpó el vientre, que halló más duro y crecido que la víspera.

—Esto —dijo— va en auge.

Sacó un cigarrillo, le mudó el papel y lo encendió con lentitud estudiada, esperando a que don Higinio reflexionase. Después:

—¿Y bien? ¿Qué hacemos? Es imposible andarse por las ramas: ¿qué ha resuelto usted de la operación?...

El héroe detuvo en su interlocutor una mirada indefinible.

—¿No cree usted —murmuró suavemente— que para el reúma son buenos los salicilatos?... También, en otras ocasiones, he tomado yoduro...

Hernández se levantó indignado, y su rostro noble y rudo expresaba desdén.

—¡Amigo mío, no le creía a usted tan pusilánime!... Dicen que los años afeminan a los hombres, y es verdad. Lo veo en usted. Curarse una herida de bala con salicilatos o con yoduro, es lo mismo que ir a cazar liebres con una guitarra. Ya he dicho mi opinión y no volveré a repetirla: hay que operar, ¿estamos?; hay que operar, pues de lo contrario se muere usted. ¿Lo ha oído usted bien, lo ha comprendido usted bien?... Antes de ocho días se muere usted rabiando como un perro; pero, así, ¡como un perro!... ¿Hablo claro?... ¡Ahora, haga usted lo que quiera! Por mi parte, mientras usted no cambie de criterio, doy por concluida aquí mi misión y me retiro.

Dicho esto se marchó furioso, resoplante y encendido, sin atender a las conciliadoras voces con que don Higinio le llamaba; y al portazo tremebundo que dio al salir, los cuadros se estremecieron sobre las paredes y todo el dormitorio vibró como un tambor.