XII
La tarde transcurrió sin incidentes; Perea continuaba aplicándose los fomentos de harina de linaza, y ordenó que le trajesen un poco de yoduro.
Ya de noche, el boticario fue a visitarle; su figura alta, barrigona y dulce, complació al enfermo, que empezaba a aburrirse de que le dejasen tan solo. Don Cándido disculpó su tardanza en venir; llevaba tres días sin pisar la calle, porque su hijo había necesitado ir a Ciudad Real y la farmacia no podía quedarse sola.
—Yo sabía por don Gregorio que estaba usted enfermo. ¡Qué diablos!... ¡Quién iba a pensarlo!, ¿verdad?...
Don Higinio se inmutó:
—¿El qué?...
—Nada, eso..., lo de la bala... ¡Ya ve usted! ¡Una herida tan antigua!... Y el peligro, realmente, no está en la operación, sino en la lesión cardíaca que usted padece. En fin, el caso no es desesperado ni mucho menos; ya sabe usted que la moderna cirugía realiza milagros..., ¡verdaderos milagros!...
Perea no respondió; estaba absorto y como petrificado. Aterrado, volvía a preguntarse:
«Pero, Señor..., ¿qué inevitable maleficio hay suspendido sobre mí?...».
A poco llegó Julio Cenén, con sus pantalones muy cortos, su chaquet azul y su reducida cabecita de pájaro, llena de inconsciencia y de movilidad.
—¡Hola, don Higinio!... ¿Qué hay?... Ya me han dicho, lo supe anoche...
—¿Qué ha sabido usted?...
—Lo de la operación. ¿Cuándo será?...
—Precisamente lo preguntaba yo hace un momento —exclamó don Cándido.
El secretario del Ayuntamiento pidió al farmacéutico algunos detalles.
—¿De modo que la bala, según parece, se ha desprendido del hueso?
—Eso asegura don Gregorio.
—Y es indudable: hace un instante estaban explicándolo en el Casino. Gutiérrez sostenía que el desprendimiento del proyectil proviene de un esfuerzo. Yo entonces me acordé del incendio que hubo en el callejón del Hombre Ahorcado, cuando aquí, nuestro amigo, salvó de entre las llamas a Evarista, la hija de Matilde la cintera. ¿Eh, Perea?... ¿Le parece a usted que tengo razón? ¿No sería entonces?...
Don Higinio tuvo un alzamiento de hombros despreciativo, genuinamente heroico, hacia aquella tarde en que, lanzándose a través de una hoguera, se jugó la vida.
—Tal vez... —murmuró.
No hubiese querido contestar afirmativamente; pero, ¿qué iba a hacer?... Admitiendo la leyenda de la isla de la Grande Jatte, ¿por qué no establecer conexiones entre el balazo del holandés y la salvación de Evarista? Lo uno explicaba lo otro, y él no podía rebelarse contra aquel lógico hilvanamiento de hechos; la mentira lanzada una tarde entre la alegría de dos copas de coñac proseguía triunfante su camino y era casi imposible detenerla; la opinión de los millares de personas que comulgaron en ella habíala conferido autoridad irrevocable; era un caso de inercia moral, una especie de cuesta abajo que un hombre, don Higinio Perea, rodaba impulsado por el parecer asesino de muchos hombres.
Don Cándido se levantó:
—¿Vámonos, amigo Cenén?
—Como usted guste. Son las ocho: hora de cenar.
Ya se marchaban cuando llegaron el notario Arribas y Gutiérrez con otros dos amigos. Venían de jugar unas carambolas en la fonda de don Justo. Todos saludaron a don Higinio efusivamente, y Perea supo agradecerles la visita con corteses y bien peinadas razones. El notario tomó asiento: la dilatación de su vientre, que le obligaba a retreparse mucho, su alentar fatigoso y sus ojos grandes, muy abiertos, le daban el aspecto de un hombre asustado.
—¿Cuándo es la operación? —exclamó—. En el Casino decían que era mañana.
Don Higinio, que ya esperaba la pregunta, adoptó un gesto de irreductible impasibilidad:
—No lo sé aún —dijo—; ya veremos. Mañana, desde luego, no ha de ser.
—¿Sufre usted mucho?
—Bastante.
—¿Los riñones, verdad?... Me lo explicaba don Gregorio anoche.
—Sí, los riñones; y también el vientre; lo tengo hinchado.
El notario, Gutiérrez, Julio Cenén y don Cándido, hacían mohines de perplejidad y disgusto. Todos compadecían a don Higinio, y cuál más, cuál menos, sentía remordimientos de haber ayudado con sus consejos a que fuese a París.
—¡Pero cómo viene la desgracia! —decían—, ¡quién iba a creer que una herida tan vieja!...
Distraído, llevado de su costumbre de mentir, enredándose cada vez más en aquella fatal leyenda de heroísmo, de cuyo prestigio cuidaba como de un fuego sacro, Perea repuso suspirando, resignado y sentimental:
—¡Estas son cosas de hombres!...
Tampoco aquella noche el héroe de la Grande Jatte pudo dormir. Por momentos sus dudas eran más lancinantes y pavorosas: había caído en una trampa; reconocíase acosado por todos y preso en una callejuela sin salida. Los leales amigos que iban a visitarle representaban la opinión colectiva; el pueblo que admiró su valor quería saberle curado, para que durante largos años continuara sirviendo de prez, honra y legítima vanidad a Serranillas. La muchedumbre, a un mismo tiempo buena, curiosa y cruel, necesitaba ver la bala, asistir desde lejos a la operación, oír de los autorizados labios de don Gregorio qué extraordinaria disposición y volumen tenían las temerarias entrañas del gran hombre. Evidentemente este peligro era imaginario; don Higinio, con solo una palabra sincera, podía destruir el aciago diagnóstico del médico; mas para ello necesitaba borrar su historia de bravo, aquella breve y ardiente historia mantenida, primero, con embustes, afirmada más tarde por los próceres alardes de su aventurero corazón. La mentira había arraigado demasiado en la conciencia social para que pudiera ser demolida sin riesgo; las fantasías, convertidas por obra del tiempo en realidad, constituyen bloques compactos, tenaces, y de una solidez perfectamente objetiva.
Ahora, al escudriñar su situación y hallarse amenazado por la majestad dramática de su obra, don Higinio Perea comprendía la implacable coalición formada contra él por los millares de sentimientos nacidos en torno suyo al poético calor de su mentira. Los más mortificantes, por ser los más ridículos, eran los detalles pequeños: aquellas miradas, aquellas gestos de aparente tristeza, aquellas medias frases hipócritas que durante cerca de veinte años fueron perfeccionando, burilando y esclareciendo la maravilla de su superchería. Se acordaba de los falsos suspirones con que interrumpió tantas noches el sueño pacífico de su mujer; la escena bufa del retrato quemado; la inverecunda exhibición de los periódicos, donde, según él, constaban los pormenores de su hombrada, y en los cuales tropezó sin gloria la virtud de doña Lucía; su pasividad cínica cuando doña Emilia entregó dos mil reales de sus ahorros al miserable que una mañana le amenazó con descubrir a la justicia su crimen; la avilantez, en fin, con que, burlándose impíamente de las más respetables creencias, permitió que su esposa y su cuñada vistiesen de por vida el hábito del Carmen y oyesen misas por el eterno descanso de la italiana y del holandés...
Al presente todos estos pormenores se volvían contra la ordinariez de su vientre tumefacto y reumático como puntas de espadas. Sin saberlo, la opinión, obligándole a sufrir una operación inútil y mortal, parecía querer vengarse bárbaramente de su mentira. ¿Cómo hurtar el peligro? ¿Cómo librar la vida del cuerpo, sin caer en el ridículo, muerte del alma? ¿Cómo, sin que le acuchillasen la piel, salvar intacta la dignidad?...
Don Higinio experimentaba la desesperante angustia del hombre que cayó en un lodazal y se siente hundir lentamente en el barro. ¿Cómo llamar a su mujer y a Teresita para decirlas: «Quitaos esos hábitos y no recéis por la salvación de personas que solo vivieron en mi espíritu...»? ¿Cómo confesar a doña Lucía: «He robado tus besos; yo no merezco tu estimación ni la honestidad que me sacrificaste; ten vergüenza de mí; te he estafado; yo no soy el hombre galán y espadachín que tú creías...»? ¿Cómo, en fin, arrastrar la befa de la opinión, arrancándose de la frente, para tirarlo a los pies del populacho, su airón de mosquetero?... ¿Acaso no era este sacrificio suicida más doloroso que la misma muerte?...
Al día siguiente, durante el transcurso de su mañana, don Higinio estuvo oyendo el murmullo de los pasos y de las conversaciones de muchas personas que iban a informarse de su salud. El amante de Leopoldina había ordenado que no dejasen entrar en su aposento a nadie; empezaba a tener miedo de aquella muchedumbre interesada, al parecer, en verle morir. No obstante, por la voz reconoció a varios visitantes, entre ellos al cura don Tomás Murillo, a Pepe Fernández, a don Remigio el maestro y a Juan Pantaleón. El rumor de sus diálogos era el eco indagador, impaciente y sanguinario de todo el pueblo, para quien la operación de don Higinio empezaba a tener el interés de una pena capital.
«Son ellos —pensaba el héroe—, los desocupados, los curiosos, los sedientos de emociones bárbaras, que vienen a indagar el día de mi ejecución...».
Por la tarde sus dolores arreciaron y pidió a grandes voces un papelillo de salicilato. Después, aliviado instantáneamente, se durmió. Al despertar, sorprendiose de ver a doña Emilia y a Teresita arrodilladas cada una a un lado del lecho.
—¿Qué hacéis ahí?...
Ellas cogieron las manos del héroe, y muy despacio y con mucho amor empezaron a besárselas. Según dijeron, hacía largo rato que estaban allí.
—Queremos —murmuró Teresita— pedirte un favor; Emilia te lo dirá; yo no me atrevo...
Doña Emilia interrumpió a su hermana:
—Se lo decimos las dos; es lo convenido.
—Bueno..., pues..., ¡las dos!...
Y, casi a la vez, clavando en los ojos de Perea los suyos implorantes y mojados en llanto copiosísimo:
—Es preciso que te dejes operar —balbucearon—; es preciso...
El enfermo ni siquiera tuvo fuerzas para asustarse; desfallecido, abúlico, murmuró:
—Pero, ¿será posible que vosotras también creáis en eso?...
—Nosotras, sí; ¡ya lo creo!...
—¿Por qué?
—Lo ha dicho don Gregorio; lo dice todo el mundo.
—Pero es que don Gregorio, que no es ninguna notabilidad, puede equivocarse; vosotras sabéis que su especialidad es equivocarse... ¿Y si lo que tengo fuese reúma?...
Doña Emilia, sin cesar de besar la mano de su marido, replicó:
—Es que la opinión de don Gregorio es la de todas las personas con quienes hemos hablado: el notario, Julio Cenén, Gutiérrez, don Tomás... piensan lo mismo. No hay tal reúma. Don Cándido y su mujer, cuando fui a comprar anoche los salicilatos, exclamaron: «Todas estas son tonterías y ganas de perder el tiempo; mientras Higinio no se resuelva a extraerse la bala irá de mal en peor».
Perea se atusaba el bigote lentamente, la vista puesta en el techo, inmóvil, impasible, con la gravedad triste del reo que está oyendo leer su sentencia.
—¡Eso cree don Cándido! —murmuró.
Bebiéndose las lágrimas, prosiguió doña Emilia:
—Nosotras, en nombre de todos, venimos a rogarte que te decidas a la operación. No tengas miedo, Higinio mío, no tengas miedo. Dios querrá salvar tu vida; nosotras hemos rezado mucho por ti y seguiremos orando día y noche hasta verte sano y alegre. ¿Tú serás valiente, verdad?... A tu lado estaremos todos. Dicen don Gregorio y don Cándido que la hinchazón del vientre es un principio de peritonitis, y que si aumenta será imposible curarte y morirás rabiando. ¡Morir!... ¡Por Dios! ¡Yo no quiero verte morir!... ¡Muera yo antes mil veces, le pido a la Virgen!...
El raudal de sus lágrimas se desató de modo que la impidió seguir hablando. Hundió el rostro en el lecho, y agotada, dejose caer sobre los talones; sus pobres hombros temblaban convulsos de dolor. Teresita, fijos en su cuñado los ojos afligidos y humildes, repetía:
—Higinio..., ya ves..., necesitas decidirte...; tú no has sido malo, Dios no te abandonará...
En aquel momento apareció Carmen; su madre levantó la cabeza.
—¿Has escrito a tus hermanos? —preguntó.
—No, ¿para qué?... Hasta no saber lo que papá resuelve...
Acercose a este y en las mejillas y sobre la frente diole muchos besos.
—Sí, papaíto...
Y continuaba besándole:
—Papaíto de mi alma, papá valiente..., es necesario que te operes...
El vencedor de la Grande Jatte sintió una torva, colosal, indescriptible angustia; la misma congoja que Julio César experimentaría cuando Bruto, su hijo, alzó su cuchillo contra él. Al principio creyó que únicamente sus amigos del Casino querían verle operar y no se asustó.
«Mi familia —reflexionaba— no puede consentir ese dislate, y el sacrificio, aunque yo adopte una actitud de heroica pasividad, no se llevará a efecto».
El malpocado no supuso que la terrible fuerza invasora de la opinión penetraría en su hogar, y, rápidamente, una a una, ganaría todas las voluntades. Ahora eran su cuñada, su mujer, su hija, las que de rodillas pedían su muerte. La mentira trágica, elaborada, madurada espaciosamente a lo largo de los años, de pronto florecía y sus frutos prometían ser de sangre.
«Me mata la opinión» —pensó.
Después, según sus ideas se coordinaban en la agitación grimosa de su espíritu, fue reconociendo el modo admirable que su invención tuvo de ir plasmándose y cobrando validez sustantiva. El marido de Leopoldina, aquel míster Ruch a quien él tanto había afrentado y groseramente vilipendiado a los ojos de todo un pueblo, ahora, de súbito, parecía surgir de su tumba de la isla del Sena para exigirle cuentas crueles de sus acciones y palabras. ¡Oh, milagro!... Como los hombres, al morir, se truecan en ideas, en recuerdos, ¿será cierto que, de igual modo, las supercherías, vividas intensamente, se conviertan en realidad?... ¿Luego lo objetivo no existe sin nosotros?... ¿Luego los nominalistas, discípulos de Abelardo, tienen razón?...
«Es el holandés, mi enemigo —repetía don Higinio—, quien al fin me vence, y la puñalada que yo dije haberle dado en el corazón, me la asesta él a mí en el vientre con el bisturí de don Gregorio».
Perea lanzó un grito de cólera; sus energías se sublevaron; ¡no quería morir!... y bajo su bigote sus labios se abrieron trémulos, lívidos, dispuestos a declarar la verdad. Pero en aquel instante mismo su orgullo y su valentía reaccionaron, y nada dijo.
Las tres mujeres se habían levantado con una gran vehemencia de ufanía, creyendo que, al cabo, el enfermo accedía a sus ruegos. Don Higinio manteníase inmóvil, los ojos medio cerrados, meditando. Su espíritu griego, su alma noble enamorada de lo bello, pensaba:
«Nada importa morir, si se muere bien...».
Súbitamente sus anchas pupilas azules se iluminaron; bajo los párpados que acababan de levantarse con brusco alborozo, la divina ilusión renacía. La ciencia aún podía salvarle; la ciencia, representada por unos cuantos médicos doctos, comprendería que su mal era reumático y no consentiría que la infamia de abrirle el vientre, como a un marrano, se consumase, y así él, pese a todo, libraría su prestigio. En esto estaban el honor y la vida.
—Yo me dejo operar —dijo—; pero, como no me fío de don Gregorio, necesito que haya junta de médicos. Podéis avisar, desde luego, a don Salvador López, que vive en Almodóvar, y al doctor Regatos, de Ciudad Real, y a otro más, si queréis... Decidles que vengan en seguida, porque el caso urge, y lo que ellos decidan eso haré.
Y agregó, esperanzado y alegre:
—Ahora, por lo pronto, ponedme otro emplasto de linaza y dejadme dormir.
Cuando estuvo solo experimentó una satisfacción tan honda y subidísima que le movió a risa. Aquella reunión de médicos no le costaría menos de dos mil quinientas a tres mil pesetas; pero la vida y la honra, ¿no valían mucho más?... El doctor Regatos, especialmente, uno de los médicos más notables de la provincia, no podía equivocarse como don Gregorio; el sabio doctor le reconocería, vería que era un artrítico crónico, y, convencido de que la bala del holandés no se había movido, le curaría de suerte que ni su historia ni su piel padeciesen merma ninguna.
Por la tarde recibió don Higinio la visita del cura. El pobre don Tomás estaba ya muy viejo, y sobre la raída negrura de su balandrán, su cabeza lívida, en la que parecía no quedar ni un glóbulo de sangre, tenía un melancólico temblor de ancianidad.
—Yo creía —dijo al entrar— que le operaban a usted hoy.
Cuando supo que habría junta de médicos demostró alegrarse; antes de lanzarse a una operación grave, siempre era prudente oír el parecer de buenos profesores. Su voz dulce, indulgente, acariciadora, con monotonía de oración, producía en el héroe una cristiana laxitud, una especie de suave y humilde indiferencia hacia todo. Cuando el cura se levantó para marcharse, don Higinio le estrechó la mano con rudeza optimista.
—Todavía —exclamó— no pienso morir; además, yo sé que un instante de contricción basta a lavar las culpas de toda una vida.
—Así es, como usted dice —repuso Murillo—; pero también muchas veces la muerte suele herirnos sin avisarnos, por lo cual debemos llevar siempre el alma lo más limpia que nuestra carnal flaqueza lo permita.
El siguiente día lo pasó don Higinio lamentándose, y al atardecer sus dolores arreciaron con tal furia que fue necesario aplicarle una inyección de morfina. Por la noche llegaron de Ciudad Real sus hijos Anselmo y Joaquín, a quienes la brusca dolencia y gravedad de su padre había impresionado terriblemente. Don Higinio, entre sueños, les sentía voltejear alrededor del lecho, discutiendo en voz baja lo que debían hacer, y las palabras «operación», «bala» y «peritonitis» resonaban a cada momento en sus oídos. También el nombre de don Gregorio era repetido porfiadamente, como el leitmotiv de aquella pesadilla. Amodorrado por la morfina, el enfermo no podía hablar, pero aunque de manera confusa de casi todo se daba cuenta. Pasos tácitos de mujer susurraban en la quietud del dormitorio, y el roce de las faldas sobre el solado y el ruidito, apenas perceptible, con que manos cuidadosas cerraban o abrían la puerta de la habitación.
A la mañana siguiente doña Emilia recibió un telegrama del doctor Regatos, donde este anunciaba su llegada al otro día por la noche. Anselmo y Joaquín se indignaron; las celebridades gustan de la lentitud porque es teatral; debían buscar otro médico. Pero don Higinio se opuso terminantemente: él podía esperar; dentro de la reconocida gravedad de su estado, se hallaba bien y no tenía prisa...
Teresita se acercó a su cuñado y con mucho misterio:
—Ahí está Gasparito, que quiere verte.
—¡Ah!... ¿Gasparito?... ¡Pues, que entre Gasparito!...
Y sonrió, considerando su situación para con aquel muchacho cuya paternidad le atribuían. Doña Emilia y sus hijos se retiraron discretamente; sus almas buenas, allá en lo más arcano compadecían el dolor del bastardo.
Gasparito se acercó a su padrino, a quien no veía desde muchos meses atrás, y con toda unción y respeto le besó la mano. Sus ojos gitanos, negros, grandes y luminosos, tenían huellas recientes de haber llorado.
—En Manzanares supe lo de la operación —dijo— y quise verle a usted antes.
—¿Por si me moría, verdad?...
—Padrino..., ¡no es que vaya usted a morirse!... ¡No lo permita Dios!... Pero, vamos, que el abrirle a un hombre la barriga siempre es grave.
—¿Y tu madre?
—Buena está, gracias. Fue ella, la pobre vieja, quien me dio la noticia; y dos velas le tiene ofrecidas a San Antonio, que estarán ardiendo hasta que usted se cure y volvamos a verle en la calle...
¡Dos velas!... ¡Como si no bastasen los hábitos de Nuestra Señora del Carmen vestidos por doña Emilia y Teresita!... Pero, ¿por qué rara asociación el cielo se levantaba también en contra de don Higinio? Luego, Perea, según reparaba en Gasparito, tan lindo, tan pinturero, con su piel de bronce, el ébano de sus aladares y la mucha gracia de su cuerpo ágil y vibrante, meditaba:
«¿De dónde habrá sacado la gente que este chiquillo es hijo mío?...».
Tras unos momentos de conversación, Gasparito pidió permiso para marcharse.
—Bueno, padrino; yo tengo que hacer en Manzanares; pero no me voy de aquí hasta saber lo que los médicos dicen de usted.
—Gracias, hombre.
—Ya sé que don Salvador, el médico de Almodóvar, y el de Argamasilla, don Fidel Aranda, han venido; el único que falta es el doctor Regatos, que llegará mañana.
Don Higinio se sorprendía; él, a pesar de su condición de enfermo, estaba menos informado que el hijo de la señora Indalecia. Pero, ¿qué prodigiosas condiciones ecoicas tienen los pueblos que todo, aun lo más secreto, resuena y se vulgariza en seguida?...
Gasparito no se había equivocado; los médicos de Argamasilla y de Almodóvar se hallaban, efectivamente, en Serranillas desde hacía algunas horas.
Los dos, apenas echaron pie a tierra en la estación, sin avisarse y dóciles al espíritu de solidaridad, encamináronse a casa de Hernández. Necesitaban informarse del caso que iban a diagnosticar y querían conocer la opinión del médico de cabecera. Cuando llegaron al domicilio de don Gregorio, este y su mujer, que terminaban de almorzar, les invitaron a café. La dolencia que afligía a don Higinio sirvió de sobremesa. Tanto don Fidel Aranda, como don Salvador, sabían, desde muy antiguo, la historia del duelo habido entre Perea y un holandés en una isla del Sena, y esto les ayudó a ponerse de acuerdo en seguida. Eran dos pequeños espíritus oscuros, eclécticos, incapaces de comprometerse en una discusión.
—Pues, entonces —exclamó don Gregorio—, no necesitamos hablar mucho; la bala, que, según mis cálculos, permaneció incrustada años y años en el cuerpo de la décima vértebra, se ha desprendido y va desgarrando las membranas abdominales.
Don Fidel Aranda asintió:
—Perfectamente.
Y don Salvador López:
—Es claro...
Don Gregorio prosiguió:
—La bala entró por debajo de la apófisis xifoides y probablemente sin tocarla, y como el agresor era un hombre muy alto, el proyectil siguió en el vientre de nuestro amigo un plano descendente. Por fortuna no rompió ninguna asa intestinal, y así, en menos de dos semanas, la herida se cerró. Ya le reconocerán ustedes. A mi juicio, queridos compañeros, el pobre Perea se halla amenazado de una peritonitis; él dice que sufre un ataque de reúma visceral, pero me parece que no es sincero: la verdad es que tiene miedo a operarse.
Don Salvador preguntó:
—¿Es cardíaco, tal vez?
—Ahí está la dificultad; sí, señor; es cardíaco. Perea es un hombre que ha abusado mucho de su corazón y muere de él.
Doña Lucía, presente a la conversación, masculló un largo suspiro lleno de recuerdos. Su marido continuó:
—De consiguiente, la disyuntiva que se ofrece a nuestra consideración es delicadísima; el paciente, ni puede tomar el cloroformo, ni puede tampoco, según mi modesto parecer, dejar de operarse. Su vida, como ven ustedes, se halla suspendida entre dos desenlaces fatales: o muere de peritonitis, o muere del corazón...
Tanto don Fidel Aranda como don Salvador López hacían lentos y graves signos afirmativos, hallando todas las razones aportadas por su compañero al diagnóstico de una claridad meridiana. Era la solidaridad criminal de muchos médicos que se abstienen de defender seriamente la vida de un enfermo por no contradecirse. ¡Infeliz don Higinio! A partir de aquel momento, ni don Salvador ni don Fidel sabrían servirse de su ciencia; no verían, no oirían; las palabras de don Gregorio, ahorrándoles el trabajo de formarse personalmente una opinión, gravitarían inexorables sobre sus sentidos como una venda. Todos parecían encantados de haberse puesto de acuerdo tan pronto.
—Veremos —observó don Fidel— lo que dice mañana el doctor Regatos, aunque estoy cierto de que no tendrá nada que añadir ni quitar a lo expuesto por nuestro colega.
Cuando terminaron de beber el café se marcharon al Casino, y muy bien abrigados, porque hacía frío. Durante el trayecto, don Salvador López expuso una duda:
—¿La operación la hará usted, don Gregorio?
—Hombre... ¡es lo lógico!, puesto que el médico de cabecera soy yo; pero pienso cederle mis derechos al doctor Regatos, y creo que a nadie ha de parecerle mal.
Don Fidel Aranda ratificó gravemente:
—No, señor, al contrario; todos sabemos lo mucho que vale el doctor Regatos.
Don Salvador López añadió, comedido:
—Ha pensado usted muy bien, amigo Hernández; usted es como se debe ser.
A la tarde siguiente don Gregorio Hernández, don Fidel y don Salvador fueron a la estación a recibir al doctor Regatos, que venía de Ciudad Real en el tren de las siete y cuarenta y tres. Efectivamente, llegó. Era un hombre cincuentón, lucio y alto, muy pulcro y apersonado, y de poca conversación, lo que le daba esa importancia que a todo, aun a lo más trivial, infunde el silencio. Envarado, tieso, reflexivo, tras sus lentes de oro, parecía un buen señor provinciano en el momento de retratarse. Don Gregorio, que le conocía, le presentó a sus compañeros, y juntos los cuatro se dirigieron al domicilio de Perea. La gente, al verles pasar, comentaba:
—Son los médicos que van a operar a don Higinio...
Al cruzar la plaza, Pepe Fernández les salió al encuentro; don Gregorio le presentó a sus colegas. El modesto director de El Faro miraba respetuosamente a la eminencia médica de Ciudad Real, cuya gravedad y sobrada estatura se imponían a todos. Sacó el último número de su periódico.
—Aquí hablo de ustedes...
Don Fidel y don Salvador, muy agradecidos, se apresuraron a leer en voz alta:
«Uno de estos días será operado en el vientre nuestro gran amigo don Higinio Perea, una de las figuras más conspicuas de la provincia. Dirigirá la operación, probablemente, el insigne doctor don Servando Regatos, gloria de la ciencia contemporánea, y los distinguidos médicos señores Hernández, Aranda y López.
»De todo corazón celebraremos el pronto restablecimiento del ilustre enfermo».
Las cejas del profesor de Ciudad Real tuvieron un leve temblor de aprobación y Pepe Fernández, satisfecho, se despidió.
El doctor Regatos había oído hablar diferentes veces de Perea como de uno de los hombres más acaudalados de Serranillas, pero ignoraba detalles de su vida. Quiso que sus compañeros le diesen algunos pormenores relativos a la constitución, costumbres, idiosincrasia y antecedentes patogénicos del enfermo.
—Nada sé —exclamó—; vengo a oscuras; únicamente creo que será indispensable operar a ese señor...
Don Gregorio tomó la palabra, y con la vehemencia y rudeza de voz en él habituales, comenzó su diagnóstico. De los progenitores gotosos o artríticos de Perea casi no habló, para antes llegar a la desordenada vida de don Higinio en París. Describió con pasmosa viveza de imaginación la lucha en la isla de la Grande Jatte, la corpulencia del holandés, la actitud en que don Higinio debía de hallarse al ser herido, y cuantas veces se interrumpía para respirar, don Salvador López y don Fidel Aranda hacían con la cabeza signos de aprobación, y el doctor Regatos, hermético y decorativo, murmuraba:
—Perfectamente; siga usted...
Hernández habló de cómo el proyectil, a consecuencia sin duda de algún esfuerzo, se había desarraigado del hueso donde estuvo preso, y de las gravísimas dilaceraciones, seguidas de tumefacción y de terribles dolores, que su descenso iba causando. Entonces explicó la pericarditis de don Higinio: esto era lo peor; si le operaban, ¿cómo rajarle el vientre sin darle cloroformo? Y si le cloroformizaban, ¿no era exponerse a matarle deteniéndole el corazón?...
Como un eco de la opinión, de la pública opinión, imbécil y perezosa, que raras veces se molesta en examinar la falsedad o certidumbre de lo que oye decir, el doctor Regatos repetía:
—Perfectamente; muy bien; prosiga usted...
Esta conversación ligera bastó a su conciencia: cuando los cuatro médicos llegaron al domicilio de Perea, el famoso profesor de Ciudad Real estaba tan convencido como el mismo Hernández de que don Higinio tenía una bala en el cuerpo. De una parte la sugestión del criterio rotundo, unánime, sin el menor resquicio abierto a la duda, de sus compañeros, y de otra su orgullo profesional, su vanidad y también su interés de realizar una operación que acrecentase su fama, y de la cual, tanto por su propio mérito como por la importancia del enfermo, seguramente hablarían los periódicos, fueron los motivos que afirmaron en su espíritu la convicción y la resolución inexorables de abrirle a don Higinio el abdomen.
Al verles aparecer, el héroe de la Grande Jatte experimentó un gran alivio. La opinión que le condenaba a muerte, podía, por razones sentimentales, ofuscar el buen juicio de su mujer y de sus hijos; pero en modo alguno nublaría el hondo, ecuánime y altísimo discurso de la ciencia; la ciencia no se equivoca tan fácilmente, ni a ella alcanzan las inanes chismografías del vulgo.
Inmediatamente los cuatro profesores se dispusieron a reconocer al enfermo. Este fue colocado en posición decúbito supino y con una almohada bajo los riñones para poner bien de relieve su vientre hinchado. Se trajeron más luces: doña Emilia, Teresita, Anselmo, Joaquín, Carmen y su marido estaban allí, formando alrededor del lecho un medio círculo palpitante y ansioso.
El doctor Regatos comenzó el examen: sus dedos ágiles, a intervalos se hundían en el abdomen redondo, casi caricaturesco, del héroe. Perea se quejaba, y a veces sus sufrimientos eran tan agudos que necesitaba morder la almohada para no prorrumpir en lamentos.
—¿Le duele a usted aquí?
—Sí, señor.
—¿Y aquí?
—También.
—¿Y aquí?... ¿Eh?... Aquí le dolerá a usted mucho más.
—¡Ay!... Sí, señor... ¡Ay!... ¡Mucho más!...
El suplicio le había bañado la frente en sudor; pero callaba, sostenido siempre por su bello deseo de quedar bien. El doctor Regatos, sin cesar de oprimirle la barriga con una mano, le puso la otra sobre el sacro. Perea dio un grito; el reúma parecía despedazarle las entrañas; iba a hablar...
El doctor Regatos le dejó, y con un estetoscopio, parsimoniosamente, le auscultó el corazón. Todos callaban. El paciente miraba despavorido a su alrededor, asombrándose de la lividez de los rostros, tan inmóviles y exangües, que casi se perdían en la gran blancura de la pared. Era una escena de inquisición o de hospital.
«Yo creo —pensaba el héroe— que Rembrandt ha pintado algo así...».
Don Gregorio señaló con un gesto la cicatriz que Perea, siendo muchacho, se produjo en el pecho con un cristal. Aparecía a la altura del cartílago xifoides y pintaba una especie de hendedura blanca bajo el espeso vello canoso que cubría el tórax.
—Ahí tenemos el orificio de entrada del proyectil.
El doctor Regatos repuso secamente, molestado por la inutilidad de la observación:
—Ya lo he visto.
Acercose para ver mejor y tuvo un movimiento de extrañeza.
—¿Esta es la herida?
—Sí, señor.
El profesor de Ciudad Real pareció muy sorprendido.
—Esta no es una herida de bala.
Quitose los lentes, que limpió detenidamente con su pañuelo; se los volvió a poner; la luz le daba en los ojos y tenía que contraer los párpados para mirar. Don Fidel y don Salvador, muy asombrados, miraban a Hernández.
En aquel momento el espíritu extravagante y bizarro de don Higinio reaccionó: él, que poco antes estuvo abocado a decir la verdad, había sentido el terror de que su mentira se descubriese. En las pupilas de su mujer, de su cuñada, de sus hijos y de su yerno, creía haber visto un reflejo de duda, una vacilación que envolvía la esperanza de que todo iba a resolverse satisfactoriamente y de pronto, como se solucionan en los melodramas los peores conflictos, y en aquella ilusión parecía latir también un suave menosprecio. Por segunda vez las sienes del héroe se cubrieron de sudor; mas no por obra afeblecedora del miedo, sino por exacerbada exaltación de su orgullo. Prefería morir mil veces a confesar. Sin darle tiempo a Regatos de formarse una opinión, exclamó:
—Sí, doctor; nuestro amigo Hernández ha dicho bien; la cicatriz del balazo es esa.
El testimonio del enfermo era tan incontrovertible, que Regatos no supo qué argüir. Inmediatamente cambió de criterio; sus vacilaciones se aclararon; sin duda por la situación en que se hallaba, de cara a la luz, no había visto bien...
Sus dedos, sin embargo, tocaban y resobaban desconfiados la cicatriz. Buscaba una explicación.
—El revólver —dijo— sería de muy poco calibre.
Don Higinio repuso:
—Verdaderamente, no lo sé..., no recuerdo... Pero, sí; indudablemente era pequeño.
Este detalle ajaba un poco la importancia de su aventura; pero necesitaba ceder algo para colocarse en aquel término medio donde lo real y lo fantástico se mezclan; y sobre todo, él no podía haber obligado a míster Ruch a tirarle con un revólver de reglamento.
—El proyectil —añadió—, según el dictamen del médico que me asistió, era muy delgado; su diámetro sería la mitad del de un cigarrillo susini. ¡Casi nada!... ¡Y ha pasado desde entonces tanto tiempo!...
Al ver convencido al doctor Regatos, su calma renació. Nuevamente dominaba la situación; era el protagonista, el héroe. ¿Pero este éxito no iba a costarle demasiado caro?... Volvió a temblar. Ahora medía el abismo que la opinión puso bajo sus pies; era el mismo donde Luisa Soucy, la camarera del hotel de los Alpes, halló la muerte.
—El volumen del proyectil —declaró Regatos quitándose los lentes— no influye notablemente en el proceso del mal: lo importante es que exista.
Hernández, que si renunciaba a la gloria de la operación, quería recabar para sí todo el mérito del diagnóstico, aprovechó el momento de silencio que siguió a estas palabras para decir:
—La línea seguida por la bala es terminante...
—Perfectamente clara —contestó el profesor de Ciudad Real.
—Una línea descendente, con horadación del peritoneo...
—Eso es.
—Y de los músculos que constituyen el cinturón abdominal.
—Muy bien.
—Hasta detenerse en el cuerpo de la décima vértebra.
—Exacto.
—Luego, desprendimiento del proyectil, seguido de dilaceraciones, tumefacción general, entorpecimientos en las funciones renales...
—Exacto, de acuerdo.
Don Gregorio Hernández no pudo reprimir una sonrisa satisfecha que mortificó a don Fidel y a don Salvador, celosos en aquel momento del triunfo alcanzado por el médico de Serranillas.
—Celebro —exclamó don Gregorio— que un compañero tan eminente como usted sea de mi opinión.
Nadie hablaba. Don Higinio estaba abobado, sin saber qué decir; le parecía soñar y llegó a preguntarse si su lance con el holandés del hotel de los Alpes no sería cierto. ¿Por qué no? Los hechos son reales cuando todo el mundo cree en ellos y los dice. Quiso hablar algo y no pudo. De su cabeza las ideas habían huido como avecillas asustadas; su voluntad, su memoria, su pensamiento, estaban rotos; se buscaba y no se reconocía; jamás, dentro de ninguna conciencia, hubo un vacío igual.
En el silencio de la habitación se percibía, semejante a un susurro, el llanto contenido de las mujeres. Reposadamente, con lentitud autoritaria y fría, el doctor Regatos, en quien todas las miradas estaban puestas, habló, y su voz fue cortante, implacable, como la del fiscal que se levanta a pedir una pena de muerte.
—Hay que operar —dijo.
Y luego, dirigiéndose a don Higinio, ratificó:
—Hay que operarle a usted.
Idiotizado por el miedo, el héroe de la Grande Jatte, repitió:
—Hay que operarme...
—Sí, señor... Esto, claro es, si usted se decide a ello, porque, dada su condición de cardíaco, no he de ocultarle a usted que el caso es muy grave.
Don Higinio, a quien acababan de quitarle la almohada que tuvo bajo los riñones durante el reconocimiento, había vuelto a hundirse en el lecho con los párpados cerrados, yerto, blanco, como un cadáver dentro de su caja.
Transcurridos los momentos que juzgó necesarios para que el paciente se serenase, el doctor Regatos preguntó:
—Entonces ¿qué hacemos?...
Perea no contestó. La voz tonante de don Gregorio repitió la pregunta:
—¿Operamos?... ¡Hay que tener valor, canastos!...
Y después, en tono chancero:
—El trago, realmente, es duro.
Pero el héroe no se movía; a no ser porque respiraba, hubiéranle creído muerto. A su vez, doña Emilia le interpeló sollozante:
—Higinio... ¿no me oyes?...
Anselmo y Joaquín se acercaron, un poco inmutados por aquel silencio que parecía un síncope:
—Papá..., papá..., oye... ¿qué tienes?...
Entre don Fidel y don Salvador incorporaron al paciente, y Hernández le dio a beber un poco de agua con azahar. Don Higinio abrió los ojos.
—¿Qué, está usted mejor?... —preguntó Regatos.
—Sí, sí...
—¿Fue un mareo, verdad?...
—Sí, un mareo; ya pasó...
Miró a su alrededor y se acordó de todo, y le ayudó a recobrarse aquel perenne deseo de belleza y de heroísmo que ardía en él.
—Perdonen ustedes —murmuró—; decían que si me operaba, ¿verdad?... Bien; pues..., mañana les contestaré...; mañana..., necesito pensar..., ahora no puedo...
Y de nuevo, desfallecido, agotado, cerró los párpados.
Al marcharse, el doctor Regatos llamó a doña Emilia y a sus hijos:
—Como la respuesta del enfermo —dijo— indudablemente será afirmativa, conviene que esta noche todo quede dispuesto para la operación. Aquí mis compañeros indicarán a ustedes lo que debe hacerse; yo, con permiso de todos, me voy a dormir.
Don Higinio, apenas comprendió que los médicos se habían marchado, llamó a su mujer, y con grande y enternecido amor la abrazó y besó.
—Puedes acostarte —la dijo—, duerme tranquila; esta noche no necesito nada... ¡Pobre Emilia mía!... Mañana a estas horas, probablemente, tampoco necesitaré nada...
Tenía unos terribles, sofocadores, deseos de llorar y de confesar su pueril mentira: una, dos, muchas veces... fue a hacerlo; pero siempre el orgullo que hace a Satán invencible, el orgullo que resiste a la muerte, se lo impidió. ¡No, no hablaría! Aunque con tenazas le partiesen los huesos y a túrdigas le arrancasen las entrañas, ¡no hablaría!...
Doña Emilia intentó darle una friega de alcohol, pero él rehusó; con un papelillo de salicilato tenía bastante.
Preguntó:
—Me han dicho que El Faro habla de mí, ¿es cierto? Dámelo.
Leyó el suelto que anunciaba su operación, impávido. A lo largo de los años, por aquel periódico habían ido pasando los hechos más culminantes de su vida humilde: su viaje a París, su regreso...
«Mi esquela mortuoria —pensó— también aparecerá en él».
Después miró a su mujer.
—Quiero que descanses; acuéstate. Yo estoy muy fatigado y deseo dormir.
¡Dormir! Lo que Perea sentía era una grandísima necesidad de hallarse solo ante sí mismo. Dentro de su alma, sus facultades y sus pasiones sostenían discusión reñidísima, y sus actitudes eran tan desemejantes y rotundas, que el desdichado oía distintamente cuanto iban diciendo unas y otras. La imaginación se alebraba y reducía, lívida de terror, bajo el ademán acusador de la conciencia, que preguntaba: «Imbécil, ¿qué hiciste? Cascabelera maldita, ¿no comprendes que por tu culpa vamos a morir?...». Y la razón añadía: «Ha llegado el momento triste de vulgarizarse diciendo la verdad». Pero inmediatamente, sofocando esta voz de cordura, el orgullo, la vanidad y la soberbia, los tres grandes impulsos demoníacos del alma, se alzaban en un grito unánime de rebeldía: «No se debe ceder. ¿Por qué ceder, cuando las hieles de la muerte serían menos amargas que la vergüenza de la verdad?...».
Don Higinio se sentía aislado; más aislado, solitario y desasido de todo que nunca; su mentira se había divulgado y compenetrado con la realidad de modo tal, que dejó de ser abstracción y ensueño para mudarse en historia, y agigantándose habló por las lenguas innumerables de la opinión y fue ciencia también. EL mundo objetivo no existe mientras falte un sujeto capaz de conocerlo, como no existe el sol para los ciegos de nacimiento; y así, las verdades no son tales verdades en tanto nadie cree en ellas. Por lo mismo, necesario era admitir que el galán del hotel de los Alpes había recibido un balazo, puesto que millares de personas primero, y más tarde su familia y últimamente la ciencia, lo aseguraban. Claro es que él solo podía más que todos juntos, y de allanarse a reconocer y proclamar su mentira le sería fácil cambiar su situación radicalmente; pero, ¿valía su vida un sacrificio así?... Él, apenas refirió su aventura con míster Ruch, dejó de ser don Higinio Perea para convertirse en otro hombre: aquel tipo aventurero que su esforzado corazón, desde que empezó a latir, llevaba dentro. Ahora bien: ¿era justo que el primer carácter, pacato, amorfo y vulgar, se impusiera al segundo lleno de relieve y de color?...
«Si confieso mi superchería —pensaba— viviré sin honra y en perpetuo ridículo; callando, nadie dudará de mí, pues no abundan los hombres capaces de llevar su vanidad tan adelante, y si la bala no aparece, el público lo achacará, no a que fuese invención mía, sino a la ineptitud de mis operadores que no supieron descubrirla».
Solo la maravilla de la muerte puede realizar ante la opinión el escamoteo de convertir lo irrisorio en triunfo, admiración e inmortalidad.
¡No, no hablaría! El que, por estética, durante tantos años, mantuvo incólume el prestigio eminente de su valor, no echaría jamás sobre la gallardía de su leyenda el baldón de un gesto cobarde. Una muerte heroica basta a dignificar la vida más llena de pusilánimes claudicaciones y renunciamientos; y asimismo el militar, por muchas cruces que lleve en el pecho, las deshonra todas si fuese a la muerte temblando: que tal es la augusta majestad de ese instante, que él solo basta a extender ejecutorias definitivas de temeridad o de cobardía. Como en los sonetos el último verso, así en la vida de cada hombre el postrer ademán debe ser el mejor. ¡No; el héroe de la Grande Jatte no hablaría! Aunque los grandes dolores son refractarios a la mentira, y esta es la eficacia que tiene la tortura para arrancar, aun a los caracteres más fuertes, la verdad que no quieren decir, el admirable don Higinio sentíase capaz de afrontar el supremo peligro sin desplegar los labios. Daría lo poco que era por lo mucho que hubiese querido ser, y su caída igualaría en belleza arrogante a la de un gladiador. A última hora la sangre guerrera y artista de los Alcañiz triunfaba. ¿No pertenecía él a aquella estirpe caudal que seguramente contaba con más de un antepasado muerto en el rescate del Santo Sepulcro?... Sí; él era valiente; ahora lo veía claro, y esta seguridad le aliviaba y reparaba con las savias excelsas del orgullo satisfecho. Lucano abriéndose las venas o Sócrates bebiendo la cicuta, eran menos grandes que él tomando voluntariamente el cloroformo. Sucumbiría hermosamente, adorado, reverenciado, envidiado de muchos, tal vez; y al cerrar los párpados procuraría que el terrible anestésico dejase sobre sus labios una sonrisa. En su caso, ¿qué noble caballero templario hubiese sido capaz de ir más lejos?...
Apenas esta resolución medró en su ánimo, cuando sintiose poseído de una honda, jugosa y balsámica ecuanimidad. Las dudas que hasta allí le atormentaron se dispersaban como hojas secas barridas por un gran soplo de viento, y las horas de vida que aún le restaban componían a los ojos de su conciencia una especie de breve camino, llano, recto y glorioso. El alma de Perea miró a su alrededor: sus negocios marchaban prósperamente; su testamento estaba hecho; de consiguiente, nada inconcluso quedaba tras sí. ¡Morir! ¡Bah!... ¡Ningún hombre después de cumplir los cincuenta años, y máxime si se halla enfermo del corazón, debe sentir miedo a la muerte!... Ciertamente le mortificaba la idea de separarse tan pronto de los seres que le eran queridos; pero aquel momento duraba segundos nada más. Don Higinio se acordaba de cuando se despidió de todos los suyos para irse a París. Algo así sería la muerte. Nada... Pensó en doña Emilia y en doña Lucía, las dos únicas mujeres que le amaron desinteresadamente; pensó en sus hijos, ya hombres, en quienes dejaría una impresión imborrable de heroísmo; en Higinín, su nieto, que aprendería sobre el regazo de su madre la historia bizarra y galante del abuelo...
También se acordó de don Gregorio, de don Cándido, de Gutiérrez, de Julio Cenén, del notario Arribas, de don Tomás, de Juan Pantaleón..., de todos aquellos centenares de personas, en fin, que de saber la verdad le hubiesen despreciado. Pues, ¿y el doctor Regatos? ¿Y don Fidel? ¿Y don Salvador?... Por el espíritu de don Higinio, a quien la idea de morir iba ennobleciendo, pasó la temeridad de una ironía. Pensó:
«¡Cómo voy a burlarme de ellos!...».
A la mañana siguiente, en presencia de su familia y de los cuatro médicos que le asistían, declaró tranquilamente que deseaba ser operado. Preguntáronle si quería confesar y recibir los últimos Sacramentos, y contestó negativamente. Solo tuvo un capricho:
—Si muero —dijo— ruego que mi cadáver sea envuelto en una bandera francesa.
La serenidad de sus ojos y la dulzura desdeñosa de sus palabras y sonrisas a todos sorprendía. Ni siquiera se quejaba de dolores. Parecía otro hombre. Únicamente cierta desacostumbrada palidez que había en sus mejillas delataba la existencia de alguna fuerte y arcana emoción.
El doctor Regatos dispuso que la mesa del comedor, que era grande y sólida, fuese trasladada al dormitorio, donde había bastante luz, y cubierta por una sábana sirviese para la operación. Don Higinio, desde su lecho, lo observaba todo: vio los cubos donde su sangre había de ser recogida, las largas vendas yodoformizadas y los paquetes de algodón hidrófilo enviados por don Cándido. Vio también el frasco de cloroformo, esa combinación admirable de cloro y de clorhidrato de metileno con que un hombre piadoso, Simpson, en una sola batalla, derrotó al dolor; y el brillo acerado de los bisturíes, y las pinzas que detienen la hemorragia de las arterias y las agujas y los hilos de platino con que más tarde los bordes de su herida serían cerrados. Todo lo atisbaba el héroe y de nada parecía asombrado ni temeroso.
Los médicos se habían disfrazado con largos delantales blancos y limpísimos. Hernández era el encargado de administrar el cloroformo; don Fidel y don Salvador ayudarían al doctor Regatos, alargándole los objetos que este fuera necesitando en el transcurso de la operación.
Como la mañana era fría, trajeron un buen brasero. El doctor Regatos había dicho:
—Conviene que la temperatura de la habitación sea bastante alta.
Don Higinio, indiferente a todo, fumaba un cigarrillo. El doctor Regatos le invitó a no fumar; era necesario que la atmósfera estuviese lo más limpia posible. Perea sonrió y no hizo caso.
—Me parece —dijo— que de cuantos estamos aquí yo soy el más sereno.
Su pulso, efectivamente, era tranquilo. Oyó vibrar la campanilla de la calle y quiso saber quién había llamado. Le contestaron:
—Es el cartero.
—¿Trae algo para mí? —repuso—. ¿Por qué no me lo dan?...
Los circunstantes le miraban asombrados, aterrados y enternecidos a la vez de tanta anchura de corazón. Teresita, que había ido a cumplir la orden del héroe, volvió con un número de Le Journal. Don Higinio se emocionó, y por primera vez, en las horas de aquella mañana ejemplar, el llanto se asomó a sus ojos. ¡Le Journal!... Él amaba aquel diario, que no leía nunca: Le Journal era París, era Leopoldina, era el hotel de los Alpes con su intérprete borracho y su ruidoso vaivén de viajeros; era la página mejor de su juventud, inocente y cómica... Y uno de esos graves suspiros que arranca a los hombres el luto del recuerdo, subió a sus labios.
Doña Emilia apareció trayendo una tarjeta, que entregó al héroe. Don Higinio leyó: «Luis Berain. Ingeniero».
—¡Oh, qué casualidad! —exclamó—; el ingeniero belga que yo esperaba. ¡Que pase en seguida!
Entró en el dormitorio un hombre de treinta y cinco a cuarenta años, corpulento, rollizo, de ojos azules, de tez nacarina y cabellos dorados. Sus manos enormes, su tórax amplísimo, su cuello atorado, eran los de un atleta. En un español gangoso, incoherente y pintoresco, saludó a Perea: él no sabía nada; acababa de apearse del tren; venía directamente de Bruselas y estaba aturdido, ¡cinco días de viaje! Sus baúles habían quedado en la estación...
Examinó a los médicos, reparó en la mesa vestida de blanco, bajo la gran claridad de la ventana, y comprendió. Miró a don Higinio:
—¿Enfermo?
—Sí.
—¿Le operan?...
—Sí.
—¿Barriga, tal vez?...
—Sí, sí...
—¡Ah!... ¡Lamentable!... No ser nada, nada... Sin embargo, lamentable... ¡Oh! ¡Verdaderamente, muy lamentable!...
Hablaba con cierta flema elegante; usaba lentes de oro y su diestra blanca, apacible, a cada momento se detenía perpleja sobre la magnificencia de una barba bíblica.
Don Higinio le observaba de reojo, pensando:
«¡Señor, cómo se parece este hombre al holandés!...».
Él estaba cierto de que no era, porque el imaginario míster Ruch del hotel de los Alpes, después de los años transcurridos desde entonces, ya sería viejo; pero el ingeniero belga se parecía al holandés extraordinariamente, lo que atribuló a don Higinio y deslizó en su valeroso ánimo temblores de pavor. ¿No era aquello como su pasado, que, de súbito, volvía a él para verle morir?...
El doctor Regatos miró su reloj; las diez.
—Convendría —dijo— que la familia se marchase; aquí, excepto mis tres compañeros, no debe haber nadie.
Como pudo, pues el reúma le tenía casi privado de movimiento, don Higinio Perea se incorporó en el lecho. Comprendía que el instante de morir había llegado y quería despedirse de todos.
—Antes —exclamó— que vengan cuantas personas haya en la casa y deseen verme; sin distinción de clases, a todas quiero decirlas «adiós»...
Hablaba lentamente, con la majestad de un gran rey. A su alrededor estaban sus tres hijos, doña Emilia y su hermana; doña Lucía, los médicos, el ingeniero belga; después llegaron los criados y casi al mismo tiempo, en la puerta, apareció la linda cabeza de bronce de Gasparito, que no se atrevía a entrar. Don Higinio le llamó:
—Ven, Gasparito; tú también tienes derecho a darme un abrazo...
El muchacho se acercó a su padrino y le besó llorando. Luego, muy bajo, metiéndole los labios en un oído para que nadie le oyese:
—Mi madre está en la calle; deme usted su bendición para ella...
Y sollozaba.
—Llévasela —repuso don Higinio conmovido.
Miró a todos: sus hijos legítimos, su bastardo, su esposa, su amante, cuanto un hombre aventurero puede reunir en torno suyo a la hora de la muerte, estaba allí. Los últimos momentos del héroe de la Grande Jatte tenían una solemnidad patriarcal.
En sus ojos enérgicos y dulces había una lección. Parecían decir:
«Así se muere».
Después, dirigiéndose a los médicos, la voz impávida:
—Señores, cuando ustedes gusten...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Don Higinio falleció en la operación; murió del cloroformo, tranquilamente, sin hacer un visaje, y de este modo su vientre, que no llegó a ser profanado, guardó su misterio.
A las dos de la tarde del día siguiente todo el pueblo acudió al entierro del gran hombre. Sus amigos, sus criados, sus aparceros, los trescientos obreros que trabajaban en la mina, formaron detrás del coche mortuorio. No faltó nadie; ni siquiera Higinín, el nieto del héroe, a quien don Gregorio llevaba de la mano. Al pasar por delante de la notaría de Arribas, unas manos románticas —manos de mujer, sin duda— tocaron en la pianola, cuya voz tuvo la virtud poética de entristecer al héroe, la Marcha fúnebre, de Mozart. Muchos ojos se llenaron de lágrimas. El cortejo siguió adelante y llegó al ejido. En la vastedad riente del paisaje otoñal, aquella manifestación enlutada pintaba un largo brochazo negro, triste como un reguero de tinta sobre un tapiz verde.
Monsieur Luis Berain, el ingeniero belga, se había unido a la comitiva. A su lado, muy cabizbajo, iba Julio Cenén. Los dos hombres no se conocían, pero hablaron.
—¡Pobre, señor Perea!... ¡Un hombre joven todavía!... ¿De qué ha muerto?
—De un balazo.
—¿Cómo?... ¿Ah?
—Sí, es una historia; se lo dieron en desafío por una mujer...
—¿Ah?... ¡Interesante... interesante!
Encantado de poder lucirse, el secretario se agarró al brazo de su interlocutor:
—¿No lo sabía usted?... Yo se lo contaré. Higinio Perea fue un bravo; una vez en París...
Tras el cadáver, triunfante, inmortal, como polvillo de oro, volaba la leyenda...
FIN
Madrid.—febrero, 1913.