III

Novelas de rebeldía: “La catedral”.—“El Intruso” “La bodega”.—“La horda”.

En todas las novelas examinadas hasta aquí, asoma constantemente la necesidad obsesionadora, ineluctable, del dinero, y la lucha universal y terrible que los hombres riñen con la tierra por ganarlo; pero el ambiente donde sus asuntos se desenvuelven es tan bello y jocundo, hay, así en el lago de la Albufera como en la «casita azul» de Leonora, como en los verdes bancales que rodean la barraca de Batiste, como en la playa arenosa del Cabañal, tan subidísima poesía, que la magnificencia del paisaje se sobrepone y hace olvidar el trabajo cruel de vivir. Inútilmente el novelista nos describe la ruda existencia de la gente marinera y apostrofa á las clases privilegiadas, reprochándolas su codicia y asegurando que «á duro» debía venderse la libra de ese pescado que suele dejar en la orfandad á tantos niños: el lector, dominado siempre por la hermosura triunfal de la Naturaleza, se emociona sin cólera. No; no puede haber verdadero dolor, ni quebrantos irreparables, en un país donde los árboles se desgajan bajo el peso de la fruta y la esplendidez del panorama es tal que sus habitantes, artistas por temperamento, parece que han de olvidar sus penas y darse por contentos y generosamente pagados, con sólo tener ante los ojos, al concluir sus faenas, la belleza de una puesta de sol...

Sin duda Vicente Blasco Ibáñez, acaso inadvertidamente, lo entendió así, y por eso trasladó la acción de sus novelas sucesivas á otras regiones, en donde la pobreza de la tierra ó la desigualdad abominable con que fué repartida, exige de los desheredados que escarban en ella mayores sacrificios. Estos libros que yo llamo «de rebeldía», son, antes que nada, libros de combate, vehículos elegantes de propaganda revolucionaria, armas recias y lindas, cuidadosamente templadas, de demolición y protesta: en ellos reaparece el antiguo espíritu belicoso de su autor; el político iguala al artista y rivaliza con él, componiendo entre ambos una obra bella y buena en que la utilidad y la amenidad se acoplan y conciertan en maridaje feliz. A este período corresponden La catedral, El intruso, La bodega y La horda.

Con loable sinceridad Blasco Ibáñez me declara que La catedral, á pesar de ser el más traducido de sus libros, es el que menos le gusta.

—Lo encuentro pesado—exclama—; hay en él demasiada doctrina...

Tal vez; su opinión es para mí preciosa, pues creo que, digan lo que quieran los críticos, nadie puede hablar con más autoridad de una obra de arte que su propio autor. De todos modos, La catedral es un libro que en nuestra vieja España, atrasada y empobrecida bajo el yugo execrable de las asociaciones monásticas, los defensores de la libertad debían hacer circular de mano en mano á modo de breviario meritísimo.

La acción se desarrolla en Toledo, la ciudad venerable, hermosa y triste como un museo, que aún parece dormir, á la sombra de sus iglesias, el horrible sueño letárgico—sueño de quietismo y de renunciación—de la Edad Media.

El anarquista Gabriel Luna, después de un éxodo penosísimo, regresa á Toledo, donde se propone acabar pacíficamente sus días junto á su hermano Esteban, antiguo servidor de la catedral. Enterado de que su sobrina Sagrario, que años atrás se había fugado de la casa paterna con un hombre, arrastraba en Madrid una vida dantesca de miseria y de oprobio, da los pasos necesarios para recobrarla y al cabo consigue restituirla á su hogar y que su padre la perdone. ¿Por qué no hacer el bien, cueste lo que cueste? El perdón es santo, tanto más santo cuanto mayor sea la gravedad del delito indultado. Gabriel Luna, á quien el dolor y las privaciones de su existencia errante hirieron en el pecho con herida mortal, es un carácter apacible y dulce, un visionario bondadoso, indulgente como un cristiano primitivo. Ama á Sagrario, que es débil y está enferma también, y ella le corresponde: es una pasión casta y tranquila, un cariño espiritual en el que sólo se besan las almas.

«No te separes—la dice—, no me temas. Ni yo soy un hombre ni tú eres ya una mujer. Has sufrido mucho, has dicho adiós á las alegrías de la tierra, eres fuerte por el infortunio y puedes mirar cara á cara á la verdad. Somos dos náufragos de la vida: sólo nos resta esperar y morir en el islote que nos sirve de refugio. Estamos deshechos, rasgados y arrollados: la muerte se incuba en nuestras entrañas: somos harapos caídos é informes después de haber pasado por los engranajes de una sociedad absurda. Por esto te quiero: porque eres igual á mí en la desgracia...»

Las predicaciones de Luna, conversaciones fáciles, rebosantes de evangélica unción, ocupan casi todas las páginas del libro: él acaricia la visión de una sociedad nueva, gobernada por las blandas leyes del amor; un mundo de paz y de infinita tolerancia, en que no habrá pobres porque tampoco habrá ricos...

Las palabras del anarquista, aunque pacificadoras y ungidas con las mieles misericordiosas, inefables, del Nuevo Testamento, desatan en el obscuro cerebro de las gentes incultas que le escuchan, ideas criminales. Una noche en que Luna cumplía la guardia nocturna de la catedral, «sus discípulos» se presentan, armados y dispuestos á robar el Tesoro del templo: quieren ser ricos, gozar, «ser como esos señores que van en coche y tiran el dinero...» Gabriel Luna, asustado de lo mal que aquellos hombres han interpretado sus doctrinas, les increpa furioso, les amenaza; hasta que uno de ellos se arroja sobre él y con el grueso manojo de llaves que lleva en la mano le rompe la frente.

Una vez más las ovejas, convertidas en lobos devoraron á su pastor. La humanidad es así. Como Cristo, Gabriel Luna pagó con la vida el delito más peligroso de todos los delitos: el delito de ser bueno...

Al año siguiente, en 1904, Blasco Ibáñez publicó El intruso, cuya trama se desenvuelve en Bilbao, la tierra fuerte, hecha de hierro, que alimenta la voracidad insaciable de los Altos Hornos. La catedral es el símbolo de la religión tradicional, quietista y como momificada, que subsiste aislada del mundo y confía á la autoridad y esclarecimiento de su larga historia la salud de su porvenir: El intruso, por el contrario, es la máscara de la religión moderna, la religión militante, que huye del reposo claustral porque comprende que en él está la muerte, y ambula por las calles, y frecuenta salones y publica libros y estrena obras y funda establecimientos de enseñanza y establece compañías anónimas de navegación y acomete negocios de ferrocarriles y de minas, y procura, en fin, asociarse á todas las palpitaciones de la existencia contemporánea. El intruso, para decirlo de una vez, es el jesuíta; «la especie» más inteligente y ladina, y por lo mismo más temible, de la muchedumbre ensotanada; el amo despótico, aunque aparentemente se muestre risueño y tolerante, de muchas fortunas y de muchas conciencias.

Hablando de la célebre Universidad de Deusto, la gran obra del jesuitismo, que alza su mole romana en los alrededores de Bilbao, escribe Blasco Ibáñez estas palabras elocuentes:

«En mitad del parque, sobre una eminencia del terreno, habían levantado los jesuítas una imagen de San José con un arco de focos eléctricos. Mientras dormían los buenos padres, el semicírculo luminoso recordaba á los pueblos de la ría y á la misma Bilbao que allí estaba la orden poderosa y dominadora, pronta siempre á ponerse de pie, no queriendo abdicar ni ocultarse ni aun en la obscuridad de la noche. El doctor hallaba natural que fuese San José el escogido para esta glorificación; el santo resignado y sin voluntad, con la pureza gris de la impotencia, hermoso molde escogido por aquellos educadores para formar la sociedad del porvenir.»

El opulento naviero Sánchez Morueta, protagonista del libro, reúne, á un infalible golpe de vista para los negocios, una voluntad de diamante; todo le sale á derechas; lo que arruinó á otros á él le enriquece: es un luchador excepcional que supo sujetar bajo sus rodillas á la fortuna veleidosa y convertirla en una especie de suave y obediente cabalgadura. «Establecía nuevas fabricaciones—dice Blasco—, y al poco tiempo marchaban por sí solas con una exactitud desesperante. Construía barcos, y no naufragaba uno, para alterar con una catástrofe la monotonía de su existencia. La desgracia era impotente para él, estaba abroquelado, y aunque ella corriese á estrecharle entre sus brazos, la caricia mortal sería un roce insignificante.»

El novelista se complace en afirmar las proporciones ciclópeas de esta figura, porque así resplandecerá mejor al final el poder ilimitado, disolvente, del jesuitismo. Poco á poco, de un modo imperceptible, con una suavidad sigilosa y rastreante, el enemigo va filtrándose en la intimidad de aquel hogar. El jefe de la casa, alma ruda abstraída en sus negocios, no sospecha la gravedad de la traición que se avecina y que insensiblemente va cercándole. El peligro le estrecha, le provoca, se sienta á su mesa, duerme á su lado por las noches, y él no lo ve. Cristina, su mujer, deposita con impudicia fanática al pie del confesonario sus secretos conyugales más íntimos, y su hija renuncia al amor de un hombre inteligente y de ideas liberales que la pretende, para ser la prometida de un rábula discípulo de Deusto. Cuando Sánchez Morueta se percata de lo que sucede á su alrededor, ya no puede defenderse; es tarde: su esposa, su hija, sus empleados, todos le abruman con idénticos consejos; y él mismo, reconociéndose viejo y triste, siente la necesidad cobarde de ser religioso, de volver los ojos hacia aquel cielo en el que nunca se detuvo á pensar y que, no obstante, tanto y tan eficazmente le había ayudado siempre. Terrores extraños de otra vida le asedian; puede morir y debe ocuparse en lavar su conciencia. El antiguo luchador se rinde á discreción y acaba por ir, acompañado de su familia, á pasar una temporada al monasterio de Loyola: es preciso purificarse, rezar mucho, repartir muchas limosnas; para todo esto cuenta con su padre espiritual. ¡Pobre Sánchez Morueta! «El intruso» había luchado con él en su propia casa y le había vencido.

En La bodega, como en El intruso, «se siente» también la mano del jesuitismo; es algo magnético, invisible, que se cierne en la atmósfera, y unas veces obliga á los obreros á concurrir á misa para no ser expulsados de sus talleres, y otras bendice los campos. En las tortuosas callejas toledanas, como en las minas bilbaínas donde truena la oratoria mordiente del doctor Aresti, como en los feraces campos andaluces por donde pasa la figura evangélica, todo dulzura y caridad de aquel Cristo moderno que se llamó Fermín Salvoechea, laten los mismos dolores, gemebundea el mismo treno inmenso que arranca á los desheredados de todas las provincias la injusticia social.

Pablo Dupont, dueño de una importantísima bodega de Jerez, pertenece á la estirpe hazañosa de los Sánchez Morueta. Su hermano Luis, prototipo «del señorito» andaluz, dilapidador, mujeriego, bravucón é inútil, desdeña los negocios y lleva en su sangre los desbocados apetitos y las insolencias de una raza feudal: los pobres son para él, como en los tiempos medioevales, siervos del terruño, esclavos de la gleba, de los que un caballero principal puede usar libremente y sin extremado quebranto de las buenas costumbres. «Los de abajo», sin embargo, no piensan así, los tiempos han cambiado; lentamente, gota á gota, las modernas corrientes libertarias, van desentumeciendo las conciencias y mostrando á los hombres el camino sagrado de la ciudad futura: y, por lo mismo, á lo largo de esta novela que va devanándose alegre y pintorescamente, se advierten rumores, de lucha intestina, estremecimientos agoreros de odio y de dolor: los maltratados por la suerte se cansan de su servidumbre y la palabra «reivindicación» resuena amenazadora por las noches en el silencio montaraz de las gañanías; los cuerpos, inclinados sobre el surco, de los segadores, se yerguen á ratos con un gesto altivo; las manos que antes se abrían humildes, como implorando una limosna, ahora se crispan conquistadoras y vengativas.

El bondadoso Salvatierra, lamentándose de la abulia nacional, es el principal propagandista de estas ideas emancipadoras.

«—Esa gente sufre y calla, Fermín, porque las enseñanzas que heredaron de sus antecesores son más fuertes que sus cóleras. Pasan descalzos y hambrientos ante la imagen de Cristo; les dicen que murió por ellos, y el rebaño miserable no piensa en que han transcurrido siglos sin cumplirse nada de lo que aquél prometió. Todavía las hembras, con el femenil sentimentalismo que lo espera todo de lo sobrenatural, admiran sus ojos que no ven, y aguardan una palabra de su boca, muda para siempre por el más colosal de los fracasos. Hay que gritarles: «No pidáis á los muertos: secad vuestras lágrimas para buscar en los vivos el remedio de vuestros males.»

Los campesinos le escuchan, haciendo signos de asentimiento; dice bien el predicador vagabundo; y, poco á poco, el espíritu de rebelión crece como una ola roja y amarga.

Pero Luis Dupont, calavera y orgulloso de su dinero y de su figura, olvida tales presagios, y una noche en que se halla de fiesta en una de sus posesiones, viola á María de la Luz; y poco después un hermano de ésta, convencido de que el miserable galán no piensa reparar su crimen, le insulta y le mata. Pero el mal está hecho; María de la Luz ya no será dichosa, ya no podrá casarse con Rafael, su novio, el elegido adorado de su alma; se lo prohibe su educación cristiana, la creencia absurda de que en la virginidad reside la pureza de la mujer. Rafael opina lo mismo; quiere á María, acaso más que nunca, pero comprende que no debe unirse á ella; el idilio está roto...

Hasta que el bondadoso don Fernando Salvatierra—seudónimo con que el autor presenta en su libro al anarquista Salvoechea—habla con Rafael y le convence de que su desgracia no es irreparable. Necesitaba ser fuerte y sobreponerse á los fantasmas del pasado. ¡La virginidad! ¿Qué es eso? ¿Qué importancia puede tener un detalle físico tan mezquino en el porvenir de dos seres que se aman ardientemente?... Las palabras de Salvatierra resonaban indulgentes y consoladoras en los oídos del mozo:

«Lo sabía todo. ¡Valor! Era una víctima de la corrupción social, contra la que tronaba él con sus ardores de asceta. Aún podía comenzar de nuevo la vida, seguido de los suyos. El mundo es grande.»

Rafael le escucha y poco á poco siente que su dolor y sus celos, tan punzantes hasta entonces, van suavizándose. Dice bien aquel hombre: ¿por qué la integridad física de una mujer ha de anteponerse á la pureza de su espíritu?... El mismo Rafael explica á María de la Luz este pensamiento, pensamiento santo, pues que les ofrenda la felicidad. «Las vergüenzas del cuerpo—dice—representan muy poco... El amor es lo que importa; lo demás son preocupaciones de animales.»

Y con esta seguridad reparadora se abrazan estrechamente mientras piensan en América, la tierra fértil y hospitalaria, hacia donde se embarcarían muy pronto y en la que les aguardaba una bella vida de cariño y de trabajo.

La horda es, en el orden cronológico, la última de las «novelas de rebeldía»; y entre los muchos aciertos que avaloran este libro, su mismo título, evidentemente es el mayor. Esa «horda» á que Blasco Ibáñez se refiere, es la muchedumbre de desheredados—traperos, matuteros, vagabundos de todas clases, cazadores furtivos, chalanes, pordioseros, ladrones—que vive en las afueras de Madrid, trabajando unas veces, merodeando otras, disputándose los detritus de la gran ciudad alrededor de la cual forman una especie de círculo siniestro y amenazador, cual si olfateasen la oportunidad de caer sobre ella para devorarla. Son los parias de la vida, los ex hombres de que habló Gorki. En torno de la urbe limpia, bien oliente, con sus hermosos paseos, sus palacios de mármol, sus cafés y sus teatros que las mujeres llenan con la alegría lasciva de sus descotes y el frufruteo aromado de sus vestidos; y sobre la cual, de noche, sus millares de luces tienden un halo rojizo y gigante que da la sensación de que toda la ciudad ríe estremeciéndose con la locura de una fiesta báquica, los maltratados de la suerte, los sin fortuna, los hambrientos, parecen rondar como lobos famélicos alrededor del aprisco; sus ojos desesperados relucen en la obscuridad, sus puños se crispan, un rictus ancestral tuerce sus labios y desnuda sus dientes... Madrid no les quiere y les expulsa de su seno, pero les tolera porque ellos, acaparadores de la basura, de lo roto, de lo que se pudre, son los principales mantenedores de la higiene y del aseo de la ciudad; Madrid les desprecia, pero les necesita; les teme, pero no sabría prescindir de su trabajo; y ellos, que lo comprenden, no se alejan mucho de la ciudad, estrechándola, oprimiéndola en un anillo de miseria. ¡Ah, cuando llegue el día del hartazgo!...

«Maltrana—escribe Blasco Ibáñez refiriéndose al protagonista de La horda—pensó en los traperos de Tetuán, en los obreros de Cuatro Caminos y de Vallecas, en los mendigos y vagos de las Peñuelas y las Injurias, en los gitanos de las Cambroneras, en los ladrilleros sin trabajo del barrio que tenía delante, en todos los infelices que la orgullosa urbe expelía de su seno y acampaban á sus puertas, haciendo una vida salvaje, subsistiendo con las artes y astucias del hombre primitivo, amontonándose en la promiscuidad de la miseria, procreando sobre el estiércol á los herederos de sus odios y los ejecutores de sus venganzas.»

Esa habilidad balzaciana que el ilustre novelista posee para idear figuras, constituir familias y darnos la sensación caliente, llena de movilidad y de interés, de las muchedumbres, sobresale en este libro más quizá que en otro ninguno.

Isidro Maltrana es un muchacho ilustrado y de claro entendimiento, pero de flaca y desorientada voluntad, y á este desequilibrio de facultades debemos referir muchas de las desgracias que luego, en el devanar del tiempo, amargan su vida. Nació de una pobre mujer y de un albañil que murió siendo él todavía muy niño. Su abuela materna era una trapera del barrio de las Carolinas llamada la Mariposa, y que vivía maritalmente con un trapero viejo, cazurro, borracho y un poco filósofo, á quien todos conocían por Zaratustra. Isidro Maltrana, por consiguiente, «venía de abajo», era hijo del pueblo y acaso hubiese vivido tranquilamente si, desde pequeño, le hubieran dedicado á un oficio. Mas no fué así; una señora rica y bondadosa, á cuya casa la madre de Isidro iba á trabajar, admirando las excelentes disposiciones que el chiquillo demostraba tener para el estudio, quiso encargarse de su educación y darle una carrera. Maltrana comenzó á estudiar afanosamente, graduóse bachiller y seguía con notable aprovechamiento el penúltimo curso de la facultad de Filosofía y Letras, cuando su protectora falleció. Como por ensalmo el pobre muchacho se halló desamparado, inerme ante la gran batalla de la vida: no tenía carrera, no sabía ningún oficio: «los de arriba», conociendo su origen humilde, le miraban despectivamente; y, por otra parte, para vivir entre los de su clase, le estorbaba su ilustración y poseía unas manos y unos gustos demasiado finos. Era un inadaptable, un inutilizado por el cambio de ambiente, á quien el porvenir reservaba días muy negros.

A falta de otra ocupación mejor, Isidro Maltrana se hizo periodista; su bohemia fué larga, dura, estéril. En sus visitas á Cuatro Caminos, donde vivía su abuela, conoció á Feliciana, hija de un cazador furtivo á quien llamaban Mosco. Isidro y Feliciana se amaron y concluyeron marchándose á vivir á un cuartucho interior situado en las inmediaciones del Rastro. Ella era joven, graciosa y bonita, él era inteligente y alegre; los dos hubiesen podido ser felices; pero la fatalidad les perseguía sañuda, sin darles un momento de tregua. Maltrana carecía de trabajo; su voluntad débil no sabía imponerse; Feliciana estaba encinta: hambrientos, medio desnudos, los dos vencidos fueron á refugiarse en una casuca de las Cambroneras, desamparada y miserable como choza de húngaros. Según vamos acercándonos al desenlace, una tristeza enorme, una melancolía fría y negra de crepúsculo, desciende sobre el libro. La madre de Isidro, que á poco de enviudar fuése á vivir con un albañil, hombre muy de bien, falleció en el hospital; su amante se cayó de un andamio y murió también; el hijo único que tuvieron, criado en el ambiente vicioso del arroyo, estaba en la cárcel; al Mosco, los guardas de la Casa de Campo le mataron á tiros. Finalmente, Feliciana da á luz en el hospital y acaba allí sus días, y su cadáver va á la fosa común después de haber pasado por el espanto de la sala de disección... El Destino es implacable con los pobres: los patea, los tritura, los deshace, les niega hasta el nombre; diríase que no quiere que de ellos quede nada, ni aun el recuerdo... Y esta conclusión sería desoladora si el autor, bondadosamente, no la iluminase con un rayo de esperanza: Isidro Maltrana, desanimado, abúlico y próximo á sumirse en el envilecimiento sin redención del alcoholismo, reacciona á tiempo. Ya no aspira á obtener una reputación literaria, pero trabajará, será un «obrero del arte», ya que no pudo llegar á ser artista. Su voluntad se rebulle y levanta con desacostumbrado brío: peleará con la suerte y la vencerá: lo que no hizo por su pobre compañera, ni por sí mismo, lo hará por su hijo. Esta vez no claudicará; el cariño que aquella criatura le inspira «es de hierro...»

Y este «germinal» inesperado nos consuela asegurándonos que, cerca ó lejos, ¿qué importa la distancia?... la humanidad hallará un mañana de justicia y de paz, un mañana de fraternidad, en el que no habrá dolor...

La catedral, El intruso, La bodega y La horda, son «libros de combate», apasionados, fieros, que desataron contra su autor las más vehementes censuras. Se le tildó de intransigente, de sectario fanático. Conformes; ¿y qué?... Así ha de pelearse, y no es buen soldado quien á la hora de la batalla dispara al aire; los golpes todos al corazón del contrario deben ir dirigidos, pues la importancia de la herida es lo único que informa del mérito de la estocada. Los más egregios paladines de nuestras libertades, respondiendo con la tolerancia á las acometividades sin cuartel de sus enemigos, probaron su ineptitud para la lucha y retrasaron, en más de un siglo, el desarrollo intelectual de España. Al fanatismo y á la intransigencia, con fanatismo y con intransigencia deben rechazarse; como las religiones, las libertades por el hierro y por el fuego deben imponerse; la clemencia vendrá más tarde, después que las cicatrices estén bien curadas y no haya peligros de infección. Así lucha Blasco Ibáñez y así debe lucharse: echando fuera de la barricada todo el cuerpo, poniendo en la reciedumbre de cada golpe toda el alma. El novelista arremete violento contra el poder clerical que empobrece á las naciones y ahoga las iniciativas y rebeldías del pensamiento y ahuyenta del mundo el bienestar de vivir; y truena también contra esa abominable constitución social que puso las riquezas en unas cuantas manos y deja que familias enteras mueran de hambre, de suciedad y de frío sobre una tierra que, mejor cultivada, bastaría á la felicidad de todos. Nada le detiene, y estas cuatro novelas son otras tantas lanzas rotas en pro del Amor, del Trabajo y de la Libertad, los tres únicos caminos que llevan á Sión, la ciudad prometida...