IV

Novelas de la tercera época: “La maja desnuda”.—“Sangre y arena”.—“Los muertos mandan”.—“Luna Benamor”.

Este nuevo ciclo ocupa un período de cerca de cuatro años, ó sea desde la aparición de La mala desnuda, á principios de 1906, hasta Luna Benamor, publicada á mediados de 1909.

Retratados ya los principales aspectos ó paisajes de la novela regional valenciana, y agotados los temas máximos de la novela revolucionaria ó de controversia, Vicente Blasco Ibáñez cambia de rumbo; su espíritu ágil deriva hacia otros horizontes, restringe el escenario donde su observación diligentísima ha de emplearse, y su curiosidad, antes distraída en la contemplación de vastos panoramas, se dedica al estudio de las almas y sabe descender á ellas. El trabajo que hasta entonces fué de síntesis, á partir de este momento será de análisis. El cambio es duro: á ratos, como en muchas hermosísimas páginas de Sangre y arena y de Los muertos mandan sucede, la imaginación libérrima del novelista bate sus alas aquilíferas y se remonta para regalarse con la contemplación de alguna lontananza inmensa, cual si obedeciera al hábito de respirar el aire de las grandes alturas; pero bien pronto el prurito psicológico predomina, y vuelve á imperar la observación de ese incesante y maravilloso trajín, semejante á un hervor, que llamamos conciencia, y el lector asiste nuevamente al amanecer de los sentimientos, á su desarrollo sigiloso, á las penumbras y mudanzas de las ideas, á la formación de aquellos avendavalados vientos interiores denominados pasiones; amasijo estupendo, plateresco, lleno de emboscadas y de sorpresas, como las fórmulas de un libro cabalístico. Diríase que la pupila del autor se contrae y recoge para sólo percibir lo pequeño, y que, á imitación de los maestros pintores de la antigua escuela veneciana, únicamente otorga importancia á las figuras. Esta nueva tendencia imprime á la obra total de Blasco Ibáñez un carácter nuevo, científico, de investigación y cosmopolitismo muy agradable.

La maja desnuda es un libro desesperado, un libro trágico, donde triunfa la muerte. Así, la huella que su lectura graba en el espíritu es profunda: dura mucho tiempo: más que un rastro es una cicatriz.

El pintor Mariano Renovales, apenas gusta las primeras caricias de fortuna y de gloria con que algunas veces—muy pocas—el dios Azar suele favorecer á los artistas jóvenes, se casa con Josefina Torrealta, hija de un diplomático; un pobre hombre insignificante, pero grave, tieso, con toda la tiesura escénica inherente á su profesión. Josefina heredó de su padre la vulgaridad: es la burguesita modesta, católica, sin arrebatos personales, esclava constante de la opinión ajena. Renovales, por el contrario, es un espíritu independiente, valeroso, enamorado frenético de su arte. ¡Ay! Sus dos almas, aunque prendadas fervorosamente la una de la otra, no coincidirán nunca, no se fundirán jamás en el beso de fuego del mismo ideal. Para Renovales «el arte es la vida»; para Josefina «un medio de vivir»; por lo mismo, los más egregios ensueños de su compañero no la conmueven. Luego de recorrer las principales ciudades italianas, se establecen en Roma: él acaricia la visión de lienzos difíciles, inmortales; ella se opone, suavemente al principio, con lágrimas y asperezas después. Menos esfuerzo cuestan esos cuadritos «de costumbres», hechos rápidamente y de memoria, y que los yanquis suelen pagar muy bien. Acerca de esto disputaron varias veces: los celos de la joven iban despertando; odiaba á las modelos; en su vulgaridad no comprendía que su marido pudiera dejarse dominar por su amor al arte hasta el extremo de no sentir ante la belleza de aquellas mujeres que se desnudaban en su estudio ninguna emoción lasciva. «Le aconsejaba que pintase niños, con pellico y abarcas, tocando la gaita, rizados y mofletudos como el niño Jesús; viejas campesinas de rostro arrugado y cobrizo; ancianos calvos, de luenga barba...»

Renovales cedió; adoraba en Josefina y quería complacerla; pero esta claudicación fué pasajera. Su vocación, momentáneamente represada, renacía avasalladora; y esta vez su asalto fué más fiero y seguro, porque le ayudaba el amor. La cara de Josefina no era muy bonita, pero el cuerpo sí; el cuerpo era precioso: menudo, cimbreante, de una tonalidad mate y nerviosa: los senos pequeños y erectos, el vientre recogido y duro, las piernas delgadas y elásticas... Era «la maja desnuda», la mujercita inmortal de Goya... ¡Ah! ¡Si él pudiera retratarla así!... Mariano Renovales discurseó, suplicó, derrochó sus recursos de artista y de amante, y al cabo consiguió su objeto. Josefina, por vana curiosidad, sin comprender la misión sagrada—misión de Belleza—que iba á representar, se prestó á servir de modelo. ¡Pobre Renovales! «Tres días trabajó con una fiebre loca, los ojos desmesuradamente abiertos, cual si pretendiera devorar con su retina aquellas formas armoniosas...» El cuadro quedó terminado; era un lienzo prodigioso, definitivo; la espuma de su alma; el Ideal hecho línea y color, apresado allí, acariciándole con una sonrisa de Inmortalidad...

Luego, desvanecido el primer instante de estupor y vanidoso contentamiento, la joven quiso romper el lienzo. Aquello estaba muy bien, pero era una porquería... ¡Una porquería! El artista sintió que el suelo del estudio trepidaba bajo sus pies: tuvo deseos de llorar, de morir... «Josefina, desnuda aún, había saltado sobre el cuadro con una agilidad de gata rabiosa. Del primer golpe de sus uñas rayó de arriba á abajo el lienzo, mezclando los colores todavía tiernos, arrancando la cascarilla de las partes secas. Después cogió el cuchillete de la caja de colores y raaás... el lienzo exhaló un larguísimo quejido, se partió bajo el impulso de aquel brazo blanco, que parecía azulear con el espeluznamiento de la cólera.»

El artista no se movió; ¿para qué? Se sentía anonadado, deshecho; su porvenir, roto por la vulgaridad triunfante de su compañera, acababa de saltar en pedazos como un cristal. Odió á Josefina: era un odio pasivo, indiferente, que helaba su carne y fue invadiendo su alma poco á poco. ¿Cómo pudo él casarse con aquella mujer? No lo comprendía. Se aburría en su casa y empezó á frecuentar los salones. Experimentaba un deseo calenturiento de divertirse, de gozar, de componerse una segunda juventud. Pero Josefina le estorbaba. ¡Ah, si se muriese!...

Así termina la primera parte.

Al fin, ya en los umbrales mismos de la vejez, Mariano Renovales se enamora locamente, con vehemencias de muchacho, de la condesa de Alberca. Ella, al principio, coquetea y le burla; al cabo se rinde: es una caprichosa, una hambrienta insaciable de emociones nuevas.

Una casualidad descubre á Josefina la existencia de estos amores, y el mal que la roe se agrava; los celos exacerban su neurastenia; el dolor realiza estragos en aquel organismo débil: de día en día se la ve palidecer, consumirse, acercarse á la muerte; por las tardes, en las horas de fiebre, sus cabellos se adhieren sobre las sienes lívidas, cubiertas de sudor; su rostro va adquiriendo el perfil fino, aguileño, de los cadáveres...

Muere Josefina y Mariano Renovales, que ya se asoma á la vejez y aun ha dado algunos pasos dentro de ella, se siente, de pronto, solo... ¡horriblemente solo!... Su hija Milita, su única hija, se ha casado y sólo va á verle para pedirle dinero. Sin razón alguna, como por ensalmo, experimenta una repugnancia invencible hacia su coima, la condesa de Alberca. En su casa, en el hotel donde Josefina falleció, todo le habla de la muerta: los muebles, los cortinajes suntuosos que exornan las puertas, los mismos muros... parecen guardar el perfume y el frufruteo que levantaron sus faldas la última vez que pasó por allí.

Esta epifanía, al parecer ilógica, de los viejos recuerdos, esa brusca regresión al pasado, esa contradicción en virtud de la cual Mariano Renovales adora muerta á la mujer que preterió y aun odió cuando viva, constituye un precioso fenómeno de psicología amorosa, y uno de los aciertos más terminantes del novelista.

Desesperado, el infeliz trata de pintarla de memoria, y sólo consigue trazar una figura extravagante, de una extravagancia malsana, que vagamente reproduce los rasgos de la muerta.

«Saltaba á la vista la inverosimilitud de los rasgos, la rebuscada exageración; los ojos enormes, monstruosos en su grandeza; la boca diminuta como un punto; la piel de una palidez luminosa, sobrenatural. Solamente en sus pupilas había algo notable: una mirada que venía de muy lejos, una luz extraordinaria que parecía traspasar el lienzo.»

Pero, aunque satisfecho de su obra, Renovales no está tranquilo: quiere más, quiere recobrar á Josefina, oirla, estrecharla entre sus brazos, poseerla otra vez... Y para conseguir su propósito se dedica á buscar por las calles y de teatro en teatro, una mujer que se la parezca... Al fin cree hallarla: es la «Bella Fregolina», una divette... La muchacha no es inaccesible ni mucho menos, y va al estudio del pintor. Renovales la obliga á vestirse una falda y unas medias que pertenecieron «á la otra»... Unicamente vestida de aquel modo podrá retratarla. Ella accede... Al verla, el artista cree, por un momento, que Josefina, efectivamente, ha resucitado: aquél es su cuerpo, aquéllos son sus ojos, velados y tristes. Pero, de pronto, su entusiasmo se apaga, el vigor le abandona: ¡no es la misma! ¡No es ella!... Y mientras la «Bella Fregolina», asustada y creyendo habérselas con un loco, se viste á toda prisa, Renovales llora inconsolable sobre las ruinas de su última ilusión. ¡Juventud, juventud! ¿Por qué te fuiste?...

Al año siguiente, de regreso de un viaje de siete meses por la Europa central, Turquía y Asia Menor, Vicente Blasco Ibáñez publicó su libro Oriente. Es una obra amenísima, una visión de novelista, palpitante de interés y de emoción. Contiene varios capítulos meritísimos, tales como aquel donde describe á Ginebra, «la ciudad del refugio», como el autor la llama inspiradamente; los que dedica á «Viena la elegante» y al «¡Hermoso Danubio azul!...»; y el titulado «La noche de la Fuerza»; páginas inolvidables, donde hay como un latido formidable de vida: diríase que las generaciones futuras van acercándose y que en el silencio de la noche sagrada se las siente llegar...

Sangre y arena, que apareció poco después, obtuvo éxito extraordinario. Su asunto es sencillo: tiene la simplicidad de los caracteres francos y rudos que intervienen en ella.

El torero Juan Gallardo es, á su modo, un «hombre de presa», un arriviste, que á fuerza de arrogancia, destreza y valor, consigue ocupar un puesto entre los matadores «de más cartel». Es joven, guapo, rico; todo le sonríe: las empresas se le disputan, los periódicos publican su retrato, en las calles la multitud se detiene á mirarle, las heteras más elegantes y codiciosas, aquellas por las que los hombres de mundo se arruinan, le escriben brindándole graciosamente el dulzor de sus labios... En Sevilla, Juan Gallardo tiene amores con la viuda de un diplomático, una tal doña Sol, sobrina del marqués de Moraima. La llaman la Embajadora, y aunque nacida en Andalucía, es un tipo exótico, una flor de cosmópolis, interesante y rara, que recuerda á Leonora, la walkyria bella y sádica de Entre naranjos. Su alma ofrece una complejidad y al mismo tiempo una frivolidad encantadoras: todo la entusiasma y de todo se aburre; apenas tiene hambre, cuando ya está ahita; es una caballista que sabe derribar toros, una enamorada de la bizarría y de la fuerza, y también una sentimental que prende, románticamente, una rosa de otoño en la solapa de un bandolero. Las relaciones de doña Sol con Juan Gallardo duran poco, y esta vez es ella quien olvida.

El medio donde la acción se desarrolla permite al novelista presentar varios tipos limpiamente retratados y describir muchas escenas y cuadros andaluces, entre los que sobresale, por la exactitud y munífica riqueza del colorido, el de la Semana Santa sevillana, de renombre mundial.

La fortuna de los grandes toreros es esplendorosa y fascinante como la de los conquistadores, pero suele ser breve; unas veces porque los músculos se aflojan, otras porque el corazón declina y el ardimiento de la sangre se apaga y con él flaquea también el valor. Hay muchos toreros que son bravos y excelentes lidiadores hasta la tarde en que reciben la primera cornada. Esto le sucedió á Gallardo. Al recobrarse de una grave cogida se halló débil de cuerpo, y lo que era mucho peor, flaco también de espíritu. Había perdido la confianza en sí mismo; el recuerdo de los dolores sufridos empavorecieron su voluntad; no podía acercarse á los toros; sus pies, automáticamente, le separaban de ellos; les tenía miedo. El público lo notó, los periódicos propalaron la noticia, y la estrella del famoso matador empezó á declinar; ¡y con qué ocaso tan rápido, tan humillante y tan triste!... En vano trataba de recobrarse, de imponerse á su propia flaqueza para reconquistar lo perdido; había muerto su antiguo valor; era otro hombre.

En Madrid, doña Sol y Juan Gallardo vuelven á encontrarse; el torero la recuerda su amor, aquel viejo amor que todavía quema su alma; mas ella se encoge de hombros. ¡Bah! ¿Quién se acuerda del pasado?... Sí, es cierto; ella le quiso... un poco... pero fué un capricho rápido, á flor de piel, del que no había para qué hablar. Esta conversación entre la aventurera elegante y aristócrata y el lidiador ignorantón y zafio, es breve, pero intensa y amarga, de una amargura desgarradora: él no sabe qué decir; ella, viéndole aturrullado, le mira con curiosidad, con desdén. Creía soñar...

Se acordó de un rajáh, á quien había conocido en Londres, y trató de explicar al torero la impresión que aquel personaje indostánico, bello y triste, con su tez cobreña, sus actitudes perezosas y su bigote lacio, la había producido:

«—Era hermoso, era joven, me adoraba con sus ojos misteriosos de animal de la selva, y yo, sin embargo, le encontraba ridículo, y me burlaba de él cada vez que balbuceaba en inglés uno de sus cumplimientos orientales. Temblaba de frío, le hacían toser las brumas, movíase como un pájaro bajo la lluvia, agitando sus velos lo mismo que si fuesen alas mojadas... Cuando me hablaba de amor, mirándome con sus ojos húmedos de gacela, me daban ganas de comprarle un gabán y una gorra, para que no temblase más. Y, sin embargo, reconozco que era hermoso y que podía haber hecho la felicidad por unos cuantos meses de una mujer ansiosa de algo extraordinario. Era cuestión de ambiente, de escena... Usted, Gallardo, no sabe lo que es eso.»

Tenía razón. El torero miraba á su interlocutora boquiabierto, cual si todas aquellas palabras perteneciesen á un idioma desconocido para él. La joven, cada vez más sorprendida de ser como era, pensaba:

«¡Y ella había podido sentir un amor de unos cuantos meses por aquel mozo rudo y grosero, y había celebrado como rasgos ingeniosos las torpezas de su ignorancia, y hasta le exigía que no abandonase sus costumbres, que oliera á toro y á caballo, que no borrase con perfumes la atmósfera de animalidad que envolvía á su persona!...»

Y doña Sol, indulgente consigo misma, sonreía:

«¡Ay, el ambiente! ¡A qué locuras impulsa!...»

El desenlace de la obra es magnífico; una de las páginas más entonadas y brillantes de su autor. Juan Gallardo cae en la plaza, al dar una estocada, una estocada incomparable, suicida, ¡la mejor de su historia!... No muere desesperado por la ingratitud de doña Sol; final hubiera sido éste harto mezquino para los alientos de su recia alma de lidiador; muere por amor propio, por vanidad de artista, por quedar bien ante el público, el gran veleidoso que tan pronto encumbra y diviniza á sus ídolos, como les pisotea. Su desgracia no interrumpe la fiesta; el espectáculo continúa; en los tendidos bañados en sol «rugía la fiera: la verdadera, la única».

Los muertos mandan, juntamente con Cañas y barro, Entre naranjos y La barraca, es, á mi juicio, una de las cuatro novelas maestras sobre que descansa el alto prestigio de Vicente Blasco Ibáñez. Libro excepcional y meritísimo que une á la amenidad de los paisajes en él evocados, la intensa rebusca y minuciosa penetración de los caracteres y la expresión poética, admirablemente sintética, de una honda y trascendental visión filosófica.

Jaime Febrer, último vástago de una antigua y muy noble familia arruinada, tras una primera juventud alegre y fastuosa, vuelve á Mallorca, su país natal, y para recomponer su casi deshecha fortuna trata de casarse con Catalina Valls, hija única de cierto judío riquísimo. Jaime es un hombre independiente, que ha recorrido toda Europa, y, por lo mismo, se cree ajeno á todos esos ridículos escrúpulos de campanario que infiernan la vida de las ciudades pequeñas. Mas apenas descubre su designio, cuando todos los que le conocen, y aun los que jamás le saludaron, le miran con asombro y enojo. El mismo Pablo Valls, tío de Catalina, á pesar de comprender los beneficios que este enlace reportaría á los suyos, aconseja noblemente á Jaime que renuncie á tal proyecto: él le conoció niño, le quiere bien y no permitirá que sea desgraciado. ¡Un Febrer! ¡Un descendiente de la familia más católica de Mallorca, de una familia que había dado al mundo cardenales, inquisidores y caballeros de Malta, casarse con una chueta! ¡Imposible!... ¿Qué diría la isla? Y, aunque renunciase á vivir allí, ¿en qué rincón del planeta iría á refugiarse que no le alcanzase la execración y el desprecio de todos?... Además, por mucho que amase á Catalina, no podría ser feliz con ella; tarde ó temprano la odiaría. ¿Acaso una mujer y un hombre pueden, por sí solos, destruir la herencia de rencores acumulada durante muchos siglos entre dos razas?...

Jaime Febrer, que no quiere á Catalina, se deja convencer, y para destruir de cuajo y más pronto su naciente noviazgo, se traslada á Ibiza. ¿Qué remedio? Es algo fatal; los muertos lo disponen así.

En Ibiza Jaime Febrer se instala en una vieja torre, propiedad suya, que llaman «del Pirata», y en aquella soledad agreste se enamora de Margalida, hija de Pép, propietario de Can Mallorquí y descendiente de labriegos modestos, feudatarios de los muy ilustres progenitores de Jaime. Por lo mismo, éste, aunque totalmente arruinado, continúa siendo «el amo», una especie de hombre superior aislado de los demás por los dones preexcelsos de su inteligencia y de su raza. Así, la pasión que siente Febrer hacia Margalida escandaliza á todos, incluso á sus padres: aquello es imposible, es absurdo; «el señor» está loco. En Ibiza, como en Mallorca, el pasado se oponía al porvenir y dificultaba su marcha. En todas partes, la historia, la raza, la autoridad inapelable de lo que ha sido...

«Reía amargamente de su optimismo en aquella ocasión, de la confianza que le había hecho despreciar todas sus ideas sobre el pasado. Los muertos mandan: su autoridad y su poder eran indiscutibles. ¿Cómo había podido él, á impulsos del entusiasmo amoroso, desconocer esta enorme y desconsoladora verdad?... Bien le hacían sentir los lóbregos tiranos de nuestra vida todo el peso abrumador de su poder. ¿Qué había hecho él para que en este rincón de la tierra, su último refugio, le mirasen como un extraño?... Las innumerables generaciones de hombres, cuyo polvo y cuya alma estaban confundidos con la tierra de la isla natal, habían dejado como herencia á los presentes el odio al extranjero, el miedo y la repulsión al extraño, con el que vivieron en guerra. El que llegaba de otros países era recibido con un aislamiento repelente, ordenado por los que ya no existían.

»Cuando, despreciando sus antiguos prejuicios, intentaba aproximarse á una mujer, la mujer replegábase misteriosa y asustada de tal aproximación, y el padre, en nombre de su respeto servil, se oponía á este hecho inaudito. Era una obra de loco la suya: la conjunción del gallo y la gaviota soñada por un fraile extravagante que tanto hacía reir á los payeses. Así lo habían querido los hombres en otros tiempos al fundar la sociedad y dividirla en clases, y así debía ser. Inútil rebelarse contra las cosas establecidas. La vida de un hombre era corta, y no bastaba para batirse con centenares de miles de vidas que habían existido antes de ella y parecían espiarla invisibles, oprimiéndola entre creaciones materiales que eran recuerdo de su paso por la tierra, abrumándola con sus pensamientos, que llenaban el ambiente y eran aprovechados por todos los que nacían sin fuerza para discurrir algo nuevo.

»Los muertos mandan, y es inútil que los vivos se resistan á obedecer. Todas las rebeliones por salir de esta servidumbre, por romper la cadena de los siglos, todo mentira. Febrer recordaba la rueda sagrada de los indios, símbolo budhista que había visto en París al presenciar una ceremonia religiosa oriental en un museo. La rueda era el símbolo de nuestra vida. Creemos avanzar porque nos movemos; creemos progresar porque vamos hacia adelante, y cuando la rueda da la vuelta completa, nos encontramos en el mismo sitio. La vida de la humanidad, la historia, todo era un interminable «recomenzamiento de las cosas». Nacen los pueblos, crecen, progresan; la cabaña se convierte en castillo y después en fábrica; se forman las enormes ciudades de millones de hombres, sobrevienen después las catástrofes, las guerras por el pan que escasea para tantas gentes, las protestas de los desposeídos, las grandes matanzas, y las ciudades se despueblan y caen en ruinas. La hierba invade los orgullosos monumentos: las metrópolis se hunden poco á poco en la tierra y duermen siglos y siglos bajo colinas. El bosque bravío cubre la capital de remotas épocas; pasa el cazador salvaje por donde en otro tiempo eran recibidos los caudillos vencedores con aparato de semidioses; pacen las ovejas y sopla el pastor en su caramillo sobre las ruinas que fueron tribuna de leyes muertas; vuelven á agruparse los hombres y surge la cabaña, la aldea, el castillo, la fábrica, la ciudad enorme, y se repite lo mismo, siempre lo mismo, con una diferencia de centenares de siglos, como se repiten de unos hombres en otros iguales gestos, ideas y preocupaciones en el transcurso de unos años. ¡La rueda! ¡El eterno recomenzar de las cosas! ¡Y todas las criaturas del rebaño humano cambiando de aprisco, pero jamás de pastores: y los pastores siempre los mismos, los muertos, los primeros que pensaron, y cuyo pensamiento primordial fué como el puñado de nieve que rueda y rueda por las pendientes, agrandándose, llevando adherido en su pegajosidad todo cuanto encuentra al paso!...

»Los hombres, orgullosos de su progreso material, de los juguetes mecánicos inventados para su bienestar, creíanse libres, superiores al pasado, emancipados de la original servidumbre, ¡y todo cuanto decían se había dicho centenares de siglos antes con diversas palabras; sus pasiones eran las mismas; sus pensamientos, que consideraban originales, eran destellos y reflejos de otros pensamientos remotos; y todos los actos que tenían por buenos ó malos eran respetados como tales porque así los habían clasificado los muertos, los tiránicos muertos, á los que el hombre tendría que matar de nuevo si deseaba ser libre realmente!... ¿Quién llegaría á realizar esta gran hazaña libertadora? ¿Qué paladín con fuerzas suficientes para matar al monstruo que pesaba sobre la humanidad, enorme y abrumador, como los dragones de las leyendas guardaban bajo su corpachón inútiles tesoros?...»

Este pensamiento embebe el ánimo del autor y reaparece á cada momento bajo su pluma, siendo el verdadero protagonista del libro; un protagonista invisible, pero tremendo, extendido, como el cielo, de un horizonte á otro.

«Los vivos—añade Blasco Ibáñez—no estaban solos en ninguna parte: rodeábanles los muertos en todos los sitios, y como eran más, infinitamente más, gravitaban sobre su existencia con la pesadez del tiempo y del número. No; los muertos no se iban, como creía el refrán popular. Los muertos se quedaban inmóviles al borde de la vida, espiando á las nuevas generaciones, haciéndolas sentir la autoridad del pasado con rudo tirón en el alma cada vez que intentaban apartarse de la ruta...»

No he podido arrancarme á la tentación de transcribir los anteriores párrafos, porque, amén de expresar limpiamente el espíritu del libro á que me refiero, son por su especial contextura, colorista y sonante, una de las muestras más cabales del estilo de Blasco Ibáñez; estilo frecuentemente desaliñado, con el desaliño cálido de la impaciencia que lo inspiró, pero siempre gráfico, viril y jugoso.

Como antes en Mallorca, ahora en Ibiza todo se confabula para que Jaime y Margalida no se amen. Pero esta vez Jaime Febrer no transige, la pasión que le anima es sincera y robusta, y los obstáculos que se oponen á la realización de su deseo le enardecen, lejos de abatirle. Al fin se casa. Convaleciente aún de la grave herida que le infirió uno de los mozos que cortejaban á Margalida, Febrer, dirigiéndose á un amigo suyo, repite esta sabia frase: «Pablo, ¡matemos á los muertos!...» Es decir: destruyamos lo pretérito, vivamos horros de preocupaciones imbéciles, afirmemos nuestra personalidad labrando independientemente ese porvenir donde puede aguardarnos la dicha.

Declaro que, según avanzaba en la lectura de esta obra, iba apoderándose de mí un malestar creciente; imponiéndose á la magnificencia mediterránea de los paisajes, á la hermosura del cielo radiante y azul y á la fertilidad de los campos verdes, con el bruñido verdor de las esmeraldas mojadas, una melancolía invencible, semejante á una evaporación de dolor, amortiguaba el regocijo de la Naturaleza. Eran los muertos... Así, cuando de pronto, avasallando todo el fatal prestigio de lo que ha sido, la vida se impone, experimenta el lector ese alivio inefable que, en medio de los terrores de una pesadilla, produce la luz.

Y el libro concluye con esta declaración optimista, llena de salud, riente como un rayo de sol mañanero: «No; los muertos no mandan: quien manda es la vida, y sobre la vida el amor.»

Tal es el desenlace que Blasco Ibáñez da á su obra, y, conociendo su temperamento enérgico, no pudo ser otro: destruyamos el pasado: sobre él lo futuro, que es la esperanza, la ilusión, debe caer como una losa.

Para concluir, citaré á Luna Benamor: es una novela corta que tiene la poesía filante, dulcemente triste, de los andenes y de los puertos. En la sociedad cosmopolita que pulula por las calles de Gibraltar, Luis Aguirre conoce á Luna, una hebrea, y quiere casarse con ella; pero la joven, aunque enamorada de él, no accede; sus religiones les separan, sus dioses no les permiten unirse; ella se casará con uno de su raza. Y así es: el desenlace es pesimista; esta vez, los muertos han vencido...