V

Síntesis.—Las mujeres en la obra des Blasco Ibáñez.—Los conquistadores.—El dolor.—Los desenlaces trágicos.

Recordando la impresión que la obra total de Vicente Blasco Ibáñez ha dejado en mi espíritu, diré que sus libros se ofrecen á mi imaginación como flores de pesadilla extravagantes y magníficas, unas azules, otras negras, aquéllas rojas como la sangre; y todas grandes, frescas, lozaneando pomposamente sobre un paisaje donde triunfan los dos colores principales con que se disfraza la vida: el verde del mar y de los campos, y el amarillo del sol. Y más allá, muy lejos, formando horizonte, los desenlaces trágicos de casi todas sus novelas componen una línea obscura que habla de injusticias y de dolor.

No quiero desaprovechar la ocasión que ahora se me ofrece de esclarecer, siquiera sea ligerísimamente, el verdadero puesto ocupado por Blasco Ibáñez en la historia de nuestra novela contemporánea.

Por ser, según hemos visto, partidario acérrimo del método experimental ó de observación, y más aún, por haber empezado á escribir cuando el prestigio extraordinario de Emilio Zola rebasaba las fronteras francesas y llenaba el mundo, el autor de La barraca fué considerado como «discípulo de Zola y representante de la escuela naturalista en España». Esta afirmación caprichosa, lanzada por un «crítico profesional» cualquiera, la repitió alegremente «el vulgo» de los escritores y más tarde el público. El «prurito de clasificación», que tanto adula la pereza intelectual de las muchedumbres porque puede encerrar «en el cliché de una frase» la personalidad completa de un autor, acabó de dar validez á lo que, por su esencia, era totalmente arbitrario y gratuito. Este criterio prevaleció durante muchos años: era inútil que Blasco Ibáñez publicase obras arqueológicas como Sónnica la cortesana, ó libros de tan alquitarado lirismo como Entre naranjos; trabajo baldío; su renombre, para placentera comodidad y sosiego de la opinión, estaba ya fijado, catalogado y equivalía á una cédula personal. La crítica—esa crítica acéfala que no lee y juzga del mérito de los libros por su precio y los colorines de su portada—le había diputado «mantenedor del naturalismo español», y era inútil que el novelista demostrase, con sus libros, renunciar al cargo; el público no le admitía la dimisión, cual si fuese aquel un puesto que no pudiese quedar vacante.

¿Cómo negar que hay prolijos y notables puntos de concomitancia entre la obra de Emilio Zola y la de Blasco Ibáñez?... Mas ello no significa que éste siguiese puntual y servilmente las huellas de aquél, aunque las arquitecturas que ambos dieron á sus libros sean muy parecidas; como tampoco pueden considerarse «discípulos» de Zola, ni al maravilloso Alfonso Daudet, ni al enorme Maupassant, ni á Mirbeau, ni siquiera á Marcelo Prévost, aunque todos ellos cultiven el método experimental: pues á través de temperamentos tan enérgicos y rotundos como los precitados, la realidad, aun siendo indivisible y única, siempre se nos muestra remozada bajo matices distintos.

Es más; salvo Arroz y tartana, obra de juventud, escrita bajo la sugestión, legítimamente obsesionadora, del autor de Germinal, los demás libros de Vicente Blasco Ibáñez definen, por momentos con mayor energía, la personalidad del copioso novelista español. Blasco Ibáñez es un impulsivo, un impresionista, un impaciente formidable, que produce «por explosón», sin pauta ni medida, con una generosidad de catarata; y Zola, por el contrario, era el artista metódico, frío, avaro de su tiempo, que antes de sentarse á escribir un libro ordenaba sus notas y trabajaba con el reloj puesto sobre la mesa: fué Zola un temperamento calculador, una voluntad sin intermitencias, que burilaba la realidad y ahondaba en ella cachazudamente y «por penetración», con una lentitud perseverante, uniforme, de viejo buey uncido al yugo. Esto lo dice su estilo compacto. Emilio Zola, además, fué un casto, un místico triste y solitario, un hombre de «vida interior» abrumado por la preocupación vigilante de amontonar volúmenes; mientras Blasco Ibáñez es una vitalidad patriarcal, prolífica, desbordante, en cuyas obras campea la satisfacción de vivir, honda, sincera, inmarcesible.

La labor de Vicente Blasco Ibáñez, examinada en conjunto, brinda al observador puntos de vista dignos de consideración y recuerdo.

El recio carácter del novelista, su complexión sanguínea y batalladora y aquel desdén imperceptible, un poco oriental, que su temperamento impaciente de gozador siente hacia la mujer, causas son de que éstas no ocupen en su obra los primeros puestos. El las quiere, las quiere mucho... pero le aburren sus nerviosidades, su debilidad, la tacañería de su horizonte intelectual, la unilateralidad de sus instintos, dedicados siempre al amor, cual si fuera de este sentimiento no le quedasen al hombre desacotados y ubérrimos campos donde ejercitar su diligencia. Los jardines rumorosos de Armida le fatigan pronto: la hembra bella, acariciadora, indulgente, pulida por los refinamientos de la civilización, buena es para ese breve rato que los sentimentales llaman poéticamente «el cuarto de hora azul», de la pasión. Pero luego el varón fuerte debe zafarse de los blancos brazos enlazados á su cuello, y proseguir su camino, su lucha sagrada por el mejoramiento y bienestar humanos y la conquista de la tierra.

Así, excepción hecha de Entre naranjos y de Sónnica la cortesana, en sus demás libros «el dulce enemigo» fué relegado prudentemente á un modesto segundo término. Siendo de notar también, que así la protagonista de Entre naranjos, como Sónnica, la hetera ateniense, son dos tipos enérgicos, perfectamente varoniles, que de su sexo sólo tienen la hermosura.

Algunas de estas hembras concretan la parte más especulativa, más limpiamente artística, del alma de su autor. Son las «soñadoras». En este grupo figuran pocos nombres. Leonora, la heroína vagabunda de Entre naranjos, personificación de «el Amor, que pasa una sola vez en la vida coronado de flores con su cortejo de besos y de risas», y doña Sol, la teatral pecadora de Sangre y arena, pertenecen á la misma raza: á las dos las trastorna la música, y capaces hubieran sido de dar su virginidad por un beso recibido en el hechizo de una melodía de Schubert; las dos son veleidosas y sienten el acicate mordedor de empeñados y peregrinos lances; las dos caminan aburridas, desilusionadas de sí mismas, cautivadas únicamente por la atracción novelesca de lo que no tienen, y apenas consiguen lo que buscaban cuando lo rechazan con fastidio; su infierno va con ellas: no amarán nunca fuertemente, no sentirán el gozo reparador de las grandes ilusiones, no conocerán jamás ese bienestar, bienestar de reposo, que los espíritus agitados experimentan cuando una vez se detienen en la ruta de amargura de sus sensaciones. Para ellas nada hay substantivo, todo es «cuestión de ambiente, de escena...»

En la obra de Blasco Ibáñez también hay pocas «bravías», pues sin duda el novelista estima que raras veces la virtud del valor buscó aposento en pechos femeninos, mejor apercibidos para alimentar á los hijos y servir de regalo y lascivo contento á los hombres, que para vestir la cota y desafiar peligros. Algunas mujeres, sin embargo, pertenecen á este grupo: Dolores, verbigracia, la garrida pescadora de Flor de Mayo; y Neleta, aquella mujercita acerada y pequeña de Cañas y barro, á quien los terribles desgarramientos del parto apenas arrancan un quejido...

Casi toda la multitud femenina que vive en las novelas de Blasco Ibáñez, puede dividirse en dos grupos. A saber: «humildes» y «católicas». Para el autor de La barraca, ni la independencia de criterio ni las rebeldías de voluntad son rasgos peculiares de la mujer española, acostumbrada por imposiciones de educación y leyes de herencia, á la docilidad; y tan cierto es esto, que para explicar el alborotado temperamento de doña Sol y de Leonora, las presenta como espíritus exóticos, educados lejos del patrio terruño, único modo de sustraerse á la normalidad tediosa del alma castellana, desjugada y uniforme como su suelo. La mujer española es fuerte y valerosa, pero con el valor de la resistencia, de la pasividad; y si alguna vez despierta para lanzarse á las vehemencias del ataque, es cuando la religión, único resorte que después del amor y muchas veces por encima del amor, agita su ánimo, la impulsa á ello.

Las «humildes» abundan; forman un generoso ramillete de frentes pálidas, de cervices inclinadas, de labios sin color, de ojos esclavos perdidos en la melancolía de la tierra; hembras silenciosas que caminan sin ruido; caracteres recogidos acostumbrados á obedecer, primero al padre, al esposo después, á los hijos más tarde... A este grupo pertenecen Tonica, la costurerilla de Arroz y tartana; la Rosario infeliz de Flor de Mayo, que trabaja toda la semana para que á su Tonet, «al amo», no le falte tabaco ni dinero con que ir á la taberna; la Teresa de La barraca, tozuda, infatigable, en su lucha con la tierra; la pobre Borda, de Cañas y barro, enamorada de el Cubano con una pasión oculta y sin esperanza, de sierva; pasión que nunca le confía y que únicamente se descubre romántica cuando, viéndole muerto, le besa en los labios; Sagrario, la pecadora arrepentida y casi moribunda de La catedral; Feliciana, la mártir que, más que de parto, muere de pena, de miseria y de frío, en las últimas páginas de La horda; y Josefina, la burguesita desventurada, víctima de su educación, de La maja desnuda; y Margalida, la cordera asombrada y dulce, de Los muertos mandan...

Al lado de estas hembras vulgares, pacatas, faltas de iniciativas, y sin otra virtud que la virtud cómoda, pero infecunda, de la obediencia, están las «católicas»; voluntades belicosas, tiránicas, defensoras intransigentes de lo tradicional. Son doña Bernarda, la tía fanática de Rafael Brull, y también Remedios, la esposa de éste; una chiquilla de sensibilidad atrofiada para quien el matrimonio no pasó de ser una curiosidad; y son doña Cristina y su hija Pepita, en El intruso; y aquella terrible doña Juana de Los muertos mandan, que vieja, doncellona y millonaria, deshereda á su sobrino Jaime Febrer por el delito de haberse querido casar con una judía...

Conociendo el apasionado espíritu de Blasco Ibáñez, el modo impresionista, casi instantáneo, que tiene de «ver» los asuntos, y la tumultuosa celeridad con que escribe, arracimando caracteres y paisajes alrededor de la idea matriz, no sorprende la insistencia con que todos sus libros aparecen construídos sobre la historia de un macho bravo, irresistible, incapaz de claudicaciones, susceptible de caminar hacia el desenlace sin apartarse en una tilde de la línea recta. El hombre de presa, el héroe casto y sobrio, dominado únicamente por la obsesión «de llegar», no falta nunca; es una especie de materia prima; y es porque el novelista, inconscientemente, se complace en sí mismo y se retrata en sus obras.

Fuera de duda está que, tanto como los lances de amor, interesan á las multitudes los empeños de fuerza y bizarría. Si los primeros son golosos, los segundos también ejercen sobre nuestra curiosidad un poder de atracción enorme; y apuradillos nos encontraríamos todos si hubiésemos de responder con estricta sinceridad si solicita más nuestra atención el grupo apacible, silencioso, de dos novios que se besan, ó el choque brutal de dos hombres que se matan.

Como siempre, en este caso el Amor y la Muerte se disputan y reparten, acaso en proporciones iguales, el dominio de la humana emoción. Todo ello realmente depende, más que del fenómeno en sí, de la idiosincrasia sentimental ó belicosa del espectador: hay temperamentos para quienes el beso es lo único bello y trascendental que alumbra el sol; y otros, en cambio, de temple aventurero, que sueñan con ser protagonistas de hazañosas empresas. De todos modos es innegable que las más de las veces las muecas de la muerte ejercen sugestión eficacísima sobre nuestro organismo, y ello explica el número inmenso de devotos que tienen «la crónica negra» de los periódicos, los toros, los domadores de fieras, las luchas y, en general, todos los ejercicios donde la muchedumbre olfatea un peligro.

En el teatro, sea drama ó comedia lo que los actores representen, son pocos los hombres que se rinden al interés de la fábula escénica hasta el extremo de olvidarse de la mujer á quien acompañan: la idea de aparecer galantes les preocupa, y á cada momento, con un contacto de codos ó una frase trivial, procurarán demostrarla que piensan en ella; y la dama les mirará de soslayo y sonreirá engreída, sintiéndose triunfante. Este imperio de la hembra se amortigua en la plaza de toros, y más aún en los circos, donde dos atletas van á luchar. La perspectiva del combate, la visión de la muerte, los esfuerzos y las fintas mañosas del torneo, acelerando la marcha del corazón, calientan la sangre de los espectadores y provocan en todos los cuerpos una trepidación subconsciente de cólera. Un légamo de instintos ancestrales se revuelve en nosotros: los ojos chispean, los puños se crispan, algo bárbaro endurece la expresión de los labios. En tales momentos prescindimos de la mujer á quien poco antes sonreíamos; no la vemos y, si nos llama, no la oímos. Las peripecias de la lucha nos obsesionan: sentimos la necesidad de gritar, de reñir, de precipitarnos, sin saber por qué, sobre el espectador más cercano...

Y lo que ocurre en los circos y en los tendidos de las plazas de toros, sucede en la vida, ante las mil muecas de la humana farándula. Hay autores para quienes el mundo es una alcoba, un jardín versallesco, un capricho de Watteau, un susurro constante de madrigales y de faldas; y otros, por el contrario, que al asomarse á la realidad sólo ven su gran gesto trágico, su desesperación, sus miserias, sus injusticias y el inmenso clamoreo de rabia y de dolor que arranca á la humanidad el trabajo de vivir. Y estos escritores, por las razones arriba apuntadas, se olvidan de la hembra; los incidentes de la formidable hecatombe social les tiraniza, y heridos por la crueldad ominosa con que los fuertes, á mansalva, patean sobre los vencidos, su indignación estalla con tempestuosidades proféticas.

Vicente Blasco Ibáñez pertenece á este grupo: al par que un verdadero artista es un luchador, una voluntad, un temperamento de acción, que no sabe permanecer cruzado de brazos ante la universal pelea. De aquí la importancia capitalísima, absorbente, que en sus libros tienen los «conquistadores». Citar sus novelas equivale á contar los tipos de esa raza perseverante y esforzada á que el autor sirve de tronco. El modesto luchador aragonés don Eugenio García, de Arroz y tartana, aparece más ó menos desfigurado, pero guardando siempre los rasgos capitales de su fisonomía moral, en el Retor de Flor de Mayo, en el heroico Batiste de La barraca, en Toni de Cañas y barro, en el asombroso Sánchez Morueta de El intruso, en la figura de Pablo Dupont de La bodega, en el genial pintor Mariano Renovales de La maja desnuda... por no citar otros.

Refiriéndose á Sánchez Morueta, dice el autor de El intruso:

«Había amado y había sufrido como todos los que batallan por un ideal. Sabía lo que era forcejear á zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y fecundarla con ardorosa violación. Había llegado como los políticos célebres ó los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo, conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro.»

Esta es, en compendiosos y expresivos renglones, la historia misma del novelista, y también el gran gesto vertical y triunfante que uno tras otro, y cada cual dentro de su esfera, van repitiendo los protagonistas de sus libros: son gentes que nacen en la pelea y en ella se consumen, sin fatiga ni desmayos; luchadores para quienes la vida, según la frase profunda de Nietzsche, «no es más que un medio para hacer triunfar una voluntad».

El combate epopéyico que los protagonistas de las obras de Blasco Ibáñez se ven obligados á sostener con la tierra y con los hombres, forma una especie de «fondo» negro inmenso, de tragedia inacabable y cruenta; la vida es lucha, es dolor; los días se suceden y los años pasan y los hombros más robustos se encorvan bajo el peso de la edad, y el cruel torneo no concluye. No hay cuartel ni puerto de refugio para los justadores: el tiempo apaga el coraje en sus espíritus y el trabajo blandea sus músculos; uno por uno, la Vida devuelve cuantos golpes recibe; de noche, de día, siempre se halla propicia á combatir; no se cansa, no ceja; es un formidable enemigo que ni duerme siestas ni enarbola jamás la bandera blanca.

Blasco Ibáñez, con su habilidad maravillosa para levantar multitudes y su arte balzaciano de explicar el origen de las familias ha compuesto en sus libros una especie de caravana enorme, de humanidad en marcha lanzada á la conquista del amor, del dinero y de la justicia.

A ratos y como para descanso y solaz de su propio espíritu, el autor interpola algunas páginas ligeras, aderezadas por un discreto buen humor. Tales, el tipo del Sangonera, muriendo de un hartazgo en medio de la consideración, un tanto burlona, de sus convecinos; el del trapero Zaratustra, tan aficionado al vino Valdepeñas como á la filosofía; las conversaciones de Isidro Maltrana con el marqués de Jiménez, quien le pide á aquél un libro de política con muchas citas al pie de cada página... y otras de la misma laya, en las que la sonrisa va siempre acibarada por unas livianas gotas de ironía...

Pero estos son «momentos» de inapresable duración, fulgureos brevísimos, rápidos como un guiñar de ojos; y apenas se desvanecen cuando la noche, la horrible noche sin luna ni amanecer, del universal sufrimiento, vuelve á cerrarse. Y el combate milenario se reanuda, extendiéndose de polo á polo como un estremecimiento telúrico. Se pelea sobre el mar en Flor de Mayo, sobre el surco en La barraca y en La bodega, y bajo tierra, en las negruras de la mina, en El intruso. Y cual si la lucha ciclópea contra el planeta no bastase á consumir todos los alientos de la humana actividad, los hombres pelean entre sí: por el amor en Entre naranjos, por la gloria en La maja desnuda, por el progreso en La catedral, contra los fantasmas irreductibles del pasado en Los muertos mandan. Y todas estas historias de quemantes zozobras, ambiciones y pesadumbres, componen un grito gigante, un treno infinito que llena el espacio y parece disputarle al tiempo el imperio de su eternidad.

A esto debe atribuirse la inclinación de Vicente Blasco Ibáñez á los desenlaces trágicos. Unicamente los idílicos amores de Margalida y de Jaime Febrer en Los muertos mandan, terminan de un modo alegre, francamente confortador; los demás asuntos se desanudan tristemente: cuando en ellos no hay sangre, como acontece en Entre naranjos ó en La maja desnuda, hay un inenarrable dolor, un desgarro supremo.

¿Por qué? ¿Acaso Blasco Ibáñez no es optimista?... Sí; el novelista es un hombre que tiene la alegría de sus victorias, el orgullo sano de su fuerza. Pero, por lo mismo que luchó mucho, conoce el ímprobo trabajo que cuesta vencer la gravedad de los obstáculos, la longitud y asperezas del camino que conduce al bien; camino ingrato, á lo largo del cual millares de almas sucumben de tristeza. Y entonces el conquistador se olvida generosamente de sí mismo para compadecer á la legión infinita de los débiles, que no pueden subir. Sí, la vida, cuando se la vence, es hembra fácil y sumisa; sin duda, la felicidad, la justicia, están aquí, al alcance de nuestras manos, pero hay que ir por ellas y merecerlas por un milagro de voluntad. ¡Y están tan lejos y tan altas, y el combate es tan duro!...