ACTO PRIMERO

Gabinete elegante. Chimenea encendida á la derecha. Cerca de la chimenea una ventana. Al fondo y á la izquierda, puertas.

Al levantarse el telón, Daniel y Manolo se disponen á tomar café delante de la chimenea. Daniel en traje de casa. Manolo viste frac ó «smoking».

Es de noche.

ESCENA PRIMERA
DANIEL, MANOLO, después MARIANO

DANIEL

(Sentándose). ¿Eh? ¿Tenía yo razón? ¿Qué tal, si hubiésemos esperado á Araceli para cenar?

MANOLO

En efecto, sí... ¡Un escándalo!... Son más de las diez...

DANIEL

Esa, ya no viene.

MANOLO

¿Cómo, que no vendrá?

DANIEL

Vamos, entiéndeme: quiero decir que ya no viene á cenar. Seguramente la ha invitado Mariquita Rojas.

MANOLO

¿La de Federico Paz?

DANIEL

La misma.

MANOLO

¡Preciosa chiquilla!

DANIEL

Lindísima... ¡y baratita!

MANOLO

Ignoraba ese detalle.

DANIEL

Pues Federico no se gasta con ella al mes ni mil pesetas.

MARIANO

(Que llega con el servicio del café y la botella del coñac). ¿Les sirvo á los señores aquí?

DANIEL

Sí, ¿no te parece?

MANOLO

Sí, mejor es aquí, porque la noche está fría.

DANIEL

¡Mala noche para las máscaras!

MANOLO

¡Quiá, el frío es lo de menos! Porque cuando vamos al baile llevamos la ilusión, que es calor, de lo que vamos á beber; y cuando salimos del baile, nos traemos el calor de lo que se ha bebido.

DANIEL

¡Que nunca es poco!

MARIANO

(A Manolo). ¿El señor querrá también coñac?

MANOLO

¡Hombre, eso no se pregunta!

DANIEL

¿Con quién vas al baile?

MANOLO

Con Luisito Gil y su hermano. Tenemos una platea.

DANIEL

¿Lleváis mujeres?

MANOLO

No. Creo que en nuestro palco no habrá mujeres. A no ser que tú te decidas á llevar á Araceli...

DANIEL

No.

MANOLO

Anímate, hombre.

DANIEL

De ninguna manera.

MANOLO

Todo depende de que ella se empeñe. Ya sabes lo que dice el refrán... (Bebe.)

DANIEL

Lo sé: «Lo que una mujer guapa quiere, Dios lo quiere»...

MANOLO

Exacto.

DANIEL

Pero eso es antes del primer abrazo; que después... después no diré que valga menos, pero tampoco diré que valga mucho más que una botella vacía.

MARIANO

¿Tienen los señores algo que mandarme?

DANIEL

No, puedes retirarte. Oye, trae la botella, déjala aquí.

(Mutis Mariano.)

MANOLO

Me encanta tu cachaza, tu filosofía... pero no la entiendo... ¡sin duda porque soy demasiado joven!

DANIEL

Por eso, precisamente. Yo, á tu edad, era como tú, y jamás hubiera creído que los años me domasen la voluntad hasta inclinarme á pensar como ahora pienso. He cambiado mucho... ¡mucho!... Lo que á otro cualquiera le indignaría, á mí me divierte. Me parece bien que un hombre se canse de una mujer... y me parece bien que se suicide por ella... ¿Qué más da?... A mi edad, hijo mío, la vida es como un encogimiento de hombros. (Pausa.) ¿Quieres otra copita de coñac?

MANOLO

Bueno.

DANIEL

Hay que beber.

MANOLO

Y que brindar.

DANIEL

Brindemos, si tú quieres. (Beben.)

MANOLO

¡Eres raro!

DANIEL

¿Por qué?... Te advierto que me halaga ser así.

MANOLO

¿De modo que tú no sientes celos de Araceli?

DANIEL

No; yo estoy cierto de que Araceli me quiere entrañablemente, y, por lo mismo, que no puede engañarme.

MANOLO

¡Ja, ja! ¡Las mujeres!...

DANIEL

Y si me burlase, me separaría de ella, ¡y en paz!... Pero de eso, á sufrir celos, hay mucha distancia. El que está celoso es porque se reconoce un poco en ridículo; los celos, por tanto, no pasan de ser una mueca, más ó menos romántica, del amor propio. ¡Matar al hombre que nos quita la mujer amada, ó matar á la esposa que nos deja por un caballero que halla más inteligente ó más simpático que nosotros! ¡Qué salvajada y qué villanía!... Debemos aspirar á ser amados «porque sí», que no por interés ó por miedo. El amor, para merecer ese nombre, necesita ser una «espontaneidad» del espíritu; así, quítale esa espontaneidad, que constituye su perfume, su esencia divina, y no valdrá diez céntimos.

MANOLO

Pues, yo soy celoso... ¡pero horriblemente celoso!

DANIEL

¡Tanto peor para ti, porque te engañarán muchas veces! ¿Quieres otra copita?

MANOLO

¡Venga otra copita!

DANIEL

Yo, con los años, voy tornándome egoísta, y á fuer de tal, procuro no salir de mí mismo ni hacer nada que me contraríe. ¿Que esta noche Araceli decide irse al baile? Bueno, que vaya. Yo, me quedo aquí, leyendo. Estoy cierto de que no hay mujer que distraiga lo que distrae un libro bueno.

MANOLO

(Sirviéndole coñac). Ahora soy yo quien invita.

DANIEL

Se acepta. (Bebe.) Mis dos últimas aficiones son la lectura y los perros. ¡Qué hermosos, qué bravos, qué leales son los perros!...

MANOLO

(Riendo). ¡Eso decía mi padre! Cuando yo me escapé de mi casa con dos mil pesetas que le robé á mi hermana, y una criada bastante bonita que teníamos, mi padre me escribió una carta terrible, en la que decía «que hay perros que valen más que un hijo».

DANIEL

Pues no exageró tu padre... porque yo, andando por el mundo, me he convencido de que si hay perros que valen más que un hijo, también es cierto que hay muchos padres que merecen menos que un perro.

MANOLO

De donde se deduce que la humanidad no vale lo que un Terranova. (Riendo.) A mi edad, sin embargo, todavía se cree en el amor, en la amistad... ¡Mira! Brindemos por los hombres. (Escancia.)

DANIEL

Sea; bebamos, que, para beber, cualquier pretexto es bueno. Pero, hazme caso á mí: si crees en la eficacia de los brindis, ¡brinda por los perros!

ESCENA II
DICHOS y MARIANO

MARIANO

Señor marqués...

DANIEL

¡Hola!

MARIANO

Ahí está una mujer que trae unos mantones de Manila para la señorita.

DANIEL

¿Unos mantones?

MARIANO

Sí, señor.

DANIEL

¡Qué ocurrencia! (A Manolo.) ¿Para el baile, ves? Esa criatura está loca.

MARIANO

¿Quiere usted que la haga pasar?

DANIEL

¡No! Dila que la señorita no está.

MARIANO

Se lo he dicho.

DANIEL

Bueno; pues que los deje ó que se vaya... ¡Lo que quiera!

MARIANO

Pero como tiene prisa... Dice que la esperan en otra parte...

DANIEL

¡Pues que se largue! ¡Hola!... ¡No faltaba más sino que le vengan á uno con exigencias! Si no puede aguardar, que se marche.

MARIANO

Muy bien. (Hace ademán de irse.)

DANIEL

Ahí viene un coche.

MANOLO

Será Araceli.

DANIEL

Seguramente.

MARIANO

(Mirando por la ventana). Sí, la señorita es. Hasta luego. (Mutis.)

MANOLO

(Bromeando). Hombre frío, hombre de hielo... ¿no te dice nada el corazón?

DANIEL

Nada.

MANOLO

Hipócrita.

DANIEL

Si acaso, me dice que Araceli vendrá con ganas de broma y que vamos á tener un disgusto.

MANOLO

¿Por lo del baile?

DANIEL

Por lo del baile.

MANOLO

Entonces me voy; las riñas de familia me aburren.

DANIEL

¡No hombre, espera, no me dejes solo!...

MANOLO

Nada, huyo despavorido.

DANIEL

¡Pero, muchacho!

MANOLO

No quiero que me amarguéis la noche.

DANIEL

Aguarda. ¡Canastos!... Ahora empiezo á comprender lo útil que puede ser un amigo en un matrimonio...

ESCENA III
ARACELI, DANIEL, MANOLO

ARACELI

(Viste con gran elegancia. Trae en la mano una bolsa con confetti y confettis en el sombrero y en el traje. Al ver á Manolo, le saluda afectuosamente, con esa efusión un poco teatral con que las coquetas suelen tratar á todos los hombres de quien se saben amadas, aunque les sean indiferentes.) ¿Pero estaba usted aquí, encanto? (Con zumba.)

MANOLO

Esperándola á usted.

ARACELI

Y acompañando á Daniel... dígalo usted así, aunque no lo sienta...

MANOLO

También, también.

ARACELI

¿Quiere usted confettis? (Hace ademán de arrojárselos.)

MANOLO

¡No, por piedad!

ARACELI

Sí, sí...

MANOLO

¡Antes moro!... (Corre, huyendo de ella.)

ARACELI

¿Y tú, Danielín? (Con gran mimo.)

DANIEL

Ya ves... (Refiriéndose á la botella del coñac.)

ARACELI

¡Qué escándalo! ¿Os habéis bebido todo eso?

MANOLO

Copa á copa.

ARACELI

¡Ah, viciosos! (A Daniel.) Trae, yo también quiero un trago.

DANIEL

¿A que tienes envidia de nosotros?

ARACELI

No diré que no. (Bebe.) ¡Brrr!... ¡Qué fuerte está... Agua, agua, dadme agua... (Hablando con volubilidad nerviosa.) Supongo que habréis cenado.

DANIEL

Como no venías...

MANOLO

Ha sido una gran falta de galantería; perdone usted, Araceli.

ARACELI

Hicieron ustedes bien.

MANOLO

¿También usted ha cenado?

ARACELI

No, pero he comido muchas chucherías y no tengo apetito. Ahora vengo de casa de Teresita Serra; hemos estado cantando al piano y bebiendo champagne, y después ella y su amigo me han acompañado en un coche hasta aquí. ¡Uf, qué calor hace! ¿Por qué no abren ustedes un poco la ventana?

DANIEL

¿Pero estás loca, chiquilla?

MANOLO

Usted quiere acabar con nosotros.

ARACELI

¡Qué hombres tan cobardes! Pues yo no tengo frío; al contrario... ¿Eh?... ¡Qué atrocidad!... ¡Cómo traigo el sombrero!... ¡Pero he pasado la tarde muy bien! Todo Madrid ha bajado á Recoletos.

MANOLO

¿Muchas máscaras?

ARACELI

Muchísimas. Yo he pasado la tarde en el coche de Filomena Gil. Ya la conocéis... Ibamos ella, su hermana Lola y Lorenzo. Al pasar por la tribuna de la Prensa, vimos á Juanito Santos. En seguida empezó á gritar: «¡Viva la marquesita, viva la marquesita!...» Y aquello fué como si el cielo se hubiese convertido en confettis; ¡qué risa!, yo creí que nos ahogábamos. Luego se subió al coche un diablo que, después de decirle á Filomena horrores, se marchó sin quitarse la careta.

MANOLO

¿Y fueron «horrores» los que dijo?

ARACELI

Verdaderas atrocidades. Como que hubo un momento en que pensé que Lorenzo iba á romperle una botella en la cabeza.

DANIEL

¿Pero llevaban ustedes vino en el coche?

ARACELI

Media caja de botellas de champagne.

DANIEL

(A Manolo y con enfado cómico). ¿Qué te parece?

MANOLO

¿Pero tú crees que esas bromas se corren á palo seco? ¡Bien se conoce que vas para viejo!

ARACELI

(A Daniel). ¿Viejo?... ¡Bueno! ¿Y qué? Mejor. A mí me gustan los viejos... ¡éste sobre todos!

MANOLO

Ya sé por qué.

ARACELI

¿Sí?

MANOLO

Porque usted es una mujer previsora que sabe aceptar la fealdad del ser amado, antes de que éste se vuelva irremediablemente feo...

ARACELI

No te apures, Daniel, no te apures, que eso no va con nosotros.

DANIEL

¿Apurarme yo?... ¿Para qué, cuando éste y todos, tarde ó temprano, han de hallarse convertidos en unos adefesios? El tiempo, que es el gran amigo de los feos, me vengará... Tú has de verlo, tú, que eres joven. Todos estos buenos mozos que á los treinta años saldrían desnudos á la calle, á los cincuenta puede ser que no se atrevan á salir ni vestidos.

MANOLO

Pero mientras se dobla ó no se dobla el cabo cincuenta... ¡vamos viviendo!

ARACELI

Tiene usted razón.

MANOLO

Y bebiendo. (Llena su copa.) Hay que ponerle espuelas al buen humor.

ARACELI

¿Va usted al baile?

MANOLO

¿No se me conoce?

ARACELI

Yo también voy. Es decir, vamos. (Por Daniel.) Nunca he tenido tantas ganas de divertirme como esta noche.

MANOLO

¡Y yo!

DANIEL

Eso necesita la niña, que le alboroten la cabeza.

ARACELI

Estoy... que me río de todo, como si la alegría me hiciese cosquillas.

MANOLO

El baile va á estar soberbio.

ARACELI

Desde ayer no quedan billetes.

MANOLO

Ni uno. ¡Los cojos van á bailar esta noche! Creo que los carteles anuncian un concurso de mantones de Manila...

ARACELI

¡Ah!... ¡Pero qué cabeza la mía! Ya no me acordaba de que en el recibimiento están esperándome.

MANOLO

¡Es verdad! Con unos mantones...

ARACELI

Justamente. Vamos á verlos. (Asomándose á la puerta del foro.) ¡Leocadia! Pase usted.

DANIEL

(A Manolo). La tormenta se acerca; la siento llegar.

ESCENA IV
DICHOS y LEOCADIA, que trae dos disfraces y un mantón de Manila

ARACELI

(Afectuosa). ¿No se llama usted Leocadia?

LEOCADIA

Leocadia Alvarez, para servir á ustedes.

DANIEL, MANOLO

Buenas noches.

LEOCADIA

Salud para todos, señores.

ARACELI

¿Qué me trae usted?

LEOCADIA

Lo mejorcito de la tienda viene aquí.

ARACELI

¡Muy bien!

LEOCADIA

La señorita tendrá donde escoger.

ARACELI

Veamos, veamos... ¿Me trae usted el mantón?

LEOCADIA

Sí, señorita.

ARACELI

¿El que yo vi esta tarde?

LEOCADIA

Sí, señorita.

ARACELI

Como me dijo usted que lo tenía comprometido... ¡Porque si no es el mismo, no lo quiero!

LEOCADIA

¡Que sí, señorita, ¡caramba!, y ustés dispensen; que es el mismo!... ¿Pero iba yo á engañarla á usted? Ya veo que usted no me conoce, porque otra cosa no tendrá la Leocadia... pero formalidad... Lo que yo diga, diga usted que va á misa.

ARACELI

Bueno, mujer...

LEOCADIA

Vamos despacio y por partes. (A Daniel y á Manolo.) Ustés disimulen si, sin querer, les vuelvo la espalda.

DANIEL, MANOLO

¡Dispensada, desde luego!

LEOCADIA

Gracias. (A Araceli.) Aquí tiene usted un capuchón precioso.

ARACELI

¡Yo no quiero capuchones!

LEOCADIA

Es para que usted se haga cargo. Señoras conozco que, como la señorita, no quieren capuchones; y, en cambio otras, ¡pero que no se pondrían más disfraz que ese! Como dijo el otro, de gustos no hay nada escrito, y así hay quien se casa á los veinte años, ¿sabe usted?..., y quien á los ochenta entoavía está soltero. Y es por eso...

ARACELI

Sí, como hay quien enviuda, y después de alegrarse mucho, pero mucho, de haber enviudado... se vuelve á casar.

LEOCADIA

¡Y que lo diga usted! Pues aquí tiene usted este traje, que es una monada.

ARACELI

Sí... no es feo.

LEOCADIA

¿Cómo feo, señorita? Usted no ha reparao bien. ¡Si es el mejor traje de coupletista que se ha visto en Madrid! ¿Usted no ha oído hablar de Juana la Perdía, la que bailaba en el Salón Azul el año pasao?... ¡Pues ella lo estrenó! Y este traje ha salío en los periódicos. Por el alquiler la pondría cien pesetas, lo mismo que por el mantón.

ARACELI

No, no lo quiero... Es bonito, pero, no... no...

LEOCADIA

A la señorita se le ha metío en la cabeza lo del mantón y ha de salirse con su gusto. Bueno, aquí lo tiene usted... Yo, si he de ser franca, siento que no se quede usted con el traje, porque los mantones... aquí los señores lo saben... padecen mucho en los bailes; porque si un estrujón... porque si una copa de champagne... ¡Eso no hay quien lo evite! (Desdobla el mantón.)

ARACELI

¡Qué bonito!

LEOCADIA

Hágase usted cuenta de que lo estrena. Ni una manchita lleva.

ARACELI

(A Daniel y á Manolo). ¿Les gusta á ustedes?

MANOLO

Muchísimo.

ARACELI

Ya lo sabía yo.

MANOLO

Usted siempre está guapa, pero dentro de ese jardín hecho de seda y de sol, va usted á estar guapísima.

LEOCADIA

Ya, ya se ve que aquí el caballero tiene el gusto fino.

ARACELI

Y todo esto, amigo Manolo, lo hago por Daniel, para que se luzca... ¿Verdad?... (A Daniel.)

DANIEL

Lo que no comprendo es que alquiles un mantón, teniendo ahí tres ó cuatro de primer orden: tienes uno azul, otro rojo, otro blanco y verde... ¡qué sé yo!...

ARACELI

Pero si lo hago por ti, bobón... si lo hago por ti, para parecerte «otra...» (Mimosa y risueña.)

DANIEL

¿Por mí?... Yo no he de ir al baile.

ARACELI

¡Vaya si vienes!

DANIEL

¡Quiá!

MANOLO

Sí va, sí.

ARACELI

En cuanto me veas.

DANIEL

Lo que es eso...

LEOCADIA

La señorita tiene mucha razón. ¡Ja, ja, ja!... Ya lo creo; en cuanto usted la vea con el mantoncito bien apretao alrededor de la cintura, se vuelve usted loco.

DANIEL

¡Está usted fresca!

ARACELI

(Un poco irritada). ¿Pero hablas en serio?

DANIEL

Y tan en serio.

ARACELI

¿No vas á venir?... ¿No vas á venir rogándotelo yo?

DANIEL

No, hijita, no. Yo esta noche no voy al baile; ve tú, si quieres.

MANOLO

Pero, oye, Daniel...

ARACELI

No, Manolo, hágame usted el favor de no decirle nada, ni una palabra; quiero que el desaire me lo haga á mí.

DANIEL

(A Manolo). ¿No te lo dije?

ARACELI

Nunca hubiera creído que me pusieses en ridículo así, nunca. Y menos delante de extraños.

LEOCADIA

El señor me perdonará; el señor dirá que esto es meterme donde no me llaman... pero, ¡mire usted que la pobre señorita va á llevarse un disgusto muy grande!

DANIEL

En efecto, usted lo ha dicho: eso es meterse donde nadie la llama.

MANOLO

(A Araceli). Tenga usted paciencia.

LEOCADIA

¡Válgame Dios! Le ponen á una la cara colorá y... Pues crea usted que si he dicho algo no es por el interés de cobrar las cien pesetas cochinas que vale el alquiler del mantón...

DANIEL

(Severamente). ¡Chist!... ¡A callar! Aquí no tolero palabras malsonantes.

LEOCADIA

Bien, caballero; ¡pero qué humos!

MANOLO

Basta, basta...

LEOCADIA

Ya estoy callá del todo... ¡Bueno!... ¡Pero qué humos!... ¡Ni una chimenea!

ARACELI

(Arrebatadamente). ¡Vaya, se acabó la cuestión! Llévese usted sus trajes.

LEOCADIA

Pero, señorita...

ARACELI

¡Que se lleve usted sus trajes, he dicho!...

LEOCADIA

Pero, señorita... ¿qué repente la ha dao?

ARACELI

¡Se acabó, se acabó!... ¡No quiero hablar más!... Llévese usted el mantón, porque no respondo de hacerlo pedazos.

LEOCADIA

(A Manolo). Pero, diga usted, caballero... y usted dispense, que no sé su gracia: ¿no es una lástima, diga usted, que aquí la señorita Araceli se lleve un disgusto por una tontería?

MANOLO

Eso creo yo.

DANIEL

¡Y yo, el primero! ¿Pero, por qué vais á hacerme responsable de este incidente?

ARACELI

La responsable seré yo...

DANIEL

Ni tú, ni yo, ni Manuel, ni nadie. ¿Tú quieres ir al baile? Pues vete enhorabuena, ¿quién te lo impide?... ¡Ve y diviértete mucho... y vuelve á la hora que te plazca! Creo que no puedo ser más liberal... Pero de que yo te deje ir á que tú me «obligues» á acompañarte, ¡hay mucha diferencia!... ¿No te parece?

MANOLO

Sí, y no se enfade usted, Araceli; yo creo, imparcialmente, que Daniel tiene razón.

DANIEL

¡Y tanta! Cada cual distrae su fastidio como puede: yo lo distraigo leyendo, tú bailando... ¡Muy bien! Aquí no se ventila ninguna cuestión de amor propio, ni se trata de que nadie imponga á nadie su voluntad... Sí de que todos pasemos la noche lo más agradablemente posible. (Pausa.)

LEOCADIA

En llegando á ese punto, yo no digo ni pío; los señores verán. Señorita, hable usted...

MANOLO

Vaya usted, si quiere...

DANIEL

Ve, tonta, ve... ¿pero por qué dudas?

ARACELI

(Irritadísima). ¡Venga el mantón! Ea, se acabaron las contemplaciones. ¡Venga!... He prometido ir, y no quiero quedar en ridículo. ¿Usted necesitará su dinero, verdad?... Sí, tome usted...

LEOCADIA

No hay prisa.

ARACELI

Sí, tome, mejor es... á cada cual lo suyo... (Registrando su portamonedas.) ¡Qué demonio! No tengo bastante...

LEOCADIA

¡Pero déjelo usted, señorita!

ARACELI

¡Que no! Tome usted; mañana le daré el resto.

LEOCADIA

¡Nada, no quiero nada!

ARACELI

Sí, sí.

LEOCADIA

¡Que de ninguna manera!

DANIEL

Yo daré lo que falte.

LEOCADIA

¡Vaya, que no! ¡Ni que se fueran ustés á morir! Hasta mañana, hasta mañana si Dios quiere. (Recoge los otros disfraces precipitadamente.)

ARACELI

Venga usted por la tarde.

LEOCADIA

Repito que no hay prisa. Ea... ¡y que pasen ustés tóos muy buena noche!

MANOLO

Adiós, mujer.

ESCENA V
ARACELI, DANIEL, MANOLO

ARACELI

¿Ya estarás contento, verdad? Me has puesto en ridículo... ¡Ya estarás contento!

DANIEL

Araceli, te ruego que no riñamos; es de mal gusto.

ARACELI

Egoísta...

DANIEL

No, hija querida, no soy egoísta.

ARACELI

Sí lo eres; Manolo puede decirlo; no hay hombre que se quiera tanto á sí mismo como tú.

MANOLO

Yo, si ustedes me lo permiten, voy á marcharme.

ARACELI

No... yo le ruego que se quede aquí.

MANOLO

Si usted lo quiere...

(Durante este diálogo, Manolo leerá periódicos, hojeará libros, etc.)

ARACELI

Sí, quédese usted... Con usted, amigo íntimo de Daniel, no hay para qué tener secretos. (Pausa.) No crea usted que mi enfado y mi dolor provienen de lo que acaba de suceder. ¡No!... Ir al baile ó no ir... ¿á mí qué me importa?... Pero este hecho, insignificante en sí, es como la gotita que hace derramar el vaso. Sufrimos una pena grande, y otra pena mayor, y otra y otra... y sonreímos. Hasta que llega una contrariedad pequeñísima, una contrariedad cualquiera... ¿qué diría yo?... ¡Unos zapatos que acabamos de comprar y que nos lastiman un poco!... Y, de súbito, acordándonos de que nada nos sale bien, la garganta se nos llena de sollozos y rompemos á llorar á gritos. Y así es todo: eche usted sobre un edificio una piedra más de las que puede soportar, y el edificio se hunde; dele usted al corazón una gota de sangre más de la que pueda contener, y el corazón se rompe.

DANIEL

¿Tantos disgustos te dí que ya no puedes resistir ni uno más?

ARACELI

Tantos, tantos me diste, Daniel... que mi alma, toda mi pobre alma es una llaga.

DANIEL

No recuerdo ninguno.

ARACELI

¡Si lo sé! Pues ese, ese es, cabalmente, mi mayor dolor: que me lastimas sin advertirlo, por distracción... como sólo pueden hacerlo los que no quieren.

DANIEL

¡Ahora salimos con que no te quiero!

ARACELI

No, Daniel, no; aquello se fué...

DANIEL

Eres injusta conmigo.

ARACELI

¡Injusta!

DANIEL

Me acusas sin razón. Yo te quiero con amor firmísimo, lleno de lealtad. Pero recuerda, Araceli, que si yo tengo veinte años más que tú, el cariño que me lleva á ti y el cariño que te acerca á mí, no pueden ser iguales.

ARACELI

¡Estás cansado de amar!

DANIEL

De amar no estoy cansado, pues que tu amor basta á hacerme dichoso; de lo que sí estoy fatigado es de las impaciencias de la pasión, de las grandes «chiquilladas» de la pasión, de todo cuanto hay en ella de intemperante y ostentoso.

ARACELI

Eso tiene un nombre: se llama desilusión.

DANIEL

Desilusión, sí; pero desilusión de lo pequeño, de lo accidental, de lo que en modo alguno daña á la esencia del amor. Tú tienes ahora veinticinco años; yo ¡ay! también los tuve, los cumplí hace tiempo... y entonces, que mi sangre ardía, la posesión de una mujer no me bastaba: necesitaba que mis amigos la conociesen, la llevaba á los bailes, la obligaba á beber, la arrastraba de orgía en orgía como á una presa; no concebía el amor sin exhibición, sin escándalo... Pero, mira... la vida fué pasando... y cuando los cabellos empezaron á blanquear, el alma tuvo frío.

ARACELI

Y ahora tienes frío.

DANIEL

Sí, mucho...

ARACELI

De muy distinto modo me hablabas cuando nos conocimos.

DANIEL

¡Y es natural! Diez años pasaron desde entonces; diez años, en los cuales, sobre mi corazón ha nevado mucho. La vida está dispuesta de modo que la primavera de un alma coincida generalmente con el otoño de otra alma. ¡Siempre fué así!... En las comedias del teatro humano, el Tiempo representó siempre el papel de protagonista.

ARACELI

¡Y para esto me arrancaste de mi casa!... ¡Para engañarme así! (Llorosa.)

DANIEL

¿Engañarte yo, Araceli?

ARACELI

Sí. Entonces mis padres acababan de casarme con un hombre viejo, feo, entregado en cuerpo y alma á sus negocios, á cuyo lado mis quince años, llenos de impaciencias, se ahogaban. Y tú me dijiste: «Ven, sígueme, huyamos... yo soy la alegría...»

DANIEL

¡Y lo era! (Con amargura.)

ARACELI

«Yo soy la locura... déjalo todo, renuncia á todo; viajaremos, conoceremos todos los placeres, nos asomaremos á todos los paisajes; mis labios, que tienen sed de amor, colgarán una túnica de besos sobre tus hombros; yo he aprendido una risa y una canción que nadie sabe...» ¡Eso me decías, Daniel, acuérdate, eso me decías!... ¡Y me volví loca!... Y ahora resulta que mentías...

DANIEL

¡No mentía!

ARACELI

O, cuando menos, te engañabas. Tú también eres frío, tú también eres indiferente y egoísta y cansino, ¡como el otro!... (Con brusca explosión de cólera.) ¡Pues no y no y no!... ¡Aquello, nunca!... Yo te juro que aquel muerto vivir de mi primera juventud, no volverá á repetirse. ¡Te lo juro!... Para eso, para ser dichosa, fue para lo que me puse fuera de la ley. La vida se va... la siento ir... ¡se va!... Es como una vena rota... y no quiero perderla sin haberla vivido...

DANIEL

Habla más bajo, Araceli.

ARACELI

Estoy en mi casa.

DANIEL

Pero no es necesario que los criados se enteren de lo que hablamos aquí.

ARACELI

No me importa.

DANIEL

Yo creía que debía importarte.

ARACELI

Y yo creo que estoy en mi casa, repito, y que tengo derecho á hacer en ella mi gusto...

DANIEL

Indudablemente.

ARACELI

A no ser que me eches de aquí.

DANIEL

Jamás; quien probablemente se irá de aquí, seré yo.

MANOLO

Araceli, Daniel... ¿qué va á ser esto?

ARACELI

Usted lo ha oído todo.

MANOLO

¿Pero se han vuelto ustedes locos?

DANIEL

¡Al contrario! Todos estamos muy cuerdos, porque cada cual defiende lo suyo, lo que más quiere. Por eso, para no molestar nos mutuamente, repito que me iré.

ARACELI

Nadie te ha despedido.

DANIEL

Indirectamente, sí.

ARACELI

Eso, no; yo no te despedí. (Orgullosa.) Ahora, claro es, tú eres libre y, como tal, dueño de hacer lo que más te agrade.

DANIEL

Por eso me iré; ya no te convengo porque no te divierto, y debo marcharme. Mi delicadeza lo entiende así.

ARACELI

¡Si estaba viendo llegar este rompimiento! ¡Si me lo anunciaba el corazón!... (Llora.)

MANOLO

(Colérico). Haces muy mal en decir lo que dices.

DANIEL

¿Que he dicho?

MANOLO

Araceli no merece que la trates de ese modo.

DANIEL

Mira, chiquito... (Nervioso.)

MANOLO

¡Nada, lo sostengo! ¡No lo merece!

ARACELI

Déjele usted, Manolo; ¡es inútil!

MANOLO

Tú no puedes tratar así á Araceli; tú tienes la obligación de hacerla dichosa.

DANIEL

¿La obligación?

MANOLO

La obligación, sí. Tú, que la arrancaste de su hogar, del hogar donde vivía mal ó bien, pero decorosamente, la debes toda clase de respetos...

DANIEL

Creo que te ha hecho daño el coñac que hemos bebido.

MANOLO

¡Daniel!

DANIEL

Me parece que sí.

MANOLO

Piensa lo que gustes. Pero, repito, que á Araceli no la consideras lo que merece... y que delante de mí...

DANIEL

Acaba.

ARACELI

Manolo... no... no se disguste usted...

MANOLO

Que delante de mí no permito que la insultes.

DANIEL

(Fríamente). Está bien.

ARACELI

Bueno, basta... (Conciliadora.) La cuestión terminó ya.

MANOLO

Hay sinrazones que hacen hervir la sangre...

ARACELI

Yo le suplico á usted...

MANOLO

No tiene usted nada que suplicarme.

ARACELI

(Cogiendo el mantón). Yo vuelvo en seguida. Voy á vestirme.

MANOLO

¿Va usted al baile por fin?

ARACELI

Sí. Creo que es lo mejor.

ESCENA VI
DANIEL, MANOLO

DANIEL

¿Qué ha sido eso?

MANOLO

¿El qué? ¿Lo que te he dicho?

DANIEL

Sí.

MANOLO

No sé... los nervios, los nervios, que no siempre vibran del mismo modo... Perdona... O será el coñac, como tú dices. (Nervioso.)

DANIEL

No, no es eso.

MANOLO

¿No?

DANIEL

No; no es cuestión de nervios, ni cuestión de bebida...

MANOLO

¡De lo que sea!

DANIEL

No es fácil que yo me equivoque. (Pausa.) La causa de tu apasionamiento la sospecho... la conozco. (Pausa.) Tú estás enamorado de Araceli. (Pausa larga.) ¿No es cierto?

MANOLO

No es.

DANIEL

Sí es.

MANOLO

Te aseguro que no.

DANIEL

Ahora es cuando empiezas á parecerme desairado. Me gustó tu arrebato de hace un momento porque había en él sinceridad juvenil. La juventud sólo sabe pelear así, cara á cara... Pero has reflexionado, y la reflexión envejece á los hombres.

MANOLO

¿Y aunque estuviese enamorado de Araceli, ¡qué importa!... si ella no lo sabe?

DANIEL

Luego la quieres... Sé franco; la franqueza es siempre, siempre, una valentía. Luego la quieres...

MANOLO

No sé si la quiero.

DANIEL

Pero te gusta.

MANOLO

¡Mucho!

DANIEL

Si eso me lo dijeses teniendo yo los años que tú tienes, esta conversación acabaría á cuchilladas. Pero, no... ya, no... Pasó la edad de los celos homicidas, la edad terrible... Si Araceli se va, si Araceli quiere á su placer, es decir... si se quiere á sí misma más que á mí, ¿para qué retenerla?

MANOLO

(Irónico). Haces bien.

DANIEL

Y tú eres quien me la quita. (Colérico.)

MANOLO

¿Yo?

DANIEL

Sí, sí... ¡Oh!

MANOLO

¡Ojalá! Ya ves si soy sincero; ¡ojalá!... Pero no es así; en todo caso será ella quien te deja.

DANIEL

Es que ella no hubiese hablado así, si tú no hubieras estado presente.

MANOLO

Piensa lo que gustes.

DANIEL

(Con repentina cólera). Manuel... ¡eres un miserable!

MANOLO

¿Qué dices?

DANIEL

Que eres un miserable.

MANOLO

Es que si te crees con derecho á insultarme...

DANIEL

Lo tengo.

MANOLO

Yo me reservo el derecho de partirte la cara.

DANIEL

Y yo... ¡Mira!... Manuel... ¡No me saques fuera de mí!... (Avanzando amenazador.)

ESCENA VII
DICHOS y ARACELI

ARAGELI

(Que aparece disfrazada con el mantón de Manila y con un antifaz en la mano). Ya estoy lista. ¿Qué tal?

DANIEL

(Dominándose). Muy bien.

MANOLO

Está usted guapísima.

ARACELI

(A Daniel y sonriendo). ¿El mantón, verdad?

DANIEL

Todo influye.

MANOLO

Pero, tenía usted razón; el mantón, efectivamente, es magnífico.

ARACELI

Precioso; ¿qué hora será?

MANOLO

Poco más de las once.

ARACELI

Entonces, llego á tiempo. Desde aquí voy á casa de Filomena, que está aguardándome, y desde allí, al Real.

MANOLO

Allí nos veremos. Si me concede usted el vals...

ARACELI

Con mucho gusto. (A Daniel, que habrá vuelto á sentarse junto á la chimenea.) ¿Vienes?

DANIEL

(Con dulzura y melancolía). No, hija mía.

ARACELI

Decídete y te espero. Anda, ¿quieres?...

DANIEL

No, no... ¿para qué?

ARACELI

En un momento te vistes.

DANIEL

Los bailes ya no me divierten. Perdona...

ARACELI

Como gustes...

DANIEL

Sí, déjame; prefiero leer. (Dentro suena una estudiantina que pasa tocando un alegre paso doble. La música se acerca y luego se aleja gradualmente.)

ARACELI

(Con alegría infantil). ¡Una estudiantina, una estudiantina!... (Ella y Manolo corren hacia la ventana y miran.)

MANOLO

¡La juventud pasa!

ARACELI

¡Y pasa llamándonos, invitándonos á seguirla!... ¡Qué hermosa la juventud, que lleva consigo la alegría!... (Pausa. Los tres escuchan.)

MANOLO

(A Araceli). ¡La alegría! ¿Verdad que arrastra?

ARACELI

Sí. ¡Qué hermosa es! Mire usted, estoy llorando... La alegría es eso: es llorar y es reir, sin saber por qué... ¡Vámonos, vámonos!...

MANOLO

Ya, apenas se oye...

ARACELI

Vámonos. (A Manolo.) ¿Quiere usted acompañarme hasta que encuentre un coche?

MANOLO

Estoy á sus órdenes.

ARACELI

(A Daniel). Entonces, hasta luego.

DANIEL

O hasta nunca... (Tranquilo.)

ARACELI

¿Hasta nunca?

DANIEL

Sí. Porque aunque yo esté aquí cuando tú vuelvas, las almas sólo se despiden una vez, y yo he sentido que en este momento, nuestras almas, Araceli, acaban de decirse «adiós». (Pausa.)

ARACELI

(A Manolo). ¿Me da usted su brazo?

MANOLO

(Desde la puerta, á Daniel.) Buenas noches.

(Araceli mira á Daniel con intención cruel y hace mutis riendo á carcajadas.)

ESCENA VIII
DANIEL, luego MARIANO

DANIEL

(Sentado ante la chimenea). ¡Se fué!... Cuando á mí me querían, yo no quise á nadie; ahora, que quiero... ya es tarde para hacerme querer. (Se cubre el rostro con las manos y llora.)

MARIANO

(Por la izquierda). Señor... (Al verle llorando queda suspenso.)

TERMINA EL ACTO PRIMERO