CAPÍTULO X

#La inundación#

Durante muchas horas seguimos con la mirada el curso del torrente y con sorpresa observamos que la superficie del arroyo cambia á nuestra vista. Al parecer es en el mismo punto donde las hojas entran en el remolino y se sumergen dando vueltas; en esos sitios el agua se extiende en lienzos, se pliega en ondulaciones y se precipita por rápidas pendientes; á la misma altura, al parecer, se mojan las raíces del álamo y la flor de miosotis se baña en el agua transparente.

No obstante, el caudal cambia sin cesar; al mismo tiempo cambian también de sitio los torbellinos, la forma y extensión de los remansos y sus ondulaciones; la altura de las cascadas y la inmersión dé las plantas y raíces de los árboles. Todas estas pequeñas variaciones de la corriente serían fáciles de observar si en vez de medir el agua con una simple mirada, se consignara la altura por medio de un instrumento de precisión. Las oscilaciones del arroyo, que son apenas perceptibles durante los días apacibles, cuando gozamos paseando por la orilla de las aguas susurrantes, se vuelven por el contrario, fuertes y rápidas, después de los bruscos cambios de temperatura y de las grandes lluvias. Si no tememos á pesar de la lluvia y el viento huracanado, detenernos en la orilla, protegidos por el pobre abrigo que ofrece el tronco de un sauce, veremos con cuánta rapidez puede aumentar el caudal del arroyo, cómo se aumenta la velocidad de su corriente, llena su cauce hasta los bordes y, salvando las orillas, inunda los campos cultivados.

En las gargantas de los montes las crecidas y las inundaciones son aún más rápidas. Allí, el agua que cae de las nubes, chocando en las aristas de las piedras corre inmediatamente por los declives; de todos los pequeños regueros de los vallecillos, afluyen los hilos de agua y los torrentes para reunirse en enorme masa, en el gran receptáculo abierto al origen de casi todos los valles.

Al agua de lluvia ó las montañas de nieve medio derretida que el tibio chubasco ha hecho desprender de las laderas, se mezclan los restos fangosos, las piedrecitas y los fragmentos de roca caídos de los flancos del monte. Por los cauces, donde de ordinario salta en sonoras cascadas un pequeño torrente de cristalina agua, corre ahora con estrépito una especie de fango, un líquido semisólido que es al mismo tiempo que un diluvio un desprendimiento. Estos son los fenómenos que, con el tiempo, rebajan poco á poco los montes y los extienden en capas horizontales de aluvión sobre los llanos y en el fondo de los mares. El curso de los torrentes acaba por allanar las más altas cimas; derribarán los Andes y el Himalaya como han hecho ya desaparecer montes no menos elevados que los geólogos nos dicen han existido en otras edades.

Yo recuerdo aún el terror de una noche pasada á orillas del Chiruá, pequeño torrente de Sierra Nevada, en los Estados Unidos de Colombia. El día había sido hermoso; sólo una tempestad había estallado algunas leguas de allí, en las gargantas superiores de la Sierra, y esta tempestad había contribuido á la hermosura del día. El sol se había ocultado detrás de un horizonte esplendoroso, cuya púrpura realzaba el extraño contraste de las nubes sombrías con reflejos de cobre, ocultándonos las cimas de algunos montes, donde el estruendo del trueno se oía sin cesar. A la caída de la tarde la violencia de la tormenta había terminado; cesaron los truenos, se apagaron los relámpagos, é inmediatamente la luna, asomándose por la cumbre lejana, pareció dispersar por el cielo los jirones de nube, lo mismo que un navío rompe con su proa las flotantes islas de alga.

Lleno de confianza y fatigado por una larga correría, no me entretuve ni perdí tiempo en buscar un refugio. La arena del barranco brillaba á los rayos de la luna y veía con agrado que me brindaba una cama más blanda y menos húmeda que las hierbas del bosque; además estaba seguro de no encontrar ninguna serpiente enroscada en la maleza, y contra todo otro animal, tenía la ventaja de encontrarme en un espacio libre desde donde podía, al menor aviso, distinguir á mi enemigo. Me desembaracé de mi mochila para convertirla en almohada, me aflojé el cinturón y con el cuchillo en la mano me tendí para descansar. Afortunadamente, los mosquitos no cesaron de turbar mi reposo; como durmiendo con sueño intranquilo, mi oído percibía vagamente todos los ruidos á mi alrededor y oía la charanga enervante de los mosquitos y el saltar de los monos chillones. Pero, repentinamente, al triste concierto se unió un murmullo creciente parecido al de una multitud lejana que sollozaba, gemía y gritaba desesperadamente. Mi sueño se hacía intranquilo por momentos, cambiándose al instante en pesadilla y despertando sobresaltado. Ya era hora; mis ojos, extraviados por el terror, distinguieron á corta distancia una especie de muralla movible precedida de una masa espumosa que avanzaba hacia mí con la velocidad de un caballo desbocado. Esa muralla de barro, agua y piedras, era la que producía el terrible estruendo que me había despertado y me amenazaba. Recogí mi bagaje precipitadamente, y á grandes saltos, conseguí ganar la orilla del torrente. Cuando volví la vista, el furioso elemento cubría ya el punto donde estaba acostado momentos antes. Las olas, amontonadas en torbellinos, pasaban silbando; las piedras del cauce, empujadas por las aguas, cambiaban lentamente de puesto como monstruos despertados de su sueño y chocaban entre sí produciendo un sordo ruido; árboles arrancados de raíz, se levantaban fuera del agua y se sumergían pesadamente rompiéndose las ramas contra las piedras arrastradas; las orillas temblaban sin cesar por los choques de los enormes proyectiles que el agua furiosa lanzaba contra ellas. Durante toda la noche, el Chiruá continuó mugiendo, pero el estrépito disminuyó poco á poco; el agua, negra por el arrastre de materias extrañas, se aclaró un poco, y las pesadas piedras que arrastraba la corriente se detuvieron en mitad del cauce. Cuando los rayos del sol esparcieron por la superficie del arroyo sus primeros reflejos, me pareció que el agua había disminuido lo suficiente para franquear el arroyo y continuar mi marcha después de liar mis ropas en una especie de turbante que rodeaba mi cabeza; me aventuré á franquear la corriente y, no sin peligro, conseguí llegar á la orilla opuesta. El rápido torrente hacía temblar mis piernas y doblarse mis rodillas; guijarros de punta me cortaban los pies; pequeñas piedras arrastradas chocaban aún contra mí, y la corriente me empujaba violentamente. Cuando llegué al fin, sano y salvo á la parte opuesta, sentí no haber tenido la buena idea del campesino austríaco, que esperaba cándida y pacientemente sobre las orillas del Danubio, que el río cesara de correr: algunas horas después de mi paso, el Chiruá no era más que un débil hilo de agua, serpenteando por entre las piedras, que hubiera podido franquearse saltando de una á otra orilla.

Afortunadamente, estas crecidas repentinas, que debiéramos llamar avalanchas de agua, cambian de aspecto en la base de las montañas. En los llanos donde la inclinación del suelo es relativamente débil, y á veces imperceptible, la masa líquida del arroyo pierde su fuerza de impulsión y cesa de empujar las materias arrancadas de las laderas. Las piedras son las primeras que se detienen, luego los objetos pesados, y, por fin, el torrente, convertido en arroyo, no arrastra por el fondo de su cauce más que pequeña grava, y sólo lleva en suspensión la fina arena y la tamizada arcilla. Se calma la furia del diluvio, sobre todo, después de haberse unido á otros cursos de agua venidos de otras regiones donde no ha llovido, ó por lo menos, no al mismo tiempo. Sin embargo, aun perdiendo su velocidad, el caudal aumenta sin cesar por los afluentes que descienden de las gargantas superiores, acumulándose así en masa considerable; gana en anchura y profundidad, se desborda de su cauce demasiado estrecho, y se extiende lateralmente por encima de los ribazos; á veces transforma los campos de sus riberas en verdaderos lagos, donde las aguas, llevadas por la crecida, se clarifican poco á poco, depositando el aluvión. En más ó menos tiempo, la superficie sucia del lago reemplaza á la verdura de los prados, hasta que al fin, la capa líquida penetra en el suelo y se cambia en vapor, ó bien, después de la crecida, vuelve al cauce del arroyo.

Durante la inundación, el pequeño arroyo, olvidando sus pacíficas costumbres, se convierte en destructor de cuanto encuentra á su paso. Derrumba sus puentes, ahonda su lecho, cambia de sitio sus corrientes y remolinos, nivela sus cascadas, arrasa las partes de la orilla que se oponían á su marcha y vacía profundas grutas en los basamentos de las rocas. Las hierbas del fondo son arrancadas y saltan á la superficie, formando largos montones que se posan ó deshacen en las ramas de los árboles; luego se las encuentra á algunos metros de altura del suelo ó suspendidas en las extremidades de las ramas como los nidos de ciertos pájaros de América. Los agujeros de los terrenos de la orilla se llenan de agua ó bien se hunden por la presión de la corriente; los animales que huyen á la ventura se ahogan ó son devorados por las aves de rapiña ó las fieras del bosque; los cultivos del hombre son devastados ó cubiertos de cieno. Para el «rudo agricultor» que ha concentrado su amor en la siembra que germina bajo la tierra y en la verde mata acariciada por el sol, la inundación, tan hermosa é imponente á los ojos del artista, es el más terrible espectáculo que puede presenciar.

¿Qué son, pues, esas pequeñas oscilaciones periódicas, esas crecidas y descensos de nivel comparadas con los cambios que se han realizado durante el curso de los siglos? En un intervalo de miles de siglos los mayores ríos pueden convertirse en arroyuelos y éstos en ríos caudalosos; las corrientes crecen y disminuyen, aumentan y se secan, oscilan incesantemente con los continentes y los climas.

Todo cambia en la naturaleza; la forma de los montes y las colinas, las sinuosidades de los valles, los accidentes de las márgenes y todos los rasgos de la gran figura de la tierra se modifican de año en año. El calor aumenta unas veces y disminuye otras; las lluvias caen á torrentes durante un siglo; luego, durante otro período, son raras ó faltan casi completamente en un mismo punto de nuestro planeta. Así cambian también los cauces de las aguas, cuya dirección y volumen dependen á la vez de todas las condiciones del relieve y el clima.

En cuanto á nuestro arroyo, fué seguramente en tiempos pasados un ancho y profundo río. Su valle, cuyos campos y prados ocupan actualmente toda su anchura, estaban llenos de agua, y sobre las pendientes opuestas de las colinas se ven todavía las antiguas márgenes esculpidas por la corriente. El espacio en el cual los árboles de la orilla balancean libremente sus cabezas, estaba ocupado, hasta veinte ó treinta metros del suelo, por una masa líquida enorme, corriendo con una velocidad de diez kilómetros por hora. Esto es, al menos, lo que nos han dicho los geólogos después de haber hecho remover el suelo por los campesinos y haber observado durante largo tiempo en la llanura y las vertientes de las colinas las arenas, las piedras y arcillas arrastradas en otras épocas por la corriente. Parece que el Sena arrastraba en otro tiempo en sus grandes crecidas un caudal de agua como el Misisipi. Nuestro río, pues, era grande como el Danubio; por él hubieran podido navegar grandes escuadras, si en aquel tiempo hubiera habido hombres que las construyeran.

Para ver hoy el humilde arroyo tal cual fué en otra época de nuestro planeta, nos hemos de transportar con el pensamiento sobre las márgenes de algún gran río de la América del Sur. ¡Qué cambio de espectáculo tan repentino! Me encuentro sólo, olvidado, sobre una isla de arena, un medio del agua. Ni á uno ni á otro lado distingo la tierra; la curva vaporosa del horizonte une el lienzo gris del río con la bóveda del cielo. Una de las riberas está tan lejos que ni siquiera distingo las sinuosidades, y los árboles me parece que se levantan encima de las aguas como una muralla de verdura. La otra orilla está más próxima, pero el bosque impide ver los accidentes del suelo; no hay ni un claro entre las ramas que permita ver prados, campos y rocas; los troncos de los árboles, tocándose unos con otros, las branchas entrelazadas y las lianas y los tapices de hojas y plantas parásitas, limitan completamente el paisaje. La masa verde, uniforme y grandiosa, se presenta como iluminada: parece que bajo el azul del cielo la tierra está completamente ocupada por árboles y agua. Ante mi vista corre un río rápido, imponente. Diferente al arroyo que murmura encantador en sus cascadas de perlas, el gran río se dirige hacia el mar sin estruendo, casi sin ruido, pero llevando en su seno un ímpetu furioso; si encuentra un obstáculo, inmediatamente sus aguas lo salvan formando fuertes torbellinos donde se sumergen arrastrados para reaparecer á una gran distancia de allí. Los árboles flotantes y las hierbas arrastradas por la corriente se suceden en procesión interminable; á veces se oye el estruendo de un trueno; es el hundimiento de un trozo de bosque que las aguas habían minado. Trabajando sin cesar, el río destruye y renueva constantemente sus orillas, sus islas, sus bancos de arena, y como la tempestad y el huracán, es una fuerza de la naturaleza que modifica visiblemente la apariencia exterior de la tierra.

Tal vez en el porvenir esta corriente de agua que fué un río y que actualmente es un arroyuelo, disminuirá su caudal hasta el punto de que un pájaro pueda secarlo. El cambio de las riberas continentales, el descenso gradual de las alturas que detenían las nubes de lluvia y de nieve, la dirección distinta que los vientos húmedos seguirán por el espacio; la división de su cuenca actual en valles distintos, y en fin, la apertura de canales subterráneos en los cuales desaparecerán las aguas, pueden tener por resultado la extinción de manantiales y la desaparición completa del arroyo. Así es como en los desiertos de Africa y Arabia muchos ríos, considerables en otras edades, han dejado de existir: sus cauces se han llenado de arena y los indígenas sólo los conocen por los inciertos datos de las tradiciones. Según ellos, son los cristianos quienes con sus operaciones mágicas han hecho desaparecer las aguas, y si algún nigromántico poderoso no hace aparecer nuevamente las fuentes, sus valles estarán eternamente secos. De esos ríos malditos del Sahara, conocemos algunos cuyos valles tienen cientos y miles de kilómetros de anchura. En los parajes donde en remotas edades corría un caudaloso río, la caravana duerme tranquilamente en nuestros días durante las noches, y cuando quiere calmar su sed no le queda otro remedio que practicar un hoyo en la arena con la punta de su lanza, para buscar algunas gotas de agua que no siempre halla.