CAPÍTULO XI
#Las riberas y los islotes#
No es necesario remontarse con la imaginación á miles de siglos atrás para ver al arroyo, tan modesto actualmente, modificar la forma de sus orillas y cambiar su centro. Hasta durante el verano, cuando sus aguas están en el más bajo nivel y se arrastran lentamente por entre matas de hierbas aromáticas medio secas, no cesa de trabajar para cambiar su cauce, y renovar, en la medida de sus fuerzas, el aspecto de la naturaleza. Si no es en los puntos donde el hombre interviene para regularizar la pendiente, limpiar el fondo y reemplazar las orillas de tierra friable por empalizadas y diques de piedra, el arroyo, siempre deseoso de cambio, halla el medio de destruir poco á poco sus márgenes para reconstruirlos nuevamente. Hasta en los sitios donde las murallas lo han dominado, al parecer, no cesa su trabajo de reforma: ataca á la piedra, roe lentamente sus cimientos, mina los asientos, y, en un momento dado, hunde la muralla y queda libre errando por los campos.
Esas incesantes transformaciones de sus riberas, las realiza el arroyo por virtud de un doble trabajo; de un lado, derriba, llevándose granos de arena, moléculas de arcilla, fragmentos desmenuzados de roca y trozos de raíz corroídos por la corriente; de otro, edifica, depositando todos esos restos en una capa que se eleva poco á poco sobre el fondo del agua. Así, la corriente, enturbiada por el aluvión de que se carga en su carrera, trabaja sin cesar para clarificarse nuevamente, y cuando su curso se detiene, se filtra.
Pocos espectáculos son más interesantes que el de esas nubes de aluviones que arrastra la corriente: ocultan el fondo con su suciedad, pero poco á poco se aligera el color amarillento ó rojizo y poco después no son más que brumas casi imperceptibles que se desvanecen inmediatamente recobrando el agua toda su limpidez.
En los remansos donde el agua da vueltas con lentitud, la purificación se realiza á la vez que en el fondo en la superficie; los restos de limo, las hojas, las raíces, las branchas mojadas caen al fondo y se depositan en bancos de cieno; en la superficie las simientes, el polen de las plantas y las substancias orgánicas en descomposición, se amontonan en capas grises que aumentan incesantemente los copos de espuma, llegando en islas, islotes y archipiélagos diseminados. Alrededor de esta capa, bastante espesa para ocultar la profundidad de las aguas, se extiende una película transparente de excesiva delgadez, formada por substancias grasosas de origen animal ó vegetal. Por el reflejo de la luz, esta película brilla con todos los tonos del arco iris, flotando sobre las aguas como vela de oro, de púrpura y azul, no obstante ser casi imperceptible, pues que algunos físicos que han medido su espesor lo valúan en algunas millonésimas de milímetro apenas. A veces un repentino remolino rompe la irisada capa, y pequeñitas manchas de agua pura se destacan en negro como lagos sobre el fondo colorado. En cuanto á los estratos de espuma, unos se detienen por las orillas, otros se ensanchan por el impulso de la corriente, y se curvan formando semicírculos, espirales y ondulaciones graciosas. Por sus pliegues y repliegues de espuma, por su diversidad de colores, sus manchas y tonalidades, la superficie del charco se parece al mármol pulido, el que, por otra parte, no cabe duda que debe sus colores y dibujos elegantes, lo mismo que otras rocas admirablemente maqueadas, á los caprichos de la espuma, á los lentos movimientos de las aguas depositando sus aluviones.
Todos estos depósitos, por ligeros que sean, contribuyen á levantar el fondo, y tarde ó temprano, transcurridos años ó siglos, emergen nuevamente, y fertilizando el terreno, se recubre éste de vegetación. Este trabajo se hace lenta pero continuamente y cada año, cada día, la forma del cauce cambia por las continuas sedimentaciones. Dondequiera que un obstáculo contenga la rapidez, el arroyo cesa de empujar los granos de arena del fondo y abandona las partículas sólidas que llevaba en suspensión. Si una piedra caída, si un árbol derribado, si un haz de cañas turba la regularidad del lecho, inmediatamente la tranquila corriente del fondo del arroyo depositará un pequeño banco de arena delante del dique, que más tarde es probable se convierta en islote. Sobre todos los puntos bajos donde el agua se arrastre con esfuerzo, los depósitos se acumulan, nacen los juncos, y las riberas, levantadas sobre pequeñas penínsulas, avanzan incesantemente sobre la superficie del arroyo.
Clarificándose sin cesar por las asperidades del fondo y de las márgenes, la corriente que por arriba había enturbiado el violento chubasco ó los hundimientos de tierra, recobraría bien pronto su pureza si en su marcha no derribara continuamente de un lado para edificar en otro. Contiene su marcha y se purifica contorneando los cabos arenosos, pero se precipita con furia contra los altos ribazos, los mina por la base y se carga nuevamente de materias extrañas. De curva en curva y de una á otra ribera, alterna en su trabajo; deja en la derecha lo que ha tomado en la izquierda: el ritmo de los meandros se completa por el del trabajo.
En los prados que no están protegidos por un dique ó una hilera de árboles contra el ímpetu del arroyo, las débiles márgenes son fácilmente derribadas. El agua que las golpea mina su base; pero durante algún tiempo, las raíces entremezcladas en el césped sostienen la capa superior, saliente como cornisa por encima del agua. Cuando niños, ha sido la alegría de todos nosotros correr diestramente á lo largo de este borde tembloroso y hundirlo á patadas en enormes fragmentos, huyendo oportunamente para no ser arrastrados en la caída, siendo grande nuestra alegría, cuando una enorme masa de tierra se desprendía y caía con estrépito enturbiando extensamente el agua del arroyo. Pero más de una vez también, la serie de nuestras aventuras ha terminado con un imprevisto remojón y el desgraciado náufrago, repentinamente calmado de su loca alegría, ha tenido que retirarse cabizbajo á la choza inmediata del campesino para enjuenjuagarse ropas en la hoguera de sarmientos.
Después de las paredes de dura roca, las riberas que mejor resisten la fuerza de la corriente son las protegidas por una poderosa plantación de árboles. Los álamos, chopos y alisos, sirven de baluarte contra la invasión del agua. Sus raíces, que penetran profundamente en la tierra, hacen el papel de fuertes pilotes, mientras que las raíces pequeñas, agitándose como extrañas cabelleras y desplegándose en largos haces, se sumergen hasta el fondo del cauce, y por sus millares de fibras se convierten en indestructibles tejidos. En las grandes crecidas, cuando la masa de agua ha disuelto y arrancado la tierra que rodea á esos tejidos de raíces, éstas contienen la rapidez de la corriente, conservando entre sus mallas las partículas de limo; las obligan á depositarse en sus intersticios y forman una capa que reemplaza á la orilla anterior. Protegidos así, los márgenes, amenazados por la violencia del líquido elemento, se mantienen durante años y siglos mientras que, desprovistos de vegetación, cambiarían constantemente.
No obstante, el tiempo hace siempre su obra. Como consecuencia de un desprendimiento ó de trabajos subterráneos de algunos animales, la ribera concluye por presentar un punto débil al que la corriente ataca para destruir las empalizadas que encajonan el arroyo. Las raíces de los árboles quedan al aire, el agua mina la base del tronco, y, privado del punto de apoyo, se inclina por encima del agua. Llegado este momento, el peso del árbol activa su propia ruina; las largas raíces que se sujetaban al suelo del prado tienen que resistir á un esfuerzo cada vez mayor; ceden primero por un punto, luego por otro, y el árbol se inclina cada vez más. Grandes grietas se abren en el suelo violentado por la tensión de los cables subterráneos que sostienen el gigante caído; el agua de lluvia se introduce por esas fisuras y las ensancha; alrededor del tronco se forma una depresión circular que facilita más el desenterramiento de las gruesas raíces. En un día de tormenta ó inundación se vence la resistencia de éstas, se rompen las amarras y el coloso cae con estrépito, rompiendo las ramas de los árboles de la otra orilla; el árbol que cae, rompiendo sus ramas pequeñas, llega á descansar en la margen opuesta, convirtiéndose en un gracioso puente, sobre el cual se puede pasar sin temor. El acceso, no obstante, es algo difícil. Por un lado, la entrada del puente tiene como obstáculo el enorme abanico de raíces arrancadas y el montón de tierra y piedras que llenan los intersticios; y por el otro, las ramas enlazadas y las astillas obstruyen el paso.
En una comarca virgen, donde el hombre deja sin su intervención que se realicen con el tiempo los fenómenos de la naturaleza, el árbol se quedaría así tendido al través del arroyo durante años enteros, hasta que el agua cambiara de curso, ó que el tronco, carcomido por los insectos, desapareciese convertido en polvo. En nuestros países civilizados el campesino se encarga de cortar las raíces á hachazos y llevarse el tronco del árbol limpiando el suelo hasta de sus más pequeños trozos. La madera, vendida, se convierte en dinero y el pequeño ramaje lo consume el fuego: sólo quedan fragmentos de raíces subterráneas; sin embargo, el agua, cambiando de curso, concluirá tarde ó temprano por arrastrar la tierra que las rodean y por dejarlas aisladas en mitad del arroyo. Desde hace ya muchos años las ramas pequeñas han sido atadas en haces y el tronco serrado en tablas pero se ven surgir del fondo del arroyo los trozos de antiguas raíces parecidas á una hilera de estacas plantadas. La fecunda naturaleza ha ocultado con su verde envoltura las roturas de la madera; sobre los viejos pedazos esponjosos, un bosquecillo de musgo vegeta como un grupo de palmeras sobre un islote del océano. El trozo de raíz se reviste, despojado de su corteza, de un mundo de plantas alegres y verdosas.
Antes que la inexorable hacha del leñador haya cortado en viguetas, palos y ramajes el árbol caído, transcurren aún muchos días durante los cuales podemos aventurarnos á pasar por el singular puentecillo, festoneado de guirnaldas de hiedra bañada por la corriente. La travesía no ofrece peligro alguno, porque el tronco es ancho y en caso de necesidad, se puede pasar resbalando con ayuda de las manos; pero es preferible pasar á la orilla opuesta conservando la posición vertical sirviéndose de los brazos como de un balancín. Es cosa agradable cambiar así de orilla, sentarse tan pronto á la sombra de un álamo como de un sauce, ir de la pradera ya arrasada por la hoz, embalsamada por el olor del heno, al césped matizado de flores. Y además nos hacemos la ilusión de volver á los primeros siglos de la humanidad naciente, cuando el salvaje, sin la suficiente destreza para construir puentes sobre los arroyos, se servía como nosotros de los que le deparaba la pródiga naturaleza.
El viaje aéreo por encima del agua, viéndola correr bajo los pies, no es más agradable cuando el árbol caído llega á la ribera opuesta que cuando sólo descansa en un islote del arroyo. Los convencionalismos de la vida han hecho de la mayor parte de nosotros seres pretenciosos que nos creemos humillados al sentirnos felices por poca cosa; por eso nos es necesario remontarnos á nuestra infancia para comprender, en aquella cándida edad, la alegría que nos producía la excursión, de algunos pasos solamente, sobre una pequeña isla. Allí adoptábamos actitudes de Robinsón: los sauces, que nacían en el lodo, alrededor del banco de arena, eran nuestro bosque; los grupos de juncos eran para nosotros inmensos prados; teníamos también grandes montes, pequeñas dunas amontonadas por el aire en el centro del islote, y en ellas construíamos nuestros palacios con pequeñitas ramas caídas, practicando agujeros en la arena. Los dos brazos del arroyo nos parecían anchísimos estrechos, y para convencernos más de nuestra soledad en la inmensidad de las aguas, hasta les dábamos el nombre de océanos: uno era para nosotros el Pacífico; el otro, el Atlántico. Una piedra aislada sobre la que chocaba la corriente, se llamaba la blanca Albión, y más lejos, una cabellera de limo detenida por la arena, era la verde Erin. Es verdad que más allá de las islas y los mares, á través del follaje de los álamos, veíamos sobre la colina el rojizo tejado de la casa paterna; pero, encantados en el fondo de saber que estaba tan cerca, hacíamos como que ignorábamos tal cosa, creyendo haberla dejado al otro lado del globo.
Con frecuencia, el tronco del árbol separado de la orilla, se queda inclinado por encima de la corriente y su ramaje no está en contacto con las hierbas de la opuesta ribera. Este árbol medio caído, es también una especie de isla por la que nos podemos aventurar sin temor. Como consecuencia del descenso de las tierras, la base del tronco está sumergida en el agua y ceñida de cañas y brozas flotantes. De un salto puede posarse uno sobre la isla que se estremece, y luego, extendiendo los brazos para mantener el equilibrio, se sube con precaución y á cortos pasos por el árbol, que se mece como un sér vivo. Encima precisamente del punto donde el arroyo es más profundo y el agua pasa ante la vista con mayor rapidez, las ramas grandes se separan del tronco y se dividen en ramitas pequeñas curvadas por el peso de sus tiernas hojas. ¡Cuántas veces, ya en plena juventud, buscando la soledad, me he sentado sobre el espacio libre entre rama y rama, descansando encima del arroyo y balanceando mis piernas en el vacío! Allí podía tranquilamente encontrar la alegría de vivir ó abandonarme en paz á mis tristezas. Desde lo alto de mi oscilante asiento, seguía con la vista el hilo de agua, las islas é islotes de espuma, unas veces aislados, otras agrupados como archipiélagos, las hojas dando vueltas, los largos montones de hierba y los pobres insectos sumergidos, agitándose en vano contra la inexorable corriente. De vez en cuando, mi mirada, abandonada al declive como todos esos objetos flotantes, se remontaba más allá para dejarse arrastrar por una nueva procesión de trozos de caña y otros fragmentos rodeados de espuma. Alegre ó melancólico, me dejaba así fascinar por la corriente, símbolo de ese curso que nos arrastra á todos hacia la muerte, y luego, sustrayéndome con pena á la atracción del agua, elevaba mi mirada á los frondosos árboles, en los que se estremecía la vida, y hacia los ricos prados y serenos montes inundados de sol.