CAPÍTULO XII
#El paseo#
Si es encantador y variado para el Robinsón tendido en el islote ó encaramado al tronco de un árbol, el aspecto del arroyo, es mucho más hermoso todavía para el visitante que sigue la orilla de sinuosidad en sinuosidad, caminando tan pronto sobre las rocas tapizadas de zarzas, como sobre la espesa hierba de la pradera, ó bajo la móvil sombra de las ramas agitadas. No todos, sin embargo, saben gozar de la belleza de las aguas corrientes. El desgraciado que se pasea por holgazanería y para «matar el tiempo», que no sabe en qué emplear, ve en todas partes objetos que le aburren, hasta en las cascadas, en los remolinos, en las hierbas ondulantes del fondo y en los torbellinos de espuma.
Para saborear todo cuanto ofrece de delicioso un paseo por la orilla del arroyo, es preciso que el derecho de la pereza haya sido vencido con el trabajo y que el espíritu cansado tenga necesidad de adquirir nuevo aliento contemplando la naturaleza. El trabajo es indispensable para quien desea gozar del reposo, lo mismo que el recreo cotidiano es necesario al obrero para renovar sus fuerzas. No habrá tranquilidad en el mundo, ni equilibrio inestable en la sociedad, mientras los hombres, condenados en número infinito á la miseria, no tengan todos, después de la diaria tarea, un momento de descanso para regenerar el vigor y mantenerse así con la dignidad de seres libres y pensantes.
Juguetear por la orilla del agua es un reposo agradable y un poderoso remedio para no llegar al nivel de las bestias. Desde que leí no sé donde, en la prosa de un autor latino, que Escipión el Joven y su amigo Loelius gustaban de distraerse paseando por la orilla de los arroyos, siento hacia ellos cierta simpatía. Es verdad que Escipión era un guerrero que hizo matar y mató muchos hombres honrados que defendían su patria contra la invasora Roma y saqueó é incendió muchas ciudades; pero á pesar de sus crímenes, que son los de todos los enemigos del hombre, no era un conquistador vulgar, puesto que en vez de exhibirse orgullosamente en actitud majestuosa entre sus conciudadanos, no se creía rebajado divirtiéndose como un niño de aldea, y se entretenía arrojando pedazos de madera al agua y lanzando piedras llanas sobre la superficie para verlas resbalar y saltar por encima del arroyo. Los graves historiadores no creen digno consignar ese título de gloria del gran guerrero, pero, á pesar de ellos, es el que más acreedor le hace á la simpatía de la posteridad.
Pero no nos es necesario buscar ejemplos en la antigüedad romana para poder gozar sencillamente de la naturaleza. No es tampoco necesario examinar polvorientos libros para convencernos de que es agradable y bueno pasear por las márgenes del arroyo contemplando su variado aspecto. Todas las imágenes graciosas de sus saltos, de sus rizadas ondas y sus bordados de espuma, nos reponen bien pronto de los fastidios del oficio ó de las laxitudes del trabajo, reanimando nuestro espíritu, hasta cuando la mirada, fatigada, vaga errante sobre las aguas sin fijarse en ningún objeto determinado. Por otra parte, la vista del arroyo nos fortifica y rejuvenece tanto más cuanto mayor y variado es el espectáculo que nos ofrece, cambiando cada época del año, cada mes y hasta cada día. Gracias á la variación del paisaje que nos rodea, nuestras ideas rejuvenecen también; el ambiente que nos rodea satura nuestra vida de nuevas fuerzas.
Hasta en la temporada en que la naturaleza se muestra más avara de sus riquezas, el arroyo nos encanta por su nuevo aspecto. Durante los grandes fríos, los hombres que mejor resisten las bajas temperaturas, pueden asistir á presenciar la lucha conmovedora que se verifica entre el hielo invasor y el agua que queda líquida. De cada pequeña piedra y de cada raíz descubierta, parten una serie de agujas de cristal que, ordenándose unas tras otras, avanzan por la superficie del agua formando láminas radiantes á derecha ó izquierda y una capa de hielo formada por innumerables láminas, se teje lentamente sobre la superficie líquida. Luego, una especie de collarete, graciosamente cortado, oscila alrededor de los puntos prominentes de la orilla, de los juncos y las raíces sumergidas en el agua, y cada una de esas franjas de hielo, adquiere sucesivamente desde el tono mate del cristal sucio, al brillo del diamante, según el movimiento de las pequeñas ondulaciones que la agitan y la hacen contenerse, tan pronto sobre una capa de aire como sobre la misma masa de agua. Avanzando poco á poco hacia la anchura, el simple collarete de cristal se agranda, y recubre á una gran distancia de la orilla la tranquila corriente del pequeño arroyo. Sólo un estrecho camino por donde pasa la corriente rápida, queda abierta por entre las débiles películas con que termina la helada lámina. Sobre la superficie de las rocas que bordean la cascada, las gotas de agua forman un tenue capa de hielo y el líquido que se extiende lentamente por las fisuras de la peña se endurece en largos regueros transparentes, tan hermosos como las estalactitas de las grutas. Al fin, si la temperatura continúa bajando, el arroyo se solidifica de una á otra orilla, y á veces se congela hasta el fondo, convirtiéndose en una calzada de mármol verdoso manchado de puntos blancos por las vesículas de aire que encierra. Las cascadas, solidificadas, parecen de lejos cortinajes de seda cuyos pliegues han cesado de ondular.
Pero en nuestros climas templados, es raro que los inviernos sean bastante fríos "para helar" completamente el arroyo transformándolo en piedra; se pasan á veces muchos años durante los cuales sólo se ven sobre la superficie líquida algunas agujas de cristal. En estos inviernos, ordinarios en nuestras zonas, las capas sólidas no se extienden de una á otra orilla del arroyo, y á la menor subida del termómetro se rompen por el empuje de la corriente y los fragmentos, entrechocándose, se funden muy pronto arrastrados por el torbellino. El hielo desempeña un papel de escasa importancia en la historia invernal del arroyo de nuestra comarca; el verdadero aspecto del curso líquido proviene, pues, de la nieve que cubre los montes y la llanura.
El efecto de la nieve es admirable, sobre todo durante los días sin sol, cuando el azul del cielo está enteramente velado por las nubes y hasta adquiere un tono obscuro por su contraste con la superficie de la tierra, cubierta de resplandeciente blancura. El arroyo tiene entonces el color gris del hierro; las hierbas del fondo ondulan tristemente; el agua, tan alegre y susurrante en la época de las flores, parece que en su masa lleve algo doloroso y sombrío. Algunos viejos raigones situados cerca de la orilla aparecen cubiertos con mantos de nieve. En los márgenes, los grupos de hierba se destacan en negro á pesar de los copos blancos de que están cargados, si no están situados muy cerca del agua, donde la humedad ha producido el desprendimiento de pequeñas avalanchas de nieve. Los arbustos, algunos deshojados ya desde el otoño y otros cubiertos de hoja todavía, se balancean débilmente sobre el blanco almohadón de armiño que les rodea, y con los extremos de sus ramas trazan curvas concéntricas. Un pino solitario sostiene la nieve sobre sus ramas extendidas como grandes abanicos horizontales, blancos por encima y verdes por debajo. Otros árboles de corteza rugosa, cuyos troncos salen de la misma orilla del arroyo, sólo aparecen blancos de nieve por el lado del viento; el resto del árbol conserva su propio color y las ramas sólo aparecen salpicadas de algunos copos. Más hermosos tal vez que en la primavera, porque su fino ramaje no está cubierto por multitud de hojas, estos árboles se perfilan en el fondo del cielo con sus grandes y pequeñas ramas matizadas de un ligero y delicado tono violeta, y sus innumerables ramificaciones parecen tanto más elegantes cuanto más sepultada aparece la naturaleza bajo la monótona capa de nieve. En la llanura, los campos están por todas partes cubiertos por una capa uniforme: sólo suele verse algo de verdura en los parajes regados recientemente. A lo lejos, en las altas colinas, los árboles del bosque dejan entrever á través del follaje y de las ramas, ya rojizas por los capullos y la savia, algo agradable á la vista como el plumón de las aves: es la nieve tamizada que pudre los brezos y helechos bajo los grandes árboles.
Al finalizar el invierno, pequeñas flores levantan la tapa de nieve y se nos presentan modestas y tímidas, como la dulce promesa de un próximo renacimiento. Es que éste viene en efecto; la nieve se funde por las ráfagas de aire tibio y se infiltra en el suelo, ó bien, mezclada con el barro, se dirige hacia el arroyo por los vallecillos y regueros; la vegetación, adormecida durante los fríos, despierta lentamente. Todo parece renacer. Un hálito venido del Mediodía ha renovado la vida en la arboleda, en el arroyo y en nosotros mismos. El pálido invierno se ha alejado hacia el Norte, perseguido en el espacio por vivificantes rayos, y desde el hombre al insecto, lo mismo la gota de agua que las hojas todas, nos sentimos reanimados por el calor perfumado del sol de primavera. Las yemas de las plantas, tan apretadas durante el invierno, tan preservadas por su capa de vello y tan sólidamente cubiertas por sus escamas de goma, abren con alegría su prisión, y como dardos, aparecen en el vacío sus tiernas hojitas; el pájaro, cantando, levanta el vuelo de su nido que las hojas empiezan á abrigar; los mosquitos y las libélulas, salidos de sus larvas, vuelan alegremente por el espacio; á la orilla del agua, que ríe y centellea, se abren las flores amarillas de los ranúnculos y jacintos; hasta las desmoronadas ruinas cubiertas de floridos girofles, parecen rejuvenecidas, como si la primavera, como el invierno, no trabajara igualmente para consumar su destrucción.
La belleza del cielo, del agua que corre y la verdura de las plantas nos extasía. En este renacer del año, nos sentimos como transportados hacia la juventud del mundo y al nacimiento de la humanidad. A pesar de los siglos pasados nos sentimos tan jóvenes como los primeros mortales, despertando á la vida en el seno de la madre bienhechora; hasta somos más jóvenes que ellos, puesto que tenemos plena conciencia de nuestra vida. La tierra es hoy tan bella como el día que nutría á los Centauros, y nosotros, más que esos monstruos, llevamos en nuestro pecho un corazón de hombre.
Lo que más nos encanta, es el juego de luz que penetra en las profundidades del agua y nos ofrece delicadísimos espectáculos, incesantemente modificados por los rizos y las ondulaciones de la superficie. Inclinándonos sobre la corriente, donde la sombra de los árboles se retuerce en espirales y se desdobla en delicadas curvas, miramos al fondo con sus piedras que parecen estremecerse, su arena que bulle, y sus hierbas ondulantes. Ramitas y hojas se suceden sin cesar por la superficie radiante, y sus sombras, deformadas por la refracción, resbalan por las arenas y las plantas, cuyas raíces y hojas brillan como hilos de plata. Cualquiera que sea el contorno del objeto flotante, aparece siempre modificado por la luz: la hoja, desarrollada en forma de corazón, ó prolongada como el acero de una lanza, toma sobre el fondo el aspecto de un disco ó de un óvalo; la paja ó el junco se refleja como hilera de pequeños círculos, parecido á un collar prolongado; el insecto de agua, patinador insumergible, que remonta la corriente por repentinos empujes, se representa sobre el lecho de arena ó de cieno por cinco circulitos, de los cuales uno, el más pequeño, lo determinan las dos patas anteriores, mientras que los otros cuatro, agrupados á pares, se aproximan ó separan según los movimientos del animal. Alrededor de cada disco, gris ó negro, un círculo de luz se determina como anillo de fino oro; sombras y rayos de luz, cambiados así por las condiciones y circunstancias del medio que atraviesan, se proyectan sin cesar sobre el fondo, cambiando constantemente de aspecto.
El centelleo de la luz, tan encantador sobre las piedras lisas que cubren el lecho del arroyo, lo es más todavía en las partes donde el fondo está alfombrado con multitud de hierbas acuáticas. Los guijarros están tapizados de musgo de un verde sombrío con plateados reflejos; las delicadas algas que forman el limo, se levantan en pirámides empujadas por las burbujas de aire que se desprenden de la arena y que, parecidas á globos envueltos en inmensos cordajes, brillan como perlas bajo la temblorosa red de fibras. Manojos de hierbas, desplegadas como largas cabelleras, ondulan por el impulso del arroyo: agitadas por la rápida corriente se estremecen de impaciencia, y en los remansos de agua casi inmóvil, se mueven majestuosamente; pero lentas ó precipitadas en sus ondulaciones, se alejan y aproximan á la vista, á causa de sus variados tonos que cambian incesantemente del blanco mate al verde obscuro. En otra parte, un grupo de hojas ovaladas, triangulares y en forma de lanza, sobresalen por encima de otro grupo de plantas, tan bien entremezcladas, que parecen salir todas de una misma raíz, á las que agita á un tiempo mismo una sola onda del arroyo. En un rincón, en el fondo del cual los remolinos han depositado una capa de barro, las nenúfares extienden sus anchos discos, donde el agua produce reflejos de perlas, y sus hermosas flores blancas que para nuestros antepasados los egipcios é indostanos, representaban el símbolo de la vida.
Más lejos, los juncos crecen en apretadas líneas en medio del arroyo sobre un banco que se transformará tarde ó temprano en islote: las ramitas inclinadas vibran por la presión de la corriente en movimientos convulsivos, y cada una de ellas se rodea de olitas, donde la sombra y la luz forman una red que se agita sin cesar. Hasta ciertos árboles de la orilla contribuyen á la riqueza de la vegetación acuática por innumerables radículas flotantes que cubren las gruesas raíces de largos mantos color de rosa.
En medio de ese mundo de plantas se agita el mundo infinito de los animales. Peces azulados, rojos, grises y blancos, surcan como rayos la cristalina agua ó pasan bajo las guirnaldas del bosquecillo acuático como si pasaran bajo arcadas triunfales. La vida está en todas partes; en el fondo, donde las formas graciosas é indistintas se agitan sobre la arena y el lodo, entre el espeso tapiz de plantas estremecidas constantemente por las sacudidas de una pululante multitud, oculta en la superficie por donde corren los girinos y se enlazan los insectos patinadores por entre los juncos donde brilla el ala matizada de la libélula, y bajo los arbustos de la orilla, donde resplandece como un zafiro el plumaje del martín-pescador. ¿A quién pertenece, pues, el arroyo, del cual nos titulamos propietarios como si fuéramos los únicos en gozarlo? ¿No pertenece también, ó mejor que á nosotros, á todos los seres que lo pueblan, del que sacan la subsistencia y la vida? Pertenece á los peces y á las plantas, á los mosquitos que vuelan en torbellinos encima de los remolinos y á los grandes árboles que el agua y los aluviones del arroyo hinchan de savia.
Entre estos seres que buscan para ellos la mayor parte de cuanto es de su dominio, existe una guerra implacable; cada uno, en lucha por la existencia, vive en detrimento de su vecino. En cuanto á mí, quisiera vivir en paz con todos; procuro respetar, la flor y el insecto; pero sin apercibirme, ¡cuántos seres destruyo! Aplasto multitudes infinitamente pequeñas cuando dejo caer mi pesada masa sobre la hierba; arraso y produzco cataclismos en la historia de un mundo imperceptible cuando subo á un árbol para balancear mis piernas por encima del agua. Como un bárbaro, ¡qué de atrocidades he cometido sin querer, cuando en los primeros años de mi infancia salía á estudiar por el campo y me instalaba en el tronco cavernoso de un sauce, para leer cómodamente alguna novela ó declamar versos con retumbante voz…!