CAPÍTULO XVI

#El escalonamiento de los climas#

Los naturalistas que recorren la montaña estudiando los seres vivientes que la habitan, plantas ó animales, no se limitan á estudiar las especies en su forma y en sus costumbres actuales: quieren conocer también la extensión de su dominio, la distribución general de sus representantes en las pendientes y la historia de su raza. Consideran á los innumerables seres de una misma especie, hierbas, insectos ó mamíferos, como á un individuo inmenso, cuyas moradas todas en la superficie de la tierra y cuya duración en la serie de las edades deben ser conocidas.

Escalando una vertiente de la montaña, el viajero observa al principio cuán poco numerosas son las plantas que le acompañan hasta la cumbre. Las que ha visto en la falda y en las primeras quebraduras, no las vuelve á ver en las más elevadas pendientes; y si algunas quedan, desaparecen junto á las nieves para que las sustituyan otras especies. Es un cambio continuo en el aspecto de la flora, conforme su aproxima uno á las altas cumbres. Hasta cuando la planta de las colinas inferiores continúa apareciendo al lado del sendero contiguo á la nieve, parece que cambia poco á poco. Abajo ya se marchitaron sus flores, cuando en las alturas apenas están en capullo: allí ha pasado ya por el verano: aquí todavía está en la primavera.

Claro es que no puede medirse exactamente la altura en que tal planta deja de crecer y tal otra empieza á mostrarse. Mil condiciones de terreno y de clima contribuyen continuamente á mover, ensanchar y estrechar los límites que separan el dominio natural de las diferentes especies. Cuando cambia el terreno, cuando sucede la roca á la tierra vegetal ó la arcilla á la arena, numerosas plantas suceden también á otras. Igual contraste se presenta cuando el agua empapa la tierra ó cuando falta en el suelo sediento, cuando el viento sopla libremente en todo su furor ó cuando encuentra algo que sirva de obstáculo á su violencia. A la salida de los callejones en que se abisman las tempestades, hay pendientes tan barridas por su áspero aliento, que árboles y arbustos se detienen ante él, como se pararían ante una muralla de hielo. En otras partes varía la vegetación según lo escarpado de las fragosidades. En los acantilados verticales no hay más que musgos: únicamente las malezas pueden agarrarse á las inclinadas paredes de los precipicios. Si la pendiente es menos rápida, pero aun inaccesible para el hombre, se arrastran los árboles entre las rocas y se agarran á las hendiduras con sus raíces; en las planicies se enderezan, en cambio, los tallos y se extiende el follaje. Varía la esencia de los árboles generalmente tanto como su altura. Donde la diferencia de las pendientes fué originada por la de las hiladas roquizas que los agentes atmosféricos han atacado con desigualdad, ofrece la montaña una sucesión de escalones paralelos de vegetación del efecto más extraño. Piedras y plantas cambian á la vez en regulares alternativas.

De todos los contrastes de vegetación, el más importante en su conjunto es el que produce la diferencia de exposición á los rayos solares. Al penetrar en un valle regular, dominado por uniformes vertientes, una al Norte y otra al Mediodía, puede verse cuánto modifica la vegetación en ambas pendientes la diferencia de luz y de calor; á veces es absoluto el contraste y presenta dos regiones terrestres que parecen hallarse á centenares de leguas una de otra. A un lado están los árboles frutales, los cultivos, las praderas opulentas: enfrente no hay campos ni jardines: no se ven más que bosques y pastos. Hasta las selvas que crecen una frente á otra en las dos vertientes, encierran especies diversas. Allá arriba, bajo la pálida claridad que refleja el cielo del Norte, hay abetos de ramas obscuras: á la claridad vivificadora del mediodía, viven tan á gusto como en una espaldera los alerces de delicado verdor. Como las plantas que buscan para florecer los rayos del sol, el hombre ha elegido para morada suya las pendientes que miran al Mediodía. Por aquel lado las casas están contiguas al camino en línea casi continua, y las queseras se esparcen como rocas grises en los altos pastos. Sobre la vertiente fría que está enfrente sólo se ve alguna casuca albergada en los pliegues de un barranco.

Las pendientes de la montaña son diferentes por el aspecto, el clima y la vegetación, pero tienen un fenómeno común, y es que al subirlas parece que se dirige uno á los polos de la tierra: si se trepa cien pasos más arriba parece verse transportado el viajero á cincuenta kilómetros más lejos del Ecuador. Hay cima que se ve erguirse encima de la cabeza del espectador y cuya flora se asemeja á la de Escandinavia; pasada esta punta para elevarse más arriba, se entra en Laponia y á una altura mayor se encuentra la vegetación del Spitzberg. Cada montaña es, por sus plantas, como un resumen de todo el espacio que se extiende desde su base hasta las regiones polares, á través de los continentes y los mares. En sus relatos dan á veces los botánicos testimonio del júbilo, de la emoción que sienten cuando, después de haber escalado rocas vivas, de haber recorrido las nieves, de haber andado á lo largo de abiertas grietas, llegan á un espacio libre, á un jardín, cuyas floridas plantas les recuerdan algunas tierras queridas del Norte lejano, quizá de su patria, situada á millares de kilómetros de distancia. Realizóse para ellos el prodigio de las Mil y una noches: con sólo algunas horas de caminata, hételos transportados á otra naturaleza, á un nuevo clima.

Todos los años, algunos desórdenes violentos, pero temporales, trastornan esta regularidad del escalonamiento de la flora. Paseándose por recientes derrumbaderos ó junto á los montones de tierra traídos desde lo alto de las montañas por las aguas torrenciales, el botánico observa frecuentes perturbaciones en la distribución de las tribus vegetales. Esos fenómenos le interesan, porque, á fuerza de estudiar las plantas, se acaba por simpatizar con ellos. Este espectáculo que le hace palpitar el corazón reconoce por causa la forzada expatriación de hierbas y musgos violentamente arrastrados á un clima para el cual no nacieron. Al caer ó al resbalar desde las fragosidades superiores, las rocas se han llevado flores, simientes, raíces, tallos enteros. Semejantes á los fragmentos de un planeta lejano que hicieran desembarcar en la tierra á habitantes de otros mundos, esas rocas caídas de la cumbre también sirven de vehículo á colonias de plantas. Asombradas las pobrecillas de respirar otra atmósfera, de encontrarse en otras condiciones de frío y de calor, de sequedad y de humedad, de sombra y de luz, procuran aclimatarse en su nueva patria. Algunas de ellas consiguen sostenerse contra la muchedumbre de plantas indígenas que los rodea, pero la mayor parte, por más que se agrupan y se aprietan unas contra otras como refugiadas á quienes odia todo el mundo (y que se quieren más unas á otras por lo mismo), vénse condenadas á perecer en breve plazo. Asaltadas por todas partes por los antiguos propietarios del terreno, acaban por abandonar el sitio que el derrumbamiento de su roca madre le había hecho conquistar violentamente. El botánico, que las estudia en su nuevo ambiente, las ve perecer poco á poco. Después de algunos años de residencia, ya no se componen las colonias más que de un corto número de individuos enfermizos, que acaban por ser ahogados también. Así es, como, en nuestra humanidad, van muriendo sucesivamente colonos extranjeros, en medio de un pueblo que los odia y un clima que les es contrario.

A pesar de las irregularidades temporales, el escalonamiento de la flora en las laderas de las montañas conserva, pues, el carácter de una ley constante.

¿De dónde procede este extraño reparto de plantas por la superficie del globo? ¿Por qué especies originarias de las más lejanas comarcas se han juntado formando colonias en las altas fragosidades de los montes? Indudablemente las semillas de algunas de ellas habrán podido ser transportadas por las aves y por los vientos tempestuosos, pero la mayor parte tienen simientes que no sirven para alimento de aves y pesan demasiado para adherirse á las plumas de sus patas. Entre las plantas de regiones frías que colonizan la montaña, hay familias enteras que nacen de cebollas, y seguramente ni el viento ni las aves han podido llevarlas atravesando continentes y mares.

Es necesario por consiguiente que las plantas se hayan propagado de trecho en trecho, por invasiones graduales, como acontece en nuestros campos y praderas. Las colonias que hoy se ven en los altos jardines rodeados de nieve, han subido lentamente desde la llanura, mientras otras plantas de la misma especie, andando en sentido contrario, se dirigían hacia las regiones polares, en las cuales habitan en la actualidad. Sin duda era entonces el clima de nuestros campos tan frió como lo es hoy el de las grandes cimas y la zona boreal; pero poco á poco se hizo más benigna la temperatura: las plantas á quienes agrada el áspero aliento del invierno tuvieron que huir, unas hacia el Norte, otras hacia las pendientes de los montes. De las dos fajas fugitivas, separadas por una zona siempre creciente, ocupada por especies enemigas, la que se retiraba hacia la montaña veía disminuir el espacio ante ella, en proporción á la suavidad del clima: ocupó primero las estribaciones de la falda, después las pendientes medias, después las altas cimas, y ahora tienen algunas como refugio último las crestas supremas de la montaña. Si el clima vuelve á enfriarse á consecuencia de algún cambio cósmico, emprenderán de nuevo las plantas su viaje hacia la llanura: victoriosas otra vez, arrojarán á otra parte á las especies que necesitan más suave temperatura. Según las alternativas de los climas y sus ciclos inmensos, los ejércitos de plantas adelantan ó retroceden por la superficie del globo, dejando detrás grupos de rezagados que nos revelan cuál fué en otro tiempo la marcha del cuerpo principal.

Los mismos fenómenos ocurren en las tribus de los hombres que en la de los animales y plantas. Durante las oscilaciones del clima, pueblos de diferentes razas que no podían adaptarse á tan variable medio, se dirigían lentamente hacia el Norte ó el Sur, ahuyentados por el exceso del calor ó del frió. Desgraciadamente, la historia, que aún no había nacido, no ha podido contarnos todo el ir y venir de aquellos pueblos, y por otra parte, en sus mayores emigraciones, obedecen siempre los hombres á un conjunto de pasiones múltiples que no saben analizar. Muchas tribus han andado así y han cambiado de morada, sin darse cuenta de lo que las impulsaba hacia adelante. En seguida contaban en sus tradiciones que las había guiado una estrella ó una columna de fuego, ó que habían seguido el vuelo de un águila ó que habían ido colocando sus pies en las huellas del casco de un bisonte.

Si la historia enmudece ó dice pocas palabras sobre las marchas y contramarchas que los cambios de climas han impuesto á los pueblos, basta en cambio con mirar, para ver cómo responde la diferencia de los hombres en las laderas opuestas de casi todas las montañas, á la diversidad de temperatura y de medio ambiente. Cuando á cada lado del monte es poco sensible el contraste de los climas, ya porque la dirección de toda la hilera de alturas es de Norte á Sur, ya porque vientos del mismo origen y cargados de igual cantidad de humedad rieguen ambas vertientes, pueden entonces los hombres de una misma raza distribuirse libremente en una y otra parte, entregarse á los mismos cultivos, á iguales industrias, practicar análogas costumbres. La muralla que se yergue entre ellos, interrumpida quizá por varias brechas, no es un muro de separación. Pero si la montaña y toda la serie de cimas que le corresponden tienen una vertiente vuelta hacia el Norte y sin vientos fríos, y la opuesta recibe de lleno los suaves rayos del Mediodía, ó bien por una parte los vapores del mar se resuelven en torrentes, mientras por la otra están siempre secas las hondonadas, ciertamente que la flora, la fauna y la humanidad de ambas vertientes ofrecerán el más notable contraste. Cada paso que da el viajero, después de haber doblado el vértice, le presenta una nueva naturaleza: penetra en un mundo donde hace descubrimiento sobre descubrimiento. Párase ante una hierba olorosa que nunca había visto: una extraña mariposa revolotea ante él: mientras estudia las nuevas especies de plantas ó animales ó procura darse cuenta del conjunto de los rasgos de aquella naturaleza desconocida, se le acerca un pastor, hombre de otra raza y de otra civilización: hasta su idioma es distinto.

Separando dos zonas de climas, la cresta de la montaña también separa dos pueblos, y este es un fenómeno constante en cuantos países de la tierra donde la conquista no ha mezclado ó suprimido brutalmente las razas; y aun á pesar de las violencias de la conquista, ese contraste normal entre las poblaciones de ambas vertientes se ha restablecido con frecuencia. Ejemplo de ello presenta la historia de Italia. El esplendor de aquel país fascinó á los bárbaros del Norte y del Noroeste. Muchas veces, franceses y alemanes, atraídos por la riqueza del territorio, por los tesoros de las ciudades, por el sabor de los frutos, por todas sus bellezas naturales, se precipitaron en armadas muchedumbres sobre las llanuras que rodea el grandioso hemiciclo de los Alpes. Por más que han matado, incendiado y destruido, por más que han ocupado el sitio de los vencidos, por más que han edificado ciudades y han construido ciudadelas, la población nativa ha acabado por triunfar de ellos. Y los extranjeros, ya celtas, ya teutones, han tenido que volver á pasar los Alpes.

Así es que los montes, rugosidades relativamente insignificantes en la superficie del globo, sencillos obstáculos, que el hombre puede atravesar en un día, tienen gran importancia histórica como fronteras naturales entre naciones diversas. Ese papel en la vida de la humanidad, menos lo deben á la falta de caminos, á lo fragoso de sus vericuetos, á su zona nevada y de rocas infecundas, que á la diversidad y á veces á la enemistad de las poblaciones domiciliadas en las dos opuestas faldas. La historia de lo pasado nos enseña que todo límite natural, colocado entre pueblos por un obstáculo difícil de salvar, montaña, meseta, desierto ó río, es al mismo tiempo frontera moral para los hombres. Como en los cuentos de hadas, se fortificaba con invisible muro, erigido por el odio y el desprecio. El hombre que llegaba allende los montes, no era sólo un extranjero, sino un enemigo. Odiábanse los pueblos, pero á veces un pastor, mejor que todos los de su raza, cantaba bajito algunas palabras de cándido afecto, mirando por encima de la montaña. Él sabía, por lo menos, salvar la elevada barrera de nieves y de rocas. Su corazón sabía considerar como patria ambas vertientes. Un antiguo canto de nuestros Pirineos cuenta este triunfo en un sentimiento dulce sobre la naturaleza y sobre las tradiciones de odios nacionales:

¡Baicha-bous, montagnos! ¡Planos, havussa bous!
¡Daqué pousqui bede oun sonn mas amous
!

¡Bajáos, montañas! ¡alzáos, llanuras!
¡Y que yo ver pueda do están mis amores!