CAPÍTULO XVII
#El montañés libre#
Las rugosidades formadas en la superficie terrestre por montañas y valles son por consiguiente un hecho capital en la historia de los pueblos, y explica á veces sus viajes, sus emigraciones, sus conflictos y sus diversos destinos. Así es como una topera, que surge en un prado, en medio de poblaciones de insectos solícitos que andan yendo y viniendo, cambia inmediatamente todos los planos y hace desviar en sentido inverso la marcha de las tribus viajeras.
Separando con su enorme masa las naciones que por una y otra parte sitian sus vertientes, la montaña protege también á los habitantes, generalmente poco numerosos, que han ido á buscar asilo á los valles. Los abriga, los hace suyos, les da costumbres especiales, cierto género de vida, particular carácter. Sea cual fuere su raza originaria, el montañés se ha hecho tal como es, bajo la influencia del medio que le rodea. La fatiga del trepar y del bajar penosamente, la sencillez del alimento, el rigor de los fríos invernales, la lucha contra la intemperie han hecho de él un hombre aparte, le han dado una actitud, un andar, un juego de movimientos muy diferente de los usados entre sus vecinos de la llanura. Le han dado además un modo de pensar y de sentir que le distingue. Han reflejado en su espíritu, como en el del marino, algo de la serenidad de los grandes horizontes: también en muchos sitios le han asegurado el tesoro inapreciable de la libertad.
Una de las causas que más han contribuído á sostener la independencia de ciertos pueblos montañeses, es que para ellos el trabajo solidario y los esfuerzos de conjunto son una necesidad. Todos son útiles para cada uno, y cada uno para todos. El pastor que va á los pastos altos á guardar los rebaños de la comunidad, no es el menos necesario á la prosperidad general. Cuando ocurre un desastre, ayúdanse todos mutuamente para enmendar el daño. Si el alud se ha desplomado sobre algunas cabañas, todos trabajan en el desescombro. Si la lluvia ha desmoronado los campos, que se cultivan en gradas sobre las pendientes, todos se ocupan en recoger la tierra que se ha venido abajo y subirla en espuertas hasta la vertiente de donde se cayó. Si el torrente desbordado ha cubierto de piedras las praderas, todos se afanan en limpiar el césped de tales escombros que lo ahogan. Cuando en invierno es peligroso arriesgarse entre la nieve, cuentan unos con la hospitalidad de los otros. Todos son hermanos y pertenecen á la misma familia. Así es que cuando los atacan, resisten de común acuerdo, movidos, digámoslo así, por un solo pensamiento. Por otra parte, la vida de combates sin tregua contra toda clase de peligros y quizá también el aire puro y saludable que respiran los convierten en hombres atrevidos y desdeñosos de la muerte. Trabajadores pacíficos, á nadie atacan, pero saben defenderse.
La montaña protectora les da medios para precaverse contra la invasión. Defiende el valle con estrechos desfiladeros de entrada, en que algunos hombres bastan para detener á grandes grupos: oculta sus fértiles valles en los huecos de grandes terraplanes cuyas fragosidades parecen inaccesibles. En ciertos sitios está perforada por cavernas que se comunican entre sí y pueden servir de escondrijos.
En la pared de un desfiladero que visitaba yo con frecuencia, había una de esas fortalezas ocultas. Con gran trabajo pude llegar á la entrada agarrándome á las asperezas de la roca y á algunas ramas de boj que habían arraigado en las hendiduras. Mucho más difícil hubiera sido escalarla para los asaltantes. Peñascos amontonados en la boca de la gruta estaban dispuestos á rodar, saltando de punta en punta, hasta el torrente. A cada lado de la entrada, la roca, absolutamente recta y lisa, no hubiera dejado pasar ni á una serpiente: encima, el acantilado que la dominaba, protegía la abertura como pórtico gigantesco, y, además, medio la cerraba un gran muro. La gruta era inexpugnable, á no ser por sorpresa. Los enemigos tenían que conformarse con vigilarla de lejos, pero cuando no oían salir de ella ningún rumor, cuando se arriesgaban á encaramarse hasta allí para contar los cadáveres, encontraban las galerías subterráneas completamente vacías. Los habitantes se habían escurrido de caverna en caverna hasta otra salida secreta oculta entre malezas. Había que empezar de nuevo la caza, que á veces se terminaba por desdicha, capturando á las víctimas. El hombre es una presa para el hombre.
En ciertos sitios en que la montaña no presenta cavidades propicias, una roca aislada en el valle, una roca de planos perpendiculares era la que servía para fortaleza. Cortada verticalmente por los tres lados que rodea el torrente en su base, sólo era accesible por una sola vertiente, y por aquella parte, el grupo de montañeses que quería hacer de ella atalaya y castillo, no tenía más que proseguir el trabajo emprendido por la naturaleza. Escarpaba la roca, la hacía intransitable al paso humano y dejaba una sola entrada subterránea perforada á pico en el espesor de la peña. Metidos en su guarida, los habitantes de la fortaleza obstruían la abertura con un peñasco, y ya no les podía visitar más que algún ave. La arquitectura no hacía gran falta aquella ciudadela, y sin embargo, alguna vez, por una especie de coquetería, el montañés adornaba la arista del precipicio con un muro almenado, que permitía á sus hijos jugar sin riesgo en toda la extensión de la meseta, y desde cuyas alturas podía espiar á gusto cuanto se divisara en las cercanas pendientes. En muchas comarcas montañesas de Oriente, cuyos valles están poblados de razas enemigas unas de otras, y en las cuales el homicidio se considera por consiguiente como leve culpa, hay muchas rocas fortalezas habitadas aún. Cuando llega un huésped al pie de la escarpa, anuncia su presencia á gritos. Poco después baja una cesta de una trampa abierta en la roca: se instala allí el viajero, y los brazos de sus amigos de arriba izan lentamente la pesada cesta, que da vueltas por el aire.
Si las rocas abruptas de los altos valles sirvieron para defender á las poblaciones pacificas contra toda invasión, en cambio los montecillos del llano sirvieron muchas veces de atalaya y lugar de rapiña á algún rapaz barón.
Muchos, pueblos aun en nuestro país, demuestran con su arquitectura que no hace todavía mucho tiempo había allí guerra permanente, y que á cada momento había que temer ataques de señores ó de bandoleros. No hay casas aisladas en las pendientes indefensas; todos los tugurios, semejantes á carneros espantados por la borrasca, se han reunido en un solo grupo, vasto montón de piedra. Desde abajo parece aquello una continuación de la roca, una escotadura de la cima, ora deslumbrante de claridad, ora ennegrecida por la sombra. Súbese allí por senderos vertiginosos que diariamente tienen que bajar los aldeanos para cultivar sus campos, y que tienen que subir de nuevo todas las noches, después del largo trabajo diario. Una sola puerta da entrada al pueblo, y en las torres laterales quedan aún huellas del rastrillo y de otros medios de defensa; ninguna ventana se abre sobre la inmensa extensión de los valles cercanos. Las únicas aberturas son las aspilleras por donde pasaban en otro tiempo los venablos ó los cañones de los fusiles. Aun hoy, los descendientes de aquellos desgraciados, sitiados de generación en generación, no se atreven á construir sus habitaciones en medio del campo. Podrían hacerlo, pero la costumbre (la más obedecida de todas las tiranías) los tiene encerrados en la antigua cárcel.
Libres eran los altos valles de la montaña, libres los montañeses, pero fuera de los pasos estrechos donde nunca se arriesgan impunemente los agresores. Un promontorio casi aislado sostenía el castillo del barón. Desde allá arriba, el bandolero ennoblecido por sus propios crímenes y los de sus antepasados podía vigilar las llanuras cercanas y los barrancos y desfiladeros de la montaña. Como una serpiente enroscada en una peña yergue la inquieta cabeza para acechar un nido lleno de pajarillos, el bandolero observa desde lo alta de la torre del homenaje: no se atreve á atacar á los montañeses en su valle, pero está seguro de sorprender y cautivar á los que se arriesguen por la llanura.
El castillo del noble desvalijador de caminantes está hoy arruinado. Un sendero pedregoso, obstruído por los zarzales, ha sustituído el camino por donde los guerreros hacían caracolear á sus alegres caballos al emprender la marcha, por donde subían los mercaderes encadenados y los mulos cargados de botín. En el sitio donde estuvo el puente levadizo se ha cegado el foso con piedras, y después el viento y los pies de los transeuntes le han llevado un poco de tierra vegetal, donde han arraigado saúcos. Los muros están casi todos derruidos, y enormes fragmentos, semejantes á peñascos, yacen por el suelo. Por otras partes, piedras desmoronadas llenan á medias el foso que cubre espesa alfombra de pamplina. El patio grande, en el cual se juntaban en otro tiempo los hombres de armas antes de las expediciones de pillaje, está lleno de escombros y de hoyos: difícil es abrirse camino á través de tupidos grupos de arbustos y de hierbas altas: se teme pisar alguna víbora oculta entre dos piedras ó caer en la boca, abierta aún, de una mazmorra. Andemos, sin embargo, mirando atentamente al suelo. Llegamos al fondo del pozo, rodeado aún afortunadamente por un resto de brocal: nos asomamos con espanto á la negra abertura del abismo é intentamos sondear su profundidad á través de las escolopendras y helechos entrelazados. Parécenos vislumbrar abajo el reflejo de un rayo extraviado en ese precipicio; parécenos oir un murmullo ahogado que sube hacia nosotros. ¿Es una corriente de aire que se arremolina en la sima? ¿Es un manantial, cuya agua se filtra entre las piedras y cae gota á gota? ¿Es una salamandra que cae al agua y la hace chapotear? ¿Quién sabe? La leyenda nos dice que en otro tiempo los ruidos confusos que salían de esas profundidades eran gritos de desesperación, sollozos de víctimas. El agua del pozo cubre un lecho de osamentas.
Aparto con esfuerzo mis ojos del microscopio que los fascina, y los dirijo á la masa cuadrada de la torre del homenaje, que brilla á toda luz. Las otras torres se han derrumbado; únicamente queda ésta en pie, y hasta conserva algunas almenas de su corona. Los muros, dorados por el sol, están tan lisos como al día siguiente del primer banquete celebrado por el señor en el salón. No hay en ella rendija ni rozadura apenas: únicamente el maderamen y los herrajes de las estrechas ventanas semejantes á aspilleras han desaparecido. A cinco metros sobre el suelo se alza en el espesor de la muralla lo que fué puente de entrada; ancha piedra saliente forma su umbral, y la parte superior de la ojiva está adornada con tosca escultura que ostenta un caprichoso monograma y las huellas de la antigua divisa del barón. La escalera movible que se enganchaba en el umbral ya no existe, y el celoso arqueólogo que quisiera leer ó más bien adivinar las pocas palabras orgullosas esculpidas en la piedra, tiene que coger una escalera de mano. Para introducirse en la torre, adoptaron los aldeanos medio más violento: han perforado el muro al nivel del suelo. Penoso trabajo fué éste, pero quizá les animaba la venganza contra aquel torreón, donde muchos de los suyos hablan perecido entre tormentos ó de hambre: quizá se figurasen también que iban á encontrar un tesoro escondido.
Entro con cierto temor por esta brecha: el aire interior, con el cual no se mezcla nunca un rayo de sol, me hiela antes de entrar. Sin embargo, la luz baja hasta el fondo de la torre: el techo está hundido: los entarimados han ardido en algún antiguo incendio, y se ven de trecho en trecho restos de vigas ennegrecidas. Todos esos residuos, piedra, madera y ceniza, se han convertido poco á poco en una especie de pasta que el agua del cielo, bajando allí como al fondo del pozo, conserva húmeda siempre. Pegajoso limo cubre esa tierra blanda, en la cual resbala el pie que pongo en ella con repugnancia. Paréceme estar ya encerrado en el horrible calabozo y respiro con asco su aire rancio y mefítico, y, sin embargo, aquel aire es puro, comparado con el olor de moho y osamentas que sale de la abertura mellada de la mazmorra. Me asomo al negro agujero é intento divisar algo, pero nada veo. Necesitaría tener la mirada aguzada por larga obscuridad para columbrar los reflejos extraviados en las tinieblas. ¡Siniestra oquedad! Ignoro de cuántos asesinatos has sido cómplice, pero me estremezco de miedo al verte y como en demanda de fuerzas; miro hacia el cielo azul, al cual sirven de marco las cuatro murallas de la torre. Un mochuelo asustado se agita allí arriba, lanzando desagradable chillido.
Una escalera practicada en el espesor del muro, permite subir hasta las almenas. Hay muchos peldaños desgastados y convierten á la escalera en un plano inclinado difícil de subir, pero apoyándome en las paredes, agarrándome á las asperezas, resbalando en el polvo para incorporarme después, acabé por llegar á lo más alto de la torre. La piedra es ancha y no había peligro alguno; sin embargo, apenas me atreví á dar algunos pasos, por temor de que me venciera el vértigo. Estaba á gran altura, en la región de aves y nubes, entre dos abismos; á un lado está la negra sima de la torre; al otro la profundidad luminosa de las rocas y las vertientes alumbradas por el sol. El promontorio que sostiene el torreón parece otra torre de muchos centenares de metros de elevación. Y el río que serpentea en torno á su base no parece más que su foso de defensa. Cuentan que uno de los antiguos señores del lugar satisfacía á veces el capricho de hacer saltar á sus prisioneros desde la azotea del torreón. Reservaba á sus más odiados enemigos la muerte lenta en el fondo de las mazmorras, pero los cautivos contra los cuales no tenía ningún motivo de odio, tenían que demostrar, al precipitarse desde la torre, el ánimo y gallardía con que sabían morir. Por la noche se hablaba de ello alrededor de la humeante mesa, riendo al recordar las contorsiones de cuantos retrocedían espantados al borde del abismo, y encomiando á los que de un brinco se habían lanzado sin ajeno impulso en el vacío. El noble señor murió en un convento vecino en olor de santidad.
Agrúpanse desordenadamente al pie del peñasco las humildes casuchas con techo de pizarra ó de cáñamo, del antiguo lugar esclavizado. Muchos son los cambios que se han verificado, no sólo en las instituciones y costumbres, sino también en el alma humana, desde que el señor tenía así á sus súbditos bajo sus miradas y bajo sus plantas, desde que el heredero de su nombre crecía pensando en en que todos los seres mal vestidos que veía moverse allá abajo, todos aquellos hombres serían, cuando él quisiera, carne para su espada. Imposible habría sido, aun para el más bueno, para el de mejores sentimientos de los hijos del noble, que no sintiera su pecho henchirse de feroz orgullo al contemplar todo aquel horizonte de tierras sometidas, aquel pueblo abatido, á aquellos villanos abyectos agitándose en el estiércol. Aunque hubiera querido imaginar que los hombres tienen al nacer igual derecho á la felicidad, aunque se hubiese considerado como nacido del mismo lodo, habría bastado para desengañarle una sola mirada dirigida al espacio desde la soberbia azotea de su torre para creer en la igualdad (no de la alegría, sino de la desesperación ó del remordimiento), tendría que dejar su castillo, meterse en el sombrío convento del augusto valle y golpearse la frente contra el pavimento de las iglesias.
En nuestros días, el descendiente de aquellos caballeros antiguos no tiene que convertirse en carcelero de su pueblo, ni tiene que vigilar á los habitantes con suspicaz mirada, como no sea propietario de una fábrica y pueblen los aldeanos sus talleres. La quinta que se ha mandado edificar en la vertiente de un cerro puede decirse que está oculta. Una cortina de árboles corpulentos tapa el más cercano grupo de casas, y si algunas aldeas lejanas se ven de trecho en trecho, no son más que manchas del paisaje, trazos del gran cuadro. Ya no es el castellano el dueño y para nada le serviría dar á su morada una posición dominadora. Más le vale una soledad donde pueda gozar en paz de la naturaleza.
Y es que, desde que pasó la Edad Media, ya no constituyen aldeas y castillo un mundo aparte: voluntariamente ó por fuerza, han entrado en otro más grande, en una sociedad cuyas luchas tienen mayor amplitud, en que los progresos tienen mucho mayor alcance. El reino chico cuyo dueño absoluto era el señor, ya no es más que un distrito cualquiera, y el descendiente de los antiguos barones para nada le sirve el enmohecido mandoble de sus antepasados. A veces intenta conservar alguno de los privilegios aparentes ó reales que le quedan del poder de sus abuelos: en otras ocasiones se resigna á su papel de súbdito ó de ciudadano, mezclándose con la muchedumbre. De todos modos, los combates y conquistas de sus antecesores han sido útiles á otros, sea á pueblos, sea á reyes. Si aquellos guerreros, después de largas luchas con los montañeses, lograron vencerlos en sus guaridas, y llevaron hasta las nevadas crestas los linderos de sus dominios, tuvieron que sufrir luego el ataque de otro invasor, y la frontera que habían dado á sus posesiones se pierde en la inmensa extensión de un imperio poderoso.
Un nombre raro, que se encuentra en varios sitios de la montaña, me ha hecho pensar en las cosas de lo pasado. En una hondonada, ligera depresión del suelo, brilla en lontananza como diamantito movible, un manantial que jamás se vería si el sol no revelase su existencia con uno de sus rayos. Me acerco á él, veo doblarse y erguirse alternativamente los tallos de hierba bajo la argentina gota que pasa: gorjean en torno algunos pájaros, y el césped que baña sus raíces en el agua oculta extiende sus tallos verdes y sus florecillas muy por encima de la hierba ajada de los pastos. Esa corta extensión de verdor, que divisan de lejos los pastores en la superficie gris y quemada de la vertiente, es la Fuente de los tres Señores.
¿Cuál era el origen de tan extraño nombre? ¿Cómo había tomado el de tres potentados fuente tan humilde? Cuenta la leyenda de la montaña que en época muy antigua, cuando fortalezas rodeadas de fosos se erguían en todos los promontorios de los desfiladeros, tres condes que por casualidad no guerreaban, se encontraron un día de caza cerca de la fuentecilla. Larga carrera en persecución de jabalíes y ciervos los había cansado, y el sudor les caía de la frente. Una turba de criados, que andaban solícitos á su alrededor, ofrecíales á porfía vino y aguamiel, pero el hilillo de agua que brotaba de una rendija de la roca les pareció más agradable bebida que los licores escanciados en jarros de plata. Inclináronse uno tras otro sobre el remanso de la fuente, apartaron con la mano las hierbas que flotaban en la superficie y bebieron en la hoya, como pastores ó como cervatillos de la montaña. Después se miraron, se dieron la mano de amigos y se pusieron á departir alegremente recostados en la hierba. Hacía buen tiempo, tocaba casi el sol ya el horizonte, algunos celajes diseminados proyectaban sombras en las amarillas mieses de la llanura y leves humaredas se desprendían á trechos en los pueblecillos. Los tres condes estaban de buen humor. Hasta entonces sus inmensos dominios no habían tenido exactos linderos en la montaña. Decidieron que desde entonces la fuente que con helado chorro le había apagado la sed sería el límite de separación de los tres condados. Uno seguiría la orilla derecha, otro la izquierda del arroyuelo y el tercero ocuparía la loma tendida desde el manantial á la cima cercana, y desde allí á la vertiente opuesta. Y como consagración del tratado que acababan de convenir, los tres señores mojaron las diestras manos con algunas gotas de la fuente, y cada uno salpicó con ellas el césped de su dominio.
Pero el buen tiempo no es duradero y los condes no conservan mucho su sonrisa y compañerismo. Peleáronse los tres amigos y estalló la guerra. Matáronse mutuamente vasallos, burgueses y villanos en hondonadas y bosques para que cambiara de sitio la linde de los tres condados. La llanura fué asolada, y durante varias generaciones corrieron torrentes de sangre por la posesión de aquella gota de agua que brota allá arriba en pacíficas alturas. Pactóse paz por fin, y si han vuelto á empezar las guerras, no se han encendido entre los tres barones, ni por la conquista de una fuente, sino entre poderosos soberanos y por la posesión de inmensos territorios con montañas, ríos, bosques y ciudades populosas. Ya no se destrozan una á otra gentes mal armadas, sino centenares de miles de hombres, provistos de los más científicos medios de destrucción los que chocan y se destruyen recíprocamente. Seguramente la humanidad progresa, pero al ver tan espantosos conflictos, hay que dudar algunas veces.
Entonces nos parecen dichosísimas las poblaciones retiradas en los valles altos que nunca han padecido los males de la guerra: á lo menos, á pesar del flujo y reflujo de los ejércitos en marcha, han acabado por conservar su independencia primitiva. Bastantes pueblos de la montaña, protegidos por enormes masas de roca unidas unas á otras, han tenido la felicidad de permanecer libres. Ya saben que no deben únicamente al heroísmo de sus corazones, á la fuerza de sus brazos, á la unión de sus voluntades el no haberse visto esclavizados por sus poderosos vecinos. También tienen que agradecérselo á los grandes Alpes: esas han sido las firmísimas columnas que han defendido la entrada del templo.