CAPÍTULO XVIII
#El cretino#
Al lado de esos hombres fuertes, de esos valientes de sólido pecho y penetrante mirada que trepan con paso firme por las rocas, arrástranse asquerosas masas de carne viva, los cretinos de pendientes paperas. Y muchas de esas masas hay que ni siquiera pueden arrastrarse; permanecen sentados en sillas fétidas, moviendo á un lado y á otro el cuerpo y la cabeza, cayéndoles la baba por los pegajosos harapos. Esos seres no saben andar, y algunos de ellos no han sabido aprender el arte primordial de llevarse la comida á la boca: se les da de comer, se les ceba, y cuando notan que el alimento ingerido baja al estómago, exhalan ligeros gruñidos de contento. Esos son los últimos representantes de la humanidad, «cuyo rostro fué creado para contemplar los astros.» ¡Qué enorme intervalo salvado entre la cabeza ideal del Apolo Pitio y la del pobre cretino, de ojos, sin mirada y risa que parece mueca! Más hermosa es todavía la cabeza del reptil, porque ésta corresponde á su tipo, y no esperamos verla de otra manera, mientras la cara del idiota es una forma espantosamente degenerada. A pesar de habernos parecido un hombre desde lejos, ni siquiera aparece la inteligencia del animal en sus facciones.
Para mayor dolor, los sentimientos rudimentarios que se revelan en el ser desdichado, no siempre son buenos. Algunos cretinos son malísimos: rechinan los dientes, lanzan rugidos feroces, hacen airados ademanes con los torpes brazos, patean el suelo, y si no se lo impidieran, se comerían la carne y se beberían la sangre de quienes los cuidan con abnegación: nada importa esa rabia á los montañeses, buenos y cándidos. No por eso han dejado de dar á los pobres idiotas el nombre de cretinos, de crestias ó de inocentes, figurándose que tales seres, incapaces de razonar sus actos y de llegar á la comprensión del mal, disfrutan del privilegio de no tener ningún pecado en la conciencia. Cristianos desde la cuna, á la fuerza tienen que ir derechos al cielo. Por lo mismo, prostérnase la multitud ante locos y alucinados en los países musulmanes, y se considera muy glorificado aquel á quien ensucian con su saliva ó sus excrementos, puesto que, bajo humana forma, viven fuera de la humanidad; sin duda están sumidos en divino sueño.
Por otra parte, algunos de estos desdichados son verdaderamente buenos y gustan de hacer bien, en el límite de sus fuerzas. Había yo bajado un día al valle para subir por la otra pendiente á los pastos de una meseta, en cuyo centro había divisado las aguas de una laguna. Había dejado detrás de mí, sin detenerme en ella, una chocilla húmeda rodeada por algunos alisos, y seguía con decidido paso un sendero indicado vagamente por pasos de animales á la orilla de una corriente rápida. Hallábame ya á más de un tiro de piedra de la choza, cuando oí detrás de mi precipitado y pesado paso; al mismo tiempo, un resuello gutural, casi un estertor, salía de aquel ser que me perseguía y me daba alcance. Volvíme y ví una pobre cretina, cuya papera, bazuqueada por la carrera, oscilaba pesadamente de uno á otro hombro. Gran trabajo me costó reprimir una expresión de horror viendo á aquella masa humana acercarse á mi, teniéndose alternativamente en una y otra pierna. El monstruo me hizo seña de que esperara, y después se paró delante de mí, contemplándome fijamente los estúpidos ojos y dándome con el resuello en la cara. Señaló con gesto negativo el desfiladero en el cual iba yo á entrar y juntó las manos para indicarme que cortaban el paso peñascos verticales. «¡Allí, allí!», dijo, designando un sendero mejor trazado que se encarama dando vueltas en una pendiente y llega á una meseta para rodear el infranqueable desfiladero del fondo. Cuando me vió seguir su cuerdo consejo y empezar á subir la cuesta, lanzó dos ó tres gruñidos de satisfacción, me acompañó con la mirada durante algún tiempo y después se marchó tranquilamente, contenta por haber hecho una buena obra. Confieso que estaba yo menos contento y hasta profundamente humillado. Un ser maltratado por la naturaleza, horrible, una especie de cosa sin forma y sin nombre, no había parado hasta sacarme de un lance apurado, y yo, hombre lleno de altivez, dotado de cierta razón por la naturaleza, y llegado por ella al sentimiento de la responsabilidad moral, había dejado mil veces, sin hacerles advertencia alguna, meterse á otros hombres, hasta á los que llamaba amigos, en pasos bastante más terribles que el desfiladero de una montaña. La idiota, la cretina, me había enseñado mi deber. De modo que, en aquello que me parecía inferior á la humanidad, encontraba una benevolencia de la cual carecen muchas veces los que se tienen por grandes y por fuertes. Ningún ser es bastante bajo para no merecer amor y hasta respeto. ¿Quién tiene razón, el espartano de la antigüedad que arrojaba á una sima los recién nacidos defectuosos, ó la madre que, aunque sea llorando, amamanta y acaricia al hijo idiota y deforme? Claro es que nadie censurará á las madres que luchan contra toda esperanza para disputar á sus hijos á la muerte, pero es necesario que la sociedad acuda en auxilio de esos desdichados, con la ciencia y con el cariño, para curar á los que pueda, dar toda la ventura posible á aquellos cuyo estado no deja esperanzas y velar para que las prácticas higiénicas y la comprensión de las leyes fisiológicas reduzcan cada vez más el número de semejantes nacimientos.
Una educación continua puede desbaratar esas toscas naturalezas, y cuando al afecto de la madre sucede la solicitud de un compañero que consigue que haga algún trabajo grosero el pobre inocente, éste se desarrolla poco á poco y acaba por llevar en la cara algo como reflejo de inteligencia. Entre los innumerables cuadros que quedaron grabados en mi memoria cuando recorrí la montaña, hay uno que aún me conmueve, pasados tantos años. Era al anochecer, en los últimos días del verano. Acababan de segar por segunda vez las praderas del valle, y veía pilillas de heno esparcidas, cuya suave fragancia me traía el viento.
Andaba por un camino sinuoso, disfrutando de la frescura de la tarde, del olor de la hierba, de la hermosura de las cumbres iluminadas por el sol poniente. De pronto, en una revuelta del camino encontréme en presencia de un grupo que me llamó la atención. Un cretino de enorme papera estaba enganchado con cuerdas á una especie de carro cargado de heno. No le costaba trabajo arrastrar el pesado vehículo, y no veía ni los baches, ni los peñascos diseminados, tirando como una fuerza ciega. Pero llevaba al lado á un hermanito suyo, niño esbelto y agraciado, cuyo rostro era todo mirada y sonrisa. Éste veía y pensaba por el monstruo. Con una señal, con tocarlo un poco, le hacia variar á la derecha ó á la izquierda para evitar los obstáculos y apresuraba ó acortaba su andar: formaba con el idiota una pareja, siendo uno el alma y otro el cuerpo. Cuando pasaron por mi lado el niño me saludó con amabilidad, y empujando á Cáliban con el codo, le hizo quitarse la gorra y volver hacia mí sus ojos sin expresión. Parecióme, sin embargo, que veía aparecer en ellos como vislumbre de un sentimiento humano de respeto y de amistad. Yo saludé con una especie de veneración á aquel grupo conmovedor, símbolo de la humanidad en su camino hacia lo porvenir.
Abandonado á sí mismo, y sin disfrutar otras luces que las del instinto animal, el cretino puede alguna vez hacer cosas que serían superiores á la fuerza de un hombre inteligente y consciente de su valer. Me contaba á veces mi compañero el pastor cómo había caído en una grieta del ventisquero, y cuando hablaba de ello, todavía se dibujaba el espanto en su semblante. Estaba sentado en una escarpa, junto al borde del ventisquero, cuando al desmoronarse una piedra le hizo perder el equilibrio, y sin poder valerse resbaló por una hendidura que se abría entre la roca y la compacta masa de hielo, hallándose de pronto como en el fondo de un pozo, en el cual apenas vislumbraba un reflejo de la claridad del cielo. Estaba aturdido, magullado, pero no se había roto ningún miembro. Impulsado por el instinto de la conservación, pudo agarrarse á la pared de roca y subir de aspereza en aspereza hasta algunos metros de la boca. El sol, los pastos, las ovejas y su perro estaban ante su vista, y éste le miraba con ardientes ojos. Pero, llegado á aquel reborde, no podía subir más el pastor: la roca, lisa por todas partes, no ofrecía ningún punto de apoyo. El perro estaba tan desesperado como su amo: acurrucándose de trecho en trecho, al borde del precipicio, dió algún ladrido corto y luego salió de pronto como una flecha hacia el valle. Nada tenía ya que temer el pastor, pues sabía que el perro iría á buscar socorro y pronto volvería con gente provista de cuerdas. Sin embargo, mientras duró la espera, pasó por las horribles angustias de la desesperación. Parecíale que el fiel animal no acababa de volver: se veía ya muerto de hambre en la peña y pensaba horrorizado en que quizá las águilas fueran á arrancarle trozos de carne antes de estar muerto. Y, sin embargo, recordaba lo que, en semejante situación, había hecho un inocente. Caído al fondo de una grieta, de la cual le era imposible salir, el cretino no se había fatigado en inútiles esfuerzos: esperó con paciencia, pateando el suelo para conservar el calor animal y así se aguantó toda la tarde y toda la noche y toda la mitad del día siguiente. Oyó entonces llamarle por su nombre á los que le buscaban, contestó, y en seguida lo sacaron de la sima. Únicamente se quejó de haber pasado mucho frío.
Pero sean cuales fueren los privilegios é inmunidades del cretino, aunque el desdichado no tenga que temer los cuidados y las decepciones del hombre que tiene que abrirse camino en el mundo por sí mismo, hay que intentar que el cretino sea arrancado á su inocencia y á sus asquerosas enfermedades para darle, al mismo tiempo que la salud del cuerpo, el sentimiento de su propia responsabilidad moral. Es necesario que penetre en la sociedad de los hombres libres, y, para curarle y dignificarle, lo primero es conocer las causas de su degeneración. Sabios hay que, inclinados sobre sus retortas y sus libros, exponen diversos pareceres: dicen unos que la deformidad de la papera procede sobre todo de la falta de iodo en el agua potable, y que por el cruzamiento, la deformidad moral acaba por juntarse á la del cuerpo. Otros creen que papera y cretinismo nacen de que el agua procedente de la nieve no ha tenido tiempo para agitarse y airearse lo suficiente cuando llega al pueblo, ó de que ha pasado por rocas que contienen magnesia. Cierto es que el agua mala puede contribuir muchas veces á que nazcan y se desarrollen enfermedades; pero ¿será ese sólo el origen?
Basta entrar en una cabaña de esas donde nacen y vegetan los idiotas para ver que su lamentable situación procede también de otras causas. El tugurio es sombrío y ahumado: devoran gusanos cofres, mesas y vigas: en los rincones donde no puede penetrar del todo la mirada, se vislumbran formas indecisas, cubiertas de basura y telarañas. La tierra que sirve de pavimento permanece siempre húmeda y como viscosa, por todas las aguas sucias que la llenan de grasa. El aire que se respira en tal guarida es acre y fétido. Flotan en él á un tiempo los hedores del humo, del tocino rancio, del pan de muchos días, de la madera carcomida, de la ropa sucia, de las emanaciones humanas. De noche se cierran todas las aberturas para que no penetre en la habitación el frío exterior. Abuelos, padres é hijos duermen todos en una especie de armario con tablas cuyas cortinas se cierran de día, y en el cual, durante el sueño nocturno, se acumula un aire denso y mucho más impuro que el del resto de la cabaña. Y hay más: durante los fríos del invierno, la familia, para tener más calor, se va del piso bajo y baja á la cueva, que al propio tiempo sirve de cuadra. En un lado están los animales tumbados en la paja sucia, y en el otro yacen hombres y mujeres entre sábanas nada limpias. Un sucio reguero separa ambos grupos de vertebrados mamíferos, pero el aire respirable es común á todos; y ni este aire que penetra por estrechos tragaluces puede renovarse durante semanas enteras, por las nieves que cubren el terreno. Hay que abrir especie de chimeneas, por las cuales baja únicamente un lívido reflejo de luz. En esas cuevas el día parece una noche del polo.
No es asombroso que en semejantes mansiones nazcan chiquillos escrofulosos, raquíticos y contrahechos. Desde su primera semana, muchos recién nacidos se ven sacudidos por terribles convulsiones que la mayor parte no pueden resistir: en ciertos países, las madres están tan seguras de que sus hijos han de morirse, que no los consideran como nacidos hasta «que han pasado el terrible desfiladero de la enfermedad de los cinco días.» Muchos de los que se salvan de ésta, pasan luego toda la vida entre la enfermedad y la locura. Tan convenientes son para desarrollar la fuerza y la destreza del hombre sano el aire libre de la montaña y el trabajo en el campo, como propios á empeorar el estado de los cretinos el espacio estrecho y la húmeda obscuridad de la cabaña. Al lado de un hermano que llega á ser el más guapo y robusto joven, se arrastra otro, especie de excrecencia carnosa horriblemente viva.
Ya se ha pensado en muchos sitios en construir hospicios para esos desventurados: nada falta en esos edificios nuevos. Circula libremente el aire puro, el sol ilumina todas las habitaciones, el agua es pura y sana, los muebles y especialmente las camas ostentan exquisita limpieza: los inocentes tienen vigilantes que los cuidan como nodrizas y profesores que procuran hacer entrar un rayo de luz intelectual en aquellas duras molleras. Lógrase eso á veces, y el cretino puede nacer gradualmente á una vida superior. Pero importa más trabajar en precaver el mal que en reparar el ya existente. Las chozas infestadas, tan pintorescas á veces en el paisaje, deben desaparecer para que las sustituyan casas cómodas y sanas. Deben entrar libremente aire y luz en todas las habitaciones humanas. Debe observarse en todas partes una buena higiene para el cuerpo, unida á perfecta dignidad moral. De ese modo adquirirán los montañeses en varias generaciones una completa inmunidad de todas esas enfermedades que ahora degradan á tan gran número de ellos. Entonces sus habitantes serán dignos del medio que los rodea, podrán contemplar satisfactoriamente las altas cumbres nevadas y decir como los griegos: «Esos son nuestros antepasados, y nos parecemos á ellos.»