III.

Allá, en las alturas, sobre dos series de marmóreos arcos sobrepuestos, se alza el monumento, cenobio, palacio, iglesia, castillo, resúmen de la vida en edades verdaderamente religiosas. Entre sus muros y sus ojivas descúbrense, todavía más arriba, la ceñuda fortaleza con sus almenas medio destruidas; á un lado las colinas formando como abreviada cordillera; á otro lado la ciudad con sus edificios agrupados en torno de várias originales iglesias; al pié un torrente, ahora seco, el cual debe arrastrar gruesos cantos rodados y debe venir en la estacion de las lluvias con ruidoso ímpetu. La severidad del paisaje, solemne, sobrio, majestuoso, verdadero cuadro de la escuela de Umbría, os prepara bien á la solemnidad de las religiosas emociones. Una puerta tosca, una cuesta agria, várias casas suspendidas entre las breñas, algunos olivos retorcidos cual si los azotára siempre el viento y con las raíces fuera de la pedregosa tierra, semejando á uno de esos dibujos con que Doré ha ilustrado la Divina Comedia, son los únicos objetos que veis al llegar á la entrada del monasterio, y, en verdad, os invitan todos al recogimiento y á la penitencia. Un claustro se abre á vuestra vista, un claustro prolongadísimo, de arcos airosos, de delgadas columnas. Ni un viviente, ni una sombra; algunas golondrinas juguetean por aquellas largas líneas; menuda lluvia primaveral da sedoso lustre á la hiedra pegada por las piedras, y airecillo suave agita las largas guirnaldas de zarzas que festonean los muros. El edificio es de un exterior austero, la puerta de un trabajo prolijo, las ventanas de un gusto puramente gótico, todos los objetos que os rodean, de un aspecto monástico; y, peregrino del arte como sois, vais comprendiendo hasta identificaros casi con ellos por la fuerza del pensamiento á los peregrinos religiosos, venidos de luengas tierras y anhelantes por aplicar los labios á la losa de un sepulcro donde se guardan torrentes de vida para las almas.

Hay tres iglesias sobrepuestas como los términos de una argumentacion escolástica; como las gradas de una escala mística, como las iniciaciones de las sectas, como los tres mundos, el de las sombras y de la muerte, el de la vida y de la prueba, el de la luz y de la gloria, siendo, en realidad, toda aquella aglomeracion de místicos edificios, una teología en piedra. Lo primero que hacemos es descender á la iglesia subterránea, especie de caverna que guarda la tumba del santo. Las sombras se palpan, y la escasa luz que os guia sólo sirve para aumentarlas. Creeis descender al centro de la tierra y despediros para siempre del aire y de la luz. Fria humedad os penetra hasta los huesos, y el humo de las lámparas y el olor del incienso os dan la idea de que entrais en esferas sobrenaturales como en alas de algun genio, porque todo cuanto os circunda se aleja de la realidad y se acerca á la region de los sueños. Por fin, á la dudosa luz mal reflejada en los mármoles, bajo lujoso templete, tras una verja dorada, veis el sepulcro de San Francisco. Excesiva devocion lo ha ceñido con adornos modernos y lo ha coronado con lujoso templete, ántes propio de jardin que de cenobio. Cuadrábale mucho más la caverna tosca, la soledad mística, la losa desnuda sobre la cual cayeran gotas filtradas por las peñas y lágrimas desprendidas de la fe. Es más poética que esta decoracion de nuestro tiempo, la creencia de la Edad Media. Para aquellos fieles, San Francisco no ha muerto; está de rodillas, en penitencia, en oracion, plegadas las manos, extáticos los ojos, allá en lugares inaccesibles hasta para las águilas, donde sólo pueden llegar las estrellas, intercediendo por nosotros los mortales, desarmando la cólera de Dios; y no subirá al Empíreo y no entrará en la gloria sino despues del Juicio, cuando, destruida la tierra, evaporados los mares, en cenizas los astros, en pavesas los soles, consumada la obra providencial, haya podido, ofreciendo el holocausto de sus dolores por nuestras culpas y llamando la inefable misericordia sobre nuestros huesos, rescatar el mayor número de almas para el cielo y gozar así en paz eternamente de su propia bienaventuranza.

De todas suertes, profanado ó no, afeado ó no, es uno de los monumentos más gloriosos que hay en el planeta; es una de las piedras que señalan el camino de las edades históricas; es uno de los núcleos donde se ha condensado la materia cósmica de las ideas y se ha ido formando este cometa de orígen divino y de órbita incalculable que se llama el humano espíritu. Oscuro jóven, de vida ligera, de costumbres sensuales, de oficio vulgar; modesto comisionado de una casa de comercio; sin ninguna instruccion y sin otras aspiraciones que los divertimientos y los goces propios de su clase y de su edad, siente cierto dia que extraña idea, como una chispa eléctrica, como un efluvio magnético, se derrama por sus fibras, por sus nervios, por sus venas; y agitado, febril, convulso, arroja los arreos de placer, de fiesta, de viaje; se ciñe cuerda de esparto á sus riñones y tosco sayal á sus carnes; abraza la penitencia para sí, la predicacion para los demas; y á sus sollozos, á sus palabras, á sus cánticos, la tierra se conmueve como si la agitáran misteriosas palpitaciones; los pajarillos del cielo suspenden su vuelo y se extasian; los lobos del desierto pierden su crueldad y le lamen los piés; dejan los niños la teta de sus madres para oirle; abandonan los jóvenes el lecho de sus placeres para en las maceraciones imitarlo; cuelgan las doncellas los velos virginales y los largos envidiados cabellos para desposarse con el ideal religioso; los guerreros arrancan las cóleras á sus hígados y los ódios á sus corazones; el señor se cree igual con su siervo; los ricos reparten sus tesoros á los pobres; levantan los arquitectos místicas naves que llevan las oraciones de la tierra al cielo; esculpen los escultores santos que nadan entre los resplandecientes íris formados por los brillantes vidrios y las notas lanzadas por el órgano; empapan los pintores sus pinceles en la fe y nos suben al Empíreo y bajan hasta el alcance de nuestros ojos de carne los ángeles y los serafines que agitan sus áureas alas en la luz increada; cantan los poetas en lengua no aprendida, como las aves, todas las efusiones del amor encendido en las creadoras divinas llamas; predican los teólogos una ciencia más amplia y más cercana á los arquetipos de la eterna verdad y de la hermosura eterna; se trasforma y como que se derrite el mundo feudal de tosco hierro donde estaban atadas todas las cadenas; y sobre los dolores humanos se entreve que, así como la Biblia ha sido completada por el Evangelio, el Evangelio se va completando por otra revelacion: por la revelacion del Espíritu Santo, en cuyo seno renace más puro el Universo y se purificarán como en resplandores etéreos nuestras oscuras almas.

¡Oh! La historia entera es una escala de sepulcros. El sepulcro de los Faraones en las pirámides del desierto separa el mundo oriental del mundo occidental; el sepulcro de Alejandro en Egipto separa el viejo mundo griego y asiático del mundo romano naciente; el sepulcro de Cristo en Jerusalen separa la historia antigua de la historia moderna; el sepulcro de Mahoma en la Meca separa la edad pagana en su raza de la edad monoteista; el sepulcro de Carlo-Magno en Aquisgran separa los tiempos teocráticos en la Edad Media de los tiempos feudales y militares; el sepulcro de San Francisco en Asis señala verdaderamente la decadencia del espíritu feudal y los primeros albores del espíritu moderno. Este siglo décimotercio es un siglo de resúmen de toda una civilizacion, como lo fué el siglo primero de nuestra era respecto á la antigüedad. Resume la ciencia católica en Santo Tomás; resume la política católica en San Luis; resume la poesía católica en el Dante; resume el poder católico en Inocencio III; resume la pintura católica en el Giotto; resume la legislacion católica en Alonso X; resume la escultura católica en Nicolás de Pisa; resume la vida católica en San Francisco de Asis. El genio católico ha escrito su testamento y por los bordes del horizonte raya un nuevo genio. El sepulcro que adoramos es como un planeta donde han surgido con la vegetacion frondosa de nuevas ideas los organismos varios de una nueva sociedad. ¡Gloria á San Francisco!

Y subimos á la segunda iglesia. La necesidad de ver la luz y de respirar el aire que sentiamos despues del viaje subterráneo, nos movió á salir al atrio y á detenernos un momento al pié de la columnata. Allí contemplamos la vega lejana, las montañas azules, el cielo trasparente, de ese color clarísimo que toma en el Mediodía tras una fuerte lluvia, y nos enteramos de cierto sepulcro esculpido allí, obra de Nino y propiedad de un tirano de Pisa, demente furioso como todos los déspotas, dado al lujo oriental, que no recibia á nadie si no se le presentaba de rodillas, que jamas aparecia en público sino vestido de lucientes ropajes todos sembrados de pedrería y ceñido de sacros relicarios primorosamente cincelados; y que forzaba á los artistas á regalar con obras maestras y dones cuantiosos á su impúdica esposa y á construir para él sin retribucion alguna tumbas primorosísimas, puestas bajo la proteccion de San Francisco para que le libertára de sus propios remordimientos y le conciliase la divina misericordia. La intercesion del Santo le habrá podido valer en el cielo, pero no le ha valido en la historia.

Al cabo entramos en la segunda iglesia, cúspide de la iglesia subterránea y base de la iglesia superior, pues no debe olvidarse que los tres monumentos ocupan el mismo espacio, sobrepuestos unos en otros. Sus arcos ojivales, que se encorvan para soportar el peso del edificio de arriba; sus ventanas góticas, que ciernen resplandores crepusculares y dudosos; su pavimento tapizado de lápidas fúnebres, que os hablan mudamente del dogma de la inmortalidad y de la muerte; sus paredes, en las cuales se destacan blanquecinas estatuas entre las negras sombras; sus cuadros, en que brillan profusamente ángeles y santos y vírgenes y mártires con sus palmas verdes en las manos y sus aureolas de oro en las sienes; el color azul oscuro de las bóvedas, todas sembradas de estrellas como si vinieran al santuario para beber la luz con que han de iluminar los espacios; las figuras de los frescos, desprendidas casi de lo alto para flotar en la atmósfera de incienso; las columnas, levantándose y abriéndose cual troncos y copas de misteriosos árboles, cual ramas de ideal vegetacion; las cabezas aladas entre los festones de mirto y de acanto; los vidrios de colores, que recogen el esplendor del dia y lo descomponen y lo reverberan en los mármoles, tiñendo desde las losas más profundas hasta las más elevadas aristas con los matices del íris; todas estas formas del arte, todos estos símbolos de la idea, todas estas aspiraciones á lo infinito os dan tal emocion, que vuestras rodillas flaquean, vuestros ojos se sumergen involuntariamente en el éxtasis, y vuestra alma, desprendida de su cárcel de barro, busca, subiendo por la escala mística de la religion, el orígen misterioso de tantas inspiraciones sublimes, la esencia incomunicable del Eterno.

El monasterio de Asis no es grande sólo bajo el aspecto religioso; es grande tambien bajo el aspecto artístico. En Italia, estos maravillosos edificios señalan épocas de trasformaciones del espíritu universal. Las Catacumbas guardan los comienzos del nuevo genio, la semilla; San Márcos de Venecia, los maestros mosaistas venidos del Oriente y depositarios de la tradicion de Bizancio, la raíz; San Francisco, la peregrinacion de los artistas que han roto el yugo bizantino y han fundado el arte moderno desde la segunda mitad del siglo décimotercio hasta la primera mitad del siglo décimocuarto: Pisa, en su cementerio, el crepúsculo vespertino del siglo décimocuarto y el crepúsculo matutino del siglo décimoquinto; Florencia, el siglo décimoquinto en todo su esplendor, el despertar de la naturaleza en toda su veracidad, las estatuas de Donatello, las puertas de Ghiberti, los frescos de Masaccio, la cúpula de Brunelleschi; Siena, Orvieto y Perusa, los albores del siglo décimosexto; la primera, sobre las paredes de la Sacristía animados por el pincel de Pinturrichio; la segunda, sobre la capilla de la Catedral donde ha pintado Signorelli su Ante-Cristo y su último Juicio; la tercera, en la sala del Concilio, donde ha dejado Perugino sus vistosos héroes semejantes á los héroes del poema de Ariosto, con su nacimiento, parecido al nacimiento de una nueva edad; y el Vaticano, en la Capilla Sixtina con los Profetas y las Sibilas de Miguel Ángel, y en las estancias, con las Musas y los filósofos y los doctores de Rafael, la plenitud del arte que es tambien la plenitud de la vida.

No os cansariais jamas de contemplar las maravillas de Asis en su segunda iglesia. Giunta de Pisa, el último de los maestros bizantinos, ha dejado al entrar en la Sacristía tosco retrato de San Francisco, despedida de un tiempo y de un genio que se alejan. Giotto ha pintado la bóveda del altar mayor quizas despues de un diálogo con Dante: que el altísimo poeta empezó por aspirar á fraile francisco y concluyó por inscribirse en la órden Tercera, donde eran tambien admitidos los laicos. Desde el retrato de San Francisco, pintado por Giunta, á las Virtudes de San Francisco pintadas por Giotto, media una de las más señaladas evoluciones del genio, una de las más decisivas fases del espíritu. Giotto, pobre pastor, pasa del aprisco al taller, conducido por Cimabue, y la mano cansada del maestro y la mano inexperta del discípulo, al juntarse, juntan dos eslabones de la cadena del tiempo, dos puntos de la misteriosa línea de la idea. Nadie ha sabido pintar la leyenda franciscana como Giotto, porque nadie tenía más títulos para pintarla ni más motivos para comprenderla; el cenobita rompe el cristianismo tradicional y funda un cristianismo más democrático y más humano; el artista rompe el arte bizantino, el arte hierático, y funda un arte más cercano á la naturaleza y más inspirado en la humanidad; son dos términos de la misma idea, dos fases de la misma edad, dos matices de la misma alma. Así, convertid los ojos á la bóveda del altar mayor, recoged la luz cernida por los vidrios de colores, y ved como evocaciones del Renacimiento, como albores de la nueva idea, como almas que han roto la coyunda teocrática y han venido á otros tiempos, aunque todavía traspasadas por el clavo de la servidumbre, esas tres figuras capitales en los compartimentos, las tres mujeres que representan las tres virtudes primeras de la órden: la Pobreza con sus harapos al cuerpo, con su soga al cinto, con sus cabellos esparcidos, seguida de una flaca perra que le ladra; la Obediencia, con una mano en los labios y otra en las reglas monásticas, pronta á imponer el yugo á extático monje de hinojos á sus plantas; la Castidad, orando en lo alto de una torre, defendida por dos ángeles y desoyendo las seducciones que le envian en coronas y palmas.

Adonde quiera que volveis los ojos, encontrais nuevos motivos de admiracion y de asombro. Los artistas corren á porfía al convento sacro, cual si hubieran adivinado que allí estaban los dos manantiales eternos de toda inspiracion: Dios y libertad. Asis aparecerá siempre como cenáculo de los discípulos del Giotto y como santuario de esta escuela. Tadeo-Gadi, á quien Giotto tuvo en las fuentes bautismales y á quien debió la órden franciscana una serie de pinturas maestras, ha engrandecido con su pincel suavísimo el crucero. Buffalmacio, sobradamente aficionado al naturalismo y olvidado del ideal, ha esparcido allí tambien reflejos de sus creaciones, como la trágica aparicion de Cristo á la Magdalena. El consumado dibujante, el colorista animadísimo, el precursor de la perspectiva, el maestro de los primeros escorzos, el inmortal Stefano, llena con una gloria maravillosa los espacios del ábside, gloria por desgracia perdida. Cavallini, cargado de años y de laureles, seguido por un culto universal, despues de sus triunfos en Roma y en Florencia, se acerca á este santuario y pinta en el crucero de la izquierda la escena última de la terrible tragedia de Cristo, la última hora del Calvario, el Salvador iluminado por la tempestad en su alta cruz y en su postrimer agonía, con caballeros armados á sus piés, que tienen toda la energía del feudalismo, y en torno de su cabeza ángeles suaves, arrobados, místicos, que tienen toda la dulzura y todo el idealismo de una plegaria. Capanna va, se encierra allí, se consagra al arte y á la penitencia, muere mártir de su devocion por el santo y de su entusiasmo por el santuario, dejando como un símbolo de su propia desgracia y como una imágen de su sacrificio, el sepulcro de Cristo. Giottino siente tambien el mismo deseo de todos los artistas que aspiraban á dejar una página en el poema de Asis y corre á encerrarse dentro de sus muros sin hallar espacio suficiente á sus creaciones y sin poder teñir con su pincel más que un rincon de la capilla de San Nicolás, yéndose desde allí al convento de Santa Clara, la discípula de San Francisco, fundadora de una órden de mujeres que se calcaba sobre la regla de su maestro. Las enfermedades que le sobrecogieron no le dejaron concluir sus trabajos, y tan escaso de fortuna como de gloria, entristecido por su propio natural y por la pública ingratitud, siempre solitario, siempre encerrado en sí mismo, de claustro en claustro, pidiendo el trabajo como otros piden el pan, pasó de Asis á Pisa, de un cenobio á un cementerio, para pintar como en holocausto á Dios y obtener para la otra vida, único pensamiento suyo y objeto exclusivo de sus meditaciones, el perdon á sus culpas y el reposo que le habia negado la tierra. Y aquel paso de Giottino desde Asis á Pisa, determina otra peregrinacion general de los artistas desde el uno al otro santuario. Mas para que nada falte en la Iglesia baja de San Francisco, tambien se ve una Vírgen de Cimabue, del pintor en quien acaba el arte bizantino y empieza el arte moderno. Y entre tanta maravilla hay unos cuadros de Simone Memmi, á quien su devocion llevaba á pintar como los bizantinos y su natural como los giotistas. Amigo de Petrarca, cual Giotto fué amigo del Dante, retrató á Laura despues de muerta; pero con tal inspiracion, que el poeta amante cree ver al pintor trasladándose desde la tierra al paraíso á fin de entrever la mujer querida, como un ideal sobre cuyos contornos apénas se suspende el velo de las formas. Pincel así no debia faltar en santuario por excelencia del arte cristiano; de esta suerte puede asegurarse que todas las obras representativas del genio italiano, que es el genio moderno, desde las florecillas de San Francisco hasta las estancias de la Divina Comedia y desde las estancias de la Divina Comedia hasta los sonetos de Petrarca; todos los comienzos de las artes pictóricas, desde Giunta de Pisa basta Cimabue, desde Cimabue basta el Giotto, desde el Giotto basta Simone Memmi se anidan, como un coro de ruiseñores inmortales, en las sombras misteriosas de este monasterio, una de las cimas indudablemente del humano espíritu.

La verdad es que la pintura moderna, despues del Tabor que encuentra en Asis, está definitivamente fundada. Los discípulos del Giotto recorren desde allí toda Italia y practican el nuevo arte. Revolucion tan profunda no podia verificarse sin protestas vivísimas y sin tentativas de reaccion poderosas. El Giotto habia concluido con la pintura hierática, con el arte bizantino, de una ortodoxia y de una severidad completas. Su genio innovador prescindió del tipo consagrado por la tradicion y querido del pueblo. Atentar así á cuanto se habia adorado hasta entónces, era para ciertas almas pagadas de lo antiguo, un sacrilegio tan grande como atentar al mismo dogma. Las muchedumbres creian que los Cristos deformes y colosales, que las Vírgenes rígidas é inmóviles fueron obra de los ángeles, y un pintor láico, un pintor profano se atrevia irreverente á corregir estas creaciones del cielo. Por las venas ateridas de los grandes personajes sagrados se difundia la sangre caldeada de la nueva vida; sus ojos se movian y miraban con expresion á la manera de los mortales ojos; sus largas manos y sus delgados dedos se amoldaban al humano tipo; sonreian aquellos labios cerrados; bajo las vestiduras palpitaba su cuerpo y en torno suyo comenzaba á brotar como nueva primavera toda la naturaleza. Esto no podia tolerarse por los que estaban apegados á la tradicion religiosa. El Giotto habia querido demostrar que Cristo podia ser adorable, divino y ser tambien hermoso; la Vírgen llamarse mujer, palpitar bajo el manto, moverse, vivir y ganar en belleza estética y en carácter sagrado; los santos, tener los ojos y las manos como nosotros los mortales pecadores y rezar y bendecir y atraerse la pública devocion; los retratos entrar en los altares sin profanacion y sin necesidad de conservar el medio primitivo, pueril, bárbaro, que deseando manifestar la desproporcion entre lo divino y lo humano, ponia junto á un Cristo gigantesco un hombre diminuto; reglas hieráticas muy santas, pero en cuya rigidez se apagaba y moria la espontaneidad del genio. Margheritone de Arezzo es el pintor que más vivamente protesta contra estas innovaciones; el que más se aferra á la tradicion el que con mayor empeño y porfía pinta segun el modelo de las antiguas liturgias. Revelador instinto le dice que las nuevas figuras humanas son tambien humanas ideas; que por los cuadros de la reciente escuela se desliza una anticipada protesta; que rehacer el tipo del hombre y de la mujer en el arte, equivale á rehacer el tipo pagano; que evocar la Naturaleza, esa madre del pecado, vale tanto como evocar el genio de la antigüedad para completar el genio del cristianismo; que tras esta revolucion artística asoma una revolucion científica, una revolucion religiosa, una revolucion política, en las cuales se aneguen las tradiciones y sólo sobrenade la razon. Lo cierto es que llama á la puerta de los conventos; que concita las iras de las órdenes monásticas; que apela al Papa; que recibe de éste órden para pintar segun la antigua usanza; que consume sus fuerzas provocando una reaccion universal; que maldice de los innovadores y de sus procedimientos, y como todos los reaccionarios de la historia, muere de dolor al reconocer la impotencia de sus esfuerzos y la fragilidad de su obra.

Dominados por estos pensamientos subimos á la tercer iglesia, á la iglesia superior, que se destaca allá arriba como una aureola. ¡Cuánta luz! Parece amasada en el éter de los espacios celestes. Hasta su pavimento resplandece como si caminarais sobre el disco de un astro. Las columnas se aligeran y se lanzan audaces á lo alto; las ventanas se rasgan y se espacian; los vidrios suben por aquellos claros y por aquellos rosetones para dar á la luz toda suerte de cambiantes; las naves, de hermosa manera pintadas, semejan al cielo lleno de bienaventurados que cantan en coro entre estrellas y flores; la ornamentacion se enriquece en inacabables guirnaldas como si pretendiese encerrar allí la universalidad de las cosas creadas; los frescos tienen tal viveza y tal colorido que deslumbran; los altares brillan maravillosamente cincelados tras verjas doradas de una labor primorosa; el vértigo producido por tanto resplandor en las alturas es tal, que os creeriais atravesando en sagrado tabernáculo sobre las alas de los serafines el espacio infinito en pos del divino ideal, eterna aspiracion del alma y eterno arquetipo del universo. Poblad este templo y lo veréis animarse como si todavía estuvieran vivas las ideas que lo levantaron al cielo. Los peregrinos se agolpan á la puerta; los monjes cantan en el coro; los fieles se arrodillan al pié de los altares; los oficiantes con sus capas de damasco y de brocado, celebran la misa entre murmullos de oraciones que tomariais por el aleteo de las almas; sube el incienso en espirales á las bóvedas y baja la luz de las áureas lámparas y de las místicas ojivas; la melodía del órgano llena de acentos angélicos las naves; la voz de la campana llama desde la torre lo infinito y por los arcos, acabados en un punto, como el pensamiento y la naturaleza acaban en la unidad de Dios, se elevan las almas, cual por la escala de Jacob, á perderse, huyendo de los dolores y de los desengaños terrestres, en el seno de la eternidad.

¡Cuán maravillosamente comprendian los hombres de aquella edad el arte religioso! Estos tres templos elevados en el mismo espacio, puestos el uno sobre el otro, me parecen la imágen de la vida con sus raíces en el sepulcro y con sus cúpulas en el cielo. ¡Cuántos esfuerzos, cuántos trabajos, cuántas oraciones, cuántas lágrimas, para subir desde ese antro húmedo, desde esas tinieblas espesas, desde ese frio mortal de la última iglesia encerrada como el feto informe en las entrañas de la tierra, á la iglesia media que se dilata, como nuestra vida terrena, que mezcla sombras y luz como nuestras ideas y nuestras pasiones, que quiere alzarse á lo infinito y se encorva y se baja al peso abrumador de sus aspiraciones; hasta que al postre, en el término de esta serie, en el último peldaño de esta escala, en el esfuerzo último de ascension al ideal, se eleva la iglesia superior como la sobrehumana transfiguracion alcanzada por nuestro dolorosísimo sér, el cual, despues de haber pasado por el dolor y por la penitencia, entra allá en el cielo para coronar la pasion de nuestra vida que no debe concluir en eterna muerte, no, que debe concluir y concluirá por divina resurreccion!

Creeriais que va á reproducirse el apólogo aleman innolvidable en aquellas trasformaciones sucesivas del arte. Parece que, nacido en el fondo de las tinieblas y en las cavernas cercanas á la nada, acostumbrado á la soledad y al silencio; sin oir más que el rozar de las aves nocturnas con sus sedosas alas en vuestras sienes ó el ruido de la gota de agua como lágrima eterna en los abismos; sin ver más que la retina del buho y de la lechuza que os miran burlonamente ó el fosfórico resplandor de los huesos descomponiéndose por la humedad en la tierra, viene de pronto un genio y os dice que si quereis ver algo superior le sigais y os lleva en noche serena de plenilunio á las alturas y os enseña la casta luna en el zenit con su corona de estrellas, saludada por el ladrido del perro y el canto del gallo y la sonata del ruiseñor, obligándoos á creer, como hijo de las tinieblas, aquel mustio resplandor pleno dia y á quedaros allí contemplando eternamente la plateada faz del astro de las sombras, como tomándola por la última expresion de la vida y por el último grado de la luz. Y luégo otro genio os toma la mano y os muestra el sol del mediodía, esplendente, luminoso, ardentísimo, ante el cual es la luna como el fósforo de la oscura caverna y veis que el sol pinta las flores, anima al coro de las aves, derrama á torrentes la electricidad, enciende la sangre de todos los animales, suspende por cadenas invisibles en torno suyo los planetas y aumenta con su luz y su calor la vida. Y bien hallado en esta tierra hermosísima, desde cuyo seno se descubre un sol tan espléndido, anhelariais quedaros en ella, vivir eternamente en su regazo, cuando viene otro genio superior y os lleva en sus alas á contemplar estrellas ante las cuales nuestro sol es como la luna. Y allí quereis quedaros, puesto que, triste helecho de una caverna solitaria, habeis subido hasta ese grado superior de la vida, cuando viene un ángel y os enseña algo mayor y más hermoso; las ideas eternas, en cuya comparacion vienen á ser como sombras los soles, y el Eterno Dios, en cuya presencia es como una mustia luciérnaga todo el Universo. Y de ascension en ascension habeis subido, materia informe, sombra espesa, niebla del vacío, á la luz, á la vida, al amor, á la inspiracion, al arte, á la ciencia, á las cimas últimas del cielo, á las últimas esferas del pensamiento, hasta ver en sobrehumanas intuiciones al Creador, y en el Creador la verdad, la bondad y la hermosura perfectas.

Desde la iglesia de Asis nos fuimos á una montaña cercana, como si tantas emociones nos hubieran dado el deseo, nunca satisfecho, de subir y subir más. Cuando la tarde espiraba, las campanas del monasterio tocaron el Angellus y llamaron á la oracion. No pude reprimir, al impulso de aquellos sonidos, un vuelco de la sangre que me recordó mi infancia y las mismas horas poéticas y los mismos toques de la solemne campana y el mismo murmullo de mística oracion. Las sombras de los siglos pasados se alzaron de sus panteones y se suspendieron sobre la cima del cenobio para decirme que en aquel campanario de San Francisco se habia saludado por vez primera con lengua de bronce el crepúsculo, cuyo poético Angellus habia corrido, en alas de las ideas, léjos, muy léjos, hasta las islas de los mares índicos, hasta los desiertos de América, como un zodiaco de misterios inefables que abrazára al planeta. Entónces me pareció oir que al Ave-María de las campanas se mezclaba el Ave-María de las piedras del monasterio, y al Ave-María de las piedras del monasterio el Ave-María de todos los seres de la tierra, y al Ave-María de todos los seres de la tierra el Ave-María de todos los astros del cielo en universal plegaria. Y vi á los grandes poetas del siglo pasar ante mis ojos; al que cantó la campana desde el momento en que su materia candente hierve en el molde, hasta el momento en que su voz solemne llama á los vivos y llora á los muertos; al que desde las torres de Nuestra Señora saludó con su alegre campaneo el dia de la resurreccion del espíritu humano alzado del sepulcro de la Edad Media á la vida del Renacimiento; al que apartó de los labios del alquimista desesperado la copa de veneno cuando los ecos del órgano y el repique de la Pascua le dijeron que no se habia perdido la esperanza; al que, cargado con todas las culpas y todas las dudas de su edad, dolorido con todos los dolores humanos, calumniado como amador de la vida y ansioso por el martirio y por la muerte, desde las altas torres de Venecia agrandadas por el crepúsculo, sintió caer los toques misteriosos del Angellus sobre la celeste laguna en que comenzaban á retratarse las primeras estrellas de la tarde y oró con lágrimas en los ojos, y al traves de las lágrimas y de las oraciones vió pasar sobre las nubes del ocaso la Madre del Verbo con su manto celeste, su extática mirada, la luna bajo las plantas, la mística paloma sobre la frente, estrechando á todos los seres contra su seno inmaculado en trasportes de maternal amor.

¡Quién no verá en el misterio del crepúsculo, en las últimas purpurinas nubes del ocaso y en las primeras rayas plateadas del alba; lo mismo sobre la cuna que sobre la tumba del dia, esa fuente de amor, esa estrella del mar, esa inspiracion del alma, á cuya inefable hermosura consagran una letanía sin fin lo mismo las cosas creadas que las ideas increadas, lo mismo los seres materiales en sus límites que las obras artísticas en sus luminosas órbitas, Vírgen y Madre, á cuyos piés baten las alas blancas los ángeles y á cuyas sienes se agrupan las estrellas, eterno ideal que el corazon adivina y que no puede alabar como se merece la tenue palabra, forzada á enmudecer ante tanta virtud y tanta belleza en una religiosa inexplicable oracion que sube al cielo como los vapores de la tarde, como el aroma de las flores, como las nubes del incienso, á mezclarse y confundirse en la aspiracion de todo lo creado hácia la increada luz!