IV.

La verdad es que no hay monumento como el de Asis, ni vida como la de San Francisco para estudiar uno de los hechos históricos en que más empeñada, repito, se halla la ciencia moderna; el nacimiento de las leyendas religiosas. Cada una de estas piedras da testimonio vivo de cómo un hombre, sujeto á todas nuestras condiciones, se eleva en poco tiempo á lo sobrenatural, perdiéndose en los celajes resplandecientes de la fantasía hasta convertirse su persona histórica en mito, su vida real en soñada leyenda. Extraordinarias facultades morales ó intelectuales, á la verdad, le adornan; exaltada virtud, elocuente palabra, efusivo amor, le llevan á grandes ideas y á grandes hechos: las gentes le siguen, los sectarios le adoran, los discípulos lo magnifican y poco á poco la fantasía inflamada lo trasfigura, y el arte, el buril y el pincel acaban la obra iniciada, que crece y toma diversas fases en los espejismos siempre movibles de las tradiciones. Despues de algun tiempo puede resultar el pensamiento de Aristóteles, puede resultar la poesía más verdadera que la historia, ó el pensamiento de Platon que la belleza del mito sea sólo el resplandor de su verdad intrínseca y el hombre del arte y de la poesía aparezca más real que el hombre de la crítica y de la historia. Pero venid á esta tierra de Asis; registrad estos sitios consagrados por una de las más bellas figuras que guarda en sus anales la humanidad; id á su casa, todavía señalada en las tradiciones, donde encontraréis el recuerdo de los castigos impuestos por su familia á la extraordinaria vocacion del santo; trasladaos á la humilde choza en que ve al Crucificado en sus éxtasis y traza la órden seráfica en sus meditaciones; salid luégo al templo-cenobio y sentiréis cómo un jóven falto de ciencia y de letras, movido sólo del amor, tras una vida exaltadísima por la intuicion de lo sobrenatural y la práctica de las predicaciones; tras un sacrificio contínuo por el bien de los demas hombres, puede tener en la piedad de los creyentes cuna sobrenatural y sobrenatural sepulcro; herir en la imaginacion de los poetas la tierra estéril y hacerla brotar un raudal de inspiraciones; promover y despertar en la mente plástica de los pintores un cielo de grandiosos pasajes que animen con místicas reverberaciones y extáticas figuras tablas y lienzo, bóveda y pared, claustros y altar; crecer en la fe de sus sectarios hasta el punto de que combatan y mueran por su persona ó por su doctrina, exaltando una y otra hasta los límites altísimos de la leyenda y convirtiéndolas en gracioso ideal de las venideras generaciones.

Nada hay más rico que la leyenda religiosa de San Francisco de Asis, y nada hay más sencillo que su vida histórica. Cierto comerciante de paños y una buena mujer son sus padres. El comerciante se llama Pedro Bernardone, y hace contínuos viajes allende los montes en tierra de Francia. Á la vuelta de uno de estos viajes, encuéntrase hermoso y esperado hijo allá por los años de 1182. La madre le habia puesto ya el nombre de Juan; pero el padre, en recuerdo y en agradecimiento á la tierra de Francia, donde se habia enriquecido, le puso el sobrenombre de Francisco. Su educacion fué algo esmerada, si se atiende á la rudeza de aquel tiempo. Aprendió medianamente el frances en las conversaciones con su padre, muy dado á este idioma, y tomó alguna tintura de latin eclesiástico en el mejor seminario de su pueblo. Su juventud pasó encendida en todas las pasiones y agitada por todos los placeres. Lo elegante de su apostura y lo escogido de sus maneras; la varonil belleza del rostro; la gracia y la fluidez de la diccion cierta vena poética para escribir versos; cierta dulzura para cantarlos, dábanle renombre de galante y traíanlo siempre entre jácaras, comidas, aventuras, bullicios, serenatas, amores y orgías. Habia en tales fiestas una especie de director á quien llamaban rey, dándole baston ó cetro á la mano y ciñéndole á las sienes rica corona de flores. El que tal cargo desempeñaba, distribuia los papeles en las farsas públicas; dictaba á cada cual las canciones y señalaba los sitios donde debia entonarlas; componia los coros y los ensayaba; concertaba las parejas en los bailes; presidia las comidas y las cenas. Así es que por las noches, en aquellas gozosas fiestas, al verlo pasar precedido de las músicas, acompañado de los humeantes hachones, dirigiendo numerosísima juventud que al són de los instrumentos entonaba deliciosos coros, llamábanle todos alegría de Asis, flor de sus campos, espejo de sus moradores. Su amor propio era tan grande que recogia aquellas alabanzas y las guardaba en la memoria, para repetirlas á cada instante; su ligereza tan extrema, que requeria de amores á todas las jóvenes y no se fijaba en ninguna; sus dispendios tales, que temia la familia verle disipar en las larguezas de sus placeres los ahorros de tantos tiempos consagrados á la economía y al trabajo.

La ambicion se juntó á sus demas pasiones para que ninguna de las tormentas humanas dejára de atravesar aquella alma. Los libros de caballería le trastornaron el seso. En la Edad Media no existia esta inmensa distancia que existe hoy entre la realidad y la imaginacion. Creíase hacedero el realizar con la voluntad lo soñado en la mente. Un caballo y una lanza; un pecho férreo y un brazo atrevido bastaban á dar seguridad de emprender las mayores aventuras en aquella tierra movediza, á cada paso abierta por las hendiduras de los volcanes, deshecha por los sacudimientos de los terremotos, trasformada por las contínuas catástrofes. Un reino desaparecia con la misma facilidad con que se formaba otro. Del Norte venian tribus y del Sur tambien que trastornaban geografía y política. La aparicion de un señor de Alemania en los Alpes ó de una legion de Arabia en Sicilia, bastaban á desconcertar todos los pueblos y á traer todas las guerras. Por las alturas constituíase cualquier desalmado en príncipe feudal con sólo tener fuerza á sujetar á los campesinos del llano y á limpiar de competidores el monte. Así es que al ir Gauthier de Brienne en demanda de Sicilia á disputar al grande Federico II, tan aborrecido de los Papas, la posesion del hermoso reino, pensó Francisco de Asis en seguirlo, en pelear á su lado, en ganarse á punta de lanza un castillo ó un reino donde saciar su sed de placeres y ejercitar la febril actividad de sus ambiciones. En sueños, despues de haber corrido muchas tierras, peleado con innumerables gentes, ganádose fama de héroe en repetidos encuentros y ruidosas víctimas, veia surgir de los abismos á los aires riquísimo castillo, medio fortaleza y medio palacio, con salones interminables donde campeaban, pendientes de las paredes, arneses, penachos, cimeras, cascos, lanzas, broqueles, manoplas, escudos todos riquísimos, capaces de deslumbrar los ojos más acostumbrados á la plata, al oro, á la pedrería y preguntando á quién pertenecian tantas maravillas, contestóle misteriosa voz que á él y á cuantos paladines le siguieran. Sus deseos febriles y sus ensueños inquietos llevábanle desde las aspiraciones del amor á las aspiraciones de la ambicion Su biógrafo Celano le pone en los labios esta palabra que no deja lugar á duda alguna sobre sus deseos de reinar: Scio me magnum principem futurum.

Al principiar el siglo décimotercio, las cruzadas retroceden, no porque hayan conquistado el sepulcro de Cristo definitivamente perdido para la cristiandad, á pesar de las victorias del gran Federico II; sino porque han conquistado las populares comunidades, iniciacion de la democracia sembrada para siempre en el suelo de Europa. La voz de los misioneros que siglos ántes produjera un pueblo nómada y armado, el cual desde nuestro continente se trasladaba al Asia y moria abrasado en el desierto por el fuego de las arenas y el fuego de la fe, esa voz que llevaba disuelto el espíritu católico, se estrellaba en el renacimiento de la libertad y en el creciente desarrollo del trabajo. Pero San Francisco, uno de los fundadores de la democracia religiosa que debia acompañar á la democracia política, fué á las últimas cruzadas, separacion verdadera entre el término de los tiempos feudales y el principio de los tiempos modernos. Con la misma alegría de siempre y con la misma ligereza, como si corriera á una de las procesiones ó á una de las fiestas de su valle, corre á las cercanas costas, se embarca en las pesadas galeras, aborda á las playas de Damieta, entra en el ejército cristiano, y no bastando á su exaltado celo y á su febril impaciencia la marcha lenta de aquellos caballos y caballeros abrumados bajo el hierro de sus armaduras pesadísimas, anda á pié por el desierto, penetra en el interior del África, se avista con el jefe de las tribus árabes de Egipto, le predica la fe cristiana, le propone mostrarle entrando en una hoguera y saliendo ileso la verdad del Evangelio y deja allí una órden de penitentes para que rodeen con sus plegarias y con sus martirios de una especie de escudo religioso y de fortaleza moral inexpugnable, el Santo Sepulcro que no han podido rescatar ni la autoridad de los reyes ni la fuerza de los ejércitos.

¿Cómo se ha verificado esta trasformacion maravillosa?

Á la edad de veinticuatro ó veinticinco años, terrible enfermedad le sobrecoge y le lleva á las puertas del sepulcro. Pero sale triunfante de esta prueba, y en la convalecencia extrañas visiones se dibujan confusamente por sus retinas caldeadas de ardentísima calentura é hinchan su corazon de amores hasta entónces desconocidos, como si toda su alma se desprendiese de las terrenales ligaduras y sobrepuesta al cuerpo se recreára en contemplarse á sí misma y en contemplar á traves de sus ideas, como á traves de claro vidrio, la imágen de Dios. La fuerza de la costumbre, sin embargo, le llevaba á sus antiguos placeres, cual si en ellos se encerrase toda su vida y lo confundia con sus antiguos amores, cual si no pudiese sin ellos pasar por este mundo. Un dia siente la ciudad estrecha, la tierra árida, sus amistades insípidas, sus amores vanos, la campiña de Asis como un desierto, el cielo como un pálido crepúsculo, sus ambiciones como fantasmas y se propone desasirse del mundo y perderse en ideal superior á la vida. Para llegar desde el torbellino y el huracan de todos los placeres á este rudo ascetismo, habia necesitado pasar por muchos y muy crueles tormentos. Lo que más le apenaba en tan suprema crísis, era el horror que sentia hácia sí mismo, el menosprecio de todo su sér, el remordimiento por su pasada vida, sus locos placeres, sus locas ambiciones. Aparecia deforme y monstruoso á la mirada más escudriñadora y más segura; á la mirada de su propia conciencia. Queriendo combatirse á sí mismo, se lanzaba al torrente de sus antiguas alegrías á ver si en el ruido y en el movimiento ensordecia su interior hasta no oir esas voces de reconvencion y de angustia que le trastornaban. Pero las fiestas públicas aumentaban su tristeza, el canto le sonaba á carcajada histérica, el vino le sabía á vinagre, los manjares á hiel, la hermosura á frio esqueleto, el amor á hastío, la amistad mundana á mentira, y sobre los trasportes del placer oia la salmodia de invisible entierro que llevaba á sepultar en lo pasado toda su existencia tal como hasta entónces habia sido. La soledad se convirtió en su única compañera. Allí, apartado del mundo, se veia frente á frente á sí mismo y analizaba sus pasados afectos y argüia contra sus ambiciones como contra sus pecados. Muchas veces los amigos le asaltaban, le sacudian para arrancarlo de aquel sueño, le llevaban á las fiestas; pero él, deseoso de no desmerecer á los ojos mundanos de aquellas gentes y no revelar las interioridades del alma, pretextaba buscar un tesoro, é iba á encerrarse en oscura caverna donde, entre ayunos, maceraciones y penitencias, se alejaba de toda su vida pasada y prometia y juraba abrazar otra vida contraria. Cuando entraba en la caverna semejaba un hombre de este mundo, y cuando salia semejaba un hombre de otro mundo, como si bajase de alguna region sobrenatural, como si trajese en su retina y en su frente resplandores de lejanos cielos, como si se trasparentára su recóndita alma. Habia perdido toda idea del tiempo y del espacio en que estaba, y tomado alas sobrenaturales y trasportádose á la tarde suprema del Calvario, donde veia las tinieblas en los cielos y los terremotos en la tierra; las piedras rompiéndose de dolor y las estrellas disipándose en cenizas, la ciudad proterva iluminada por el relámpago y el pueblo deicida iluminado por la ira; fuera los esqueletos de su sepulcro y velados los ángeles en las nubes; las santas mujeres confundiendo sus sollozos con los bramidos del huracan y el discípulo amado y la Vírgen Madre al pié de la cruz en cuyos brazos pendia el Hijo del Hombre sacrificado en desagravio al Eterno por rescate de todas nuestras culpas, con la cabeza caida sobre el pecho, las sienes traspasadas por espinas goteando sangre, abierto el costado, desgarradas las manos y desgarrados los piés, próximo á lanzar aquel último suspiro y aquel último gemido que llevó hasta la eternidad el eco de nuestros dolores y la sombra de nuestras acerbas tristezas en aquella última hora de la consumacion de todas las profecías por el holocausto de la divina víctima y del milagro de nuestra costosa redencion por el dolor y por el martirio. Y cuando habia visto todo esto con los ojos y tocádolo con las manos, sus sienes se taladraban, se abria su costado, llenábase de sangrientas nubes su vista, caíasele sobre el pecho la cabeza, llagábanse sus manos y sus piés, sentia en el alma todas las angustias como en el cuerpo todos los dolores del divino mártir, y salia por calles, por encrucijadas, por campos vertiendo lágrimas, pues aunque todos los seres creados llorasen por toda una eternidad la muerte de Cristo, no llegarian al dolor que tan sublime sacrificio debe merecer á la humanidad regenerada. Y la transfiguracion de Francisco es como la transfiguracion de Sócrates, como la transfiguracion de Cristo, como todas las grandes transfiguraciones, en el dolor y en el martirio.