I
En materia de ideas y doctrinas también hay modas: algunas, efímeras, que resultan de un estado morboso de los espíritus; otras, que duran más tiempo aunque carecen igualmente de fundamento sólido y provienen sólo de la necesidad que tiene el hombre de cambiar de camino, y otras, por último, a las cuales puede más bien no sentarles el nombre de modas, y que son el fruto del señalamiento de una nueva senda, de la formación de alguna síntesis que viene a esclarecernos un poco los problemas de la vida.
Las doctrinas científicas estrictamente tales, han estado expuestas continuamente a esta alta y baja marea de la inconstancia y de la impaciencia humanas. Si la ciencia no ha satisfecho pronto todas las aspiraciones del hombre, éste se hace escéptico por algún tiempo para volver a la ciencia de nuevo, después de haber dado algunas manotadas en el vacío.
Un caso de escepticismo semejante ha podido verse por algún motivo en el pragmatismo y, por tal razón, los tradicionalistas, no entendiéndole por completo y no exprimiéndole todo el jugo y la sustancia que encierra, lo han recibido alborozados y lo han anunciado al mundo con los más alegres tañidos de sus campanas.
El pragmatismo está a la fecha de moda en el campo de la filosofía, y es de presumir y en parte (en cuanto rechaza todo dogmatismo) de esperar, que no sea una moda pasajera. Las revistas traen casi en todos sus números artículos y notas destinadas a su defensa o a su ataque, libros enteros se han consagrado a discutir sus concepciones y ha dado la materia para acaloradas controversias en los congresos filosóficos. Hasta un médico me decía, no ha mucho, que la última palabra en achaque de curaciones era la terapéutica pragmática.
El pragmatismo se ha levantado en contra del materialismo y de la ciencia, haciendo suyas arcaicas banderas, pues como lo dice su principal adalid, «el pragmatismo es un nuevo nombre para viejas maneras de pensar».
Su principal campeón es el eminente psicólogo de la Universidad de Harvard, Mr. William James, autor de los Principios de Psicología, de la Experiencia Religiosa y de muchos ensayos filosóficos.
He tomado como fuente para escribir este estudio, ocho conferencias, dadas por Mr. James en Boston y en Nueva York, en la Columbia University, en Diciembre de 1906 y en Enero de 1907 respectivamente, y publicadas después en un volumen con el título de Pragmatismo[13].
Este término se deriva del griego, significa acción, su raíz es la misma de donde han provenido nuestras voces «práctico» y «práctica». Fué introducida por primera vez en la filosofía por Mr. Charles Peirce en 1878, quien en un artículo publicado en el Popular Science Monthly, afirmaba que nuestras creencias son sólo reglas para la acción y que para comprender bien el sentido de una idea necesitamos sólo determinar qué clase de conducta será adecuada a producir. Esta conducta es para nosotros su único significado. Para alcanzar perfecta claridad en nuestros pensamientos respecto de un objeto, necesitamos considerar exclusivamente qué efectos producirá en la práctica dicho objeto, qué sensaciones debemos esperar de él y qué reacciones debemos preparar.
Estos son los principios pragmáticos de Mr. Peirce, que permanecieron completamente desconocidos durante veinte años, hasta que en 1898 empezó Mr. James a propagarlos.
«En esta fecha, dice nuestro autor, los tiempos parecían haber madurado para recibirlos. El término pragmatismo se ha extendido y ahora ocupa las páginas de todos los periódicos filosóficos.»