III

Veamos primero el lado lógico y psicológico de nuestra doctrina. Se presenta desde luego con caracteres un poco vagos, cuyo primer efecto es sorprender y extrañar al lector. Tomando en cuenta nada más que la pura creencia, no cabe negar que las ideas pragmáticas son inmejorables. El autor se concreta exclusivamente al campo subjetivo de la simple creencia y casi niega la posibilidad del saber objetivo. Él dice que niega la existencia de la verdad a la manera como la entienden los racionalistas, es decir, como una entidad exterior a nosotros, como un arquetipo, como una cosa objetiva, inmutable y eterna, respecto de la cual nuestra misión sea tratar de conocerla.

Tales afirmaciones hacen pensar en que cierto suave vapor de escepticismo mariposeara en la mente de nuestro filósofo; pero muchos párrafos de sus conferencias prueban que está muy lejos de ser un escéptico en el sentido corriente de este vocablo.

Con lo que dijimos de Mr. Peirce y su manera de entender los principios de la nueva escuela que él fundó, tenemos ya algunos caracteres de lo que es o debe entenderse por verdad.

En el curso de la obra de Mr. James se afirman estos mismos caracteres y se diseñan otros. Veamos algunos.

Todas las representaciones e imágenes y todos los sistemas filosóficos dependen para nuestro filósofo de los temperamentos de los pensadores. Probablemente en la mente del autor está el sostener que esta es una afirmación que tiene valor sólo para la mera creencia, pero él nada dice al respecto y su proposición se halla establecida sin distinciones.

«La historia de la filosofía es en una gran extensión la de cierto antagonismo de los temperamentos humanos. Aunque esta manera pueda parecer poco digna a alguno de mis colegas, tengo que tomar cuenta de este antagonismo y explicar por él un buen número de las divergencias de los filósofos. Es cierto que un filósofo de profesión trata ante todo de ocultar el hecho de su temperamento, porque éste no se halla reconocido convencionalmente como una fuerza dotada de razón, y funda sus conclusiones sólo en razones impersonales. Pero su temperamento tiene una influencia más fuerte que cualquiera de sus premisas más estrictamente objetivas. Él confía en su temperamento. Necesitando un universo que esté de acuerdo con él, cree en la representación del universo que esté de acuerdo con él.»

«Siente que los hombres de un temperamento opuesto al suyo se encuentran fuera de la clave del carácter del mundo y son incompetentes para ocuparse de asuntos filosóficos.»

Los distintos temperamentos dan lugar en filosofía a dos tendencias o escuelas principales: los racionalistas y los empíricos. Los primeros son los partidarios de los principios abstractos y eternos, y los segundos lo son de los hechos en toda su cruda y desordenada variedad. (Lover of facts in all their crude variety).

No se puede negar que esta clasificación es simple en demasía. Así lo reconoce también el autor.

No pasaremos más adelante sin decir que no es exacto colocar al empirismo como desprovisto de principios.

Las grandes leyes de la naturaleza son los principios del empirismo, dentro del cual la crudeza de los hechos no impide la formación de grandes síntesis, que tienen el mérito de no ser a priori, sino fundadas en la experiencia.

«Pero estas dos corrientes tienen el inconveniente de ser demasiado extremas; la una se aleja por completo de los hechos y queda muy en el aire; la otra carece de espíritu religioso, se pierde en la multiplicidad de los hechos y hace del hombre un juguete de fuerzas mecánicas inferiores.»

No estará de más también intercalar aquí, que dentro de las doctrinas deterministas, empíricas y científicas el hombre no es sólo un juguete sometido a las leyes naturales, sino que por medio del conocimiento de esas mismas leyes y formando ideales que son creaciones de su mente, puede a su vez ser un transformador de la naturaleza y de la sociedad. Evidentemente nuestro autor debe de referirse a un empirismo muy restringido.

Continúa Mr. James:

«Lo que ustedes necesitan es una filosofía que no sólo ejercite sus poderes de abstracción intelectual, sino que los mantenga también en conexión con este actual mundo de vidas humanas finitas. Ustedes necesitan un sistema que combine las dos cosas, la lealtad científica hacia los hechos, la disposición a tomar cuenta de ellos y el espíritu de adaptación por un lado, y por otro la antigua confianza en los valores humanos y en la espontaneidad que de ellos resulta. Y tal es su dilema: Ustedes encuentran ambas partes de su quaesitum separadas y sin esperanzas de unirse. Ustedes encuentran el empirismo del brazo con el inhumanismo y la irreligión, o la filosofía racionalista que puede llamarse a sí misma religiosa, pero que se mantiene fuera de toda relación definida con los hechos concretos, con las alegrías y las penas.»

Este modo de presentar al pragmatismo nos choca un poco. Según los pragmatistas, al estudiar un sistema filosófico no se debe preguntar uno si es verdadero o falso en sus líneas generales, sino si le conviene o no le conviene. El pragmatista les dice a sus neófitos: yo les recomiendo este sistema, no porque sea verdadero, sino porque es el que ustedes necesitan. De la verdad o error objetivo que él encierre no nos preocupamos. Es cierto que puede afirmarse que se habla de conveniencia, en cuanto conveniencia intelectual, es decir, como de un cuerpo de doctrinas dotado de consistencia intelectual y exento de contradicciones.

Por supuesto, Mr. James habla más adelante una vez de la consistencia intelectual; pero ahora se refiere más bien seguramente a la conveniencia entendida en un alto y total sentido humano.

Así continúa:

«Ofrezco esta cosa singularmente llamada pragmatismo como una filosofía que puede satisfacer ambas aspiraciones. Puede permanecer religiosa como el racionalismo, pero al mismo tiempo, de acuerdo con el empirismo, puede estar en el más fecundo contacto con los hechos.»

Fuera de afirmar esos principios que envuelven una negación de la verdad objetiva, y sobre lo que tendremos que volver en más de una ocasión, el pragmatismo es muy principalmente un método.

«El método pragmático es ante todo un método para fijar las cuestiones metafísicas que de otra manera podrían ser interminables. ¿Es el mundo uno o vario, determinado o libre, material o espiritual? Estas son nociones que pueden ser o no ser verdaderas respecto del mundo, y disputas sobre tales nociones no tienen fin. El método pragmático consiste en cada caso en tratar de interpretar una noción por las consecuencias prácticas que pueden desprenderse de ella. ¿Qué diferencia podrá haber para mí en que esta o aquella noción sea verdadera? Si no se puede trazar ninguna diferencia práctica, entonces las alternativas significan prácticamente la misma cosa y la discusión es ociosa.

«El pragmatismo se aparta de toda abstracción (no se dice si con base o sin base), de toda solución verbal, de las razones malas a priori, de los principios fijos (¿no hay naturales entonces?), de los sistemas cerrados. Busca lo concreto, los hechos (¿sin explicarlos por medio de inducciones?).

«Por lo demás, el pragmatismo no se interesa por ningún resultado especial; es sólo: 1.º, un método, y 2.º, una teoría genética de la verdad.

«Pero si seguís el método pragmático no podéis considerar ningún término (de estos con que se designan los grandes principios: Universo, Dios, Materia, Razón, lo Absoluto, la Energía) como una solución que ponga fin a vuestras investigaciones. Necesitáis sacar de cada término un valor práctico (practical vash-value), ponerlo a la obra en la corriente de vuestra experiencia. Es, pues, antes que una solución un programa para nuevos trabajos y especialmente una indicación de cómo pueden cambiarse las realidades existentes.»

Sobre esta admirable tendencia meliorista del pragmatismo tendremos que volver más adelante.

Ante todo conviene que dejemos bien establecido que el pragmatismo no se interesa (teórica y especulativamente) por ningún resultado especial y que «no rechaza ninguna hipótesis si se desprenden de ella consecuencias útiles para la vida.»

Un pragmatista puede ser ardoroso socialista y otro al mismo tiempo reposado individualista; de igual suerte no hay que admirarse si un pragmatista es ateo y otro deísta. Lo único que está reñido con lo más íntimo de su idiosincrasia es el dogmatismo y cuanto trabe su acción meliorista. No puede ser dogmático: su espíritu está abierto a todos los vientos de la experiencia, y los resortes de su actividad listos para girar en el sentido de la mayor conveniencia humana.

Sin embargo, este es el caso de distinguir entre los principios de la doctrina y las consecuencias que el autor saca de ellos. Estas son tan determinadas y tan armónicas, que cuesta creerle al autor que no se interese por ningún resultado especial.

Concluyamos de definir la concepción pragmática de la verdad.

«La verdad significa el acuerdo de nuestras ideas con la realidad, así como la falsedad significa su desacuerdo.

«Los pragmatistas y los intelectualistas aceptan esta definición como indiscutible. Principian a reñir sólo cuando se presenta la cuestión de qué se entiende por el término acuerdo y qué por el de realidad, tomada esta como una cosa que reclama de nuestras ideas que se encuentren de acuerdo con ella.

«Al responder a estas preguntas, el pragmatista es más analítico y cuidadoso, el intelectualista más ligero, superficial (offhand) e irreflexivo. La creencia popular es que una idea verdadera debe ser una copia de la realidad a que se refiere. Los intelectualistas presumen además que verdad, quiere decir esencialmente la existencia de una relación estática, inerte. Cuando habéis logrado tener una idea verdadera respecto de algo, habéis llegado a un fin en cierta materia. Usted se halla en posesión de la verdad, usted sabe, usted ha cumplido con su destino de pensador, usted se encuentra donde debía estar mentalmente, usted ha obedecido a su imperativo categórico y no necesita seguir más allá de esa cima de su destino racional. Epistemológicamente usted se halla en equilibrio estable.

«El pragmatismo, por otro lado, formula su acostumbrada pregunta. Si se discute si una idea es verdadera o falsa, interroga él: ¿Qué concreta diferencia se desprenderá para la vida actual del hecho de que sea verdadera o no? ¿En qué forma se realizará esta verdad? ¿Qué experiencias nos resultarían distintas por el hecho de ser verdadera y no falsa la creencia? ¿Cuál es el valor de la verdad en términos experimentales?

«La respuesta del pragmatista es la siguiente: Ideas verdaderas son aquellas que nosotros podemos asimilar (?), validar, corroborar y verificar. Ideas falsas son aquellas con las cuales no podemos hacer esto. La verdad de una idea no es una propiedad estacionaria, inherente a ella. La verdad suele residir en una idea (Truth happens to an idea). Esta puede llegar a ser verdadera por los acontecimientos. Su verdad es un suceso, es un proceso de verificarse, su veri-ficación. Su validez es el proceso de su valid-ación.

«Las voces mismas verificación y validación significan, pragmáticamente, ciertas consecuencias prácticas de la idea verificada y validada.

«La posesión de la verdad, lejos de ser un bien en sí mismo, es únicamente un medio preliminar para otras satisfacciones vitales. Si me encuentro perdido en un bosque y a punto de perecer de fatiga y encuentro la huella de las patas de una vaca, es de suma importancia que yo infiera la existencia de una habitación humana al fin del sendero, porque si razono así y sigo las huellas, me salvo. El pensamiento verdadero es útil aquí, porque la casa que constituye su objeto lo es también. El valor práctico de las verdaderas ideas depende, de esta suerte, primeramente de la importancia práctica que su objeto tenga para nosotros. Los objetos o contenidos de tales ideas no son efectivamente importantes en todo tiempo. En otra ocasión puedo no preocuparme de tal casa, y mi idea de ella, aunque verificable, estará prácticamente desprovista de valor y hará mejor en permanecer latente. Usted puede, pues, decir de una verdad que es útil porque es verdadera y que es verdadera porque es útil. Ambas proposiciones (!) significan exactamente la misma cosa y en particular que hay una idea que ha sido completada y que puede ser verificada.

«Las realidades son, o hechos concretos o especies abstractas de cosas y de relaciones percibidas intuitivamente entre ellas. Además, y en tercer lugar, el término realidad quiere decir el conjunto de verdades que poseemos en un momento dado, porque nuestras nuevas ideas deben ser tomadas en cuenta. Estar de acuerdo con esta triple realidad quiere decir únicamente el poder ser guiado, o directamente hacia ella o hacia sus inmediaciones (surroundings), o el ser puesto de tal manera en contacto con ella que sea posible manejarla a ella misma o a algo relacionado con ella, mejor que si estuviéramos en desacuerdo. La cosa esencial es el proceso de ser guiado.

«Nuestra explicación de la verdad es una explicación de las verdades (en plural), de los procesos que sirven para guiarnos y conducirnos. La verdad, para nosotros, es simplemente un nombre colectivo relativo a algunos procesos de verificación, como lo son igualmente los términos de salud, riqueza, fuerza, que designan otros procesos relacionados con la vida. El concepto de verdad se forma, lo mismo que los de salud, riqueza y fuerza en el curso de la experiencia: es una abstracción creada por el hombre. Las verdades emergen de los hechos y reaccionan después profundamente sobre éstos y agregan algo a ellos. Los hechos en seguida crean o revelan nuevas verdades, y así indefinidamente. La experiencia cambia sin cesar y nuestras proposiciones sobre la verdad tienen que cambiar también.

«Las teorías son instrumentos para la acción (práctica o intelectual) y no soluciones de enigmas en que podemos descansar, (answers of enigmas in which we can rest).»

Las verdades, por otra parte, son simplemente el resultado de una transacción entre ideas antiguas y nuevas. «El individuo tiene un stock de viejas opiniones. Las nuevas experiencias las obligan a extenderse, ampliarse, dilatarse. Algunas de estas resultan en contradicciones con aquellas, de donde proviene una perturbación interior que sorprende a su mente y de la cual trata de librarse modificando su masa de opiniones previas. Salva de estas todas las que puede, porque en materia de creencias somos extremadamente conservadores. Así, trata de cambiar primero una opinión y después otra, hasta que al fin alguna idea nueva logra introducirse en el antiguo stock con la menor perturbación posible. Ideas objetivas que no estén sometidas a este proceso no existen.»

Agreguemos un último rasgo para terminar con los perfiles de la verdad, entendida según las concepciones pragmatistas.

«Con el desarrollo de las ciencias, dice nuestro autor, ha ganado terreno la noción de que las más de las leyes, tal vez todas, son sólo aproximaciones. Las leyes mismas han llegado a ser tan numerosas que ya no se pueden contar y se proponen tantas fórmulas opuestas en todas las ramas de las ciencias, que los investigadores han llegado a acostumbrarse al concepto de que ninguna teoría es absolutamente la trascripción de la realidad y de que todas ellas son utilizables desde algún punto de vista.»