ANDRÉS BELLO
Obras completas de Don Andrés Bello.—Quince volúmenes. Santiago de Chile.—1881-1893.
En el año de 1872 votó el Congreso nacional de Chile una ley para que se ordenase é imprimiese á costa del tesoro público la edición completa de las obras tanto publicadas como inéditas de Andrés Bello, en recompensa (dice el texto de la ley) á los servicios por él prestados como escritor, profesor y codificador. La edición, llevada á cabo bajo la dirección del Consejo de Instrucción pública, es sin disputa hermoso monumento elevado en honor del que es gloria reconocida de toda la América que habla la lengua de Cervantes: quince gruesos volúmenes en octavo grande, en condiciones tipográficas bastante buenas, precedidos todos de los datos y noticias necesarias, y acopiando, bien en el cuerpo de los tomos, bien á veces en esas mismas introducciones, cuanto se ha podido encontrar debido á la pluma del ilustre venezolano, tanto entre sus manuscritos como en los más antiguos y olvidados papeles periódicos donde escribió en el curso de su larga vida.
Invitado Bello por el gobierno chileno, fué á establecerse en Santiago el año de 1829; tenía entonces cuarenta y ocho años, una familia numerosa formada en Inglaterra, donde había residido diez y nueve años y se había casado dos veces. Durante esa larga estancia en tierra extranjera había sido secretario de las legaciones de Venezuela, de Chile y de Colombia en varias ocasiones, además periodista, profesor en casas particulares, traductor, descifrador de manuscritos, luchando de mil maneras para ahuyentar la miseria y sostener su familia. Pero el sueldo de diplomático era corto y siempre mal pagado, los otros trabajos inseguros ó mezquinamente retribuídos, y el pobre hombre, á pesar de su instrucción extraordinaria é infatigable laboriosidad, se acercaba en las más precarias condiciones al límite fatal de los cincuenta años, sin recursos de fortuna y agobiado por necesidades domésticas. No le era ya dado pensar en volver á Caracas, su ciudad natal; sobre no estar satisfecho del modo como en su ausencia lo habían tratado ni del aprecio con que sus jefes, Bolívar mismo incluso, habían correspondido á sus servicios, ya en ese año de 1829 se veía venir inevitable la disolución de Colombia y la anarquía propagarse terriblemente en Venezuela.
Aceptó, pues, las proposiciones, salió para Chile y halló aquello de que iba en busca: seguridad de la existencia material y campo donde ejercer sus grandes facultades de literato, periodista, educador del país, maestro de la juventud. Treinta y seis años más debía vivir, residiendo siempre en la ciudad de Santiago hasta su muerte en Octubre de 1865, á la respetable edad de ochenta y cuatro años. El gobierno chileno le confirió desde luego la categoría de empleo que había ofrecido, lo nombró al poco tiempo Oficial mayor del Ministerio de lo Exterior y gradualmente fué otorgándole cargos y honores: Rector de la Universidad, Senador, Comisionado especial de la redacción de códigos, etc. Después de su muerte se le han erigido estatuas, se ha celebrado con entusiasmo en 1881 el centenario de su nacimiento, se ha publicado en fin esta hermosa edición de sus obras, costeada por fondos públicos y regalada en parte á la familia, á los herederos de Bello.
Se ha mostrado, por tanto, la república de Chile noblemente agradecida al ilustre varón venezolano que la hizo su segunda patria. Pero antes de tocar al período de los triunfos tuvo Bello que pasar momentos muy amargos. Desde su llegada, encontrándose el país en situación bastante incierta, en vísperas de sangrientas discordias, se vió forzado por las circunstancias á colocarse, ó parecer colocado, del lado de uno de los dos partidos que se disputaban el porvenir de la república. Afortunadamente salió victorioso el partido á que se inclinó: de ahí que pudiese permanecer tranquilamente y dejar al tiempo traerle los honores y el respeto que sus grandes méritos justificaban; pero de ahí también surgieron enemistades y rencores que en seguida lo expusieron á rudos ataques, durante muchos años después á insultos y alardes enfadosos de desdén. Todavía en 1835, seis años después de su naturalización, un chileno distinguido, justamente llamado "patriota venerable" por Amunátegui en su copiosa é interesante Vida de Don Andrés Bello, calificó de miserable aventurero al insigne autor de la silva á la Zona tórrida.
Recibir cara á cara tal expresión de vilipendio á los cincuenta y cuatro años de edad, después de haber escrito obras inmortales, y en un país, que si no es la patria, es lo más próximo posible, por la identidad de la lengua, de las costumbres, de las tradiciones y hasta de los infortunios, debe exceder al dolor físico más punzante. Huella profunda del efecto que ese y otros ataques le causaron aparecen en varios de sus escritos, á pesar de su calma y moderación ingénitas; señaladamente en una muy sentida octava de un apóstrofe al campo con que comienza el canto tercero del poema El Proscrito, que dice así:
¡Al campo! ¡Al campo! Allí la peregrina
Planta, que floreciendo en el destierro
Suspira por su valle ó su colina,
Simpatiza conmigo; el río, el cerro
Me engaña un breve instante y me alucina:
Y no me avisa ingrata voz que yerro,
Ni disipando el lisonjero hechizo
Oigo decir á nadie: ¡advenedizo!
Pero dadas las condiciones en que se encontraba no debe extrañar sobremanera que fuese cruelmente atacado, ni sería justo deducir cargo demasiado severo contra Chile. En cualquiera otra parte probablemente le hubiera sucedido lo mismo, y es seguro que allí por lo menos obtuvo á la postre grandes y justas compensaciones.
Antes de fijar brevemente nuestra atención en la parte poética de la obra de Bello, haremos ligera indicación de los escritos coleccionados en los demás volúmenes, prescindiendo de los cinco últimos tres de los cuales comprenden exclusivamente sus trabajos como jurisconsulto y codificador, y los otros dos artículos ó científicos ó de viajes ó de algún otro asunto, pero todos de importancia mucho menor.
El tomo primero contiene la Filosofía del entendimiento, tratado póstumo de psicología y lógica, que el autor á su muerte tenía copiado en limpio y preparado para la impresión. Su principal importancia consiste en revelarnos las doctrinas que enseñaba Bello á sus discípulos; fuera de eso es materia completamente envejecida. Su larga estancia en Inglaterra lo impulsó á abrazar la filosofía allí entonces imperante, los sistemas de la escuela escocesa, muy en consonancia, además, con sus tendencias espiritualistas y con su modo práctico de considerar los problemas de la ciencia y de la vida. Entre los varios filósofos que escribían ó profesaban en ese tiempo parece haber preferido, aunque á veces refutándolo, á Thomas Brown, poeta también y prosista distinguido. Pero los libros de Brown están ya completamente olvidados aun en Inglaterra misma, y nada ó casi nada queda hoy de sus aplaudidas doctrinas filosóficas. El tratado de Bello se distingue por la claridad de la exposición y la excelente distribución de sus partes; es un libro de enseñanza, del género de los que compuso el presbítero Balmes, y si no escrito con la animación y brillantez que distinguen al polemista catalán, tiene en el fondo más solidez y más sinceridad en la discusión, y la forma es mucho más correcta, á pesar de que Bello distaba mucho de escribir en prosa tan bien como en verso.
El tomo segundo encierra el antiguo poema ó Gesta del Cid, conforme á una nueva versión corregida del texto publicado por Sanchez á fines del siglo XVIII, con más de cien páginas de notas repletas de erudición y muy sagaces conjeturas, dos apéndices sobre la lengua y literatura españolas de la Edad media y un glosario, no tan flaco y desprovisto como el de Sanchez y otros, después del de Sanchez, publicados en España.
Las materias de estos dos primeros volúmenes adolecen del mismo mal. Muy notablemente tratadas para la época de su composición tienen gran valor en la historia de la vida de Andrés Bello, pero menos utilidad é interés directo para filósofos ó eruditos al corriente de la ciencia de nuestros días. La psicología escocesa, aun mirada al través de los universitarios franceses, parece hoy una curiosidad histórica, una antigualla. El texto del poema del Cid descifrado por Sanchez no es ya la base para edificar una nueva edición; el códice del siglo XIV que ese benemérito literato tuvo la suerte de descubrir no ha sido bien transcrito hasta una época posterior, en uno de los últimos tomos de la Biblioteca de Rivadeneyra, y mucho mejor en la edición de Halle publicada por el sabio alemán Volmöller[69]. Careció por tanto Bello de los elementos indispensables, y es muy de admirar por lo mismo que á veces adivinase detrás de las mentiras de la copia del siglo XIV la versión probable del original antiguo. Otras veces sugiere cambios menos aceptables, dando por sentado respecto al metro y otros puntos dudosos soluciones difíciles de justificar. Si el trabajo se hubiese publicado cuando lo proyectó y comenzó á ejecutarlo, cuando acudía diariamente al Museo británico á reunir sus materiales y acopiar el inmenso número de extractos y apuntes que se llevó á Chile, hubiera ocupado inmediatamente ese modesto hijo de Venezuela el primer puesto entre los sabios de Europa dedicados al estudio de la literatura de las naciones latinas durante la Edad media. Ya en 1829 sabía Bello sobre los cantares de gesta, los romances, las crónicas y en general sobre la lengua literaria de España más de lo que llegó nunca á saber Amador de los Ríos, que en esas materias pasaba en su tierra por un pozo de sabiduría.
La Gramática castellana con las excelentes notas de Cuervo llena todo el cuarto; en el quinto están reunidos el compendio de la misma gramática y sus trabajos menores del mismo género: análisis de la conjugación, métrica, etc. En ese terreno no tiene rival. Su utilidad práctica puede ir disminuyendo con el tiempo, pero el nombre del autor, príncipe de los gramáticos españoles en el siglo XIX, no morirá.
El tratado de Derecho internacional, cuya primera edición data de 1832 y unánimemente se considera como un modelo de libro de texto, por otros imitado y no mejorado, ocupa el tomo décimo, así como el noveno los Opúsculos jurídicos. Ambos volúmenes revelan su profundo dominio de las teorías del derecho, tan hábilmente aplicadas luego en los cinco últimos á la redacción de las leyes, que rigen y regirán siempre, más ó menos modificadas, en Chile.
Cuantos documentos son necesarios para seguir su vida literaria se hallan bajo el rótulo de Opúsculos literarios y críticos en los tomos cuarto, séptimo y octavo: ahí reaparecen sus artículos insertos en periódicos de Londres y de Santiago, en la Biblioteca, El Repertorio, Los Anales, El Araucano y varios otros; sus discursos de la Universidad, sus memorias oficiales, y en los prólogos de don Miguel Luis Amunátegui, escritos para cada uno de los tomos, se encuentran hasta fragmentos de artículos no concluídos descubiertos entre sus manuscritos. Todos ellos por desgracia, los conocidos y los inéditos, confusamente amontonados sin orden de materias ni de fechas.
Amunátegui, prologuista infatigable, que antepone á cada uno de los diez primeros volúmenes de esta edición largas introducciones desaliñadamente escritas, pero repletas de datos y rebosantes en amor y admiración hacia el famoso varón que fué su maestro, ha tenido la suerte de extraer de los manuscritos fragmentos interesantes, y aun alguna vez trabajos completos y valiosos. Halló en ellos un verdadero filón, pero no fácil de beneficiar. Bello usaba forma de letra malísima y en los últimos períodos de su vida escribía en caracteres microscópicos, desiguales y borrosos, que ni con fuerte vidrio de aumento se dejan fácilmente descifrar y exigen gran dosis de paciencia y conciencia en el descifrador. Varias de las obras antes inéditas estarán probablemente en esta edición cuajadas de errores nacidos de esa causa, y el mismo Amunátegui lealmente lo advierte y nos facilita armas para atacarlo en su función de lector de los jeroglíficos de Bello.
Figuróse una vez haber encontrado versos en un papel, más cuidadosamente examinado resultó ser un viejo borrador de artículos para el Código civil. Otra vez en cambio tuvo la dicha singular de poner la mano nada menos que sobre el final perdido de la epístola á Olmedo, de los hermosos tercetos que en 1827 dirigió Bello á su amigo con el título de "Carta escrita desde Londres á París por un americano á otro", y de los cuales había publicado hasta completar el número de cincuenta y uno el mismo Amunátegui en su vida de Don Andrés, edición de 1882, deplorando que faltase el final ó no hubiese el autor llegado á escribirlo. Con muy legítima satisfacción, por tanto, procedió á insertar en la introducción al tomo de las poesías en estas Obras Completas nueve estrofas más: ocho tercetos y el cuarteto que definitivamente las cierra.
El primer hallazgo era una fortuna, resolvía una duda bibliográfica, pero nada añadía á la reputación del poeta: antes al contrario parecía bien extraño que en la fuerza de sus años escribiese Bello terceto tan áspero y rocalloso como éste:
Y en todos sus oráculos proclama
Que al Magdalena y al Rimac turbioso
Ya sobre el Tiber y el Garona ama.
O que poeta tan sobrio y conceptuoso echase á volar este verso insulso y palabrero:
Bella visión de cándidos cristales.
No había semejante cosa, tales adefesios no eran de Bello, eran mala lectura del manuscrito, y por dicha se pudo rectificar el verso.
La epístola acaba con una apoteosis á la antigua moda clásica. Olmedo se sienta en el Parnaso entre las Musas que entonan un himno en su loor; y para hacer más cumplido y delicado el elogio pone Bello en boca de las nueve hermanas versos del mismo Olmedo, versos tomados del magnífico canto á la victoria de Junín, donde se dice:
Que ni Magdalén y al Rimac bullicioso
Ya sobre el Tiber y el Eurotas ama.
De esa manera un río clásico, el río de Esparta, viene á sustituir al Garona, el río de Burdeos, que tan impertinentemente se pretendió hacer correr por esa región de pura poesía. Lo mismo acontece con la visión absurda de cándidos cristales, que eran y debían ser cándidas vestales, como había escrito Olmedo. Et sic de caeteris.
Bello no caerá en el olvido ni como gramático ni como filólogo; en Chile es seguro que no se borrará su fama de legislador: pero los timbres indelebles de su gloria estarán siempre en sus obras poéticas. Es por consiguiente el más interesante de los tomos de esta edición el tercero, en el que por primera vez se encuentra completo, reunido cuanto de bueno, de mediano y de insignificante compuso ó tradujo en verso, hasta donde ha sido posible sacarlo de sus casi ilegibles manuscritos. La colección es muy superior á la que en 1881 apareció en Madrid en la Colección de Escritores castellanos, aseméjanse ambas solamente en el número considerable de erratas, pero esto es cosa corriente: el corregir erratas de imprenta parece un arte perdido, ignorado de casi todos los que en Europa y América publican libros en español.
Esa edición de Madrid tiene el mérito de llevar al frente un estudio biográfico y crítico por Don Miguel Antonio Caro, pero comete el crimen de mutilar lastimosamente al poeta suprimiendo hasta cuarenta y seis versos de una de sus mejores obras, la Alocución á la poesía, simplemente porque aluden á España, á las crueldades de la conquista y de la guerra de independencia. El trabajo de Caro es muy notable, elegantemente escrito y de sólida doctrina, salvo en alguno que otro lugar en que el distinguido literato colombiano afirma en forma demasiado concluyente é imperiosa su gusto y su impresión personal. Por ejemplo, cuando en marcado son de vituperio llama intemperante el lirismo de Quintana, como si templanza y lirismo casi siempre no se excluyesen, y como si el lirismo mientras más genuino y más sincero no pudiese correr el riesgo de parecer intemperante, sin perder por eso su valor poético ni aminorar la intensidad de su efecto artístico. En otra parte celebra un poco más de lo justo una oda juvenil de Víctor Hugo, Moisés en el Nilo, para poder mejor dar al traste con todo lo demás que compuso el autor de Las Contemplaciones. Pero el punto de vista en que agrada aquí á Caro colocarse es el más propio y oportuno en un juicio crítico[70] de las poesías de Bello, é indisputablemente las juzga con íntima simpatía y tino singular.
Cuando Bello en 1810, á los veintinueve años de edad, salió de Caracas, su patria, que nunca debía volver á ver, formando parte de la primera misión diplomática que se mandó á Europa, en la que entre otros iba también Simón Bolívar, nada había escrito todavía digno de ser puesto hoy en parangón con sus obras posteriores. En el curso de la segunda mitad del período de su dilatada residencia en Inglaterra publicó en la Biblioteca y el Repertorio, las dos revistas en cuya dirección tomó parte principal, las Silvas Americanas, maravillosa obra maestra de toda la literatura en lengua castellana, pues por su magnífica é intachable dicción se eleva hasta igualar lo mejor que jamás se escribió en España, y por su asunto, sus imágenes y la amplitud de sus ideas lleva el sello profundo de la grandeza y novedad del mundo americano. Esas dos composiciones, los fragmentos que constituyen la Alocución á la Poesía y la silva á la Agricultura de la zona tórrida, exceden á todo lo que escribieron Olmedo y Heredia, sus grandes rivales en América, aunque por otra parte esos dos poetas brillantemente le superen por la espontaneidad, el vigor y la variedad de la inspiración lírica.
Bello es un admirable poeta didáctico, didáctico á la manera del autor de las Geórgicas, y basta á determinar bien la cifra de los quilates de su mérito recordar que la comparación, hecha y repetida infinito número de veces, no es un simple manoseado lugar común, un consorcio vago y caprichoso de nombres ó una indulgente concesión de apasionados; quiérese realmente con ella significar que creó el autor americano, á ejemplo y en libre imitación de Virgilio, algo casi tan bueno como muchos buenos trozos de los cuatro libros de esa célebre producción latina, que la recuerda y á menudo la iguala tanto en la parte puramente descriptiva como en los admirables episodios; salvo por supuesto la enorme desventaja que consigo trae la inferioridad literaria de la lengua moderna al lado de la antigua. Pero Bello, es claro, considerado bajo otro aspecto dista demasiado de Virgilio. Las Geórgicas anuncian, preparan, no en el estilo, ya perfecto, sino en el conjunto de las otras cualidades, al futuro cantor de la Eneida, y Bello, superior igualmente como erudito y como perfecto versificador, no podía aspirar á las alturas de poesía épica desde donde fulgura eternamente el genio del vate famoso de "la alta Roma".
Analizar ahora esas producciones de la época mejor de Bello sería empresa inútil, ya muy bien desempeñada por Amunátegui, Cañete, Pombo y varios otros distinguidos escritores, y en primera línea por Caro y por Menéndez y Pelayo.
En 1829, como va dicho, se estableció Bello en Santiago de Chile; entregado inmediatemente á monótonas y apremiantes ocupaciones cultivó poco la poesía, publicó menos aun de lo que á ratos perdidos escribía para su propio solaz. La necesidad de congraciarse el afecto de la nueva patria lo movió á cantar dos veces, con once años de intervalo, el Diez y ocho de Septiembre, fecha oficial de la independencia de la república; y es bien de admirar que esas dos odas así tituladas y nacidas en condiciones tan de poeta cortesano, sean lo que son: dignas de Fray Luis de León por su tono solemne y elevado. Imitan claramente las producciones del gran lírico castellano y ascienden sin desfallecer al mismo nivel de estilo y entonación. En la primera, la de 1830, es de notarse la siguiente estrofa por la energía de la expresión, aunque la imagen sea conocida, por el mismo Bello y por muchos otros usada ya:
Vano error! Cuando el rápido torrente
Que arrastra al mar su propia pesadumbre,
En busca de la fuente
Retroceda á la cumbre,
Volverá el que fué libre á servidumbre.
En la segunda, de 1841, más extensa y variada, hay un hermoso símil magistralmente desenvuelto, aunque abusa ya un poco de la transposición, rasgo característico de su dicción poética:
Pero del rumbo en que te engolfas mira
Los aleves bajíos,
Que infaman los despojos miserables
¡Ay! ¡de tantos navíos!
Aquella que de lejos verde orilla
A la vista parece,
Es edificio aéreo de celajes
Que un soplo desvanece.
Oye el bramido de alterados vientos
Y de la mar, que un blanco
Monte levanta de rizada espuma
Sobre el oculto banco.
Y de las naves, las amigas naves,
Que soltaron á una
Contigo al viento las flamantes velas
Contempla la fortuna.
¿Las ves, arrebatadas de las olas,
Al caso extremo y triste
¿Apercibirse ya? ... Tú misma cerca
¡De zozobrar te viste!
Es perder el tiempo ahora lamentar la interposición de ese largo y estéril espacio de once años en que nada más hizo ó publicó el poeta; en que la dura necesidad de asegurar el sustento lo forzó al silencio, rodeado por una sociedad donde no hallaba ni auditorio ni estímulo ni esperanza para la poesía; y que la inclemencia del destino así lo persiguiese, cuando se acercaba ya al dintel de la ancianidad, para que inútilmente se consumieran las últimas llamaradas de su genio poético sin dar á nadie calor ni luz. Estaba entonces á punto precisamente de operarse en él marcada transformación, un rejuvenecimiento de sus facultades poéticas acompañado de nuevo rumbo impreso á su gusto y aficiones literarias: prueba del grande y raro vigor de su talento, pues iba ya á cumplir sesenta años.
Fueron frutos de ese momento propicio, que comienza en 1841 y dura tres ó cuatro años más, unas siete composiciones que son después de las Silvas sus obras más características. Además de la canción ya citada, de un efecto monótono de propósito buscado, pero algo fría, escribió las bellísimas quintillas de El Incendio de la Compañía, en que sin dejarse dominar demasiado por las melodiosas seducciones del metro imprime al todo el acento de tristeza profunda, sobria, resignada que el asunto requería:
Noche oscura, muerta calma:
¡Solemne melancolía!
La primera parte describe poderosamente, sin exceso, sin inútil exageración de horror el incendio de la antigua y venerada iglesia de los Jesuitas en Santiago: la segunda representa las ruinas del edificio visitadas después de la catástrofe por una procesión de sombras y fantasmas. Para esta pintura no apela á largas enumeraciones como Espronceda en El estudiante de Salamanca ó al vago delirio de Zorrilla en varias de sus leyendas; condensa el efecto en pocas estrofas limadas, correctas, en que ni falta ni sobra una partícula. Sirvan de ejemplo estas dos, en que la precisión de la sobria descripción apenas permite tildar la repetición de los consonantes verbales:
Va á su cabeza un anciano,
(Una blanca mitra deja
Asomar su pelo cano).
Cantan, y el canto semeja
Sordo murmullo lejano.
Mueven el labio, y después
Desmayados ecos gimen;
La luna pasa al través
De sus cuerpos, y no imprimen
Huella en el polvo sus pies.
El vivo color romántico que distingue al Incendio de la Compañía indica ya bien claramente que la musa de Bello tendía á emprender vuelo por regiones nuevas. Dan de ello testimonio decisivo las cinco imitaciones de Víctor Hugo que en seguida publicó; su hermosa dicción, su rico lenguaje se amoldan en ellas sin deterioro á los vastos espacios, á los libres arranques de la nueva escuela de poesía. No se reduce al Víctor Hugo clásico todavía de las Odas en el Moisés salvado de las aguas, sigue el desarrollo de su genio en las resplandecientes Orientales para pedir luego otros dos motivos de inspiración á las Hojas de otoño y á Las Voces Interiores, libros en que ya brilla con todo su vigor el genio lírico del gran vate de Francia. Las cinco son muy buenas, modelo perpetuo de lo que puede ser la verdadera transcripción en verso, de la manera única quizás de verter un poeta á otro gran poeta en idioma diferente, sin que en ninguno se deslustre ó amengüe la inspiración.
Bello escribió poco en verso, un volumen de los quince que forman esta colección; su gloria reposa en unas diez ó doce composiciones todas notables, aunque en grados y cualidades diferentes. La historia de su vida explica por qué le faltó en realidad tiempo para más, á pesar de la crecida cifra de años que alcanzó. Pero aumenta en muchos puntos la admiración que arranca el conjunto de sus obras poéticas, cuando se piensa que el anciano autor de esas quintillas líricas de El Incendio de la Compañía, ó de las caprichosas y elegantísimas estrofas de los Fantasmas, ó del ascenso y descenso habilísimo del metro en Los duendes, es el mismo que en plena madurez compuso la majestuosa y severa silva á La Agricultura de la Zona tórrida Y renovó la inspiración del cantor de las Ruinas de Itálica en el final del primer fragmento de la Alocución á la poesía. Esa feliz y brillante oposición entre los extremos de su carrera de poeta, entre la pureza clásica del principio y el esplendor romántico del fin, constituye su mayor originalidad, la verdadera razón que podría haber para colocarlo encima de Olmedo y Heredia, aunque sea verdad que en poesía subjetiva la palma debe siempre corresponder á la altura del vuelo lírico y á la impetuosidad de los movimientos.
Hubo, además, otra faz en el talento de Bello: de ella hay en esta edición muestras abundantes, póstumas casi todas y quizás por lo tanto mal copiadas de sus manuscritos: una vena jocoseria ó "humorística" que desde el principio se hizo sentir, como lo indica su traducción del Orlando Enamorado conforme á la refundición burlesca de Berni, y que persistió hasta lo último, como se ve por los cinco cantos de El Proscrito, publicados por primera vez ahora tales cual quedaron á la muerte del autor. Era de esperarse también que la elegancia natural de su estilo, la riqueza de su vocabulario y la precisión de su lenguaje condujesen á un alto grado de distinción en este género, y efectivamente hay en los dos poemas numerosas octavas tan buenas como las mejores de La Mosquea de Villaviciosa, aunque ni en facilidad ni en chiste lleguen á las de Batres, el poeta heroico-cómico de Guatemala. Es lástima que no nos haya quedado nada definitivo, bien acabado en este género, pues El Proscrito no es más que un esbozo incompleto, y en el Orlando sólo son originales los exordios de algunos de los cantos. Produce efecto particular en El Proscrito la mezcla de un gran número de chilenismos en la pura trama castellana de su lenguaje.
Quizás se descubra todavía alguna otra composición, algún otro fragmento olvidado, pero nada importante agregarán á lo que ya poseemos, y el monumento literario está para siempre elevado. Débese á la gratitud de la república de Chile, y toca ahora á los hispanoamericanos agradecerlo á nuestra vez.
UN "REPORTER" DE COSAS DE AMÉRICA
EN EL SIGLO XV
PEDRO MÁRTIR DE ANGLERÍA
Pierre Martyr d'Anghera, sa vie et ses œuvres. Par J. H. Mariéjol, Paris (Hachette).
Es este libro una tesis ó conclusión de examen para el grado de Doctor en letras. El autor, catedrático en universidad de provincia, vino á París antes de la colación de su grado en busca de un tema para su discurso, que no estuviese demasiado manoseado, susceptible todavía de algún interés, de cierta novedad, y uno de sus futuros jueces le sugirió, según cuenta, la idea de estudiar la vida y los escritos del famoso Pedro Mártir, cuyas obras aun conservan valor para la historia de España, y serán siempre de suma importancia para la de América en la época del descubrimiento y primeros años de la conquista. Esa oportuna sugestión dió origen al presente volumen de lectura en extremo amena é instructiva.
No es ahora tan común en Francia como antes este género de trabajos relacionados con la historia ó la literatura de España y la América española. Después de la guerra con Alemania en 1870 la curiosidad de los sabios franceses ha cambiado de rumbo y abandonado estudios que en los días del Imperio, para no ir más lejos, estaban muy generalizados. Algo probablemente influyó antes en ese interés por España la procedencia de la Emperatriz. Se le hacía un poco la corte, como era natural, tratando de cosas de su país. Damas-Hinard, su secretario particular, pudo gracias á ella ver salir de la Imprenta Imperial una magnífica edición del Poema del Cid con traducción, notas y comentarios, al mismo tiempo que Antonio de Latour, secretario en Sevilla del duque de Montpensier, del marido de una Infanta de España, escribía y animaba á muchos á escribir sobre asuntos españoles, y se mantenía así la tradición y el ejemplo de Mignet, Viel-Castel, Próspero Merimée, Rosseew Saint-Hilaire, de tantos otros. Existen hoy, es verdad, dos revistas exclusivamente consagradas á la península ibérica: la Revue Hispanique dirigida en París por el erudito M. Foulché-Delbosc y el Bulletin Hispanique, publicado en Burdeos, en cuya redacción figuran literatos de tanto talla como Ernesto Merimée, autor del trabajo más completo que se conoce sobre Quevedo, y Alfredo Morel-Fatio. Pero ambas publicaciones son trimestrales y la Revue á veces reúne bajo una sola cubierta dos y más entregas. Morel-Fatio se queja en alguna parte del abandono en que hoy se encuentran en su país los estudios españoles, y nadie sin embargo hace tanto por ellos como él mismo, que posee perfectamente el castellano, el catalán, el dialecto gallego tan cultivado al fin de la Edad Media, así como el portugués y el italiano; que ha hecho una edición admirable comentada y anotada de El mágico prodigioso, de Calderón, escrito las interesantes monografías de sus Etudes sur l'Espagne y varios otros trabajos de gran mérito.
Volviendo á la tesis de M. Mariéjol, no hay duda que es Pedro Mártir de Anglería, como en España se le llama, personaje muy interesante, y por fortuna no escasean los datos para componer su biografía. La colección de sus cartas, impresa poco después de su muerte con el título de Opus Epistolarum, comprende nada menos que ochocientos diez y seis números en un espacio de treinta y siete años, desde 1488 hasta 1525.
"Un literato italiano en la corte de España" es el primer título de este libro. En efecto Pietro d'Anghera, milanés, residente en Roma y discípulo del gran Pomponio Leto, tenía treinta años de edad cuando se le abocó el conde de Tendilla, embajador de los Reyes Católicos, á pedirle que fuese á establecerse en España y propagar allí los inmensos adelantos que en ciencias y letras habían realizado los sabios italianos del Renacimiento. Propuesto el viaje fué inmediatamente aceptado. A España llegó en 1487, de España no salió más, salvo una breve excursión diplomática en Egipto, y en Granada murió en 1526 á los setenta años próximamente, pues no se conoce con certeza la fecha de su nacimiento.
Apenas llegado asistió en el séquito de la reina Isabel á varios episodios de la campaña de Granada, y permaneció en el terreno de ese último duelo entre la cruz de Covadonga y la Media Luna hasta ser testigo de la dramática escena de la rendición del Zagal y penetrar luego con los Reyes Católicos en el palacio del monarca moro, en La Alhambra, cuya magnificencia arranca un grito de admiración extraordinaria á ese italiano, que había pasado en Roma muchos años de su vida: "¡Qué palacio, Dioses inmortales! ¡No hay otro que se le parezca sobre la superficie de la tierra!" Allí concibió admiración todavía mayor por los dos soberanos españoles á cuyo servicio se consagraba, por la reina especialmente, de quien recibiría muestras repetidas de favor y de quien hablaría siempre en los términos más exaltados como en la carta del 26 de Noviembre de 1504, día mismo del fallecimiento de Isabel, carta número 279 del Epistolario, que citan Prescott, Lafuente y otros historiadores: "El mundo ha perdido su ornamento más precioso; era el espejo de todas las virtudes, amparo de los inocentes y freno de los malos. No sé de otra heroína ni en los antiguos ni en los modernos tiempos que merezca ponerse al lado de esta mujer incomparable".
Pedro Mártir abrazó en España la carrera eclesiástica, fué nombrado capellán de la reina, se puso al frente de una especie de academia ambulante de enseñanza de los nobles españoles, que mudaba de lugar siguiendo á la corte de Valladolid á Zaragoza, á Barcelona y otras capitales, y recibió el título oficial de "maestro de los caballeros de mi corte en las artes liberales" con treinta mil maravedises de sueldo. "Amamanté en mis pechos" dice una de las epístolas "á casi todos los principales de Castilla". La expresión que así traducida no dejará de parecer grotesca, lo es mucho más en latín: suxerunt mea litteraria ubera. Con los que menciona en sus cartas puede formarse larga lista de personajes por él educados, desde un duque de Braganza hasta otro de Villahermosa primo del rey, incluyendo varios Mendozas y Girones y Fajardos, los primeros nombres del país, en aquellos días en que la aristocracia era todavía un poder en la realidad y en la apariencia.
En medio de la corte y con el favor de los soberanos hallóse, pues, Pedro Mártir de Anglería en la más ventajosa posición para conocer y juzgar con acierto los sucesos políticos, y no podían éstos menos de ser muy importantes, dados el país, la fecha, las circunstancias, cuando acababan los reyes Católicos de constituír y robustecer en ese extremo occidental del mundo una monarquía militar destinada á ejercer influencia preponderante en Europa por más de cien años, una hegemonía indisputable, como la que ejerce en nuestros días el imperio alemán. Gustábale infinito escribir cartas, tenía corresponsales en toda Europa, y principalmente en Italia, que recibían y leían con avidez sus noticias: de ahí el gran bulto del Epistolario. Era testigo presencial de muchos de los sucesos de que hablaba, y los más de ellos, á partir sobre todo de la muerte de la reina, despertaban por sí mismos dramático interés: primero las borrascosas relaciones entre Fernando el Católico y su yerno el archiduque Felipe; luego la muerte prematura, inesperada de éste; la locura de su mujer doña Juana; el viaje fantástico del cadáver de Felipe el Hermoso á través de media España, desde Miraflores hasta Granada, con la esposa demente sin cesar al lado del carro fúnebre, acampando á veces por las noches la comitiva en lugares solitarios, á la luz incierta de las antorchas sacudidas por el viento. Después la regencia famosa del inflexible cardenal Cisneros, los desmanes y la irrefrenable codicia de los flamencos que entraron con el joven rey Carlos en España, y por último, sin contar otros sucesos anteriores y posteriores, la guerra de las Comunidades de Castilla, durante la cual residió Pedro Mártir en Valladolid, en el centro mismo de la rebelión, tratando de mediar entre los levantados y el gobierno. Ese italiano del Renacimiento se asimiló los sentimientos de la nueva patria y, junto con muchos de los más sinceros y mejores españoles del siglo XVI, nutrió vigorosa antipatía contra los extranjeros del norte venidos á la sombra del nuevo rey á explotar la nación. Nótanse á menudo en sus cartas claras señales de buena voluntad hacia el movimiento municipal, á pesar de que tan marcadamente iba contra la aristocracia. No le inspira sentimiento alguno de satisfacción, no escribe una palabra de triunfo sobre la derrota infausta de Villalar y, sin embargo, ni tuvo nunca confianza ni creyó capaces á los jefes del levantamiento, á quienes trató muy de cerca, de vencer las dificultades de la situación. Don Pedro Girón le pareció un ambicioso vulgar atento sobre todo á ser duque de Medina-Sidonia, lo que es muy cierto; Juan de Padilla, un regidor envanecido que se cree "magno pretor" de un magno ejército con tribunos y centuriones, lo cual es sobradamente injusto; y dice por último de doña María Pacheco, usando una de esas expresiones extrañamente originales que en él abundan, que era el marido de su marido, maritum mariti.
El testimonio de Pedro Mártir por consiguiente tal como se encuentra consignado en el Opus epistolarum es de bastante valor histórico. Verdad es que varios escritores, el insigne Ranke primero, luego el grave historiador inglés Hallam y otros, lo acusan de numerosos descuidos, de errores de fecha y aun de palpables imposturas; pero Prescott, que lo estudió detenidamente para sus obras sobre los Reyes Católicos y sobre la conquista de Méjico, lo defiende de esos cargos y sostiene en general su veracidad.
Ello no tiene suma importancia; acerca de los sucesos de la historia de la península á que alude ó que juzga, hay otras autoridades igualmente contemporáneas, y no es difícil depurarlas y hacer la contraprueba. Para nosotros el gran valor de sus escritos reside en lo que atañe á la historia de América; entre americanistas el nombre del autor de las Décadas sobre el Nuevo mundo, De orbe novo y De rebus oceanicis, es de un interés excepcional, y constantemente se citan, se estudian y estudiarán esos trabajos, así como aquellas de sus epístolas contenidas en el Opus, referentes á asuntos de América.
La lástima es el corto número de esas cartas; son unas treinta, apenas el cuatro por ciento de la suma total, las que refieren episodios del descubrimiento de las Américas. En esa época no había periódicos para propagar con rapidez las noticias interesantes, y á nadie fué dado mejor que á Pedro Mártir desempeñar ese servicio por medio de sus corresponsales que eran tan numerosos como distinguidos, por lo general personajes eminentes, empezando por el mismo Sumo Pontífice, que recibían y trasmitían á otros las palpitantes novedades de sus cartas. En Barcelona se hallaba cuando acudió Colón á presentarse en la capital del principado ante los Reyes Católicos y darles cuenta verbal de los maravillosos resultados de ese primer viaje en que encontró la América buscando el Asia al través del océano. Relata Anglería el memorable acaecimiento en una carta fechada "Barcelona, día de los idus de Mayo" y dirigida á José Borromeo. En varias otras escritas ese mismo año de 1493 comunica á diversas personas detalles interesantísimos, recogidos, como es muy posible, de los labios del mismo Colón. "Activo reporter" le llama con exactitud, por esos informes comunicados á tantas personas, Justin Winsor en la Historia crítica y narrativa de América. Mariéjol por su parte también lo llama "el gacetero del Descubrimiento".
Ambos calificativos merecen aplicársele como expresión de elogio sin sombra alguna de menosprecio, porque además de las cartas hay que agradecerle las Décadas, colección de fragmentos trazados al compás de la marcha de los descubrimientos y agrupados de diez en diez, trabajo que comenzó casi inmediatemente después de la vuelta del Almirante y continuó hasta la muerte del narrador en 1536. Todos esos trozos manuscritos circulaban uno á uno, pasaban de mano en mano buscados y leídos con devorante interés. El papa León X recibió directamente algunos de ellos, y con orgullo recuerda Pedro Mártir en una de las epístolas que Su Santidad, rodeado de la mayor parte de los cardenales, había leído después de comer en alta voz, sin temor de fatigarse demasiado á pesar del estado de su salud, toda la relación que le había enviado sobre el paso del istmo y la primera aparición del Océano Pacífico ante los españoles deslumbrados. De esa manera,—escribe M. Mariéjol, no obstante la desproporción entre los dos términos de su rapprochement,—si un italiano sondeó las profundidades del mar de Occidente, otro italiano fué el heraldo anunciador de tan prodigiosas hazañas. Ya en ese camino pudo recordar con oportunidad que otro italiano también iba á dar poco después su nombre al mundo salido de esas profundidades.
En los últimos años de su existencia ocupó la posición más ventajosa para saber, antes y mejor que nadie, toda especie de noticias sobre lo que acaecía en el nuevo mundo. El emperador Carlos V lo hizo entrar en su Consejo Real, lo nombró después vocal y secretario del de Indias, y entre sus otras dignidades eclesiásticas figura la de abad "con uso de mitra y autoridad episcopal en la isla de Santiago é Jamayca". Esto explica la excelencia de sus informes y el valor permanente de las Décadas, que serán siempre una de las fuentes de la historia primitiva de América.
Escribió únicamente en latín, un latín bárbaro á veces, necesitando con frecuencia crear términos nuevos para las cosas nuevas que tenía que contar. Aunque no carecía de ciertas prendas de escritor, su latinidad no llegó ni con mucho á la corrección y naturalidad de otros prosistas latinos del siglo XVI, como por ejemplo Luis Vives, ni muchísimo menos al lenguaje ciceroniano de sus célebres compatriotas Bembo ó Paulo Manucio. Bien se ve en los pasajes citados en este volumen, traducidos, además, con fidelidad y con elegancia.
Las Décadas no son relaciones descarnadas ni áridas compilaciones de documentos ó noticias oficiales. M. Mariéjol las llama "el manual del descubrimiento y la conquista", merecedor de aplauso general porque tiene pinturas amables al mismo tiempo que graves disquisiciones. El autor es hombre de estado y de letras juntamente. Honra á la elevación natural de sus sentimientos y á su perspicacia que desaprobase desde esa época, antes que el mismo Padre Las Casas, el horrible y destructor sistema de colonización iniciado por los conquistadores. Para dar de ello muestra basta aquí recordar las palabras tan curiosas como trágicamente sugestivas con que en una ocasión reanuda su trabajo interrumpido: "Desde la fecha en que suspendí mis Décadas nada se ha hecho más que dar y recibir la muerte, matar y ser matado", trucidare ac trucidari.
El trabajo de M. Mariéjol es sólo deficiente en la parte bibliográfica, aspecto de su asunto que de propósito no examina, quizás no sea la costumbre tratarla en estos discursos universitarios, y merecería, sin embargo, el serlo, pues las primeras ediciones no se encuentran con facilidad, sobre todo la de la Década primera impresa sin permiso del autor en Sevilla, 1511. Los ejemplares con las ocho reunidas de la primera edición en Alcalá, 1530, son raros; las bibliotecas que á cada instante se fundan en los Estados Unidos las buscan siempre y han hecho subir su precio, porque los ejemplares así colocados raras veces vuelven á aparecer en venta pública. No sé de más traducciones que la inglesa de Edem y Locke, 1553-1612. J. Winsor dice en su Historia, ya citada, que un descendiente de Anglería, llamado Juan Pablo Martir y Rizo, tenía concluído el manuscrito de una traducción al castellano. Pero no se imprimió, y probablemente á estas horas estará perdido.
JOSÉ MARÍA HEREDIA
Y LA
ANTOLOGÍA DE POETAS HISPANO-AMERICANOS
DE LA
REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
Desde que la Real Academia Española combinando, cual viene haciéndolo desde hace mucho tiempo, sus funciones naturales de árbitro en puntos de lengua y de gramática con las tareas de activa casa editora de libros, anunció el proyecto de publicar una antología en cuatro gruesos volúmenes de poetas hispanoamericanos, muchos en América pensaron que el intento, excelente, quizás, como simple negocio de librería, podía con suma facilidad torcerse y resultar estéril, si no ponía la Academia particular cuidado de proceder en la elección de las materias y en la apreciación de los autores con amplia imparcialidad, con íntima simpatía, colocándose cuidadosamente dentro de la misma atmósfera moral, sobre el mismo terreno en que nacieron y vivieron los artistas cuyas obras forman la colección, porque es evidente que las antologías deben tener por fin dar idea breve y completa del carácter de las producciones de un autor, de un país ó de una región, olvidando divergencias de juicio, resentimientos políticos, agravios reales ó imaginarios, nacidos de las circunstancias especialísimas en que España y las Américas durante tantos siglos se han encontrado. A pesar de las dificultades del caso contaban algunos que este mismo sería el parecer de la Academia, porque la Antología por su contenido debía en realidad ser un libro para mercados americanos, y porque en España, según afirmaba con natural amargura doña Emilia Pardo Bazán, al poner término definitivo á su Nuevo Teatro Crítico, nadie actualmente compra libros de cierto precio, y con muy raras excepciones ningún autor notable vive allí holgadamente de los productos de su pluma.
La Academia confió la ejecución de la empresa á don Marcelino Menéndez y Pelayo. Literariamente juzgando, no podía darse elección más acertada; la profunda y vasta erudición del escogido, su acendrado buen gusto, la transparente elegancia de su estilo, la facilidad de su pluma lo designaban entre todos los académicos como el más apto para el caso. Pero mirada bajo otro aspecto la elección no parecía igualmente feliz. En la lucha de partidos de su país figura el Sr. Menéndez entre los conservadores más netos, entre los que profesan opiniones que hoy no dominan en países hispanoamericanos, salvo en Colombia; pero esto no era de suponerse que alterase en manera alguna su imparcialidad. El mal estaba en la cruel intransigencia con que hasta ahora había sostenido en todos sus escritos su españolísimo sentir en cuestiones ya puramente históricas, pero que del modo más directo atañen á los americanos.
Hablando en esta obra del distinguido literato argentino Juan María Gutiérrez, que por los años de 1846 compiló en Valparaíso la mejor de todas las antologías de poetas de América que hasta el presente se conocen, aunque ya muy atrasada como por la fecha se comprende, descubre y reprueba en él un "antiespañolismo furioso que fué exacerbándose con los años", del cual nació, siempre según el Sr. Menéndez y Pelayo, un entusiasmo fanático por todas las cosas americanas, que lo arrastra á defender lo mediano y hasta lo malo.
Si esto piensa y dice de Gutiérrez el Sr. Menéndez, ¿qué hubiera pensado y dicho Gutiérrez, si hubiese vivido bastante para leer todo lo que el Sr. Menéndez ha escrito sobre la misma materia?
El insigne crítico argentino nunca de seguro dijo contra España cosa alguna tan dura, tan injusta, tan agresiva como las que contra América ha creído oportuno estampar el eminente crítico español. El supuesto fanatismo de Gutiérrez jamás llegó hasta el extremo de usar frases parecidas á las siguientes, que una vez emplea don Marcelino, al tratar de enumerar las causas de la decadencia de su nación en el siglo XVII. He aquí la segunda de esas causas: "La colonización del Nuevo Mundo, en el cual sembramos á manos llenas religión, ciencia y sangre, para recoger más tarde cosecha de ingratitudes y de deslealtades, propia fruta de aquella tierra". Es el caso de exclamar: ¡in cauda venenum! Aunque todavía más exacto sería decir que la cláusula entera, rica de veneno, lo deja escapar al fin en alto surtidor, como agua de copiosa fuente. Fué lanzada la frase en el ardor de una polémica, pero reimpresa en libro dos años después; y sólo en 1887, al salir la tercera edición de la obra titulada Ciencia Española reapareció la cláusula privada de las cinco últimas palabritas, completa y flamante por lo demás.
No bastó, sin embargo, esa ocasión para dar salida á todo lo que el vigoroso polemista tenía que decir sobre América y sobre el conjunto de sus hijos; cinco años después de la fecha de esa discusión memorable, en el tomo tercero de la Historia de los Heterodoxos españoles, impreso en Junio de 1882, hallamos estas otras líneas:
"Los mismos americanos confiesan que en la oda A la vacuna y en los papeles oficiales de Quintana aprendieron aquello de los tres siglos de opresión y demás fraseología filibustera, de la cual los criollos, hijos y legítimos descendientes de los susodichos opresores, se valieron, no ciertamente para restituir el país á los oprimidos indios, sino para alzarse heroicamente contra la madre patria, cuando ésta se hallaba en lo más empeñado de una guerra extranjera"[71].
Más adelante todavía, en 1886, se aparta una vez de su camino en el tomo quinto de la Historia de las Ideas estéticas en España, para encomiar una estrofa de la oda A las nobles Artes del duque de Frías, que presenta como "la protesta contra los separatistas americanos" y especialmente encarece á título de obra "de incomparable belleza". La estrofa en resumen no es más que el desleimiento espumante y altisonante de un truísmo, de una verdad de Perogrullo, y viene á significar que si la América al obtener su independencia creyó expeler á España grandemente se equivocaba, pues allí estaría siempre la religión llevada por España y la cruz misma plantada en la Alhambra y la lengua de Cervantes etc., etc. Todo ello bien sabido, pero olvidando que esa religión y esa cruz y esa lengua no la inventaron ni llevaron el duque de Frías ni sus contemporáneos, sino españoles que fueron igualmente antepasados de ellos y de los americanos, y que á esas buenas cosas tienen unos y otros idéntico derecho, según la constante legislación de España, como directos descendientes; y para desheredarlos así, tan en absoluto, se requeriría el fallo de un tribunal superior, la historia ó la posteridad, no el de las partes mismas contendientes, y tan á raíz de lo sucedido.
Empero, todo esto, á pesar de lo amargo y de lo injusto, puede pasar como "propia fruta" del "tiempo y no de España", y pues el autor con estar muy lejos todavía de acercarse á la ancianidad ha templado mucho la forma en que expresa sus convicciones,—sin renegar por supuesto de una sola de ellas,—como lo prueban las notas y alteraciones de la tercera edición citada de la Ciencia Española, era fundadamente de creerse que deposta l'usata minaccia, para usar una frase de Manzoni, pudiera muy bien hoy escoger y juzgar las poesías de la nueva Antología con perfecta imparcialidad.
El tomo primero, dedicado á poetas de Méjico y de la América central únicamente, nos dejó llenos de dudas, aunque sin motivos bien claros para formular juicio adverso ó favorable. Pero el segundo, en que se penetra desde la primera página en el temblante y, para un español no muy sereno, peligroso campo de la literatura cubana, descorrió el velo y nos sumió en el más doloroso desengaño.
Vamos, pues, á examinar brevemente lo que en esta antología se dice y se hace respecto á las poesías de José María Heredia, porque tanto el autor como las composiciones nos parecen injustamente tratados, influído á nuestro juicio el Sr. Menéndez y Pelayo de la manera más lastimosa por motivos ajenos á la literatura, por consideraciones de política y de mal entendido patriotismo.
Impórtanos, sin embargo, advertir ante todo que no tenemos la pretensión de negar al coleccionador y prologuista de la Antología el derecho de abrigar las opiniones de que son eco las frases citadas, tomadas de tres obras distintas escritas en momentos diferentes de su brillante carrera de historiador literario; es él sin disputa muy dueño de profesarlas y pregonarlas, y si nos producen el efecto de ser ó exageradas ó falsas, acaso proviene sólo de que nos colocamos en terreno diametralmente opuesto. Nos aventuramos á discutirlas, porque se trata de una antología hispanoamericana ordenada é impresa en Madrid bajo la égida de la Real Academia Española, la cual tiene en varios países de América hijuelas oficialmente reconocidas y con las que vive en frecuente correspondencia; porque una empresa de este género debe ser, como el ordenador mismo lo declara de antemano, obra de paz y concordia, y el que ha emitido todas esas sentencias injustas y desdeñosas no parecía especialmente preparado ni á la paz ni á la concordia. Si se tratara en cambio de componer una historia de los separatistas americanos, lo haría sin resquicio de duda con tanta habilidad, tanta riqueza de datos y tanta energía como desplegó en la de los heterodoxos españoles, y no habría entonces chocado tanto hallar que trata al ilustre Andrés Bello, al patriarca de las letras en América, como á un simple filibustero cubano, según su vocablo favorito; que desmenuza la Alocución á la poesía para aislar una á una las "injurias rimadas contra España" que encuentra más débilmente escritas, citarlas con fruición y añadir con triunfante satisfacción que tales versos "dignos de alternar con los dísticos del Padre Isla" parecen á los españoles "justo castigo de un malo y descastado impulso".
Si tanta indignación, tanto resto de orgullo lastimado y mal cicatrizado puede persistir, cuando los sucesos y los versos que sobre ellos se escribieron datan de muchísimo tiempo atrás, no es de extrañar que se aplique á la isla de Cuba, (todavía sometida al yugo, y ognor fremente, cuando se preparaba y publicaba la Antología) mayor severidad, ninguna benevolencia.
José María Heredia es el más notable poeta cubano, uno de los muy primeros de toda la América en el siglo XIX, malogrado en la flor de su vida, á los treinta y seis años no cumplidos, edad, no hay que olvidarlo, en la cual ni Bello había escrito las Silvas americanas ni Olmedo el Canto á Junín. Para Heredia reserva el Sr. Menéndez su mayor crueldad, suprimiendo todos los versos patrióticos, las poesías filibusteras, como gusta de llamarlas, enamorado siempre del oprobioso adjetivo. De Bello al menos suprime únicamente la tercera parte de la Alocución para citar sólo algunas líneas en la introducción acompañadas del sangriento insulto literario de equipararlas á las aleluyas del Padre Isla; de Heredia rechaza en masa cuanto se alza contra el poder de España, pero no prescinde de incluir algo en la Introducción, dos cuartetas en que cree descubrir malévola apología del asesinato político; es decir, calla lo mejor é insiste sobre lo peor, para declamar en seguida sobre su maléfica influencia y los odios fratricidas cuya semilla esparció, como si el insigne lírico, que nació en Diciembre de 1803 y murió en Mayo de 1839, pudiera ser el responsable y único propagador del pernicioso virus separatista.
Basta leer en el índice los títulos de las trece composiciones escogidas entre las de Heredia para quedar estupefacto. Brillan realmente por su ausencia, como se traduce ingeniosamente en francés la frase célebre de Tácito, nunca más exacta que en el presente caso, varias de las mejores que produjo el poeta. Faltan nada menos que la incomparable epístola A Emilia, el Himno del desterrado, la vigorosa segunda parte de la oda á Bolívar, los tristes y tan hondamente amargos Desengaños, poesías que ofrecen por sí solas la imagen más brillante y cabal de todo su genio, de toda su vida. Sin ellas y otras que por razones idénticas se han pasado por alto, no es posible formar juicio exacto de lo que fué y lo que vale el poeta cubano. Después de echarlas deliberadamente á un lado se inserta en compensación la pálida oda A la Religión y los mal llamados Ultimos Versos, medianísimos éstos, casi sin valor literario, pero en la preferencia inesperada obedece el colector á sentimientos personales, así como es esclavo de preocupaciones políticas al recusar las otras.
"Heredia es, ante todo, poeta de sentimiento melancólico y de exaltación imaginativa" dice, por cierto esta vez sin la precisión y claridad ordinarias de su estilo, pues eso de "exaltación imaginativa" parece bien vago y nebuloso, designado como rasgo principal de un poeta cuyos escritos tan profundamente se resienten, como él mismo dijo, "de la rara volubilidad de su suerte", cuyos sufrimientos fueron muy reales y nada tuvieron de ilusorios. Pero en la definición falta precisamente el Heredia de las poesías americanas reunidas por él bajo la rúbrica de "patrióticas" en la edición de Toluca, 1832, que son la prueba irrecusable, decisiva, de que no había nacido exclusivamente para la elegía, como afirma en seguida Menéndez. "Para dar con los himnos de nuestra libertad hay que buscarlos en Heredia" ha dicho muy bien Merchán en sus Estudios Críticos. Heredia en efecto es el Tirteo cubano, poeta de acción, poeta civil, lleno de arranque, de movimiento y de energía. Los lamentos elegíacos que á veces se oyen en medio de sus más arrebatadas y vigorosas composiciones no debilitan el encumbrado vuelo lírico, porque como brotan de lo más íntimo del corazón, como se manifiestan siempre con penetrante y comunicativa sinceridad, como surgen naturalmente de su triste situación de desterrado y de la triste situación de la isla esclavizada, añaden notas profundas y patéticas al himno magnífico de la anhelada redención.
Unas líneas de los Reisebilder asaltan mi memoria, cuando considero bajo ese aspecto al poeta de los himnos patrióticos: "La poesía, escribe Heine, ha sido únicamente para mí el medio de lograr un fin sacrosanto, nunca me ha importado mucho la gloria de mis versos y quisiera que colocasen, no una corona de laurel, sino una espada, sobre mi tumba, porque he sido un buen soldado en la guerra de la emancipación de la humanidad". No sé si en esto, como en casi todo lo que en prosa escribió Heine, hay fuerte dosis de ironía, pero Heredia pudo decirlo de sí mismo con perfecta exactitud. Nadie buscó el aplauso popular menos movido por vanidad de artista; nadie tampoco empleó sus talentos con más altos y generosos propósitos y nadie mereció tanto, á pesar de no haber tomado parte en ninguna lucha armada, que depositasen sobre su sepulcro las insignias de los guerreros, porque fué buen soldado en la lucha por la libertad de su patria, porque sus versos repetidos de boca en boca durante los muchos años de guerra, de ruina y de dolor que ha costado la emancipación de Cuba, han sido la voz que alienta en el combate, la voz que conforta en la adversidad; y cuando en los momentos más crueles se pregonaba amenazando catástrofes inminentes la superioridad en número y recursos militares del poderoso enemigo, venían consoladores á la mente los dos versos últimos del Himno célebre:
¡Cuba! al fin te verás libre y pura
Como el aire de luz que respiras,
Cual las ondas hirvientes que miras
De tus playas la arena besar.
Aunque viles traidores le sirvan,
Del tirano es inútil la saña,
Que no en vano entre Cuba y España
Tiende inmenso sus olas el mar.
La profecía no se había realizado, no parecía próxima á realizarse, cuando el docto académico redactaba su erudita y poco equitativa Introducción y cuando con escándalo copiaba de La Estrella de Cuba, otra canción patriótica, juvenil, compuesta á los diez y nueve años y bastante desigual, las dos cuartetas ya mencionadas, por descubrir en ellas que el poeta "en su frenesí revolucionario de 1823 no retrocedía ni aun ante la idea del asesinato político". Helas aquí:
¡Oh piedad insensata y funesta!
¡Ay de aquél que es humano y conspira!
Largo fruto de sangro y de ira
Cogerá de su mísero error...
De traidores y viles tiranos
Respetamos clementes la vida,
Cuando un poco do sangre vertida
Libertad nos brindaba y honor.
Háblase en estos versos de lucha, de sangre, de muerte, como inevitables condiciones para afirmar el honor, para conquistar la libertad, pero no ofrecen fundamento para creer que envuelvan la apología del asesinato político, á pesar de que el poeta tenía entonces la edad en que casi todos los estudiantes ponen en lo más alto del firmamento de los héroes á Marco Bruto ó á Carlota Corday. Siempre en Cuba se ha creído que se referían al asalto de un puesto de guardia mal defendido en la ciudad de Matanzas. No lo sabemos, pero quizás la piedad y la justicia mismas no hubieran retrocedido ante "un poco de sangre vertida", si hubiese podido ahorrar los torrentes que habían de correr por los patíbulos, que habían de teñir de rojo los caminos de un extremo al otro de la isla.
Engolfado en estos pensamientos cree oportuno el Sr. Menéndez y Pelayo traer á colación, para ponerlo enfrente de esas cuartetas revolucionarias, como palinodia cantada por el poeta de 1823, la carta que el desterrado escribió en 1836 pidiendo al general Tacón, gobernador de la isla, permiso de volver y vivir al lado de su anciana madre y sus hermanas, de quienes estaba hacía trece años separado, que amaba entrañablemente, que no olvidaba un momento, como de sobra saben cuantos han leído sus versos, pues las recuerda é invoca con suma frecuencia. Muchas cosas habían pasado en España en esos trece años; indultos, amnistías, cambios de régimen,—primero con motivo de las bodas últimas de Fernando, luego de su muerte,—proclamación de su hija, advenimiento de un gobierno liberal, parlamentario, que habían abierto las puertas de la patria á todos los emigrados y condenados políticos. Pero en Cuba nada había cambiado: gobernada en 1836 más despóticamente que nunca por Tacón, militar intolerante, suspicaz, terco, rutinero, que contenía con mano de hierro y facultades ilimitadas el menor esfuerzo para aliviar la carga opresiva. Heredia llevaba más de diez años de residencia en Méjico, allí se había naturalizado y era magistrado de su Audiencia, cuando su salud ya vacilante, el clima de la capital que era contrario á su padecimiento y el deseo de ver la familia lo decidieron á solicitar de Tacón el permiso de entrar en su país. Para prevenir las sospechas del procónsul y evitar una segunda negativa, pues ya lo había solicitado una vez en balde, agregó en la carta lo que era la verdad: que tenía muy modificadas sus opiniones con motivo de "las calamidades y miserias" que estaba presenciando en Méjico, por lo cual consideraría un crimen cualquiera tentativa de trasplantar esos males á Cuba. Alma impresionable de poeta que los acontecimientos afligen y amoldan como cera blanda, no pudo sin inmenso desaliento contemplar el penoso espectáculo que ofrecía Méjico al mundo en aquel período pasando sin cesar de la anarquía á la dictadura, de la dictadura á la anarquía, á la merced de ambiciosos de pobre estofa, capaces de todos los atentados, como él decía del general Santa Ana.
En cualquiera otra parte de Europa ó América un desterrado político de esa importancia, de tanto talento y prestigio, que pide él mismo licencia de volver á su patria en semejantes condiciones, hubiera sido acogido con los brazos abiertos, agasajado como preciosa adquisición. El general Tacón, que consideraba á todo hijo de América como enemigo personal, y gobernó la isla durante cuatro años con esa indestructible convicción por norma de conducta, otorgó trabajosamente una licencia improrrogable de dos meses con expresa recomendación de pasarlos en el seno de la familia y reembarcarse al fenecer el plazo perentorio determinado. El gran poeta, enfermo, pues ya lo minaba la dolencia pulmonar que había de arrebatarlo dos años después, fué recibido de la manera humillante que relata un testigo mayor de toda excepción, el inglés Kennedy, representante del gobierno británico[72].
Llegó en Noviembre y partió en Enero, otra vez hacia el destierro. Cuantos lograron verlo y hablarle en Matanzas y la Habana le oyeron francamente expresarse en el mismo sentido que se había dirigido á Tacón en la carta, desengañado, lacerado en lo más íntimo por el desgobierno, el desorden inextricable en que Méjico convulsivamente se agitaba. Su vista, disminuida por la suma de crueles infortunios, por el mal que lentamente y sin reposo devoraba sus entrañas, no tenía fuerza para elevarse y divisar más allá de las escenas contemporáneas que lo angustiaban un lejano, más risueño porvenir.
Al transcribir el colector el párrafo de la carta añade que lo hace "por más que duela á los separatistas cubanos, que sólo podrán desvirtuar su fuerza suponiendo en Heredia una doblez y falsía indigna de su buen nombre é impropia de su carácter franco y arrebatado". No es probable que haya hoy nadie interesado en desvirtuar la fuerza de las palabras del poeta, ni mucho menos dudar de su franqueza y veracidad indiscutibles. Si existiesen aun "separatistas cubanos", es muy probable que se contentaran con hacer notar que los agentes de la metrópoli perseguían en Cuba con el mismo ensañamiento á los que se ponían en contra y á los que se declaraban en su favor, pues en uno y otro caso sufrió Heredia idéntico tratamiento; lo cual, si se necesitara nueva prueba, demuestra porque fueron año tras año acumulándose agravios y rencores hasta terminar las cosas... del modo como terminaron.
El ardiente, arrebatado patriotismo de Heredia desfalleció al final de su vida: no cabe duda de ello en vista de la carta á Tacón, que publicaron multitud de periódicos, cuando el gobierno español, no hace muchos años, la exhumó de los archivos[73], y no pueden ya prescindir de ella sus nuevos biógrafos. Así lo hizo el malogrado Elías Zerolo en su edición de las poesías[74].
La Antología de la Real Academia salió á luz unos cuantos años antes de lo que hubiera debido. Si el eminente literato que la ordenó, que inserta íntegro en el tomo III el Canto á Junín de Olmedo en el cual las invectivas contra España exceden en violencia á todas las composiciones de Heredia, hubiese acometido su tarea un poco después, cuando ya Cuba separada de España era dueña de sus destinos, habría probablemente medido por un rasero á todos, y aunque en los prólogos consignase sus reservas, como lo hace respecto de Bello, Olmedo y algunos otros, siempre por lo menos habría procedido nullo discrimine en la elección de las composiciones y habría versos patrióticos no solamente de Heredia sino de Milanés, de Zenea y los demás en la nueva crestomatía.
Pero su innegable agudeza crítica permanece hasta el fin nublada á nuestro parecer por consideraciones políticas, no otorga sin atenuaciones el título de primer lírico cubano á Heredia, sin agregarle estas líneas: "A lo sumo la Avellaneda, que más pertenece á la literatura general española que á la particular de la isla, podrá disputarle, y en mi concepto arrebatarle la preeminencia". Me permito opinar de diferente manera. La Avellaneda es grande en el género dramático, en la tragedia principalmente; Alfonso Munio, Saúl, Baltasar, son obras por nadie en la España moderna superadas, pero en la lírica, si bien de forma más rotunda y estilo mucho más igual ó seguro, es hueca casi siempre, casi nunca original ni en los pensamientos ni en las imágenes.
Cuando Gertrudis Gómez de Avellaneda salió por primera vez de Cuba tenía veintidós años, estaba ya completa su educación y el soneto que escribió como despedida y empieza:
¡Perla del mar! ¡Estrella de occidente!
tiene todas las cualidades de sus obras posteriores. Cuando Heredia partió súbitamente de Cuba hacia el norte de los Estados Unidos tenía diez y nueve años, llevaba grabadas en los ojos y en la mente imágenes de la naturaleza patria que supo antes que nadie reproducir en verso, con tanta verdad y energía, con emoción tan honda y sincera, como es inútil buscarlas en las pomposas creaciones líricas de la ilustre poetisa dramática.
Me figuro que la Avellaneda misma hubiese sido la primera en atribuir á Heredia la palma entre los vates líricos, y lo deduzco de la bella elegía, que compuso cuando, allá en el fondo de la provincia de España donde residía, llegó á sus oídos la noticia de la muerte de su desgraciado compatricio:
¡Ay! que esa voz doliente,
Con que su pena América denota
Y en estas playas lanza el Océano,
"Murió, pronuncia, el férvido patriota..."
"Murió, repite, el trovador cubano";
Y un eco triste en lontananza gime:
"¡Murió el cantor del Niágara sublime!"
Trovador cubano, férvido patriota, cantor sublime de la catarata del Niágara, todo Heredia se encuentra en esas tres fórmulas perfectamente representado, y la autora tal vez, si hoy viviese, sería la primera en reconocer, no obstante las alabanzas del crítico, que sus versos líricos palidecen ante el esplendor de imaginación y sentimiento que brota del canto al Niágara, de la meditación en el Templo mejicano y otras composiciones de José María Heredia.
ABRAHAM LINCOLN[75]
Abraham Lincoln by John T. Morse Jr. 2 vols. Boston, 1893.
Entre las numerosas biografías de Lincoln publicadas en los Estados Unidos la que con la firma del editor de la colección de volúmenes titulada American Statesmen ha salido de las prensas de Cambridge en Massachusetts, y cuyo título va al frente de estas líneas, se distingue por la armonía de sus proporciones y la amenidad de su estilo. Debe á estas cualidades rango especial entre todas, á igual distancia de la voluminosa y densa que, con más altas pretensiones y el nombre de "Historia", han escrito dos que fueron secretarios particulares del Presidente, John Nicolay y John Hay, y del trabajo utilísimo aunque informe y poco literario de Herndon, amigo y antiguo socio en la capital del estado de Illinois, cuando los dos ejercían juntamente la profesión de abogados. "Lincoln and Herndon" era una razón social inscrita en la nómina de los attorneys y jurisperitos, y la firma no se consideró disuelta cuando fué escogido el jefe de ella para la presidencia de la república, continuó vigente y como en activo servicio hasta el trágico asesinato de la noche del 14 de Abril de 1865 en el teatro de Washington. El socio sobreviviente ha tenido la buena idea de contar á la posteridad lo que personalmente sabía de la vida del grande hombre. Del mismo modo Nicolay y Hay, en virtud de sus íntimas y constantes relaciones con el Presidente, pudieron recoger y comunicar ahora al público hechos y noticias de la mayor importancia, y de cuya exactitud responden la posición que ocuparon y la veneración profunda con que guardan y cultivan la memoria del jefe esclarecido.
Lo cierto es que ya poseemos cuanto importa saber de la vida privada de Lincoln y de los móviles de los actos de su vida pública, tanto antes como después de la peripecia esencial de su existencia, del momento en que comienza su nombradía nacional, la cual parte de la campaña electoral en que tan enérgica y brillantemente disputó á Douglas el puesto de senador de los Estados Unidos.
Muy rápida, vertiginosa fué en realidad la carrera política de Lincoln. Acaso en los Estados Unidos solamente sea posible concebir otra tan grande y en tan breve espacio de tiempo realizada. Antes de 1858 era un personaje oscuro, absolutamente desconocido de la inmensa mayoría de sus compatriotas, mas allá de un estrecho círculo; en ese año fué candidato de uno de los dos grandes partidos, en que estaban afiliados los ciudadanos del estado de Illinois, para la senaduría de la república; luchó con la mayor actividad, desplegó en la campaña suma extraordinaria de elocuencia, sagacidad y energía; pero quedó derrotado. Sin embargo, por medio precisamente de esa campaña, desgraciada en cuanto al resultado inmediato, hizo resonar su nombre por todo el país, y á los dos años obtuvo el favor más grande de que podían disponer sus compatricios, la primera magistratura de la nación.
Si á muchos pareció cosa estupenda, inexplicable, que ganase tan alto premio, se sentase en el elevado puesto y empuñase las riendas en tan crítica y formidable coyuntura, una persona de tan triste figura, de tan extraños antecedentes y con todos los hábitos y maneras del hombre rudo del lejano Oeste, del Far West, cuánto más raro y asombroso no debió haber sido para esos mismos el triunfo colosal que mereció al término de los cuatro años de su presidencia, éxito portentoso debido no enteramente al azar y á la constancia, sino también y en cantidad muy apreciable á eminentes cualidades personales, á la habilidad con que se acomodó á la nueva situación, con que atendió á sus extraordinarias exigencias, haciendo cabalmente en las más angustiosas estrecheces lo que el caso, la ocasión, las circunstancias demandaban al jefe de una gran nación discorde, revuelta, destrozada.
Nombrado candidato para un segundo período fué elegido por número de votos mucho mayor que la primera vez, consumó en los pocos meses de vida que le quedaban la obra de gigante á que se había consagrado, vió la guerra virtualmente terminada, la ciudad de Richmond abandonada, el hasta entonces invencible general Lee rendido, y cuando nuevas dificultades asomaban ya con aspecto de monstruos erizados, cuando sus ideas y planes personales para la reconstrucción política de la república anunciaban ya conflicto quizás irresoluble con las intenciones del Congreso, con las duras garantías que para asegurar el porvenir exigía la vencedora mayoría radical, vino la suerte á librarlo del tumulto de dificultades, desaires y desengaños inevitables, "fué con él misericordiosa", como dijo Larra al llorar la muerte del conde de Campo Alanje; lo salvó de la nueva lucha de palabras, de papeles y miserables transacciones discutidas hasta lo infinito, y lo arrebató del mundo del modo que pedía y obtuvo Julio César de la fortuna, en repentina, inesperada catástrofe.
Desempeñó solamente unos cuantos días, seis semanas, su segunda presidencia, pero fueron días incomparables de íntima, profunda satisfacción al ver desmoronarse piedra á piedra la Confederación y surgir la paz y renacer la prosperidad y ensancharse los corazones. No gozó de dicha igual el fundador de la república, el grande y puro Jorge Washington en las postrimerías de su vida pública. Si subió al poder acompañado de unánimes y ruidosas bendiciones, pudo antes de deponerlo oir y leer en periódicos y folletos injurias y denuestos que muy probablemente contribuyeron á la firme negativa con que rechazó las ofertas é instancias de sus amigos[76]. A Lincoln los hados le apartaron de los labios esa hiel emponzoñada. Al contrario de Washington, los insultos, las desdeñosas profecías de vergonzosa insuficiencia para la magna obra ocurrieron al principio[77]; los aplausos poco á poco fueron creciendo de volumen, y su cadáver conducido con pompa inusitada de Estado en Estado hasta la capital de Illinois pudo oir, si tal cosa concedieran los dioses á los despojos de los hombres, el concierto de loores más grandes y lamentos más sinceros que acaso han subido de los pechos y los labios de la multitud hasta la bóveda del firmamento.
No es, pues, una paradoja afirmar que la vida de Lincoln considerada de esta manera y bajo este aspecto fué singularmente afortunada, digna de envidia en todo lo esencial, no obstante la expresión tan patética, tan de honda melancolía, rasgo característico, predominante de su fisonomía, rasgo tan marcado que, como muy bien dice Morse, su biógrafo, se observa en todos los retratos que de él se tomaron en vida, aun en los menos artísticos y de más vago parecido. En ninguno, dicho sea de paso, está esa expresión tan fuertemente acentuada como en la muy inferior reproducción fotográfica que ha insertado el editor bostoniano al frente de la citada biografía.
Esta última, lo mismo que antes la de Nicolay y Hay, descubren una explicación parcial de la tristeza de Lincoln en las dificultades de toda su juventud laboriosa y en suma poco ó nada divertida; en la vida ordinaria que á la fuerza hacían los pobladores primeros del oeste de los Estados Unidos, donde el futuro Presidente nació y siempre vivió, (excepto el breve término que estuvo en Washington como miembro de la Cámara de Representantes), mal alojados, mal alimentados, en lucha incesante contra una naturaleza montaraz, que sin grande y continuado esfuerzo no era posible dominar. Estas condiciones físicas, con su séquito habitual de enfermedades, afecciones dispépticas, intoxicación palúdea y accesos intermitentes de profundo abatimiento, ejercieron fatal influencia en el temperamento naturalmente reservado y meditabundo de Lincoln, y cubrieron su rostro de ese tinte de melancolía que nunca se desvanecía del todo, ni aun las veces frecuentes en que gustaba de repetir gravemente cuentos y chascarrillos.
Esa tristeza constitucional, en ningún caso signo de vulgaridad ó grosería, combinóse con una instrucción incompleta, con la lectura incesante de la Biblia, base principal junto con los Elementos de Euclides de toda su educación por los libros, resultando un producto singular, mezcla de estricto razonamiento matemático con la vena poética del fondo; creando un tipo humano en extremo interesante, cuyo originalísimo vigor se manifestó hasta en la estera literaria. En esta, á despecho de las incorrecciones iniciales de su gramática y del mal gusto inherente al género oratorio que privaba en Illinois tanto en los meetings políticos al aire libre como ante el jurado en los tribunales, llegó á adquirir una gran maestría, capaz de producir obras imperecederas, como el breve discurso al consagrar el terreno donde yacen los que perecieron en la batalla de Gettysburg, como los dos mensajes al inaugurar sus dos períodos presidenciales, que contienen pasajes sorprendentes de elocuencia sencilla y penetrante, frases luminosas y repletas de concentrada significación á la manera de versículos de la Biblia.
Tipo angloamericano perfecto, de la raza novísima, tal cual la amasaron y modelaron la atmósfera y el suelo en las vastas soledades al oeste de los Alleghanis, reúne en sí lo adverso y lo favorable de las cualidades que constituyen la originalidad de la nación. No debe ser, por tanto, tarea imposible ó excesivamente difícil el aislar y analizar cada uno de sus componentes, y causa verdadera sorpresa que en su libro declare John T. Morse una y otra vez que es un enigma el carácter de su héroe, que es Lincoln tipo sin semejante, solitario, excepcional, que su alma no se ha explorado, ni descifrado todavía el enigma satisfactoriamente.
Es verdad que á los rasgos comunes á todos los norteamericanos agrega Lincoln en alta dosis cualidades eminentes, inapreciables acaso en su justo valor, unas por no haber tenido tiempo de desplegarlas, otras por haber estado siempre comprimidas por las circunstancias: mansedumbre de espíritu inagotable, simpatía profunda y amplia bastante para comprender la humanidad entera, bondad sin límites, sin que el más leve sentimiento de vanidad ofendida y mucho menos de rencor apareciese perturbando la inalterable ecuanimidad, á pesar de haber vivido envuelto en luchas políticas, siempre feroces é implacables. Todo esto había en Lincoln y otras cosas más, pero no es suficiente para que un historiador, un crítico bien armado, declare tan pronto hallarse ante un abismo insondable y se reconozca impotente.
Es muy grande é intenso el entusiasmo de Morse, aunque ni con mucho llega al de los dos secretarios, que van naturalmente hasta hacer de Lincoln un dios; pero todo en el héroe lo atrae y lo fascina, toma de él hasta el misticismo fatalista, supersticioso de que estuvo siempre poseído. Ejemplo curioso se encuentra en otro lugar de la obra, en que buscando explicación á la expresión desolada de la fisonomía de Lincoln desde la juventud, cita el conocido verso de la balada de Campbell:
Coming events cast their shadows before,
y atribuye esa tristeza de facciones á una vaga y prematura conciencia de los deberes y responsabilidades abrumantes que le preparaba el porvenir:
"Al que como nosotros conoce el horrible acto final del drama, parécele natural buscar su impresionante unidad en cierta influencia remota, futura, que actúa desde las primeras escenas y nos lleva por fuerza instintiva á creer que una oculta condición moral é intelectual existía de antemano, desde la juventud, aunque su esencia profunda estuviese en lo porvenir, en años remotos todavía" (Tomo I, pag. 47).—Es correr peligro innecesario internarse por tales dificultades de análisis, con tal hipótesis por punto de partida; es, como en el caso presente, soltar los estribos, perder el equilibrio.
Hubo otra causa para acrecer la melancolía de Lincoln; aunque pertenece exclusivamente á la vida privada, no hay razón para pasarla en silencio, desde que biógrafos como Herndon, y sobre todo antes Lamon, la descubren y relatan minuciosamente: el carácter duro, porfiado, difícil de conllevar de su mujer. Caprichosa, sarcástica, altanera, no fué nunca la persona á propósito para embellecer y suavizar la vida doméstica de un hombre engolfado en negocios públicos que producían y requerían extraordinaria tensión de espíritu, ni mucho menos la compañera que tanto llegó á necesitar después, abrumado por tan graves responsabilidades, por tan devorante actividad intelectual durante los años de la guerra civil.
Lincoln se casó con Mary Todd, joven de excelente familia y distinguidas prendas personales, de posición en ese período muy superior á la suya por su educación y la fortuna de sus parientes, en Noviembre de 1842, contando él treinta y tres años y ella veinticuatro. El matrimonio debió haber sido celebrado mucho antes, el 1º de enero de 1841, pero completados los preparativos, ordenada la fiesta, reunidos los convidados y vestida de boda la novia, se suspendió todo porque el novio no apareció. Según unos fué víctima de un rapto sin precedente de locura que nubló de súbito su memoria; según otros no más que de un acceso de su habitual melancolía. Un amigo lo llevó inmediatamente consigo á viajar por el vecino estado de Kentucky, donde había nacido, para distraerlo; volvió al cabo de algún tiempo, renovó sus relaciones con la misma señorita, y sin grandes preparativos esta vez, sin previo aviso, celebraron repentinamente la ceremonia en presencia de unos cuantos amigos citados á última hora. Con estos antecedentes y dado el genio poco dúctil y amable de la esposa, no era de preverse una larga era de paz doméstica. Lincoln soportó con calma las consecuencias de su error, pero era claro que de ahí en adelante debía contar como adversidad irreparable de su existencia con la índole de su compañera, sus caprichos y constantes punzadas de alfiler.
¡Qué extraña coincidencia, qué antojo de la suerte hacer morir violentamente á los cincuenta y cuatro años un héroe de ese temple, dotado de tan extraordinaria suma de humanidad y mansedumbre, en el momento mismo en que recogía el tan anhelado fruto de afanes y angustias incesantes! ¡Cuando lo tenía ya entre las manos, cuando, unos días más, y todo quedaba completamente terminado! Después de la muerte del famoso Dictador el día de los idus de Marzo al pie de la estatua de Pompeyo, en los momentos en que reanimaba y reconstituía el poder romano para infundirle cinco siglos más de vida, no ofrece quizás la historia escena más trágica, más desastrosa para todos los que en ella tomaron parte, que el asesinato de Lincoln en un palco del teatro de Washington el viernes de la Semana santa del año de 1865.
La población de Washington era conocidamente hostil á los poderes supremos de la república en ella establecidos, la mayoría de sus habitantes simpatizaba abiertamente con la causa de la Confederación del sur, la ciudad misma pareció más de una vez á punto de caer por sorpresa en manos de los Confederados, y al principio la zozobra general demandaba ciertas precauciones. Pero fueron poco á poco calmándose los temores, y el Presidente y los miembros del gobierno habituándose al peligro y á no curarse de él. Lincoln, sin embargo, recibía con frecuencia anónimos amenazantes ó cartas de amigos anunciándole tramas y asechanzas, y se encontró después sobre su mesa de trabajo una cubierta llena de papeles con este rótulo: Assassination letters; mas él circulaba á pie ó en carruaje por las calles, como cualquier ciudadano, y después de la ocupación de Richmond y la capitulación del ejército de Lee, ¿quién podía seguir pensando en asesinos ó conspiradores?
En esos momentos mismos un joven y gallardo actor de melodrama, oriundo de los Estados del Sur, víctima del abuso de bebidas alcohólicas y de las vanidades del falso mundo de teatro en que vivía, logró combinar casi enteramente solo, tomando como instrumento unas cuantas personas oscuras, vulgarísimas, disipadas, el plan de matar en una misma noche al presidente y Vicepresidente, á los ministros de Estado y Guerra y al general Grant, dejar acéfalo el gobierno y permitir á los numerosos simpatizadores de la expirante causa rebelde realizar un golpe de mano en las primeras horas de desconcierto. El plan carecía de base sólida, no tenía ramificaciones fuera de la ciudad, no contaba con el apoyo de hombre alguno de importancia política ó militar, y sólo un corto número de imbéciles empujados por el frenesí de un ebrio consuetudinario fué capaz de ponerlo en ejecución.
Lincoln tenía dispuesto asistir esa noche del 14 de Abril de 1865 al teatro Ford donde se representaba la excéntrica y popular comedia del inglés Tom Taylor titulada "Nuestro primo de América" (Our American Cousin). Debía acompañarlo el general Grant, pero éste á última hora se excusó y salió de Washington con rumbo hacia el norte aquella misma tarde. El Presidente ocupaba un palco al nivel del proscenio, acompañado de su esposa, un joven militar llamado Rathbone y una señorita hija del senador Harris. Poco antes de las diez, hora escogida por Booth, porque era la de la salida de la luna, que debía alumbrarle el camino de su fuga, llegó el asesino á caballo junto á la puerta falsa del teatro, dejó su montura al cuidado de un muchacho, tomó en la taberna próxima la última copa de licor, entró en el coliseo en que como actor tenía paso franco y donde había estado durante el día con objeto de agujerear un tabique del palco y alterar el cierre de la puerta. Mostrando y dando desdeñosamente su tarjeta al único ujier sentado en el corredor, como si fuese un invitado del Presidente, penetró silenciosamente en el salón trasero sin que nadie lo sintiese, ni siquiera cuando aseguró la puerta de modo que no pudiesen abrirla desde afuera.
Los que por casualidad dirigían la mirada en ese instante hacia ese lado del proscenio vieron, al oir la detonación de una pistola, que el Presidente inclinaba la cabeza como dormido, y que un hombre puñal en mano atravesaba el palco, saltaba el antepecho, caía sobre el tablado y desaparecía corriendo, no sin manifestar antes lo teatral de su acción blandiendo el cuchillo y recitando con voz ronca el mote del escudo del estado de Virginia: Sic semper tyrannis. El tirano esa vez era el más dulce y compasivo de los hombres, y el vengador un comediante en cuyo nublado cerebro no habían penetrado las consecuencias del acto insensato que ejecutaba.
Murió Abraham Lincoln á las siete de la mañana siguiente sin haber recobrado el sentido, ocupó el Vicepresidente el puesto vacante y todo siguió el orden previsto por la ley constitucional. Pero el pronto restablecimento de la prístina armonía entre los Estados, precedido por completo y generoso olvido de lo pasado, había perdido en la catástrofe el más sincero y poderoso de sus defensores. Las Furias, suspendidos sus quehaceres en los campos de batalla, iban ahora á buscar aliados en las salas del Capitolio.
La suerte más negra pareció empeñarse en perseguir á cuantos estuvieron presentes ó contribuyeron á la sangrienta escena. Booth, con una pierna partida, por habérsele enredado las espuelas en la bandera nacional que ornaba el frente del palco presidencial, no pudo llegar á lugar de salvamento tan pronto ó tan lejos como hubiera querido; vivió diez días con la sombra de la muerte encima hasta caer herido como una alimaña por la bala de sus perseguidores. Quizás, según otros, se mató él mismo al verse rodeado y perdido dentro de un granero, incendiado con el fin de forzarlo á entregarse. De sus cómplices cuatro, incluso la mujer en cuya casa se reunían, fueron ahorcados; los otros expiaron en un presidio.
Entre los que se sentaban dentro del palco fué la suerte de Lincoln la menos cruel, pues expiró á las pocas horas sin haberle llegado desde el minuto en que estalló el arma asesina la menor vislumbre de lo que pasaba á su alrededor. La esposa pasó el resto de sus días enajenada, sumida en estupor profundo. El mayor Rathbone recibió de Booth, al intentar sujetarlo, una terrible cuchillada en el brazo, y esposo prometido de la hermosa joven sentada á su lado, acabó años después por ser su matador en un acceso de locura furiosa.
Tales fueron las consecuencias individuales. Las políticas, las que en suma modificaron la marcha general de la nación, son conocidas y no es posible exagerarlas. Como dijo el general Sherman á uno de los jefes adversos: «no sufrió la Confederación desastre más grande».
Pero aparte de la importancia histórica su interés dramático nunca disminuirá. Es muy de desearse que venga pronto el biógrafo definitivo de Lincoln, el que sepa aprovechar todos los detalles y presentar al ilustre mártir con sus rasgos y colores verdaderos, en un trabajo menos difuso y encomiástico que el de los dos antiguos secretarios, más seguro en sus juicios que el de Morse, más artístico y armónico que el de Herndon. Prescindo de propósito del volumen incompleto de Lamon, donde primero aparecieron muchos sucesos anteriores á la época de su engrandecimiento político, pero relatados con cinismo á veces desagradable, sin verdadera simpatía. Las demás biografías, bastante numerosas tienen menos valor como obras históricas.
EL "CENTÓN EPISTOLARIO"
Y
LA CRÍTICA AMERICANA
Ningún fraude literario se ha impuesto tan completamente á la credulidad pública como el que perpetró don Antonio Vera y Zúñiga, conde de la Roca, imprimiendo ó haciendo imprimir en tiempo de Felipe IV un libro con el título de Centón Epistolario del bachiller Fernán Gómez, y el siguiente pie de imprenta en la portada: "fué estampado. E correto por el protocolo del mesmo Bachiller Fernanperez (sic). Por Juan de Rei e a su costa en la cibda de Burgos el Anno M CD XCIX", es decir, en 1499.
Forma un volumen delgado, de ciento sesenta y seis páginas en cuarto menor, compuesto de ciento cinco cartas de muy amena lectura atribuidas á un tal Fernán Gómez de Ciudad Real, médico particular del rey don Juan II, personaje de quien no hay más noticias que las que en sus propias epístolas aparecen, lo cual ya hoy nadie extraña, pues nunca existió individuo conocido con ese nombre y profesión en la corte del rey don Juan.
El objeto de Vera y Zúñiga al concebir y ejecutar tan complicado engaño no fué entretener sus ocios de diplomático, ni cometer simplemente una ingeniosa travesura, como hizo, por ejemplo, en nuestros mismos días Adolfo de Castro, cuando escribió, publicó y atribuyó á Cervantes El Buscapié, que tanto ruido hizo en los momentos de su aparición, encontrando muchos, y varios hombres de letras entre ellos, que lo recibieran como obra auténtica. Vera y Zúñiga, que debió á Felipe IV el título de conde de la Roca y el empleo de embajador en Venecia, pertenecía á una familia distinguida, pero tenía la debilidad, bien común en su época y no excesivamente rara todavía, de no contentarse con tan poco, de picar más alto y pretender estar emparentado con la más encumbrada nobleza española; y como carecía de pergaminos ó papeles en comprobación de esa fantástica ascendencia, le asaltó la idea de forjar un libro en que constase su abolengo. Moviólo sin duda al decidir la época que debía minuciosamente estudiar para reproducir de algún modo verosímil sus usos y costumbres, el ser la Crónica de don Juan II entre todas las de los reyes de Castilla indisputablemente la mejor, la más puntual y segura, como dijo Mondejar. Cortando retazos de la Crónica, variando ligeramente los hilos de la trama, zurciéndolos con innegable habilidad, fabricó las ciento quince cartas, y salpicó aquí y allí como de paso pruebas de su linaje, mencionando sus abuelos, el Comendador Ruy Martínez de Vera, ayo y Camarero mayor del Infante, que supone emparentado con el condestable don Alvaro de Luna, así como su hijo don Juan de Vera. Escritas las cartas les inventó un autor, lo bautizó Bachiller Fernán Gómez, nombre que á nada comprometía y, como debía forzosamente ser una persona cercana al Rey, lo graduó de médico de cámara.
Era en seguida preciso exhibir al público el documento apócrifo de modo que no dudase de su procedencia. Un códice antiguo es muy difícil de imitar. No es muy aventurado suponer que aprovechara entonces el conde de la Roca su estancia en Italia, en Venecia, cuyos impresores eran tan hábiles y famosos, donde con la mayor facilidad podían á mediados del siglo XVII componer é imprimir un libro que en la apariencia datase de fines del siglo XV: de ahí probablemente salió el volumen del Centón Epistolario con portada diciendo que lo habían impreso en Burgos á costa de Juan del Rey.
Vio la luz calladamente, como convenía, y fué sin ruido á las manos á que debía ir, colocándose en los estantes sin despertar sospecha de su procedencia, y contó en adelante como uno de los monumentos más curiosos del habla castellana al término de la Edad Media.
Las sospechas nacieron más tarde, pero sólo de parte de alguno que otro bibliógrafo, y fundadas únicamente en las condiciones tipográficas del tomo. La crítica literaria (ó lo que por tal pasaba,) continuaba apreciando como de buena ley la prosa epistolar de Fernán Gómez de Cibdareal, cuando era ya opinión corriente entre los eruditos al finalizar el siglo XVIII, según Bayer y Méndez, que la edición supuesta original no había podido ser impresa ni en el lugar ni en la fecha que en ella se declaraban. Las cartas del Bachiller seguían tenidas por obra de un contemporáneo de Juan II, tanto que el que desempeñaba en 1755 la secretaría de la Real Academia de la historia, don Eugenio Llaguno, publicó una segunda edición del Epistolario, añadiéndole una biografía del autor conforme á datos sacados de las mismas cartas, que de otra parte seguramente no podía sacarlos, pues el personaje, como va dicho, era puramente imaginario.
Así las cosas permanecieron hasta que en 1833, á los doscientos años poco más ó menos de cometido el fraude, dió á luz Quintana en Madrid el tomo tercero de sus Vidas de Españoles célebres. Escribiendo con su esmero y conciencia habituales la biografía de don Alvaro de Luna notó, al llegar al período del proceso y muerte en el cadalso del Condestable, suceso sin disputa el más famoso de todo el reinado, que la relación hecha por el Bachiller se hallaba en desacuerdo completo respecto á detalles importantes con varios documentos oficiales, auténticos, que se conservan, y como el Bachiller se daba por testigo presencial de lo que refería, depositó Quintana al pie de la página estas dos preguntas muy oportunas:—¿Existió verdaderamente semejante médico y semejante correspondencia?—¿Sería por ventura esta obra juego de ingenio de algún escritor posterior?—Era poner por primera vez el dedo en la llaga. Por desgracia el poeta historiador se redujo á expresar sus sospechas en esa forma de duda ó interrogación y dejar que otros la resolvieran.
Nadie empero volvió á ocuparse en el particular hasta que en 1849 publicó Ticknor la primera edición de su excelente Historia de la Literatura española, en uno de cuyos apéndices afirma que á su juicio todo el Centón Epistolario era de la primera á la última línea una falsificación, y expone brevemente alguna de las razones históricas y filológicas en que fundaba su opinión. Esto no era ya tocar la llaga con precauciones como Quintana, sino atacarla ferro et igni para cauterizarla y extirparla. Pero esas operaciones violentas aplicadas á males envejecidos arrancan siempre gritos, no sólo del paciente, lo que no podía ser en el presente caso, sino también de circunstantes horrorizados. El marqués de Pidal gritó el primero; no tenía inconveniente en admitir que la primera edición era espuria, y una superchería los pasajes referentes á la familia Vera; no negaba que hubiese otros errores inexplicables en el texto, pero creía á pies juntillas en la existencia del Bachiller y afirmaba que las cartas habían sido escritas en los días de don Juan Segundo, porque así lo revelaban su estilo y su lenguaje.
Don Adolfo de Castro intentó complicar la cuestión negando por una parte la autenticidad del libro, pero atribuyéndolo á un nuevo personaje, Gil González Dávila. La inesperada sugestión pasó casi inadvertida, no era más que una de tantas suposiciones aventuradas del ingenioso hidalgo gaditano.
Ticknor replicó reiterando la firmeza de su convicción, y en los mismos curiosos y eruditos datos suministrados por Pidal halló motivos nuevos de confirmar á Vera y Zúñiga la paternidad del Centón. Luego Gayangos añadió á esta solución el peso de su autoridad, logrando convertir por último al mismo marqués de Pidal.
El problema estaba, sin embargo, destinado á renacer, á ser planteado y tratado otra vez, como si nada antes se hubiese hecho en el sentido de su resolución. Amador de los Ríos en el tomo VI, publicado en 1865, de su Historia crítica de la Literatura española, entra magistralmente en la controversia, y con el tono de convencida suficiencia en él característico, como quien se siente más que de sobra capaz de fijarla para siempre, echa á un lado de idéntica manera á Quintana y á Ticknor, á Pidal, á Castro y á Gayangos, y pronuncia que el Centón "es uno de los más fehacientes y genuinos monumentos del largo reinado de don Juan II". No agrega en realidad un solo nuevo dato positivo á la cuestión, sino deslíe en quince grandes páginas una serie de observaciones abstractas del género de la siguiente: "En ninguna obra de arte se revela con más verdad y fuerza el carácter vario, indeterminado y contradictorio de la corte de don Juan II", lo cual para decidir de la autenticidad de una obra no puede ser más "indeterminado", es decir, más vago y menos concluyente.
Amador de los Ríos en resumidas cuentas pretende resolver la incógnita con la incógnita misma, sin darse la pena de deducir sus elementos ni salir del círculo estrecho de sus apreciaciones personales. Para encomiar la frase del Centón ensarta este rosario de adjetivos: limpia, clara, nerviosa, elíptica y salpicada de vivos pero naturales y agradabilísimos matices. Para enaltecer su dicción este otro: casta, sencilla, ruda á veces, mas siempre pintoresca y graciosa, siempre gráfica y adecuada. Y ahí está el quid de la cuestión, porque lo que importa saber es si todos esos calificativos tan abundantemente regados se hallan bien aplicados á un texto especial del siglo XV, y para demostrar esto se requiere algo más que impresiones sin consistencia y tono de autoridad superior.
La "Historia crítica de la literatura española" es en verdad una obra impacientante; anunciada con grande alarde y golpes de caja, como un acontecimiento nacional; puesta "á los pies del trono constitucional de la Reina de España", la cual, como se nos dice en larga dedicatoria, "no solamente se dignó aplaudir con hidalguía de española mis difíciles tareas, sino que me honró con magnanimidad de Reina oyendo algunos capítulos", no pasa, sin embargo de todo ese honor y de la pompa y verbosidad del contenido, más allá de una muy moderada medianía. Su mayor mérito consiste en ser, y así en la misma dedicatoria se asegura, "la primera escrita por un español en lengua castellana", pero ni como obra histórica ni como obra de arte pudo satisfacer las esperanzas, el interés con que se la aguardó. El estilo no atrae, no encanta, y la sagacidad del crítico flaquea á menudo, extravía al lector, porque el guía no posee completamente la materia, porque le falta ingenio y agudeza y le sobra seguridad, confianza en su sabiduría.
No hay apenas error, acreditado por la rutina y por la superficialidad con que hasta entonces se había tratado en España la literatura de la Edad Media, que no encuentre inmediatamente en Amador nuevo defensor, tan obstinado como mal pertrechado para la discusión. Ya hemos visto como respecto del Centón se extravía, y deslumbrado por sus propios adjetivos no acierta con su camino. Lo mismo le sucede con el Libro de Montería, que contra toda evidencia se empeñó en atribuir á Alfonso el Sabio. Lo mismo con las dos famosas octavas, supuestas únicas reliquias de las Querellas de Don Alfonso, en que ya hoy no cree literato alguno un poco versado en la materia; Amador no sólo las acepta como realmente de la época, no sólo les confirma la fantástica paternidad, sino que las cita, las altera, las adereza á su gusto, y dice que son "la voz del cisne que preludia su triste fin".—El cisne es Alfonso el Sabio y el preludio unos versos apócrifos escritos varios siglos después. ¡Extraño ayuntamiento!
En toda cuestión insostenible, perdida de antemano, se mantiene aferrado á su parecer con una terquedad digna de mejor fortuna; por ejemplo, en la polémica en que discute de potencia á potencia con Fernando Wolf, quien sabía más que él de literaturas medioevales, sobre el valor literario de las ee paragógicas añadidas á los romances antiguos por los cantores populares y que tanto los afean, añadidura que Menéndez y Pelayo con su tino habitual suprime en la Antología de poetas líricos al incluir la Primavera de Wolf tal como la publicó este gran crítico y este folklorista sin par.
Menéndez y Pelayo, sin embargo, llama la Historia de Amador "monumento que honra el nombre de su autor y la erudición española", aunque no se sabe si usa ese sustantivo por deferencia al que fué su profesor en la Universidad de Madrid, ó porque aluda simplemente á las proporciones materiales de la obra, á los siete grandes y compactos volúmenes que no van más allá de la época de los Reyes católicos. Tanta indulgencia de otro modo sería inexplicable al lado de la severidad, la injusticia conque trata en otro lugar la Historia de la Literatura española por Ticknor, relegándola con desdén á la ínfima categoría de "un apreciable manual bibliográfico, de crítica puramente externa y vulgar por todo extremo"[78].
La Historia de Ticknor fué á los pocos años de publicada traducida al alemán, al castellano y al francés, acompañada en las dos primeras lenguas de notas complementarias escritas por sabios como Wolf y como Gayangos, que no creyeron desmerecer prestando su nombre y sus conocimientos para autorizar y propagar la obra. Aparecieron del original inglés cinco grandes ediciones en los Estados Unidos, todas retocadas y perfeccionadas cada vez, amén de otras en la Gran Bretaña. Millares y millares de personas la han leído y consultado y por todas ha sido tenida como la obra más completa y mejor sobre el asunto, honor que aun conserva, pues no existe ninguna otra hasta el presente que la pueda sustituir. Es el fruto de una vida entera de estudio constante, el resultado de un esfuerzo de muchos años, al que contribuyeron todos los recursos que el talento, la paciencia, la fortuna, los viajes, la posesión de rica y escogida biblioteca, cual en España misma era muy difícil reunir á ningún particular, la consagración en fin de todos los instantes, podían suministrar. Distínguese y es digna de todo encomio por la excelencia del plan, la seguridad del método, la claridad de la exposición, el análisis directo, personal de los autores, sobre todo por el anhelo de comprender, de mantenerse en viva é íntima simpatía con cuanto ofrece de peculiar y característico la civilización española. El autor era extranjero y era protestante, hijo de Boston, la metrópoli literaria y religiosa de la Nueva Inglaterra, y no es su menor mérito el espíritu de justicia, de inalterable tolerancia, de profundo respeto con que sigue y aprecia una literatura tan esencialmente católica, apostólica, romana, cual la que en España se formó y brilló durante los siglos XVI y XVII, edad de oro de su civilización y su cultura. ¿Existe acaso algún español que haya procedido de idéntica manera al ocuparse en estudiar vidas y escritos de protestantes? ¿Lo ha hecho por ventura el autor de la Historia de los Heterodoxos españoles? La tolerancia religiosa, la moderación en cuestiones que con la fe se rozan, la universalidad de sentimientos nunca han sido virtudes solicitadas ni apreciadas por la mayoría de los hijos de España; pero Ticknor al escribir en inglés sobre las letras españolas no pretendía dirigirse á los españoles, y fué para él tan grata como inesperada satisfacción que dos literatos lo tradujesen, y tradujesen muy bien, al castellano y le consiguiesen lectores donde ni por sueño esperó encontrarlos. Menos sorpresa probablemente le habría hoy causado saber que un crítico de la importancia de Don Marcelino Menéndez y Pelayo, influído tal vez por prejuicios, por preocupaciones más políticas que literarias, lo trata con tanta dureza[79].
La bibliografía está por Ticknor relegada á las notas, es una parte á que prestó sin duda minuciosa atención, cosa muy natural en toda buena historia literaria que por fuerza ha de versar principalmente sobre libros. Ordenada, clasificada, bien digerida como se encuentra aquí, es de la mayor utilidad para el lector y para el estudiante, que encuentran de esa manera en su lugar y muy á mano cuanto puede necesitar, precisamente lo que no acontece en el mare mágnum confuso y revuelto del Ensayo de una Biblioteca, que bajo el nombre de Bartolomé José Gallardo se extiende por las páginas de cuatro grandes volúmenes insondables.
El sentido literario era más fino en Ticknor que en Pidal y en Amador de los Ríos, pues adivinó la falsedad del Centón en que esas dos autoridades creían. Adivinó también, y demostró esta vez hasta la evidencia, sosteniendo al efecto larga polémica, la falsedad de El Buscapié publicado por Adolfo de Castro, cuando toda España, con excepciones contadísimas, lo recibió como obra genuina de Cervantes, incluso críticos tan hábiles como Quintana y José Joaquín de Mora. Bien conocía la lengua y la literatura quien, á pesar de su condición de extranjero y de haber residido muy corto tiempo en el país, penetra tan seguramente y tan pronto al través de engaños en que han caído casi todos.
Pero respecto al Centón la tarea no estaba terminada, como la insistencia en el error de Amador lo prueba. Algo faltaba todavía, y á otro americano estaba reservado completarla.
Gayangos previó en sus adiciones á la traducción del Ticknor que el día que algún crítico se pusiese á estudiar los giros y modismos del Centón, analizar su sintaxis y compararla con la de otros escritos de la misma época, tendría que caer por tierra el principal argumento de los admiradores tenaces del falso físico del rey don Juan.
Nadie en España á pesar de la oportuna sugestión se animó á emprender lo que sin duda había de ser ímproba tarea. En nuestros días por fin un sabio hispanoamericano no se ha arredrado ante la dificultad y la ha vencido definitivamente, aunque de paso y como simple incidente de empresa más grande y complicada á que estaba consagrado.
Preparando el señor Rufino José Cuervo los materiales de su admirable y único Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, consideró de previo y especial pronunciamiento, para usar el término forense, el punto de aceptar ó rechazar como lengua literaria corriente del siglo XIV los vocablos, giros y modismos de que no se conociera otro ejemplo que el texto del Centón Epistolario. La opinión de Amador de los Ríos debía, no obstante su evidente superficialidad, detener á un lexicógrafo escrupuloso, y decidió prudentemente instruír el proceso y ventilar la duda. El fallo queda pronunciado en estos términos concluyentes: "Para cualquiera que lo examine con detenimiento, el Centón es un zurcido de voces y locuciones de distintas procedencias". Al final de la Introducción al Diccionario, en una extensa nota que llena más de tres páginas en 4º de letra menuda, expone con la necesaria minuciosidad los fundamentos principales de su fallo.
Resulta de ellos que el libro, es decir, la supuesta edición príncipe de Burgos, 1499, fué indudablemente impreso en Italia por cajistas italianos que cayeron en multitud de errores característicos. Resulta más: que el autor de la falsificación debía también vivir en esa región y practicar corrientemente la lengua italiana; así fué que al aplicarse á estudiar el habla antigua de Castilla con objeto de imitarla y urdir su pasticcio, confundió de la manera más curiosa palabras italianas contemporáneas con voces antiguas castellanas, acabando por no distinguirlas entre sí, y por formar con unas y otras la trama de su lenguaje, que viene á parar en ser la cosa más extraña y abigarrada del mundo. De esos italianismos, innecesarios y nunca vistos en otro libro español del siglo XIV ni de los dos siguientes, cita Cuervo más de cuarenta ejemplos dispuestos en orden alfabético.
Descubre, además, multitud de locuciones y construcciones completamente ajenas de la propiedad castellana, y copia también un buen número. Entre ellas es de notarse el uso del ca, que llamó desde el principio la atención de Ticknor, que Amador de los Ríos defendió, de que reúne Cuervo más de una docena de muestras para probar que es giro peculiar del fingido bachiller de Cibdareal, incompatible con el uso de Castilla.
También ha cotejado cuidadosamente el distinguido filólogo colombiano la Crónica de don Juan II con el Epistolario, y aparece de ese careo, como dice, que la Crónica misma con la naturalidad de su estilo denuncia las frases extrañas, impropias é incorrectas á que el zurcidor ha tenido que apelar para disimular un poco el origen de lo que iba copiando. El Centón, por consiguiente, es plagio de la Crónica; así puede afirmarse después del análisis de Cuervo con pleno conocimiento del asunto, sin haber lugar para reserva ó atenuación alguna en el pronunciamiento.
Es un antiguo vacío en la historia de la literatura que ahora queda perfectamente lleno. El Sr. Cuervo ha vertido abundantemente luz sobre un punto que para algunos, á causa de Amador de los Ríos, podía ser aun materia oscura y controvertible. Quizás no falte todavía quien discuta si fué ó no don Antonio Vera y Zúñiga el que fabricó el texto espurio, ó si lo mandó fabricar, ó si algún otro lo maquinó figurándose complacerle: cuestión de importancia mucho menor, aunque la verdad es que todos los datos y las más lógicas deducciones concurren á convencer del cargo al susodicho personaje. Pero nadie ya deberá creer en la existencia de un bachiller de Ciudad Real, autor de las cartas que durante más de dos siglos corrieron bajo su nombre, ni mucho menos forjarse la extravagante ilusión de hallar en ellas "el carácter vago, indeterminado y contradictorio" de la corte del rey don Juan segundo, sobre todo si tiene á mano la Crónica auténtica para conocer mejor la historia de aquellos tiempos calamitosos, y descubrir que lo uno no es más que pálido trasunto de lo otro, con numerosas equivocaciones y mentiras por añadidura.