CAPÍTULO XIX.
Porvenir de las misiones.
Año 45
Tal era el mundo que los misioneros cristianos se encargaron de convertir; y bien podemos ver que semejante empresa no fué una locura, ni tampoco el llevarla á cabo un milagro. El mundo carecia moralmente de muchos cosas que la nueva religion le podia facilitar de una manera admirable; las costumbres se dulcificaban; queríase un culto más puro; y las nociones sobre los derechos del hombre y las ideas acerca de los amejoramientos sociales iban ganando terreno por todas partes. La credulidad, por otro lado, era extremada, el número de personas instruidas muy escaso, y si ante semejante sociedad se hubiesen presentado ardientes apóstoles, judíos, es decir, monoteistas, discípulos de Jesús, penetrados de la más dulce predicacion moral que jamás pudiera oirse, no hay para que dudar que se les hubiera escuchado. Los sueños é ilusiones que contiene su enseñanza, no serán un obstáculo para que obtengan buen éxito; el número de los que no creen en lo sobrenatural y en el milagro es muy corto; si son humildes y pobres tanto mejor, porque la humanidad en el punto que se halla, no puede salvarse sino por un esfuerzo del pueblo. Las antiguas religiones paganas no son reformables; el Estado romano es lo que será siempre el Estado; es decir, una cosa rígida, seca, y dura; en ese mundo que parece por falta de amor, el porvenir es de aquel que toque la fibra sensible de la piedad popular. El liberalismo griego y la antigua gravedad romana son impotentes para conseguirlo.
La fundacion del cristianismo es bajo este punto de vista la obra más grande que han hecho jamás los hombres del pueblo, y muy pronto quizás, los hombres y mujeres de la alta nobleza romana, se afiliarán á la Iglesia. Desde fines del primer siglo, Flavio Clemente y Flavia Domitila nos muestran casi al cristianismo penetrando en el palacio de los Césares[1068]. Á partir de los primeros Antoninos, cuéntanse personas ricas en la comunidad, y á fines del segundo siglo algunos de los personajes más considerables del Imperio[1069], si bien en general todos ó casi todos eran humildes[1070]. En las iglesias más antiguas, así como en Galilea al rededor de Jesús no habia nobles ni poderosos: ahora bien en esas grandes creaciones, la primera hora es la decisiva; la gloria de las religiones pertenece por completo á sus fundadores, pues aquellas, en efecto, se reducen á una cuestion de fé; creer es una cosa vulgar; la obra maestra es saber inspirar la fé.
Cuando uno trata de figurarse aquellos maravillosos orígenes, se le representan por lo regular las cosas segun el modelo de nuestra época, lo cual induce á graves errores. El hombre del pueblo, en el primer siglo de nuestra era, sobre todo en los países griegos y orientales, no se asemejaba en nada de lo que es hoy; la educacion no levantaba entonces en las clases una barrera tan inespugnable como ahora, y aquellas razas del Mediterráneo, si se exceptúan las poblaciones de Lacio, las cuales habian desaparecido ó perdido toda su importancia desde que el imperio romano habia llegado á ser la cosa de los pueblos vencidos al conquistar el mundo, aquellas razas, digo, eran menos sólidas que las nuestras, pero más vivas, más espirituales, más idealistas. El pesado materialismo, esa cosa triste y apagada, efecto de nuestros climas y legado fatal de la edad media, que da á nuestros pobres un aspecto tan desconsolador, no era el defecto de los de aquella época. Sin embargo, aun cuando fuesen muy ignorantes y crédulos, no lo eran más que los ricos poderosos, y no hay que representarse el establecimiento del cristianismo como análogo á lo que seria entre nosotros un movimiento que, partiendo de las clases populares, acabara (cosa imposible á nuestros ojos,) por obtener el asentimiento de los hombres instruidos. Los fundadores del cristianismo pertenecian al pueblo en el sentido de que iban mal vestidos, vivian sencillamente y hablaban mal, ó más bien solo se proponian expresar sus ideas con vivacidad; mas en punto á inteligencia no eran inferiores sino á un corto número de hombres que aún quedaban de la gran sociedad de César y de Augusto. Comparados con los principales filósofos que enlazaban el siglo de Augusto con el de los Antoninos, los primeros cristianos podian considerarse como espíritus pobres, mas comparados con la masa de los súbditos del Imperio eran ilustrados. Tratábaseles á veces de pensadores libres; el grito del populacho contra ellos era «¡Muerte á los Ateos!»[1071] y esto no es de extrañar si se atiende á que el mundo hacia espantosos progresos en punto á supersticion. Las dos primeras capitales del cristianismo de los gentiles, Antioquía y Éfeso, eran las dos ciudades del Imperio más dadas á las creencias sobrenaturales, los siglos segundo y tercero llevaron hasta la demencia el espíritu de lo maravilloso y de la credulidad.
El cristianismo nació fuera del mundo oficial, mas no era precisamente inferior á él: solo en apariencia y segun las preocupaciones mundanas, eran los discípulos de Jesús unas pobres gentes. El hombre mundano ama lo que es orgulloso y fuerte; habla con dureza al humilde; entiende que el honor consiste en no dejarse insultar, y desprecia en fin al que se reconoce débil, que lo sufre todo, que cede su túnica y presenta el rostro para recibir un bofeton. Aquí está el error, pues el débil á quien desprecia es superior por lo general; la virtud reside en los que obedecen (sirvientes, obreros, soldados, etc.,) más bien que en los que mandan y gozan; y esto está casi en el órden, puesto que mandar y disfrutar, lejos de contribuir á la virtud, ofrece una dificultad para ser virtuoso.
Jesús comprendió maravillosamente que en el seno del pueblo se halla la resignacion y abnegacion que salva al mundo. Hé ahí porque proclamó felices á los pobres, juzgando que á ellos les era más fácil que á los otros ser buenos; los cristianos primitivos fueron por esencia pobres; «pobres» se les llamó[1072] y aun cuando el cristiano fuese rico en los siglos segundo y tercero, en punto á espíritu se le podia considerar como un tenuior[1073] y se salvó gracias á la ley sobre los collegia tenuiorum. No eran ciertamente todos los cristianos esclavos y gentes de baja condicion, mas el equivalente social de un cristiano era un esclavo, y lo mismo se decia de aquel que de este, reconociéndose en ambos las mismas virtudes de bondad, humildad, resignacion y dulzura. Todos los autores paganos opinan unánimemente de este modo; todos sin excepcion reconocen en el cristiano los rasgos del carácter servil, la indiferencia hácia las grandes cuestiones y ese aire triste y contrito, esa aversion hácia los juegos, los teatros, los gimnasios y los baños[1074], característica en ellos.
En una palabra, los paganos eran el mundo, no los cristianos: estos constituian un pequeño grupo separado, aborrecido del mundo, que ellos por su parte encontraban malo[1075] procurando «conservarse inmaculados del mundo»[1076]. El ideal del cristianismo será lo contrario del ideal mundano[1077]; al perfecto cristiano le gustarán las objeciones; tendrá las virtudes del pobre, del hombre sencillo, de aquel que no trata de hacerse valer, mas no carecerá tampoco de los defectos de sus virtudes, pues considerará vanas y frívolas muchas cosas que no lo son, declarándose enemigo de la belleza. Un sistema en que la Venus de Milo no aparece sino como un ídolo, es un sistema falso ó al menos parcial, pues la belleza vale casi tanto como lo bueno y lo verdadero. Con semejantes ideas, es en todo caso inevitable una decadencia en el arte, pues el cristiano no querrá ni edificar, ni esculpir, ni dibujar; será demasiado idealista, y le importará poco saber, porque la curiosidad le parece una cosa vana. Confundiendo la gran voluptuosidad del alma, que es uno de los modos de tocar lo infinito, con el placer vulgar, no querrá disfrutar porque es demasiado virtuoso.
Desde ahora se presenta otra ley que debe dominar en esta historia; el establecimiento del cristianismo corresponde á la supresion de la vida política en el mundo del Mediterráneo; el cristianismo nace y se extiende en una época en que ya no hay patria; si alguna cosa falta á los fundadores de la Iglesia, es el patriotismo. No son cosmopolitas porque todo planeta es para ellos un lugar de destierro; son idealistas en el sentido más absoluto. La patria es un compuesto del cuerpo y del alma; esta última, constituye los recuerdos, las costumbres, las leyendas, las desgracias, las esperanzas y los sentimientos comunes; el cuerpo, es el suelo, la raza, el idioma, las montañas, los rios, los productos característicos, y en tal caso, nadie prescindió tanto de todo esto como los verdaderos cristianos. Ellos no tomaron cariño á la Judea, y al cabo de algunos años olvidaron la Galilea completamente; la gloria de Grecia y de Roma solo les inspiró indiferencia; los países en que el cristianismo se estableció desde luego, es decir, la Siria, Chipre y el Asia Menor, no se acordaron ya de la época en que fueron libres; en Grecia y Roma dominaba aún el sentimiento nacional, pero en esta última el patriotismo residia en el ejército y en algunas familias, mientras que en la primera el cristianismo no fructifica sino en Corinto, ciudad que desde su destruccion por Mummio y su reconstruccion por César, era un conjunto de gente de todas clases. Los verdaderos países griegos, entonces como hoy, muy poseidos por el recuerdo de su pasado, se prestaron muy poco á la nueva predicacion y fueron siempre medianamente cristianos. Por el contrario, aquellos países mudos, alegres, voluptuosos, tales como el Asia y la Siria, países de placer, de costumbres libres y de abandono, acostumbrados á recibir de extraños la vida y el gobierno, no tenian nada á que renunciar tratándose de orgullo y tradiciones. Las más antiguas metrópolis del cristianismo, como Antioquía, Éfeso, Tesalónica, Corinto y Roma, fueron ciudades comunes, si así puede decirse, ciudades semejantes á la moderna Alejandría, donde afluian todas las razas, y donde la union entre el hombre y el suelo, que es lo que constituye la nacionalidad, era absolutamente nula.
La importancia que se da á las cuestiones sociales está en sentido inverso á las preocupaciones políticas: el socialismo adquiere la superioridad, cuando el patriotismo se debilita; el cristianismo fué la explosion de las ideas sociales y religiosas, que debia esperarse desde el momento en que Augusto puso fin á las luchas políticas. Culto universal, como el islamismo, el cristianismo será en el fondo el enemigo de las nacionalidades, y serán necesarios muchos siglos y muchos cismas para que lleguen á formarse iglesias nacionales con una religion que fuese desde luego la negacion de toda patria terrestre, que naciere en una época en que no hubiera en el mundo ni ciudad ni ciudadanos. Es indudable que las antiguas y severas repúblicas de Italia y de Grecia como un veneno mortal habian rechazado estas iglesias para el Estado.
Y esta es una de las causas que contribuyen á la grandeza del culto nuevo: la humanidad es cosa diversa, cambiante, agitada por deseos contradictorios; grande es la patria y santos son los héroes de Maraton, de las Termópilas, de Valmy y de Fleurus; pero la patria no está aquí abajo, porque uno es hombre é hijo de Dios antes que francés ó aleman.
El reino de Dios, sueño eterno que no se arrancará del corazon del hombre, es la protesta contra lo que el patriotismo tiene de exclusivo; el pensamiento de una organizacion de la humanidad para su dicha más grande y su amejoramiento moral, es cristiano y legítimo; el Estado no sabe ni puede saber más que una cosa: organizar el egoismo, y esto no es indiferente, porque el egoismo es el más poderoso y el más perceptible de los móviles de la humanidad. Pero esto no basta: los gobiernos que suponen que el hombre solo tiene instintos de egoismo, se equivocan de medio á medio, porque la abnegacion es tan natural como el egoismo para los hijos de las grandes razas; la organizacion de la abnegacion es la religion, y no se espere pues prescindir de esta última ni de sus asociaciones, porque el progreso de las sociedades modernas, hará que esta necesidad sea cada vez más imperiosa.
Hé ahí de qué modo esos relatos de extraños sucesos pueden encerrar para nosotros una gran enseñanza, pero es preciso no detenerse en ciertos rasgos que por la diferencia de épocas puedan parecer extravagantes. Cuando se trata de creencias populares hay siempre una inmensa desproporcion entre la grandeza del objeto ideal que prosigue la fé y la pequeñez de las circunstancias materiales que inducen á creer. De ahí la particularidad que en la historia religiosa, los detalles extraños y los actos que se asemejan á la locura, puedan mezclarse con lo que hay de más sublime. El fraile que inventó la santa ampolla ha sido uno de los fundadores del reino de Francia: ¿quién no querria borrar de la vida de Jesús el episodio de los demoniacos de Gergesia? Ningun hombre de sangre fria ha hecho nunca lo que hicieron Francisco de Asís, Juana de Arco, Pedro el Ermitaño, é Ignacio de Loyola; nada es más relativo que la palabra locura aplicada al pasado del espíritu de la humanidad; y si se siguieran las ideas extendidas en nuestros dias, no hay profeta, ni apóstol, ni santo, que no se hubiese visto encerrado. La conciencia humana es poco estable en las épocas en que la reflexion no ha avanzado mucho y cuando es tal el estado del alma, se llega insensiblemente del bien al mal y del mal al bien, dando lugar á que lo bello se convierta, en feo ó vice-versa. No hay justicia posible para lo pasado si no se admite este principio. Un mismo soplo divino penetra en toda la historia y forma una union admirable; pero la variedad de combinaciones que pueden producir las facultades humanas es infinita. Los apóstoles difieren menos de nosotros que los fundadores del budismo, los cuales, sin embargo, se aproximaban más á nosotros por el idioma, y probablemente por la raza. Nuestro siglo ha visto movimientos religiosos tan extraordinarios como los de otras épocas, movimientos que han provocado tanto entusiasmo como los anteriores, que cuentan ya relativamente, mayor número de mártires, y cuyo porvenir es aún incierto.
No hablo de los Mormones, secta por ciertos conceptos tan estúpida y abyecta, que se le resiste á uno creer en ella formalmente, por más que sea instructivo ver en pleno siglo XIX á millares de hombres de nuestra raza vivir creyendo en los milagros y en las maravillas en que tienen una fé ciega y que segun dicen han visto y tocado. Ya contamos con toda una literatura para demostrar el acuerdo que existe entre el mormonismo y la ciencia, pero lo más admirable es, que esta religion, fundada en necedades é imposturas, ha sabido llevar á cabo prodigios de paciencia y abnegacion, y dentro de quinientos años, habrá doctores que probarán su divinidad por las maravillas de su establecimiento. El babismo en Persia, ha sido un fenómeno notable por otro estilo[1078]: un hombre pacífico y sin pretension alguna, una especie de Spinoza, modesto y piadoso, se ha visto casi á pesar suyo, elevado al rango de taumaturgo, de encarnacion divina, llegando á ser el jefe de una secta numerosa, ardiente y fanática, que estuvo á punto de producir una revolucion semejante á la de Islam. Millares de mártires recibieron por él la muerte con la mayor alegría; el dia de la matanza de los babis en Teheran, no tiene acaso igual en la historia del mundo, pues segun dice un narrador, testigo ocular,[1079] «vióse en dicho dia en las calles y bazares de Teheran, un espectáculo que la poblacion no olvidará acaso nunca. Aún hoy dia, cuando se habla de aquella catástrofe, puede comprenderse cuánta fué la admiracion mezclada de horror que experimentó la multitud, y que los años no han disminuido. Vióse avanzar entre los verdugos una porcion de niños y mujeres con las carnes del cuerpo desgarradas y llevando sujetas alrededor de éste mechas encendidas cuya llama les abrasaba la piel; las víctimas, que iban atadas con cuerdas, recibian continuos latigazos, mas á pesar de esto, niños y mujeres avanzaban entonando un versículo que decia: «En verdad venimos de Dios y volvemos á él» y elevábanse sus voces sonoras en medio del silencio de la multitud. Cuando uno de los condenados caia al suelo hacíanle levantar á fuerza de golpes, y entonces, por agotadas que estuviesen las fuerzas de la víctima á causa de la pérdida de sangre que corria de sus heridas, poníase á bailar gritando con creciente entusiasmo: «En verdad que somos de Dios y volvemos á él.» Algunos niños caian muertos sobre el camino, y los verdugos cogian sus cuerpos y los arrojaban á los piés de los padres y de sus hermanos, que pisaban orgullosamente aquellos cadáveres sin lanzarles siquiera una mirada. Al llegar al lugar de la ejecucion se propuso á las víctimas que abjurasen: á un verdugo se le ocurrió decir á un padre que si no cedia iba á cortar el cuello á sus dos hijos sobre su mismo pecho; los dos muchachos, de los cuales el mayor tendria catorce años, enrojecidos con su propia sangre, y calcinadas las carnes, escuchaban friamente el diálogo: el padre contestó tendiéndose en el suelo que estaba dispuesto, y entonces el mayor de sus hijos, reclamando con instancia su derecho de primogenitura, pidió que le degollase antes á él[1080]. Por último se acabó todo: las sombras de la noche cubrieron una masa informe de carne humana; las cabezas estaban atadas á los postes del cadalso y los perros de los arrabales se dirigian en bandadas hácia aquel punto.»
Esto ocurria en 1852: la secta de Mazdak, en tiempo de Cosroes Nouschirvan, se ahogó en un baño de sangre semejante; la abnegacion absoluta es para las almas sencillas el más exquisito de los goces y una especie de necesidad; en la ejecucion de los Babis, algunas personas que eran de la secta, corrian á denunciarse á sí mismas deseosas de obtener la muerte y el martirio. ¡Es tan dulce para el hombre sufrir por alguna cosa, que muchas veces la indiferencia del mártir basta para hacer creer! Un discípulo que fué compañero de suplicio de Bab, hallándose suspendido al lado da éste en las murallas de Tabriz, esperando la muerte, no decia más que estas palabras: «¿Estais contento de mí, maestro?»
Las personas que suponen milagroso ó quimérico lo que en la historia excede á los cálculos de un buen sentido vulgar, no podrán seguramente explicarse tales hechos. La condicion fundamental de la crítica, es saber comprender los estados diversos del espíritu humano; la fé absoluta es para nosotros una cosa completamente extraña; y fuera de las ciencias positivas, de una seguridad en cierto modo material, toda opinion no es á nuestros ojos más que una probabilidad que implica una parte de verdad y una parte de error; esta última puede ser tan pequeña como se quiera, pero no se reduce nunca á cero cuando se trata de cosas morales sobre una cuestion de arte, lenguaje, forma literaria ó personas. Esta, sin embargo, no es la manera de ver de los espíritus pobres y obstinados, tal como los Orientales; los ojos de esas gentes no son como los nuestros; son una especie de ojos de esmalte como los de los personajes que figuran en los mosaicos con su mirada fija y que no saben ver sino una sola cosa á la vez, cosa que al fin les preocupa, se apodera de ellos, é impidiéndoles que sean dueños de creer ó de no creer, no les permite reflexionar. Cuando se profesa una opinion de este modo, se deja uno matar por ella: el mártir es en religion lo que el hombre de partido en política: no ha habido muchos mártires inteligentes; los confesores del tiempo de Diocleciano debian ser, despues de la paz de la Iglesia, personajes impertinentes é imperiosos, pues nunca es uno tolerante cuando cree que siempre tiene razon y que los otros no la tienen nunca.
Los grandes entusiasmos religiosos, que son la consecuencia de fijarse demasiado en las cosas, se convierten así en enigmas para un siglo como el nuestro, en que el rigor de las convicciones se ha debilitado mucho. Entre nosotros, el hombre sincero modifica sin cesar sus opiniones; en primer lugar, porque el mundo cambia, y en segundo porque el apreciador cambia tambien. Nosotros creemos varias cosas á la vez; amamos la justicia y la verdad y por ellas expondriamos nuestra vida, pero no admitimos que lo justo y lo verdadero sean solo del dominio de una secta ó de un partido. Somos buenos franceses, mas reconocemos que los alemanes y los ingleses son superiores por muchos conceptos, lo cual no se hace en las épocas y en los países en que cada cual es de su comunion, de su raza, de su escuela política. Hé aquí por qué todas las grandes creaciones religiosas se han producido en sociedades cuyo espíritu general era más ó menos análogo al del Oriente. Hasta aquí, en efecto, la fé absoluta es la única que ha conseguido imponerse á las demás. Una buena criada de Lyon, llamada Blandine, que se hizo matar por su fé, hace mil setecientos años, y un brutal jefe de banda, llamado Clovis, que creyó conveniente, hace catorce siglos, convertirse al catolicismo, son los que nos imponen aún la ley.
¿Quién no se ha detenido al recorrer nuestras antiguas ciudades, ahora modernas, al pié de los gigantescos monumentos de la fé de las edades antiguas? Todo se ha renovado ya en ellos; no queda un solo vestigio de las costumbres de otros tiempos; solo permanece en pié la catedral, un poco mutilada acaso por la mano del hombre, pero profundamente arraigada en el suelo; ¡Mole sua stat! Su masa es su derecho. Ha resistido al diluvio que todo lo destruyó á su alrededor; ni uno solo de los hombres de otra época que fuera á visitar los sitios donde vivió, podria encontrar su casa; solo el cuervo que hizo su nido en las alturas del edificio sagrado no ha visto destruir su morada, ¡Extraña prescripcion! Aquellos honrados mártires, aquellos rudos convertidos, aquellos piratas que construyeron iglesias, nos dominan todavía. Somos cristianos porque ellos quisieron serlo; así como en política solo las fundaciones bárbaras son duraderas, en religion las afirmaciones espontáneas, y si me atrevo á decirlo, fanáticas, son contagiosas. Y esto consiste en que las religiones son obras enteramente populares; su éxito no depende sino de las pruebas más ó menos buenas que producen de su divinidad; su éxito está en proporcion de lo que dicen al corazon del pueblo.
¿Se sigue acaso de aquí que la religion esté destinada á disminuir poco á poco y á desaparecer como los errores populares sobre la mágia, la brujería y los espíritus? Seguramente no: la religion no es un error popular; es una gran verdad de instinto entrevista y expresada por el pueblo. Todos los símbolos que sirven para dar una forma al sentimiento religioso son incompletos, y su destino es ser rechazados unos despues de otros; pero nada es más falso que el sueño ó la ilusion de varias personas, que tratando de concebir la humanidad perfecta, la conciben sin religion. Debe decirse lo inverso. La China, que es una humanidad inferior, no tiene apenas religion: supongamos por el contrario un planeta habitado por una humanidad cuya fuerza intelectual, moral y física, sea doble que la de la humanidad terrestre, y tendremos que la primera seria cuando menos dos veces más religiosa que la nuestra; y digo cuando menos, porque es probable que el aumento de facultades religiosas tuviese lugar en una progresion más rápida que el aumento de la capacidad intelectual, y no se haria segun la simple proporcion directa. Supongamos una humanidad diez veces más fuerte que la nuestra; esa seria infinitamente más religiosa, y aún es probable, que en semejante grado de sublimidad, desprendido de toda preocupacion material y de todo egoismo, dotado de un tacto perfecto y de un gusto divinamente delicado, viendo la bajeza y el vacío de todo lo que no es lo verdadero, lo bueno ó lo bello, el hombre seria únicamente religioso, y estaria continuamente sumido en una perpétua adoracion, pasando de éxtasis en éxtasis, naciendo, viviendo y muriendo en un torrente de voluptuosidad. El egoismo, en efecto, que da la medida de la inferioridad de los séres, decrece segun se aleja de lo animal; un ser perfecto no seria ya egoista, sino religioso; el progreso pues tendrá por efecto engrandecer la religion, y no destruirla ó disminuirla.
Pero tiempo es ya de volver á los tres misioneros, Pablo, Bernabé y Juan Márcos, que hemos dejado en el momento que salian de Antioquía por la puerta que conduce á Seleucia. En mi tercer libro trataré de seguir las huellas de esos mensajeros de buenas nuevas por tierra y por mar, lo mismo en la calma que en la tormenta, así en los buenos como en los malos dias. Ya me urge referir la historia de esa epopeya sin igual, recorrer esos caminos infinitos del Asia y de Europa, á lo largo de los cuales sembraron el grano del Evangelio, y tengo en fin deseos de surcar esas ondas que ellos atravesaran tantas veces en situaciones diversas. La gran odisea cristiana va á comenzar; ya la barca apostólica ha desplegado sus velas, y sopla la brisa que no aspira sino á llevar en sus alas las palabras de Jesús.
FIN DE LOS APÓSTOLES.