CAPÍTULO XVII.
Estado del mundo hácia mediados del primer siglo.
Año 45
El estado político del mundo era de los más tristes: toda la autoridad se hallaba concentrada en Roma y en las legiones, y allí tenian lugar las escenas más vergonzosas y degradantes que puedan imaginarse. La aristocracia romana que habia conquistado el mundo y que al fin se quedó sola al frente de los negocios públicos bajo los Césares, se entregaba á una saturnal de crímenes, la más desenfrenada que pueda recordar el género humano. César y Augusto comprendieron perfectamente al establecer el principado las necesidades de su época; el mundo era tan mezquino bajo el punto de vista político, que no era posible ningun otro gobierno, y desde que Roma habia conquistado provincias sin número, la antigua constitucion fundada sobre el privilegio de familias patricias, especie de tories obstinados y malévolos, no podia subsistir[898]. Pero Augusto habia faltado á todos los deberes del verdadero político, confiando el porvenir á la casualidad. Sin reglas fijas de adopcion, sin ley electoral, sin límites constitucionales, el cesarismo era como un peso colosal en el puente de un navío sin lastre. Hacíanse inevitables las más terribles sacudidas: tres veces en un siglo, bajo Calígula, Neron y Domiciano, recayó en manos de hombres execrables y extravagantes el más grande poder que haya existido jamás, y de ahí la série de horrores que casi excedieron á los cometidos por los mónstruos de las dinastías mongolas.
Entre esos fatales soberanos, se vé uno reducido casi á dispensar un Tiberio, que no fué completamente malo sino hácia el fin de su vida, y á un Claudio, que solo fué extravagante y se dejó guiar de malos consejos: Roma llegó á ser una escuela de corrupcion y crueldad, mas es preciso añadir que el mal venia sobre todo de Oriente, de esos cortesanos de baja estofa, de esos hombres infames que el Egipto y la Siria enviaban á Roma[899], donde aprovechándose de la opresion que ejercian los verdaderos romanos, creíanse todos poderosos al lado de los bribones que gobernaban. Las más extravagantes ignominias del imperio, tales como la apoteosis del emperador y su divinizacion cuando aún vivia, procedian del Oriente y sobre todo de Egipto, que era entonces uno de los países más corrompidos del Universo[900].
En efecto el verdadero espíritu romano dominaba aún: la nobleza romana estaba muy lejos de extinguirse; el orgullo y la virtud se conservaban todavía en algunas familias que subieron al poder con Nerva, contribuyendo al esplendor del siglo del que Tácito ha sido tan elocuente intérprete. No se debia desesperar de una época en que iban á producirse hombres tan rectos como Quintiliano, Plinio el Jóven, y Tácito; el desbordamiento de la superficie no alcanzó al gran fondo de honradez de la buena sociedad romana; algunas familias ofrecian aún ejemplos de abnegacion, de órden de concordia y sólida virtud, y aún se encontraban admirables esposas y hermanas[901]. ¿Puede darse caso más sublime que el de aquella jóven y casta Octavia, hija de Claudia, esposa de Neron, que conservándose pura al través de todas infamias, fué muerta á los veinte y dos años sin haber experimentado jamás un momento de alegría? Las mujeres calificadas en las inscripciones de castissimæ, univiræ no son raras[902]: muchas esposas acompañaron á sus maridos al destierro[903]; otras compartieron su noble muerte[904]; conservábase la antigua sencillez romana; era esmerada la educacion de los hijos, y las más nobles mujeres trabajaban en toda clase de labores[905]. Los cuidados del tocador eran casi desconocidos en algunas familias[906].
Los excelentes hombres de Estado, que por decirlo así, salieron de la tierra en tiempo de Trajano, no se improvisaron, habian servido en los reinados anteriores, solo que tuvieron poca influencia para ponerse en pugna con los favoritos del emperador. Tambien bajo Neron ocuparon los más elevados cargos hombres de gran valía, pero con aquellos malos emperadores no era dable cambiar la marcha general de los negocios ni los principios del Estado. El imperio no obstante lejos de haber entrado en el período de la decadencia, ostentábase en toda la fuerza de la más robusta juventud; la decadencia no debia venir hasta doscientos años más tarde, y ¡cosa extraña! con soberanos mucho mejores. Bajo el punto de vista político, la situacion era análoga á la de Francia, que careciendo desde la Revolucion de una regla constantemente seguida en la sucesion de los poderes, puede atravesar críticos períodos sin que su organizacion interior y su fuerza nacional se resientan demasiado. Bajo el punto de vista moral, se puede comparar el tiempo de que hablamos con el siglo XVIII, época que se creeria del todo corrompida si se la juzgase por las memorias, la literatura manuscrita y las colecciones de anécdotas, y en que sin embargo ciertas familias son tan austeras en sus costumbres[907].
La filosofía haciendo alianza con las familias romanas más honradas se resistia noblemente; la escuela estóica producia personajes notables como Cremucio Cordo, Trásea, Arria, Helvidio Prisco, Anneo Cornuto y Musonio Rufo, maestros admirables de aristocrática virtud. La rigidez y exageraciones de aquella escuela provenian de la horrible crueldad del gobierno de los Césares; el sentimiento perpétuo del hombre de bien era endurecerse en los suplicios y prepararse á la muerte[908]. Lucano, con mal gusto, Persio, con un talento superior, expresaban los más altos sentimientos de un alma grande; Séneca el Filósofo, Plinio el Viejo y Papirio Fabiano, eran modelo de ciencia y filosofía. Habia hombres sabios, pero con frecuencia no les quedaba más recurso que morir; los miembros más innobles de la humanidad dominaban á veces la situacion; el vértigo de la crueldad más refinada se desbordaba en ciertas ocasiones, convirtiendo á Roma en un verdadero infierno[909].
Aquel gobierno, tan notablemente desigual en Roma, era mucho mejor en las provincias donde se notaban poco las sacudidas que conmovian la capital. Á pesar de sus defectos, la administracion romana valia más que las monarquías y las repúblicas suprimidas por la conquista; la época de las municipalidades soberanas habia pasado hacia siglos, pues los pequeños Estados fueron destruyéndose á sí mismos por su egoismo, su ignorancia y su envidia. La antigua vida griega, reducida á continuas luchas, no satisfacia ya á nadie, pues si bien fué en un tiempo deliciosa, aquel brillante olimpo formado de una democracia de semidioses, habia perdido su frescura y lozanía convirtiéndose en un conjunto seco, insignificante, vano y superficial. Esto es lo que constituyó la legitimidad de la dominacion macedoniana y luego de la administracion romana: el imperio no conocia los efectos de la centralizacion, y hasta el tiempo de Diocleciano dejó á las provincias y á las ciudades mucha libertad. En Palestina, en Siria, en el Asia Menor, en la pequeña Armenia y en la Tracia, existian bajo la proteccion de Roma reinos casi independientes que no fueron un peligro desde Calígula, sino porque no se tuvo cuidado de observar con ellos las reglas trazadas por la grande y profunda política de Augusto[910]. Las ciudades libres, que eran muy numerosas, se gobernaban segun sus leyes, disponiendo del poder legislativo y de todas las magistraturas de un Estado autónomo, y hasta el siglo tercero los decretos municipales se expedian con la siguiente fórmula: El senado y el pueblo[911]. Los teatros no servian solo para recrearse en la escena, sino que eran focos de política y de movimiento; la mayor parte de las ciudades podian considerarse por varios conceptos como pequeñas repúblicas, y no habian perdido sino el derecho de declararse la guerra,[912] derecho funesto que habia convertido el mundo en un campo de batalla. Los beneficios del pueblo romano hácia la humanidad, constituian el tema de aduladoras declamaciones que no carecian sin embargo de sinceridad[913]. El culto de la «paz romana»[914], la idea de una gran democracia, organizada bajo la tutela de Roma, constituian el fondo de todos los pensamientos[915] y discusiones, y un orador griego desplegó una vasta erudicion para probar que la gloria de Roma, debia ser acogida por todas las ramas de la raza Helénica, como una especie de patrimonio comun[916]. Por lo que hace á la Siria, al Asia Menor y al Egipto, puede decirse que la conquista romana no destruyó su libertad, porque estos países estaban muertos hacia mucho tiempo para la vida política ó no la habian conocido nunca.
En suma, á pesar de las exacciones de los gobernadores, y las violencias inseparables de un gobierno absoluto, el mundo no habia sido nunca tan feliz como hasta entonces bajo muchos conceptos. Era tan ventajosa una administracion que procediese de un centro lejano, que aun las rapiñas de los pretores de los últimos tiempos de la república no bastaron para hacerla odiosa.
Por otra parte, la ley Julia, habia limitado mucho los abusos y las concusiones; las locuras ó crueldades del emperador, exceptuando á Neron, no contagiaron sino á la aristocracia romana y á la camarilla del príncipe, y jamás vivieron más á gusto los hombres que no querian ocuparse de la política. Las repúblicas de la antigüedad, en que cada uno se veia obligado á ocuparse de las disensiones de los partidos[917], no eran nada convenientes para la vida tranquila, pues á cada momento se encontraba uno comprometido ó proscripto; pero la época de que vamos hablando era la más á propósito para el proselitismo ó las rivalidades de la dinastía. Los atentados contra la libertad provenian de un resto de independencia en las provincias, más bien que de la administracion romana[918]. Ya hemos tenido y tendremos aún ocasion de demostrar esto en nuestra historia.
En aquellos países donde no existian hacia siglos las necesidades políticas y que solo se veian privadas del derecho de desgarrarse en continuas guerras, el imperio fué una era de prosperidad y bienestar como jamás se ha conocido[919], y aun puede decirse de libertad. Por una parte, llegó á ser posible la libertad del comercio y de la industria, de que no tenian idea las repúblicas griegas; por otra, la libertad del pensamiento se estableció bajo un nuevo régimen; libertad que puede aplicar mejor un rey ó un príncipe, que no la gente ignorante y envidiosa, y que no tuvieron las antiguas repúblicas. Los griegos hicieron sin esto grandes cosas merced á su incomparable genio, pero no debe olvidarse que Atenas tenia su inquisicion[920]. El inquisidor era el arconte-rey; el santo oficio el pórtico real, de donde salian las acusaciones de «impiedad,» por cierto muy numerosas. No solo los delitos filosóficos, tales como negar á Dios ó á la Providencia, sino tambien los más insignificantes atentados contra los cultos, la predicacion de las religiones extranjeras y las más pueriles infracciones contra la escrupulosa legislacion de los misterios, eran crímenes que llevaban consigo la muerte. Los dioses que Aristófanes ridiculizaba en la escena, mataban algunas veces, y la prueba es que quitaron la vida á Sócrates y que Alcibiades estuvo á punto de perder la suya. Anaxágoras, Protágoras, Teodoro el Ateo, Diágoras de Melos, Pródico de Céos, Estilpon, Aristóteles, Theophrasto, Aspasia y Eurípides[921], se vieron tambien perseguidos. La libertad de pensar fué en suma el fruto de las soberanías salidas de la conquista macedoniana; los Atales y Ptolomeos fueron los primeros que facilitaron á los hombres pensadores las ventajas que nunca les ofrecieran las antiguas repúblicas; el imperio romano seguia la misma tradicion; y si es cierto que bajo él se cometió contra los filósofos más de un acto arbitrario, esto era debido á que se ocupaban de política[922]. Inútilmente se buscaria en la coleccion de las leyes romanas anteriores á Constantino, un texto contra la libertad de pensar; y en la historia de los emperadores, un proceso de doctrina abstracta; no se molestó á ningun sabio, y hombres que la edad media hubiese quemado, tales como Galeno, Luciano y Plotino, vivieron tranquilos protegidos por la ley. El imperio inauguró tal período de libertad en este sentido, que destruyó la soberanía absoluta de la familia, de la sociedad y de la tribu, reemplazando todas estas con la del Estado. Ahora bien, un poder absoluto es tanto más vejatorio cuanto que se ejerce en un círculo más limitado; las repúblicas antiguas y el feudalismo, tiranizaron al individuo mucho más que el Estado, y si bien es cierto que el imperio romano persiguió sin tregua en ciertas épocas al cristianismo[923], al menos no le contuvo en su carrera, lo cual no hubiera sucedido seguramente con las repúblicas. Á no ser por la opresion de la autoridad romana, el judaismo hubiera bastado para ahogarle; los magistrados romanos[924] fueron los que impidieron á los fariseos matar al cristianismo.
Elevadas ideas de fraternidad universal, hijas en su mayor parte del estoicismo[925], y una especie de sentimiento humanitario, eran el fruto del régimen menos limitado y de la educacion menos exclusiva á que se sometia al individuo[926]. Soñábase con una nueva era y nuevos mundos[927]: la riqueza pública era grande y á pesar de la imperfeccion de las doctrinas económicas de la época, habia poca miseria; las costumbres no eran lo que se cree con frecuencia, si bien es cierto que en Roma reinaba el vicio con un cinismo repugnante[928], siendo principalmente los espectáculos un foco de espantosa corrupcion. Ciertos países como el Egipto habian descendido tambien al último grado de abyeccion; pero hallábase en la mayor parte de las provincias una clase media, modelo de bondad, de fé conyugal, de virtud doméstica y de honradez[929]. ¿Existe en alguna parte un ideal de la vida de familia, más encantador que el que Plutarco nos ha dejado? ¡Qué buena fé, qué dulzura de costumbres, qué castidad y amable sencillez[930]! Queronea no era seguramente el único punto donde fuese tan ejemplar é inocente la vida.
Por lo demás, las costumbres, aun fuera de Roma, tenian algo de crueles, ya por efecto de las costumbres antiguas tan sanguinarias en todas partes, ó bien por la influencia especial de la dureza romana; pero ya se iba progresando en este punto. ¿Qué sentimiento dulce y puro, qué impresion de melancólica ternura no hallaron bajo la pluma de Virgilio ó de Tíbulo su expresion más delicada? El mundo iba perdiendo su dureza y su primitivo rigor, adquiriendo en cambio sensibilidad y buenos sentimientos; las máximas humanitarias se propagaban[931] por todas partes; el estoicismo[932] predicaba por do quiera la igualdad, y la idea abstracta de los derechos del hombre; la mujer, gracias al sistema dotal del derecho romano, iba siendo cada vez más dueña de sí misma, y los preceptos acerca del modo de tratar á los esclavos se elevaban[933]. Séneca comia con los suyos[934]; el esclavo no es ya ese sér grotesco y malo que la comedia latina introduce para excitar la risa, y que Caton recomienda sea tratado como una bestia de carga[935]. Ahora los tiempos han cambiado mucho: el esclavo es moralmente igual á su amo; se admite que sea capaz de tener virtud, fidelidad y abnegacion, y da pruebas de ello[936]; las preocupaciones sobre la nobleza de nacimiento desaparecen[937], estableciéndose leyes muy humanas y equitativas aun en tiempos de los emperadores más malos[938]. Tiberio, que era un hábil hacendista, fundó bajo excelentes bases un establecimiento de crédito[939].
Neron introdujo en el sistema de los impuestos, hasta entonces inícuo y bárbaro, perfeccionamientos que envidiaria nuestra época[940]; y por último, el progreso de la legislacion era notable por más que la pena de muerte se prodigara aún estúpidamente. El amor al pobre, la simpatía hácia todos, y la caridad, constituian las principales virtudes[941].
El teatro era uno de los escándalos más insoportables para las gentes honradas, y una de las primeras causas que excitaron la antipatía de los judíos y de los judaizantes de toda especie contra la civilizacion profana de la época. Parecíales el teatro una cloaca inmunda donde se desarrollaban todos los vicios, y en tanto que en las primeras filas se aplaudia frenéticamente, los espectadores de las gradas no podian menos de dar á conocer su repugnancia. En las provincias tenian lugar las luchas de gladiadores, pero inspiraban cierta aversion, y los países helénicos que las reprobaban, continuaron celebrando con más frecuencia los antiguos ejercicios griegos[942]; los juegos sangrientos tuvieron siempre en Oriente un carácter romano muy pronunciado[943], y dícese que habiendo querido los atenienses, por emulacion contra los corintios[944], imitar estos juegos bárbaros, levantóse un filósofo y pidió que se derribase el altar de la Piedad[945]. El horror al teatro, al estadio y al gimnasio, es decir, á los sitios públicos, y á todo lo que constituia esencialmente una vida griega y romana, fué por estas razones uno de los sentimientos más profundos de los cristianos, y uno de los que produjeron consecuencias de más importancia. La civilizacion antigua era una civilizacion pública; las cosas pasaban al aire libre ante los ciudadanos reunidos, sucedia lo contrario que en nuestras sociedades donde la vida es privada y todo se hace de puertas adentro. El teatro habia heredado del ágora y del forum; el anatema lanzado sobre el teatro cayó sobre toda la sociedad; establecióse una rivalidad profunda entre la Iglesia por una parte y los juegos públicos por la otra, y expulsados de estos el esclavo, se refugió en el templo. No me he sentado nunca en aquellas solitarias arenas, que son siempre los restos mejor conservados de una ciudad antigua, sin haber visto mentalmente la lucha de dos mundos; aquí el hombre honrado, medio cristiano, sentado en la última grada de un teatro y tapándose el rostro para ocultar su vergüenza é indignacion, y allí un filósofo levantándose de pronto para echar en cara á la multitud su bajeza[946]. Estos ejemplos eran raros en el primer siglo, mas no obstante, las protestas[947] iban produciendo su efecto y el teatro empezaba á ser muy mal visto[948].
La legislacion y las reglas administrativas del imperio eran todavía un verdadero caos: el despotismo central, las franquicias municipales y provinciales, el capricho de los gobernadores, y las violencias de las comunidades independientes chocaban entre sí de una manera extraña, pero la libertad religiosa dominaba estos conflictos, si bien la perfecta administracion unitaria que se estableció desde Trajano, habia de ser mucho más fatal para el culto naciente que el estado irregular desordenado y sin rigurosa política del tiempo de los Césares.
Las instituciones benéficas, fundadas bajo el principio de que el Estado tiene deberes paternales para con sus miembros, no se desarrollaron en grande escala sino desde Nerva y Trajano[949], aun cuando se encuentran algunos vestigios de aquellas en el siglo primero[950], puesto que ya se facilitaban socorros á los niños[951] y alimento á los indigentes, y se tomaban precauciones para asegurar el abastecimiento, facilitándose tambien bonos de pan que permitian comprar el trigo á un precio reducido[952]. Todos los emperadores, sin excepcion, demostraron la mayor solicitud en aquellas cuestiones, secundarias si se quiere, pero que en ciertas épocas se anteponen á las demás. En la remota antigüedad, puede decirse que el mundo no necesitaba caridad; pues siendo entonces jóven y valiente hacíase inútil el hospital; la buena y sencilla moral homérica, segun la que, el huésped y el mendigo vienen de parte de Júpiter[953], es la moral de los robustos y alegres adolescentes. En su edad clásica, la Grecia anunció las más exquisitas máximas de piedad, de humanidad y beneficencia para que desapareciese la inquietud social ó la melancolía[954], y en aquella época el hombre disfrutaba aún de felicidad y salud. Respecto á las instituciones de socorros mútuos, los griegos las tuvieron mucho antes que los romanos[955]; bien es verdad que de aquella cruel nobleza que ejerció durante la república tan indigna opresion, no salió nunca ninguna disposicion liberal ó benévola. En aquel tiempo las colosales fortunas de la aristocracia, el lujo, las grandes aglomeraciones de hombres en ciertos puntos, y sobre todo la dureza de corazon particular de los Romanos, y su aversion á la piedad[956], dieron orígen al «pauperismo»; y mientras las complacencias de ciertos emperadores hácia la canalla de Roma no hacia más que agravar el mal, los tesserae frumentariae estimulaban el vicio y la ociosidad, en vez de buscar un remedio para la miseria. En esto, como en otras muchas cosas, el Oriente tenia sobre el mundo occidental una superioridad real y efectiva; los judíos poseian verdaderas instituciones caritativas; parece que los templos de Egipto habian tenido algunas veces una caja para los pobres[957]; la casa de reclusos y reclusas del Serapeo de Menfis[958], era tambien en cierto modo un establecimiento de caridad, y en fin, puede decirse que la crísis terrible que atravesaba la capital del Imperio, se dejaba sentir poco en los países lejanos, donde la vida era más tranquila. Roma merecia por muchos conceptos que se la acusara de haber envenenado la tierra, comparándola con una cortesana que habia escandalizado al mundo con su inmoralidad[959]. La provincia valia más que Roma, ó más bien, los elementos impuros que de todas partes afluian á la gran ciudad, habíanla convertido en un foco infecto donde se ahogaban las antiguas virtudes romanas, mientras las buenas semillas se iban desarrollando muy lentamente.
El estado intelectual de las diversas partes del Imperio era asimismo muy poco satisfactorio: bajo este punto de vista reinaba una verdadera decadencia. Cultivar el talento, no es tan independiente de las circunstancias políticas como lo es cultivar la moral privada: Marco Aurelio fué ciertamente un hombre más de bien que todos los antiguos filósofos griegos, y sin embargo sus nociones positivas sobre las variedades del universo son inferiores á las de Aristóteles y Epicuro, pues cree por momentos en los Dioses, en los sueños y en los presagios, figurándose que los primeros son personajes completos y distintos. En la época romana, hubo en el mundo un progreso de moralidad á la vez que un período de decadencia científica: decadencia muy notable particularmente entre Tiberio y Nerva. El genio griego, con una originalidad, una fuerza, una riqueza á que nada igualó jamás, habia creado hacia siglos la enciclopedia racional y la disciplina normal del espíritu, movimiento maravilloso, que datando de Thales y de las primeras escuelas de Jonia, (seiscientos años antes de Jesucristo), se detuvo en su carrera hácia el año 120 antes de Jesucristo. Los últimos personajes de estos últimos cinco siglos en que tanto brilló el genio, Apolonio, Eratóstenes, Aristarco, Heron, Arquímedes, Heppareo, Crisipo, Carnéades y Panecio, habian muerto sin dejar sucesores, y no veo sino Posidonio y algunos astrónomos que continúan aún las antiguas tradiciones de Alejandría, de Rodas y de Pérgamo. La Grecia, tan hábil para crear, no supo establecer, á pesar de su ciencia y de su filosofía, una enseñanza popular como remedio contra las supersticiones, y poseyendo en su seno admirables institutos científicos, el Egipto, el Asia Menor y la Grecia, dejábanse dominar por las más absurdas creencias. Ahora bien, cuando la ciencia no llega á dominar á la supersticion, la supersticion ahoga á la ciencia; entre estas dos fuerzas opuestas el duelo es á muerte.
Al adoptar Italia la ciencia griega, supo por un momento darle nueva expresion: Lucrecio dió el modelo del gran poema filosófico, á la vez himno y blasfemia inspirando á un tiempo la serenidad y la desesperacion, penetrada de ese sentimiento profundo del destino humano que siempre faltó á los griegos, los cuales como verdaderos niños que eran, tomaban la vida tan alegremente que nunca pensaron en maldecir á los Dioses, ni juzgaron á la naturaleza injusta y pérfida hácia el hombre. Los filósofos latinos se entregaron á más graves reflexiones, pero así como la Grecia, Roma no supo sacar de la ciencia la base de una educacion popular. En tanto que Ciceron perfeccionaba con exquisito tacto las ideas que tomara de los Helenos, mientras que Lucrecio escribia su asombroso poema, mientras que Horacio confesaba á Augusto su franca incredulidad, y que Ovidio, uno de los poetas más galanes de la época, criticaba á guisa de elegante libertino las fábulas más respetables; y por último, en tanto que los grandes históricos deducian las consecuencias prácticas de la filosofía griega, dábase crédito á las más locas quimeras, y la fé en lo maravilloso no reconocia límites. En ninguna época se ocuparon más de las profecías y de los prodigios[960]: el bello deismo ecléctico de Ciceron[961], continuado y perfeccionado por Séneca[962], era la creencia de un escaso número de inteligencias elevadas que no ejercieron accion alguna en su siglo.
El imperio, hasta Vespasiano, no tuvo nada que pudiera llamarse instruccion pública[963]; lo que hubo más tarde en este género se limitó á simples conocimientos gramaticales, y bien pronto reinó un período de general decadencia. En las últimas épocas del gobierno republicano y en el reinado de Augusto brilló como nunca la literatura, pero despues de la muerte del gran emperador, la decadencia es rápida ó mejor dicho súbita. La sociedad inteligente y culta de los Cicerones, de los Áticos, de los Césares, de los Mecenas, de los Agrippas y de los Poliones, habia desaparecido cual fantástica vision, si bien es cierto que aún quedaban hombres ilustrados, hombres entendidos en la ciencia de su época, que ocupaban elevadas posiciones sociales, tales como los Sénecas y la sociedad literaria de que eran el centro y en la cual se contaban Lucilio, Galion y Plinio. El cuerpo del derecho romano, que es la filosofía misma en código, y la aplicacion en la práctica del racionalismo griego, continuaban su magestuoso progreso y las grandes familias romanas habian conservado un fondo de religion y los más nobles sentimientos, inspirándoles horror las supersticiones[964]. Los geógrafos Estrabon y Pomponio Mela, el médico y enciclopedista Celso, el botánico Dioscórides y el jurisconsulto Sempronio Próculo, eran cabezas muy bien organizadas, pero estas podian considerarse como excepciones, y fuera de algunos hombres de reconocida ilustracion, hallábase el mundo sumido en la más completa ignorancia de las leyes de la naturaleza[965]. La credulidad era una enfermedad general[966]; los conocimientos literarios se reducian á una retórica hueca que nada enseñaba, y la direccion esencialmente moral y práctica que la filosofía habia tomado, oponíase á las grandes especulaciones. Los conocimientos humanos, si se exceptúa la geografía, no adelantaban nada. El hombre instruido por aficion reemplazaba al sabio creador, y el supremo defecto de los romanos influia fatalmente en todas las cosas. Aquel pueblo, tan grande para el imperio, era secundario por el espíritu; los romanos más instruidos, tales como Lucrecio, Vitruvio, Celso, Plinio y Séneca, á pesar de sus conocimientos positivos, podian considerarse como discípulos de los griegos[967]. Roma no tuvo nunca ninguna gran escuela científica; el charlatanismo reinaba sin oposicion, y por último la literatura latina que seguramente tuvo períodos admirables, floreció poco tiempo y no salió del mundo occidental[968].
Felizmente la Grecia conservó su genio; el prodigioso brillo del poder de los romanos la habia deslumbrado y aturdido, pero no aniquilado, y dentro de cincuenta años habrá reconquistado el mundo, será de nuevo la reina de todos los que piensan y podrá sentarse en el trono con los Antoninos. Por ahora la Grecia se halla entregada á una de sus horas de abandono y de cansancio; el genio es raro y la ciencia original é inferior á lo que habia sido en los siglos precedentes la escuela de Alejandría, que hacia dos siglos habia entrado en el período de decadencia, aun cuando en la época de César poseia á Sosígenes, ha enmudecido completamente.
Así pues desde la muerte de Augusto hasta el advenimiento de Trajano, nos encontramos con un período de abatimiento momentáneo para el espíritu humano; el mundo antiguo estaba muy lejos de haber dicho su última palabra de despedida, pero las pruebas crueles por que atravesaba privábanle de voz y corazon. Luego vienen dias mejores, y libre el espíritu del régimen desconsolador de los Césares, adquiere nueva vida: Epicteto, Plutarco, Dion Crisóstomo, Quintiliano, Tácito, Plinio el Jóven, Juvenal, Rufo de Éfeso, Areteo, Galeno, Ptolomeo, Hipsicles, Theon y Luciano, reprodujeron los más hermosos dias de la Grecia; no de esa Grecia inimitable que solo ha existido una vez para desesperacion y encanto de los que aman lo bello, sino de otra, que confundiendo sus dones con los del espíritu romano, producirá frutos nuevos llenos de originalidad.
Por lo general se tenia muy mal gusto; los grandes escritores griegos escaseaban, y los latinos que conocemos, á excepcion del satírico Persio, son medianos y sin genio, pues la declamacion lo echaba todo á perder. El principio por el cual juzgaba el público las obras del entendimiento era poco más ó menos el mismo que en nuestra época; buscábanse tan solo los golpes de efecto; la palabra no era ya la expresion sencilla del pensamiento, ni consistia la elegancia de la frase en su perfecta proporcion con la idea que se queria expresar; cultivábase la palabra por sí misma, y el objeto de un autor al escribir era demostrar su talento. Apreciábase la excelencia de un recitado ó lectura pública por el número de palabras aplaudidas, y olvidábase completamente el gran principio segun el cual, en puntos de arte todo debe servir para el adorno, siendo malo lo que se busca para él expresamente. En resúmen, puede decirse que era aquella una época literaria, si se atiende á que todos hablaban de elocuencia ó de buen estilo, aunque en el fondo todos escribian mal; no habia un solo orador, pues los buenos oradores y escritores, son gentes que no hacen un oficio de lo uno ni de lo otro. En el teatro, absorbia la atencion el primer actor; suprimíanse muchas piezas para no recitar sino los trozos de gran efecto que eran las cantica; el espíritu de la literatura era un «diletantismo» que dominaba hasta á los mismos emperadores, una necia vanidad que excitaba á todos á probar que tenian talento, y de ahí las insustanciales é interminables «Teseidas,» los dramas compuestos para ser leidos en sociedad y toda esa vana ostentacion poética que no puede compararse sino con las epopeyas y las tragedias clásicas de hace sesenta años.
Los mismos estoicos no pudieron evitar el contagio, ó al menos no supieron, antes de Epicteto y Marco Aurelio, hallar bellas formas para revestir sus doctrinas. Las tragedias de Séneca son monumentos verdaderamente extraños donde se expresan los más elevados sentimientos con el tono de un charlatanismo literario por demás fatigoso, indicio á la vez de un progreso moral y de una irremediable decadencia en el buen gusto. Lo mismo podemos decir de Lucano: la tension de alma, efecto natural de una situacion eminentemente trágica, se expresaba por un género pomposo en que el único objeto era brillar por hermosas sentencias, y sucedia en esto algo semejante á lo que pasó cuando la revolucion; es decir, que la crísis más fuerte no daba lugar sino á una literatura llena de formas retóricas y golpes de efecto para la declamacion. Mas es preciso no detenerse en esto: los pensamientos nuevos se expresan á veces con muchas pretensiones; el estilo de Séneca es sóbrio, sencillo y puro comparado con el de San Agustin, pero nosotros perdonamos á éste su estilo á veces detestable, y sus conceptos insípidos, por sus buenos sentimientos.
De todos modos, aquella educacion noble y distinguida por muchos conceptos, no llegaba hasta el pueblo, lo cual podia haber sido en cierto modo inconveniente si el pueblo hubiera contado con un alimento religioso análogo al que recibe en la Iglesia la clase más despreciable de nuestra sociedad. Pero en todos los puntos del imperio cuidábanse por lo general muy poco de la religion, pues Roma creyó oportuno por ciertas razones dejar en pié los antiguos cultos, no modificándolos sino en lo que tenian de inhumano[969] ó injurioso para los demás[970], y extendiendo sobre todos una especie de barniz oficial que les hacia asemejarse unos á otros, formando un solo conjunto. Desgraciadamente, los cultos antiguos, de orígen muy diverso, participaban de un carácter comun que consistia en serles imposible establecer la enseñanza teológica, introduciendo una moral aplicada, una predicacion edificante, un ministerio pastoral verdaderamente beneficioso para el pueblo. El templo pagano no era de ningun modo lo que fueron en sus buenos tiempos la Sinagoga y la Iglesia; es decir, la casa comun, la escuela, el hospicio, el retiro donde el pobre va á buscar un refugio[971]; era una cosa fria que de nada servia y donde no se aprendia nada. Quizá era el culto romano el menos malo aún de los que se observaban, pues considerábase la pureza del corazon y del cuerpo como una parte de la religion[972]. Por su gravedad, su decencia y su austeridad, era este culto, prescindiendo de algunas farsas que solo se ven en nuestro Carnaval, superior á las extrañas y ridículas ceremonias que introducian secretamente algunas personas dominadas por manías orientales. El empeño que tenian los patricios romanos en distinguir «la religion,» es decir, su propio culto, de la supersticion, es decir, de los cultos extranjeros[973], nos parece sin embargo bastante pueril. Todos los cultos paganos eran esencialmente supersticiosos: el campesino que en nuestros dias echa una moneda en la caja de una capilla milagrosa, que invoca á tal ó cual santo para que cuide de sus bueyes ó de sus caballos, ó que bebe de cierta agua para determinadas enfermedades, es en esto pagano; casi todas nuestras supersticiones son restos de una religion anterior al cristianismo, que este no ha podido desarraigar completamente; y si se quisiera buscar en nuestros dias la imágen del paganismo, fácil seria encontrarla en algun pueblecillo perdido ó en las más lejanas campiñas.
No teniendo por guardianes más que una tradicion popular y vacilante, y sacristanes interesados, los cultos paganos no pueden menos de degenerar en adulacion[974]. Augusto, aunque con mucha reserva, aceptó que se le adorase en vida en las provincias[975]; Tiberio, permitió que se juzgara á su vista en el ignoble concurso de las ciudades de Asia, que se disputaban el honor de elevarle un templo[976]; las extravagantes impiedades de Calígula no produjeron ninguna reaccion, y fuera del judaismo, no se encontró un solo sacerdote que resistiera á semejantes locuras. Salidos en su mayor parte de un culto primitivo de las fuerzas naturales, diez veces transformados por toda clase de mezcolanzas y por la imaginacion de los pueblos, los cultos paganos se limitaban por su pasado, y no se podia sacar de ellos lo que no tuvieron nunca, es decir, el deismo y la edificacion. Los Padres de la Iglesia nos hacen sonreir cuando ponen de relieve las maldades de Saturno como padre de familia, y de Júpiter como marido, pues ciertamente era mucho más ridículo aún considerar á este último, es decir, á la atmósfera, como un dios moral que ordena, recompensa y castiga. En un mundo que aspiraba á poseer un catecismo, ¿qué podia hacerse con un culto como el de Venus, nacido de una necesidad social, en las primeras navegaciones fenicias en el Mediterráneo, pero que fué luego con el tiempo un ultraje contra lo que se consideraba la esencia de la religion?
Por todas partes, en efecto, manifestábase enérgicamente la necesidad de una religion monoteista, dando por base á la moral prescripciones divinas, y así viene una época en que las religiones naturalistas reducidas á puras niñadas, á prácticas de hechiceras, no pueden satisfacer á sociedades en que la humanidad quiere una religion moral filosófica. El budismo y el zoroastrismo, satisfacieron esta necesidad en la India y en la Persia; con el orfismo y los misterios, se trató de obtener el mismo resultado en el mundo griego, sin conseguirlo de una manera durable, y en la época de que hablamos, enunciábase el problema para el conjunto del mundo con una especie de unanimidad solemne y de imperiosa grandeza.
Cierto es que la Grecia hacia una excepcion en este punto: el helenismo se usaba mucho menos que las demás religiones del Imperio, pero Plutarco lo observaba en su pequeña villa de Beocia, donde vivió tranquilo, feliz y contento como un niño, con su conciencia religiosa satisfecha, y sin dar nunca la menor señal de inquietud, de pena ó de malestar. Pero solo el espíritu era capaz de una calma tan infantil: siempre satisfecha de sí misma, orgullosa de su pasado y de aquella brillante mitología de la que poseia todos los santos lugares, Grecia no participaba de los tormentos interiores que trabajaban al resto del mundo, y entregada á sí misma, no llamó al cristianismo, quiso prescindir de él y pensó hacer alguna cosa mejor[977]. Esto era debido á su eterna juventud, á su patriotismo, á esa alegría que ha caracterizado siempre al verdadero heleno, y la cual es causa de que aún hoy sea el griego extraño á las amargas tribulaciones que nos minan. El helenismo, pues, se halló así en disposicion de crear un renacimiento que no hubiera podido intentar siquiera ningun otro de los cultos del imperio. En los siglos II, III y IV de nuestra era, se continuará el helenismo en religion organizada, por una especie de fusion entre la mitología y la filosofía griegas, y con sus filósofos taumaturgos, sus antiguos sabios convertidos en profetas, y sus leyendas de Pitágoras y de Apolonio, hará al cristianismo una competencia, que no por ser impotente fué el obstáculo menos peligroso que la religion de Jesús encontró en su camino.
Sin embargo, esto no se intentó aún en tiempo de los Césares, pues los primeros filósofos que ensayaron una especie de alianza entre la filosofía y el paganismo, Eufrates de Tiro, Apolonio de Tiana y Plutarco, son del fin del siglo. No conocemos bien á Eufrates de Tiro: la leyenda ha disfrazado de tal modo la trama de la biografía verdadera de Apolonio, que no se sabe si contarle entre los sabios, entre los fundadores religiosos, ó entre los charlatanes; en cuanto á Plutarco, menos que un pensador, ó un innovador, es un espíritu moderado que quiere poner de acuerdo á todo el mundo, haciendo que la filosofía sea tímida y la religion medio razonable; no hay nada en él de Porfirio ni de Juliano; los ensayos de exégesis alegórica de los estoicos[978] son muy pobres; los misterios como los de Baco, con los cuales se enseñaba la inmortalidad del alma bajo graciosos símbolos[979], se limitan á ciertos países y no han extendido su influencia. La incredulidad en la religion oficial era general en la clase ilustrada[980]; los hombres políticos que más afectaban sostener el culto del Estado se burlaban de él con muy buenas palabras[981], proclamando abiertamente la inmoral idea de que las fábulas religiosas no son buenas sino para el pueblo y deben ser conservadas por él[982]; precaucion inútil porque la fé de aquel era ya muy vacilante[983].
Cierto es que á partir del advenimiento de Tiberio, se nota una sensible reaccion religiosa, pues parece que el mundo se espanta de la incredulidad de los tiempos de César y de Augusto; condena la desgraciada tentativa de Juliano, y todas las supersticiones se rehabilitan por razon de Estado[984]. Valerio Máximo da el primer caso de un escritor de baja esfera convirtiéndose en auxiliar de los teólogos, en una pluma venal ó manchada que se pone al servicio de la religion: pero los cultos extranjeros son los que más se aprovechan de este cambio; la reaccion formal en favor del culto griego ó romano no se producirá sino en el siglo segundo. Ahora las clases á quienes domina la inquietud religiosa se vuelven hácia los cultos que vienen de Oriente[985]; Isis y Serapis se ven más favorecidos que nunca[986]; los impostores de toda especie, taumaturgos y mágicos se aprovechan de esta necesidad, y como sucede comunmente en las épocas y en los países, en que la religion del Estado es débil, pululan por todas partes[987]. Recuérdense los tipos reales ó ficticios de Apolonio de Tiana, de Alejandro de Abonutico, de Peregrino, de Simon de Gitton[988]. Estos mismos errores y estas quimeras eran como una oracion de la tierra, como los ensayos infructuosos de un mundo que trata de mejorarse y no consigue á veces en sus esfuerzos convulsivos sino producir monstruosas creaciones que se legan luego al olvido.
En una palabra, la mitad del siglo primero es una de las peores épocas de la Historia antigua; la sociedad griega y romana se muestra en un período de decadencia en lo que precede y muy atrasada para el porvenir; pero la grandeza misma de la crísis indicaba alguna forma extraña y secreta. La vida parecia haber perdido sus móviles, los suicidios se multiplicaban[989]; jamás habia ofrecido el mundo una lucha semejante entre el bien y el mal; era este un despotismo temible que ponia al mundo entre las manos de hombres atroces y locos; era la corrupcion de las costumbres que resultaba de haber introducido en Roma los vicios de Oriente; era en fin la ausencia de una religion buena y de una formal instruccion pública. El bien era, por una parte, la filosofía combatiendo á pecho descubierto contra los tiranos, desafiando á los mónstruos, y proscrita tres ó cuatro veces en medio siglo (bajo Neron, Vespasiano y Domiciano)[990]; y por otra, los esfuerzos de la virtud popular, las legítimas aspiraciones á un estado religioso mejor, aquella tendencia hácia las cofradías y los cultos monoteistas, aquella rehabilitacion en fin del pobre, que se produjeron principalmente bajo el amparo del judaismo y del cristianismo. Estas dos grandes protestas estaban muy lejos de ponerse de acuerdo, pues el partido filosófico y el cristiano no se conocian, é ignoraban de tal modo sus comunes esfuerzos que al llegar al poder el partido filosófico, por el advenimiento de Nerva, perjudicó al cristianismo lejos de favorecerle. Á decir verdad, el objeto de los cristianos era mucho más radical: los estoicos, dueños del Imperio, le reformaron, presidiendo los cien años más hermosos de la Historia de la humanidad; mientras que los cristianos, dueños del Imperio á partir de Constantino, acabaron de arruinarle. El heroismo de los unos no debe hacer olvidar el de los otros: el cristianismo tan injusto con las virtudes paganas, se consagró á rebajar á los que habian combatido los mismos enemigos que él. En la resistencia que opuso la filosofía en el primer siglo, hubo tanta grandeza como en la del cristianismo; pero ¡qué desigual fué la recompensa por una parte y otra! El mártir que derribó con el pié los ídolos tiene su leyenda: ¿por qué Annacus Cornutus, que declaró ante Neron que los libros de éste no podrian nunca competir con los de Crisipo[991]; por qué Elvidio Prisco que dijo cara á cara á Vespasiano: «á tí te toca matarme y á mí morir[992]»; por qué Demetrio el Cínico que contestó á Neron irritado: «me amenazais con la muerte, pero la naturaleza os amenaza[993]»; por qué todos esos no tienen su imágen entre los héroes populares á quienes todos aman y saludan? ¿Dispone acaso la humanidad de tantas fuerzas contra el vicio y la abyeccion que sea permitido á cada escuela de virtud rechazar el auxilio de las otras, sosteniendo que ella sola tiene el derecho de ser valerosa y resignada?