CAPÍTULO XVI.

Marcha general de las misiones cristianas.

Año 45

Hemos visto á Bernabé partir de Antioquía para remitir á los fieles de Jerusalem la colecta de sus hermanos de Siria. Le hemos visto presenciar alguno de los disturbios que la persecucion de Herodes Agrippa I causó á la Iglesia de Jerusalem[823]; volvamos con él á Antioquía, donde parece haberse concentrado en este momento toda la actividad creadora de la secta.

Bernabé llevó consigo á un celoso colaborador: este era su primo Juan Márcos, el discípulo querido de Pedro[824], el hijo de aquella María en casa de la cual el primero de los apóstoles deseaba permanecer. Sin duda, tomando este nuevo colaborador, pensaba ya en la grande empresa á la cual iba á asociarle. Tal vez preveia las divisiones que la misma obra suscitaria, y tenia cuidado de tomar por compañero un hombre que sabia era el brazo derecho de Pedro, es decir, del apóstol que en los asuntos generales tendria mayor autoridad.

Esta empresa no fué más que una série de grandes misiones que debian partir de Antioquía, teniendo por programa la conversion del mundo entero. Como todas las grandes resoluciones que se tomaban en la Iglesia, fué tambien atribuida aquella al Espíritu Santo. Se creyó ser obra de un llamamiento especial, de una eleccion sobrenatural, que se supuso haber sido comunicada á la Iglesia de Antioquía mientras ayunaba y oraba. Tal vez alguno de los profetas de la Iglesia, Menahem ó Lucio, en uno de sus accesos de glosolalia pronunció algunas palabras de las cuales pudo deducirse que Pablo y Bernabé estaban predestinados á esta mision[825]. En cuanto á Pablo, estaba convencido que Dios le habia elegido desde el vientre de su madre para la obra á la cual iba á consagrarse enteramente[826].

Los dos apóstoles se agregaron á título de subordinado para secundarles en la parte material de su empresa, al Juan Márcos que Bernabé habia llevado consigo á Jerusalem[827]. Cuando terminaron los preparativos, hubo ayunos y oraciones, y se impusieron las manos á los dos apóstoles para indicar que la mision era conferida por la misma Iglesia[828]; se les recomendó á la gracia de Dios y partieron[829]. ¿Por qué lado se dirigieron? ¿Qué mundo iban á evangelizar? Esto es lo que importa saber.

Todas las grandes misiones cristianas primitivas, se dirigieron hácia el oeste, ó en otros términos, tomaron por teatro ó cuadro el imperio Romano. Si se exceptúa alguna pequeña parte del territorio de los Arsácidas, comprendido entre el Éufrates y el Tigris, el imperio de los Partos no tuvo durante el primer siglo misiones cristianas[830]. El Tigris fué por el Oriente una barrera que el cristianismo solo traspasó en las Sasanidas. Dos grandes causas, el Mediterráneo y el imperio Romano, determinaron este hecho capital.

El Mediterráneo era hacia mil años el gran camino por donde habian cruzado todas las civilizaciones y todas las ideas. Los romanos habian ahuyentado de él la piratería, convirtiéndole en una magnífica via de comunicacion. Una numerosa marina de cabotaje hacia más fáciles los viajes por la costa de este gran lago. La seguridad relativa que ofrecian los caminos del imperio, las garantías que se encontraban en los poderes públicos, la difusion de los judíos sobre todo el litoral del Mediterráneo, el uso de la lengua griega en toda la parte oriental de este mar[831], la unidad de civilizacion que los griegos tenian con los romanos, hicieron del mapa del imperio el mapa mismo de los países reservados á las misiones cristianas y destinados á ser cristianos. El orbis romano llegó á ser el orbis cristiano, y en este sentido puede afirmarse que los fundadores del imperio fueron tambien los fundadores de la monarquía cristiana, ó al menos diseñaron sus contornos. Toda provincia conquistada por el imperio romano, era una provincia conquistada al cristianismo. Cuando uno se figura á los apóstoles ante una Asia Menor, una Grecia, una Italia dividida en cien pequeñas repúblicas, una Galia, una España, un África ó un Egipto denominadas por antiguas instituciones nacionales, no se puede esperar un buen éxito y mucho menos que haya podido nacer el proyecto. La union del imperio era la condicion prévia de todo proselitismo religioso, haciéndose superior de las nacionalidades. El imperio lo comprendió en el siglo XIV y se hizo cristiano: vió que el cristianismo era la religion que él habia creado sin saberlo, la religion limitada por sus fronteras, identificada con él, capaz de procurarle una segunda vida. La Iglesia por su parte se hizo romana y se ha conservado hasta nuestros dias como un recuerdo del imperio. Decid á Pablo que Claudio será su primer auxiliar; decid á Claudio que aquel judío que parte de Antioquía va á fundar la parte más sólida del edificio imperial, y asombrareis al uno y al otro, y sin embargo, esto fué una verdad.

De todos los países extraños á la Judea, el primero donde se estableció el cristianismo fué naturalmente en Syria. Los naturales de Palestina y el gran número de judíos establecidos en aquella comarca[832], hacian inevitable este hecho. Chipre, el Asia Menor, la Macedonia, la Grecia y la Italia, fueron visitadas por los hombres apostólicos con algunos años de intervalo. El Mediodía de la Galia, la España, y la costa de África, aunque se evangelizaron bien pronto, fueron los últimos puntos que invadió el cristianismo.

Lo propio sucedió en Egipto. El Egipto no figura apenas en la historia apostólica; parece que los misioneros apostólicos le vuelven sistemáticamente la espalda. Este país, que á partir del siglo III, se convierte en teatro de los acontecimientos más importantes de la historia de la religion, fué entonces un atraso para el cristianismo. Apolo es el único doctor cristiano salido de la escuela de la Alejandría, y aun éste aprendió el cristianismo en sus viajes[833]. Es necesario atribuir la causa de este notable fenómeno á las pocas relaciones que existian entre los judíos de Egipto y los de Palestina, y sobre todo al hecho de que el Egipto judío tuvo bajo cierto aspecto su especial desarrollo religioso. El Egipto tenia á Philon y los terapeutas, este era su cristianismo[834], el cual le dispensaba de escuchar al otro con atencion. En cuanto al Egipto pagano, poseia instituciones religiosas más sólidas que las del paganismo greco-romano[835]; la religion egipciaca estaba todavía en toda su fuerza y cercano el momento en que iban á bautizarse los enormes templos de Esneh, y de Ombos, en los cuales la esperanza de tener en el pequeño Cesarion un último rey Ptolomeo, ó un Mesías nacional, hacia salir como de la tierra los santuarios de Dendera, y de Hermontis, comparables á las más bellas obras faraónicas. El cristianismo se establecia por todas partes sobre las ruinas del sentimiento nacional y de los cultos locales. La degradacion de las almas era rara en Egipto, y hacia raras las aspiraciones que abrieron al cristianismo tan fáciles caminos.

Un relámpago que parte de la Syria, ilumina casi simultáneamente las tres grandes penínsulas del Asia Menor, de Grecia y de Italia, y que bien pronto seguido de un segundo reflejo abraza casi todas las costas del Mediterráneo, hé aquí lo que fué la primera aparicion del cristianismo: la marcha de las naves apostólicas es casi siempre la misma. La predicacion cristiana parece seguir una huella anterior que no es otra que la de la emigracion judía. Como un contagio que teniendo su foco en el fondo del Mediterráneo, aparece de repente sobre cierto número de puntos del litoral, donde se comunica por una correspondencia secreta, el cristianismo tuvo sus puertos de arribada designados en cierto modo de antemano. Estos puertos se reconocian casi todos por las colonias judías; una sinagoga precedió, en general, al establecimiento de la Iglesia: diríase que era una cadena eléctrica por cuya extension la idea nueva corria de una manera casi instantánea.

En efecto, despues de ciento cincuenta años el judaismo extendido por el Oriente y Egipto, habia tomado su vuelo hácia el Occidente. Cirene, Chipre, el Asia Menor, ciertas poblaciones de Macedonia y de Grecia, y la Italia tenian juderías importantes[836]. Los judíos daban el primer ejemplo de este género de patriotismo que los Partos, los Armenios, y hasta cierto punto los Griegos modernos debian mostrar más tarde; patriotismo extremadamente enérgico porque no se refiere á un determinado suelo; patriotismo de comerciantes extendidos por todas partes, reconociéndose por todo como hermanos; patriotismo que no conduce á formar estados compactos, pero sí pequeñas comunidades autónomas en el seno de los demás Estados. Estos judíos dispersos unidos estrechamente entre sí, constituyen en las poblaciones, congregaciones casi independientes, teniendo sus magistrados y consejos. En ciertas poblaciones tenian su etnarca ó alabarca, revestido de derechos casi soberanos. Habitaban barrios separados y fuera de la jurisdiccion ordinaria, muy despreciados de todo el mundo, pero donde reinaba la felicidad. Eran más pobres que ricos, pues no habia llegado aún la época de las grandes fortunas judías que empezaron en España bajo los Visigodos[837]. El acaparamiento de los negocios por los judíos fué el efecto de la incapacidad administrativa de los bárbaros, de la repugnancia que inspiró á la Iglesia la ciencia del dinero y de sus ideas superficiales sobre el préstamo á interés. En el imperio romano nada hay semejante, pues cuando el judío no poseia riquezas, era muy pobre, ya que no era aficionado á la agricultura. En todo caso sabia sufrir muy bien la pobreza, pero lo que sabia más aún era aunar la preocupacion religiosa más exaltada con la más rara habilidad comercial. Las excentricidades teológicas no excluyen en manera alguna el buen sentido en los negocios. En Inglaterra, en América, en Rusia, los sectarios más entusiastas (irvingianos, santos de los últimos dias, raskolniks) son buenos comerciantes.

La propiedad de la vida judía piadosamente practicada ha sido siempre la de producir mucha alegría y cordialidad. En aquel pequeño mundo todos se amaban; se amaba hasta el mismo pasado; las ceremonias religiosas iban adquiriendo poco á poco nueva vida. Habia alguna analogía con las distintas comunidades que existen todavía en las grandes ciudades turcas, como por ejemplo la griega, armenia, y judía, de Esmirna, reducidas cofradías donde se conoce todo el mundo, donde todos viven juntos y conspiran juntos. En estas pequeñas repúblicas, las cuestiones religiosas dominan siempre á las cuestiones políticas, ó más bien aquellas suplen y completan á estas. Una herejía es en ellas un asunto de Estado; un cisma tiene siempre por orígen una cuestion de personas. Los romanos, salvo raras excepciones, no penetraban jamás en aquellos círculos reservados. Las sinagogas promulgaban decretos, daban honores[838], y hacian las veces de verdaderas municipalidades. Era grande la influencia de estas corporaciones: en Alejandría llegó á ser de primer órden, y dominó todo el recinto interior de la ciudad[839]. En Roma eran numerosos los judíos[840], y constituian un apoyo que nadie desdeñaba. Ciceron presenta como un acto de valor haber intentado resistirse á los mismos judíos[841]. César les favoreció y les encontró fieles[842]; Tiberio para contenerles tomó las más enérgicas medidas[843]; Calígula, cuyo reinado fué para ellos nefasto en Oriente, les concedió permiso para asociarse, en Roma[844]. Claudio que les favorecia en Judea, se vió obligado á echarles de la ciudad[845]. Encontrábaseles por todas partes[846] y podia decirse de ellos como de los griegos, que vencidos, habian impuesto sus leyes á los vencedores[847].

Las disposiciones de las poblaciones indígenas hácia estos extranjeros eran muy diversas. Por una parte el sentimiento de repulsion y antipatía que producian los judíos por su espíritu de aislamiento constante, por su carácter rencoroso, y por sus hábitos insociables, se manifestaban de una manera decisiva donde eran más numerosos y estaban más organizados[848]. Cuando libres, eran realmente séres privilegiados porque gozaban de ciertos beneficios de la sociedad, sin sufrir sus gravámenes[849]. Algunos charlatanes explotaban el sentimiento de curiosidad que inspiraba su culto, y bajo el pretexto de explicar sus secretos cometian toda clase de pillerías[850]. Algunos folletos violentos y satíricos, como el de Apion, de los cuales los escritores profanos han dado frecuentemente reseñas[851], circulaban sirviendo de alimento para excitar la cólera del público pagano. Los judíos parecen haber sido en general séres mezquinos, que de todo se quejaban. Veíase en ellos á una sociedad secreta, mal intencionada para el resto de los hombres, cuyos miembros se vendian á cualquier precio en detrimento de los otros[852]. Sus costumbres, su aversion á ciertos alimentos, su dejadez, su falta de distincion, el mal olor que exhalaban[853], sus escrúpulos religiosos, sus minuciosidades en la observancia del sábado, se consideraban como ridiculeces[854]. Una vez introducido en la sociedad, el judío por una consecuencia natural, no tenia cuidado alguno en parecer fino. Por eso se les encontraba por todas partes con sus trajes sucios, aire tosco, andar fatigado, cara pálida, ojos enfermizos[855], y cierta expresion de beatitud, formando sus mujeres grupo á parte, con sus hijas, sus paquetes de mercancías y sus canastos que constituian todo su mobiliario[856]. En las poblaciones ejercian los tráficos más despreciables: mendigos,[857] ropavejeros, ó vendedores de fósforos[858]. Despreciábase injustamente su ley y su historia. Tan pronto se les creia supersticiosos[859], y crueles[860]; como ateos, ó contentadores de los dioses[861]. Su aversion hácia las imágenes era una prueba de su impiedad. La circuncision sobre todo ofrecia asunto para las interminables burlas que se les dirigian[862].

Pero estos juicios superficiales no eran los de todos; los judíos tenian tantos amigos como detractores; su formalidad, sus buenas costumbres, la sencillez de su culto gustaban á mucha gente. Veíase en ellos algo de superior. Organizábase una vasta propaganda monoteista y mosaica[863]; y una especie de torbellino poderoso se iba formando al rededor de aquel pequeño pueblo. El pobre judío de Trastévere[864], que salia por la mañana con sus mercancías, entraba con frecuencia por la noche enriquecido con las limosnas procedentes de manos piadosas[865]. Sobre todo las mujeres iban en grupos á buscar á estos misioneros[866]. Juvenal[867] califica de vicio la inclinacion de las damas de aquella época hácia la religion judía y las critica por esto. Las que se habian convertido aseguraban que eran completamente felices[868] pero el antiguo espíritu helénico y romano resistia enérgicamente; el desprecio y el ódio hácia los judíos se revela en todos los hombres ilustrados tales como Ciceron, Horacio, Séneca, Juvenal, Tácito, Quintiliano y Suetonio[869]. Por el contrario, aquella enorme masa de poblaciones mezcladas que el imperio habia sometido, á las cuales era extraño el espíritu romano y la sabiduría helénica, corrian en tropel hácia una sociedad en que encontraban ejemplos interesantes de concordia, de caridad, de socorros mútuos[870], de simpatía, de aficion al trabajo[871] y de altiva pobreza. La mendicidad, que fué más tarde enteramente cristiana, era entonces completamente judía. El mendigo de profesion, formado por su madre, se presentaba á la imaginacion de los poetas de aquel tiempo como un judío[872].

La exencion de ciertas cargas civiles y en particular de la milicia hacia en cierto modo envidiable la suerte de los judíos[873]. El Estado entonces pedia muchos sacrificios y daba pocas alegrías morales; todo estaba frio y desanimado y la vida tan triste en el seno del paganismo, adquiria todo su encanto en la tibia atmósfera de la sinagoga y de la iglesia. Allí, sin embargo, no se encontraba libertad puesto que los correligionarios se espiaban sin cesar los unos á los otros; pero aunque la vida interior de estas pequeñas comunidades fuese muy agitada, se gozaba infinitamente: nadie las abandonaba y no habia apóstatas. El pobre estaba contento en ellas; miraba sin envidia la riqueza y con la tranquilidad de una buena conciencia[874]. El sentimiento verdaderamente democrático de la locura mundana, de la vanidad de las riquezas y de las grandezas profanas, expresábase allí claramente. Se ha comprendido poco el mundo pagano y se le ha juzgado con demasiada severidad; la civilizacion romana se ha presentado como foco de todas las inmoralidades y de vicios odiosos[875], de la misma manera que un obrero de nuestros tiempos, imbuido en las doctrinas socialistas, se representa á los aristócratas bajo los más negros colores. Pero allí habia animacion, alegría é interés, como sucede hoy dia en las más pobres sinagogas de Polonia y de Galitzia. La falta de elegancia y delicadeza en las costumbres se compensaba por un agradable espíritu de familia y de honradez patriarcal. En la sociedad elevada, por el contrario, el egoismo y el aislamiento de las almas habian dado su último fruto.

La parábola de Zacarías[876] se realizaba: el mundo iba á cogerse de los vestidos de los judíos para decirles: «Llevadnos á Jerusalem.» No habia poblacion grande donde no se celebrara el sábado, el ayuno y las demás ceremonias del judaismo[877]. Josefo[878] se atreve á invitar á los que duden á que consideren el estado de su patria y hasta su propia casa, y vean si no se encuentra en ellas la confirmacion de lo que dice. La presencia en Roma y cerca del emperador de varios miembros de la familia de los Herodes, los cuales practicaban su culto delante de todo el mundo[879], contribuia mucho á esta publicidad. El sábado, se imponia como una necesidad á las clases menesterosas en los barrios donde habia judíos. Su obstinada resistencia en no abrir las tiendas en semejante dia obligaba á los vecinos á modificar sus costumbres, y á esto se debe sin duda que en Salónica se observe el sábado aún en la actualidad, tanto más cuanto que la poblacion judía es allí demasiado numerosa y rica para dejar de imponer la ley y regular el dia del descanso cerrando sus despachos.

Así como el judío, á quien con frecuencia acompañaba, el sirio era un instrumento activo de la conquista del Occidente por el Oriente[880]; se le confundia con frecuencia, y Ciceron creia haber encontrado el retrato comun á entrambos, llamándoles naciones nacidas para la esclavitud[881]. Esto era lo que les aseguraba el porvenir, ya que el porvenir era entonces de los esclavos. El carácter del sirio se distinguia principalmente por su volubilidad, su ligereza, y el despejo superficial de su espíritu. La naturaleza siria es como una imágen fugitiva en las nubes del cielo; por momentos suele trazar ciertas líneas con gracia, pero estas líneas, no llegan á formar jamás un dibujo completo. En la sombra, á la pálida luz de una lámpara, la mujer siria, cubierta con sus velos, con sus miradas vagas y languidez infinita, produce alguna ilusion; pero al analizar esta belleza todo se evapora, todo es ficticio.

Lo único que la raza siria tiene de agradable, es el niño de cinco ó seis años; en la raza griega, por el contrario, el niño es inferior al jóven adulto, y éste inferior al anciano[882]. La inteligencia siria halaga por su prontitud y ligereza; pero le falta fijeza, solidez; es como ese vino de oro del Líbano, que causa un transporte agradable pero del cual nos cansamos pronto. Los verdaderos dones de Dios deben tener algo á la vez de delicados y de fuertes, de embriagadores y de durables. La Grecia es hoy más apreciada que nunca y lo será cada dia más y más.

Muchos emigrados sirios á quienes el deseo de hacer fortuna llevaba al Occidente estaban más ó menos unidos al judaismo, y los que no, permanecian fieles al culto de su ciudad[883], es decir, al recuerdo de algun templo dedicado á un Júpiter local[884], que era generalmente su Dios supremo, á quien daban algun título particular[885]. Esto era en el fondo una especie de monoteismo que los sirios encubrian con el culto de sus extraños dioses.

Comparados con las personalidades divinas completamente distintas entre sí que ofrecia el politeismo griego y romano, los dioses de que se trata, en su mayor parte sinónimos del Sol, eran casi hermanos del Dios único[886]. Semejantes á ciertas melopeas enervantes, los cultos sirios podian parecer menos áridos, más expresivos que el culto griego, y las mujeres de Siria la observaban con cierta exaltacion y voluptuosidad. Estas mujeres fueron en todo tiempo séres extraños que fluctuaban entre el demonio y Dios, entre la santa y poseida; la santa de virtudes severas, de heróicos sacrificios y de firme resolucion, pertenece á otras razas y otros climas; la santa de imaginacion ardiente, de arrebatos absolutos y de súbitos amores, es la santa de Siria. La poseida de nuestra edad media es la esclava de Satanás por su humillacion ó sus pecados; la poseida de Siria es la loca por idealismo, la mujer que se siente herida en sus sentimientos, que se venga con frenesí ó se encierra en el mutismo[887] que no espera para curarse más que una palabra dulce ó una dulce mirada. Trasportadas al mundo occidental, estas Sirias adquirian influencia, algunas veces por malas artes de mujer, y otras por cierta superioridad moral y una verdadera disposicion. Esto se vió ciento cincuenta años despues, cuando los personajes más importantes de Roma se casaron con Sirias, las cuales tomaron un gran ascendiente en los asuntos públicos. La mujer musulmana de nuestros dias, especie de comadre chillona, estúpidamente fanática, que no existiendo sino para el mal, es incapaz de virtud alguna, no debe hacernos olvidar á las Julia Domna, á las Julia Mæsa, Julia Mamæa y Julia Soemia, que introdujeron en Roma, en punto á religion, una tolerancia y unas tendencias místicas desconocidas hasta entonces. Lo más notable es, que la dinastía siria se mostró favorable al cristianismo, y que Mameo, y más tarde el emperador Felipe el Árabe[888], se consideraron como cristianos. En los siglos III y IV, el cristianismo fué por excelencia la religion de Siria; despues de Palestina, Siria fué la que tuvo más parte en la fundacion de aquel.

En Roma sobre todo, y durante el primer siglo, fué donde el sirio comenzó á desplegar su infatigable actividad: dedicado á los más humildes oficios, tales como lacayo, mozo de cuerda, cochero etc., el Syrus[889] entraba por todas partes, introduciendo consigo la lengua y las costumbres de su país[890]. No tenia la altivez ni los conocimientos filosóficos de los Europeos, y mucho menos su vigor, pues débil de cuerpo, pálido, atacado con frecuencia por la fiebre, sin observar método en las horas de comer y dormir, como hacen nuestras robustas razas, alimentándose solo de cebollas y otros vegetales, y dedicando muy pocas horas al sueño, el Sirio moria jóven y estaba generalmente enfermo[891]. Sus cualidades dominantes eran la humildad, la dulzura, la afabilidad, poca solidez de espíritu y no muy buen sentido, excepto cuando se trataba de sus negocios; pero en cambio era muy ardiente, aunque algo afeminado. Como el Sirio no ha tomado nunca parte en la vida política, tiene una aptitud especial para todos los asuntos religiosos, y bien puede decirse que ese pobre Maronita, afeminado, humilde y andrajoso, ha llevado á cabo la más grande de las revoluciones. Su antecesor, el Syrus de Roma, fué el que mostró más celo para llevar la buena nueva á los afligidos; todos los años iban á Grecia, á Italia y á la Galia, colonias enteras de estos Sirios impulsados por su aficion natural á los pequeños negocios[892], y era fácil reconocerles en los buques por sus numerosas familias, que siempre les seguian, siendo de notar en aquellas, sus hermosos niños, sus jóvenes madres, de aspecto infantil, siempre risueñas y sumisas al lado de sus esposos[893]. Las cabezas que se destacan en estos tranquilos cuadros de familia, son poco acentuadas, no pueden compararse con las de Arquímedes, de Platon, ó de Fidias; pero en cambio, el mercader Sirio al llegar á Roma, es un hombre bueno y misericordioso, caritativo con sus compatriotas y amante de los pobres; habla con los esclavos y les indica un asilo donde estos infelices, reducidos por la dureza de los Romanos al más desconsolador aislamiento, puedan encontrar alivio y consuelo. Las razas griegas y latinas, razas de señores, que han nacido para lo grande, no saben sacar partido de tan humilde posicion[894]; el esclavo de estas razas pasaba su vida en la insubordinacion y el deseo de hacer mal; el esclavo ideal de la antigüedad tiene todos los defectos imaginables; es goloso, embustero, malo y enemigo natural de su dueño,[895] y con esto, probaba en cierto modo su nobleza, protestando contra una ley opuesta á la naturaleza. El buen Sirio no protestaba; aceptaba su ignominia, y á fin de sacar el mejor partido posible, captábase la buena voluntad de su amo, se atrevia á hablarle y procuraba complacer á su señora. Este gran agente de la democracia iba así deshaciendo malla por malla la red de la civilizacion antigua; las viejas sociedades, fundadas sobre el desprecio, sobre la desigualdad de las razas, sobre el valor militar, estaban perdidas para siempre. La debilidad y la humillacion, van á ser una ventaja para el perfeccionamiento de la virtud[896]; la nobleza romana y la sabiduría griega, lucharán aún tres siglos; á Tácito le parecerá bien deportar á millares de esos infelices; si interissent, vile damnum[897]! y la aristocracia romana se irritará, llevando á mal tengan sus dioses y sus instituciones. Está sin embargo escrito de antemano quién ha de alcanzar la victoria; será el Sirio, el pobre hombre que ama á sus semejantes, que comparte con ellos lo que tiene y que se asocia con ellos; la aristocracia romana tiene que perecer por su impiedad.

Para explicarnos la revolucion que va á realizarse, es necesario darnos cuenta del estado político, social, moral, intelectual y religioso del país donde el proselitismo judío habia abierto surcos que debia cubrir la predicacion cristiana. Espero que este estudio demostrará evidentemente que la conversion del mundo á las ideas judías y cristianas, era inevitable, y que no es de extrañar más que una cosa: que esa conversion se haya verificado con tanta lentitud y tan tarde.