CAPÍTULO XI
EL REINO DE DIOS CONCEBIDO COMO EL ADVENIMIENTO DE LOS POBRES
Esas máximas, buenas en un país donde los elementos de la vida se componian de aire y de luz, y ese dulce comunismo de un grupo de hijos de Dios, que descansaban confiados en el seno de su padre, podian convenir á una secta inocente que abrigaba á cada momento la persuasion de que su utopia iba á realizarse; pero claro es que no podian arrastrar en pos de sí á la sociedad entera. Muy pronto comprendió Jesús que al mundo oficial de su época no satisfaria la perspectiva de su reino. Mas tomó una resolucion atrevida, cual fué dirigirse á los humildes, prescindiendo de todo aquel mundo de corazon seco y de mezquinas preocupaciones. Una vasta sustitucion de raza tendrá lugar. El reino de Dios se ha hecho: 1.º, para los niños y para aquellos que se les asemejan; 2.º, para los desechados del mundo, víctimas del rigor social que rechaza al hombre bueno cuando es humilde; 3.º, para los heréticos y cismáticos, publicanos, samaritanos y paganos de Tiro y de Sidon. Una parábola enérgica explicaba y legitimaba ese llamamiento al pueblo[456]: «Un rey dispuso un gran banquete para celebrar las bodas de su hijo, y envió á sus servidores á llamar á los convidados. Mas éstos se excusaron, y áun algunos maltrataron á los mensajeros. Irritado entónces el Rey, dijo á sus criados: Salid luégo á las plazas y barrios de la ciudad, y traedme acá cuantos pobres, y lisiados, y ciegos y cojos halláreis, á fin de que se llene mi casa. Pues os prometo que ninguno de los que ántes fueron convidados probará mi banquete.»
El ebionismo puro, es decir, la doctrina de que solamente los pobres (ebionim) serán salvados, de que el reinado de los pobres va á llegar, fué, pues, la doctrina de Jesús. «¡Ay de vosotros los ricos!—decia,—porque ya teneis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros los que andais hartos! porque sufriréis hambre. ¡Ay de vosotros los que ahora reis! porque os lamentaréis y lloraréis»[457]. Y añadia: «Tú, cuando des una comida, no convides á tus amigos, ni á tus hermanos, ni á los parientes ó vecinos ricos; no sea que tambien ellos te inviten á tí, y te sirva esto de recompensa; sino que cuando hagas un convite has de convidar á los pobres, y á los tullidos, y á los cojos, y á los ciegos, y serás afortunado, porque no pueden pagártelo, pues serás recompensado en la resurreccion de los justos»[458]. Quizás en un sentido análogo repetia con frecuencia estas palabras: «Sed buenos banqueros»[459], esto es: «Haced buenas imposiciones para el reino de Dios, dando vuestros bienes á los pobres, conforme al antiguo proverbio: compadecerse del pobre es dar prestado á Dios»[460].
Bien mirado, esa doctrina no era completamente nueva. Un movimiento democrático, el más exaltado que recuerda la historia (y el único tambien que haya tenido éxito, porque sólo él ha permanecido en el dominio de la idea pura), agitaba á la raza judáica desde hacia mucho tiempo. En cada página de los escritos del Antiguo Testamento se encuentra la idea de que Dios es el vengador del pobre y del débil contra el rico y el poderoso. No hay sino abrir la historia de Israel para ver en ella, más que en ninguna otra, al espíritu popular dominando constantemente. Los profetas, verdaderos tribunos (y tribunos de extraordinaria audacia, bajo cierto punto de vista), habian anatematizado siempre á los grandes y establecido estrecha relacion entre las palabras «rico», «impío», «violento», «malvado», de una parte, y «pobre», «manso», «humilde», «piadoso», de la otra[461]. La asociacion de tales ideas se robusteció considerablemente bajo los Seleúcidas, en cuya época apostataron y abrazaron el helenismo casi todos los aristócratas. El libro de Henoch contiene maldiciones contra el mundo, los ricos y los poderosos, mucho más violentas que las del Evangelio[462]. El lujo se considera en él como un crímen. En ese original apocalípsis, el «Hijo del hombre» destrona los reyes, los arranca de su voluptuosa existencia y los precipita en el infierno[463]. La iniciacion de la Judea en los refinamientos de la vida profana, y la reciente introduccion de un elemento de lujo y bienestar mundanos, provocaban una furibunda reaccion en favor de la sencillez patriarcal. «¡Ay de vosotros, los que despreciais la choza y la heredad de vuestros padres! ¡Ay de vosotros los que construis vuestros palacios con el sudor de los demás! Cada una de las piedras, cada uno de los ladrillos que los componen es un pecado»[464]. El nombre de «pobre» (ebion) habia llegado á ser sinónimo de «santo» y de «amigo de Dios.» Ése era el nombre que los discípulos galileos de Jesús se daban de preferencia; ése fué tambien durante mucho tiempo el nombre de los cristianos judaizantes de la Batanea y del Hauran (Nazarenos, Hebreos) que permanecieron fieles á la lengua y enseñanza primitivas de Jesús y que se enorgullecian de poseer entre ellos á los descendientes de su familia[465]. Aquellos pobres sectarios, ajenos al gran movimiento que arrastró á las otras iglesias, fueron en el siglo segundo calificados de heréticos (ebionitas), y hasta se inventó, á fin de explicar su nombre, un pretendido heresiarca llamado Ebion[466].
Compréndese fácilmente que esa aficion exagerada á la pobreza no podia ser durable: tal exageracion no era, en realidad, sino un elemento de utopia semejante á los que se mezclan siempre á las grandes creaciones, elementos que reduce á su verdadero valor el trascurso del tiempo. El cristianismo, una vez trasportado á la vasta escena de la sociedad, debia consentir facilísimamente en poseer riquezas, así como el budismo, que en su orígen fué del todo monacal, se apresuró despues á admitir á los seglares, tan pronto como las conversiones se multiplicaron. Pero nunca desaparece por completo la señal de la procedencia. El ebionismo, no obstante haber sido olvidado muy luégo, dejó en toda la historia de las instituciones cristianas una levadura que no debia perderse. La coleccion de las Logia ó discursos de Jesús se formó en el medio ebionita de la Batanea[467]. La «pobreza» continuó siendo el ideal de los sinceros partidarios de Jesús, la carencia de toda propiedad el verdadero estado evangélico, y la mendicidad una virtud, un estado santo. El gran movimiento umbrío del siglo trece, que entre todos los ensayos de fundacion religiosa es el que más semejanza tiene con el movimiento galileo, se efectuó en nombre de la pobreza. Francisco de Asís, el hombre del mundo que más se parece á Jesús por su exquisita bondad y por su trato delicado y afectuoso, no fué sino un pobre. Las órdenes mendicantes y las innumerables sectas comunistas de la Edad media (pobres de Lyon, Begardos, Bongomilos, Fratricellos, Humillados, pobres evangélicos, etc.), que se agrupaban bajo la bandera del Evangelio eterno, pretendieron ser, y fueron en efecto, los verdaderos discípulos de Jesús. Pero áun esta vez los más imposibles sueños de la nueva religion quedaron infecundos. La mendicidad, que tan sérias inquietudes causa á nuestras sociedades industriales y administrativas, tuvo en su dia, y bajo el cielo que le era favorable, poderoso atractivo; ella ofreció á una multitud de almas dulces y contemplativas el único estado que podia convenirles. Hacer de la pobreza un objeto de amor y de codicia, elevar al mendigo sobre el altar, santificar el humilde traje del hombre del pueblo, es un golpe maestro que tal vez no satisfaga á la economía política, pero ante el cual no puede el verdadero moralista permanecer indiferente. Para que la humanidad pueda soportar su pesada carga, necesita abrigar la creencia de que su paga no consiste sólo en el precio de su salario:—el mayor servicio que puede hacérsele es repetirle con frecuencia que no vive únicamente del pedazo de pan que lleva á sus labios.
Jesús, como todos los grandes hombres, amaba al pobre y se complacia en hallarse en contacto con él. En su pensamiento, el Evangelio es para los pobres, para ellos trae el Mesías la buena nueva de salvacion[468]. Sus elegidos eran todos los que el judaismo ortodoxo despreciaba. El amor del pueblo, la piedad por su impotencia y el sentimiento del jefe democrático que en sí mismo abriga el espíritu de la muchedumbre, y que se reconoce como su intérprete natural, traspiran á cada instante en sus actos y en sus discursos[469].
El grupo de elegidos ofrecia, en efecto, una mezcla de condiciones cuyo carácter debia sorprender sobremanera á los rigoristas: en su seno contaba personas que un judío que se respetase en algo no habria querido tratar[470]. Y sin embargo, quizás encontraba Jesús en aquella sociedad fuera de las reglas comunes, mejores sentimientos y más nobleza de alma que entre las clases pedantes y formalistas, orgullosas de su aparente moralidad. Á fuerza de exagerar las prescripciones mosáicas, los fariseos habian llegado á creer que el trato con personas ménos severas que ellos, bastaba para mancillarlos; en los convites, casi se descendia á las pueriles distinciones de castas de la India. Despreciando esas miserables aberraciones del sentimiento religioso, Jesús se complacia en comer en casa de los párias de la sociedad judáica[471], y tomaba asiento á la mesa junto á personas de mal vivir, reputacion que tal vez tenía por orígen el solo hecho de que no participaban de las ridiculeces de los devotos y mojigatos. Los fariseos y los doctores se escandalizaban de semejante conducta: ¡Mirad con qué gentes come!—decian.—Jesús les daba entónces agudas respuestas que exasperaban á los hipócritas: «No son los que están sanos, sino los enfermos, los que necesitan de médico[472]»; ó bien: «¿Quién de vosotros que teniendo cien ovejas y habiendo perdido una, no deje las noventa y nueve en la dehesa, y no vaya en busca de la que ha perdido hasta encontrarla? En hallándola, se la pone sobre los hombros muy gozoso[473]»; ó ya: «El hijo del hombre ha venido á salvar lo que se habia perdido[474]»; ó ya, en fin: «Porque los pecadores son, y no los justos, á quienes he venido yo á llamar[475]». Otras veces respondia con esa hermosa parábola del hijo pródigo, en que se presenta al que ha delinquido como acreedor á mayor compasion y cariño que el que siempre fué justo. Sorprendidas de tanto atractivo y experimentando por primera vez el dulce encanto de la virtud, mujeres débiles ó culpables se aproximaban libre y confiadamente al jóven maestro. Los hipócritas se admiraban de que no las rechazase. «¡Oh!—decian los puritanos,—este hombre no es profeta, pues si lo fuese conoceria que la mujer que le toca es una pecadora.» Jesús respondia con la parábola de un acreedor que perdonó á dos de sus deudores las sumas que le debian: la del uno era de quinientos denarios, la del otro de cincuenta: ¿cuál de ellos le estará más agradecido? Sin duda aquel á quien se le perdonó más[476]. Jesús apreciaba el estado del alma en proporcion del amor que en ella se contenia. Las mujeres que por sus faltas experimentaban sentimientos de humildad y le ofrecian un corazon lleno de lágrimas, estaban más próximas á entrar en su reino que las naturalezas medianas, las cuales tienen frecuentemente escaso mérito en no haber delinquido. Por otra parte, encontrando aquellas almas tiernas un medio de fácil rehabilitacion al convertirse á la secta, se comprende que se adhiriesen á su doctrina con el mayor entusiasmo.
Jesús, no sólo no trataba de acallar las murmuraciones que su desprecio por las susceptibilidades sociales de la época producia entre los hipócritas, sino que parece experimentar placer en excitarlas. Nadie proclamó nunca tan audazmente ese desprecio del «mundo», condicion indispensable de las grandes cosas y de la grande originalidad. No perdonaba al rico, sino cuando el rico era á su vez la víctima del desden social á consecuencia de alguna preocupacion[477]. Preferia las personas de vida equívoca y de poca ó ninguna consideracion á los judíos ortodoxos que aparentaban una conducta irreprochable, á los cuales decia: «Publicanos y rameras os precederán en el reino de Dios. Vino Juan: los publicanos y las rameras le creyeron; mas vosotros ni con ver esto os movisteis á penitencia»[478]. Compréndese cuán sangrienta debia ser, para los que afectaban gravedad y rigidez de principios morales, la reconvencion de no haber seguido el buen ejemplo de los hombres de mal vivir y de las mujeres de costumbres livianas.
Jesús no aparentaba autoridad, ántes bien se complacia en tomar parte en los festejos de casamientos: precisamente uno de sus milagros fué hecho para amenizar una boda de aldea. En Oriente, las comidas de boda tienen lugar por la noche; cada convidado lleva un farol ó lamparilla, y aquel movimiento de luces que van y vienen produce un efecto muy agradable. Á Jesús le gustaba ese aspecto alegre y animado, el cual le proporcionaba motivo para deducir de él algunas parábolas[479]. Semejante conducta, cuando la comparaban con la de Juan Bautista, escandalizaba á los devotos[480]. Un dia en que los discípulos de Juan y los fariseos guardaban el ayuno, le preguntaron: «¿Cómo es que los discípulos de Juan ayunan á menudo, y oran, como tambien los de los fariseos; al paso que los tuyos comen y beben?» Á lo que respondia Jesús: «¿Por ventura podréis vosotros recabar de los compañeros del esposo el que ayunen miéntras el esposo está con ellos? Tiempo vendrá en que el esposo les será arrebatado y entónces ayunarán»[481]. Su carácter dulce y alegre se manifestaba continuamente por medio de reflexiones y bromas amables y festivas: «¿Á quién compararé yo esta raza de hombres?—decia.—Es semejante á los muchachos sentados en la plaza que dando voces á sus compañeros dicen: Os hemos entonado cantares alegres, y no habeis bailado; cantares lúgubres, y no habeis llorado. Así es que vino Juan, que no come, ni bebe, y dicen: Está poseido del demonio. Ha venido el Hijo del hombre, que come, y bebe, y dicen: Hé aquí un gloton y un vinoso, amigo de publicanos y de gente de mala vida. Pero la sabiduría queda justificada por sus obras»[482].
De este modo recorria la Galilea en medio de una fiesta contínua. En sus excursiones, Jesús se servia de una mula, animal que constituye en Oriente buena y segura montura y cuyos negros ojos sombreados de largas pestañas son de extremada melancolía. Los adeptos desplegaban algunas veces en torno del maestro una pompa rústica, bien colocando sus vestidos sobre la mula en que cabalgaba, ó bien extendiéndolos ante sus pasos á guisa de alfombra[483]. Cuando entraba Jesús en alguna casa, era su presencia motivo de regocijo y de bendicion: deteníase de ordinario en las aldeas y en las granjas, donde hallaba siempre afectuosa hospitalidad. En Oriente, basta que un extranjero se detenga en una casa para que en seguida se convierta en un sitio público:—toda la aldea se reune en ella, la invaden los muchachos, y aunque traten de alejarlos, vuelven otra vez á la carga. Jesús no podia tolerar que maltratasen á aquellos cándidos oyentes; atraíalos hácia sí y los abrazaba con ternura[484]. Animadas las madres con tal acogida, le presentaban sus niños de pecho para que los tocase con sus manos[485]. Otras mujeres se acercaban á él y derramaban aceite y perfumes sobre su cabeza y sobre sus piés. En ocasiones, sus discípulos querian rechazarlas como importunas; pero Jesús, á quien gustaban las costumbres antiguas y todo lo que indicaba sencillez de corazon, reparaba cariñosamente la ofensa hecha por sus demasiado celosos amigos. Protegiendo siempre á los que deseaban honrarle[486], se convertia en el ídolo de los niños y de las mujeres. La reconvencion que más frecuentemente le dirigian sus enemigos, era que trataba de separar de sus familias aquellos seres delicados y fáciles de seducir[487].
Así es que en cierto modo la religion naciente fué un movimiento de mujeres y de niños. Estos últimos formaban al rededor de Jesús como una guardia infantil en la inauguracion de su inocente reino; preparábanle pequeñas ovaciones, que no dejaban de complacerle, llamábanle «hijo de David», gritaban Hosanna[488], y llevaban palmas marchando en torno de él. Quizás Jesús, como Savonarola, los dejaba servir de instrumento á misiones piadosas; de todos modos, no se mostraba descontento de que aquellos jóvenes apóstoles, que no le comprometian, marchasen de vanguardia concediéndole títulos que él no osaba proclamar. Dejábalos, pues, hacer, y cuando le preguntaban si los oia, respondia de un modo evasivo, que la alabanza que sale de labios inocentes es la más agradable á Dios[489].
Jesús no desperdiciaba ninguna ocasion de repetir que los niños deben considerarse como seres sagrados[490]; que el reino de Dios pertenece á los pequeñitos[491]; que para entrar en él es necesario ser como un niño[492], pues como á tal han de recibirle[493], y que el Padre celestial oculta sus designios á los ángeles y se los revela á los pequeños[494]. La idea de sus discípulos se confunde casi en él con la de los niños[495]. Un dia en que disputaban por cuestiones de preeminencia, disputas que eran frecuentes entre los discípulos, Jesús, llamando á sí á un niño, le colocó en medio de ellos y dijo: «aquí está el mayor; cualquiera, pues, que se humilláre como este niño, ése será el mayor en el reino de los cielos»[496].
Y en efecto, la infancia era la que en su divina espontaneidad, en su cándida ofuscacion de gozo, se posesionaba de la tierra. Creíase á cada instante que iba á amanecer el dia de un reino tan deseado, y cada cual se veia ya sentado en un trono[497] junto al maestro. Repartíanse los puestos[498] del futuro eden, y se trataba de computar el tiempo que tardaria su inauguracion. Esto se llamaba la «Buena nueva»; la doctrina no tenía otro nombre. La antigua palabra paraíso, que el hebreo, como todas las lenguas de Oriente, habia tomado de la Persia, y que en un principio sirvió para designar los parques de los reyes aqueménidas, resumia el sueño de todos, la aspiracion universal; ¡el paraíso! jardin delicioso, donde se continuaria para siempre una vida llena de inefables encantos[499]. ¿Cuánto tiempo duró aquella embriaguez? Se ignora. Durante el curso de aquella mágica aparicion, nadie midió el tiempo, así como nadie mide la duracion de un éxtasis. El vuelo de las horas quedó en suspenso; una semana fué como un siglo. Pero ya durase años ó meses, aquel ensueño fué tan hermoso, que despues de él la humanidad ha continuado viviendo de su recuerdo, y todavía es su debilitado perfume nuestra suprema consolacion. Nunca dilató el pecho humano un gozo tan puro ni tan inmenso. En aquel esfuerzo, el más vigoroso que haya hecho la humanidad para elevarse sobre el barro de nuestro planeta, hubo un momento en que olvidó los lazos de plomo que la ligan á la tierra y las angustias de la vida. ¡Feliz el que entónces pudo ver la luz de aquella aurora divina, y participar, siquiera por un dia, de aquella ilusion mágica y sin igual! Pero ¡más dichoso todavía—nos diria Jesús—el que, libre de toda ilusion, reproduzca en sí mismo la aparicion celestial, y sin ensueños milenarios, sin paraíso quimérico, sin otro móvil que la rectitud de su voluntad y la poesía del alma, sepa crear de nuevo en su corazon el verdadero reino de Dios!