CAPÍTULO XII
EMBAJADA DE JUAN Á JESÚS — MUERTE DE JUAN — CONEXION DE SU ESCUELA CON LA DE JESÚS
Miéntras que la risueña Galilea celebraba con festejos la venida del muy amado, el triste Juan se consumia de impaciencia y deseo en su prision de Machero. Las doctrinas y el éxito que alcanzaba el jóven maestro, á quien pocos meses ántes habia visto en las orillas del Jordan, llegaron hasta él. Decíase que el Mesías anunciado por los profetas, aquel que debia restaurar el reino de Israel, habia ya venido, y que sus hechos maravillosos demostraban su presencia en Galilea. Juan quiso cerciorarse de la veracidad de aquellos rumores, y como comunicaba libremente con sus discípulos, eligió á dos de ellos para que fuesen á ver á Jesús[500].
Los dos discípulos encontraron al profeta de Nazareth en el apogeo de su reputacion, y causóles no poca sorpresa la alegría que reinaba en derredor suyo. Acostumbrados á los ayunos, á la oracion, á una vida de aspiraciones y de rigidez, se admiraron al hallarse de pronto en medio de los regocijos de la bienaventuranza[501]. En cumplimiento de su cometido, expusieron á Jesús la causa de su mensaje, diciéndole: «¿Eres tú el que debia venir? ¿Debemos esperar á otro?» Jesús, que ya entónces no vacilaba respecto á su papel de Mesías, les enumeró los hechos que debian caracterizar el advenimiento del reino de Dios, tales como la cura de las enfermedades y la buena nueva de salvacion anunciada á los pobres, obras que él ejecutaba. «Dichoso, pues,—añadió,—aquel que no dudáre de mí.» Ignórase si esta respuesta encontró vivo á Juan Bautista, y el efecto que ella produjo en el ánimo del austero asceta. ¿Murió consolado y con la seguridad de que vivia ya aquel que él anunciára, ó conservó sus dudas respecto á la mision de Jesús? Nada hay á este respecto que pueda sacarnos de incertidumbre. Sin embargo, al notar que su escuela se continuó despues durante muchos años paralelamente á las iglesias cristianas, se inclina uno á creer que, no obstante su deferencia por Jesús, Juan no le consideró como aquel que debia realizar las promesas divinas. La muerte vino, por otra parte, á poner término á sus perplejidades. El martirio debia ser el digno coronamiento de la carrera inquieta y agitada, y de la indomable libertad del solitario.
Las disposiciones indulgentes que Antipas manifestó en un principio respecto á Juan, no fueron, á lo que parece, de mucha duracion. Segun la tradicion cristiana, en las entrevistas que Juan tuvo con el tetrarca, no cesaba de repetirle que su matrimonio era ilícito y que debia rechazar léjos de sí á Herodías[502]. No es difícil imaginarse el ódio inmenso que la nieta de Heródes el Grande debió concebir contra aquel consejero importuno, y se comprende el afan con que acecharia la ocasion de perderle.
Su hija Salomé, fruto de su primer matrimonio, y tan ambiciosa y disoluta como ella, fué el instrumento de sus designios. Antipas se encontraba á la sazon (probablemente en el año 30 de la era cristiana) en la fortaleza de Machero, y era dia del aniversario de su nacimiento. Heródes el Grande habia construido en el interior de la fortaleza un magnífico palacio[503], en el cual residia algunas veces el tetrarca. Con el motivo indicado, preparó allí un gran festin, durante el cual ejecutó Salomé una de esas danzas algo libres que en Siria no se consideran como impropias de una persona distinguida. Encantado Antipas de tanta gracia y soltura, preguntó á la bailarina lo que deseaba, y ésta, obedeciendo á las instigaciones de su madre, respondió: «La cabeza de Juan sobre esta fuente.» La exigencia no agradó mucho á Antipas; mas no tuvo fuerza bastante para rehusar. Un guardia cogió la fuente, fué á degollar al prisionero, y á los pocos instantes volvió á entrar con la sangrienta cabeza del Bautista[504].
Los discípulos de éste obtuvieron su cuerpo y le colocaron en un sepulcro. El descontento del pueblo fué grande. Seis años despues, queriendo Hareth reconquistar á Machero y vengar el ultraje hecho á su hija, atacó á Antipas y le derrotó completamente; el desastre del tetrarca se consideró entónces como un castigo por la muerte de Juan[505].
Los discípulos del Bautista llevaron á Jesús la noticia de su suplicio[506]. El postrer mensaje que Juan envió á Jesús habia concluido de establecer entre las dos escuelas estrecha intimidad. Temiendo entónces Jesús que le alcanzase tambien el ódio de Antipas, tomó algunas precauciones y se retiró al desierto[507]. Siguiéronle allí muchas personas, y gracias á una extremada frugalidad, el santo rebaño pudo vivir en aquellos eriales, circunstancia que despues se tomó naturalmente por un milagro[508]. Á partir de aquel momento, Jesús no habló de Juan sin manifestar profunda admiracion. Declaraba sin vacilar[509] que el Bautista era más que un profeta; que la Ley, de igual modo que los profetas antiguos, no habia tenido fuerza sino hasta él[510]; que Juan los habia abrogado, pero que á su vez le abrogaria el reino del cielo. Y en fin, le asignaba en la economía del misterio cristiano un puesto de honor, convirtiéndole como en el lazo de union entre el Antiguo Testamento y el advenimiento del nuevo reino.
El profeta Malaquías, cuya opinion respecto á esto se realzó entónces extraordinariamente[511], habia anunciado con grande insistencia un precursor del Mesías, que debia preparar á los hombres al acontecimiento final; una especie de mensajero enviado á la tierra para facilitar el camino al elegido de Dios. Este mensajero no era otro que el profeta Elías, quien, segun la creencia general, iba muy pronto á descender del cielo, adonde habia subido, á fin de reconciliar á Dios con su pueblo y de hacer que los hombres se preparasen al grande acontecimiento por medio de la penitencia[512]. Al nombre de Elías asociaban algunas veces el del patriarca Henoch, al cual se atribuia, desde hacia uno ó dos siglos, alto grado de santidad, ó bien el de Jeremías[513], á quien se consideraba como al genio protector del pueblo, ocupado siempre en rogar por él ante el trono de Dios[514]. La idea de que dos antiguos profetas deben resucitar para servir de precursores al Mesías, se halla de una manera tan sorprendente en la doctrina de los Parsis, que se inclina uno á admitir la hipótesis de que los israelitas la tomaron de allí[515]. Sea como quiera, ella formaba en la época de Jesús parte integrante de las teorías judáicas. Todo el mundo creia que la aparicion de dos «testigos infieles», vestidos de hábitos de penitencia, serviria de prólogo al gran drama que iba á desarrollarse con asombro del universo[516].
Abrigando semejantes ideas, compréndese que Jesús y sus discípulos no vacilasen respecto á la mision de Juan. Cuando los escribas les objetaban que áun no podia tratarse de Mesías en razon á que Elías no habia venido[517], les contestaban afirmativamente, diciendo que Elías habia venido; que Juan era Elías resucitado[518]. En efecto, Juan, por su género de vida, por su oposicion á los gobiernos políticos, recordaba aquella figura original y terrible de la antigua historia de Israel[519]. Jesús no cesaba de encarecer los méritos y la excelencia de su precursor. Decia que entre los hijos de los hombres no habia nacido uno más grande, y anatematizaba á los fariseos y á los doctores por no haber aceptado su bautismo, por no haberse convertido á su voz[520].
Los discípulos de Jesús permanecieron fieles á esos principios del maestro. El respeto á Juan fué una tradicion constante en la primera generacion cristiana[521]; supúsosele pariente de Jesús[522], y para fundar la mision de éste sobre un testimonio de todos admitido, se dijo que Juan, desde la primera entrevista con Jesús, le proclamó por el Mesías; que se reconoció inferior á él é indigno de desatar las cintas de sus sandalias; y que en un principio rehusó bautizarle, sosteniendo que él debia ser bautizado por Jesús[523]. Tales exageraciones quedan plenamente refutadas por la forma dubitativa del último mensaje de Juan[524]. Sin embargo, en un sentido más general, el Bautista permaneció en la leyenda cristiana siendo lo que en realidad fué, esto es, el austero cenobita que prepara el camino á la nueva era, el triste predicador de penitencias ántes de las alegrías que traerá consigo la llegada del esposo, el profeta que anuncia el reino de Dios y muere ántes de verle. Aquel gigante de los orígenes del cristianismo, aquel comedor de langostas y de miel silvestre, aquel rígido enderezador de entuertos, fué el ajenjo que preparó los labios á las dulzuras del reino de Dios. La víctima de Herodías abrió la era de los mártires cristianos, siendo el primer testimonio de la nueva conciencia. Los mundanos reconocieron en él su verdadero enemigo y no pudieron tolerar su vida: su cadáver mutilado y tendido sobre el umbral del cristianismo, trazó la sangrienta via por donde tantos mártires habrian de pasar despues de él.
La escuela de Juan no se extinguió con la muerte de su fundador: separada de la de Jesús, vivió algun tiempo, hallándose al principio en buena armonía con la de aquél. Varios años despues de la muerte de ambos maestros se practicaba todavía el bautismo juanista. Algunas personas pertenecian simultáneamente á las dos escuelas, entre otras, el célebre Apolos, el rival de San Pablo (hácia el año 50), y un gran número de cristianos de Éfeso[525]. Josefo ingresó (año 53) en la escuela de un asceta llamado Banú, que tiene gran semejanza con Juan Bautista y que tal vez habia sido su discípulo. Aquel Banú[526] vivia en el desierto, formaban su vestido hojas de árboles, alimentábase de plantas ó de frutas silvestres, y lo mismo de dia que de noche, se bautizaba frecuentemente, á fin de purificarse. Santiago, aquel á quien se llamaba el «hermano del Señor» (quizás hay aquí alguna confusion de homónimos), observaba tambien un ascetismo análogo[527]. Algunos años despues (hácia el 80), el bautismo estuvo en lucha abierta con el cristianismo, particularmente en el Asia Menor. Juan el Evangelista le combate de una manera embozada[528]. Uno de los poemas sibilinos proviene, á lo que parece, de aquella escuela. En cuanto á las sectas de Hemerobatistas, Baptistas y Elcaitas (Sabiens, Mogtasila de los escritores árabes)[529], que se propagaron por Siria, Palestina y Babilonia en el siglo segundo, y cuyos restos subsisten aún entre los Mandeitas llamados «cristianos de San Juan», sin duda tuvieron el mismo orígen que el movimiento del Bautista y no debe considerárselas como la descendencia auténtica de Juan. La verdadera escuela de éste, medio confundida con el cristianismo, llegó á mirarse como una herejía cristiana y se extinguió oscuramente. Juan vió sin duda hácia qué parte se inclinaba el porvenir. Si hubiese obedecido á una rivalidad mezquina, su nombre yaceria hoy en el olvido entre la muchedumbre de los sectarios de su época. Su abnegacion le condujo á la gloria, dándole un puesto único en el panteon religioso de la humanidad.