CAPÍTULO XIII
PRIMERAS TENTATIVAS SOBRE JERUSALEN
Jesús, casi todos los años iba á Jerusalen á la fiesta de la Pascua. Los pormenores de cada uno de aquellos viajes son poco conocidos, porque los sinópticos no hablan de ellos[530], y las notas del cuarto evangelio son muy oscuras respecto á este particular[531]. Lo cierto es, segun parece, que el año 35, y seguramente despues de la muerte de Juan, fué cuando tuvo lugar la más importante de las residencias de Jesús en la capital. Muchos discípulos le siguieron. Aunque entónces Jesús daba poca importancia á la peregrinacion, se sometió á ella por no lastimar la opinion judía, con la que no habia roto aún abiertamente. Por otra parte, esos viajes entraban en sus proyectos; porque comprendia ya que para representar un papel de primer órden era preciso salir de Galilea y atacar el judaismo en su plaza fuerte, que era Jerusalen.
La pequeña comunidad de Galilea estaba bastante fuera de su centro en la capital. Jerusalen, poco más ó ménos, era entónces lo mismo que es hoy dia, una ciudad de pedantismo, de acrimonia, de disputas, de odios y de nimiedades de ingenio. El fanatismo era allí extremado, y muy frecuentes las sediciones religiosas. Los fariseos imperaban en ella; el estudio de la Ley, llevado á las más insignificantes pequeñeces y reducido á cuestiones de casuística, era la única enseñanza. Aquella cultura exclusivamente teológica y canónica no contribuia en nada á ilustrar los entendimientos. Tenía algo de semejante á la estéril doctrina del faquir musulman, á esa ciencia fútil que se agita al rededor de una mezquita, disipacion considerable de tiempo y de dialéctica del todo vana, sin que la buena disciplina del entendimiento se aproveche de ella. La educacion teológica del clero moderno, aunque árida, no puede dar idea alguna de aquélla; porque el Renacimiento ha introducido en todas nuestras enseñanzas, áun en las más rebeldes, una parte de bellas letras y de buen método, que ha hecho que la escolástica tome más ó ménos una tintura de humanidades. La ciencia del doctor judío, del sofer ó escriba, era puramente bárbara, absurda sin compensacion, desprovista de todo elemento moral[532]. Para colmo de desgracia, llenaba de un ridículo orgullo á todo el que se empeñaba en abrazarla. Orgulloso del pretendido saber que tanto trabajo le costára, el escriba judío sentia por la cultura griega el mismo desprecio que el sabio musulman de nuestros dias experimenta por la civilizacion europea, y que el antiguo teólogo católico tenía por el saber de las gentes del mundo. Es propio de esas culturas escolásticas el alejar el espíritu de todo lo delicado, el no apreciar sino las difíciles nimiedades en cuya adquisicion se ha gastado la existencia, considerándolas como la obligacion de las personas que hicieron profesion de gravedad.
Aquel mundo odioso no podia ménos de oprimir gravemente las almas sensibles y delicadas del Norte. El desprecio de los Hierosolimitanos hácia los Galileos hacia la separacion aún más inaccesible. En aquel magnífico templo, objeto de todos sus deseos, no encontraban sino afrenta. Un versículo del salmo de los peregrinos[533]: «He preferido quedarme á la puerta de la casa de mi Dios» parece hecho exprofesamente para ellos. Un sacerdote desdeñoso sonreia de su inocente devocion, casi como en otro tiempo en Italia el clero, familiarizado con los santuarios, presenciaba indiferente y burlon quizás, el fervor del peregrino que de léjos habia venido. Los Galileos hablaban un dialecto bastante corrompido: su pronunciacion viciosa, confundiendo las diversas aspiraciones, hacia que resaltasen quid pro quos que excitaban no poco la hilaridad[534].
En religion se los tenía por ignorantes y poco ortodoxos: la frase «simple Galileo» se habia hecho proverbial. Se creia (y no sin razon) que la sangre judáica estaba entre ellos muy mezclada, y se tenía por axioma que la Galilea no podia producir un profeta[535]. Llevados así al último extremo del judaismo, y casi fuera de él, los pobres Galileos no contaban con otra cosa para reanimar sus esperanzas, sino con un pasaje de Isaías bastante mal interpretado[536]:
«¡Tierra de Zabulon y tierra de Nefthalí, camino del mar, Galilea de los gentiles! El pueblo que marchaba en la oscuridad ha visto una gran luz; el sol se ha levantado para los que se hallaban sumidos en las tinieblas.»
La reputacion que gozaba la ciudad natalicia de Jesús era particularmente detestable. Hubo un proverbio popular que decia: «¿Acaso de Nazareth puede salir cosa buena?»[537].
La completa aridez de la naturaleza en los alrededores de Jerusalen debia acabar de disgustar á Jesús. Sus valles no tienen agua; el suelo es árido y pedregoso. Cuando se clava la vista en la depresion del mar Muerto se experimenta algo de embriagador: fuera de ese lugar, todo es monótono. Sólo la colina de Mizpa, con sus recuerdos de la más antigua historia de Israel, atrae las miradas. La ciudad presentaba en tiempo de Jesús casi el mismo aspecto que hoy dia. No poseia ni el más pequeño monumento antiguo, porque hasta los Asmoneos, los judíos permanecieron extraños á todas las artes: Juan Hircano comenzó á embellecerla, y Heródes el Grande hizo de ella una de las más suntuosas ciudades de Oriente. Las construcciones herodianas rivalizaban con las mejores de la antigüedad por su carácter grandioso, lo perfecto de la ejecucion y la belleza de los materiales. Un crecido número de sepulcros, de un gusto original, se elevaba hácia el mismo tiempo en los alrededores de Jerusalen[538]. El estilo de aquellos monumentos era el griego, pero amoldado al uso de los judíos y notablemente modificado segun sus principios. Los ornamentos de escultura viva, que los Heródes se permitieron, con gran disgusto de los rigoristas, fueron desterrados, reemplazándolos por una decoracion vegetal. El gusto de los antiguos moradores de la Fenicia y de la Palestina por los monumentos monolitos tallados en piedra viva parecia renacer en aquellos singulares sepulcros abiertos en las rocas y en los que los órdenes griegos están caprichosamente aplicados á una arquitectura de trogloditas. Jesús, que consideraba las obras de arte como una pompa fútil de la vanidad, vió todos aquellos monumentos con disgusto[539]. Su absurdo espiritualismo y su opinion inmutable de que la figura del viejo mundo debia desaparecer, le quitaron el gusto para todo lo que no tocaba al corazon.
El templo, en la época de Jesús, era todo nuevo, y sus obras exteriores aún no se habian concluido. Heródes habia hecho que su reconstruccion empezase el año 20 ó 21 ántes de la era cristiana, para ponerle al nivel de sus otros edificios. La nave del templo se acabó en diez y ocho meses, y los pórticos en ocho años[540]; pero las partes accesorias continuaron poco á poco, no terminándose sino poco tiempo ántes de la toma de Jerusalen[541]. Jesús vió trabajar probablemente en él, no sin cierto disgusto interior. Aquellas esperanzas de un porvenir durable eran una especie de insulto á su próximo advenimiento. Más perspicaz que los incrédulos y fanáticos, comprendia que aquellas magníficas construcciones estaban llamadas á gozar una corta duracion[542].
Por lo demás, el templo formaba un conjunto maravillosamente conmovedor, y cuyo haram actual[543], á pesar de su belleza, puede apénas dar una idea. Las galerías y pórticos que le cercaban servian ordinariamente de punto de reunion á una muchedumbre considerable, y aquel vasto sitio era á la vez el templo, el foro, el tribunal y la universidad. Todas las discusiones religiosas de las escuelas judías, todas las enseñanzas canónicas, hasta las mismas causas civiles y criminales, en una palabra, toda la actividad de la nacion se concentraba allí[544]. Aquél era un choque contínuo de argumentos, un palenque de disputas, oyéndose por todas partes sofismas y cuestiones sutiles. El templo tenía, pues, mucha semejanza con una mezquita musulmana. Llenos de miramiento en aquella época hácia las religiones extranjeras, cuando éstas permanecian en su propio territorio[545], los romanos se prohibian la entrada en el santuario; inscripciones griegas y latinas marcaban el punto hasta dónde era permitido llegar á los no judíos[546]. Pero la torre Antonia, cuartel general de la fuerza romana, dominaba todo el recinto, permitiendo observar lo que pasaba allí[547].
El cuidado material del templo estaba á cargo de los judíos; un capitan del templo tenía su mayordomía, haciendo abrir y cerrar las puertas é impidiendo que se atravesara su circuito llevando baston en la mano, con el calzado sucio ó con paquetes, ó pasar por él para acortar el camino[548]. Se vigilaba sobre todo escrupulosamente para que nadie entrase en los pórticos interiores en estado de impureza legal. Las mujeres tenian una tribuna completamente separada.
Allí fué donde Jesús pasaba sus dias durante el tiempo que permanecia en Jerusalen. La época de las fiestas hacia concurrir á aquella ciudad un inmenso gentío. Reunidos en una misma habitacion diez ó veinte personas, los peregrinos lo invadian todo, viviendo en ese hacinamiento desordenado, que tanto agrada en Oriente[549]. Jesús se confundia entre la muchedumbre, y sus pobres galileos agrupados en su derredor hacian poco efecto. Presentia, sin duda, que aquél era un mundo hostil para él, que no lo acogeria sino con desprecio. Todo lo que veia le disgustaba. El templo, como en general todos los parajes de devocion demasiado frecuentados, ofrecia un aspecto poco edificante. El servicio del culto llevaba consigo un número de detalles, sobre todo operaciones mercantiles, á consecuencia de las cuales se establecieron verdaderas tiendas en el sagrado circuito. Allí se vendian reses para los sacrificios, y se encontraban mesas para facilitar el cambio de la moneda: á veces se hubiera tomado aquello por un bazar. Los ínfimos empleados del templo llenaban sin duda su mision con la vulgaridad irreligiosa de los sacristanes de todas las edades. Aquel aire profano é indiferente en el manejo de las cosas santas heria el sentimiento religioso de Jesús, llevado, á veces, hasta el escrúpulo[550]. Decia que de la casa del Señor habian hecho una cueva de ladrones. Un dia, cuentan que se dejó llevar de la cólera, y que dió de latigazos á aquellos mercaderes innobles, tirando por tierra sus mesas[551]. En general, gustaba poco del templo: el culto que concibió por su Padre, nada tenía que ver con las sangrientas escenas de los sacrificios. Todas aquellas rancias instituciones judías le disgustaban, y sufria al verse obligado á consentirlas. Así pues, el templo y su local no inspiraron sentimientos piadosos, en el seno del cristianismo, sino á los cristianos judaizantes. Los verdaderos hombres nuevos sintieron aversion por aquel antiguo lugar sagrado. Constantino y los primeros emperadores cristianos dejaron subsistir donde estaban las construcciones paganas de Adriano[552]. Sólo fueron los enemigos del cristianismo, como Juliano, los que pensaron en aquel paraje[553]. Cuando Omar entró en Jerusalen, el lugar del templo fué profanado de intento en ódio á los judíos[554].
El Islam, es decir, una especie de resurreccion del judaismo, en toda su forma exclusivamente semítica, fué el que le devolvió sus honores. Aquel lugar fué siempre anti-cristiano.
El orgullo de los judíos acababa de descontentar á Jesús y de hacerle penosa la permanencia en Jerusalen. Á medida que las grandes ideas de Israel se fortalecian, el sacerdocio se humillaba. La institucion de las sinagogas dió al intérprete de la Ley, al doctor, una grande superioridad sobre el sacerdote. No existian sacerdotes sino en Jerusalen, y áun allí mismo, limitados á las funciones simplemente rituales, casi como nuestros sacerdotes de parroquia, excluidos de la predicacion, estaban pospuestos al orador de la sinagoga, al casuista, al sofer ó escriba, por más lego que fuese este último. Los hombres célebres del Talmud no son sacerdotes; son sabios segun las ideas del tiempo. El alto sacerdocio de Jerusalen gozaba, en verdad, de un rango muy elevado en la nacion, pero no estaba en manera alguna á la cabeza del movimiento religioso. El sumo pontífice, cuya autoridad habia sido ya deshonrada por Heródes[555], se convertia cada vez más en un funcionario romano[556], que se mudaba frecuentemente para que muchos se aprovechasen del empleo. En contraposicion de los fariseos, celosos seglares muy exaltados, casi todos los sacerdotes eran saduceos, es decir, miembros de aquella aristocracia incrédula que se formó al rededor del templo, viviendo del altar y teniendo en él su vanidad[557]. La casta sacerdotal se habia separado hasta tal punto del sentimiento nacional y de la gran direccion religiosa que conducia al pueblo, que el nombre de «saduceo» (sadoki), que designaba de antemano solamente á un miembro de la familia sacerdotal de Sadok, vino á ser sinónimo de «materialista» y de «epicúreo».
Pero aún vino un elemento peor, despues del reinado de Heródes el Grande, á corromper el alto sacerdocio. Habiéndose Heródes enamorado de Mariana, hija de un tal Simon, hijo éste de Boethus de Alejandría, y habiendo querido casarse con ella (hácia el año 28 ántes de J. C.), no encontró otro medio para ennoblecer al padre de su futura y elevarle hasta él, que hacerle gran sacerdote. Aquella intrigante familia permaneció dueña del soberano pontificado durante treinta y cinco años, casi sin interrupcion[558]. Estrechamente ligada á la familia reinante, no se separó de él sino despues que fué depuesto Arquelao, volviéndose á apoderar del pontificado (el año 42 de nuestra era) despues que Heródes Agrippa rehizo por algun tiempo la obra de Heródes el Grande. Bajo el nombre de Boethusim[559], se formó así una nueva nobleza sacerdotal, muy mundana, muy poco devota, que casi se confundió con los Sadokitas. Los Boethusim, en el Talmud y en los escritos rabínicos, están presentados como dos especies de incrédulos, y siempre cerca de los saduceos[560]. De todo esto resultó al rededor del templo una especie de córte de Roma, viviendo de la política, poco dada á los excesos de celo, áun esquivándolos, no queriendo oir hablar de personajes santos, de innovadores, porque se aprovechaba de la rutina establecida. Estos sacerdotes epicúreos no tenian la violencia de los fariseos; sólo querian el reposo: su frivolidad moral y su fria irreligion hacian sublevarse á Jesús; y aunque diferentes en sí, le eran de igual modo antipáticos. Pero extranjero y sin crédito, debia guardar para sí, durante bastante tiempo, su disgusto y no comunicar sus sentimientos sino á la sociedad íntima que le acompañaba. Ántes de la última residencia, más larga con mucho que todas las que permaneció en Jerusalen, y que terminó por su muerte, Jesús ensayó, no obstante, hacerse escuchar. Predicó; se habló de él; se ocuparon de ciertos actos que consideraban como milagrosos. Pero de todo esto no resultó ni el establecimiento de una iglesia en Jerusalen, ni un número de discípulos hierosolimitanos. El elocuente doctor que perdonaba á todos con tal que le amasen, no debia encontrar eco en un santuario de disputas vanas y de sacrificios arraigados. Sólo consiguió con esto algunas buenas relaciones, de las que más tarde recogió el fruto. No es de suponer que entónces trabase conocimiento con la familia de Bethania que le prodigó, en medio de las pruebas de sus últimos meses, tantos consuelos. Pero desde el principio llamó la atencion de un tal Nicodemo, rico fariseo, miembro del sanedrin, y muy considerado en Jerusalen[561]. Ese hombre, que parecia honrado y de buena fe, se sintió arrastrado hácia el jóven galileo. No queriendo comprometerse, fué á verle de noche y tuvo con él una larga conferencia[562]. De ella guardó, sin duda, una favorable impresion, porque más tarde defendió á Jesús contra las prevenciones de sus cofrades[563], y, á la muerte de Jesús, volvemos á hallarle prodigando piadosos cuidados al cadáver del maestro[564]. Nicodemo no se hizo cristiano; creyó que su posicion se lo impedia en un momento revolucionario, en que la religion no contaba aún prosélitos ilustres. Pero evidentemente prodigó gran amistad á Jesús dispensándole servicios, aunque sin poder arrancarle á una muerte cuyo decreto, á la época en que llegamos, estaba como escrito.
En cuanto á los doctores célebres de su tiempo, no parece que Jesús tuviera relaciones con ellos. Hillel y Schammai habian muerto: la mayor autoridad de la época era Gamaliel, nieto de Hillel, inteligencia clara y hombre de mundo, dedicado á los estudios profanos, y acostumbrado á la tolerancia por su comercio con la alta sociedad[565]. Al reves de los fariseos, muy severos, que caminaban envueltos en un velo ó con los ojos cerrados, él miraba á las mujeres, sin exceptuar á las paganas[566]. La tradicion le excusó, así como haber sabido el griego, porque le acercaba á la córte. Despues de la muerte de Jesús manifestó sobre la nueva secta miras muy templadas[567]. San Pablo salió de su escuela[568]. Pero es muy probable que Jesús jamás entró en ella.
Un pensamiento al ménos que Jesús sacó de Jerusalen, y que desde entónces parecia arraigarse en él, fué que no habia pacto posible con el antiguo culto judío; la abolicion de los sacrificios, que le causaron tanto disgusto; la supresion de un sacerdocio impío y altanero, y hasta cierto punto la abrogacion de la ley, le parecieron de absoluta necesidad.
Á partir de ese momento, se coloca, no como reformador judío, sino como destructor del judaismo. Algunos partidarios de las ideas mesiánicas habian admitido ya que el Mesías sería el portador de una nueva Ley, comun á toda la tierra[569]. Los Esenios, que apénas eran judíos, parecian ser tambien indiferentes al templo y á las observancias mosáicas. Pero sólo eran atrevimientos aislados y no consentidos. Jesús fué el primero que se atrevió á decir que á partir de él, ó mejor á partir de Juan[570], la Ley no existia ya. Si alguna vez empleaba términos más discretos[571], era por no chocar abiertamente con las preocupaciones admitidas. Cuando le ponian en el disparador, descorria todos los velos y declaraba que la Ley no tenía ninguna fuerza. Á propósito de esto, se valia de enérgicas comparaciones: «Nadie á un vestido viejo echa un remiendo de paño nuevo; tampoco echa nadie vino nuevo en cueros viejos»[572].
Hé ahí en la práctica, su acto de maestro y de creador. Aquel templo excluyó de su seno los no judíos por medio de carteles afrentosos. Jesús rechaza el templo. Aquella Ley estrecha, dura, sin caridad, no se hizo sino para los hijos de Abraham. Jesús pretende que todo hombre de buena voluntad, todo hombre que le acoja y le ame es hijo de Abraham[573]. El orgullo de la sangre le parecia el enemigo capital que debia combatir. Jesús, en otros términos, no es ya un judío. Es revolucionario al más alto grado; llama á todos los hombres á un culto fundado sobre su sola cualidad de hijos de Dios. Proclama los derechos del hombre, no los derechos del judío; la religion del hombre, no la religion del judío; la salvacion del hombre, no la salvacion del judío[574]. ¡Ah, cuán léjos estamos de un Júdas Gaulonita, de un Matías Margaloth, predicando la revolucion en nombre de la Ley! La religion de la humanidad, establecida, no sobre la sangre, sino sobre el corazon, queda fundada. Se ha ido más allá que Moisés; el templo no tiene ya razon de ser, y es irrevocablemente condenado.