CAPÍTULO XIV

RELACIONES DE JESÚS CON LOS GENTILES Y LOS SAMARITANOS

Consecuente á estos principios, Jesús despreciaba todo lo que no era la religion del corazon. Las vanas prácticas de los devotos[575] y el rigorismo exterior, que espera alcanzar la salvacion por medio de mojigaterías, hallaban en él un enemigo mortal. Se cuidaba poco del ayuno[576] y preferia el perdon de una ofensa á los sacrificios[577]. El amor de Dios, la caridad, el perdon recíproco, hé ahí toda su ley[578]; nada ménos sacerdotal que esto. El sacerdote, por su estado, induce siempre al sacrificio público, del cual es el ministro obligado, y disuade de la oracion privada, que es un medio de no necesitar de él. En vano se buscará en el Evangelio una práctica religiosa recomendada por Jesús. El bautismo sólo tiene para él una importancia secundaria[579]; y en cuanto á la oracion, nada establece, sino que se haga de corazon.

Muchos, como sucede siempre, creyeron reemplazar por el buen deseo de las almas débiles el verdadero amor del bien, y se imaginaron ganar el reino del cielo diciéndole: «Señor, Señor.» Jesús los rechazaba proclamando que su religion era el hacer bien[580]. Frecuentemente citaba el pasaje de Isaías: «Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazon está léjos de mí»[581].

El sábado era el punto capital sobre el que se elevaba el edificio de los escrúpulos y de las sutilezas farisáicas. Aquella excelente y antigua institucion vino á ser un pretexto de mezquinas disputas de casuitas y una causa perenne de supersticiosas creencias[582]. Se creia que la naturaleza guardaba su observancia; todos los manantiales intermitentes pasaban por «sabáticos»[583]. Éste era tambien el punto sobre que Jesús se complacia en retar á sus adversarios[584]. Quebrantaba abiertamente el sábado, y no respondia á los cargos que se le hacian, sino por medio de sátiras ingeniosas. Con mayor motivo despreciaba una porcion de preceptos modernos, que la tradicion habia añadido á la Ley, y que, por la misma razon, eran más apreciados de los devotos. Las abluciones, las diferencias demasiado sutiles de las cosas puras ó impuras no encontraban en él compasion ni misericordia. «¿Podeis lavar vuestra alma de esa manera?—les decia:—No mancilla al hombre lo que come, sino lo que sale de su corazon.»

Los fariseos, propagadores de esas hipócritas nimiedades, eran el blanco á que se dirigian todos sus tiros. Los acusaba de exagerar la Ley, de inventar preceptos imposibles, á fin de crear á los hombres ocasiones de pecar. «Ciegos, lazarillos de ciegos,—decia,—cuidado con caer en el hoyo.»—«Raza de víboras,—añadia en secreto,—no hablan sino del bien, pero en su interior son malvados; desmienten el proverbio: “La boca no vierte sino lo que rebosa el corazon”[585].» Jesús no conocia bastante á los gentiles para pensar establecer sobre su conversion alguna cosa sólida. La Galilea contaba gran número de paganos, pero no, á lo que parece, un culto organizado y público de los falsos dioses[586]. Jesús pudo ver desplegarse este culto en todo su esplendor en el país de Tyro y de Sidon, en Cesárea de Filipo y en la Decápola. De todo eso hizo poco caso. Jamás se encuentra en él ese pedantismo insoportable de los judíos de su época, esas declamaciones contra la idolatría tan familiares á sus correligionarios, á partir de Alejandro, y de que está lleno, por ejemplo, el libro de la «Sabiduría»[587]. Lo que le chocaba en los paganos no era su idolatría, sino su servilismo[588]. El jóven demócrata judío, hermano en esto de Júdas el Gaulonita, no reconociendo por dueño sino á Dios, se agraviaba de los honores que se tributaban á la persona de los soberanos y de los títulos frecuentemente falaces que se les prodigaban. Excepto en esto, en la mayor parte de las circunstancias en que se encontraba con los paganos mostraba con ellos una gran indulgencia; á veces parecia concebir más esperanzas sobre ellos que sobre los judíos[589]. El reino de Dios les será transferido. «Cuando un propietario está descontento de aquel á quien ha alquilado su viña, la arrienda á otros labradores que le paguen los frutos á su tiempo»[590]. Jesús debia mantenerse tanto más en esta opinion, cuanto que la conversion de los gentiles era, segun las ideas judías, una de las señales más ciertas de la venida del Mesías[591]. En su reino de Dios hace sentar al festin, al lado de Abraham, de Isaac y de Jacob, hombres originarios de todas partes, miéntras que rechaza á los herederos legítimos del reino[592]. Cierto es que frecuentemente se cree hallar en las órdenes que da á sus discípulos una tendencia del todo contraria: parece recomendarles que no prediquen la salvacion sino solamente á los judíos ortodoxos[593], y habla de los paganos de una manera conforme á las prevenciones de los judíos[594]. Pero es necesario acordarse de que los discípulos, cuyo escaso entendimiento no se avenia á esa gran indiferencia por la cualidad de hijos de Abraham, pudieron muy bien hacer doblegar las instituciones del maestro en el sentido de sus propias ideas. Por otra parte, es muy posible que Jesús variase respecto á este punto de la misma manera que Mahoma habla de los judíos en el Coran, tan pronto del modo más conveniente como con una extrema dureza, segun espera ó no atraerlos hácia sí. La tradicion, en efecto, concede á Jesús dos reglas de proselitismo enteramente contrarias y que pudo practicar sucesivamente: «Quien no es contrario vuestro, de vuestro partido es;—el que no está por mí, contra mí está»[595]. Esta especie de contradicciones ocasiona, casi necesariamente, una lucha apasionada.

Lo cierto es, que entre sus discípulos contaba diferentes personas de las que los judíos designaban con el nombre de «Helénicos»[596]. Esta palabra tenía en Palestina muy diversas significaciones. Unas veces se designaba con ella á los paganos, otras á los judíos que hablaban griego y vivian entre aquéllos[597], otras á las personas de orígen pagano convertidas al judaismo[598]. Lo probable es que Jesús encontrase más simpatías en esta última clase de Helénicos[599]. La afiliacion al judaismo tenía muchos grados, pero los prosélitos permanecian siempre en un estado de inferioridad con respecto al judío de nacimiento. Los que nos ocupan al presente eran llamados «prosélitos de la puerta» ó «personas timoratas de Dios», que se sometian á los preceptos de Noé, y no á los mosáicos[600]. Esa misma inferioridad era sin duda alguna la causa que los acercaba á Jesús y les valia su estimacion.

De la misma manera obraba con los samaritanos. Cercada como un islote entre las dos grandes provincias del judaismo (la Judea y la Galilea), la Samaria formaba en Palestina una especie de territorio ó distrito, donde se conservaba el antiguo culto del Garizim, hermano y rival del de Jerusalen. Aquella pobre secta, que no tenía ni el genio ni la sábia organizacion del judaismo propiamente dicho, era tratada por los hierosolimitanos con extremada dureza[601]. Los que á ella pertenecian eran considerados por el mismo prisma que los paganos, concediéndoles un grado de mayor desprecio[602]. Jesús, por una especie de oposicion, estaba animado en su favor. Muchas veces prefiere los samaritanos á los judíos ortodoxos. Si en algunas ocasiones parece prohibir á sus discípulos que vayan á predicarles, reservando su Evangelio para los israelitas puros[603], es sin duda un precepto hijo de las circunstancias, al cual los apóstoles dieron un sentido demasiado absoluto. Algunas veces los samaritanos le recibian mal, suponiéndole imbuido en las preocupaciones de sus correligionarios[604]; del mismo modo que en nuestros dias, el europeo despreocupado es para los musulmanes un enemigo á quien siempre se cree cristiano fanático. Jesús sabía colocarse por cima de esos errores[605]. Tuvo muchos discípulos en Sichem, donde pasó dos dias[606]. En cierta situacion, no encuentra ni gratitud, ni verdadera piedad, sino en casa de un samaritano[607]. Una de sus mejores parábolas es la del hombre herido en el camino de Jericó. Un sacerdote pasa, le ve y prosigue su camino. Un levita pasa y no se detiene. Un samaritano le compadece, se acerca á él, derrama aceite en sus heridas y las venda[608]. Jesús deduce de esto que la verdadera fraternidad se establece entre los hombres por la caridad y no por la fe religiosa.

El «prójimo», que en el judaismo era sobre todo el correligionario, es para él el hombre que tiene piedad de sus semejantes, sin distincion de sectas. La fraternidad humana en el sentido más lato rebosaba en todas sus lecciones.

Estos pensamientos, que asediaban á Jesús á su salida de Jerusalen, encontraron su viva expresion en una anécdota que ha sido conservada respecto á su regreso. El camino de Jerusalen, en Galilea, pasa á una media hora de Sichem[609] delante de la explanada del valle que dominan los montes Ebal y Garizim. Los peregrinos judíos evitaban en general aquel camino, prefiriendo en sus viajes dar el gran rodeo de la Perea más bien que exponerse á las vejaciones de los samaritanos ó á pedirles alguna cosa. Estaba prohibido comer y beber con ellos[610]; el axioma de algunos casuistas era «que un pedazo de pan de los samaritanos es carne de puerco»[611]. Cuando se emprendia aquel camino, se hacian, pues, de antemano las provisiones; y áun así raramente se evitaban las pendencias y los malos tratamientos[612]. Jesús no participaba ni de aquellos escrúpulos, ni de esos temores. Cuando hubo llegado al punto del camino en que hácia la izquierda se abre el valle de Sichem, se sintió fatigado y se detuvo cerca de un pozo. Los samaritanos tenian, lo mismo entónces que hoy en dia, la costumbre de poner á todos los parajes de sus valles, nombres sacados de los recuerdos patriarcales; aquel pozo le miraban como dado á José por Jacob; probablemente era el mismo que áun hoy dia se llama Bir-Iakoub. Los discípulos entraron en el valle y fueron á la ciudad á comprar provisiones; Jesús se sentó en el borde del pozo, teniendo á su vista á Garizim.

Era mediodía próximamente. Una mujer de Sichem vino á sacar agua. Jesús la pidió de beber, lo cual la asombró muchísimo, porque los judíos se prohibian de ordinario todo comercio con los samaritanos. Subyugada por la plática de Jesús, la mujer reconoció en él un profeta, y esperando sin duda reconvenciones acerca de su culto, tomó la delantera, diciendo: «Señor, nuestros padres adoraron sobre esta montaña, miéntras que vosotros decís que en Jerusalen está el lugar donde se debe adorar.»—«Mujer, créeme á mí, le respondió Jesús:—ya llega el tiempo en que ni en este monte ni en Jerusalen adoraréis al Padre; ya llega el tiempo en que los verdaderos adoradores le adorarán en espíritu y en verdad»[613].

El dia en que pronunció esa frase fué verdaderamente hijo de Dios, diciendo por vez primera la palabra sobre la cual descansará el edificio de la religion eterna. Con ella fundó el culto puro, sin fecha, sin patria; el culto que practicarán las almas elevadas hasta el fin de los siglos. Desde aquel dia, no solamente su religion fué la religion de la humanidad, sino la absoluta; y si en otros planetas hay habitantes dotados de razon y de moralidad, su religion no puede ser diferente de la que Jesús proclamó junto al pozo de Jacob. El hombre no ha podido permanecer en ella, porque lo ideal no se alcanza sino por un momento. La palabra de Jesús fué un relámpago en una noche oscura; han sido necesarios mil ochocientos años para que los ojos de la humanidad (es decir, de una parte sumamente ínfima de la humanidad) se hayan habituado á ella. Pero el relámpago se convertirá en luz permanente, y despues de haber recorrido todos los círculos de los errores, la humanidad volverá á esa palabra, como á la expresion inmortal de su fe y de sus esperanzas.