CAPÍTULO XXIII
ÚLTIMA SEMANA DE JESÚS
Y en efecto, partió con sus discípulos para ver por última vez la ciudad incrédula y rebelde. Las esperanzas de las personas que le rodeaban habian llegado al último grado de exaltacion: al subir esta vez á Jerusalen, todos creian que el reino de Dios iba á manifestarse allí[969]. Habiendo llegado á su colmo la impiedad de los hombres, esta circunstancia era, en su concepto, una señal evidente de que la consumacion del esperado acontecimiento se hallaba cercana. Y tal era la persuasion respecto á este punto, que hasta disputaban acerca de la preeminencia que cada cual habria de tener en el futuro reino[970]. Entónces fué, segun parece, cuando Salomé, la mujer de Zebedeo, solicitó de Jesús que concediese á sus hijos los dos puestos preferentes, á derecha é izquierda del Hijo del hombre[971]. La imaginacion de Jesús se hallaba, por el contrario, acosada de graves pensamientos. Á veces dejaba traslucir un profundo y sombrío resentimiento hácia sus enemigos.—Referia la parábola de un hombre noble que partió á un país lejano á tomar la investidura de un reino; mas apénas volvió la espalda, sus conciudadanos se declararon en contra suya. Á su regreso, el rey ordenó que condujesen delante de él á los que no habian querido que volviese á reinar sobre ellos, y los condenó á la última pena[972]. Otras veces se complacia en desvanecer las ilusiones de sus discípulos. Cuando marchaban por los caminos pedregosos del Norte de Jerusalen, Jesús iba pensativo á la cabeza de sus compañeros.—Todos le miraban silenciosamente, experimentando un sentimiento de temor y sin atreverse á interrogarle. Ya en diferentes ocasiones les habia anunciado sus futuros padecimientos, cosa con la cual no podian avenirse los discípulos[973]. Jesús tomó, por último, la palabra, y no ocultándoles ya sus presentimientos, les habló de su próximo fin[974], anuncio que fué acogido con muestras de profunda tristeza. Los discípulos esperaban que pronto apareceria la señal en las nubes, y ya resonaban en sus oidos los alegres acentos del grito inaugural del reino de Dios: «Bendito sea el que viene en nombre del Señor»[975]. Sin embargo, aquella sangrienta perspectiva los llenaba de inquietud. En el espejismo de sus ensueños, el reino de Dios se aproximaba ó retrocedia á cada paso que daban en el camino fatal. En cuanto á Jesús, la idea de que iba á morir, pero de que su muerte salvaria al mundo[976], se arraigaba más y más en su mente. La equivocacion, ó sea la divergencia de miras, entre él y sus discípulos se hacia cada vez más profunda.
Era costumbre establecida el que los peregrinos fuesen á Jerusalen algunos dias ántes de la Pascua á fin de prepararse para la fiesta. Jesús llegó despues de los demás, y hubo un momento en que sus enemigos perdieron la esperanza que habian concebido de apoderarse de su persona[977]. El sexto dia ántes de la fiesta (sábado, 8 de nisan—28 de Marzo)[978], Jesús entró por fin en Bethania, y como de costumbre, fué á parar á casa de Lázaro, Marta y María, ó sea de Simon el Leproso, donde le recibieron con grandes demostraciones de regocijo. Simon el Leproso preparó con tal motivo una comida[979], á la que asistieron multitud de personas atraidas por el deseo de ver á Jesús, y tambien por el de ver á Lázaro, cuya milagrosa resurreccion se comentaba de mil modos desde hacia algun tiempo. Lázaro se hallaba sentado á la mesa y parecia ser el blanco de todas las miradas. La hacendosa Marta desempeñaba el servicio, segun costumbre[980]. Á fin de realzar la alta dignidad del huésped y de vencer la frialdad del público, se pretendió, á lo que parece, dispensarle entónces mayores muestras de respeto. Durante la comida, y con objeto de dar al banquete más solemne apariencia, entró María con un vaso de perfumes que derramó sobre los piés de Jesús. En seguida rompió el vaso, conforme á la antigua costumbre, que ordenaba romper la vajilla que habia servido para obsequiar á un huésped de distincion[981]. Por último, llevando las demostraciones de su deferencia á un extremo no conocido hasta entónces, se hincó de rodillas y enjugó con sus largos cabellos los piés del maestro[982]. Los agradables efluvios de los perfumes llenaron toda la casa, produciendo gran contentamiento en los circunstantes, excepto en el avaro Júdas de Kerioth. Verdad es que en atencion á las costumbres económicas de la comunidad, semejante conducta era un verdadero despilfarro. El ávido tesorero calculó en seguida en cuánto hubieran podido venderse los perfumes, y el producto que su venta habria hecho ingresar en la caja de los pobres. Ese mezquino y poco afectuoso sentimiento, que parecia demostrar más aprecio por el valor de ciertas cosas que por su persona, disgustó sobremanera á Jesús, el cual amaba los honores, porque ellos contribuian á sus propósitos y afirmaban su título de hijo de David. Así es que cuando oyó hablar de pobres, respondió con bastante viveza: «Los pobres los tendreis siempre con vosotros; pero á mí no me tendreis siempre.» Y exaltándose más, prometió la inmortalidad á la mujer que en aquel momento crítico le daba tan relevante prueba de amor[983].
Al dia siguiente (domingo, 9 de nisan), Jesús descendió de Bethania á Jerusalen[984]. Cuando al revolver un recodo del camino vió, desde la cima del monte de los Olivos, extendida á sus piés la ciudad, dicen que lloró sobre ella y que le dirigió un último llamamiento[985]. Al llegar á la falda de la montaña, no léjos de la puerta que se abria en el muro oriental de la ciudad sobre la zona llamada Bethphage, sin duda á causa de las higueras que la poblaban[986], Jesús tuvo todavía un instante de satisfaccion humana[987]. Habiéndose extendido la noticia de su llegada, los galileos que se hallaban en Jerusalen con motivo de la fiesta, salieron gozosos á su encuentro y le prepararon una pequeña ovacion. Buscaron una jumenta, á la cual seguia un jumentillo, segun costumbre, extendieron sobre su lomo sus más hermosos vestidos, á guisa de gualdrapa, y le hicieron sentar sobre aquella pobre montura. Otros extendian sus túnicas sobre el camino, mezclando con ellas una alfombra de ramos verdes. La muchedumbre iba delante y detrás de él, llevando palmas en la mano y exclamando: «¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor!» Algunas personas le daban el título de rey de Israel[988]. «Rabbi,—le decian los fariseos—diles que se callen.»—«Si éstos callan, las piedras darán voces»,—respondió Jesús,—y en seguida entró en la ciudad. Los hierosolimitanos, que apénas le conocian, preguntaban que quién era: «Es Jesús, el profeta de Nazareth, en Galilea»,—les respondieron.—Siendo Jerusalen una ciudad de cincuenta mil almas[989], poco más ó ménos, un acontecimiento como la entrada de un forastero de alguna celebridad, el concurso de provincianos ó un movimiento popular en las avenidas de la poblacion debia en circunstancias ordinarias propalarse rápidamente. Pero como la confusion era extremada en la época de las fiestas[990], Jerusalen pertenecia en aquellos dias á los forasteros:—así pues, la emocion parece haber sido más viva entre estos últimos. Algunos prosélitos familiarizados con el idioma griego, que habian ido á la fiesta de la Pascua, tuvieron curiosidad de ver á Jesús, á cuyo efecto se dirigieron á sus discípulos[991];—se ignora lo que resultó de aquella entrevista. En cuanto á Jesús, fué, como tenía de costumbre, á pasar la noche á su querida aldea de Bethania[992], volviendo igualmente á Jerusalen durante los tres dias sucesivos (lúnes, martes y miércoles). Una vez puesto el sol, subia la colina de Bethania, ó bien se dirigia á las granjas del flanco occidental del monte de los Olivos, en las cuales habitaban muchos amigos suyos[993].
En sus últimos dias, una profunda tristeza parece dominar su alma, de ordinario tan jovial y serena. Todos los relatos están de acuerdo en atribuirle, ántes de su arresto, un instante de incertidumbre y de vacilacion, una especie de agonía anticipada. Segun algunos, Jesús exclamó de repente: «Mi alma se ha conturbado; ¡oh Padre mio! líbrame de esta hora»[994]. En aquel momento creyeron que se habia dejado oir una voz del cielo; otros decian que un ángel habia descendido á confortarle[995]. El hecho, segun la version más autorizada, tuvo lugar en el huerto de Gethsemaní. Miéntras dormian sus discípulos, Jesús se alejó de ellos á distancia de un tiro de piedra, no conservando á su lado sino á Cephas y á los dos hijos de Zebedeo. Entónces, postrada la faz contra la tierra, se puso en oracion, y su alma contristada experimentó angustias de muerte, pero al fin triunfó en él la resignacion á la voluntad divina[996]. Á consecuencia del arte instintivo que presidió á la redaccion de los sinópticos, arte que á menudo les hace obedecer en el arreglo del relato á razones de conveniencia ó de efecto, aquella escena fué colocada en la última noche de Jesús, precediendo al momento de su arresto. Pero si esa version fuese la verdadera, no se comprenderia que Juan, testigo íntimo de tan conmovedor episodio, no dijese respecto á él ni una sola palabra en el circunstanciadísimo relato que hace de la noche del juéves[997]. Sea como quiera, lo cierto es que, durante los últimos dias gravitó cruelmente sobre Jesús el peso enorme de la mision que habia aceptado. La naturaleza humana se despertó por un momento; y ¡quién sabe si entónces dudó de su obra! El error y la incertidumbre se apoderaron de él, produciéndole un desfallecimiento más angustioso que la misma muerte. El hombre que ha sacrificado á una grande idea su reposo y las recompensas legítimas de la vida, experimenta siempre un instante de infinita tristeza cuando por primera vez se le presenta la imágen de la muerte, pretendiendo persuadirle de que todos sus sacrificios serán en vano. Quizás cruzaron entónces por la imaginacion de Jesús algunos de esos conmovedores recuerdos del pasado que se encarnan hasta en las almas de mejor temple, atravesándolas con un agudo puñal. ¿Se aparecian á su memoria las claras fuentes de la risueña Galilea, sus alfombras de verdura, los viñedos y las higueras, á cuya sombra hubiera podido vivir tranquilo, y las cándidas jóvenes que acaso hubieran consentido en amarle? ¿Maldijo entónces la rudeza de su destino, que le privó de los goces concedidos á los demás seres? ¿Se lamentó de su elevada naturaleza, y víctima de su valor moral, sintió no haber permanecido siendo un simple artesano en Nazareth? ¡Quién sabe!... Todas esas turbaciones interiores fueron evidentemente un enigma para sus discípulos, enigma del cual no comprendieron ni una palabra, tratando por medio de cándidas conjeturas de suplir lo que para ellos habia de oscuro é incomprensible en la grande alma de su maestro. Pero aquel desfallecimiento fué momentáneo; es indudable que la naturaleza divina de Jesús recobró pronto su acostumbrado imperio. Todavía estaba en su mano evitar la muerte.—Mas no lo quiso; el amor de su obra triunfó en él, y aceptó el cáliz decidido á apurarle hasta las heces. En adelante Jesús aparece tal como es, y las sutilezas del polemista, la credulidad del taumaturgo y del exorcista se borran por completo ante la figura sublime del héroe incomparable de la Pasion, del fundador de los derechos de la conciencia libre, del cumplido modelo cuyo ejemplo servirá de confortacion y consuelo á todas las almas afligidas.
El triunfo de Bethphage, aquella audacia de provincianos festejando á su rey-mesías á las mismas puertas de Jerusalen, acabó de exasperar á los fariseos y á la aristocracia del templo. Celebróse el miércoles (12 de nisan) un nuevo consejo en casa de José Caifás[998], y en él quedó resuelta la inmediata prision de Jesús. Á todas aquellas medidas presidió un gran sentimiento de órden y de policía conservadora. Como la fiesta de la Pascua, que aquel año empezaba el viérnes por la noche, era siempre motivo propicio á los tumultos y á la exaltacion, se resolvió avanzar el arresto algunos dias, á fin de evitar el escándalo y las desgracias que acaso pudieran ocurrir. Temíase que la popularidad de Jesús[999] ocasionase alguna asonada. Por consiguiente, se determinó que en vez de apoderarse de él en el templo, adonde iba todos los dias[1000], se espiasen sus costumbres á fin de prenderle en algun lugar apartado. Con este objeto, los agentes de los sacerdotes sonsacaron á sus discípulos, en la esperanza de obtener de su debilidad ó de su sencillez algunas noticias útiles, cosa que encontraron en Júdas de Kerioth. Aquel desgraciado, por motivos imposibles de explicar, hizo traicion á su maestro, y no sólo dió todas las indicaciones que se le pedian, sino que se encargó de conducir la brigada ó patrulla que debia operar el arresto, aunque semejante exceso de maldad parece casi increible. El recuerdo de horror que la necesidad ó la infamia de aquel hombre dejó en la tradicion cristiana, ha debido introducir sobre este punto alguna exageracion. Hasta entónces Júdas habia sido un discípulo como los demás, tenía el título de apóstol y hasta habia hecho milagros y lanzado los demonios. La leyenda, que rechaza los términos medios, no ha podido admitir en el cenáculo sino once santos y un réprobo. Pero la realidad no procede por categorías tan absolutas. La avaricia, que los sinópticos señalan como el móvil del crímen en cuestion, no basta á explicarle satisfactoriamente. Sería por cierto bien extraño que un hombre que administraba el fondo comun, y que sabía lo que iba á perder con la muerte del jefe, hubiese cambiado los provechos de su empleo de tesorero[1001] por una cantidad insignificante[1002]. ¿Se habia resentido el amor propio de Júdas á causa de la reprimenda que recibió en el banquete de Bethania? Tampoco esta razon parece suficiente. Juan se empeña en presentarle desde un principio como un ladron y un incrédulo[1003], cosa que es de todo punto inverosímil. Inclínase uno más bien á creer que obedeciese á algun sentimiento de rivalidad, á la irritacion producida por disensiones intestinas. El ódio particular que Juan manifiesta contra Júdas[1004] confirma esta última hipótesis. De un corazon ménos puro que los otros, Júdas pudo muy bien haberse dejado dominar, sin apercibirse de ello, de los sentimientos propios de su cargo, y por un sesgo sumamente comun en el ejercicio de las funciones activas, haber llegado á dar más importancia á los intereses de la caja que á la obra misma á que estaban destinados. El murmullo que se le escapa en Bethania deja sospechar que la grandeza del apóstol habia sucumbido en él ante la mezquindad del administrador, y que algunas veces le parecia que el maestro costaba demasiado caro á su familia espiritual. Esa ruin economía habia causado sin duda en la reducida sociedad algunos otros disgustos.
Sin negar que Júdas contribuyese á la prision de su maestro, nosotros creemos que hay alguna injusticia en las maldiciones que sobre él se lanzan. Quizás hubo en su conducta mayor parte de torpeza que de perversidad. La conciencia moral del hombre del pueblo es viva y justa, pero instable é inconsecuente, y no sabe resistir á un impulso momentáneo. Las sociedades secretas del partido republicano abrigaban en su seno profunda conviccion y gran sinceridad, y sin embargo, los delatores eran en ellas numerosos. El más ligero despecho bastaba para convertir un sectario en un traidor. Pero si el loco deseo de adquirir algunas miserables monedas trastornó la cabeza del pobre Júdas, no parece que hubiese perdido completamente el sentimiento moral, puesto que, viendo las consecuencias de su falta, se arrepintió[1005], segun dicen, y hasta se dió la muerte.
Cada minuto de los que van á seguirse es un momento solemne y ha valido por siglos enteros en la historia de la humanidad. Hemos llegado al juéves 13 de nisan (3 de Abril). La fiesta de la Pascua empezaba el dia siguiente por la noche, inaugurándose con el festin del cordero. Luégo se continuaba por espacio de siete dias consecutivos, durante los cuales se hacia uso de los panes ácimos. El primero y el último de aquellos siete dias tenian un carácter de particular solemnidad. Los discípulos se ocupaban ya en los preparativos de la fiesta[1006]:—en cuanto á Jesús, todo parecia indicar que no le era desconocida la traicion de Júdas y que no se hacia ilusiones respecto á la suerte que le esperaba. Aquella noche celebró con sus discípulos su última cena, la cual no era el festin ritual de la Pascua, segun despues se supuso, cometiendo el error de un dia[1007]; pero la cena del juéves fué para la Iglesia primitiva la verdadera Pascua, el sello de la nueva alianza. Cada discípulo trasfirió á ella sus más caros recuerdos, y la multitud de rasgos conmovedores que cada uno conservaba del maestro se reconcentraron en aquella cena, la cual llegó á ser la piedra angular de la piedad cristiana y el punto de partida de las más fecundas instituciones.
En efecto, en aquel momento solemne debió desbordarse el amor y la ternura que abrigaba el corazon de Jesús por la reducida iglesia que veia en torno suyo[1008]. Su alma, fuerte y serena, superior al peso de las sombrías preocupaciones que la asaltaban, supo encontrar una palabra de cariño para cada uno de sus amigos. Dos de entre ellos, Juan y Pedro, fueron particularmente objeto de tiernas muestras de afeccion. Juan (segun asegura él mismo) se hallaba recostado en el divan, cerca de Jesús, con la cabeza reclinada sobre el pecho del maestro. Al final de la comida, el secreto que oprimia el corazon de Jesús estuvo á pique de escapársele: «En verdad os digo,—exclamó,—que uno de vosotros me hará traicion»[1009]. Semejantes palabras produjeron en aquellos hombres ingénuos y sencillos un momento de horrible angustia; miráronse unos á otros, y cada uno se preguntó si sería él quien habria de cometer tal felonía. Júdas se hallaba presente; quizás Jesús, que desde hacia algun tiempo tenía motivos para desconfiar de él, trató con aquellas palabras de sondar su corazon y de ver si en su continente embarazado encontraba la certidumbre de su falta. Pero el discípulo infiel permaneció impasible, y hasta dicen que se atrevió á preguntar, como los demás: «¿Seré yo, maestro?»
Sin embargo, el alma noble y recta de Pedro estaba como sobre ascuas, é hizo seña á Juan para que tratara de saber á quién habia querido aludir el maestro. Juan, que podia conversar con Jesús sin que los demás lo oyeran, le suplicó por lo bajo que le diese la clave de aquel enigma. Pero Jesús, que no tenía sino sospechas, no quiso pronunciar nombre alguno; únicamente dijo á Juan que reparase en aquel á quien iba á ofrecer el pan mojado en la salsa. Y al mismo tiempo ofreció una sopa á Júdas. Por consiguiente, sólo Juan y Pedro tuvieron conocimiento del hecho. Jesús dirigió á Júdas algunas palabras que envolvian una amarga reconvencion; pero no fueron comprendidas de los circunstantes, los cuales creyeron, al ver salir á Júdas en seguida, que Jesús le habia dado alguna órden relativa á la fiesta del dia siguiente[1010].
Por el momento, aquella comida no llamó la atencion de nadie, y exceptuando las aprensiones que el maestro confió á sus discípulos y que no fueron comprendidas sino á medias, nada pasó en ella de extraordinario. Pero, despues de la muerte de Jesús, se atribuyeron á aquella noche solemnes significados, y la imaginacion de los creyentes derramó sobre ella una tinta de suave y dulce misticismo. Los últimos momentos de una persona querida son los que más profundamente se graban en la memoria. Por una ilusion inevitable, se atribuyen á las conversaciones que entónces se tuvieron con ella una significacion que no habrian adquirido sin la muerte, y se aglomeran en el espacio de algunas horas los recuerdos de años enteros. Despues de la cena de que acabamos de hablar, la mayor parte de los discípulos no volvieron á ver al maestro. Aquél fué, pues, el último adios, el banquete de despedida. En aquella cena, de igual modo que en otras muchas colaciones, Jesús practicó su rito misterioso del fraccionamiento del pan. Como quiera que desde un principio se creyó que el citado banquete habia tenido lugar el dia de Pascua, siendo, por consiguiente, el festin pascual, natural fué que se concibiese la idea de haber quedado fundada en aquel momento supremo la institucion de la Eucaristía. Partiendo de la hipótesis de que Jesús conocia de antemano el momento preciso de su muerte, los discípulos debian suponer que el maestro habia reservado para sus últimos momentos una multitud de actos importantes. Y como quiera que una de las ideas fundamentales de los primeros cristianos consistia en que la muerte de Jesús habia sido un sacrificio destinado á reemplazar todos los de la antigua Ley, la «Cena» (que por última vez repetimos se suponia haberse celebrado en la víspera de la Pasion) llegó á ser el sacrificio por excelencia, el acto constitutivo de la nueva alianza, el signo de la sangre derramada por la salvacion de todos[1011]. Así, pues, el pan y el vino, puestos en relacion con la misma muerte, se convirtieron en la imágen del Nuevo Testamento, que Jesús habia sellado con sus dolores, en la conmemoracion del sacrificio de Cristo hasta su advenimiento[1012].
Ese misterio se fijó desde muy temprano en un pequeño relato sacramental, que poseemos bajo cuatro formas muy análogas entre sí[1013]. Y sin embargo, Juan, á quien tanto preocupan las ideas eucarísticas[1014], que refiere con tanta prolijidad el último banquete, relacionando con él tantas circunstancias y tantos discursos[1015]; Juan, único entre los narradores evangélicos que tiene sobre este punto el valor de un testigo ocular, no conoce el relato en cuestion, lo cual prueba que no consideraba la institucion de la Eucaristía como una particularidad de la Cena. En su concepto, el rito de la Cena es el lavatorio de los piés, rito que probablemente obtuvo entre ciertas familias del cristianismo primitivo una importancia que perdió con el tiempo[1016]. Sin duda Jesús le habia practicado en algunas ocasiones para dar á sus discípulos una leccion de humildad fraternal. Pero se trasfirió á la víspera de su muerte, á causa de la tendencia que despues hubo en agrupar al rededor de la Cena todas las grandes recomendaciones morales y rituales de Jesús.
Por lo demás, un elevado sentimiento de amor, de caridad, de concordia y de mútua deferencia, animaba los recuerdos que los discípulos creian conservar de las últimas horas de Jesús[1017]. El alma de los símbolos y de los discursos, que la tradicion cristiana colocó en aquel sagrado momento, es siempre la unidad de su Iglesia, constituida por él ó por su espíritu: «Un nuevo mandamiento os doy—decia—que os ameis unos á otros, y que del modo que yo os he amado á vosotros, así tambien os ameis recíprocamente. Por aquí conocerán todos que sois mis discípulos, si os teneis amor unos á otros. Ya no os llamaré siervos, pues el siervo no es sabedor de lo que hace su amo. Mas á vosotros os he llamado amigos; porque os he hecho saber cuantas cosas oí de mi Padre. Lo que os mando es que os ameis unos á otros»[1018].
Algunas rivalidades, algunas luchas de preeminencia se produjeron todavía en aquellos postreros momentos[1019]. Jesús hizo notar que si él, que era el maestro, habia estado entre sus discípulos como su servidor, con mayor motivo debian ellos subordinarse unos á otros. Segun algunos, parece que les dijo al beber el vino: «Yo os declaro que no beberé ya más desde ahora de este fruto de la vid, hasta el dia en que beba con vosotros el nuevo en el reino de mi Padre»[1020]. Otros afirman que les prometió para muy pronto un banquete celestial, en el cual se hallarian sentados en tronos cerca de él[1021].
Hácia el fin de la velada, los presentimientos de Jesús se propagaron, á lo que parece, al alma de sus discípulos. Todos sentian que se hallaban cercanos á una crísis y que un grave peligro amenazaba al maestro. Hubo un instante en que Jesús pensó en tomar algunas precauciones:—habló de espadas, y como le dijeran que habia dos entre los circunstantes, «basta»—respondió—[1022]. Pero desechó la idea y no volvió á hablar de ello, comprendiendo sin duda que aquellos tímidos provincianos no podrian oponer resistencia á la fuerza armada de los grandes poderes de Jerusalen. Cephas, impulsado por su gran corazon y lleno de confianza en sí mismo, juró que le acompañaria á la prision y que moriria con él. Jesús le opuso algunas dudas con su acostumbrada delicadeza de ingenio; y segun una tradicion, que probablemente se remonta hasta el mismo Pedro, le emplazó para el canto del gallo[1023]. Todos, á imitacion de Cephas, juraron que no le abandonarian.