CAPÍTULO XXIV

ARRESTO Y CAUSA DE JESÚS

La noche habia cerrado ya completamente[1024] cuando salieron de la sala[1025]. Segun su costumbre, Jesús atravesó el valle del Cedron, y acompañado de sus discípulos se dirigió al huerto de Gethsemaní, situado al pié del monte de los Olivos[1026]. Sentóse allí, y dominando á sus discípulos con su inmensa superioridad, permanecia en vela y en oracion miéntras ellos dormian. De pronto una patrulla armada y provista de antorchas invade el huerto. Eran los agentes del templo, especie de brigada de policía que se habia dejado á los sacerdotes: iban armados de palos y escoltados de un destacamento de soldados romanos con espadas. La órden del arresto emanaba del gran sacerdote y del sanedrin[1027]. Conociendo Júdas las costumbres de Jesús, les habia indicado que en aquel sitio podrian sorprenderle más fácilmente. Júdas, segun la tradicion unánime de los primeros tiempos, acompañaba á la patrulla[1028], y si hemos de creer lo que algunos afirman[1029], llevó la infamia hasta el extremo de designar con un beso á la víctima de su negra traicion. Sea como quiera, lo cierto es que hubo un principio de resistencia de parte de los discípulos[1030]. Uno de ellos (Pedro, segun testigos oculares)[1031] desenvainó la espada é hirió en una oreja á uno de los servidores del gran sacerdote, llamado Malek. Jesús detuvo aquel primer movimiento y se entregó voluntariamente á los soldados. Los discípulos, débiles, é incapaces de obrar de concierto contra autoridades que gozaban de tanto prestigio, huyeron cada cual por su lado. Sólo Juan y Pedro siguieron desde léjos al maestro sin perderle de vista. Otro jóven desconocido, cubierto de una ligera túnica, le seguia tambien: los soldados quisieron prenderle, pero el jóven huyó, dejando la túnica entre sus manos[1032].

La conducta que los sacerdotes habian resuelto observar contra Jesús se hallaba en un todo conforme con el derecho establecido. El procedimiento contra el «seductor» (mesith) que trata de atentar á la pureza de la religion se explica en el Talmud con detalles cuya ingenua impudencia hace sonreir. La asechanza, la alevosía, están en él erigidas en parte esencial de la instrucción criminal. Cuando hay un hombre acusado de «seduccion» se colocan dos testigos ocultos detrás de un tabique, y se arreglan las cosas de un modo que el prevenido éntre en una habitacion contigua, á fin de que los dos testigos en cuestion puedan oirle sin que él lo sospeche. Á mayor abundamiento se encienden dos luces junto á él para que los testigos ocultos puedan declarar que «le han visto»[1033]. Preparadas las cosas de este modo, se hace que repita su blasfemia, induciéndole á que se retracte. Si persiste en ella, los testigos le conducen al tribunal y es apedreado. El Talmud añade que de esta manera fué como se procedió con Jesús, que fué condenado por las declaraciones de los consabidos testigos, y que, además, el crímen de «seduccion» es el único para el cual se preparan tan originales testimonios[1034].

En efecto, los discípulos de Jesús nos dicen que la «seduccion» era el crímen de que acusaban á su maestro[1035], y, á excepcion de algunas anotaciones, fruto de la imaginacion rabínica, el relato de los evangelios concuerda rasgo por rasgo con el procedimiento que describe el Talmud. El plan de los enemigos de Jesús era convencerle, por informe testimonial y por su propia confesion, de blasfemia y de atentado contra la religion mosáica, condenarle á muerte con arreglo á la Ley y remitir despues la sentencia á Pilato para que éste la confirmase. Como ya hemos visto, la autoridad sacerdotal residia de hecho en manos de Annás. La órden de arresto procedia de él probablemente, y á casa de aquel poderoso personaje fué adonde, en un principio, condujeron á Jesús[1036]. Annás le interrogó acerca de su doctrina y de sus discípulos; pero Jesús rehusó con noble altivez entrar en largas explicaciones. Remitiéndose á su enseñanza, que habia sido pública, declaró que jamás habia tenido doctrina secreta, y dijo al gran sacerdote que interrogase á aquellos que le habian escuchado. Nada más natural que esa respuesta; pero el exagerado respeto que inspiraba el antiguo pontífice la hizo aparecer osada é irreverente, y uno de los circunstantes replicó á ella—segun dicen—dando á Jesús un bofeton.

Pedro y Juan habian seguido al maestro hasta la morada de Annás: Juan, que no era desconocido en la casa, penetró sin dificultad, mas su compañero fué detenido á la entrada, y el hijo del Zebedeo tuvo que suplicar á la portera que le dejase paso.

La noche era fria.

Pedro permaneció en la antecámara y se acercó á un brasero al rededor del cual se calentaban algunos sirvientes, quienes no tardaron en reconocerle como discípulo del preso. Denunciado por su acento galileo y apremiado por las preguntas que le dirigian los lacayos, entre los cuales se hallaba un pariente de Malek que le habia visto en Gethsemaní, el desventurado aseguró por tres veces que jamás habia tenido relacion alguna con Jesús. Pedro creia que el maestro no podia oirle y estaba léjos de imaginar cuán digno de reprobacion era aquel acto de disimulada cobardía. Pero su excelente naturaleza le reveló bien pronto la falta que acababa de cometer. Una circunstancia fortuita, el canto del gallo, vino á recordarle las palabras que le habia dicho el maestro. Entónces se enterneció su corazon, salió afuera y se echó á llorar amargamente[1037].

Aunque verdadero autor del homicidio jurídico que iba á consumarse, Annás no tenía poderes para pronunciar la sentencia de Jesús; por eso le remitió á su yerno Caifás, que era el posesor del título oficial. Ciego instrumento de su suegro, Caifás debia naturalmente ratificar en todo y por todo las insinuaciones de aquél. El sanedrin se hallaba reunido en su casa[1038]. Empezóse la vista, y varios testigos, preparados de antemano con arreglo al procedimiento inquisitorial expuesto en el Talmud, comparecieron ante los jueces. La frase fatal que Jesús habia realmente pronunciado: «Yo destruiré el templo de Dios y le reconstruiré en tres dias», fué citada por dos testigos. Blasfemar del templo de Dios era, segun la ley judáica, blasfemar de la misma Divinidad[1039]. Jesús guardó silencio, rehusando explicar las palabras que se le acriminaban. Si hemos de creer lo que dice un relato, el gran sacerdote le conminó entónces que dijera si él era el Mesías. Jesús respondió afirmativamente y proclamó ante los jueces el próximo advenimiento de su reino celestial[1040]. Sin embargo, parécenos que el valor de Jesús, decidido ya á morir, no exige semejante confesion: es muy probable que en casa de Caifás, como en la de Annás, guardase ese mismo silencio que fué su regla de conducta en los últimos instantes de su vida. La sentencia estaba resuelta de antemano, y sólo se buscaban pretextos para justificarla: conociéndolo Jesús, no trató de emprender una defensa inútil. Bajo el punto de vista del judaismo ortodoxo, Jesús era real y verdaderamente un blasfemo, un destructor del culto establecido; esto supuesto, la ley castigaba con pena de muerte semejantes crímenes[1041]. La asamblea le declaró por voto unánime culpable de crímen capital. Los miembros del consejo que tenian por él secretas simpatías, se hallaban ausentes ó no votaron[1042]. La frivolidad propia de las aristocracias de antigua data no permitió á los jueces reflexionar mucho tiempo sobre los resultados de la sentencia que acababan de firmar. La vida de un hombre se sacrificaba entónces con suma ligereza; de seguro no pensaron los miembros del sanedrin en la terrible cuenta que de aquel decreto, pronunciado con tan indolente desden, tendrian sus hijos que dar á la posteridad irritada.

El sanedrin no tenía derecho para hacer ejecutar una sentencia de muerte[1043]. Pero, gracias á la confusion de poderes que entónces reinaba en Judea, no por eso dejaba Jesús de hallarse condenado desde aquel momento. Así es que permaneció el resto de la noche expuesto á los insultos y malos tratamientos de la más ínfima chusma, la cual no le escaseó ninguna afrenta[1044].

Á la siguiente mañana se reunieron de nuevo los ancianos y los jefes de los sacerdotes[1045], para tratar de que Pilato aprobase la condena pronunciada por el sanedrin, condena que no podia tener cumplido efecto sin tal requisito, indispensable desde la ocupacion romana. El procurador no se hallaba investido, como el legado imperial, del derecho de vida y muerte; pero como Jesús no era ciudadano romano, bastaba la autorizacion del gobierno para que se diera curso al decreto pronunciado contra él. Los romanos, como sucede siempre que un pueblo político somete á una nacion en la que se confunden la ley civil y la religiosa, habian llegado á prestar una especie de apoyo oficial á la ley judáica. El derecho romano no se aplicaba á los judíos; éstos permanecian sometidos al derecho canónico que vemos consignado en el Talmud, de igual manera que los árabes de Argelia se hallan todavía regidos por el código del Islam. Aunque neutros en religion, los romanos sancionaban con mucha frecuencia las penas que se imponian por delitos religiosos. La situacion era, pues, muy semejante á la de las ciudades santas de la India bajo la dominacion inglesa, ó más bien á la en que se encontraria Damasco el dia en que la Siria fuese conquistada por una potencia europea. Josefo pretende (aunque en ello cabe mucha duda) que si un romano traspasaba las estelas en que se hallaban las inscripciones que prohibian avanzar á los gentiles, los procuradores le entregaban á los judíos para que le diesen muerte[1046].

Los agentes de los sacerdotes ataron á Jesús y le condujeron al pretorio, antiguo palacio de Heródes[1047], inmediato á la torre Antonia[1048]. Era la mañana del dia en que debia comerse el cordero pascual (viérnes, 14 de nisan,—3 de Abril). Los judíos se habrian mancillado entrando en el pretorio y no habrian podido celebrar el festin sagrado; por esta razon permanecieron fuera[1049]. Noticioso Pilato de su presencia, subió al bima[1050], ó tribunal, que se hallaba situado al aire libre[1051], en el sitio que tenía por nombre Gabbatha, en griego Lithostrotos, á causa del embaldosado que recubria el suelo.

Tan pronto como se le informó de la acusacion, Pilato manifestó el disgusto que le causaba el tener que mezclarse en aquel asunto[1052]. En seguida se encerró con Jesús en el pretorio. Los detalles precisos de la entrevista que allí tuvo lugar, no habiendo podido ningun testigo revelárselos á los discípulos, quedaron envueltos en el misterio; sin embargo, Juan parece haberlos adivinado con bastante exactitud. Su relato se halla en perfecta consonancia con lo que la historia nos refiere respecto á la situacion recíproca de los dos interlocutores.

El procurador Pontius, apellidado Pilatus, sin duda á causa del pilum ó dardo de honor con que fué condecorado[1053] él ó alguno de sus progenitores, no habia tenido hasta entónces ninguna relacion con la secta naciente. Indiferente á las querellas intestinas de los judíos, no veia en todos aquellos movimientos de sectarios sino el efecto de imaginaciones acaloradas y de cerebros extraviados. En general, los judíos le inspiraban poquísimo cariño. Pero si el procurador detestaba á los nietos de Moisés, éstos le pagaban con usura; encontrábanle duro, violento, despreciativo, y le acusaban de crímenes increibles[1054]. Jerusalen, como centro de una gran fermentacion popular, era una poblacion sumamente sediciosa y un punto de residencia insoportable para un extranjero. Los exaltados pretendian que el nuevo procurador habia hecho propósito firme de abolir la ley[1055]. Su mezquino fanatismo y sus odios religiosos no podian ménos de sublevar ese ámplio sentimiento de justicia y de gobierno civil que el más incapaz de los súbditos romanos llevaba consigo adonde quiera que iba. Todos los actos que de Pilato conocemos nos le presentan como un buen administrador[1056]. En el primer período del ejercicio de su cargo habia tenido con sus administrados sérias dificultades, que zanjó de una manera bastante brutal; pero áun entónces parece que la razon se hallaba de su parte. Los judíos debian parecer al procurador Pontius, gentes atrasadísimas, y sin duda le merecian el mismo juicio que á un prefecto liberal merecieron en otro tiempo los Bajos-Bretones, los cuales se insurreccionaban contra la apertura de un nuevo camino ó el establecimiento de una nueva escuela. En sus mejores proyectos por el bien del país, y con particularidad en todo cuanto se relacionaba con las obras públicas, Pilato habia encontrado siempre la Ley como un obstáculo insuperable. La Ley, en su espíritu absurdamente conservador, restringia la vida hasta el extremo de oponerse á todo cambio y á toda mejora. Las más útiles construcciones romanas eran para los judíos celosos objeto de particular ojeriza[1057]. Dos escudos votivos con inscripciones, que el procurador Pontius habia hecho colocar en su palacio, el cual se hallaba contiguo al sagrado recinto, provocaron una borrasca aún más violenta[1058]. Pilato hizo en un principio muy poco caso de aquellas susceptibilidades; pero ellas le obligaron despues á hacer uso de sangrientas represiones[1059], cuya severidad debia más tarde ocasionar su destitucion[1060]. La experiencia de tantos conflictos le habia, pues, hecho prudente en sus relaciones con aquel pueblo intratable, que se vengaba de sus dominadores obligándolos á usar con él de odiosas crueldades. El procurador experimentaba supremo disgusto al verse obligado á desempeñar, por una ley que detestaba[1061], un papel activo y abominable en aquel nuevo asunto. Pilato sabía que el fanatismo religioso, así que ha obtenido alguna violencia de los gobiernos civiles, es despues el primero en arrojar sobre ellos la responsabilidad, y áun casi se permite dirigirles amargas acusaciones. ¡Suprema injusticia, puesto que, en semejante caso, el verdadero culpable es el instigador!

Pilato, á quien acaso impresionó la actitud digna y tranquila del acusado, deseaba, pues, salvar á Jesús, el cual, si hemos de dar crédito á una tradicion[1062], encontró tambien apoyo en la propia mujer del procurador. Quizás ésta habia visto al dulce galileo desde alguna de las ventanas del pretorio que dominaban el pórtico del templo, y ¡quién sabe si el espectáculo de la sangre de aquel hermoso jóven, sangre inocente que iba á derramarse, le produjo alguna terrible pesadilla! Sea como quiera, lo cierto es que Jesús encontró á Pilato prevenido en su favor. El gobernador le interrogó bondadosamente, demostrando el deseo de recurrir á cuantos medios le fuesen posibles á fin de absolverle.

El título de «rey de los judíos», que Jesús nunca se habia dado, pero que sus enemigos dedujeron de su papel y de sus pretensiones, era naturalmente el que más inquietudes debia causar á la autoridad romana. Así, pues, se tuvo especial cuidado de acusarle en este sentido, presentándole á los ojos del procurador como sedicioso y culpable de crímen de estado. Y no obstante, nada era más injusto, puesto que Jesús habia siempre reconocido la autoridad civil del imperio romano. Pero sabido es que los partidos religiosos conservadores no tienen costumbre de retroceder ante ninguna calumnia. Deducian á pesar suyo todas las consecuencias de su doctrina, trasformábanle en discípulo de Júdas el Gaulonita, y pretendian que vedaba pagar el tributo á César[1063]. Pilato le preguntó si era efectivamente rey de los judíos[1064], y Jesús respondió sin ocultarle su pensamiento. Pero el gran equívoco que habia sido el orígen de su fuerza, y que debia constituir su reino despues de su muerte, le perdió entónces. Jesús, el idealista que no distinguia el espíritu de la materia, y cuya palabra, segun la imágen del Apocalípsis, era una espada de dos filos, no supo nunca tranquilizar completamente á las potencias de la tierra. Juan afirma que Jesús confesó ante Pilato su dignidad real, pero que al mismo tiempo añadió esta profunda frase: «Mi reino no es de este mundo.» Y que despues explicó la naturaleza de su reino, el cual se resumia completamente en la posesion y en la proclamacion de la verdad. Pilato no comprendió una palabra de ese idealismo sublime[1065], y sin duda Jesús le produjo el efecto de un soñador inofensivo. Los romanos de aquella época, merced á su carencia de filosofía y de proselitismo religioso, consideraban como una quimera el sacrificio por la verdad. Semejantes debates les parecian fastidiosos y vacíos de sentido, y no viendo el peligro que de esas nuevas especulaciones pudiera resultar al imperio, natural era que no hallasen motivo ninguno para emplear contra ellas la violencia. Todo su descontento recaia, pues, sobre los que, por vanas sutilezas, iban á pedirles el suplicio de algun innovador. Veinte años más tarde, Gallion se conducia todavía con los judíos de la misma manera[1066]. La regla de conducta que siguieron los romanos hasta la ruina de Jerusalen fué siempre la más absoluta indiferencia respecto á esas querellas de sectarios[1067].

Para conciliar sus propios sentimientos con las exigencias de aquel pueblo fanático, cuya presion habia sufrido tantas veces, un medio plausible se presentó á la mente del gobernador. Con motivo de la fiesta de la Pascua, era costumbre dar libertad á un criminal. Conociendo Pilato que la prision de Jesús era debida al ódio y á la envidia de los sacerdotes[1068], intentó hacerle participar del beneficio de aquella costumbre. Al efecto, subió de nuevo al bima y propuso á la muchedumbre libertar «al rey de los judíos.» Hecha en tales términos, la proposicion tenía cierto carácter de amplitud y de ironía, propio á favorecer su intento. Los sacerdotes conocieron el peligro. En consecuencia obraron prontamente[1069], y á fin de combatirla, sugirieron á la muchedumbre el nombre de un preso que gozaba en Jerusalen de gran popularidad. Por una singular coincidencia se llamaba tambien Jesús[1070] y tenía por sobrenombre Bar-Abba ó Bar-Rabbas[1071]. Este personaje era muy conocido[1072], y segun parece habia sido preso por delito de homicidio y por haber tomado parte en un motin[1073]. Al repetirles Pilato su propuesta, se elevó un clamor general diciendo: «No á ése, sino á Jesús Bar-Rabbas.» Entónces Pilato se vió en la precision de indultar el preso que le pedian.

Sus apuros se aumentaban, y temia que le comprometiese la demasiada indulgencia para con un acusado á quien daban el título de «rey de los judíos.» Además, todos los poderes se ven siempre obligados á transigir con el fanatismo. Pilato creyó que debia hacer algunas concesiones; pero, vacilando todavía en derramar sangre para satisfacer el deseo de personas que detestaba, trató de imprimir al negocio un giro risible y mandó azotar á Jesús, aparentando burlarse del título pomposo que le daban[1074]. La flagelacion era el preliminar ordinario del suplicio de la cruz[1075]. Quizás Pilato quiso hacer creer que esa condena estaba ya pronunciada, confiando en que el preliminar sería suficiente. Entónces tuvo lugar, segun afirman todos los relatos, una escena odiosa y repugnante. Los soldados cogieron á Jesús, le desnudaron y le cubrieron con un manto de grana; luégo, tejiendo una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza, y una caña en la mano derecha. Así adornado, le hicieron subir á la tribuna del pretorio, y abofeteándole y escarneciéndole, se arrodillaban delante de él y le decian: «Dios te salve, rey de los judíos»[1076]. Otros le escupian, tomaban la caña y le herian en la cabeza. Difícil es comprender cómo la gravedad romana pudo prestarse á tan vergonzosos actos. Verdad es que, en su calidad de procurador, Pilato no tenía bajo sus órdenes sino tropas auxiliares; los ciudadanos romanos que componian las legiones no habrian descendido á semejante indignidad.

¿Creyó Pilato poner á cubierto su responsabilidad con aquel infame simulacro? ¿Esperaba separar el golpe que amenazaba á Jesús concediendo alguna cosa al ódio de los judíos?[1077] ¿Se prometia evitar un trágico desenlace con aquel entremes grotesco, haciendo ver en cierto modo que el asunto no merecia otra solucion? Si tales fueron sus intenciones, ningun éxito tuvieron. El tumulto crecia, amenazando convertirse en verdadera sedicion: por todas partes resonaba el grito: «¡Crucifícale! ¡Crucifícale!» Adoptando un tono cada vez más exigente, los sacerdotes declararon que peligraba la Ley si el seductor no era condenado á muerte[1078]. Pilato conoció que para salvar á Jesús sería indispensable sofocar un motin sangriento. Sin embargo trató de ganar tiempo, y al entrar en el pretorio se informó de qué país era Jesús, á fin de buscar un pretexto para declinar su propia competencia[1079]. Y segun una tradicion, remitió el acusado á Antipas, quien, segun parece, se hallaba accidentalmente en Jerusalen[1080]. Jesús se prestó poco á secundar esos benévolos esfuerzos; como habia hecho en casa de Caifás, se encerró en un silencio digno y grave, que llamó sobremanera la atencion de Pilato. Los gritos del populacho se hacian cada vez más amenazadores, y hasta se murmuraba ya del poco celo del funcionario, acusándole de proteger á un enemigo de César. Los mayores adversarios de la dominacion romana se trasformaron entónces en súbditos leales de Tiberio, para tener derecho de acusar de lesa-majestad al demasiado tolerante procurador. «Aquí no hay más rey que el emperador,—le decian:—Si sueltas á ése no eres amigo de César; puesto que cualquiera que se hace rey se declara contra César»[1081]. El débil Pilato, temeroso del informe que sus enemigos enviarian á Roma, informe en que se le acusaria de haber apoyado á un rival de Tiberio, dejó de insistir. Ya en el asunto de los escudos votivos los judíos habian escrito al Emperador y conseguido el objeto de su solicitud. El procurador vió amenazado su destino, y por una condescendencia que debia entregar su nombre á la execracion universal, cedió al fin, dejando á los judíos,—segun dicen,—toda la responsabilidad de lo que pudiera suceder. Los judíos la aceptaron plenamente, y á creer la tradicion cristiana, respondieron: «Recaiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos»[1082].

¿Fueron pronunciadas, en efecto, esas palabras? Dudoso nos parece. Pero, de todos modos, ellas son la expresion de una profunda verdad histórica. Si se tiene en cuenta la actitud de los romanos en Judea, se comprenderá que Pilato no pudo hacer sino lo que hizo. ¡Cuántas sentencias de muerte no han sido dictadas y arrancadas al poder civil por la intolerancia religiosa! El rey de España, que por complacer á un clero fanático, entregaba á la hoguera centenares de súbditos, era mil veces más censurable que Pilato, porque en él residia un poder mucho más completo que el que los romanos tenian entónces establecido en Jerusalen. Siempre que el poder civil, á instigacion del sacerdocio, se convierte en perseguidor ó en quisquilloso, prueba con ello su falta de energía. Pero si hay algun gobierno que sobre este punto se halle sin pecado, que arroje á Pilato la primera piedra. El «brazo secular», tras el cual se esconde la crueldad del clero, no es el culpable. ¿Podrá alguno decir con justicia que tiene horror á la sangre, porque la hace derramar por sus lacayos?

Esto supuesto, ni Tiberio, ni Pilato, fueron los que condenaron á Jesús; fué el antiguo partido judío, la ley mosáica. Segun nuestras ideas modernas, el demérito moral no se trasmite de padre á hijo: ante la justicia humana y divina, nadie es responsable sino de sus propias faltas. Por consiguiente, el judío que sufre todavía por la muerte de Jesús tiene derecho á quejarse, porque, si hubiese vivido entónces, quizás habria sido un Simon Cirineo; quizás no se habria hallado entre los que gritaron: «¡Crucifícale!» Pero las naciones, como los individuos, tienen su responsabilidad, y segun esto, si en el mundo hubo crímen cometido por una nacion entera, fué sin duda la muerte de Jesús. La Ley mosáica, en su forma moderna, es verdad, pero aceptada, pronunciaba pena de muerte contra toda tentativa hecha para cambiar el culto establecido. Jesús atacaba el culto, á no dudarlo, y aspiraba á destruirle. Los judíos dijeron á Pilato con una franqueza cuya verdad y sencillez no pueden negarse: «Nosotros tenemos una Ley, y segun esta Ley debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios»[1083]. La Ley era detestable; pero ella era la Ley de la ferocidad antigua, y el héroe llamado á abrogarla debia ante todo sufrir sus terribles decisiones.

Para que la sangre que Jesús va á derramar produzca sus frutos serán menester mil ochocientos años. Pensadores tan nobles como aquel mártir sublime sufrirán en su nombre, durante muchos siglos, la tortura y la muerte. Áun hoy dia, en países que se tienen por cristianos, se castigan con penas severas los delitos religiosos[*]. Pero Jesús no es responsable de esos extravíos: el mártir del Gólgota no podia prever que el fanatismo de algunos pueblos habia de llegar á convertirle en una especie de horrible Moloch, ávido de carne quemada. El cristianismo ha sido intolerante; pero la intolerancia no es un hecho esencialmente cristiano: es un hecho judío, por cuanto á que el judaismo fué el primero que erigió la teoría de lo absoluto en materia religiosa; el primero que asentó el principio de que todo innovador, aunque haya milagros en apoyo de su doctrina, debe ser apedreado sin misericordia y sin juicio prévio[1084]. Tambien el mundo pagano tuvo sus violencias religiosas; pero, si hubiese estado regido por una ley semejante, ¿se habria convertido á la religion cristiana? El Pentateuco fué, pues, en el mundo, el primer código del terror religioso, y el judaismo el primer ejemplo de un dogma inmutable, armado de la cuchilla. Si el cristianismo, en vez de perseguir con ódio ciego á los judíos, hubiese abolido el régimen que mató á su fundador, habria sido más consecuente y sería mucho más acreedor á la gratitud del género humano.

[*] No hace mucho tiempo que fueron condenados á presidio, por la administracion O’Donnell, algunos propagandistas protestantes de Granada. (N. del T.)