CAPÍTULO XXV
MUERTE DE JESÚS
Aunque el verdadero motivo de la muerte de Jesús fué completamente religioso, sus enemigos habian conseguido presentarle en el pretorio como culpable de crímen de Estado; de otro modo, esto es, por crímen de heterodoxia, no hubieran obtenido del escéptico Pilato la sancion de la condena. Consecuentes con esta idea, los sacerdotes, valiéndose de la muchedumbre, pidieron que se aplicase á Jesús el suplicio de la cruz. Este suplicio no era de orígen judío.—Si la condenacion de Jesús hubiera sido puramente mosáica, se le habria aplicado la lapidacion[1085]. La cruz era un suplicio romano que se reservaba para los esclavos y del cual se hacia uso cuando se pretendia agravar la pena de muerte añadiéndole la ignominia. Al aplicarla á Jesús, se le trataba, ni más ni ménos, como á un salteador de caminos, como á un facineroso, ó como á esos enemigos de baja estofa á quienes no concedian los romanos el honor de morir bajo la cuchilla[1086]. Así, pues, se castigaba, no el dogma heterodoxo, sino la quimera de «rey de los judíos.» Sabido es que, entre los romanos, los soldados, cuyo oficio era matar, hacian las veces de verdugos. Jesús fué entregado á una cohorte de soldados auxiliares, y se desplegó para su ejecucion todo el odioso aparato de las crueles costumbres introducidas por los nuevos conquistadores.
Eran las doce del dia, aproximadamente[1087]. Volvieron á ponerle los vestidos que le habian quitado para el simulacro de la tribuna, y teniendo la cohorte dispuestos á dos ladrones que tambien debia ejecutar, reunieron los tres condenados, y la comitiva se puso en marcha hácia el lugar del suplicio.
Aquel lugar era un sitio llamado Gólgotha, situado fuera de Jerusalen, aunque no muy léjos de sus muros[1088]. El nombre de Gólgotha significa cráneo; corresponde, al parecer, á nuestra palabra Chaumont[*] y probablemente designaba una colina escueta que tenía la forma de un cráneo calvo. No se sabe con exactitud el sitio donde se hallaba aquella colina; pero es indudable que estaba al Norte ó al Nordeste de la ciudad en la elevada y desigual meseta que se extiende entre los muros y los valles de Cedron y de Hinnom[1089], zona bastante vulgar y que áun hoy dia conserva un aspecto triste á causa de los repugnantes detalles que le presta su vecindad con una gran poblacion. Difícil es colocar el Gólgotha en el sitio preciso en que, á partir de Constantino, le ha venerado la cristiandad entera[1090]. Ese sitio ocupa un punto demasiado céntrico en la ciudad, y es de suponer que en la época de Jesús se hallase comprendido en el recinto de la muralla[1091].
[*] La palabra francesa chaumont es una contraccion de chauvemont, esto es, monte-calvo. (N. del T.)
El condenado á muerte debia llevar sobre sus hombros el instrumento de su suplicio[1092]. Pero Jesús, teniendo una constitucion física más débil que sus dos compañeros, no pudo soportar el peso del suyo. La tropa encontró en el camino á un tal Simon de Cirene, que volvia del campo, y los soldados, con esos brutales procederes de las guarniciones extranjeras, le obligaron á llevar el árbol fatal. Al obrar de ese modo, quizás usaban de un derecho reconocido, puesto que estaba prohibido á los romanos cargar ellos mismos con el madero infame. Simon perteneció despues, segun parece, á la comunidad cristiana, en la cual eran muy conocidos sus dos hijos Alejandro y Rufo[1093]. Tal vez refirió luégo, como testigo ocular, más de una circunstancia relativa á aquellos últimos instantes. Ninguno de los discípulos se hallaba en aquel momento cerca de Jesús[1094].
El lúgubre cortejo llegó, en fin, al sitio de las ejecuciones. Con arreglo á la costumbre judía, inspirada por un sentimiento de piedad, se daba á beber á los pacientes, á fin de aturdirlos, una bebida embriagadora compuesta de cierto vino fuertemente aromatizado[1095]. Parece ser que las mismas señoras de Jerusalen llevaban á los infelices que conducian al suplicio aquel vino de gracia; cuando ninguna de ellas le ofrecia, se compraba con los fondos del erario público[1096]. Jesús, despues de haber acercado el vaso á los labios, rehusó beber aquel brebaje[1097]. Ese triste alivio de los condenados vulgares no se avenia con su elevada naturaleza:—prefirió abandonar la vida en toda la plenitud de su razon y esperar con la conciencia lúcida y serena la muerte que con tanto heroismo habia provocado. Entónces le despojaron de sus vestidos[1098] y le ataron á la cruz, la cual se componia de dos maderos enlazados en forma de T[1099]. La cruz tenía de ordinario tan poca elevacion, que á veces los piés del condenado tocaban al suelo. Empezábase por izar y fijar en tierra el madero[1100] y en seguida se procedia á suspender al paciente, atravesándole las manos con clavos;—los piés se enclavaban tambien algunas veces; otras, se contentaban con atarlos[1101]. Una especie de tajo de madera, ó más bien de pequeña antena fija hácia el medio del mástil de la cruz, pasaba por entre las piernas del condenado, sirviéndole de punto de apoyo[1102]. Sin esto las manos se habrian desgarrado y venido el cuerpo á tierra. Otras veces, el punto de apoyo consistia en una tableta que se fijaba á la altura de los piés.
Jesús saboreó uno por uno todos los horrores de tan atroz suplicio. Sentíase devorado por una sed abrasadora, que no es el menor de los tormentos de la crucifixion[1103], y pidió de beber. Estaba cerca de allí una vasija llena de la bebida ordinaria de los soldados romanos, la cual consistia en una mezcla de vinagre y agua llamada posca, bebida que los soldados debian llevar consigo en todas las expediciones[1104], en cuyo número entraban tambien las ejecuciones capitales. Un soldado tomó una esponja, la empapó en aquel brebaje, y, poniéndola en la punta de una caña, se la dió á chupar á Jesús[1105]. Á derecha é izquierda del profeta de Nazareth estaban crucificados los dos ladrones. Los ejecutores, entre cuyas manos se abandonaban los despojos (pannicularia) de los ajusticiados[1106], «repartieron entre sí sus vestidos, echando suerte, y sentándose al pié de la cruz, le guardaban»[1107]. Segun una tradicion, Jesús pronunció las siguientes palabras, que, si no salieron de sus labios, estuvieron al ménos en su corazon: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»[1108].
Con arreglo á la costumbre romana, se colocó un rótulo en lo alto de la cruz, con esta frase escrita en tres idiomas, hebreo, griego y latino: EL REY DE LOS JUDÍOS. Semejante redaccion constituia una angustiosa injuria dirigida al pueblo. Muchas personas de las que por allí pasaban se resintieron al leerla, y los sacerdotes hicieron observar á Pilato que debia escribirse el letrero de modo que explicase que Jesús habia pretendido ser rey de los judíos. Pero el procurador, aburrido ya de aquel asunto, se negó á complacerlos, contestando que lo escrito, escrito se quedaba[1109].
Los discípulos de Jesús habian huido. Sin embargo, Juan declara haber permanecido constantemente al pié de la cruz[1110]. Con mayor certidumbre puede afirmarse que las que le acompañaron al Calvario sin abandonarle fueron las fieles amigas de Galilea que le habian seguido á Jerusalen. María Cleophás, María de Magdala, Juana, mujer de Kuza, Salomé y algunas otras mujeres permanecian á cierta distancia[1111] sin perderle de vista[1112]. De creer á Juan, María, madre de Jesús, estaba tambien al pié de la cruz, y al ver el moribundo á su madre y á su discípulo querido, dijo á éste: «Hé ahí á tu madre»; y á aquélla: «Hé ahí á tu hijo»[1113]. Pero no se comprende cómo los sinópticos, que en su relato mencionan á las otras mujeres, hubiesen hecho caso omiso de María, cuya presencia era un rasgo tan interesante. Hasta la suprema elevacion del carácter de Jesús hace tambien inverosímil semejante enternecimiento personal en el momento en que, preocupado únicamente de su obra, no existia ya sino para la humanidad[1114].
Á excepcion de aquel reducido grupo de mujeres que desde léjos le consolaban con sus miradas, Jesús no veia en torno suyo sino el espectáculo de la bajeza ó de la estupidez humana. Insultábanle los que por allí pasaban, y oia á su alrededor necios sarcasmos que convertian sus gritos de supremo dolor en odiosos juegos de palabras:—«Ahí está el que se llamaba Hijo de Dios—decian,—¡que su padre venga ahora á librarle!—Á otros ha salvado y no puede salvarse á sí mismo. Si es el rey de Israel, baje ahora de la cruz y creerémos en él.—¡Hola! añadian, tú que derribas el templo de Dios y en tres dias le reedificas, sálvate á tí mismo:—¡si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz!»[1115].—Algunos, poco al corriente de sus ideas apocalípticas, creyeron oirle llamar á Elías, y dijeron: «Veamos si viene Elías á librarle.» Parece que los dos ladrones crucificados en su compañía le insultaban tambien[1116].
El cielo estaba sombrío[1117], y la tierra tenía, como todos los alrededores de Jerusalen, un aspecto árido y triste. Segun lo que ciertos relatos refieren, el corazon de Jesús desfalleció por un momento, ocultóle una nube la faz de su Padre, y entónces tuvo una agonía de desesperacion mil veces más acerba que todos los tormentos. No vió sino la ingratitud de los hombres, y, arrepintiéndose quizás de sufrir por una raza abyecta, exclamó:—«Dios mio, Dios mio, ¿por qué me has desamparado?» Pero su instinto divino volvió aún á recobrar su imperio. Á medida que el hálito vital se extinguia, su alma se serenaba y volvia otra vez á su celeste orígen. Experimentó de nuevo el sentimiento de su mision, vió en su muerte la salvacion del mundo, desapareció de su vista el repugnante espectáculo que se desarrollaba á sus piés, y, profundamente unido á su Padre, empezó en el patíbulo la vida divina que por siglos iba á gozar en el corazon de la humanidad.
En el suplicio de la cruz, la particularidad más horrible era, que la víctima podia vivir tres ó cuatro dias en aquel estado espantoso, enclavado sobre aquel escabel de dolor[1118]. La hemorragia de las manos cesaba pronto y no era mortal. La verdadera causa de la muerte consistia en la posicion violenta del cuerpo, la cual ocasionaba un completo desarreglo en la circulacion de la sangre, terribles dolores de cabeza y de corazon, y, por último, la rigidez de los miembros. Los crucificados de complexion robusta no morian sino de hambre[1119]. La idea capital de aquel suplicio cruel no era matar directamente al condenado por medio de lesiones determinadas; sino exponer al esclavo enclavándole por las manos, de que no supo hacer buen uso, y dejarle abandonado hasta que se pudriera sobre el madero. La organizacion delicada de Jesús le preservó de esa lenta agonía. Todo induce á creer que la ruptura de un vaso del corazon le produjo al cabo de tres horas una muerte repentina. Algunos momentos ántes de espirar su voz era todavía vigorosa[1120]. De pronto, lanzó un terrible grito[1121], en el que algunos oyeron oir:—«¡Oh Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!»; y otros, más preocupados por el cumplimiento de las profecías, supusieron que dijo: «¡Todo está consumado!» Su cabeza se inclinó sobre el pecho, y exhaló el último suspiro.
Reposa en tu gloria, noble iniciador de la más sublime doctrina. Tu obra se halla concluida; tu divinidad queda fundada. No temas ya que una falta venga á echar por tierra el edificio debido á tus esfuerzos. Léjos del alcance de la fragilidad humana, en adelante asistirás desde el seno de la paz divina á las infinitas consecuencias de tus actos. Á costa de algunas horas de sufrimientos, que ni siquiera pudieron abatir la grandeza de tu alma, has conseguido la más completa inmortalidad. ¡Tu nombre, gloria y orgullo del mundo, va á exaltarte durante millares de años! Lábaro de nuestras contradicciones, tú serás la bandera á cuyo alrededor se librará la más ardiente de todas las batallas. Y mil veces más vivo, más amado despues de tu muerte que miéntras cruzaste por este valle de lágrimas, llegarás á ser de tal modo la piedra angular de la humanidad, que borrar tu nombre de los anales del mundo sería conmoverle hasta en sus cimientos. Entre Dios y tú ya no habrá distincion ninguna. ¡Toma, pues, posesion de tu reino, sublime vencedor de la muerte, de ese reino adonde te seguirán, por la ancha via que trazaste, siglos de adoradores!