CAPÍTULO XXVI
JESÚS EN EL SEPULCRO
Con arreglo á nuestra manera de contar[1122], eran las tres de la tarde poco más ó ménos cuando Jesús espiró. Una ley judáica[1123] prohibia que los cadáveres de los ajusticiados quedasen suspendidos al patíbulo más allá de la noche del dia en que se verificaba la ejecucion. Sin embargo, es muy probable que no se observase tal medida en las ejecuciones hechas por los romanos. Pero como quiera que el siguiente era sábado, y un sábado de extraordinaria solemnidad, los judíos expresaron á la autoridad romana[1124] su deseo de que no mancillase aquel santo dia con semejante espectáculo. Accedióse á la demanda, y se dieron las órdenes oportunas para que se precipitase la muerte de los ajusticiados, á fin de retirarlos cuanto ántes de la cruz. Los soldados ejecutaron la consigna aplicando á los dos ladrones el crurifragium ó rompimiento de piernas[1125], segundo suplicio mucho más expeditivo que el de la cruz, y que de ordinario se imponia á los esclavos y á los prisioneros de guerra. En cuanto á Jesús, como los soldados le encontraron muerto cuando fueron á ejecutar la órden, creyeron inútil aplicar el crurifragium. No obstante, uno de ellos, á fin de evitar toda incertidumbre respecto á la muerte del tercer crucificado, y de acabarle, si algun resto de vida le quedaba, le dió una lanzada en el costado. Vióse entónces salir de la herida sangre y agua, lo cual se consideró como la señal de un completo fallecimiento.
Juan, que pretende haber presenciado la escena[1126], insiste mucho sobre este pormenor. Y en efecto, es evidente que surgió más de una duda respecto á la realidad de la muerte de Jesús. Á las personas acostumbradas á presenciar crucificamientos, algunas horas de suspension en la cruz no les parecian suficientes para producir tal resultado. Citábanse muchos casos de crucificados que, desprendidos á tiempo, habian vuelto á la vida merced á curas enérgicas[1127]. Orígenes creyó despues que un fin tan rápido debia considerarse como un hecho milagroso. En el relato de Márcos se halla tambien el mismo sentimiento de admiracion[1128]. Sin embargo, nosotros creemos que la mejor garantía que puede tener el historiador, respecto á un hecho de esta naturaleza, es el ódio receloso de los enemigos de Jesús. No parece probable que los judíos abrigasen entónces el temor de que hicieran pasar á Jesús por resucitado; pero de todos modos, lo natural era que cuidasen de que estuviese muerto y bien muerto. Cualquiera que haya sido en ciertas épocas la negligencia de los antiguos en todo lo que se relacionaba con la comprobacion legal y con la estricta inspeccion de los negocios, no es de creer que los interesados dejáran de tomar algunas precauciones en el caso que nos ocupa[1129].
Segun la costumbre romana, el cadáver de Jesús deberia haber quedado suspendido al patíbulo para que le devorasen las aves de rapiña[1130], y con arreglo á la ley judáica, una vez descolgado durante la noche debia depositarse en seguida en el sitio infame donde se enterraban los ajusticiados[1131]. Éste habria sido el destino del cuerpo de Jesús, si el maestro no hubiese tenido más discípulos que sus pobres galileos, tímidos y sin crédito. Pero ya hemos visto que, á pesar del poco éxito que Jesús obtuvo en Jerusalen, habia conseguido captarse las simpatías de algunas personas considerables que esperaban el reino de Dios y que, sin declararse abiertamente discípulos suyos, le eran en extremo adictas. Entre aquellas personas figuraba un tal José, natural de la pequeña ciudad de Arimathea (Ha-ramathaim)[1132], el cual fué aquella noche á pedir el cuerpo al procurador Pilato[1133]. José era hombre rico, muy notable en la ciudad y miembro del sanedrin. Además, en aquella época la ley romana prescribia que se entregase el cadáver del ajusticiado á la persona que lo reclamase[1134]. Pilato, que ignoraba la circunstancia del crurifragium, se admiró de que Jesús hubiese muerto tan pronto, é hizo venir al centurion que habia presidido la ejecucion, para informarse de lo que habia sobre el particular, y despues de haber escuchado las afirmaciones de aquel funcionario, concedió á José el objeto de su solicitud. Probablemente habian descendido ya el cuerpo de la cruz, y se lo entregaron al solicitante, para que dispusiera de él como mejor le pareciera.
Otro amigo secreto de Jesús, Nicodemo[1135], á quien ya hemos visto más de una vez empleando su influencia en favor del maestro, apareció tambien en aquel instante junto á la cruz, llevando consigo gran provision de las sustancias necesarias al embalsamamiento. José y Nicodemo amortajaron, pues, á Jesús con arreglo á la costumbre judáica, esto es, envolviéndole en un sudario preparado con mirra y áloe. Las mujeres galileas se hallaban presentes[1136], y sin duda acompañaban la escena con lágrimas y agudos sollozos.
Como ya era tarde, todos aquellos preparativos se hicieron de prisa. Aún no se habia elegido el lugar en que habria de depositarse el cuerpo definitivamente, y como quiera que el trasporte podria tal vez prolongarse hasta una hora muy avanzada y ocasionar la violacion del sábado, los discípulos, que todavía observaban escrupulosamente las prescripciones de la ley judía, se decidieron á colocarle en una sepultura provisional[1137]. En un huerto, no léjos de aquel sitio, habia un sepulcro recien abierto en la roca, sepulcro que aún no habia servido y que sin duda pertenecia á algun afiliado[1138]. Las grutas funerarias destinadas á un solo cadáver se componian de un pequeño compartimiento en cuyo fondo se hallaba abierto en la pared, sostenido por un arco, el espacio ó séase el nicho donde se colocaba el cuerpo[1139]. Como aquellas grutas estaban abiertas en el flanco de rocas inclinadas, tenian la entrada á nivel del suelo y les servia de puerta una pesada losa muy difícil de manejar. Depositaron, pues, el cadáver de Jesús en aquel sepulcro provisional, adaptaron la piedra á la abertura y convinieron en volver á fin de colocarle en una sepultura definitiva. Pero siendo el siguiente dia un sábado solemne, se aplazó la operacion para el domingo[1140].
Las mujeres se retiraron despues de haber notado minuciosamente la manera como habia sido colocado el cuerpo, y pasaron el resto de la noche en hacer nuevos preparativos para el embalsamamiento. El sábado todo el mundo descansó[1141].
Apénas amaneció el domingo, las galileas se dirigieron al sepulcro; la primera que llegó fué María de Magdala[1142]. Mas la losa habia sido retirada de la abertura y el cuerpo no estaba ya en el sitio en que le habian dejado. Los más extraños rumores circularon al mismo tiempo entre la comunidad cristiana. El grito de «¡ha resucitado!» corrió con la rapidez del rayo entre los discípulos, y, gracias al amor, semejante creencia halló fácil acogida. ¿Qué habia tenido lugar en el sepulcro de Jesús? Al tratar de la historia de los apóstoles examinarémos este punto é investigarémos el orígen de las leyendas relativas á la resurreccion. Para el historiador, la vida de Jesús concluye con su último suspiro. Pero tan profunda era la huella que habia dejado en el corazon de sus discípulos y de algunas amigas adictas, que por espacio de várias semanas Jesús permaneció vivo, siendo el consolador de aquellas almas. ¿Fué arrebatado su cuerpo del sepulcro[1143], ó fué el entusiasmo, siempre crédulo, el que produjo mucho despues el conjunto de relatos por medio de los cuales se pretendió establecer la fe en la resurreccion? Hé aquí lo que siempre ignorarémos, por la falta absoluta de documentos contradictorios. Digamos, sin embargo, que en aquella circunstancia la exaltada imaginacion de María de Magdala[1144] desempeñó un papel de primer órden[1145]. ¡Poder divino del amor! ¡Sagrados momentos aquellos en que la pasion de una alucinada dió al mundo un Dios resucitado!