CAPÍTULO XXVII
SUERTE DE LOS ENEMIGOS DE JESÚS
La muerte de Jesús acaeció en el año 33 de nuestra era, segun el cálculo que hemos adoptado[1146]. De todos modos, no pudo tener lugar ántes del año 29, en razon á que la predicacion de Juan y de Jesús principió el año 28[1147], ni despues del 35, puesto que Pilato y Caifás perdieron ántes de la Pascua del año 36 sus cargos respectivos[1148]. En la destitucion de aquellos funcionarios no parece haber tenido ninguna influencia la muerte de Jesús[1149]. Probablemente el procurador Pilato, al entrar en la vida privada, no volvió á pensar en el olvidado episodio que debia trasmitir su triste renombre á la más remota posteridad. En cuanto á Caifás, tuvo por sucesor á Jonathan, cuñado suyo, é hijo de aquel mismo Annás, principal motor del procedimiento contra Jesús. El pontificado continuó durante mucho tiempo en manos de la familia saducea de los Annás, la cual, más influyente y poderosa que nunca, siguió haciendo á los discípulos y á los parientes de Jesús la encarnizada guerra que declarara al fundador. El cristianismo le debió, no sólo el acto definitivo de su fundacion, sino tambien sus primeros mártires. Annás fué conceptuado como uno de los hombres más felices de su siglo[1150]; y el verdadero culpable de la muerte de Jesús terminó su vida colmado de honores y de consideraciones, sin sospechar ni por un instante el inmenso servicio que habia hecho á la nacion. Sus hijos continuaron reinando en el templo, á duras penas reprimidos por los procuradores romanos, de cuya autoridad y beneplácito prescindian muchas veces á fin de satisfacer sus instintos de dominacion y violencia.
Antipas y Herodías desaparecieron tambien muy pronto de la escena política. Habiendo Calígula elevado á Heródes Agrippa á la dignidad de rey, la celosa Herodías juró que ella tambien sería reina. Antipas, hostigado constantemente por aquella mujer ambiciosa, que le trataba de cobarde porque toleraba que hubiera en su familia una persona superior á él, venció su natural indolencia y se dirigió á Roma á fin de solicitar el título que acababa de obtener su sobrino (año 39 de nuestra era). Pero el negocio tuvo malísimo resultado. Heródes Agrippa, ganándole por la mano, predispuso el ánimo del Emperador en contra suya, y Antipas fué destituido, arrastrando despues su mísera existencia de destierro en destierro, unas veces en Lyon y otras en España. Herodías le acompañó en su mala fortuna[1151]. Ántes que el nombre de su oscuro súbdito, convertido en Dios, volviese á recordar sobre sus sepulcros en aquellas comarcas lejanas la muerte de Juan Bautista, debian trascurrir todavía cien años.
En cuanto al desgraciado Júdas de Kerioth, circularon terribles leyendas respecto á su muerte. Pretendióse que con el precio de su perfidia habia comprado un campo en las inmediaciones de Jerusalen. Y en efecto, al sur del monte Sion habia un sitio llamado Hacéldama (campo de sangre)[1152], que supusieron ser la propiedad adquirida por el traidor[1153] con el dinero de su infame venta. Segun una tradicion, Júdas se dió la muerte[1154]. Otros afirman que dió una terrible caida en su propiedad, de cuyas resultas quedaron sus entrañas esparcidas por tierra[1155]. Otros suponen, por último, que murió de una especie de hidropesía acompañada de circunstancias repugnantes que se consideraron como un castigo del cielo[1156]. Quizás dió lugar á todas esas leyendas el deseo de manifestar que se habian cumplido en Júdas las amenazas que el Salmista pronuncia contra el amigo pérfido[1157]. Posible es que Júdas pasase en su campo una vida tranquila y oscura, miéntras que sus antiguos amigos conquistaban el mundo, propagando el rumor de su infamia. Posible es tambien que el espantoso aborrecimiento que se atrajo con su conducta le impulsase á cometer algun atentado contra su propia vida, y que en ese acto se viera el castigo de la divina justicia.
Por lo demás, todavía se hallaba muy lejano el tiempo de las grandes venganzas cristianas, y el cristianismo nada tuvo que ver con la gran catástrofe que el pueblo judío sufrió poco despues. La sinagoga no comprendió sino mucho más tarde los resultados á que se exponen aquellos que aplican las leyes de la intolerancia. En cuanto al imperio, se hallaba á mil leguas de sospechar que hubiese nacido su futuro destructor; por espacio de cerca de trescientos años, siguió su marcha sin echar de ver que á su lado crecian y se fortificaban los principios que iban á trasformar al mundo. La idea sembrada por Jesús, idea teocrática y democrática á la vez, fué unida á la invasion de los germanos, la causa que más contribuyó á la ruina del edificio de los Césares. Ella proclamaba el derecho de todos los hombres á participar del reino de Dios, y establecia en lo sucesivo el principio de una religion separada del Estado. Los derechos de la conciencia, independientes de la ley política, llegan á constituir un nuevo poder, el «poder espiritual.» Verdad es que ese poder ha renegado muchas veces de su orígen; por espacio de siglos, los obispos han sido príncipes y el papa rey; y el pretendido imperio de las almas, cambiándose con frecuencia en horrible tiranía, ha recurrido para mantenerse al tormento y á la hoguera. Pero llegará un dia en que la separacion de lo humano y de lo divino produzca sus frutos; en que el dominio de las cosas espirituales deje de llamarse «poder» para tomar el nombre de «libertad». El cristianismo germinó en la conciencia de un hombre del pueblo, creció en el seno del pueblo, y la clase popular fué la que en un principio le consagró su cariño y admiracion; el sello impreso á su carácter original no se borrará nunca. Él fué el primer triunfo de la revolucion, la victoria del sentimiento popular, el advenimiento de los sencillos de corazon, la inauguracion de lo bello, tal como el pueblo lo comprende. La palabra de Jesús abrió, pues, en las sociedades aristocráticas de la antigüedad, la brecha por donde habian de pasar las futuras generaciones.
El poder civil, aunque inocente de la muerte de Jesús (puesto que no hizo sino poner el visto-bueno en la sentencia, y eso á pesar suyo), debia sin embargo tener tambien una terrible responsabilidad. Al presidir la escena del Calvario, el Estado se infirió á sí mismo una herida gravísima. No tardó en prevalecer y en dar la vuelta al mundo una leyenda llena de toda especie de irreverencias, leyenda en que las autoridades constituidas desempeñan un papel odioso, y en la que el acusado es inocente, homicidas los jueces, y la policía una falange coligada contra la verdad. Sediciosa en el más alto grado, la historia de la Pasion, propagándose por millares de imágenes populares, presentó las águilas romanas sancionando el más inícuo de los suplicios, á un gobernador expidiendo la órden para ejecutarle, y á los soldados del imperio haciendo las veces de verdugos. ¡Qué terrible golpe recibieron entónces los poderes establecidos! Nunca han podido reponerse de él completamente. ¿Cómo adoptar un tono infalible respecto á los subordinados, cuando se tiene sobre la conciencia el enorme error de Gethsemaní?[1158].