CAPÍTULO XXVIII
CARÁCTER ESENCIAL DE LA OBRA DE JESÚS
Como se ve, la accion de Jesús no salió nunca del círculo judío. Aunque sus simpatías por todos aquellos que la ortodoxia despreciaba le impulsase á admitir á los paganos en el reino de Dios, y no obstante haber residido más de una vez en tierra de gentiles y haberse hallado en una ó dos ocasiones en relaciones benévolas con infieles[1159], puede decirse que su vida entera se deslizó en el reducido mundo en que sus ojos vieron la luz. En los países griegos y romanos, ni siquiera oyeron hablar de él; su nombre no figura en los autores profanos sino cien años despues, y de una manera indirecta; esto es, á propósito de los movimientos sediciosos provocados por su doctrina ó de las persecuciones de que eran objeto sus discípulos[1160]. Áun en el mismo seno del judaismo no fué muy durable la impresion que Jesús produjo. Filon, muerto en el año 50, ni siquiera sospecha su existencia. Josefo, que nació en el año 37 y escribia hácia fines del primer siglo, menciona su ejecucion en algunas líneas[1161], como si fuera un acontecimiento de importancia secundaria, y en la enumeracion de las sectas de su tiempo omite á los cristianos[1162]. Por su parte, la Mischna no ofrece ningun indicio de la nueva escuela; los pasajes de las dos Gemaras en que se nombra al fundador del cristianismo no alcanzan más allá del siglo cuarto ó quinto[1163]. La obra esencial de Jesús consistió en crear al rededor suyo un círculo de discípulos á quienes inspiró un afecto sin límites y en cuyo seno depositó el gérmen de su nueva doctrina. Hacerse amar «hasta el extremo de no cesar de amarle despues de su muerte», hé ahí la obra maestra de Jesús, la que más admiracion causó á sus contemporáneos[1164]. Su doctrina era tan poco dogmática, que jamás se le ocurrió escribirla ni mandar que la escribiesen. Para ser discípulo de Jesús no se necesitaba creer en tal ó cual cosa; lo que se necesitaba era adherirse á él, amarle entrañablemente. Lo que despues de su muerte quedó de él, fueron algunas sentencias que desde muy temprano se recogieron de memoria, y sobre todo, su tipo moral y la impresion que habia producido. Jesús no es un fundador de dogmas, ni un inventor de símbolos; es el iniciador del nuevo espíritu llamado á regenerar al mundo. Los hombres ménos cristianos de cuantos han pretendido merecer ese título, fueron los doctores de la Iglesia griega que, á partir del siglo cuarto, empeñaron el cristianismo en una senda de pueriles discusiones metafísicas, y los escolásticos de la edad media latina, que quisieron deducir del evangelio millares de artículos de una «Suma» colosal. Adherirse á Jesús en la esperanza del reino de Dios:—tal fué lo que en un principio se llamó ser cristiano.
Así es como se comprende que, por una especie de destino excepcional, se presente todavía el cristianismo puro, al cabo de diez y ocho siglos, con el carácter de una religion universal y eterna. Y es porque, en efecto, la religion de Jesús contiene en sí el gérmen de la religion definitiva. El cristianismo, producto de un movimiento de las almas perfectamente espontáneo, desprendido en su cuna de toda presion dogmática, y habiendo luchado trescientos años por la libertad de la conciencia, recoge todavía los frutos de su excelente orígen, á pesar de las caidas que ha sufrido. Para renovarse no necesita sino volver al Evangelio. El reino de Dios, tal como nosotros le concebimos, difiere notablemente de la aparicion sobrenatural sobre las nubes que los primeros cristianos esperaban; pero el sentimiento que Jesús introdujo en el mundo es el nuestro, y su perfecto idealismo la más elevada norma de la vida pura y virtuosa. Jesús creó el cielo de las almas puras, ese refugio donde se halla lo que en vano se busca en la tierra; creó la pureza absoluta, la total absolucion de la mancilla del mundo, y, por último, la libertad que las sociedades excluyen de su seno, como un imposible, y que no tiene entera amplitud sino en el dominio de la idea. Para los que se refugian en ese ideal reino de Dios, Jesús es todavía el gran maestro. Él fué el primero que proclamó la soberanía del espíritu, el primero que dijo, dando ejemplo con sus hechos: «Mi reino no es de este mundo.» El fundamento de la religion verdadera es, pues, obra suya, y, despues de él, sólo falta fecundar y cultivar la divina semilla que su mano arrojó al mundo.
Y de tal manera es así, que la palabra «cristianismo» ha llegado casi á ser sinónima de religion. Todo cuanto se practique prescindiendo de esa grande y hermosa tradicion cristiana será estéril. Jesús fundó la religion de la humanidad, así como Sócrates fundó la filosofía, como Aristóteles fundó la ciencia. Ántes de Aristóteles y de Sócrates hubo ciencia y filosofía:—despues de ellos, la filosofía y la ciencia han hecho inmensos progresos; pero todos sus adelantos descansan en la ancha base establecida por aquellos grandes hombres. De igual manera, la idea religiosa habia atravesado ántes de Jesús muchas revoluciones; despues de Jesús ha hecho grandes conquistas; pero ni se ha salido ni podrá salirse nunca de la nocion creada por el mártir del Gólgotha, porque él fué quien fijó para siempre la idea del culto puro. Bajo este punto de vista, la religion de Jesús es ilimitada. La Iglesia ha tenido sus épocas y sus diferentes fases; los símbolos en que frecuentemente se ha encerrado fueron ó serán pasajeros:—Jesús fundó la religion absoluta, religion que nada excluye, que nada determina sino imágenes susceptibles de infinitas interpretaciones. En vano se buscará en el Evangelio una proposicion teológica. Todas las profesiones de fe desfiguran y falsean el pensamiento de Jesús, así como la escolástica de la Edad media, al proclamar á Aristóteles único maestro de una ciencia perfeccionada, falseaba el pensamiento de aquel sabio. Si Aristóteles hubiera asistido á los debates de la escuela, de seguro habria rechazado aquella raquítica doctrina y aplaudido á sus contradictores, pasándose á las filas de los progresistas para combatir á los rutinarios que se escudaban con su autoridad. De igual modo, si Jesús volviese hoy al mundo recogeria por sus discípulos, no á los que pretenden encerrarle completamente en algunas frases de catecismo, sino á los que trabajan en continuar su obra. En todos los órdenes de grandeza, la mayor gloria, la inmortal, consiste en poner la primera piedra. Posible es que en la «Física» y en la «Meteorología» de las ciencias modernas no se halle ni una sola palabra de los tratados de Aristóteles que tienen ese mismo título; pero no por eso deja de ser Aristóteles el fundador de la ciencia de la naturaleza. Cualesquiera que sean las trasformaciones del dogma, Jesús permanecerá siendo en religion el creador del sentimiento puro, y no habrá nada más allá del Sermon sobre la montaña. Ninguna revolucion podrá impedir que sigamos en materia religiosa la gran línea intelectual y moral á cuyo frente brilla el nombre de Jesús. Bajo este concepto, somos cristianos áun separándonos sobre casi todos los puntos de la tradicion que nos ha precedido.
Esa gran fundacion fué obra personal de Jesús. Para hacerse adorar hasta ese punto menester es que fuese adorable. El amor no existe sin un objeto digno de inspirarle; y aunque nada supiéramos respecto á la vida de Jesús, la pasion que supo inspirar á las personas que le rodearon nos bastaria para creer que fué grande y puro. La fe, el entusiasmo y la constancia de la primera generacion cristiana no se explican sino suponiendo en el orígen del movimiento un hombre de proporciones colosales. Cuando se examinan las maravillosas creaciones de las edades de fe, experimenta el ánimo dos impresiones igualmente funestas á la buena crítica histórica. Por una parte, se inclina uno á suponer esas creaciones demasiado impersonales, atribuyendo á una accion colectiva lo que á menudo fué obra de una voluntad poderosa y de un espíritu superior. Y por otra parte, cuesta trabajo imaginarse que los autores de esos movimientos extraordinarios que han decidido el destino de la humanidad fueron hombres como nosotros. Tengamos, pues, un sentimiento más lato de los poderes que la naturaleza abriga en su seno. En nuestras civilizaciones regidas por una minuciosa policía no podemos tener idea de lo que valia el hombre en épocas en que la originalidad de cada uno tenía un campo mucho más libre en que desarrollar su accion. Supongamos por un momento que en las canteras vecinas á nuestras capitales vive un solitario que de cuando en cuando sale de su guarida para presentarse, forzando la consigna, en los palacios de los reyes y anúnciales con voz de trueno revoluciones cuyo promotor ha sido él. Esta sola idea nos hace sonreir. Pues sin embargo, tal fué el profeta Elías. Hoy, Elías el Thesbita no podria franquear ni la verja de las Tullerías. La predicacion de Jesús y su libre actitud en Galilea se separan tambien completamente de las condiciones sociales á que nos hallamos acostumbrados. Exentas de nuestras pulcras invenciones y de la educacion uniforme, que al paso que nos pule, disminuye en gran manera nuestra individualidad, aquellas almas llenas de entereza demostraban en la accion sorprendente energía. Ellas se nos aparecen, vistas á distancia, como gigantes de una edad heróica de fabulosa existencia. ¡Profundo error! Aquellos hombres eran nuestros hermanos, tuvieron nuestra talla y sintieron y pensaron como nosotros. Pero el soplo de Dios se hallaba libre en ellos, miéntras que en nosotros está encadenado por los férreos lazos de una sociedad mezquina y condenada á irremisible medianía.
Coloquemos, pues, la personalidad de Jesús en la cima de la grandeza humana, sin dejarnos extraviar por exagerada desconfianza, hija de una leyenda que nos tiene siempre en un mundo sobrehumano. Tambien la vida de San Francisco de Asís es un tejido de milagros, y sin embargo, ni su existencia ni el papel que desempeñó se han puesto nunca en duda. Tampoco se diga que la gloria de la fundacion del cristianismo pertenece á la primera generacion cristiana, y no á aquel á quien deificó la leyenda. En Oriente, la desigualdad de los hombres es mucho más notable que entre nosotros; con frecuencia descuellan allí, en medio de una atmósfera general de malicia, caractéres cuya grandeza nos causa admiracion. Jesús, léjos de haber sido creacion de sus discípulos, aparece siempre superior á todos ellos. Exceptuando á San Pablo y á San Juan, los otros apóstoles eran hombres vulgares, sin genio y sin invencion. El mismo San Pablo no puede de ninguna manera compararse con Jesús; y en cuanto á San Juan, en otro lugar demostraré que su mision, aunque elevada en cierto modo, estuvo muy léjos de ser irreprochable. De ahí la inmensa superioridad que tienen los Evangelios sobre los demás escritos del Nuevo Testamento. De ahí el penoso descenso que se experimenta al pasar de la historia de Jesús á la de los apóstoles. Los mismos evangelistas que nos legaron la imágen de Jesús son tan inferiores al maestro, que, no pudiendo comprender su grandeza, le desfiguran á cada paso y le rebajan á su propio nivel. Sus escritos están plagados de errores y de contrasentidos:—á cada línea se echa de ver que los redactores, no pudiendo comprender la belleza divina de ciertos discursos, los trasforman con arreglo á sus propias ideas. En suma, el carácter de Jesús, léjos de haber sido embellecido por sus biógrafos, aparece en ellos más inferior. Para volver á encontrarle tal como fué, la crítica necesita prescindir de ciertos errores originados de la medianía de los discípulos. Éstos le pintaron tal como le concebian; pero, muchas veces, creyendo engrandecerle, no hicieron sino rebajarle extraordinariamente.
No se me oculta que esa leyenda, concebida para otra raza, bajo otro cielo y en medio de otras necesidades sociales, tiene cosas que lastiman á veces nuestras ideas modernas. Hay virtudes que, en cierto modo, se hallan más en armonía con nuestros gustos. El honrado y suave Marco-Aurelio y el humilde y dulce Spinosa, no habiendo creido en los milagros, estuvieron exentos de algunos errores de que participó Jesús. En su profunda oscuridad, el segundo de esos personajes tuvo una ventaja que Jesús no solicitó. Por nuestra delicadeza extremada en el empleo de los medios de conviccion, y por nuestra sinceridad absoluta y nuestro amor desinteresado de la idea pura, todos los que consagramos nuestra vida á la ciencia hemos fundado un nuevo ideal de moralidad. Pero las apreciaciones de la historia no deben encerrarse en consideraciones de mérito personal. Marco-Aurelio y sus nobles maestros no ejercieron sobre el mundo una accion durable. Marco-Aurelio dejó en pos de sí libros lindísimos, un hijo execrable, un mundo que desaparecia:—Jesús continúa siendo para la humanidad un principio inagotable de morales renacimientos. Para la gran mayoría de las personas no basta la filosofía, es preciso que la acompañe la santidad. Un Apolonio de Tiana debia alcanzar más éxito con su leyenda milagrosa que un Sócrates con su fria razon. «Sócrates—decian—deja á los hombres en la tierra, miéntras que Apolonio los trasporta al cielo; Sócrates no es más que un sabio, Apolonio es un dios»[1165]. Hasta hoy, la religion no ha podido existir sin una parte de ascetismo, de piedad, de maravilloso. Cuando, despues de los Antoninos, se pretendió establecer la religion de la filosofía, necesario fué trasformar á los filósofos en santos, escribir la «Vida edificante» de Pitágoras y de Plotino, arreglarles una leyenda, y concederles virtudes de abstinencia y de contemplacion y poderes sobrenaturales, sin cuyos requisitos no hubieran tenido ni crédito ni autoridad.
¡Guardémonos, pues, de mutilar la historia para satisfacer nuestras mezquinas susceptibilidades! ¿Quién de nosotros, miserables pigmeos, podrá realizar lo que realizó el extravagante Francisco de Asís ó la histérica Santa Teresa? ¿Qué importa que la medicina posea nombres para explicar esos grandes extravíos de la naturaleza humana? ¿Qué importa que sostenga que el genio es una enfermedad del cerebro, que no vea en cierta delicadeza de moralidad sino un principio de tísis, y que clasifique el entusiasmo y el amor entre los accidentes nerviosos? Las palabras sano y enfermo son hasta cierto punto relativas. ¿Quién no prefiere hallarse enfermo como Pascal á estar saludable como el vulgo? Las mezquinas ideas que acerca de la locura se han propagado en nuestra época extravian de una manera gravísima, en las cuestiones de este género, nuestros juicios históricos. Hoy, el hombre que dijese cosas de las cuales no tuviera conciencia, ó expusiera pensamientos sin que los reglase la voluntad, se expondria á que le encerraran por alucinado en alguna casa de orates. Pues bien, ese estado se llamaba en otro tiempo inspiracion profética. Las más grandes cosas del mundo se han hecho bajo el imperio de la fiebre; toda la creacion eminente implica en el sér que la produce un estado violento, una ruptura de equilibrio.
Tambien hay que tener presente, y nosotros lo reconocemos sin dificultad, que el cristianismo es una obra demasiado compleja para ser el hecho de un solo hombre. Puede decirse que, en cierto modo, la humanidad entera ha colaborado en él. No hay en el mundo comarca, por aislada que sea, que no reciba algunas impresiones del exterior. La historia del espíritu humano está llena de extraños sincronismos, los cuales patentizan que, muchas veces, diferentes fracciones de la especie humana, situadas léjos una de otra y sin haber comunicado entre sí, producen ideas casi idénticas y llegan á resultados semejantes. En el siglo décimo tercero, y desde York á Samarkand, los Latinos, los Griegos, los Siriacos, los Musulmanes y los Judíos se entregan con pasion á disputas escolásticas, casi del mismo género; en el siglo décimo cuarto, Italia, Persia, la India, todo el mundo se siente acometido por la fiebre de la alegoría mística; en el décimo sexto se desarrolla el arte de una manera análoga en Italia, en el Monte-Athos, en la córte de los grandes Mogoles, y esto sin que entre Santo Tomás, Barhebræus, los rabinos de Narbona y los motecallemin de Bagdad hubiese ninguna relacion, sin que Dante y Petrarca hubiesen visto á ningun sofí, sin que ningun discípulo de las escuelas de Perusa ó de Florencia hubiese pasado á Delhi. Diríase que, á la manera de las epidemias, hay grandes influencias morales que recorren el mundo de polo á polo, sin reparar en razas ni en fronteras. En la especie humana, el comercio de las ideas no se opera únicamente por medio de los libros y de la enseñanza directa. Jesús hasta ignoraba los nombres de Budha, de Zoroastro y de Platon; no habia leido ningun libro griego, ningun sutra búdhico, y sin embargo, se hallan en él muchos elementos que, sin que Jesús lo sospechase, procedian del budismo, del parsismo y de la sabiduría griega. Esas corrientes se operan por conductos misteriosos, por esa especie de simpatía que existe entre las diferentes porciones de la humanidad. Los grandes hombres, si bien dominan la época en que viven, tambien reflejan hasta cierto punto las ideas que en ella circulan. Demostrar que la religion fundada por Jesús fué la consecuencia natural de lo que ántes habia existido, no es disminuir su excelencia, sino probar que tuvo su razon de ser, que fué legítima, esto es, conforme con los instintos y con las necesidades del corazon en un siglo determinado.
¿Sería justo decir por eso que Jesús lo debe todo al judaismo y que su grandeza no es sino la grandeza del pueblo judío? Yo soy el primero en reconocer la grande elevacion de ese pueblo, único en la tierra, cuyo dón particular parece haber sido contener en su seno los opuestos gérmenes del bien y del mal. Jesús salió, sin duda, del judaismo; pero salió de él como Sócrates salió de las escuelas de sofistas, como Lutero de la Edad media, como Lamennais del catolicismo, como Rousseau del siglo diez y ocho. El hombre pertenece á su siglo y á su raza, aunque su accion se dirija contra su raza y contra su siglo. Jesús, léjos de continuar el judaismo, representa, por el contrario, la ruptura con el espíritu judío. Áun suponiendo que sobre este punto pudiera su pensamiento prestarse á algun equívoco, la direccion general del cristianismo no dejaria ninguna duda, puesto que le vemos desde su cuna, alejándose más y más del judaismo. Su perfeccionamiento consistirá en volver á Jesús, pero no al espíritu judáico. La grande originalidad del fundador permanece, pues, entera, sin que su gloria admita ningun participante legítimo.
Es indudable que las circunstancias contribuyeron mucho al éxito de esta maravillosa revolucion; pero tambien lo es que las circunstancias no secundan sino lo que es justo y verdadero. Cada ramo del desarrollo de la humanidad tiene una época determinada, en la cual, por una especie de instinto espontáneo, llega sin violencia á adquirir su mayor perfeccionamiento. Ningun trabajo de reflexion consigue producir inmediatamente las obras maestras que en esos momentos de fiebre crea la naturaleza por medio de genios inspirados. El siglo de Jesús fué á la religion lo que fueron á las artes y á las letras profanas los hermosos siglos de la Grecia. La sociedad judáica ofrecia entónces el más extraordinario estado moral é intelectual que haya conocido jamás la especie humana. Aquélla fué verdaderamente una de esas horas divinas en que mil fuerzas ocultas conspiran á la produccion de lo grande y lo sublime, en que brotan por doquiera raudales de admiracion y simpatía para servir de apoyo á las almas elevadas. El mundo rescatado de la menguada tiranía de las repúblicas municipales, gozaba entónces de gran libertad. El despotismo romano no se dejó sentir de una manera fatal sino mucho despues, y además, en aquellas lejanas provincias fué siempre ménos abrumador que en el centro del imperio. Nuestras mezquinas y suspicaces medidas preventivas (mucho más perjudiciales para las cosas del espíritu que la misma muerte) no existian en aquella época. La vida que Jesús hizo por espacio de tres años le habria conducido veinte veces, en nuestra sociedad, ante los tribunales de justicia. Sólo nuestras leyes sobre el ejercicio ilegal de la medicina habrian bastado para detenerle al principio de su carrera. Por otra parte, la incrédula dinastía de los Heródes miraba con indiferencia los movimientos religiosos; bajo los Asmoneos es muy probable que Jesús no hubiese ido más allá de sus primeras tentativas. En semejante estado social, un innovador no arriesgaba sino la vida; mas ¿no es la muerte la que facilita el camino á los que trabajan para el porvenir? ¡Que cualquiera se imagine á Jesús reducido á soportar hasta sesenta ó setenta años el peso de su divinidad, perdiendo la celeste llama que en él ardia y gastándose poco á poco bajo las necesidades de un papel inaudito! Aquellos que nacen marcados con un sello de grandeza van á la gloria por una especie de atraccion irresistible, de órden fatal, y todo conspira á facilitarles el camino.
Permitido es, pues, llamar divina á esa personalidad sublime que todavía preside los destinos del mundo; mas no porque Jesús haya absorbido en sí todo lo divino, ó (para emplear los términos de la escolástica) porque le haya sido adecuado; sino porque él es el individuo que ha hecho dar á su especie el paso más avanzado hácia la divinal region. La humanidad, considerada en globo, ofrece un conjunto de seres abyectos, egoistas, que son superiores al animal, por cuanto á que su egoismo es más reflexionado. Pero en medio de esa uniforme vulgaridad se elevan hácia el cielo columnas cuya celsitud da testimonio de un destino más noble. De todas esas columnas que enseñan al hombre de donde procede y á dónde debe dirigirse, Jesús es la más elevada, la más grandiosa. En él se reconcentró cuanto de noble y bueno se contiene en nuestra naturaleza. Jesús no fué impecable, y tuvo que vencer las mismas pasiones que nosotros combatimos; si algun ángel le confortó, fué el de su buena conciencia; si algun Satanás se llegó á tentarle, fué el que cada uno abriga en su propio corazon. Posible es que muchas de sus faltas hayan quedado ocultas, así como ha desaparecido una parte de su grandeza á causa de la pobre interpretacion de sus discípulos. Pero nadie como él supo durante su vida someter las pequeñeces del amor propio al interes de la humanidad. Consagrado sin reserva á su idea, se lo subordinó todo á tal extremo, que, hácia el fin de su vida, el universo no existia ya para él. Ese acceso de voluntad heróica fué el que le conquistó el cielo. No ha habido ningun hombre (exceptuando quizás á Sakia-Muni) que haya despreciado hasta ese punto los lazos de la familia, los goces del mundo, todas las preocupaciones terrenales. Jesús no vivia sino para su Padre y para la mision divina, cuyo íntimo convencimiento abrigaba.
En cuanto á nosotros, niños sempiternos condenados á la impotencia; nosotros, que trabajamos sin cosechar, y que no verémos nunca el fruto de nuestra siembra, ¡inclinémonos con respeto ante la grandiosa figura de esos semidioses! Ellos supieron lo que nosotros ignoramos, esto es:—crear, afirmar, obrar. ¿Renacerá otra vez la grande originalidad, ó se contentará el mundo en adelante con seguir marchando por las vias que trazaron los audaces creadores de las antiguas edades? Lo ignoramos; pero cualesquiera que sean los fenómenos que se produzcan en el porvenir, nadie sobrepujará á Jesús. Su culto se rejuvenecerá incesantemente; su leyenda provocará lágrimas sin cuento; su martirio enternecerá los mejores corazones, y todos los siglos proclamarán que entre los hijos de los hombres no ha nacido ninguno que pueda comparársele.
FIN DE LA VIDA DE JESÚS