Balagtás y Su Florante

LITERATURA TAGALA 1593-1886

Doctamente dice el Dr. Rizal que el Florante es la "obra de la lengua tagala en todo su apogeo y magnificencia". Desde la conquista ciertamente venía apercibiéndose la lengua tagala para alcanzar el florecimiento a que llegó en los tiempos de Balagtás. Ya para ganar la voluntad de los isleños con propósitos de conquista y catequesis, ya por otros fines políticos, más tarde, es un hecho histórico que los dialectos filipinos, principalmente el tagalo, fueron los medios de comunicación, tal vez únicos y eficaces, entre peninsulares e isleños.

La publicación xilográfica en 1593 de la Doctrina tagalo-española demuestra que la lengua tagala tenía especiales cualidades literarias. De Fr. Juan de Plasencia o no dicha doctrina, es cosa averiguada que su Ave María es la que transcribe Hervás en su Origine......; la misma que admira Chirino en el capítulo sobre Lenguas; la misma que aprovecha Fr. Luis de Amezquita en su popular Catecismo y la misma que trompetean lippis et tonsoribus ciertos bibliógrafos y cronistas como escrita por Sta. Ana, o por otros glosadores de Astete y de Ripalda, aunque en un lenguaje más o menos modernizado, diría Fr. Pablo Rojo, no porque "le faltase algo, sino por la alteración y mudanza de los tiempos, a quienes de ordinario siguen los idiomas". Chirino halló en ella las cualidades de las lenguas Hebrea, Griega, Latina y Española. Cierta o no tal aseveración de Chirino, pasma a los doctos que el doble Renacimiento de que habían sido portadores los castellanos pudiera tener, desde los primeros años de la conquista, espléndida expresión literaria en tagalo, y sin rebutimiento de neologismos latinos o castellanos. Tal era su abundancia de sinónimos y frases, decía Chirino, que, elegantísima como es dicha Ave María, "se podría formar con semejante elegancia de otros varios modos, guardando la misma significación y sentido".

Desde 1602, año de la primera impresión tipográfica en las islas de Las Excelencias del Rosario en tagalo de Fr. Francisco Blancas de San José, los que pasan por incunables filipinos (1602-1640) vienen escritos en su mayoría en tagalo. Postrimerías (1605), Memorial de la Vida Cristiana (1605), Librong Pinagpapalamnan ... (1608?), Arte y Reglas de la Lengua Tagala (1610), todos de Fr. Blancas de San José; Librong ang Pan~galan ... (1610) de Fr. Gerónimo Monte; Vocabulario de Lengua Tagala (1613) de Fr. Pedro de San Buenaventura; Enchiridion de la Conciencia (1617) de Fr. Miguel de Talavera; Explicación de la Doctrina Cristiana en Lengua Tagala (1628) de Fr. Alonso de Sta. Ana; Confesionario en Lengua Tagala (1636) de Fr. Pedro de Herrera; el Belarmino (1637) en tagalo de Fr. José de Sta. María; Pan~gan~gadyí na Pinagcasondo ... (1637), obra conjunta de toda una asamblea magna de religiosos de todas las órdenes y clérigos, los mejores hablistas de la época, presidida por el Arzobispo Miguel García Serrano; Ang Pagcadapat ... (1639) de Fr. Pedro de Herrera, tales son las obras, voluminosas las más de ellas, de fecha conocida, de que da testimonio la Bibliografía filipina. Las de fecha desconocida, y, sobre todo, los manuscritos que corrían de mano en mano, harto prolijo sería citarlos y discutirlos aquí.

No todos ellos tienen un valor meramente lingüístico, arqueológico, histórico, o técnico; entre ellos los hay de valor literario. El Memorial del P. San José, reimpreso dos veces (1692 y 1835) y traducido al pampango en 1696, fue siempre libro popular y de consulta hasta muy entrada la segunda mitad del siglo XIX en que vino a sustituirle el Claus del P. Rivas, monumento literario donde colaboró el autor del Florante. Aunque el P. San José escribió versos, era más bien gramático y lexicógrafo reformista, que poeta. Sabido es que sus décimas a la castellana parecieron a los ladinos de la época: magaling datapuàt, hindî tulâ (hábiles, mas no versos).

Desde Alonso de Sta. Ana datan los octosílabos en estrofas de seis versos, pero Pedro de Herrera (que tuvo por editor y acaso colaborador al gran Pinpín.) fue quien escribió los mejores octosílabos de entre los peninsulares, originales unos, y traducidos del latín, otros. Herrera tenía fama de ser el Horacio tagalo, según Gaspar de San Agustín. Por esto, el agustino Fr. Juan Serrano, al reimprimir en 1762 las Meditaciones ... de Herrera, añadiéndolas grandemente con otras de propia cosecha, reproduce ciertas poesías de Herrera, para con ellas contrarrestar la prosa y los awits de los isleños; y los agustinos, en opúsculo aparte, acoplaron parte de ellas con las poesías del P. Blanco, el botánico, y de Fr. Melchor Fernández, distinguidos hablistas ambos. Gaspar de San Agustín cita también como poetas a Fr. Antonio de S. Gregorio, que escribió mucho y bueno, y al jesuita Clain, varón en todo único y que versificó el Kempis. Clain, por las trazas, fue acaso el único también que escribió dodecasílabos intercisos a la manera tagala. Es una lástima que el Kempis no se haya impreso, porque, a juzgar por las muestras y por las otras obras dejadas por el P. Clain, éste no es solamente un lexicógrafo incomparable según el propio San Lúcar, sino un literato y poeta en lengua vernácula.

El siglo XVII finaliza o termina de una manera espléndida con el popular Catecismo Romano (1671) de otro jesuita, el P. Pedro Lope, que antecedió a San Lúcar en materia de acentos, y llegó hasta a hacer "fabricar sobre diez mil vocales acentuadas". Por las páginas de su libro excesivamente voluminoso, y con texto amazacotado, corre a intervalos sangre tagala de régulos.

El siglo XVIII fue el de oro para los peninsulares. Así El Compendio de Fr. Gaspar de San Agustín (1703) viene todavía siendo útil, sin exceptuar la obra célebre del P. Totanes; es el primero que trató de la poesía tagala y de su métrica, que luego secundó Fr. Francisco Buencuchillo, y el primero también que prescindió, algún tanto, del método lebrijano. Con todo, escribió pocos versos en tagalo. No conocemos de él más que su canción al Barlaan, en medianos octosílabos. En el mismo año se publicó el Vocabulario de Domingo de los Santos, calcado de las artes del agustino Fr. Andrés Verdugo y del dominico Fr. Blancas de San José, y del vocabulario impreso por Pinpín de San Buenaventura y de otro manuscrito de Fr. Francisco de San Antonio, libro muy útil, no obstante la deliberada omisión de voces antiguas, de que se quejaron los lingüistas, pero presto fue arrumbado y relegado al olvido por la obra maestra definitiva de los PP. Noceda y San Lúcar, este último, español-filipino.

Aparte la colaboración anónima manifiesta de filipinos de raza en el Vocabulario de Noceda y San Lúcar, colaboraron todavía en tan magnífico osario de la lengua los hablistas que ya fueron, y los de la época de dos de las principales órdenes religiosas de Filipinas. Trabajó en las letras A, B, C, D, el dominico Fr. Miguel Ruiz, y hasta las letras M, N, Ñg, O, Fr. Tomás de los Reyes, también dominico. Luego se hicieron cargo los jesuitas Pablo Clain, Francisco Jansens y José Hernández, que lo concluyeron añadiendo "cerca de cuatro mil raíces con sus juegos respectivos y necesarios". Por lo voluminoso de la obra, y porque se deseaba más certeza en la propiedad del significado de cada raíz, los revisores jesuitas decidieron pasarla, para su revisión, al P. Juan José de Noceda, que consagró para depurarla 30 años, no pasando "de una a otra (raíz) sin que se conviniesen doce indios ladinos en este idioma en la pronunciación, acento y significación de cada raíz".

Pero los verdaderos monumentos puramente literarios fueron, entre otros, Ang Infiernong Nabubucsan (1713) del P. Clain, y los opúsculos tagalos, en particular los tres tomos del Psalterio de Ejemplos á Nuestra Señora, del P. Juan José de Noceda, obras que, para San Lúcar, hállanse "dispuestas con voces propias y frasismo tagalog". Pero se levanta sobre todos ellos, y al cual coronó el éxito popular (era como el pan de cada día de los rápsodas tagalos, los dupleros), el Barlaan (1712) del jesuita Antonio de Borja, que merece capítulo aparte.

Procedente de la India pasó a Alejandría y de ahí a los griegos. San Juan Damasceno la popularizó en Europa. "El Príncipe y el Dervis" del filósofo barcelonés Abraham ben Hasdai, dice Menéndez y Pelayo, no es otra cosa que la leyenda de Buda, tan popular en la literatura cristiana con el nombre de Historia de Barlaan y Josafat, primera aunque remotísima fuente de la Vida es Sueño. ¿No será también remotísima fuente del Traüm ein leben (Sueño es una Vida) del gran poeta austriaco Grillparzer? Tan popular en España es esta historia que en Norte-América el Prof. Fonger de Haan escribió toda una monografía: Barlaan and Josafat in Spain.

Desde el siglo XVII, 1692, goza Filipinas de una versión castellana de esta obra, debida a la pluma del dominico Fr. Baltasar de Sta. Cruz, pero Fr. Juan de Paz la denunció a la Inquisición el 23 de Febrero de 1696. "Dióse a la censura de Fr. Juan Bautista Méndez y Fr. Agustín Dorantes, y en su consecuencia se mandó en 3 de Marzo que se tildase al folio 65 vuelto, desde la línea segunda hasta las palabras de por sí. Notificado Santa Cruz, respondió con un largo escrito, que se recibió en México en 7 de Enero de 1699. Volvió a la censura de los mismos, y a la de Fr. Pedro Antonio de Aguirre y Fr. Diego Marín, resolviendo el Tribunal en definitiva que se guardase lo resuelto".

No se sabe si la versión tagala de Antonio de Borja se ha hecho del libro de Sta. Cruz. Pero la obra del jesuita viene recomendada precisamente por el calificador del Santo Oficio, Fr. Nicolás de San Pedro, que la diputa por un verdadero Tesoro y de estilo sonoro, dulce y suave, porque, acomodándose el Autor "a lo más llano y natural, no tiene cláusula que, aun mirada en lo material de las voces, no sea digna de toda estimación, por lo mucho que enseña; palabra ninguna se le halla de sobra, ni tampoco se le echa de menos alguna que haga falta; y juega tan bien de la lengua Tagala y de sus modos de hablar, que sin usar de redobles, ni frases, ni raíces antiguas y voces decrépitas, le da al Tagalo con suavidad y elegancia la Doctrina que necesita, de calidad que no podrá alguno, desear, documento, ni enseñanza, que aquí no la halle".

Gaspar de San Agustín la dedica dos awits, uno en latín y otro en tagalo, y la llama en su aprobación Maná de la Celestial Doctrina, "proptuario lleno de lo que cree y enseña N.M. la Iglesia; y un acérrimo controvertista contra la gentilidad", de gran auxilio para los "Ministros de Doctrinas", pues el Autor consigue "más de lo que Marcial pretendía". Y aunque la lengua tagala andaba "tan pobre de términos en materias sobrenaturales, acéticas y políticas (?), cuanto superabundante en las económicas y mecánicas", todas estas dificultades las venció la erudición del Autor, "consiguiendo esta rigurosa traducción, sin omitir en todos los 40 capítulos de ella cláusula que, por difícil, se resistiese al mucho caudal que ha atesorado su estudio de la lengua Tagala". Y con añadir que el egregio tagalista Pablo Clain fue el que dió licencia para su impresión, está dicho todo.

Nada pues, de extraño tiene que los viejos dupleros, cultivadores de la gaya ciencia tagala, se regodeen con dicha obra: de origin oriental, y, después de recibir los beneficios del genio heleno y del latino, se restituye al país de origen, como el agua que, cargada de sustancias, vuelve al fondo del pozo, filtrada y hecha potable. Su forma de novela, en parte narrativa y en parte autobiográfica, seduce, porque es una serie de macamas orientales de color y sabor filipinos. De los siglos XVI, XVII y XVIII quizás el Barlaan sea el mayor monumento literario. El pueblo prestóle su lenguaje por un proceso de colaboración anónima parecida al de la del vocabulario de San Lúcar, acendrándole todavía el poeta tagalo D. Felipe de Jesús, que la prologó, y D. Gaspar Aquino de Belén, patriarca de los poetas autores de la Pasión, que la editó.

En este siglo se reimprimieron algunos monumentos de los siglos XVI y XVII, y tanto se multiplicaron los trabajos en tagalo de catequesis de los misioneros y doctrineros, que el Arzobispo Basilio Sancho de Sta. Justa y Rufina publicó su célebre Catecismo castellano en 1769, ordenando que fuera el que ocupase el lugar de sus congéneres en tagalo, para que sobre los diversos dialectos dominase el castellano.

"Ojala! que después de tantos años no huviera ya rastros de las diversas lenguas, que solas dominan en las Provincias conquistadas, y únicamente dominara en todas la Española; que tal vez, y sin tal vez, no serían aun los Españoles tan estraños para con los (isleños), se aficionarían estos más a aquellos, estaría más corriente la sociedad, habría más estrecha unión.... Pero siendo assí, que por espacio de doscientos años professan una misma (Religión) con nosotros, y dependen de la voz de un mismo Monarcha, no nos entendemos unos a otros; y tenemos por cierto, que mientras durare esta divissión de lenguas, subsistirá de ambas partes un grande estorvo para la Comunicación, para el Comercio, y para la Sociedad Civil, y aun para la unidad de la Religión......"

Pero ni por esto amainó el celo tagalístico de los peninsulares. Ninguno, empero, de sus escritos llegó a valer tanto como el Barlaan y el Vocabulario de San Lúcar.

Con la rica herencia de tres siglos entra el siglo XIX. Pero, no obstante la mayor cantidad de producción, el siglo ha dado pocos ingenios. Hay que hacer excepción, sin embargo, de los agustinos Fr. Manuel Blanco, el botánico, y Fr. Melchor Fernández, y del dominico autor del Claus. Blanco en cierto modo era poeta, y algunas coplas suyas, ya hemos dicho, formaron ramillete con otras de Herrera y M. Fernández. Pero su obra capital en tagalo es su Tissot (1824), que fue como un digesto de los herbolarios en los tiempos que se carecía de médicos, y un Tobías de las familias tagalas. El literato tagalo necesariamente tendrá que habérselas con esta obra, si ha de querer saber llamar por sus propios nombres a las yerbas y plantas medicinales del país, y a las manifestaciones de su flora. Así se enseñoreará del lenguaje familiar y gráfico, que, bellamente usado, dará vigor y precisión a su estilo, aparte la utilidad del libro para una farmacopea indígena, pues el capítulo de los sucedáneos resume así las observaciones de Clain y Sta María como las propias con manifiesta competencia.

Las obras de Fr. Melchor Fernández forman una serie respetable. Notable es su Catecismo (1836) dispuesto a manera de diálogos socráticos, seguido de la Carta Pastoral en 1706 del Arzobispo Camacho, a la que puso comentario en prosa y en verso octosílabo, y adiciones que constituyen hasta documentos forklóricos muy apreciables. También es notable su Filosofía.... (1838) enriquecida con poesías originales y traducciones, entre ellos, la del soneto atribuido a San Francisco Javier. Las obras de Blanco y Melchor Fernández tienen la ventaja de que carecen de afectación retórica, y por objeto, mover el ánimo y ser útiles, sin epiqueyas ni lucubraciones ociosas.

Verdadera obra de consulta es, sin duda alguna, el Claus (1853-62-64-71) del dominico Fr. Benito Rivas. Trata de sustituir las obras voluminosas de Blancas de San José, pero resulta menos manual que las sustituidas, pues comprende cuatro gruesos volúmenes. Viene, además, algún tanto recargada de castellanismos y provincialismos, pero, así y todo, es la obra más comprensiva y dogmática del género. Se desliza en sus páginas cierto aire sutil de escolasticismo nervioso, a pesar de su austera sobriedad, creada en ocasiones con las brisas inspiradas por la generosa solanera de Balagtás que colaboró en esta obra.

Con las obras de Blanco, Fernández y Rivas se volvieron a reimprimir las obras maestras tagalas, como el Barlaan (1837) y antes de 1838, debido al celo del Arzobispo Segui, el Memorial de San José, Catecismo Romano, Ejercicio Cuotidiano y el Catecismo del Padre Pouget; luego los dalits de Herrera en 1843 y, nuevamente, el Catecismo Romano en 1854, sobresaliendo, entre los trabajos similares de la época, el popular Casaysayan.... (1868) de Exequiel Merino, o sea, el Mazo tagalo.

Tal es el inventario de los monumentos literarios debidos a los miembros de las cuatro corporaciones religiosas, a los cuales el favor popular otorgó su exequatur, aunque los que pasan por doctos aún no han parado mientes en ellos, y continúan perdiéndose en laberínticas discusiones sobre artes y vocabularios más o menos lebrijanos, tratando a la lengua tagala, a la bisaya, a la ilocana, etc., como una mera curiosidad bibliográfica, y, cuando mucho, como término de comparación de una filología ad usum Delphini, cuando, como se ha dicho, la lengua tagala poseía ya condiciones literarias desde, o antes de, la conquista. Como que la Doctrina de 1593 es más joya literaria que ciertos artes y vocabularios, excepto alguno que otro, el de San Lúcar, por ejemplo. Los inventariados, cual más cual menos, traen sello popular, con una fuerza colectiva que es verdadero elemento de arte. No se elaboraron en solitarios gabinetes de estudio, sino en el seno del tagalismo, en misiones y doctrinas, por varones de arcilla de héroes, que recogieron y bebieron el aliento del pueblo anónimo. Casi todos ellos son traductores, pero algunos, al traducir al tagalo los ascéticos y los libros de origen oriental, y los libros sagrados o bíblicos, no sólo ensancharon y rejuvenecieron las letras humanas, sino que, en cierto modo, restituyeron el saber y las artes a su cuna.

Respecto a los filipinos, hablaremos únicamente de los conocidos y aun de aquellos anónimos de quienes los impresos traen o citan muestras de su ingenio.

Desde el Memorial de Blancas de San José aparece D. Fernando Bagongbanta con un awit en octosílabos estróficos de cuatro versos. Bagongbanta tiene la consideración de isleño ladino, es decir, de conocedor del castellano. Epiloga esta obra otro tagalo anónimo, mejor versificador que Bagongbanta. Pero desde 1610 la Bibliografía registra todo un libro en regla: el Librong ... de Tomás Pinpín, patriarca de los tipógrafos y humanistas filipinos. El prólogo de este libro es importantísimo para la historia técnica de la poesía tagala. En él aparece por primera vez un awit escrito en romancerillos de cinco, seis, siete y ocho sílabas, medidas que aisladamente corrieron a lo largo de la literatura tagala, privando en los isleños los pentasílabos, hexasílabos y heptasílabos, y, en los peninsulares e isleños ladinos, los octosílabos, con excepción del Padre Clain. En sus comedias los isleños duplicaron los tres primeros, convirtiéndolos respectivamente en versos de nueve o diez, doce, y de trece o catorce sílabas, y usaron solamente de los octosílabos en las canciones interpoladas en ellas. Así en la comedia antigua de San Dionisio Aeropagita, de un anónimo, los versos son de doce, catorce, trece y once sílabas; pero el de catorce son dobles heptasílabos, y el de doce, dobles hexasílabos.

Dito sa daquilang—caharían ñg Grecia

y lo mismo estos otros del Padre Clain:

Quita,i, sinasamba—Dios na naliligpit

Na sa sacramento,i,—tantong sungmisilid,

son verdaderos dobles versos de seis.

Los de once sílabas son rara avis, y los de trece y catorce, a guisa de alejandrinos, desaparecieron pronto del escenario y fueron sustituidos por los de doce, por las combinaciones de doce y seis, con interpolaciones de ocho, en las comedias o piezas de alguna extensión. Pero lo más corriente en los isleños, en sus piezas características, como awit, kumintang, kundiman, son los dodecasílabos intercisos. También son frecuentes en las piececillas cortas los romancerillos heptasílabos. En este metro vienen escritos los versos de los cinco anónimos que cita Gaspar de San Agustín, y en estrofas de tres, cuatro y cinco versos.

En Pinpín ya queda indicada esta tendencia de la lengua. De los 34 versos de que consta su awit, 22 son de seis sílabas; 7 de 5; 4 de 7, y tan sólo 1, de 8 sílabas. Esto de acuerdo con la práctica seguida por los tagalos en las determinaciones de las cantidades silábicas, porque, de acuerdo con el propio Pinpín, la cosa acaso varíe. No hay que olvidar que Pinpín tenía verdadero culto al castellano, y combinaba los usos castellanos y tagalos en materia de sílabas finales, sinalefas e hiatos, con un género de libertinaje métrico propio de toda época de transición. Bajo este punto de vista, mientras la canción de Pinpín es un romancerillo en hexasílabos para los ladinos, para los no ladinos, o la masa tagala, es una combinación de versos de 6, 5, 7 y 8 sílabas.

Para hallar otro tan conspícuo y de mayor prestigio poético que Pinpín (colaborador de Blancas de San José, Pedro San Buenaventura y Pedro de Herrera, y de cuyas obras fue impresor) necesitaríamos poner el pie en los liminares del siglo XVIII. Ábrese este siglo en 1703 con el nombre del venerable Gaspar Aquino de Belén, autor del primer poema religioso de la Pasión. Su libro consta de dos partes, prosa y verso; la prosa es una traducción de la recomendación del alma del jesuita Tomás de Villacastín, prosa que rivaliza con la prosa del Barlaan que él editó en 1712, y la parte en verso es la Pasión, poema que en medio siglo tuvo cinco ediciones, y fue traducido casi a todos los dialectos.

No se sabe si con anterioridad o posterioridad al poema de Aquino de Belén, se publicó por primera vez la Pasión de D. Luis Guían. El jesuita Delgado, que debió de conocer el poema de Aquino de Belén, no menta, sin embargo, en materia de Pasiones, más que la de Guían, la cual califica de excelentísima, y la hizo re-imprimir en 1750 o 51. Debió ser ésta en quintillas de ocho sílabas, como el poema de Aquino de Belén y todas las pasiones tagalas.

D. Felipe de Jesús, aunque no fuera más que por su citado awit al Barlaan (1712) en 46 cuartetos octosílabos, no va a la zaga de Aquino de Belén, y, líricamente, le aventaja.

Si no como poeta, y sí como lexicógrafo y docto crítico de peregrina expresión literaria, descuella sobre todos sus predecesores en su género, el jesuita filipino San Lúcar. Su obra, según sus censores, especialmente el tagalista discípulo de San Lúcar, el agustino Fr. Juan Serrano (de quien el P. Mesquida decía en la aprobación de Meditaciones que "si las Mussas dieran en hablar el Tagalo, havian de preciarse mas de Serranas por el Estilo Tagalo"), era superior al Nilo

Vocabulario Mong lalang

Nilo ay nilalaloan,

y, como un inmenso río, tuvo por tributarios a todos los artes y vocabularios de los mayores talentos de las cuatro órdenes religiosas, principalmente la dominicana y la ignaciana. Fuele dada a San Lúcar la gloria de poner cima a la obra tres veces secular de los españoles y de toda la "nación tagala", que "se compone ya del Comintang, ya de los tingues, ya de los tagalos de Corte", según el propio San Lúcar. Blancas de San José dice que la nación tagala la integran: "Comintan, Laguna, y Tagalos". Según Gaspar de San Agustín: "Comintan: (las) provincias la Laguna y Batangas"; y según Domingo de los Santos: "los tingues son desde los montes de San Pablo por Nacarlan hasta Calaylayan donde estaba antiguamente la Cabecera de Tayabas, y de allí corre los Montes de Cabintí, hasta Bilingbiling, que es por cima de Mabitac", pero añade que "no hay que reparar mucho en esto, porque se hallarán muchos que, aunque son de los Montes, los entienden en la Laguna, y en Manila". Son, pues, tagalos de Corte, o simplemente Tagalos, los de Manila, Bulacán, Bataan y Cavite. Así quedan determinadas las regiones cuyos modos de hablar fueron registrados en el Vocabulario de San Lúcar.

La incomparable modestia de este santo varón, "un San Francisco Javier en el fervor de sus misiones, y un San Francisco de Asís en el despego a las cosas de este mundo" para Fr. Blas de Plasencia, le mueve a atribuir lo mejor de su libro a las contribuciones del Padre Clain y del Padre Noceda, pero sus censores, Serrano y Blas de Plasencia, y las licencias del Gobierno y del Ordinario, a una adjudican a San Lúcar la paternidad de la obra. "Habla con tanta elegancia como escribe, y escribe con tanto primor y discreción como habla", porque "es menos difícil el hablarla a los que nacen en estas tierras"; no sólo puso "los juegos a los que dicho Padre (Noceda) ha añadido al Vocabulario del Padre Clain, porque el del Padre Noceda no tiene ningún juego", sino añadió "más de tres mil términos o voces que hasta ahora no se hallan en vocabularios que tratan de este idioma", dice Blas de Plasencia; y como águila que nació con alas, dice el eximio Serrano, ya desde "sus primeros años era perfecto en este idioma". Ha hecho, pues, una verdadera refundición de todos los trabajos de sus precedesores y contemporáneos, confundiendo las aguas de los tributarios en las sagradas de su Nilo. Ciertamente era el primero en notar que ciertas composiciones tagalas no se distinguían de las castellanas sino por las voces: tenían frasismo castellano neto.

Pero lo que más importa son las condiciones literarias del autor y el espíritu crítico que preside la obra. Multiplicó los ejemplos sacados de la tradicional paramelogía tagala; distinguió con tino crítico lo vulgar de lo popular, dándole en ojos que ciertos acertijos, refranes o proverbios versificados, si eran todos una manifestación del saber popular, muchos de ellos no tenían adarme de poesía: eran mero recurso nemotécnico; sacó a plaza muestras de las comedias de su tiempo; tuvo el buen gusto de registrar aquellas voces propias del dialecto poético, como banloqui, olohati, lohar, etc., etc., y los idiotismos, decires figurados o metafóricos y ciertas expresiones pintorescas llenas de gracia y encanto, cosas todas que brillaban por su ausencia en los trabajos de sus predecesores. Es lástima que cite poco de sus colaboradores D. Juan de los Santos y D. Juan de Ariola, poetas de ingenio peregrino y pintoresco, especialmente el último, cuyo romancerillo heptasílabo es tagalo fino de corte y de noble prosapia. Una tercera parte de los ejemplos en esta obra tiene carácter literario, poético y pintoresco, pero las dos terceras partes, desgraciadamente, son de carácter más bien vulgar que popular y artístico. Se sabe, por los preliminares, que ninguna voz estampóse en esta obra sin que antes conviniesen doce ladinos en la pronunciación, acento y significación de cada raíz; lo que prueba, aparte de la probidad y conciencia literaria de sus autores, que ninguna obra tuvo mayor colaboración anónima del pueblo que ésta, y, por cuya causa, razón tiene San Lúcar para señalarla, en su característico lenguaje, como una obra de la "nación tagala".

De entre los impresos del siglo nada hay comparable a lo ya citado. Pero los manuscritos, sobre todo los cartapacios de la dramaturgia tagala que recorrieron todas las provincias tagalas y sus pueblos y barrios, eran tantos en número, y la afición a las representaciones domésticas y clandestinas de cosas del país escandalizaron tanto a los misioneros que el Arzobispo de Manila hubo de prohibir en 1741 su concierto en las estancias, tierras o huertas de los indígenas, sin licencia del Ordinario.

Pero el mayor siglo de la literatura fue el siglo XIX. Apenas habrá provincia que no haya registrado su obra maestra durante los tres primeros cuartos de siglo. A Manila y sus arrabales pertenecen: la Pasión, llamada vulgarmente de Pilápil, que es la más popular, y data de 1814, pero en realidad es obra de un devoto, revisada por el Dr. Pilápil y el P. Manuel Grijalvo; varios opúsculos religiosos del Dr. Pilápil, reimpresos en 1830-35, entre ellos Maicling Casaysayan ... y Pagsisiam; las celebérrimas Pláticas del P. Modesto de Castro (1855), la mejor colección de oratoria sagrada; M~ga Sariling Uicang Magisa ... (1856) del P. Florentino Ramírez, quizás la mejor glosa de ascética filipina; Guía de Pecadores en tagalo (1856) de un autor anónimo; la serie de trabajos llenos de unción religiosa de J. Tuason, entre ellos: Tobías y Matuid na Landas ...; Sa Martir n~g Golgota (1886) de D. Juan Evangelista, novela encantadora de una vaguedad romántica, alada y sutil y, finalmente, el Arte Musical ... (1884-87) del P. José M. Zamora.

A Bulacán, si no le perteneciera más que el Florante (1838), esta obra bastaría por sí sola para dar gloria no sólo a la provincia sino a todo Filipinas; pero le pertenecen, además, el awit de San Alejo (1858) de Alejo del Pilar, tío de Marcelo H. del Pilar; el awit de San Raymundo (1876) de Mariano Serapio; la Pasión (1852) del P. Aniceto de la Merced, la más literaria de las Pasiones, y M~ga Puná del mismo autor, obra de controversia y de crítica teológica, única en su género, escrita toda en adustos y truculentos dodecasílabos, y, finalmente, la popularísima Urbana y Felisa (1877) de Modesto de Castro, obra la más clásica de prosa tagala.

A Laguna pertenece la Aritmética ... (1868) de D. Rufino Baltazar Hernández, libro que era una de las delicias en Europa del Dr. Rizal, y perla literaria que, a despecho de sus castellanismos, a una energía insólita junta una frescura primaveral de sementera o de rodal de cocoteros a los primeros aguaceros de Mayo, y a Batangas: los opúsculos y libros del Dr. Vicente García, entre ellos Casaysayan n~g m~ga Cababalaghan (1856), donde ya sonríe y juguetea aquella lengua tan sencilla, tan ingenua, tan sabia, tan austera y tan dulcemente mística que alcanzó su plenitud en el Kempis (1880), acaso la mejor versión directa del latín en lengua alguna.

Se diría que, sin distinción de casta, los autores citados, españoles y filipinos, eran en su mayoría teólogos; cierto, pero teólogos hijos del Renacimiento, que participaban ampliamente del espíritu de generosa y libre indagación que el Renacimiento trajo consigo, según un gran maestro; atentos a todo rumor de la vida y a las nuevas e inmediatas aplicaciones de la ciencia divina, a la que hacían descender de los cielos para tomar parte en las contiendas de la tierra, y controversistas hechos a aquel movimiento de las escuelas teológicas del siglo XVI, tan vivo, tan animado, tan pintoresco y hasta dramático en ocasiones.

Por eso en sus momentos de oración y de reposo, solían elevar el alma a Dios y derramar en sus escritos un misticismo no egoista, y una filosofía la más alta y más generosa. A su misticismo vienen de perlas estas hermosísimas palabras de un crítico, dichas a propósito del de Santa Teresa de Jesús: "No es misticismo inerte, egoista y solitario el suyo, sino que desde el centro del alma, la cual no se pierde y aniquila abrazada con lo infinito, sino que cobra mayor aliento y poder en aquel abrazo; desde el éxtasis y el arrobo; desde la cámara del vino, donde ha estado ella regalándose con el Esposo, sale, porque Él le ordena la caridad, y es Marta y María juntamente; y, embriagada con el vino suavísimo del amor de Dios, arde en amor del prójimo y se afana por su bien, y ya no muere porque no muere, sino que anhela vivir para serle útil, y padecer por él, y consagrarle toda la actividad de su briosa y rica existencia".

El disfavor para con estos libros se cifra en sus tejuelos y títulos, y la preocupación, nada más que preocupación, de que los tales libros no contienen nada útil para nosotros. Sin embargo, el más recalcitrante filipinista encontrará en ellos cuanto acaso podría legitimarle como tal filipinista. En sus páginas se encierran, quizás, las únicas noticias folklóricas; ingerido en las lecciones, va, a veces, todo un costumbrero con datos preciosos sobre usos y costumbres filipinos, y hasta aplicaciones de las leyes consuetudinaria y escrita, porque en ellas se exponen, precisamente, para reformarlos o anatematizarlos, y están como vistos con ojos de adversario, y, por lo mismo, los defectos acusados tienen rigurosa exactitud: corregibles.

A partir de 1882, desde la publicación de Diariong Tagalog, inicióse nuevo rumbo en la literatura tagala, rumbo firmemente trazado y ejecutado por los precursores, pero fuera de lugar aquí; no son frutos tardíos como los ya citados de la espléndida estación balagtasiana.

Importantísimo como es lo catalogado, es todavía mayor la importancia de los manuscritos de la época. Es averiguado que los manuscritos de la mayoría de los impresos circularon dos o tres años antes de su impresión. La escasez de impresos, y la ansiedad de lectura por parte de los naturales hacía que cada cual se procurase copia manuscrita del impreso de su particular devoción. A esta circunstancia debimos una copia de la edición de 1853 del Florante.

Géneros enteros de literatura de autores anónimos, corrieron manuscritos de mano en mano, sin imprimirse nunca. Así que el Dr. Pilápil sugirió la recogida de todos los manuscritos de la Pasión al autorizar la revisada por él en 1814; así el Dr. Vicente García tradujo directamente del latín su Kempis, por la multitud de Kempis manuscritos adulterados, que circulaban con daño de la Religión. De las comedias que, según Fr. José María Ruiz, estaban "escritas en lenguaje correcto, pero sublime y levantado, más aún que los corridos", sólo fueron impresas una docena de las mil y tantas que solazaban a los pueblos y barrios de las provincias tagalas. Apenas habrá barrio que no cuente con dos o más originales que, con actores improvisados del mismo barrio, se sacaban a relucir al aire libre, en sus fiestas de guardar. Sábese de Joseng-Sisiw que sólo él tenía escritas cosa de un centenar. Y Balagtás mismo, otro tanto, y, a no ser por el celo de su biógrafo, no conoceríamos hoy extractos de más de diez comedias de Balagtás. Ni siquiera La Elección del Gobernadorcillo, comedia en prosa en cinco actos, ni la intitulada Mariang Makiling, en nueve actos, con que un personaje del Noli me tangere quería sustituir las comedias con "reyes de Bohemia y Granada", fueron impresas.

De los awits y corridos, Barrantes sólo pudo coleccionar unos 60, y estas composiciones tagalas son aún más corrientes y populares que las comedias. Tampoco se han impreso, a excepción de La India Elegante y el Negrito Amante de Balagtás, los sainetes o entremeses que, según el P. Ruiz mencionado, "merecen estudiarse y traducirse al castellano, y son de tanto interés para la Historia como los mismos corridos", porque versan sobre costumbres del País, y en ellos los caracteres están perfectamente descritos; ni tampoco ciertas piezas características como duplos, karagatan, arreglos dramáticos de la Pasión y las líricas, más o menos extensas, de que ya habíamos hablado en otros trabajos, y que, por no pecar de prolijos, nos limitamos a indicar.

Esta ligera reseña de los monumentos literarios prueba que la evolución de la lengua tagala había sido constante y paralelamente sostenida, con hermanable alianza lingüística, por españoles y filipinos, y que, cuando se dio a la luz el Florante, la lengua estaba, como dijo el Dr. Rizal, en todo su apogeo y magnificencia.