RASGOS BIOGRÁFICOS

Nació Francisco Balagtás en el barrio de Pan~ginay, del Municipio de Bigaa, Provincia de Bulacán, el día 2 de Abril de 1788. Sus padres fueron Juan Balagtás y Juana de la Cruz, naturales del mismo barrio. Su padre era de oficio herrero, y tuvo por hijos a Felipe, Concha, Nicolasa y Francisco. A los 11 años de edad, 1799, pasó al servicio de un acaudalado por nombre Trinidad, en Tondo, Manila, para que, a cambio de ciertas prestaciones personales domésticas, el amo se encargase de instruirle y darle educación, como era de costumbre. Consta en los archivos del Colegio de San José que cursó en 1812, a los 24 años de edad, Cánones; lo que hace suponer que sabría algo de Humanidades, Teología y Filosofía. Era la época de los grandes ergotistas.

No se saben a punto fijo sus otros estudios académicos. Pero es averiguado que, todavía en los escaños de San Juan de Letrán, era ya persona necesaria para sus camaradas y para la sociedad de Tondo, por su habilidad métrica. Para las cartas amorosas, billetes de invitación de todo género, los renglones cortos y muy historiados eran como las palomas mensajeras del lacrimae rerum de la época. Era, pues, todo un ladino a quien daban cierto prestigio sus rudimentos de Derecho Romano y cierta práctica que había adquirido en los tribunales de justicia. Aunque no anduviese sobrado de dineros, viviría entonces con cierto ensanche y desahogo.

Tuvo por profesor al célebre Dr. Mariano Pilápil, que a su fama de brillante latinista unía el de ser autor de varios opúsculos religiosos en tagalo: era el censor eclesiástico que autorizó la publicación de la popular Pasión en 1814. Enamoróse primeramente de una llamada Lucena, preciosilla muchacha del distrito de Gagalan~gín, Tondo; y luego, de otra apodada Bianang, no menos preciosilla, según fama, del barrio de su residencia, en Tondo.

Hacía sombra, sin embargo, el que pasaba por rey de los poetas entonces, Joseng-Sisiw (José, el del Pollo), porque, si no era como el enfermo de Rute que se comía los pollos piando, tenía la maldita costumbre de hacerse pagar con sendos pollos sus correcciones rítmicas, y Balagtás, manso y dilecto discípulo suyo y hermano en las musas, se las tuvo tiesas con él cierta vez, negándose a dar la subvención de costumbre, y, ¡claro!, rompieron, con dichoso rompimiento, porque desde entonces Balagtás quiso correrlas poéticamente por riesgo y cuenta propia.

En 1835-36 pasó a vivir en Pandacan, en la residencia de Pedro Sulit, que distaba solamente como una cuerda de caza del embarcadero de Pandacan. Pandacan fue siempre pueblo de artistas, especialmente de músicos. Vestía Balagtás a la moda de entonces; camisa de cantón crudo o piña calada de Hagonoy, y pantalón de seda tejida en Balíuag, de la clase "tatapisin". A juzgar por la ofrenda A Celia, una dulceneilla, que responde a las iniciales M.A.R., hirió con mal de amores a Balagtás. Estas iniciales eran, sin embargo, equívocos de los de María Asunción Rivera, hija de Pandacan, y de los de Magdalena Ana Ramos, de Laguna; pero la tradición de los hijos resuelve el equívoco a favor de María Asunción Rivera, porque Celia, decían, era precisamente el apodo de María.

Su mala estrella quiso que tuviese por rival a un cacique del lugar, que le hizo prender y asegurar en la cárcel de Pandacan. No se sabe cuánto tiempo estuvo en esta cárcel, pero en 1838 partió de Pandacan, y pasó a vivir en Manila, donde, en el mismo año, sacó a luz la primera edición de su Florante. Las alusiones del poema demuestran que la deidad a quien consagró su poema era Celia, pero no se sabe cuándo escribió el poema, ni en dónde; si en la cárcel, o fuera de ella.

Lo acabado de su factura, sin embargo, y el aviso al lector de no tocar verso alguno de su poema, cosa que no hizo por ninguna otra poesía suya, hace creer que tuvo por pretexto únicamente las jornadas más o menos angustiosas de su vida, pero que su mal de amores no fue de los únicos, ni de los que calan huesos. Tal vez el amor propio que, a fuer de egregio poeta, teníalo grandísimo; tal vez los malditos celos y el cebo de toda fruta del cercado ajeno, pues Celia casóse con Mariano Capuli, fueran los impulsos iniciadores. Como que el poema es de una serenidad ática, tan finamente cincelado, tan bien pensado, y conciertan en él de una manera tan singular el genio y el talento que no pierde detalle el más nimio de la vida humana, obra, en fin, de la madurez de un poeta a la edad de 50 años, circunstancias todas que no dicen bien con los tumultos de una pasión borrascosa. Si sintió alguna pasión, con la publicación de su poema se habría curado enteramente como Goethe.

En 1840, pasó a Bataan como auxiliar de un Juez de residencia. Quedóse allá, y fue a su vez auxiliar del escribano, D. Víctor Figueroa, posición que le daba vagar bastante para ir visitando los pueblos de la provincia. En una de sus visitas a Orión, trabó conocimiento con Juana Tiambeng, mujer de calidad y hermosa, y con quien casó el 22 de Julio de 1842. Ya era entonces Balagtás huérfano de padre y madre. En Orión llegó a desempeñar los cargos de teniente primero y juez de sementeras.

En 1856, o 57, fue sometido a un proceso, por mandar rapar la cabeza de una criada de un rico de Orión, llamado Alférez Lucas, y, de sus resultas, condenado a cuatro años de prisión, de la que seis meses extinguió en la cárcel de Balanga, y el resto, en Bilíbid. Salió de Bilíbid en 1860. Sus numerosos amigos y padrinos dulcificaron un tanto su desgracia y consiguieron minorar las incomodidades de una cárcel como Bilíbid. Proceso y prisión consumieron el saneado caudal de su mujer; así que hubo de recurrir nuevamente a su pluma para vivir.

Hubo de su mujer, en 20 años próximamente de matrimonio, 11 hijos: siete murieron antes de 1906: tres varones y cuatro mujeres: a saber, Marcelo, Juan, Miguel, Josefa, María, Marcelina y Julia; y vivían cuatro: Ceferino, Víctor, Isabel y Silveria.

Francisco Balagtás murió el 20 de Febrero de 1862, a los 74 años de edad. Su viuda casó en segundas nupcias con otro viudo, pero pronto volvió a enviudar. Murió el día 2 de Diciembre de 1899.

De sus hijos, Ceferino es algo poeta; y los otros, como buenos tagalos, son aficionados a la poesía, y guardan en la memoria estancias enteras de su padre. Víctor fue el autor de las correcciones del ejemplar que editó en 1906 el Sr. Cruz, a cuyo celo débense estos datos biográficos. De los parientes de Balagtás en Bigaa, Macario Adriático da testimonio de que un primo de Balagtás, José, sin saber escribir, es autor de Buhay ni Magdalena, Buhay ni Adan at Eva, ¡Magdarayang Bayan! y de una porción de versos de ocasión, y que improvisó en su presencia unos cuartetos parecidos a los de príncipe de los ingenios filipinos, y sobre un tema imaginado por el mismo académico.

Además del Florante, Balagtás escribió numerosísimas comedias, kumintangs, kundimans y mil poesías de circunstancias, pero ninguna, excepto Florante, publicó en vida. Algunas se conocen hoy, merced al celo del Sr. Cruz que publicó extractos. Hé aquí algunas de ellas:

Mahomet at Costanza

.

Almanzor y Rosalina

(dícese que su

representación duró 12 días en 1841).

Abdal y Miserena

, representada en Abucay

en 1859.

Orosman at Zafira

.

Don Nuño y Zelinda

, o la desgracia del

amor en la inocencia.

Auredato y Astrone

, o la fidelidad de una

mujer.

Clara Balmori

, o el sitio de Rochela.

Bayaceto y Dorlisca

.

Nudo Gordiano

.

Rodolfo y Rosamunda

.

La India Elegante y el Negrito Amante

(sainete casi bilingüe).

Si descartamos de estas piezas los nombres extraños de los personajes, alguno que otro alarde de ufanía versificadora y ciertas sutilezas de amor un tanto metafísicas como en Abdal y Miserena, dichas piezas son dramas en donde los caracteres se levantan con relieve fascinador. Los caracteres femeninos, el de Dorlisca, por ejemplo, son de las hijas de Filipinas: unas morenas de esas que a lo mejor pasman al perdidizo viajero por esos barrios tagalos, que naturalmente se visten con elegancia, hablan con discreción, ingenuas, llenas de gracia, de pudor y con aquella vergüenza filipina que tanto llamó la atención del poeta Salvador Rueda, guapas de todas veras, y, sin embargo, con un alma capaz del mayor sacrificio, porque tienen la robustez moral de las heroinas, y que, una vez vistas, ya no se olvidan jamás.

En el sainete La India Elegante ..., cuantos intervienen son filipinos de carne y hueso, tipos de una especie de rastacuerismo cospomolita y lugareño, de color local y palpitante de vida. La malicia socarrona y el humorismo francote, tal vez, algo plebeyo, propio de monteses y de los de la hez urbana, regateadores y cicateros, están sacados de la realidad, y sólo podría reproducirlos quien, como Balagtás, tenía los ojos muy abiertos al espectáculo de los mercados, y era zahorí para ir y venir con desembarazo por las encrucijadas bituminosas del alma. ¡Cómo siente aquel infeliz aeta de Capitang Toming! ¡Cuánta poesía realista!

Si Balagtás no hubiese escrito el Florante bastarían estas piezas para ponerle a la cabeza de los dramaturgos filipinos. Prueban la fecundidad de su numen poético. Ningún personaje viene repetido en ellas. Se ha dicho que la fecundidad cual la de la naturaleza, y el despego a las propias obras, sin más lote de vida que el ir creando, y creando sin agotarse, son signos distintivos del genio. Si es así, Balagtás tiene tales señales.

Ciertamente escribió más de un centenar de dramas que se representaron en todas las provincias talagas, en la mayoría de los casos, adulterados y no como salieron de las manos de su artífice; sin nombre de autor y por actores cogidos a lazo en el lugar mismo de cada representación al aire libre; sin intromisiones de los del oficio que conspiraran e intrigaran para sacar a flote sus piezas, y, sin embargo, el pueblo acudía a presenciarlos en masa, (ese pueblo que no entiende de géneros, de disputas e imposiciones de taller, ni de celos de autores) y aplaudía, porque autor, actores y pueblo se sentían unos, y como si fueran los mismos protagonistas del drama. Algo, pues, debían de tener estos dramas de un interés profundamente humano, o de sentimientos y modos de ser del pueblo, para quien se escribieron, puestos de resalto por el dramaturgo, para que tal pueblo, no una vez, sino todas las veces, se reconociese en el espejo y se complaciese. Y repetimos, ninguno de esos dramas imprimió Balagtás.

Tal es la experiencia escénica de Balagtás, tal su fecundidad en la creación de caracteres y tal su facilidad en versificar que Ponce, en Efemérides Filipinas, cuenta la siguiente anécdota: "El poeta reunió a los actores; les explicó el argumento que se le ocurrió en aquel momento, y en seguida ordenó que empezase la función; desde la concha del apuntador indicaba qué personaje o personajes debían salir, a los que apuntaba sus papeles respectivos, consiguiendo así sacar en conjunto una pieza completa, en que no faltaba ni el bubo o bufón que hacía desternillar de risa. Conseguía, de ese modo, producir ya escenas tan interesantes y tan llenas de vida y de realidad que dejaban al espectador hondamente conmovido; ya situaciones cómicas llenas de malicia y de intención". Añádese a esto la comedia Almanzor y Rosalina, cuya representación duró doce días mortales, y se tendrá una idea de la fecundidad y facilidad del poeta. No gustan menos sus elegías amatorias (kundiman); ni sus cartas, o lecciones morales en verso, ni su oda bizarra, pindárica, con os magna sonaturum, una garrida criolla poética, dedicada a Isabel II.

Era un rápsoda que se movía incansable de una provincia a otra, viéndose en sus recaladas siempre sitiado por los poetas, y derramando a manos llenas humorismo picante y la sal de sus ocurrencias. En Bulacán tuvo por amigos a grandes tagalistas de la provincia, centro del tagalismo entonces y academia viviente refrenadora de los ímpetus y demasías de los poetas salidos de seso. En los anatemas contra el hiperbolismo y escasa propiedad de los poetas de entonces, no era Balagtás de los que se mordían la lengua, y se desataba humorísticamente, con gracia tagala, contra los malos poetas: "Hindî lan~git ang catapat n~g pusalì cundî batalan", aguda sátira que más de una vez solía aplicar a aquellos poetas tagalos que hacían pasar por proverbio ang catapat n~g pusalì ay lan~git, con que indicaban que un poeta, sin ser un Paris, sino un adefesio y hasta carituerto, podía hacer pendant, y casarse con la mayor naturalidad del mundo, con una Helena o con la misma Dulcinea del Toboso, real y practicable.

He aquí otra anécdota que retrata gráficamente a nuestro poeta en lo más fulminante de sus improvisaciones: "El bueno de Quicong Balagtás (decíanos un día el más grave y docto de nuestros jurisconsultos, que conoció al poeta en Trozo, Tondo), vestía a la usanza de la tierra: camisa chinesca; del cuello de la camisa pendía un cordoncillo que lucía por dije un palito hecho de cuerno de caraballa. Era mascador aguerrido del aromático betel. Tenía los dientes grandes y ralos, y, mientras ruidosamente improvisaba estancias, esgrimía su estoque de cuerno, dándose bruscas lanzadas en las rendijillas de los dientes, y, a la par que las divinas estrofas, sus labios, como Taal en erupción, iban lanzando al espacio granos de bonga embermellenados con betel y cal".

Del carácter íntimo del hombre nada se sabe: parece optimista por las pruebas exteriores. Sus héroes, en el último trance, suelen parar en bien. Pero en la soledad, y cuando su ingenio no era provocado, ¿sería también el mismo hombre humorista, o un contemplativo profundamente serio y sincero, en diálogo continuo consigo mismo y con los seres que le bullían en la imaginación y esperaban que él les infundiera el soplo de vida?

Hombres como Balagtás no son de los clasificables en ningún servicio civil. Tienen dentro un fuego devorador que les mata, pero que carece de humo y aparato de alarma. Ciertos sucesos de la vida del poeta, como sus dos encarcelamientos; su exhibicionista carrera aparentemente triunfal por las tablas y su posición social misma, inferior a su talento, con las humillaciones inherentes, debieron dar rudos golpes a su orgullo, y mortificarle con una intensidad digna de él, que conocía como nadie el ridículo y la ironía en las cosas. ¿Para qué entonces sería el genio si valiera más no tenerlo? Acaso por consideraciones semejantes es porque, a las puertas de la muerte, confió a su mujer este desahogo de su corazón lacerado: "no permitas que nuestros hijos escriban nunca versos; córtales las manos si llegan a seguir mi ejemplo".

¡Míseros genios! No saben que su don es gratuito como la gracia divina, y que no depende ni de su voluntad ni de su carácter: tan preciosa dádiva tiene una misión que cumplir en la tierra, y la cumplirá fatalmente: es como el Samuel Beli-Beth de la Pasión Tagala y del Sa Martir n~g Golgota: inmortal en esta vida, pero condenado a errar por el mundo, y a llorar la destrucción de Jerusalén.


FLORANTE, NOLI, PRECURSORES Y
TRADUCTORES

La estructura del poema es una concesión a la moda de la época, pero reducidos los anacronismos a su mínima expresión. Florante hállase atado al tronco de una higuera de un bosque fantástico; en su imaginación se agolpan los sufrimientos de su patria, el cariño de su padre y su amor a Laura; dos leones llenos de saña se precipitan sobre él para devorarle, y Aladín, como un rayo, acuchilla y mata a las fieras. Florante y Aladín hacen muy buenas migas entonces, y se cuentas sus respectivas vidas, azarosa a cual más. Flérida, que busca a Aladín, sorprende a Adolfo, que trata de violar a Laura en el bosque, y le mata, indignada, de un saetazo. Florante y Aladín, atraídos por el rumor de las voces de Laura y Flérida, acuden prestos, y aquí de la agnición. Menandro, que acaba de restaurar el orden en Albania, insurreccionada por Adolfo para hacerse con la corona del rey Linceo, padre de Laura, y casarse con ésta, buscando a Adolfo, llega a recalar por ahí, y la alegría entonces no hay para qué decirla. Regresan, al fin, todos a Albania y los dos amantes, Florante y Laura, son proclamados soberanos del imperio y hacen feliz a su pueblo. Tal es el esqueleto del poema. Cómo el poeta lo revistió de carne y de formas hechiceras para que, desde su aparición, Balagtás fuera el poeta nacional, y proclamado así por los personajes del Noli y, de manera indirecta, por la heroina de Urbana y Felisa, lo iremos diciendo.

El hecho es que los párrocos españoles, cuya enemiga a los corridos es bien conocida, hacían excepción del Florante. El descontentadizo filólogo Fr. Toribio Minguella también hacía excepción del poema y decía que "hay allí rotundidez, limpieza de frase". Y cómo el calor del entusiasmo se comunicó a los catedráticos españoles de literatura, Adriático lo cuenta así: "Un ilustre catedrático de literatura en la Universidad de esta capital varias veces encargó a los más aventajados de sus discípulos la versión en castellano de esa notabilísima obra tagala, porque muchos curas de pueblos tagalos le habían ponderado las grandes bellezas literarias de la obra; pero, a pesar de muchos esfuerzos, no se consiguió ninguna traducción aceptable; porque desaparecía casi por completo el mérito intrínseco de la obra".

Concierto y pío tan general obedece a que, en Florante, lo anacrónico se reduce a los nombres de personas, lugares, armadura del guerrero y leones, pero el contenido histórico es tan histórico como el del Noli me tangere, y con lo que Rizal requiere del género: "pintura de nuestras propias costumbres, para corregir nuestros vicios y defectos y ensalzar las buenas cualidades".

La erudición de Balagtás, especialmente su helenismo, es de lo que haría sonreir hoy a cualquier irreflexivo estudiante de literatura. Y lo más extraño es que el gran poeta no quiere que se den al raspadillo sus versos donde retozan los nombres mitológicos, e invita al lector a que lea sus glosas sobre los tales nombres. Balagtás, pues, no se ha librado del defecto común en los grandes poetas y escritores espontáneos, de tomar por óptimo aquello que más fatiga les costó y que en ellos solían ser sus alifafes eruditos.

Debe decirse en descargo de Balagtás que, dada la época y la falta de medios entonces, cuando los modelos socorridos eran Plauto y Terencio disfrazados, época en que toda tradición poética tenía que andar a greñas con la gerga escolástica de los ergotistas, o con la curialesca de los plumarios, su helenismo no es de los que se improvisan con el barato auxilio de los Manuales y de las Poéticas. Su tesoro, exiguo cual es, vendría a ser para él a manera del codiciado tael de oro, que representaba, para el primitivo minero filipino, angustioso desbastamiento, con las manos, de sendos bloques de cuarzo. No lo había recibido por vía de dádiva, sino recogiéndolo, como hacía Virgilio, del estercolero de los poetas contemporáneos. Por ésto, Balagtás suele cerrar sus glosas con la frase según los poetas. En su época la mayor suma de helenismo escrito en lengua tagala era la exposición y análisis de la teogonía griega en el Barlaan y Josafat, hecha por el falso profeta Nacor, para sacar a la vergüenza pública los crímenes de los doce dioses mayores del Olimpo, con el caritativo propósito de hacerlos odiosos y no amables, sin que escapen de la razzia fanática las castas musas.

Así el Menandro del poema no es el clásico Menandro, todavía más famoso que Aristófanes, ni siquiera el ateniense Menandro, de Moratín, sino el precursor de Elías; el Edipo del poema no es el de Sófocles, ni la versión castellana de Estala; ni siquiera la tragedia de Martínez de la Rosa, cuyas obras sólo se conocieron en Filipinas años después de dada a luz la primera edición del Florante. Cuando mucho, tendría noticia Balagtás del Polinice o los Hijos de Edipo de D. Antonio Saviñón, pero ni ésto es cosa averiguada. Verdad es que la frase trágica ¡ay, ay infeliz de mí! es de gran efecto en el Florante como en la tragedia de Sófocles, pero la tagala ¡sa aba co! (ay, infeliz de mí) es tan castiza en tagalo que es más bien idiotismo característico de la lengua que del poema. También la Laura del poema no es la de Petrarca, ni tampoco la de Martínez de la Rosa, sino, sencillamente, la precursora de María Clara.

Florante y Laura, Aladín y Flérida, Menandro, Antenor y el conde Adolfo, aunque el autor diga otra cosa, no son personajes deducidos de la historia, ni de crónica alguna. Cuando mucho, son como Brandabarbarán de Boliche, Micocolembo de Quirocia, Pentapolín y Alifanfarrón de la Trapobana en el Quijote, nombres graciosamente eufónicos, dice un crítico, sin realidad, ni consistencia histórica. Pero en Balagtás le sirvieron de pretexto magnífico y de tarasca para despistar a los ceñudos censores de su época. De otra suerte, la censura no hubiese autorizado la publicación del poema, ni consentido luego que se difundiese y fuese tan familiar en todo hogar tagalo. La magia del estilo era, ciertamente, para cegar a Aristarcos. Aconteció, pues, con el Florante lo que con D. Juan Tiñoso, que, mientras el augusto padre de la princesa, niña de sus ojos, los puntillosos y currutacos príncipes pretendientes de la princesa y los bufones de la corte sólo veían en D. Juan Tiñoso un vejestorio, su podredumbre y lacras postizas, la enamorada princesa era la única que veía la plata, el oro, las pedrerías y la extraordinaria hermosura de Tiñoso, porque sólo ella era la digna de verle en todo su esplendor, y en toda su gloria.

Es admirable el uso poético que Balagtás hace de los pegotes históricos, que consigue nacionalizar. Como que sus musas son las de Bay, y sus ninfas las que vagan por las riberas de Beata e Hilom, y las aguas que canta, las tributarias del mar de China, tan pronto dulces, tan pronto salobres. El bosque mismo, dantesco, y que aparece fantástico sin pormenores visibles de carácter local, parece comunicar la impresión de ciertos bosques filipinos y colinas, en los cuales los naturalistas viajeros se hacen lenguas de ciertas palmas tropicales, que yerguen sus troncos anillados, recubiertos de fajas circulares de espinas negras, coloreadas hacia el penacho de un espléndido pardo de calcinada siena; o de familias de barringtonias en flor, coquetamente ufanas de la hermosura de sus estambres rojos, de anteras amarillas y larguiruchas, trabando justa con las orquídeas y epifitas que cuelgan de sus ramas como arañas y flecos, pero cuyos frutos son, a la vez, flotadores de las redes, y activo veneno para los peces.

Añádanse maraña y espesura que vuelvan su interior inaccesible a los rayos solares, y tales apesaramientos, además, de ánimo que truequen las cosas más agradables en algo macabro o fúnebre, porque el amor y el dolor fueron siempre supersticiosos, y se tendrá la impresión del bosque del poema. Fuera de ésto, hecho adrede para parecer extraño y fantástico, en todo lo demás es el poema más nacional de Filipinas. Como que, si se extraen del Florante todas las palabras netas de ultrapuertos, no harían siquiera 28 dodecasílabos. ¡Y el poema en conjunto, tiene 1708 dodecasílabos!

Así se comprende que los personajes y situaciones del poema hayan ido a encarnarse en los del Noli me tangere y hasta en el espíritu mismo del Dr. Rizal.

El padre de Ibarra cría a su hijo como crió el duque Briseo a Florante. Para fortificar el corazón de Ibarra y que se decida a aprender la ciencia de la vida fuera de su país, lejos de la solicitud paternal, le aconseja que no sea "como la planta de que nos habla nuestro poeta Baltazar: crecida en el agua, se la marchitan las hojas a poco que no se la riegue; la seca un momento de calor". Cuando Ibarra cree en las disimulaciones del P. Salvi, el filósofo Tasio, para ponerle en guardia, le dice: "recuerde V. lo que dice Baltazar":

Cong ang isalubong sa iyong pagdating
Ay masayang muchat, may paquitang giliu,
Lalong pag in~gatat, caauay na lihim.....

(Si a tu llegada te recibe

con rostro alegre y muestras de aprecio,

tu cautela sea mayor, y por taimado enemigo

le tengas y con quien habrás de lidiar).

Y, para que Ibarra no se olvide de la cita, añade: Baltazar era tan buen poeta como pensador. Son los versos mismos que Antenor, maestro de Florante, dijo a éste antes de partir. Elías, hijo heroico del pueblo y muy fiel amigo, que salvó a Ibarra en dos ocasiones, y puso a buen recaudo, a costa de la propia, la vida de su amigo, es Menandro, camarada el más leal de Florante, que también le salvó la vida en dos ocasiones, y con el mayor desinterés proclamó reyes a Florante y Laura. Elías, además, hace gala de conocer el Florante. Así, dice: "Debemos entrar en el río Beata para simular que soy de Peña-Francia. Vereis el río que cantó Francisco Baltazar".

El P. Salvi, tartufo de la novela, que, humillado por Ibarra y luego perdidamente enamorado de María Clara, determinó asesinar a Ibarra por medio del hombre amarillo, armó una revolución e intento violar a María Clara en el monasterio de Sta. Clara, es el hipócrita conde Adolfo, que, humillado en la Escuela por Florante, también quiso asesinar a Florante, armó una revolución e intentó violar en el bosque a Laura. María Clara misma tiene algo de Laura, en su timidez y en sus prendas morales y físicas. Y, si Ibarra sintió fuertes celos de María Clara, lo mismo Florante de Laura. El ambiente mismo de la novela y el del poema guardan cierto aire de familia, hasta en ciertos detalles de la escena, por ejemplo, las aguas salobres del estero de Binondo y de la barra del Pásig, y las de los ríos Beata e Hilom.

Na cong maliligo,i, sa tubig aagap,
nang hindi abutin nang tabsing sa dagat.

(Cual madrugador bañista que se aprovecha del agua dulce

antes de enturbiarla la salobre del mar).

Las situaciones del poema tanto se grabaron en el alma de Rizal que, cuando compuso en Alemania su Arte métrica tagala, la construyó casi toda por medio de los versos del Florante. "El verso tagalo, dice, considera como consonantes fuertes la b, d, g, k, p, s, y t, y como débiles: l, m, n, ~g, y, y w." Cabalmente los consonantes del poema, especialmente de las cuartetas segunda y primera del Florante.

Pone, por ejemplo, como rima vocal pesada en a lo siguiente: dalitâ, tuâ, nasà. Y he aquí las rimas de vocal pesada del modelo:

Anhin cong saysain ang tinamong tuâ
Namatay si ina ¡ay, laquing dalitâ!
Taroc mo ang lalim nang caniyang nasà

Se dirá que no son versos de una misma cuarteta, pero contestaremos que Rizal tampoco trata precisamente del cuarteto, sino de la rima en general; y además, Rizal, a quien era tan familiar Florante, solía citar sus versos de memoria. De aquí que alguna vez la memoria fuérale infiel. Véase este verso que pone como ejemplo de la elisión tagala:

Ang caloloua co,i, cusang lumiligao,

cita errónea, por cierto, porque el del poema dice otra cosa:

Ang caloloua co,i, cusang dumadalao.

Lo que hubo es que el Dr. Rizal, al hacer la cita de memoria, trocó la palabra final de un verso por otra final de otro verso del mismo cuarteto, o sea, los versos primero y cuarto del séptimo cuarteto (A Celia).

7.

Ang caloloua co,i, cusang dumadalao

sa lansan~ga,t, nayong iyong niyapacan

sa ilog Beata,t, Hilom na mababao

yaring aquing puso,i, laguing lumiligao.

Dejaba el poema a alguno de sus amigos, a Ventura, por ejemplo, y, al recogerlo, consignaba en su Dietario el hecho como digno de memoria. Si no tenía a mano su ejemplar, y usaba el del Dr. Pardo de Tavera, devolvíalo, acentuadas, de su puño y letra, las palabras del poema. Era preocupación constante suya la tirada de un edición especial del Florante con grabados, pero su muerte impidió la realización de tan filipinística obra.

En su viaje a América Rizal mismo cuenta esta anécdota de su vida: "En el vapor me encontré con una familia semifilipina, pues la señora y los hijos lo eran, hija de un inglés, Jackson. El hijo me preguntó si conocía a Richal, autor del 'Noli me tangere', dije sonriendo que sí, como Aladín, de Florante. Y como empezase a hablar bien de mí, me descubrí y dije que yo era el mismo, pues era imposible que no supieran mi nombre durante la travesía."

En España, teniendo a su lado a Pilar y otros compatriotas tagalos, dolíase de que sus compañeros le echasen a perder su tagalo, at nasisira sa m~ga caauaauang pananalitâ nang manga casama, y sentía nostalgia del tagalismo. Si tuviera, decía, su Florante, menos mal, pero "mi Florante pude dejar en Barcelona". Sus diversiones en Pansol son las mismas del Florante en el brañal, pampa, y su bosque de paz, que constituye una de las mejores páginas del poema, digna de Teócrito. Quien haya sentido inefable bienestar con la lectura de los versos del poema y la infinita dulzura de que era capaz la lengua tagala en la ofrenda a Celia, seguramente sería también capaz de sentir la emoción tiernísima que despierta este pasaje del Dr. Rizal: Magagandang ayos at pananamít na karaniwan niyang gamitin (habla de Loleng) ay totoong nababagay sa kulay na azul na may guhit na gintô.... Niyaong unang panahón n~g tayo'y namamayati, naliligò sa Pansol, Prinsa, nagpapasial, náinom n~g tubâ, o namamaklad, o napapasa Mainit.

Mas no sólo en las ya citadas obras del Dr. Rizal, sino en cada una de sus poesías nótanse reminiscencias, inconscientes por cierto, de los pasajes del poema, especialmente en A las Flores de Heidelberg, a las cuales confía su secreto de que

él también murmuraba

cantos de amor en su natal idioma;

Mi retiro, donde viéndose

Lanzado a una peña de la patria que adoro

le entristecen recuerdos de la adolescencia y lamenta los males que turban la paz de su patria, y sobre todo la última poesía, el Ultimo Adiós, donde resume sus dolores y los de su patria, y, con todo, una tolerancia sin límites, un hálito de perdón, una infinita misericordia, se ciernen sobre todas las angustias, humedeciéndolas con lágrimas, que no sólo recuerdan la lengua en que se escribió el Florante y traen reminiscencias de la bellísima ofrenda A Celia y del sentidísimo soliloquio del hijo del duque Briseo, cuando se hallaba atado al tronco del árbol de marras, sino que, en cierto modo, consagran todo el poema para siempre.

Nada debe interpretarse en lo dicho como que sugiera atisbos de plagio en el Dr. Rizal. Nadie es menos capaz de tal calamidad literaria que el Dr. Rizal, la sinceridad por antonomasia. Todo es lógico, necesario, y, ¿por qué no decir providencial? Si el poema es la concreción del genio de la raza y maravilloso condensador de su modo de ser y de sus supremos anhelos, natural es que el carácter, prototipo de la raza, reuna en sí, aparte sus ingénitas cualidades individuales, los rasgos más característicos de su noble estirpe, y que en la lucha haga bizarro alarde de los rasgos fisionómicos de su familia y de sus gloriosos timbres.

El Florante y el Noli serán siempre las dos obras capitales de la raza; la primera, como obra serena en tiempos de paz, épica y filosófica a la vez, con relámpagos líricos y dramáticos y presagios de tempestad próxima; la segunda, como obra de transición y de batalla, y, por lo mismo, dramática por excelencia; la primera brillará siempre, tal vez, sin consideración al carácter del genio que la creó; pero la segunda, brillará y culminará precisamente por consideración al carácter puro y heroico de su autor; Florante será siempre clásico por la lengua, y popular, y su espíritu, el genio tutelar del hogar; pero Rizal, en quien ese espíritu y los rasgos característicos de su raza se encarnaron, será todavía más: ídolo y compendio de los dolores y anhelos de la raza: porque fortificó y consagró nuestra solidaridad nacional. Así la cadena de amor y siemprevivas de la gratitud nacional, constantemente renovadas sobre su tumba, serán perennes como las rosas eternas de la leyenda sobre la tumba de Tristán e Iseo.

Poesía como la de Balagtás es intraducible a otro idioma. Y así, los que siguieron el ejemplo del Dr. Rizal, los llamados precursores, y, en parte, los políticos de la presente generación, que al mismo tiempo son literatos conocedores del tagalo, airearon sus citas en la propia lengua de Balagtás. Rizal en primer lugar, que sólo hace una excepción: en el padre de Ibarra. Y ésto por ser español D. Pedro Eibarramendia, y aconsejar en castellano a su hijo. Y como Rizal, Marcelo H. del Pilar y Emilio Jacinto. Los versos más citados por los políticos son naturalmente los que reflejan noble indignación por los males de la patria, execran a los tiranos y predican la tolerancia religiosa y política, la moderación y la templanza en los actos del hombre.

Marcelo H. del Pilar, para confirmar su aseveración de que la sinceridad para con el pueblo es siempre vilipendiada, y el halago hipócrita, sahumado, dice: Talagang ganito ang nagtatapat sa bayan: siyang alimura.

at sa balang sucab na may asal hayop
magan~gong incienso ang isinusuob

.

(y a cada tartufo de bestial carácter

se sahuma con aromático pebete).

Versos que el traductor anónimo de La Visión de Fr. Rodríguez también cita.

Emilio Jacinto, en el capítulo El Pueblo y el Gobierno de su Liwanag at Dilim, cita:

caliluha't sama ang ulo,i, nan~gag tayo
at ang cabaita,i, quimi,t, nacayuco

(mientras los perversos y traidores yerguen la cabeza arrogantes,

andan los buenos avergonzados y cabizbajos).

Y en el capítulo El Trabajo, de la misma obra

ang laqui sa layao caraniua,i, hubad
sa bait at muni,t, sa hatol ay salat

(los que en las comodidades se crían

desnudos de discurso andan, y de consejo horros)

Rafael Palma cita los versos de los cuartetos 6 y 9 de la ofrenda A Celia, y del poema, los cuartetos 203, y los que describen la hermosura de Laura: 275, 277 y 278; y T.M. Kalaw, los dos primeros versos del cuarteto 263.

Casi no hay escritor u orador que no cite líneas del poema para ornar con relicario de oro sus escritos y discursos. Y es que en el Florante, dice Macario Adriático, "llora un corazón noble con el profundo y delicado sentimentalismo de nuestra raza.... En él cada dolor tiene su rima; una estrofa cada gemido de un pueblo desventurado, una doctrina el padre y enseñanza el hijo de familia. Y, en estos aciagos días para la patria (1901), el Florante nos ofrece una fiel descripción de los cuadros sociales y políticos, en tal forma que podremos decir que el autor había previsto desde hace medio siglo nuestra actual desventura.... Con un acento vigoroso y una dicción incomparable ya nos decía que en este pícaro mundo la iniquidad y la infamia llegan a sentarse en el trono de la injusticia para condenar a la virtud o ahogar el mérito, así como para ensalzar la traición y recompensar el crimen".

Mentamos la imposibilidad de una versión del poema en cualquier otra lengua. Y es que la mejor traducción, y más, en prosa, nunca reflejaría la hermosura real del original. La reducción, aun tratándose de un mismo idioma, a prosa, del dialecto poético, vuelve hiperbólico, manido y hasta grosero cuanto en verso es gracia, elegancia y originalidad. El traductor de buena fe hace a este propósito, inconscientemente lo que conscientemente hizo Voltaire a Corneille. "A cada momento, según Saint-Beuve, dice de Corneille que carece de gracia, elegancia, y claridad; mide, pluma en mano, la altura de las metáforas y, cuando las encuentra mayores que su medida, las llama gigantescas; pone en prosa las frases altivas y sonoras que tan bien parecen en los labios de los héroes y se pregunta si ésto es escribir y hablar francés". Llama groseramente solecismo a lo que debe calificarse de idiotismo, a lo que falta tan completamente en la lengua estrecha, simétrica, a la francesa, del siglo XVIII. Recuérdense los magníficos versos de la Epístola en que Corneille se glorifica después del triunfo del Cid. Voltaire ha osado decir de esta hermosa epístola: Parece escrita enteramente en el estilo de Regnier, sin gracia, sin elegancia, sin imaginación; pero se ve en ella facilidad y candidez. Comentario soberanamente injusto y revelador de una grande ignorancia de los verdaderos orígenes de la lengua francesa, dice el crítico citado, porque "el estilo de Corneille con todas sus negligencias es para nosotros el más hermoso estilo del siglo de Moliere y de Bossuet". Y ésto se dice de Voltaire, hombre de letras y poeta, al fin, de gusto refinadísimo, y "extraordinario hijo de las Delicias" según Diderot.

Los matices unidos a ciertos nombres, epítetos, giros idiomáticos y hasta a ciertas dicciones, según la colocación de las mismas en el discurso, desaparecen todas en una versión. Aquella hermosura secreta que Rizal sentía en la contemplación de nuestras cascadas y que no sentía con la vista del Niágara, ni de las alpinas, y que siente todo filipino en la lectura del Florante, es la que desaparece en la versión o desaparecerá, sea cual fuere, sin exceptuar la nuestra.

A sabiendas, pues, de la dificultad ya expuesta, hemos hecho la versión directa e íntegra del poema en prosa, únicamente para obedecer a un deber sagrado de información literaria, y para dar una ligerísima idea del contenido del poema a los desconocedores del tagalo, y provocar en ellos el estudio del mismo, para que puedan disfrutar directamente de las bellezas del poema, cual hicieron Rost, Kern, Meyer y Blumentritt, a instigaciones de Rizal, y los seglares y misioneros españoles, por propio o ajeno impulso.

Que sepamos, sólo existe una traducción completa inédita, hecha por Alejo Custodio a encargo de Barrantes; Rafael del Pan tradujo el poema en tercetos castellanos, y Rafael Palma en prosa, pero estas versiones rafaelinas se extraviaron. Traducciones parciales las hay en abundancia. Fr. Toribio Minguella tradujo, por vía de muestra, los cuatro primeros cuartetos del poema[[42]]; Rafael Palma, los cuartetos 15, 16, 17, 18, 148, 149 y 150[[43]]. T.M. Kalaw aprovecha y amplía los tres últimos cuartetos traducidos por Palma y traduce, además, los versos últimos del cuarteto 285[[44]]. Rizal, como se ha dicho por excepción, tradujo los tres versos del cuarteto 200[[45]], y finalmente el poeta Manuel Bernabé tradujo en verso toda la dedicatoria A Celia: 88 versos en conjunto[[46]].

Nuestra versión es casi literal, sin más libertad de nuestra parte que aquella necesaria para que la versión pueda leerse íntegra, con el menor número posible de hiperbatones, menores atragantamientos de sintaxis, giros idiomáticos y ayuntamientos impropios de palabras y frases. Enumeramos las estrofas y ajustamos la versión de manera que cada línea de prosa sea no más que la traducción del verso correspondiente, y donde fue posible, traduciendo palabra por palabra, epíteto por epíteto, teniendo por pauta conservar el sentido genuino del original.

Hemos querido reflejar también, tal vez con poca fortuna, cierta característica muy elegante del tagalo, pero que en castellano se vuelve obscura, vaga y hasta arbitraria de sintaxis, es a saber: el tránsito continuo y rápido de construcciones en singular y en segunda persona, a plural y tercera o impersonal, y que en tagalo se extiende a las simples dicciones castellanas tagalizadas. No se dice en tagalo, por ejemplo, "tu voz, la sala de tu casa, la vara de justicia", etc., sino voces, salas y varas. Dentro del hogar mismo y en la mayor familiaridad, la cortesía tagala impide que marido y mujer, hablando entre sí, se llamen por sus propios nombres, o por sus apodos. "Pase V. primero; adiós, o me despido de V.", en tagalo se pluralizan e impersonalizan los apelativos, manteniéndose el verbo en singular, así magdaan pô muna silá (ellos, ellas); paalam na pô sa kanilá (ellos, ellas). Véase el cuarteto 285. Florante apostrofa a Laura, y la dice:

¿Era todavía ésto ineficaz para atajar

tu inconsistencia y perversa inclinación?

y, a seguida, sin respirar, añade:

cual culmine en grandeza

tal tableteará cuando de bruces caiga.

Por este estilo, hallará bastante el lector dentro del poema, y todavía con mayor pronunciamiento idiotísmico, que en las cortes de justicia suele desesperar a los intérpretes oficiales. No está de más decir que el Dr. Rizal, fiel a esta manera y tradición tagala, y dentro de la más íntima familiaridad, solía hablar y escribir a sus parientes y amigos íntimos de la manera indicada. Son corrientes en sus cartas las siguientes expresiones: "Supongo que la Sra. Neneng ...; muchos afectos a Sra. Neneng ...; adjunto va una carta para Sra. Neneng". Y Neneng era su hermana Saturnina.

Confesamos que, no fuera por las razones arriba indicadas, hubiéramos rasgado nuestra versión, por ser los primeros en notar que, cuanto hay de más original y elegante en el tagalo, parece en nuestra versión lugar común o imitación, sin novedad de estilo.

Véase, p. e., estos versos de la estrofa 285

Cong ano ang taas n~g pagcadaquila
siya ring lagapac naman cong marapa

los cuales, en nuestro comentario al cuento La Tortuga y El Mono de Rizal en 1911, dijimos que eran equivalentes a "Cuanto mayor es la subida, tanto mayor es la descendida". "De gran subida, gran caída", refranes—según el Diccionario de la Academia Española—que advierten que, cuanto más eleva la fortuna a los hombres, suele ser mayor la caída. Hecha así la traducción, parecerá que los versos tagalos son no más que versión del refrán español, o del de Claudiano: Tolluntur in altum ut lapsu graviore ruant; pero no es así, porque son tagalos en pensamiento, giro y expresión: arrancan, por lo menos, desde el romance de La Tortuga, anterior a la conquista, y su moraleja ha alimentado todos los proverbios sobre la materia. He aquí los principales:

Anhin mo ang lan~git na di masasapit
mahan~ga,i, sa lupa na ualang pan~ganib.

(Que harás en el cielo do no se llega;

preferible es la tierra do peligros no hay).

Caya ipinacataastaas
nang domagondong ang lagpac

(Por eso se le subió tan alto

para que la caída fuese estrepitosa).

Magdalita ang niyog
houag magpapacalayog,
cong ang ouang ang omoc-oc,
maoobos pati obod.

(Que sufra el cocotero,

no se suba tan alto,

porque si el abejaruco le roe las entrañas

ni la médula dejarále).

Mataas man ang pahó
mayangba ang panonobo
ang doso rin ang lalot'
han~ginin ma,i, di maobo

(Aunque el

pajo

es talludo

y frondosamente

germina

,

aun así, aventájale el

doso

porque ni el viento le

descuaja

).

Primera variante

Mataas man ang pahó
malangba ang pagtobo
ang doso rin ang lalo't
han~gini di maobo.

(Aunque el pajo es talludo

y frondosamente crece,

aun así, aventájale el doso

porque ni el viento le descuaja).

Segunda variante

Mataas man ang paho
at malago cung tumubo,
ang doso din ang lalo
han~gin ma,i, di maquibo.

(Aunque el pajo es talludo

y frondosamente crece,

aun así, aventájale el doso,

porque ni el viento le

mueve

).

y más particularmente

Cung saan narapa,i, doon baban~gon

(Ahí donde cayó de bruces allí se levantará).

La primera muestra data de la conquista; las segunda y tercera son por lo menos del siglo XVII; el original de la que ha tenido dos variantes lo trae en 1712 el poeta tagalo D. Felipe de Jesús; la primera variante es del siglo XVIII, la segunda, del XIX, y la última, quizás date antes de la conquista, porque revela un modo de ser de la mujer filipina, que tiene mucho del fatalismo oriental, pues, con amor o sin amor, cualquier desliz suyo o violencia impúdica que se la haga, p.e., un beso a hurto y no consentido, la obliga al sacrificio de casarse con el hombre a quien no ama, y serle fiel de por vida. Balagtás recogió el pensamiento de estos proverbios, lo pintoresco de su expresión y su movimiento particular, dándole forma definitiva poética, y trascendencia.

Hemos enmendado nuestra versión de 1911 en esta forma

Cual culmine en grandeza

tal tableteará cuando de bruces caiga.

versión seguramente más ajustada al sentido, pero distante mil codos del original. Podemos multiplicar los casos, pero, como vulgarmente se dice, para muestra basta un botón. Por lo demás, esperamos que el texto de la versión será inteligible para todo lector, excepto el del 2.o y 4.o verso de la estrofa 12 A Celia, porque en el original está adrede en forma enigmática, cuya solución la dará el lector mismo, pues se trata de ciertos secretos de los amantes, secretos que los dioses mismos, para evitar la indiscreción de los hombres, solían velar con densa nube.