CAPITULO LIII.

Deja el Infante nuestra compañía, y lleva consigo á Montaner despues de entregar la armada.

En este medio que el Infante se detuvo en el lugar donde mataron á Berenguer, llegaron sus cuatro galeras con sus Capitanes Dalmau Serra caballero y Jayme Despalau de Barcelona, y alegre de tener galeras con que apartase de Rocafort, mandó juntar consejo general, y volvió segunda vez á requerilles, si le querian recibir en nombre de su tio Don Fadrique, porque cuando no quisiesen estaba resuelto de partirse.

Rocafort autor de la determinacion pasada, cuando se les propuso lo mesmo, como más poderoso entonces, despues que le faltaban sus émulos en quien pudiera haber alguna contradicion, fuele facil tener á todo el campo en su opinion, porque sus pensamientos ya eran mayores que de hombre particular. Respondieron al Infante lo que la vez pasada y con mayor resolucion. Con esto se tuvo por imposible y desesperado el negocio; y así se embarcó el Infante con sus galeras, dejando á Rocafort absoluto señor, y dueño de todo, y navegó la vuelta de la Isla de Tarso, seis millas lejos de la tierra firme donde estaba el campo. Llego el Infante á la isla casi al mismo tiempo que Montaner con toda la armada, y despues de haberle referido la maldad de Rocafort, y perdida de tan buenos caballeros como eran Berenguer de Entenza, y Fernan Jimenez de Arenós, le mandó de parte del Rey, y suya que no se partiese de su compañía. Obedeció Montaner con mucho gusto, porque estaba rico y temia á Rocafort aunque era su amigo.

La amistad de un poderoso insolente siempre se ha de temer, por que la amistad fácilmente se pierde y queda el poder libre de respetos para egecutar su furia, y sus antojos. Suplicó al Infante fuese servido de detenerse, mientras él con la armada daba razon á los capitanes del campo de lo que se le habia encargado, que eran la mayor parte de sus haciendas, y todas sus mujeres é hijos. Fué contento el Infante de aguardalle, y con esto Montaner con la armada llegó á una playa donde estaba alojado el ejército, una jornada más delante de donde los dejó el Infante. No quiso que persona alguna desembarcase, hasta que le aseguraron que no se haria daño á la mugeres, hijos y haciendas, de los de Berenguer de Entenza, y Fernan Jimenez, y que les dejaria libres para ir donde quisiesen. Con este seguro desembarcó todos los que quisieron ir al Castillo donde Fernan Jimenez sé habia retirado. Dieronles cincuenta carros, y con doscientos caballos de Turcos y Turcoples de escolta, y cincuenta Cristianos les enviaron al Castillo. A los que no quisieron quedarse, ni con Rocafort ni con Fernan Jimenez, se les dieron barcas armadas hasta Negroponte. En esto se entretuvo el campo dos dias, y Montaner ya que se queria partir, hijo juntar consejo general, y despues de haberles entregado los libros, y el sello del ejercito, les dijo, que el Infante Don Fernando de parte del Rey, y suya le habia mandado que le siguiese, á quien era forzoso obedecer y que no lo habia querido hacer antes, hasta haber dado descargo de lo que se le encomendó que él se iba con grande sentimiento de dejarles, aunque por su mal proceder de ellos pudiera no tenelle, pues daban tan mala recompensa á los que les habian gobernado, y sido sus generales que Berenguer quedaba muerto por sus excesos, y Fernan Jimenez entregado á la fe dudosa de los Griegos. Estas razones dijo Montaner, por la seguridad que tenia de los Turcos y Turcoples á quien siempre trató con mucho amor y ellos reconocidos le llamaban Cata, que en su lenguage, quiere decir padre; y aunque Rocafort lo mandara, no intentaran cosa contra él. Toda la nacion junta le rogó que se quedase, y los Turcos, y Turcoples hicieron lo mismo, solicitando siempre á Rocafort que le detuviese; pero como estaba ya resuelto de partirse, y habló con alguna libertad á favor d Berenguer de Entenza, y Fernan Jimenez, no quiso ponerse en peligro, ni dar ocasion á Rocafort que con pequeña ocasion le diese muerte como á los demás. Con esto se partió del ejército con un vajel de veinte remos, y dos barcas armadas, en que puso su hacienda, y la de sus camaradas, y criados. Llegó á la isla de Tarso donde el Infante le esperaba, y en ella se detuvieron algunos dias para tomar bastimentos, y consultar la navegacion que havian de hacer. Detuvoles tambien el buen acogimiento que hallaron en Ticin Jaqueria aquel Genovés que con ayuda de Montaner saqueó el Castillo de Fruilla, y despues ocupó el de aquella isla, dondé con muestras de sumo agradecimiento les entregó las llaves del Castillo, y les ofreció servir con su vida y hacienda. Siempre el hacer bien es de provecho, y la recompensa viene muchas veces de quien menos se pensó que la pudiera hacer y lo que perdió en muchos beneficios, de uno solo que se agradezca, se sigue mayor utilidad que daño de todos los que se perdieron.

Halló Montaner con el Infante seguridad en el puerto, regalo en lo que se les dió para su sustento, con solo haber ayudado antes al Genovés, aunque fué con su mismo interés y provecho.