CAPITULO LXVIII.

Los Turcos vencen á Miguel, y hacen grandes daños en Thracia.

Hasta que el emperador Andronico, temiendo que aquellos pocos enemigos iban tomando fuerzas, se acabó de resolver en acabarlos de una vez: resolucion que por poco le costará la vida á Miguel Paleólogo su hijo, porque él en persona emprendió la jornada con la gente de guerra que tenia, y gran multitud de villanos que los trahia mas la codicia de recoger los despojos, que de pelear. Tenian todos por cierto, que en viendo los Turcos al emperador Miguel, y el fausto y vanidad de los cortesanos, se rendirían; y fué tanto el descuido de los Griegos, que como si fueran á caza vinieron la vuelta de los Turcos, sin ordenar esquadrones, olvidados de todo punto del manejo ordinario de la guerra, ó fuese por ignorancia, ó por parecerles inútil qualquier prevencion para tan poca gentes. Los Turcos como no tenian otro remedio sino pelear, ó morir vilmente, dexaron las mugeres, niños y haciendas dentro los reparos de sus fortificaciones, con bastante número para su defensa, y salieron á encontrarse con el enemigo setecientos cavallos. Venia el emperador Miguel muy descuidado, pensando hallar á los Turcos no en la campaña, sino defendiendo el poco espacio de tierra que habian fortificado, y quando descubrieron la tropa de los setecientos cavallos que les salian á recibir, fué tanta la turbacion de los Griegos y desorden de los villanos, que antes de ser acometidos fueron rotos.

Cerró junta la tropa de los setecientos cavallos turcos por la parte donde vieron los estandartes, y el guion del emperador Miguel, que ni estaba en parte segura, ni con la defensa que debiera.

Los villanos á este tiempo ya habian vuelto las espaldas y desamparado el puesto que se les encargó, y tras ellos muchos soldados de quien Miguel tenia alguna confianza, y así se vió en un punto sin pelear vencido.

Perdió el guion, y aunque con voces, y ruegos procuró detener los que huian, no fué oido ni creido.

Viendose solo, y que los Turcos le apretaban, volvio las riendas á su cavallo, lleno de lágrimas, y tristeza, y huyó como los demas.

Los turcos le siguieron, y si algunos capitanes y soldados honrados no volvieran el rostro al enemigo para entretenelle, hubieranle sin duda alcanzado; pero los Turcos detenidos de estos pocos que les hicieron resistencia, dexaron de seguir el alcance, y pusieron todas sus fuerzas en rendir á los que se defendían, que á poco rato los acabaron, y con esto dieron fin, y remate á la victoria.

Saquearon los alojamientos, y tiendas de Miguel, y en la que él estaba alojado hallaron mucho dinero, y joyas de grandísimo valor y entre ellas una corona imperial con piedras finísimas de precio inestimable.

Esta vino á las manos de Calel, y haciendo donayre de la dignidad imperial se la puso en la cabeza, afrentando de palabra al que con tanto deshonor suyo la habia perdido. Una de las causas de esta rota de Miguel, fué pelear con gente á quien habia quebrado la palabra, que como el guardarla se debe por derecho universal de las gentes, y todas las leyes divinas, y humanas nos obligan á ello, permite Dios tales sucesos, y que los Bárbaros triunfen de los Cristianos como en castigo de tan execrable maldad.

Debieran los griegos acordarse lo que les costó pocos años antes no guardarla á los nuestros, pues estaba á pique de perderse el imperio griego, si los Catalanes, y Aragoneses tuvieran algun príncipe que les alentára.

Después de esto los Turcos soberbios, y atrevidos con la victoria tan sin pensar alcanzada, corrieron por toda la provincia de Thracia talando, y destruyendo lo que podian, sin que Andronico se les opusiese; y esto por el espacio de dos años, con tanto temor de los naturales, que dexaron de salir á cultivar la tierra.