CAPITULO XVI.

Reprimen los nuestros el atrevimiento de Sarcano Turco. Llegan nuestras banderas á los confines de la Natolia y Reino de Armenia.

Tuvieron nuestros Capitanes consejo del camino que tomarian, y concordaron todos en que volviesen otra vez hácia las Provincias Orientales y pasados los montes, entrasen en Pámphila, adonde les pareció que estarian las mayores fuerzas de los Turcos, y habria ocasion de venir con ellos á batalla, que este fué siempre el intento principal que se llevaba; porque siendo nuestro ejército tan pequeño, no se podia hacer la guerra á lo largo, y ocupar Ciudades y lugares, habiendo de dejar en ellas guarnicion, porque era dividir y deshacer sus fuerzas; y así pareció siempre acertado caminar la vuelta de los Turcos, y pelear con ellos. Pero en tanto que se trataba de poner en ejecucion la salida, Sarcano Turco con saber que el ejército de los Catalanes estaba dentro de la Ciudad, se atrevió á correr su vega llevando á sangre y fuego cuanto se le puso delante. Pagó presto su atrevimiento y locura; porque salieron los nuestros sin aguardar órden, ni esperar los Capitanes: tanto les ofendia la osadía de este Bárbaro, y dieron con tanta presteza sobre él y los suyos, que aunque luego quiso retirarse, no pudo sin mucho daño, porque se halló tan empeñado que hubo de pelear para huir. Siguieron los nuestros el alcance hasta la noche, y volvieron á la Ciudad con nuevos brios, dejando muertos en la campaña de los enemigos mil caballos y dos mil infantes: cosa apenas creida de los que quedaron dentro de la ciudad, porque la salida fué muy tarde, y con mucho desorden.

Roger y los demas Capitanes considerando cuán dañosa les pudiera ser la detencion, si los soldados advirtieran el peligro de la jornada y camino que intentaban, con el gusto de la victoria pasada, quisieron que dentro de seis dias marchase el campo. Partieron de Ania, y atravesaron la Provincia de Caria, y todo aquel inmenso espacio de Provincias que están entre la Armenia y el mar Egeo, sin que hubiese enemigo que se les opusiese. Marchaba el campo según la comodidad de los lugares muy de espacio, consolando los pueblos Cristianos, y animándoles á su defensa, y con universal admiracion de todos los fieles eran recibidos los nuestros, alegrándose de ver armas Cristianas tan á dentro, las cuales los que entonces vivian jamás vieron en sus Provincias, aunque su deseo siempre las llamaba y esperaba; pero la flojedad de los Griegos nunca les dió lugar á que las viesen, hasta que el valor de los Catalanes y Aragoneses se las mostró.