CAPITULO XXVIII.
La gente de guerra toma descubiertamente las armas contra los Griegos, y en diferentes partes del Imperio se matan los Catalanes y Aragoneses.
La gente de guerra que estaba con Berenguer de Entenza y Rocafort, les pareció tentar el último medio para que Andronico les pagase. Enviaron al Emperador tres embajadores, para que resueltamente le dijesen, que si dentro de quince dias no se les acudia con parte de lo mucho que se les debia, les era forzoso apartarse de su servicio, dar lugar á que sus armas alcanzasen lo que su razon y justicia nuca pudo. Recibió el Emperador estos tres Embajadores, que fueran Rodrigo Perez de Santa Cruz, Arnaldo de Moncortes, y Ferrer de Torrellas, y en presencia de la mayor parte de sus Consejeros y Ministros, y con mucha aspereza les dijo: que el Imperio de los Griegos no estaba tan acabado y destruido, que no pudiese juntar ejércitos poderosos para castigar su atrevimiento y rebeldía, y aunque eran muchos los servicios que le habian hécho en la guerra de Oriente, ya los habian borrado con sus excesos y demasías, y con la poca obediencia y respeto que tenian á su corona: que él haria lo que tocaba y fuese razon; en lo demas les aconsejaba, que no se precipitasen con desesperacion á lo que tan mal les estaba, y que no pidiesen con violencia lo que con la misma se les podia negar; que la fidelidad de que ellos tanto se preciaban se perdia, si las mercedes se pedian por fuerza á su Príncipe. Sin querer oir su respuesta, ni dar lugar á más satisfaccion, les mandó el Emperador, que con mas acuerdo se resolviesen y le hablasen. Después dentro de pocos dias llegó la nueva á Constantinopla de la muerte de Roger, y de algunas crueldades que los nuestros hicieron en Galípoli, y el pueblo se levantó contra los Catalanes, según dice Pachimerio; pero Montaner refiere, que en un mismo tiempo en todas las Ciudades del Imperio se degollaron los Catalanes por órden de Andronico, y Miguel. Puede ser que en esto Montaner ande algo apasionado, atribuyendo toda la culpa á los Emperadores; pero lo que yo tengo por cierto, que el pueblo irritado ejecutó esta maldad y ellos no la atajaron.
En Constantinopla se levantó el pueblo, y acometió los cuarteles á do estaban los Catalanes, y como si fueran á caza de fieras les iban degollando y matando por la Ciudad. Después de haber degollado muchos, fueron á casa de Raul Paqueo, pariente de Andronico, y suegro de Fernando Aones el Almirante, y pidió el pueblo que luego se les entregasen los Catalanes que habia dentro; y porque esto no se hizo tan presto como ellos quisieron, pegaron fuego á la casa con que se abrasó todo cuanto habia dentro, y aquí tengo por cierto que los tres Embajadores y el Almirante perecieron. El Patriarca de Constantinopla salió á reprimir la multitud amotinada, y sin hacer efecto con mucho peligro se retiró. La mayor dificultad que se ofreció para no poder oprimir á los Catalanes todos á un tiempo, fué por estar Galípoli bien defendido, y los que estaban alojados en las aldeas con las armas en la mano, y mas adbertidos que los otros que estaban en diferentes partes.
Miguel temiendo que los de Galípoli sabida la muerte de Roger no le acometiesen, mandó que el gran Primicerio fuese con todo lo grueso del ejército sobre Galípoli. Ejecutóse luego, y con la caballería mas ligera se enviaron algunos Capitanes, para que les acometiesen antes que pudiesen ser avisados. Cogieron á la mayor parte divididos por sus alojamientos, en sus lechos, y en sumo descanso; porque entre los que tenian por amigos les parecia inútil el cuidado de guardarse. Entró esta caballería por algunos casales, pasando por el rigor de la espada todos los Aragoneses y Catalanes que toparon. Las voces y gemidos de los que cruelmente se herian y mataban, avisaron á muchos que se pudieron poner en seguro, y la codicia de los vencedores, que ocupados en el robo dejaban de matar, tambien dió lugar á que muchos se escapasen. En Galípoli, aunque lejos, se sintió el ruido y voces confusas, con que los nuestros tomaron las armas, y quisieron salir á reconocer la campaña, y certificarse del daño que temian; pero Berenguer de Entenza y los demás Capitanes detuvieron el ímpetu de los soldados, que en todo caso querian que se les diese franca la salida; y como la obediencia de aquella gente no estaba en el punto que debiera, no se atrevió Berenguer á enviar algunas tropas á batir los caminos, y tomar lengua, porque temió que tras de ellas seguiria el resto de la gente, y quedaria Galípoli sin defensa, de cuya conservacion pendia la salud comun.
Discurríase variamente entre los nuestros la causa de tanto alboroto en las campañas y caserias vecinas de Galípoli. Decian unos que los Griegos oprimidos de la gente militar se habrian conjurado, y tomado las armas para alcanzar su libertad; otros que atravesando aquel angosto espacio de mar los Turcos, acometian sin duda á nuestros cuarteles; pero en esta variedad de discursos jamás pudieron atinar la verdad de caso tan inhumano. Con la noche y confusion del caso algunos de los nuestros llegaron á Galípoli libres, y solo dieron noticia de que dentro de sus casas, en sus alojamientos, habian sido acometidos de gentes militar y armada.