VIII

Viendo á Jacobo vestido con un traje de franela blanca y una elegante gorra, tendido en un rocking-chair y fumando un buen cigarro, después de almorzar en compañía de sus dos amigos, nadie hubiera reconocido en él al miserable penado que arrastraba el día antes su cadena en el presidio de la isla Nou. Los cuidados del notable ayuda de cámara que Marenval había llevado consigo y sin el cual no podía pasarse, una buena elección de ropas, la ducha, la navaja, los peines y toda una minuciosa sesión de tocador, operaron esa transformación. Era un Freneuse desmejorado, pálido, sin cabellos y sin barba, pero era Freneuse, con su mirada y su sonrisa.

Jacobo dijo á sus compañeros:

—Ahora es preciso que yo dé las explicaciones necesarias para estudiar el problema y resolverle. Para empezar, fijaré el estado de mis relaciones con Lea Peralli. Hacía cerca de dos años que vivía con ella, como sabéis. Yo estuve al principio muy enamorado y ella, por su parte, parecía amarme tiernamente. Cuando la conocí, llegaba de Florencia de donde había tenido que alejarse á consecuencia del escándalo del divorcio con su marido, el caballero San Martino, ayudante de campo del conde de Turín. Era una admirable rubia de ojos negros, alta estatura y manos aristocráticas, cuya aparición producía en todas partes una sensación profunda. Más instruída que inteligente poseía en el más alto grado la facultad de la fascinación sensual. Era difícil verla sin enamorarse de ella, y sus grandes maneras y su talento de cantante, que le había válido grandes éxitos en los salones aristocráticos de Roma, acababan de apoderarse del ánimo turbado por su belleza.

Cuando nos conocimos habitaba un departamento amueblado en la calle de Astorg y vivía decentemente con restos de su dote, que el marido le había devuelto con una generosidad digna de aprecio, dado el trato poco halagador á que su mujer le había sometido. Una camarera y un joven criado, traídos de Italia, la servían más bien mal que bien, y el desorden, la falta de respeto de los criados y la irregularidad en el servicio, ofrecían un cuadro muy característico de la incuria italiana. Había allí una mezcla de lujo y de miseria completamente curioso. Al comienzo de nuestras relaciones he visto á Lea en peinador de seda, con unos zafiros de veinte mil francos en las orejas, almorzando unos arenques en una mesa sin mantel, en un plato desportillado y con vino de champagne bebido en tazas de cocina. El orden, el decoro de la vida eran letra muerta para ella. Lo importante, lo que ella satisfacía ante todo, era su capricho. La encontré en un concierto de beneficencia, donde cantó magistralmente unos aires húngaros, acompañada por Maraeksy y me quedé encantado por su belleza y por su aire majestuoso.

En medio de las señoras del gran mundo que en el estrado prestaban su concurso á la función, Lea parecía una reina. Estaba guiada y protegida por el marqués Gianori, ese viejo verde teñido y estirado y que tiene un modo tan alarmante de acariciar los dedos del que le da la mano. El guardián no era, pues, muy temible; hice que me presentaran á la encantadora italiana y el día siguiente fui á dejar mi tarjeta en su casa. La respuesta no se hizo esperar, pues á los pocos días me invitó á ir á su casa á tomar una taza de te y á oir música.

No desperdicié la ocasión y á las diez llegué á la calle de Astorg donde encontré una docena de personas de variadas condiciones, que iban desde el tenorino que cecea el francés, hasta el diplomático serio y desde la viuda joven un poco dudosa hasta la más auténtica. Era aquella una sociedad extraña en la que aparecían mezclados lo sólido y el similor, pero donde se veía que lo sólido iba á desaparecer prontamente para dejar el campo libre á todo género de fantasías. Mi entrada en escena trajo ese resultado. Tenía yo veinticinco años y era libre, rico y muy solicitado en sociedad. Tenía excelentes relaciones y un lujo de buen gusto. Me apoderé de Lea por el aspecto exterior de mi vida, que era justamente aquel á que le hacía más sensible su naturaleza italiana. Más que mis atenciones, mis cuidados y mi ternura, ganaron su voluntad mi carruaje correctamente enganchado y esperando á su puerta, mis elegantes libreas, el refinamiento de mi porte, la sonoridad de mi nombre y la autenticidad de mi título. Pronto concibió por mí un amor de cabeza, vivamente transformado en amor de los sentidos.

Al cabo de unas semanas su existencia había cambiado por completo. Ya no recibía á ninguna de las personas á quienes encontré en su casa, y que fueron reemplazadas con increíble facilidad por mis amigos y sus queridas. Aunque distinguida por educación, no tenía el sentido de las distancias sociales. La encontraba frecuentemente sentada enfrente de su camarera italiana, una pesada hija de Lombardía, jugando á las cartas y fumando á dúo cigarrillos. Cuando yo le hacía observaciones me respondía:

—¿Qué importa? Está á mi disposición lo mismo para distraerme jugando á la baraja que para abrocharme las botas. Le pago, me sirve y no hay más. En cuanto á fumar, todo el mundo lo hace en Italia, hasta las damas de la corte.

Su falta de respetabilidad era tan grande como su ignorancia de la economía, que llegaba al descuido más completo. Jamás se preocupó por saber cómo iba á pagar lo que compraba ni con qué haría frente á los gastos de la vida diaria. Mientras tenía dinero, lo gastaba; cuando el cajón estaba vacío, se privaba de todo. Y era curioso ver con qué poco se contentaba aquella mujer acostumbrada al lujo y á prodigar el dinero como una princesa. Antes de estar iniciado en las dificultades de su posición, la he sorprendido alimentándose, según ella por gusto, con platos de su país que costaban apenas unos céntimos al día.

Un día me encontré en su casa en pleno embargo y á Lea en medio de una avalancha de papel sellado y llorando delante de sus alhajas que en tanta estima tenía y que valían mucho dinero. Sus proveedores, exasperados por el desahogo y la falta de cumplimiento de mi amiga, habían preparado aquella ejecución. Mi primer movimiento fué sacar la cartera y preguntar al alguacil: ¿cuánto? Lea, con gran furia de desinterés amoroso protestó, lloró y se empeñó en rehusar, pero el funcionario que había visto la posibilidad de cobrar, no hizo caso de las exclamaciones de la deudora y, por primera vez, Lea me costó el dinero.

Si yo no se lo hubiera ofrecido es probable que no me lo hubiera pedido nunca, pero desde el día en que pagué, encontró muy natural continuar aprovechándose de mi generosidad. Y aquí empieza el período más deplorable de mi existencia. La acusación á que sucumbí estuvo basada en las locuras que hice para sostener los gastos de Lea. Tenía para vivir cómodamente como soltero y para sufragar todo el costo de la vida del gran mundo. En esta época había ya empezado á gastar la herencia de mi padre, pero las tierras que había vendido eran de poco rendimiento y mis rentas no habían disminuído gran cosa. Tenía yo todavía cuarenta mil francos de renta.

Apenas si esa cifra hubiera sido suficiente para los gastos de Lea y para los míos si una prudente economía hubiera reglado las necesidades corrientes; pero el desorden de Lea era incurable y yo no era tampoco muy previsor. Ello fué que al cabo de unos meses me encontré en los más graves apuros. ¿Para qué recordaros los detalles de aquella triste época? Los conocéis tanto como yo. Usted, Marenval, me ayudó en diversas ocasiones á pagar deudas urgentes que me hubieran comprometido sin recurso, y tú, Cristián, trataste de arrancarme á mi disipación y á mi rebajamiento. El juego había llegado á ser mi único recurso, y para sostener mis fuerzas aniquiladas por las noches enteras que pasaba en las mesas de baccará, me di á la bebida.

Durante aquellos años malditos en que me visteis descender paso á paso hasta el fango del arroyo, mi inteligencia y mi corazón estaban atrofiados. Vivía como un bruto y los destellos de razón que se manifestaban todavía en mí, no servían más que para satisfacer mis vicios. Porque mientras Lea se adhería más y más á mí, viendo mis esfuerzos por hacerla vivir dichosa, yo empezaba á cansarme de ella y la engañaba. Lo mejor hubiera sido, sin duda, renunciar á ella, refugiarme en mi familia, arreglarme y empezar de nuevo á vivir; era yo tan joven que todo hubiera sido posible. Pero insistí en mis relaciones con una especie de obcecación estúpida como si el renunciar á Lea fuese prescindir de todos los sacrificios que había hecho por ella. Me encontraba en la situación de un jugador que busca el desquite. Y, además, tenía miedo á su carácter exaltado.

Aquella mujer altanera y violenta tenía á veces recaídas en el orgullo de su antigua condición que le hacían terrible. Un día en que su criada, la misma á quien toleraba tan extrañas familiaridades, le contestó no sé qué insolencia, se arrojó á ella, la tiró al suelo y por poco la hiere gravemente. En aquellos momentos, decía, sería capaz de matar y no tendría miedo á un hombre. Tantas veces me había amenazado con su cólera si la engañaba, que si no temía violencias contra mi persona, podía pensar que acaso, atentase á la suya.

—¿Qué me quedaría si te perdiera? me decía. Mi vida caería en ruinas. Todo lo he abandonado por ti. Cuando te conocí era todavía una mujer del gran mundo. Ahora ¿qué soy? una entretenida. Mi familia no quiere nada conmigo y ni siquiera responde á mis cartas. Recibo mi modesta pensión por medio de un banquero. He roto por ti con mi pasado y tengo derecho á tu porvenir.

Vignot, el ilustre compositor, entusiasmado por su voz y por su estilo quería ajustarla en la Ópera para interpretar el principal papel en su nueva obra. Pero ella no aceptó, por cumplir la promesa hecha á su familia de no cantar en público. Yo la incitaba á aceptar las proposiciones de Vignot para ver si Lea se bastaba á si misma y se aligeraba así el pesado fardo de mis deudas. Acaso también, en el entusiasmo del éxito, se hubiera separado de mí para ponerse en condiciones de admitir los ricos y brillantes adoradores que no hubieran dejado de asediarla. Pero su indolencia y su voluntad estaban de acuerdo para hacerla rehusar las contratas y seguía viviendo inactiva, en el desorden y en el descuido. Recibía á sus compatriotas y á mis amigos, algunos de los cuales le hicieron la corte, sin que esto me inspirase cuidado alguno. Me hubieran hecho un servicio quitándomela y esto bastaba para que ninguno lo lograse. Cristián era el único que nunca había simpatizado con Lea y había hecho todo lo posible para hacerme romper aquella unión, hasta el punto de regañar momentáneamente conmigo y de un modo más definitivo con ella.

Sorege, por el contrario, no escaseaba los elogios sobre la bondad, los encantos y la distinción de Lea. Si sus expansiones no se hubieran realizado en mi presencia, hubiera yo podido sospechar que estaba enamorado de Lea, de la que era fiel amigo y confidente. Mi hermana, con la que quiso casarse, le rechazó, y Sorege iba muy poco á casa de mi madre, á donde yo mismo no concurría con frecuencia. La hostilidad de Juan contra Tragomer se traducía en continuas insinuaciones y hábiles sarcasmos.

Era el tercer año de mi unión con Lea y la situación se había puesto más grave que nunca. Una locura completa se había apoderado de mí y debía conducirme á una catástrofe. Por lo general Lea no recibía en su casa más que hombres, convencida, con razón, de que la sociedad de las mujeres es inútil cuando no peligrosa.

—Si traigo una mujer á mi casa y es fea, mis amigos no encontrarán placer alguno en su presencia, y si es bonita, arriesgaré el perder mi amante.

Solamente cuando me creía unido á ella con lazos más fuertes, hizo una excepción á esa regla y esta fué la causa de mi perdición. Lea había conocido á una joven muy elegante, muy linda y una cantante agradable, que le agradó por la gracia de su carácter y por una atracción misteriosa y perversa de que no la hubiera creído capaz, pues poco viciosa y muy amante del hombre, nunca Lea me había parecido dispuesta á ciertas aberraciones. Su nueva amiga se encargó de modificar sus costumbres, y mi amante, con el ardor que ponía en todo, llegó á estar tan celosa de Juana Baud como hubiera podido estarlo de mí.

Hasta entonces ni Marenval ni Tragomer habían hecho un gesto ni pronunciado una palabra y habían dejado hablar á Jacobo con la esperanza de coger algún indicio útil ó algún dato nuevo. Pero cuando pronunció el nombre de Juana Baud, los dos se dirigieron una mirada. La luz empezaba á abrirse paso y la aparición de Juana Baud en la existencia de Jacobo y de Lea daba una importancia decisiva al descubrimiento de Tragomer. El lazo entre Jenny Hawkins y Jacobo aparecía ya, y aquel primer hilo de la trama en que el desgraciado había sido envuelto, se dibujaba á los ojos de los dos amigos.

—¿Qué hay en mi relato que os asombre particularmente? preguntó Jacobo.

—Ese nombre de Juana Baud que pronuncias por primera vez.

—Tenía serias razones para no hablar de esa joven. Las comprenderéis cuando os cuente toda mi aventura.

—Un sencillo detalle antes de reanudar tu relación… ¿Cómo era esa
Juana Baud? ¿Alta ó baja, rubia ó morena, de ojos azules ú oscuros?
Haznos su retrato en lo posible.

—Cuando la conocí por primera vez en casa de Lea, era una encantadora muchacha de veinticinco años, de alta estatura, piel muy blanca, hombros, admirables, pelo negro y ojos grises. Formaba con Lea una pareja encantadora, pues tenían la misma estatura, las mismas líneas suntuosas y el mismo vigor. Solamente, Lea era tan rubia como Juana morena. Creo que el efecto extraordinario que ambas producían contribuyó por mucho á su mutua afición, pues estaban orgullosas de ese efecto y trataban de producirle.

—Una pregunta todavía, dijo Tragomer. ¿Lea Peralli no se teñía el cabello?

—Sí. El color rubio á lo Ticiano de su pelo no era natural. Yo no la he conocido sino rubia, pero ella debía ser de color castaño oscuro… Se hacía rizar el pelo, mientras que el de Juana Baud era rizado naturalmente.

—Está bien, dijo Cristián. Puedes continuar.

Se volvió hacia Marenval y añadió con un gesto de satisfacción:

—Ahora sé ya á qué atenerme.

—Permanecí bastante tiempo, prosiguió Jacobo, sin sospechar las razones secretas que aquellas dos mujeres tenían para no separarse. No se mostraban en público, pero yo encontraba continuamente á Juana en casa de Lea y cuando ésta salía sin mí, iba siempre á casa de su amiga. El pretexto para su unión fué el deseo de Juana Baud de recibir de Lea lecciones de dicción italiana, á fin de dejar la opereta y dedicarse á la ópera seria. Para ello empezaron á trabajar formalmente.

No se separaron ya, y yo, distraído por mis ocupaciones, por mis apuros y por mis placeres, no podía imaginar lo que tenía de apasionado la ternura que se dedicaban las dos mujeres. Sorege fué el que me llamó la atención sobre ese asunto. Con su prudencia habitual y por medio de insinuaciones, despertó mis sospechas y me incitó á comprobarlas. Sorege parecía indignado contra ellas, echaba pestes contra tales vicios, que á mí me tenían sin cuidado, y al oirle se hubiera creído que era el amante de una de ellas. Le vi exasperado hasta tal punto, que le pregunté si estaba en relaciones con Juana Baud. Él, entonces, cambió de fisonomía, se dominó y echó el asunto á broma. Lo que me decía, aseguró, era por mí. ¿Qué le importaba á él semejante cosa? Es verdad que no podía ver á las mujeres que tenían tales gustos, pero en aquel caso no veía sino á mí, ni se preocupaba más que por el ridículo que yo pudiera alcanzar. Yo estaba tan desmoralizado por mi mala vida, tan gangrenado de pensamiento y de corazón, que el pensamiento de que Lea me era infiel en condiciones tan inesperadas no me inspiraba repulsión ni cólera.

Pensé, no sin complacencia, en el cuadro encantador que debían ofrecer aquellas dos hermosas criaturas y desde aquel momento se apoderó de mí la curiosidad malsana de poseer á Juana. Las espié y pronto adquirí la evidencia de sus tratos, pues descubrí sus costumbres y sus horas de cita. En sus relaciones había extraños refinamientos de vicio, en los que se descubría la imaginación ardiente de Lea.

Una vez, en una reunión, estuve á punto de sorprenderlas en el cuarto de mi amada. Tenían un modo especial de darse citas, aun en mi presencia, sin que pareciese que se hablaban. Lea, como por juego, cogía á Juana en sus brazos y se ponían á bailar desenfrenadamente, hasta que faltas de aliento, casi asfixiadas, caían en un sofá, donde permanecían juntas como en una especie de letargo. Un día llegué á casa de Lea á eso de las cuatro y la encontré con el sombrero puesto y con aire preocupado. Me acercó la frente á los labios y me dijo distraídamente:

—Tengo que salir por una hora. Mi padre me envía un recado con un amigo suyo y es preciso que vaya hoy mismo á verle al Gran Hotel, pues se marcha mañana á Londres.

—Entonces me voy. Hasta la noche.

—No; quédate un momento. He dado asueto á los criados. Juana debe venir en seguida y quiero que la recibas y le digas que me espere. Vamos á comer juntas.

—Bueno…

En el momento se me ofreció imperiosamente la idea de apoderarme de la amiga de Lea. La hora era propicia; la casa estaba vacía; todo se arreglaba á medida de mi deseo. Dejé marcharse á mi amada y esperé á Juana, que llegó sonriente, vestida con un traje de seda gris y con un sombrero de flores azules que daba á su cabello oscuro y á su cutis pálido un brillo extraordinario. No pareció extrañar la ausencia de Lea, se quitó el sombrero, tiró los guantes sobre la mesa y se sentó á mi lado. Yo no sé verdaderamente lo que le dije; creo recordar que hablé de su belleza. Juana apoyó la cabeza en el respaldo del sofá, cerca de la mía y recuerdo que mi boca, casi junta á su oreja, le tocaba el cuello con la punta del bigote. Juana no se retiraba y yo la veía estremecerse dulcemente. Su cara, de perfil, me mostraba unos labios entreabiertos sobre admirables dientes y su persona emanaba un perfume de heliotropo que se me subía á la cabeza. Al cabo de un instante pasé el brazo al rededor de su talle, la atraje hacia mí y, sin ninguna resistencia, aquella mujer fué mía.

Á partir de ese momento tomé la firme resolución de dejar á Lea. Juana era una querida encantadora, mucho más mujer que la altiva italiana. Me confesó que me amaba hacía mucho tiempo y que muchas veces había tenido impulsos de decírmelo. Yo no hice ninguna alusión á sus extrañas relaciones con Lea, pero, cosa asombrosa, me sentí más celoso de ella que lo había estado de mi querida y me propuse estorbar sus encuentros, nuevo Bartolo de aquellas singulares Rosinas. Pude, por otra parte, convencerme por síntomas muy elocuentes, de que Juana rehusaba ya á Lea ciertas intimidades, y la rabia, la amargura y la rudeza de ésta se manifestaron con una increíble libertad. Si yo la hubiera ayudado un poco, creo que Lea se hubiera quejado á mi del abandono de su amiga.

Mi amada tuvo entonces una recrudescencia de entusiasmo hacia mí y tuve que consolarla de las traiciones de que yo mismo era cómplice. Pero mi nuevo capricho era demasiado imperioso para que yo pudiera engañar por mucho tiempo á Lea. Todos los días me separaba más de ella; hasta que resolví jugar el todo por el todo para recobrar mi libertad. Para esto me hacía falta una suma importante, á fin de liquidar con Lea y dejarla con qué vivir por lo menos un año. No había que pensar en recurrir al crédito, pues le tenía agotado hacía mucho tiempo. No me quedaba más medio de salir del apuro que recurrir al juego y librar una batalla decisiva.

Reuní todo el dinero que tenía disponible, vendí mis últimas alhajas y algunos objetos de valor y me puse á tallar en el círculo durante dos noches, en las que llegué á ganar ciento ochenta mil francos, lo bastante para ponerme á flote durante algún tiempo. Pero no me dí por satisfecho y resuelto á violentar la suerte, me puse á tallar la tercer noche con todas mis ganancias delante de mí. Quería doblarlas para dar una suma importante á Lea, pagar mis deudas y realizar el proyecto que había formado de marcharme al extranjero. El momento que pasó entre la satisfacción de verme con una suma que me permitía liquidar mi situación, y la resolución que formé de jugar ese dinero para duplicarle, fué el más importante de mi vida. Si en aquel minuto hubiera tenido el valor de retroceder, estaba salvado. Mi unión con Lea hubiera cesado por la fuerza misma da las cosas; no tenía más que decir una palabra á Juana Baud para romper con ella. Hubiera vuelto á mi casa y la vida de familia me hubiera regenerado.

¿Pero cómo había yo de tomar una resolución tan cuerda? Mis buenos instintos parecían muertos y sólo sobrevivían en mí las malas tendencias. Había olvidado á mi madre, que lloraba, y á mi hermana, que me suplicaba. No tenía más ley que mi capricho y mis pasiones; era un ser despreciable y cobarde. Vi á mi madre suplicarme de rodillas que no la abandonase, que no deshonrase su vejez, y permanecí sordo á sus súplicas, y me reí de su desesperación…

¡Cuántas veces en mis noches de horror, encadenado á mis compañeros de miseria, he recordado aquellas repugnantes escenas, en las que tenía el valor de oponer á las lágrimas de mi madre un cinismo burlón y feroz! ¡Cuánto he deplorado aquella ceguera que me entregaba á los consejos pérfidos de mis aduladores y de mis parásitos y me impedía ver la actitud suplicante de dos ángeles que querían salvarme!… Pero yo estaba destinado á la desgracia y, debo confesarlo, muy justamente.

La tercera noche, como si la suerte hubiera querido hacerme pagar sus favores desperdiciados, perdí todo lo que tenía, más cincuenta mil francos que el mozo de la sala de juego me prestó bajo mi firma. Aquel día llegué á casa de Lea aniquilado, embrutecido, y mi querida vió fácilmente que me ocurría alguna desgracia que yo juzgaba irreparable. En efecto, todo cuanto tenía estaba en manos de los usureros. Mi madre había ya pagado por mí sumas importantes. Mis amigos, cansados de prestarme dinero que nunca les devolvía, empezaban á huir de mí. Había llegado á un momento en que no tenía más que dos partidos que tomar: matarme ó marcharme al extranjero.

No me resultaba el primer medio y en cambio el segundo se adaptaba muy bien á mis proyectos. Pero necesitaba, por el honor de mi nombre, pagar mi deuda de juego, cincuenta mil francos que era urgente encontrar… Aquí, amigos míos, el rubor me asoma á la cara, tan deshonroso es lo que tengo que contaros… Lea me ofreció sus alhajas para empeñarlas. Si hubiera rehusado, si hubiera ido una vez más á los pies de mi madre, estoy seguro de que se hubiera aún sacrificado para sacarme del mal paso; pero hubiera tenido que hacer promesas, arreglarme, dejar mi vida infame y entrar en la tranquilidad de la vida de familia. No quise hacerlo. La muerte ó la fuga, pero no la honradez.

Acepté el ofrecimiento de Lea y me llevé sus perlas, sus zafiros, sus brillantes, con la decidida intención, oidlo bien, de no volver á presentarme delante de ella. En el Monte de Piedad obtuve ochenta mil francos. Envié la papeleta á Lea para que pudiera desempeñar sus joyas con el dinero que yo pensaba enviarle, y fuí á pagar mi deuda. Vi en su casa á Juana Baud que estaba preparada para acompañarme á Londres, y obtuve de ella que fuese á reunirse conmigo el día siguiente en el Havre. Y en seguida me fuí á almorzar con Sorege, el único de mis amigos á quien podía confiar mis desdichas y mi viaje.

Su sorpresa pareció muy grande al saber que había yo llegado á tales extremos. Me afeó el préstamo aceptado de Lea y puso cuanto tenía á mi disposición, pero no era bastante para sacarme del apuro. Se ofreció amistosamente á servirme de intermediario para anunciar á Lea mi viaje y me hizo observar que acaso fuese peligroso enterarla del país á que me dirigía. Me acompañó á mi casa, me ayudó á terminar mis preparativos y me acompañó á la estación. Allí me abrazó afectuosamente y me pidió que le escribiera si tenía necesidad de algo. El tren partió y no volví á ver á Sorege hasta la audiencia, donde declaró con una mesura y una habilidad que me fueron muy favorables.

No ignoráis cómo fuí preso y llevado á París ni cómo terminó esta trágica aventura. Sabéis ahora todo lo que pasó, lo que oculté al juez de instrucción, á mi abogado y hasta á mi madre. No quise comprometer en las peripecias de éste proceso á la pobre Juana Baud, que no había cometido más falta que la de amarme. Con un dulce agradecimiento de mi corazón, la aparté de aquel drama de lodo y de sangre. Juana debió marchar á Inglaterra, donde tenía un ajuste para el teatro de la Alhambra. No sé qué habrá sido de ella, pero deseo que haya sido más feliz que yo. No es justo que todo el que ha intervenido en mi lúgubre destino, haya sido inexorablemente herido por la desgracia.

Jacobo se calló cuando la tarde declinaba. El día se había pasado entero en el desarrollo de aquel terrible relato. Hacía mucho tiempo que Tragomer y Marenval no fumaban, suspendidos por el interés ardiente de aquel drama al que estaban mezclados tan de cerca y cuyos resortes secretos sabían mejor que el mismo protagonista. Se produjo un largo silencio durante el cual Jacobo se repuso de la emoción que le había producido el recuerdo de las peripecias de su historia. Tragomer fué el primero que tomó la palabra y dijo con su habitual sangre fría:

—Mi querido Jacobo, tu sincera confesión tiene el mérito de no dejar duda alguna en nuestro espíritu. Adivino en la satisfacción de Marenval que la verdad le salta á los ojos como á mí.

—Perfectamente, apoyó Cipriano. Es claro como la luz del día.

—Pero, continuó Cristián, es necesario, por mucho que lo deplore, hacerte saber qué ha sido de Juana Baud. La pobre muchacha no ha tenido el destino dichoso que tú le deseas, porque en el momento en que te prendían, estaba muerta.

—¡Muerta! exclamó Jacobo. ¿Cómo?

—Mi querido amigo, es la evidencia. Puesto que Lea Peralli está viva y anda por esos mundos con el nombre de Jenny Hawkins, después de haberse hecho llamar durante algún tiempo Juana Baud, es que ésta estaba muerta. La mujer de la calle Marbeuf, tu pretendida víctima no era otra que Juana Baud.

—¡Pero es imposible! dijo Jacobo.

—Es cierto, contestó Cristián. La identidad de la víctima debía ser establecida por su presencia en casa de Lea. ¿Quién si no Lea podía ser asesinada en la calle de Marbeuf? ¿Quién podía llevar sus vestidos, su ropa interior, sus alhajas? ¡Oh! las precauciones para engañar todas las miradas fueron adoptadas admirablemente… La mujer fué desfigurada por las balas del revólver, pero ¿quién había de dudar que era Lea Peralli? Juana Baud, tú lo has dicho, tenía la misma estatura, la misma amplitud de líneas. ¿Quién podía imaginar una sustitución? Tú mismo no dudaste. Te enseñaron la mujer muerta y la reconociste sin vacilar. Y, sin embargo, Lea está viva y Juana ha desaparecido.

—Pero, dijo Jacobo, la muerta era rubia y Juana Baud tenía el pelo castaño oscuro…

—¡Necio! exclamó Cristián; ¿no te he preguntado si Lea se teñía el cabello?

Freneuse hizo un gesto de horror y sus ojos se hundieron bajo las fruncidas cejas.

—¡Ah! dijo Tragomer. ¡Empiezas á comprender! ¡Ves la atroz y fúnebre operación que se hizo sufrir á la desgraciada víctima! Los que han fraguado esta intriga sangrienta tenían una admirable sangre fría. Vistieron á la muerta, la adornaron y la tiñeron el cabello antes de desfigurarle la cabeza á balazos. Querían, seguramente, perderte, pero no querían menos salvarse. Cesa de dudar la evidencia. Todo es seguro ya. ¿No fueron á retirar las alhajas del Monte de Piedad el mismo día del crimen? Tú no pudiste hacerlo puesto que no tenías la suma necesaria y habías enviado á Lea la papeleta. Te han acusado de haberlas vendido porque había que dar una explicación al desempeño y porque la justicia quiere comprenderlo todo. Pero lo cierto es que Lea recuperó sus alhajas antes de partir. Todo estaba arreglado de este modo para hacer de ti un ladrón y un asesino. En vano te has defendido; en vano has enseñado los treinta mil francos que te quedaban del empeño después de pagar la deuda de juego; en vano has hecho presente que puesto que habías partido, no podías haber desempeñado las alhajas. Te han respondido con la afirmación de que habías vendido la papeleta y tu pérdida se ha consumado. Todo se encadenaba entonces en el crimen. Mataste á Lea para apoderarte de la papeleta. El robo y el asesinato aparecían lógicos y era todo lo que hacía falta para la garantía de la sociedad y el triunfo de la justicia…

Jacobo, con la frente inclinada, no escuchaba ya; soñaba. Tragomer le había convencido y los resortes secretos del asunto se le aparecían ya claramente. Pero habían sido tan hábilmente dispuestos que conociéndolos ahora, viéndolos, por decirlo así, funcionar, se preguntaba cómo hubiera podido escapar de ellos y si lograría aún coger á los culpables. Á este pensamiento levantó repentinamente la cabeza y rojo de cólera y con la mirada chispeante, preguntó:

—Pero, en fin, ¿quién ha cometido esa acción espantosa? Tú, Tragomer, que conoces tan bien todas las circunstancias del crimen, ¿conoces á los criminales?

—Aquí, amigo mío, entramos en el terreno de las hipótesis. Lo que resultó cierto para Marenval y para mí después de nuestras primeras averiguaciones, fué tu inocencia. Los medios de establecerla eran menos seguros. Teníamos que habérnoslas con personas tan hábiles, que hubiera bastado ponerlas en guardia para hacer imposible toda investigación. Lea Peralli, advertida por Sorege, hubiera desaparecido y échate á correr por el mundo tras ella… En suma, hasta ahora no hay sino apariencias de culpa, pero terribles, contra Lea y contra Sorege. ¿Pero á qué motivos han obedecido? Por muy poderosas que sean las presunciones morales que pueden deducirse de tu relato y de las relaciones que existían entre Juana Baud y tú, no pasan de ser presunciones. Necesitamos pruebas formales y vamos á buscarlas contigo. Por eso era preciso librarte. Si hubiéramos esperado el triunfo de tu inocencia, nuestra vida y la tuya se hubieran agotado en investigaciones acaso infructuosas. Hemos, pues, preferido empezar por el desenlace y abrirte las puertas de tu prisión. Ahora estás libre para obrar. La primera parte del drama se termina y va á empezar la segunda.

Jacobo permanecía meditabundo ante el pavoroso problema que se planteaba y Marenval tomó la palabra:

—Observe usted, querido, que lo verdaderamente raro en este asunto es que hay en él un verdadero desafío al buen sentido. Tan imposible parece desenredarlo, que antes de partir consultamos á un magistrado de los más eminentes, Pedro Vesín, pues que puedo nombrarle, y su asombro fué igual á su curiosidad, pero no puso en duda ni un instante que nos esperaba un fracaso. Es la lucha, nos dijo, del puchero de barro con el de hierro. ¿Qué hacer contra ese poder formidable que se llama la justicia? Está blindado por sus códigos, atrincherado en sus estrados y defendido por todos sus auxiliares jurídicos, y es invulnerable por la necesidad social que impone la infalibilidad de sus sentencias. ¿Y vamos á emprenderla contra esa Bastilla más impenetrable que la primera, pues contiene el palladium del orden y abriga la soberana majestad de la razón de Estado? Pues bien, sí; vamos á intentar la aventura. ¡Es extravagante! ¡Es incomprensible! Tragomer y yo hemos arriesgado ya el presidio por arrancar á usted de él y por combatir á la fuerza pública, conduciéndonos como piratas… Pues no nos importa. Hemos tomado nuestro partido y nunca el proverbio de que el fin justifica los medios puede tener mejor aplicación que en este caso. Queremos llegar á nuestro fin á toda costa y cuando hayamos probado que era usted una víctima y no un culpable y que se le tenía encerrado á consecuencia de un monstruoso error judicial, veremos si en el país de la audacia y de la generosidad hay gendarmes para detenernos y jueces para castigarnos. Yo no tengo ningún remordimiento, ninguna inquietud, ninguna vacilación. ¡Y este viaje me encanta!

El ingenuo buen humor de Cipriano normalizó los crispados semblantes. El contraste entre la gravedad de los actos realizados y la placidez del que los llevaba á cabo daba á su declaración un picante sabor. Con indiferencia sublime, pisoteaba las leyes y desafiaba á los poderes públicos como un héroe ó como un bandido. Y bien sabe Dios que Marenval, con su cara de beatitud, sus mejillas rosadas encuadradas de patillas grises y sus ojos bonachones húmedos de alegría, no tenía el menor aspecto de bandido ni de héroe, sino de un ricacho viajando para divertirse. En efecto, aquellos tres hombres sentados en sus rocking-chairs bajo la ondulante toldilla, acariciados por el fresco de la tarde, mecidos por las olas y alumbrados por los rayos oblicuos del sol poniente, en aquel lindo yate que volaba hacia las colonias holandesas, más parecían gozar de las delicias de la vida que buscar el secreto de la muerte.

—Ya que os he contado, dijo Jacobo, lo que no conocíais de mi aventura, decidme lo que yo ignoro de vuestras pesquisas. Tragomer no me explicó nada preciso cuando vino á buscarme á la isla Nou. Deseo saber en qué condiciones se va á presentar la lucha con nuestros adversarios, qué hace Sorege y dónde está Lea.

—Puedes comprender, querido, dijo Cristián que cuando te vi en la isla, tenía algo más que hacer que contarte historias. Era preciso ante todo sacarte de allí y tú no parecías muy decidido á seguirme. Ahora que tenemos dos meses por delante para discutir y combinar, podremos utilizar el tiempo. Lo que importa que sepas desde ahora es que Jenny Hawkins irá á Europa en primavera y cantará en Londres por primera vez desde que cambió de nombre. Se cree bastante segura de su transformación para afrontar las miradas de los que la conocieron en otro tiempo. Y es lo cierto que habiendo dudado yo cuando la vi con su cabello oscuro, los que la han frecuentado poco no podrán conocerla ó descubrirán, cuando más, un parecido que nada tiene de extraordinario. Sorege ha arreglado muy hábilmente sus asuntos para ir á pasar la temporada en la isla de Wight y en Londres con su suegro y su prometida. El bueno de Harvey no sospecha que él mismo va á conducir á Sorege ante Jenny Hawkins. Vamos, pues, á caer como una bomba en medio de las combinaciones de tus enemigos que no han podido concertarse y que tendrán que defenderse en un terreno difícil y molestados por toda especie de estorbos sociales; lo que vendrá muy bien para hacer igual la partida y darnos probabilidades de triunfo.

—¿Luego se casa Sorege? dijo Jacobo pensativo… Y con una americana… rica, sin duda…

—Enormemente rica. Su padre es el rey de la ganadería. Una especie de pastor archimillonario; un Labán del que Sorege quiere ser el Jacobo. Ha estado ya con él á inspeccionar sus rebaños en el Far-West, el año pasado. En ese viaje descubrí su complicidad con Lea.

—¿Y cómo es su prometida?

—¡Ah! ¿Eso te interesa? Ya la verás. Es una americanita impetuosa y fantástica, que no será fácil de conducir. No doy diez céntimos por Sorege como ella sepa sus villanías…

—¿Piensas que ni Lea ni Sorege sospechan la posibilidad de mi aparición?

—¿Cómo han de sospecharla? Te creen tan definitivamente enterrado como á la mujer asesinada. No puedo dudar que Sorege tuvo cierta inquietud al verme hacer averiguaciones sobre la existencia de Lea y sobre sus relaciones con ella. Su actitud, sus palabras, todo me prueba que adivinó que yo poseía parte del secreto. Pero entre esa parte y el todo hay tal distancia, que tiene la convicción de que nunca llegaré á descifrar el enigma. Y no se equivoca después de todo, pues aun después de nuestra audaz tentativa estamos á merced de los sucesos y de los individuos y va á ser preciso que tú mismo aparezcas para confundirle y desenmascarar á su cómplice.

—Lo lograré, estoy seguro, dijo Jacobo con firmeza. No habréis hecho por mí inútilmente lo que habéis hecho. Estoy comprometido en la misma empresa que vosotros y la proseguiré hasta el último límite. Si Sorege, como tú afirmas y yo empiezo á creer, ha desempeñado un papel abominable en mi terrible aventura, te respondo que será castigado como merece.

Se pasó la mano por la cara, súbitamente ensombrecida, y continuó:

—En cuanto á Lea, no sé á qué móviles habrá obedecido al procurar mi pérdida de un modo tan cruel… He cometido faltas para con ella, pero por culpable que haya sido, su venganza ha traspasado todos los límites… Si me hubiese arrancado la vida, todavía sería excusable, pero anonadarme bajo tal infamia, deshonrar á los míos y condenarnos á todos á un dolor cuyo único fin debía ser la muerte, indica un alma tan horrible, que me considero libre de obrar respecto de ella sin consideración alguna. No creo extralimitarme de mi derecho defendiéndome como he sido atacado; sin piedad. Podeís, pues, amigos míos, contar conmigo, como yo cuento con vosotros. Para vuestra justificación, para que yo me rehabilite, es preciso que logremos nuestros fines. En la lucha que comienza sólo puedo perder la vida, que no vale gran cosa, pero aun así la estimo en tanto como la de Sorege. Ahora, como decíais muy bien hace un instante, tenemos delante de nosotros dos meses para reflexionar. No hablemos ya de nada; dejadme volver á entrar en la vida libre en medio de vosotros. Tengo necesidad de reponerme física y moralmente, para estar á la altura de lo que podéis esperar de mí.

El puente estaba oscuro. La noche de los trópicos, se había apoderado bruscamente del mar y la estela del navío aparecía iluminada por misteriosas fosforescencias. La oscuridad confundía vagamente las formas de los tres amigos.

—Estamos á 15 de febrero, dijo Marenval. En este momento hace en París, probablemente, un frío del diablo y sus calles están enfangadas de escurridiza nieve. Aquí, en cambio, gozamos de una temperatura de verano… Cuando lleguemos al Mediterráneo el mes de Abril habrá traído el sol. Nos pasearemos por la costa durante algunos días para hacer notar nuestra presencia, y pasando por Gibraltar, nos dirigiremos á Inglaterra… Entonces empezará la batalla. Hasta ese momento vivamos alegremente. El tiempo está hermoso, la mar bella. En la primera escala enviaremos un telegrama á mi criado para que lo transmita á la señora de Freneuse. Una vez que esa señora esté tranquila sobre la suerte de su hijo, todo irá bien.

—Los señores pueden bajar á comer cuando gusten, dijo el camarero apareciendo en la puerta de la cámara.

—¡Á la mesa!

Cada uno de ellos cogió á Jacobo por un brazo y los tres se dirigieron al comedor.

TERCERA PARTE

IX

Jenny Hawkins volvía á su casa, á las diez de la mañana, cargada de flores que acababa de comprar en el mercado de Covent-Garden, y su doncella le dijo al abrir la puerta:

—Un caballero espera en el salón á la señora.

—¿Quién es?

—Aquí tiene la señora su tarjeta.

Juana Hawkins cogió el cuadrado de cartulina y leyó: El conde Juan de Sorege. Jenny no se tomó tiempo para quitarse el sombrero y el abrigo. Dió el brazado de flores á la doncella, abrió la puerta del salón y entró. Sentado cerca de la ventana, en aquella pieza amueblada de un modo macizo y sin gracia, á la inglesa, Sorege se entretenía en mirar la calle. Se volvió vivamente y al ver á la joven venir hacía él fresca, sonriente y animada por su paseo matinal, dijo:

—El triunfo de anoche no ha fatigado á usted, según veo, pues se ha levantado tan temprano…

Sorege le ofreció la mano, pero Jenny pareció no ver su movimiento y se acercó á un espejo donde se quitó el sombrero y se arregló el cabello mientras hablaba:

—¿Estaba usted en el teatro? La ópera fué muy bien… Novelli fué muy aplaudido… y yo no poco.

La cantante se sentó cerca de Sorege en una silla baja, al lado de la chimenea.

—Sí, estaba en el teatro y no era solo á devorar á usted con los ojos; había otras personas que se interesaban igualmente por usted…

—¿Su prometida de usted y el buen Julio Harvey, sin duda? dijo Jenny en tono irónico y con una viva mirada.

—Sí, ciertamente. Miss Harvey y su padre eran de los que más admiraban
á usted, dijo Sorege, aunque no fuera más que á título de compatriotas.
Pero no me refería precisamente á ellos, sino á dos antiguos conocidos;
Cristián de Tragomer y Marenval.

Las facciones de la cantante adquirieron gran dureza. Sus párpados, al cubrir los hermosos ojos grises, proyectaron una sombra sobre la cara y su boca se crispó.

—¿Acaban de llegar? preguntó.

—Llegaron ayer mañana. Venía á advertir á usted para que no se sorprenda si se ve repentinamente en su presencia.

Jenny hizo un gesto de cansancio.

—Creía poder contar con más seguridad. ¡Siempre este cúmulo de inquietudes y de recelos cuando creo haberlos alejado definitivamente.

—De usted depende, en efecto, asegurar su porvenir contra toda investigación importuna, dijo con placidez Sorege. No tiene usted más que representar su papel y hacer aquí lo que hizo en San Francisco, para evitar todo peligro. Nada tiene usted que temer de Tragomer aquí, donde es usted conocida de todos sus compañeros, de su director, del público y de los americanos que la aplauden hace dos años. Todos afirmarían, si fuera preciso, que es usted Jenny Hawkins. No hay más que un ser en el mundo que no se dejaría engañar por su metamorfosis y cuya presencia no podría usted afrontar sin peligro. Pero, ése no vendrá. Le hemos metido vivo en una tumba tan segura como la que tendría estando muerto. Puede usted, pues, vivir tranquila. Será preciso solamente que tenga usted la energía que sabe demostrar cuando hace falta. Es usted, Lea, una verdadera mujer, capaz de todas las generosidades y de todas las infamias. Yo la adiviné y por eso la amo.

—No, Juan; si usted me amó fué porque yo amaba á Jacobo y usted le odiaba, dijo la cantante con tristeza. Yo también conozco á usted y sé que tiene un alma atroz. ¡Oh! Es usted hábil y sabe ocultar sus verdaderos sentimientos. Yo he estado engañada durante mucho tiempo creyendo en su adhesión y en su ternura, pero he acabado por ver claro en su espíritu, á pesar de su doblez, y he encontrado en él la perfidia, la envidia, la crueldad. Jacobo fué ciertamente muy indigno, muy traidor, muy cobarde. ¿Pero qué decir de usted que aprovechó su indignidad, su traición y su cobardía para arrastrarle á la perdición? ¡Quién sabe si no abusó usted de mi credulidad y no era el desgraciado tan culpable como usted quiso probarme! Ahora, Sorege, desconfío de usted, porque sé de lo que es capaz.

Los ojos de Sorege, ocultos según costumbre, se dirigieron claros y penetrantes á Jenny, y la expresión de astuta dulzura que ofrecía su cara desapareció de repente. El conde se irguió decidido y amenazador:

—¿Qué es eso? dijo con voz áspera. ¿Tenemos dudas? ¡Dios me perdone! ¿Acaso remordimientos? ¿Está usted loca? ¿Olvida usted en qué condiciones intervine para sacarla del atolladero cuando la enloquecía el terror? ¿Es que va usted á ser ingrata, querida? Eso sería una debilidad y una gran imprudencia. No podemos evitar ciertos inconvenientes—porque se trata de inconvenientes, no de peligros—más que permaneciendo fuertemente unidos. Yo no la abandonaré, siempre que usted misma no se haga traición. ¡Qué diablo! Yo creí que tenía usted más estómago. ¿Es usted capaz de perder pie, como una francesa, en vez de tenerse firme, como verdadera italiana? Las de aquel país saben odiar y vengarse; tienen sangre en las venas. ¿Tan pronto ha olvidado usted lo que hicieron Jacobo y la otra?

—¡No! no lo he olvidado. Si la memoria de mis sufrimientos no me hubiera sostenido, no hubiera podido vivir… Y, sin embargo, he pasado noches terribles teniendo ante los ojos el espantoso cuadro de aquella mujer muerta…

Jenny dijo estas palabras en voz baja y, sin embargo, Sorege dirigió al rededor una rápida mirada como para asegurarse de que nadie había podido oir.

Con paso de gato fué á la puerta, la abrió silenciosamente, miró á la pieza contigua para ver si estaba vacía y volvió con el mismo paso felino hacia la joven.

—Se trata de no decir ni hacer tonterías, dijo con dulzura. Vamos á ver, Lea, no tienes para qué atormentarte. Yo estoy aquí para defenderte si hace falta. Si Tragomer te molesta yo me encargo de hacerle entrar en razón. Ven aquí, no pienses más que en tus triunfos y ponme buena cara, ¡qué diablo! No nos vemos tan á menudo y bien sabes cuánto te amo…

Sorege cogió la mano de Jenny y besó sensualmente su puño delicado y su fresco brazo. La joven le rechazó con dureza.

—¡Oh! Nada de hipocresías… ¿Olvida usted que va á casarse dentro de unas semanas?

Sorege se echó á reir.

—¿Y qué prueba eso? ¿Vas á pretender que no te amo porque me caso con esa mina de dollars que se llama miss Harvey? No hago sino un negocio, hija mía; no puedes ignorarlo. Cuando me haya casado y sea muy rico, olvidarás fácilmente el matrimonio para participar de la riqueza.

Jenny Hawkins permaneció un momento silenciosa y después dijo en tono grave y resuelto:

—Escuche usted, Sorege. Ha llegado el momento de que nos expliquemos francamente. Nos conocemos demasiado para tratar de engañarnos sin ninguna utilidad. Usted me ha amado, es cierto, pero ¡qué amor tan triste y tan vergonzoso! Yo he sucumbido á su voluntad y me he entregado porque me tenía usted en un peligro de muerte. Ha sido usted feroz conmigo. ¿Recuerda usted la primera noche que pasé en Boulogne cuando huía á Inglaterra con el nombre de Juana Baud? Usted me amenazó, me aterrorizó, y si alguna vez un hombre abusó de una mujer, ese hombre fué usted, aquella noche… Me forzó usted gritándome: "Ó mía ó en la cárcel". Si no hubiera cedido, hubiera usted sido capaz de ir á denunciarme antes de que pudiera tomar el vapor. ¿No es verdad? Me entregué rechinando los dientes de furor, con la cara inundada de lágrimas de angustia y sublevada de asco y de odio, mientras que usted, monstruo, parecía encantado por mis estremecimientos de espanto y de cólera… Cuanto más le rechazaba, más enloquecido estaba usted por la pasión. No parecía sino que era mi resistencia lo que usted apetecía y que gozaba más de su victoria que de su amor.

Sorege respondió impasible, con los ojos medio cerrados y sonriendo fríamente:

—Hay algo de verdad en lo que dices, pero exageras. Yo no soy un amante vulgar, pero no soy un sádico ¡qué diablo! No me es indispensable oir salir gritos de dolor de una bonita boca para gozar besándola. Me permito solamente hacerte observar, querida Lea, que tu razonamiento carece de sutilidad, pues me manifiestas tu intención de rehusarme toda bondad al mismo tiempo que me demuestras que has comprendido la energía diabólica de que soy capaz. Vamos, chiquita mía, coordina tus ideas. Si yo soy un mozo tan terrible como acabas de decir, haces mal en provocarme, pues debes estar segura de antemano de que te obligaré ó te aniquilaré…

Ambos se miraron esta vez descaradamente como dos adversarios que miden sus fuerzas. Pero Lea bajó los ojos la primera y, bien por cálculo, bien por verdadera sumisión, respondió:

—No me amenace usted. Esto es, bien lo sabe, lo que soporto menos fácilmente. Lo que me ha animado contra usted ha sido su brutalidad primera. No desconozco los servicios que usted me ha prestado, pero ¿para qué recordármelos tan duramente? Si se propusiera incitarme á la resistencia no obraría de otro modo, á no ser que su ferocidad le haga acariciar como los tigres, con las uñas…

Lea sonreía, pero la risa temblaba en sus labios, y si Sorege hubiera levantado los párpados no le hubiera gustado la sonrisa de aquella mujer. Pero acaso la veía, pues tenía el tal extrañas facultades.

—Muy bien, amiga mía, dijo; veo que te vas calmando y haces bien. He venido ahora para hablarte de los encuentros á que estás expuesta. Esta noche vendré sin objeto aparente. Esta Tavistock-Street es un sitio muy bien escogido porque es céntrico y aislado. Reconozco en esto tu tacto habitual…

Se levantó y tomó el sombrero como un visitante próximo á marcharse. Pero en él el último momento era siempre el más importante y la última frase la de más valor.

—¡Ah! Olvidaba decirte el principal objeto de mi visita… Master Julio Harvey da una comida pasado mañana y quiere conseguir que cantes en su casa.

Jenny Hawkins palideció y dijo con voz temblorosa:

—¿Quién encontraré allí? ¿Qué nueva emboscada me prepara usted? ¿Qué atroz prueba quiere hacerme sufrir?

Sorege respondió tranquilamente:

—La última prueba. Después serás dueña de tu destino y no tendrás nada que temer. Hasta podrás prescindir de mi si eso te agrada. Así habrás probado á Tragomer y á Marenval que eres Jenny Hawkins y que nunca serás para ellos sino Jenny Hawkins. ¿No vale la pena de arriesgar el golpe? Sé firme y yo te probaré que soy el hombre que te he dejado suponer. ¿Vendrás? Tengo que dar una respuesta á mi suegro y sobre todo á mi futura, que arde en deseos de conocerte. En su entusiasmo á la francesa, pretende que eres asombrosa… Asómbrala más de lo que espera, querida amiga, y harás acto de justicia.

Sorege reía y Lea estaba asombrada de su audacia. Pero eso mismo le inspiró confianza.

—Está bien, dijo. Iré.

—Perfectamente. Voy de paso á encargar el brazalete que master Harvey te va á ofrecer. Mi hombre es galante, aunque pastor, y se permite gastar quinientas libras en adornar con perlas el brazo de Jenny Hawkins. Hasta la noche, pues.

Atrajo á sí la cantante, le dió un beso fraternal en la frente y salió silenciosamente con su paso misterioso. Cuando desapareció, Lea se dejó caer desesperada en una butaca.

—¡Qué suplicio! He pagado bien cara mi salvación al precio de esta esclavitud…

Apoyó la cara en la mano y se puso á reflexionar dolorosamente. Cuando la doncella fué á anunciar que el almuerzo estaba dispuesto, la encontró en el mismo sitio, con la mirada fija y la boca contraída, repasando en la memoria sus tristes recuerdos.

Á la misma hora dos señoras enlutadas y envueltas en largos velos bajaron de un coche y, no sin inquietud, echaron en derredor una mirada. Una actividad ruidosa reinaba en el muelle del Támesis, lleno de trabajadores ocupados en descargar los steamers alineados á lo largo del puerto. El río arrastraba sus olas amarillentas entre las carenas negras de los navíos y por el puente de Londres rodaban en incesante desfile los coches y los ómnibus. En lo alto de la ribera se levantaba la Torre alta y misteriosa y la entrada de los docks De Santa Catalina mostraba su amontonamiento de mercancías.

Amarrado cerca del muelle un yate, enano rodeado de gigantes, elevaba su pabellón tricolor entre las banderas azules de Inglaterra. La de más edad de las dos damas mostró á la otra el yate:

—Ahí está Magic, dijo; descendamos al muelle.

Por una escalera de piedra bajaron hasta la orilla y pasando entre los obreros, los corredores, los marineros y los mendigos, se dirigieron hacia el tablón que unía el yate con el muelle. Al aproximarse, un joven alto y moreno apareció en la borda y salió á su encuentro.

—Aquí está el señor de Tragomer dijo la más joven levantándose el velo como con prisa de ver mejor.

María de Freneuse apareció entonces y sosteniendo á su madre, que temblaba de emoción, le ayudó á subir los escalones que conducían al puente.

—Bien venidas, señoras, dijo Cristián descubriéndose. Se espera aquí con febril impaciencia su llegada…

María levantó los ojos hacia Cristián, como para asegurarse de que esas palabras no significaban más de lo que decían, y vió la hermosa cara del joven ennegrecida por el viento del mar y por el sol de los trópicos y con una expresión radiante de triunfo.

—¿Está ahí? preguntó la joven.

—En el salón.

María le ofreció la mano al llegar á la escalera, no se sabe si para que se la besara ó para apoyarse al bajar, pero ello fué que Cristián sintió por primera vez la alegría de que se le entregase aquella mano que durante dos años le había rechazado tan duramente.

—Venga usted, madre mía, dijo la joven precediendo á la anciana.

Entraron en la semioscuridad del puente. Se abrió una puerta, se oyó un grito ahogado y enfrente de ellas, tal como lo conocían cuando era dichoso, bello, joven y sonriente, apareció Jacobo tendiéndolas los brazos. La señora de Freneuse, pálida como una muerta, permaneció un instante inmóvil, devorando con los ojos á aquel hijo á quien creyó no volver á ver; estalló después en sollozos y ocultó el rostro con las manos como si temiera que se disipase aquella visión deliciosa. Se sintió transportada más bien que conducida á un sillón y cuando abrió los ojos encontró á su hijo de rodillas que la miraba llorando.

—¡Oh! querido hijo ¿eres tú? balbució la pobre mujer. ¿Es posible que seas tú? Dios ha hecho por nosotros un milagro.

—Sí, querida madre, dijo gravemente Jacobo, pero nuestros fieles amigos lo han ejecutado. Les debemos mucho, porque no sólo han salvado mi vida, sino el honor de nuestro nombre.

—¿Cómo pagarles jamás?

—¡Oh! no hablemos de eso. El agradecimiento es dulce cuando se dirige á corazones nobles y querer pagar es privarse de un goce muy grande. Pero tranquilícese usted. Nuestra deuda es de las que se pagan cómodamente, al menos en lo que se refiere á uno de mis salvadores…

María se ruborizó á estas palabras de su hermano, pero no apartó los ojos de Tragomer y dibujó en sus labios una sonrisa. Volvió en seguida á Jacobo á quién no se cansaba de ver, de tocar y de besar. Marenval, apoyado en la pared de la cámara presenciaba esta escena conmovedora sin tratar de contener su enternecimiento. Estaba esperando hacía dos meses el momento de poner á Jacobo en los brazos de su madre y se prometía goces deliciosos. Con frecuencia decía á Tragomer: "¡Será una escena extraordinaria!" Después tuvo que confesar que él, Marenval, un perro viejo de la vida parisiense, gastado y escéptico, se había emocionado más de lo que esperaba y había llorado como un majadero. Se inclinó al oído de Marenval y le dijo:

—Dejémoslos juntos. Volveremos dentro de un instante. Me escuecen los ojos y necesito tomar el aire.

Salieron sin que las dos mujeres, en su egoísta alegría, advirtiesen siquiera su ausencia. Estaban ocupadas en indemnizarse de toda la ternura de que habían estado privadas dos años.

—¿Estás seguro, querido hijo, de que no corres aquí ningún peligro?

—No, á condición de no dejarme ver. Si mis enemigos sospechasen mi presencia podrían denunciarme. Pero esta situación no se prolongará. Dentro de unos días no tendremos que tomar precauciones para vernos.

—¡Qué delgado estás y qué pálido!

Pues he mejorado mucho desde hace dos meses… Ahora tengo pelo y bigote al menos… Si me hubierais visto cuando me escapé, os hubiera dado lástima…

—¡Tanto habrás sufrido!

—Sí, madre mía, pero he sufrido útilmente. Encerrado en aquella tumba con la certidumbre de no salir jamás de ella, he reflexionado, he examinado mi vida pasada y la he juzgada con severidad. Así he llegado á pensar que estaba pagando, con dureza, acaso, pero muy justamente, las faltas que había cometido. Un último favor del destino colocó á mi lado un sacerdote excelente, el capellán del presidio, que se interesó por mi desgracia al verme tan diferente de mis compañeros de expiación. Se dedicó á conducirme al bien y de sublevado y furioso, me convirtió en dulce y resignado. Despertó en mi alma las creencias de la infancia y me mostró el cielo como supremo recurso y la oración como único consuelo. Si durante aquellos largos días, dedicados á un trabajo grosero y repugnante, y aquellas interminables noches ardientes y febriles, no hubiera tenido la idea de Dios para calmar mi espíritu, me hubiera vuelto loco ó me hubiera matado. Había tomado esa resolución al llegar, después de pasar sesenta y cinco días encerrado en una jaula con la escoria del género humano, sin oir más que palabras infames, cantos obscenos y proyectos de venganza y viviendo ante la boca de un cañón cargado de metralla. La existencia me pareció imposible de soportar y me propuse escapar de ella dándome muerte.

—¡Desgraciado niño! gimió la señora de Freneuse poniendo sus temblorosas manos sobre la cabeza de su hijo… ¡Un suicidio!…

—¡Oh! no, madre mía; hubiera sido inútil. Desde el primer día mis compañeros me tomaron odio. Me llamaban aristócrata y niño mimado. Hay una jerarquía hasta entre esa gente abyecta, y los más infames son los más respetados. Al verme tan diferente de ellos, me tomaron por un espía y un día en que el vigilante se ausentó por unos instantes del campo en que trabajábamos penosamente al sol, se arrojaron en grupo sobre mí. Su plan era muy sencillo. Estábamos arrastrando por el camino un enorme rodillo para aplastar la piedra y decidieron echarme delante de aquella pesada masa y pasarla por encima de mí. De este modo se trataba de un simple accidente; me había faltado el pie y el rodillo, no pudiendo ser detenido repentinamente, me había aplastado…

—¡Qué monstruos!

—Sí, madre mía. Así lo pensaba yo al verme cogido y sujeto en tierra y al oírles animarse con risas espantosas á tirar del rodillo para triturarme… No tenía más que dejarlos hacer y, según mis deseos, estaba libre de la vida… Pero no sé qué instinto de conservación me sublevó contra el acto feroz de aquellos hombres y en un instante, en lugar de sufrir mi último suplicio, me defendí energéticamente. Estaba yo todavía vigoroso, á pesar de las privaciones sufridas, y de un empujón derribé por tierra á dos de mis verdugos. Los demás, asombrados por mi resistencia, se echaron de nuevo sobre mí, pero de un golpe con mi cadena eché al suelo otro… Á sus gritos y al ruido de la lucha acudió el vigilante, que se dió cuenta de una ojeada de lo que había sucedido y empuñó el revólver… Todo entró en orden, pero al día siguiente el director me sacó del medio espantoso en que vivía y me colocó en las oficinas del presidio… Allí tuve, si no más libertad, el derecho al menos de sufrir solo, de llorar sin excitar la risa y de rezar sin ser insultado. Entonces fué cuando mis ideas cambiaron poco á poco y en el silencio de mi vida claustral me convertí en otro hombre. Todo lo que más había amado en el mundo, el placer, el lujo, las vanidades humanas, me parecieron miserias y vi claramente la perniciosa inutilidad de la existencia que había realizado. Pensé que en la vida había algo más que hacer que buscar el goce y que había otros hombres que en los talleres, en las canteras, en las minas, pasaban sus días en un trabajo penoso para ganar lo necesario y, sin embargo, no habían merecido ser tan desgraciados. Con un poco de aquel dinero que yo derrochaba en otro tiempo hubiera sido fácil aligerar un tanto el peso de su miseria y hacerlos felices. Resolví entonces, si alguna vez salía de mi prisión, consagrarme á los desgraciados en recuerdo de lo que yo había sufrido. Confié mis pensamientos á un sacerdote admirable, que se había encerrado voluntariamente entre criminales para moralizarlos y salvarlos, y aquel hombre me animó, me tomó afición y se convenció de mi inocencia. Aquel fué, querida madre, un gran alivio para mí. Cuando oí por primera vez de una boca humana estas palabras: "Creo que no es usted culpable," me pareció que Dios me perdonaba por medio de su representante en la tierra y quedé penetrado de reconocimiento. Entonces hice á ese Dios de dulzura y de confianza el voto de darme á él.

—¡Qué! Jacobo, ¿quieres?…

—Hacerme sacerdote, sí, madre mía. Al mismo tiempo que un acto de arrepentimiento lo será de cordura. No nos engañemos; aun cuando haga triunfar la verdad y pruebe mi inocencia, siempre estaré marcado por una nota infamante. Una mancha como la que yo he recibido no se lava jamás por completo. Las caras de mis amigos permanecerán frías y las manos se me tenderán con vacilación. Á cada momento tendré que observar que si se me acoge es por tolerancia y que las simpatías que se me demuestren son forzadas. Será, pues, más digno retirarme de una sociedad que no estaría abierta para mí más que por caridad. Si mis convicciones no me impusieran el retirarme del mundo, me lo aconsejaría mi orgullo. Permaneceré cerca de vosotras para haceros olvidar la penas que os he causado y emplearé mi vida entera en pagaros mi deuda de ternura. Y quién sabe si comparando lo que seré con lo que he sido, llegaréis á pensar que la providencia aparentó perderme para salvarme mejor.

—¡Oh! no, hijo mío; por muy dulces que sean para mí tus promesas, jamás recordaré sin estremecerme la horrible pesadilla de estos últimos años. Mira mi semblante ajado, mi pelo blanco y mis manos temblorosas. He envejecido veinte años en veinticuatro meses hasta parecer una septuagenaria. ¿Había yo, acaso, cometido grandes pecados para recibir tan duro castigo? Porque la expiación que tú aceptas se ha hecho extensiva á tu madre y á tu hermana, y esto no es justo.

La cara de Jacobo se contrajo y su mirada se puso triste.

—Sí; por eso he de ser severo para los que me han perseguido con su odio. Me extraviaba, madre mía, cuando hablé de misericordia, de dulzura y de caridad. Todavía no ha llegado para mí la hora de la indulgencia; tengo antes que condenar y que castigar…

—¿Estás seguro de lograrlo?

—Los culpables no pueden escapar; los tengo en mis manos. Me basta presentarme para confundirlos. Su única seguridad consiste en el convencimiento de que no volveré más. Pero si conozco sus crímenes, no sé las razones que tuvieron para cometerlos. Mi justificación está sobre todo en eso. Necesito probar, no sólo que he sido condenado injustamente, sino quién fué el culpable y por qué lo fué. Á ese fin consagraré mis últimas energías de hombre; después no quiero ser sino indulgencia y mansedumbre.

—De modo, dijo la señora de Freneuse, que esa desgraciada mujer por quien hiciste tantas locuras y á la que pretendían que habías matado, está viva…

—Vive y está en Londres. Anoche cantó en Covent-Garden y asistí á la representación con mis amigos. En un palco oscuro y con la cara pintada como un actor para que nadie me reconociese, pasé la velada en presencia de Lea Peralli. Tragomer no se había equivocado; es ella… Pero se conoce en su cara la huella de los remordimientos. Á despecho de su belleza, siempre brillante, esa mujer sufre, estoy seguro. No sé qué vértigo la arrebató en el momento de cometer la acción atroz de que yo he sido responsable, pero estoy cierto de que la deplora y acaso esté dispuesta á repararla. Dentro de poco sabré á qué atenerme, pues es preciso que intente cerca de ella un paso decisivo, del que dependerá el éxito de nuestra empresa.

—¿No podría haber otra influencia que la tuya para convencer á esa mujer? dijo María. ¿No será accesible á la piedad? Si yo fuese á verla para suplicarla…

—No; es imposible. Sería ponerles en guardia sin obtener ningún resultado. Comprendo, querida María, que tienes miedo por mí y que quieres impedirme que me exponga. Temes que enloquecida al verme, Lea será capaz de armar escándalo, de llamar y de hacerme prender… No temas nada. Es una mujer demasiado inteligente para recurrir á medios tan vulgares. La discusión entre los dos tendrá un carácter muy distinto. No temo ninguna traición ni ningún golpe de fuerza. Menos seguro estaría si tuviera que habérmelas con mi excelente amigo Sorege…

—¡Ah! miserable…

—Sí, muy miserable… Ese merece todo nuestro odio y todo nuestro desprecio. ¡Pero paciencia! Esperemos á saber exactamente qué papel ha desempeñado en el drama y yo respondo de que será castigado por todo lo que nos ha hecho sufrir.

La fisonomía de Jacobo se puso sonriente y el joven se sentó entre su madre y su hermana.

—Pero bastante hemos hablado de esas atrocidades y de sus autores. Purifiquemos nuestro pensamiento y dulcifiquemos nuestro corazón. Decidme lo que hacéis y cómo estáis instaladas en Londres. No quiero que viváis ya tristes y encerradas; se acabaron los trajes negros y los velos sombríos. María es una muchacha y parece una abuela. ¿Acaso su corazón permanecerá siempre sumido en la tristeza y no se abrirá á más dulces sensibilidades?

María se ruborizó y volvió los ojos.

—Tragomer me ha confiado sus intenciones. Sé cuál fué su proceder, pero también conozco cuánta fué tu severidad. Cristián ha reparado un momento de abandono con muchos meses de perseverancia y si estoy ahora entre vosotras, á el se lo debemos, no hay que olvidarlo. Nunca sabréis, pues yo mismo lo ignoro, los prodigios de inteligencia y de valor que ha tenido que hacer para llegar á libertarme. Os diré lo poco que sé y esto bastará para llenaros de admiración y de reconocimiento hacia mis dos salvadores: Marenval y Cristián. Marenval creo que encontrará la recompensa en su misma satisfacción. Se ha conducido como un héroe y este convencimiento basta para hacerle feliz. Pero ¿y Cristián? ¿Cómo pagarle si María no se encarga de esta deuda?

La señorita de Freneuse miró á su hermano y dijo con admirable sonrisa:

—Yo sabía que podría recompensarle de todo lo que iba á arriesgar por nosotros y él también estaba seguro de que tendría en cuenta su fidelidad. No le hago, sin embargo, la injuria de pensar que lo ha hecho solamente para satisfacerme; creo que en su sacrificio ha entrado la amistad en igual proporción que el amor… Pero podéis estar tranquilos; yo me encargo de ese vencimiento…

—¿Puedo llamarle? Sería justo decirle algunas palabras de esperanza…

María asintió con un movimiento de cabeza, Jacobo tocó un timbre eléctrico, al que no acudió el camarero, sino los patrones del yate, Marenval y Tragomer. María, de pie en el salón, un poco pálida bajo la cruda claridad de los tragaluces orlados de cobre, veía llegar á Cristián. ¿Le había amado antes de rechazarlo tan duramente? Aquella altiva y grave joven no era de las que dicen ligeramente los secretos de su corazón. En aquel momento miraba fijamente á Tragomer, que con su busto de gigante y sus brazos de Hércules, temblaba de emoción.

—Quería, precisamente, hablar con usted, señor de Tragomer, dijo María con acento firme. Hace seis meses, cuando usted partió, me tendió la mano y yo le di la mía. Por parte de usted, aquello fué pedirme que olvidase sus agravios, y por la mía consentir. Acaso no era eso todo lo que usted deseaba, pero yo no podía conceder más. Después ha adquirido usted grandes derechos á nuestra gratitud y mi hermano asegura que yo sola puedo recompensar como conviene la afectuosa adhesión que usted le ha demostrado. Yo no soy de las que se muestran ingratas y penetrada de agradecimiento hacia usted, estoy dispuesta á darle la prueba que me pida.

Los ojos de Tragomer se turbaron, temblaron sus labios, quiso hablar y no pudo. Alargó tímidamente la mano y permananeció inmóvil y mudo, con el pecho agitado por una emoción indescriptible. María le ofreció su mano delicada y dijo dulcemente:

—¿Quiere usted que le dé ahora la mano que usted me pedía antes de su viaje?

Tragomer la cogió, la estrechó con efusión y llevándosela á los labios, se inclinó como delante de un ídolo y contestó:

—¡Sí, para siempre!

—Es de usted. Pero recuerde que no se unirá á la suya sino cuando el nombre de la que se la concede esté lavado de toda mancha. Seré su mujer, Cristián, cuando pueda usted casarse conmigo con la aprobación de todo el mundo.

—Esté usted tranquila, María, y usted también, señora; ese momento no se hará esperar.

Todos eran felices y Marenval saltaba de gozo, atribuyéndose toda aquella alegría. El tiempo pasaba rápido y ya declinaba la tarde cuando la madre y la hija se decidieron á dejar á Jacobo. Al bajar del yate se cruzaron con un hombre de cara distinguida y que por su aspecto parecía francés. El desconocido se detuvo para dejarlas pasar, saludó y se entró por el tablón al navío. Sin duda lo esperaban allí, porque Marenval, que se estaba paseando por el puente, le salió al encuentro y dándole un vigoroso apretón de manos, le dijo:

—Por aquí, mi querido magistrado.

—¡Silencio! dijo el visitante sonriendo; nada de nombres ni de cargos, amigo, si á usted le parece.

Y siguiendo á su guía, bajó á la cámara. Era Pedro de Vesín, que sin duda no iba por primera vez al Magic, pues conocía perfectamente el camino. En un saloncillo de fumar situado en la popa, cerca del comedor, encontró á Tragomer y á Jacobo, les estrechó la mano y dijo sentándose:

—Acabo de encontrar á su madre de usted y á su hermana. ¡Parecían encantadas, las pobres señoras! Ya era tiempo de que se aclarase su horizonte… Pero los negocios están en buen camino y traigo á ustedes noticias que les satisfarán. El comisario especial encargado de vigilar á Jenny Hawkins ha llegado y se ha puesto en relación con M. Melville, el jefe de la policía inglesa, un hombre de primer orden que va á tomar por su cuenta la dirección de las operaciones. La demanda de proceso contra Jenny no está muy adelantada… Si consideramos á la cantante como americana es sumamente difícil detenerla en Inglaterra por un crimen cometido en Francia y por el cual se ha dado ya sentencia. Si le devolvemos su verdadero nombre de Lea Peralli, se convierte en italiana y esto es otra complicación. Si estuviera en Francia todo sería fácil; un mandamiento de arresto y asunto terminado. Pero en este diablo de Inglaterra estas cosas son mas incómodas… No hay país donde la libertad tenga más garantías… La cosa llega hasta la licencia… Esta es la tierra de promisión para los malvados.

—¿Qué va entonces á hacer ese comisario? preguntó Tragomer.

—Vigilar estrechamente á la cantante y á Sorege y estar pronto á intervenir, si llega el caso. De todos modos nos informará minuciosamente de lo que hagan vuestros adversarios. Yo estoy en vacaciones y no intervengo en este asunto más que como particular; un amigo vuestro y nada más. He dejado en París mi título y mis funciones. El ministro de la Justicia, á quien fui á visitar con el fiscal del Tribunal supremo, se interesa prodigiosamente en este asunto. Es un ardiente liberal á quien gustaría que en su tiempo ocurriese la reparación de una gran injusticia. Nos han fastidiado mucho, desde hace algún tiempo, con las revisiones aventuradas y estamos encantados de intentar una ventajosa. Así verá el mundo entero que nos anima el puro amor de la verdad y de la justicia. Esto es lo que ha dicho el jefe, é inmediatamente se ha puesto de acuerdo con la policía para que todo se haga rápida y silenciosamente.

—¿Y qué ha dicho el ministro de nuestra expedición á Numea? preguntó
Marenval frotándose las manos.

—Eso, querido amigo, es lo que se llama un caso reservado y no se ha hablado de él. El informe sobre la evasión ha llegado á París, pero es imposible deducir cargo alguno contra ustedes. Las precauciones tomadas por Tragomer para disfrazar su identidad han engañado á la administración. Según el gobernador fué un barco inglés el que dió el golpe y se fué después á la Australia á todo vapor. Si ustedes no se jactan de su hazaña, están á cubierto de toda responsabilidad. Una vez que tengamos en nuestras manos las pruebas de la inocencia del señor de Freneuse, bastará que se constituya preso para que las cosas sigan su curso regular. Pero ahí está el punto capital; esas pruebas es preciso que sean materiales y todo depende de que podamos producirlas. Si no pueden ustedes obtener la confesión del verdadero culpable, la situación del señor Freneuse será muy grave y tendrá que tomar el camino de la América del Sur para vivir libre de persecuciones. La verdad es que nunca he visto asunto tan difícil ni tan peligroso. Todo es en él irregular y las leyes resultan lamentablemente pisoteadas. Confieso, sin embargo, que era imposible salir de otro modo.

—¿Desde que está usted en Londres, ha visto á Sorege? preguntó
Tragomer.

—Comí ayer con él en casa de Harvey. Se habló de usted y con magnífica impudencia, le estuvo elogiando.

—Paciencia; no me elogiará siempre. Esta es una cuenta pendiente entre los dos, que yo me reservo. Quiero decirle de una vez para siempre lo que pienso de su carácter y de sus perfidias. Si no resulta tan comprometido en compañía de Jenny Hawkins, que tengamos que dejarle arreglárselas con el comisario.

Pedro de Vesín movió la cabeza.

—¡Ah! el mozo es muy fuerte para que pueda usted reducirle tan fácilmente. Está metido en una partida de tal índole, que se defenderá con furor. Piense usted que se trata para él de ser ó de no ser, como dice muy bien sir Enrique Irving. Si triunfa, tiene los millones de Julio Harvey, sin contar el gusto de haberse burlado de nosotros. Si fracasa… ¡Ah! amigos míos, entonces será peligroso. El tigre acorralado, seguro de su pérdida, querrá hacer algunas víctimas… ¡Cuidado con él en ese momento!

—Yo he matado tigres, dijo tranquilamente Tragomer, y la cosa no es tan terrible… Usted no hace justicia á Sorege; es infinitamente más terrible.

Jacobo había asistido á todo este diálogo sin pronunciar ni una palabra y como absorto en sus reflexiones. Se hubiera podido creer que no oía. Pareció, sin embargo, escuchar con interés las últimas palabras de Cristián, pues dijo, poniendo suavemente la mano en el brazo de su amigo:

—Nadie tiene derecho de disponer de Sorege sin mi consentimiento. No pertenece á nadie más que á mi y no pienso abandonarlo ni aun á la justicia. Tendré la piedad suprema, que él no tuvo conmigo, de sustraerlo á la vergüenza. Si su infamia ha sido tal como la sospecha Tragomer, me reservo el derecho de juzgarle y de castigarle.

Tragomer bajó la cabeza.

—Es justo, dijo, y nada tengo que contestar.

—En cuanto á Lea Peralli, continuó Jacobo, no esperaréis mucho tiempo sin saber á qué ateneros. Mañana mismo tendremos una solución.

Vesín y Marenval se levantaron.

—¿Viene usted á comer conmigo? dijo el magistrado á su pariente.

—Sí, voy á vestirme y me voy con usted. Dejaremos á estos jóvenes hacerse sus confidencias.

—¿Á dónde van ustedes? preguntó Tragomer.

—Al Savoy. Es donde se come mejor.

—Y más caro.

—No comerán ustedes mejor que á bordo.

—Es posible, dijo el fiscal riendo; pero no olvide usted que, moralmente, los jueces no deben comer en la misma mesa que los procesados.

—Hasta mañana, pues.

—Hasta mañana en casa de Julio Harvey.