X

Julio Harvey habitaba un hermoso hotel en Grosvenor-Square. Tenía casa puesta en Londres como en París y todos los años su hija le llevaba dos meses á Inglaterra. Uno ó dos de los hijos de Harvey se decidían con frecuencia á ir á ver á su padre á Londres, pues en Inglaterra se encontraban más en su centro que en Francia, cuyas costumbres, ideas y gustos les resultaban insufribles. Aquellos robustos jóvenes se ahogaban en los estrechos límites de las conveniencias sociales y muy á menudo sentían deseos de quitarse el frac en plena reunión y de meterse la corbata blanca en el bolsillo. La vida al aire libre de los ingleses les ofrecía un atractivo que compensaba las tristezas de los salones.

Al salir de una comida ó de una representación se embarcaban en el Támesis ó recorrían cincuenta leguas en ferrocarril para ir á cazar zorros y volvían frescos y contentos cuando habían roto algunos remos ó reventado algún caballo. Su padre les envidiaba, pero él estaba severamente sujeto por miss Harvey, que no lo dejaba hacer todo lo que quería.

La sociedad americana de Londres, tan favorablemente acogida por la gentry como la de París por el gran mundo, rivaliza en lujo con las familias más aristocráticas de Inglaterra y tira el dinero por la ventana con más fastuoso abandono todavía que en París. No parece sino que esos advenedizos de la fortuna, que apenas cuentan un siglo de vida nacional, quieren asombrar al viejo mundo con la exhibición de su extraordinaria vitalidad. Los ingleses, aun envidiando esa expansión de fuerzas y esa potencia un poco insolente, no pueden evitar cierta predilección hacia aquellos hijos ingratos que se emanciparon de su madre. No olvidan que corre por sus venas la misma sangre y como abuelos indulgentes se sonríen ante las travesuras americanas, hasta el día en que comprendan, con su sentido práctico, que tienen interés en fomentarlas. Entonces la alianza anglo-sajona será un hecho en ambos mundos, y el águila norte americana y el león inglés harán sus rapiñas de concierto.

Por el momento sus relaciones se limitan á veladas y comidas entre millonarios, preludios de bodas que cruzan la sangre de los nobles de la conquista con la de los ganaderos de puercos y explotadores de minas. La estadística de los matrimonios por los cuales las misses de Chicago, de Nueva-York ó de Filadelfia han entrado en las más ilustres casas inglesas, es muy curiosa. Se ve en ella que la Inglaterra ha recogido más de cien millones de dollars en forma de dotes. Y los periódicos del nuevo mundo, en competencia con las agencias matrimoniales, facilitan las transacciones publicando la lista de las jóvenes disponibles en los Estados Unidos, con la cifra de sus capitales.

Cuando la industria conyugal se exhibe de ese modo, se facilita singularmente el cambio de buenas relaciones entre los países productores de maridos y las regiones cultivadoras de mujeres.

La familia Harvey tenía, pues, un pie en Francia y el otro en Inglaterra, pero Francia triunfaba, puesto que el conde de Sorege había sido admitido como futuro esposo. Sin embargo, desde que Tragomer llegó á bordo del Magic y se presentó en casa del ganadero, parecía que el prestigio de Sorege había disminuído. Los dos hermanos más jóvenes, Felipe y Edward, estaban en aquel momento en Londres, y su entusiasmo por la fuerte complexión de Cristián fué muy significativa. El cow-boy Felipe declaró sin ambages á su hermana que hubiera debido escoger al noble bretón.

—Ese, decía, es de los nuestros. Monta á caballo como el viejo Pew, que nos ha educado; es incansable andando; maneja la carabina y el cuchillo; ha pescado en los grandes lagos… ¿Por qué, con tu dinero, no has encontrado un muchacho vigoroso como el conde Cristián, en lugar de buscarte ese bicho de Sorege? Puesto que Julio Harvey y Cª. pagan el dote que tu quieres, debías haber escogido lo mejor.

—Pero, Felipe, había respondido miss Maud, lo mejor en las praderas no es lo mejor en los salones. Estando yo decidida á vivir en Europa, es acaso preferible que sea la mujer de un hombre tranquilo que de un torbellino, como tú y los demás hermanos.

—Como es para ti, es justo que sigas tu capricho, añadió Edward; pero si piensas en tu descendencia, tienes más interés en casarte con un hombre robusto que con un alfeñique. En fin, allá tú.

—Además, dijo la joven, nada prueba que el señor de Tragomer me hubiera querido; y, según él mismo me ha dicho, su corazón no está libre.

—¡All right! Entonces, no hay más que hablar.

La preferencia de sus hermanos por el sencillo, altivo y rudo Cristián, influyó seguramente en miss Maud, pues desde que, una semana antes, llegó el Magic, fué á visitarle dos veces é invitó á Cristián y Marenval á comer en casa de su padre. Además, casi todas las mañanas encontraba á los dos franceses en Hyde-Parck, donde se paseaba á caballo con sus hermanos y al paso, lo que ponía á aquellos dos centauros en un estado de abatimiento lamentable. Pero se indemnizaban después con una buena partida de cricket, en la que Tragomer manejaba el mazo con un vigor que había contribuído no poco á conquistarle el favor de los hermanos de Maud.

El día anterior al en que las señoras de Freneuse estuvieron en el yate, Marenval y Tragomer estaban dando su paseo ordinario, cuando en la orilla de la Serpentina encontraron á miss Maud que iba á pie, seguida de un lacayo y de su coche.

—¿Dónde están sus hermanos de usted, miss Maud? preguntó Cristián.

—En el círculo de los Arqueros, donde según parece hay una apuesta de las más interesantes. Paseemos juntos.

—Con mucho gusto.

Se colocaron á uno y otro lado de la joven y tomaron su paso. Después de un momento de silencio, Cristián dijo con voz discreta:

—¿Se acuerda usted, miss Maud, de una conversación que tuvimos hace seis meses, el día en que tuve el honor de ser presentado?

—Sí, perfectamente, y he pensado después en ella con un particular interés. Se trataba de su antiguo amigo Jacobo de Freneuse y lo que usted me contó me impresionó vivamente. Estaba usted tan seguro de la inocencia de ese desgraciado, que muchas veces me he preguntado qué se podría hacer en su favor.

—Bien claramente lo dijo usted aquella noche, continuó Cristián sonriendo. Y hasta me maltrató usted un poco porque no intentaba nada en favor de mi amigo. Yo, exclamó usted, si un hermano mío hubiera sido condenado injustamente, no me detendría ante nada para libertarle. El mismo Sorege bromeó agradablemente sobre esto, sin lograr que usted se calmara, tan enfadada estaba usted conmigo. Por fortuna se calmó después y nuestra amistad no ha sufrido por aquella primera impresión.

Miss Harvey miró fijamente á Cristián.

—¿Por qué vuelve usted sobro ese asunto, puesto que no le fué favorable? Conozco á usted ya lo bastante para creer que lo hace por algo. ¿Hay alguna novedad sobre Freneuse? ¿Acaso ha adquirido usted la prueba de su inocencia?

Tragomer siguió andando, con la cabeza inclinada y sin mirar á la joven.

—¿Se puede hablar con usted en confianza? miss Harvey. ¿Las mujeres de su país saben ser discretas cuando se les pide que lo sean? Eso les daría una gran superioridad sobre las mujeres de Europa, que son incapaces de resistir al deseo de hablar y dejarían cortar la cabeza á su mejor amigo con tal de soltar lo que tienen en la punta de la lengua.

—Las mujeres de América, en ese punto, somos hombres, dijo miss Harvey. Puede usted confiarles un secreto, seguro de que se dejarán matar antes que revelarlo. Somos aún medio salvajes y tenemos los defectos y las virtudes de tales.

—Pues bien, entonces tendré confianza en usted y le contaré la mitad de mis proyectos… Veo en la cara de Marenval que me quisiera ver más reservado, pero, ¡que diablo! yo me arriesgo…

—Arriésguese usted, querido amigo, dijo Marenval, pero empiece por advertir á miss Harvey las consecuencias que puede tener nuestra empresa para cierta persona que le toca muy de cerca…

Maud se detuvo bruscamente y palideció.

—¿Se refiere usted al señor de Sorege?

Tragomer movió la cabeza.

—Marenval ha hecho bien de plantear en seguida la cuestión como debe ser planteada. Ya ve usted, miss Harvey, como á la primera palabra se ha turbado, y qué peligroso es poner en conflicto su sinceridad con su interés.

Las mejillas de la joven americana se tiñeron de rojo. Echó á andar y dijo en tono decidido:

—¿Luego es cierto que Sorege está metido en el asunto en cuestión? Pues no crean ustedes que mi carácter me consiente ilusionarme en lo que le concierne. ¿Qué mujer sería yo si pudiendo saber la verdad respecto del hombre cuyo nombre debo llevar, rehusase el conocerla? Si ha cometido una mala acción, ¿la habría cometido menos porque yo me case con él? Taparme los ojos para no ver sería imitar al avestruz, que esconde la cabeza creyendo evitar el peligro. El señor de Sorege no tiene fortuna, no es un genio, no posee una instrucción excepcional; no tiene más que su nombre. Si ese nombre no está sin mancha, no le quiero por nada del mundo.

El golpe fué seco y duro como un latigazo. No se podía dudar de la buena fe de la joven, en cuyos ojos brillaba la franqueza.

—Pues bien, va usted á oir la verdad puesto que quiere saberla. En lugar de irnos á pasear por las costas de Egipto y de Siria, Marenval y yo hemos atravesado el istmo de Suez y por el mar de las Indias y Batavia llegado á la Nueva Caledonia. Con nombre y documentos falsos he bajado á tierra, he visto á Jacobo de Freneuse y el día siguiente, Marenval y yo, después de una espantosa escaramuza, le hemos arrebatado á viva fuerza.

—¿Es posible? exclamó miss Harvey entusiasmada. ¡Marenval y usted! ¡Dos franceses, dos hombres del gran mundo, han hecho eso! ¡Oh! Si Felipe y Edward lo supieran, perderían la cabeza…

—¡Silencio! Precisamente es necesario que no lo sepan, interrumpió muy bajo Tragomer.

—¿Entonces, han traído ustedes á ese pobre muchacho?

—Está á bordo de nuestro barco.

—¿En el Támesis?

—Delante de los Docks. Su madre y su hermana van á verle mañana mismo; para ello han llegado ocultamente á Londres, pues su presencia aquí daría mucho que pensar y sólo obrando misteriosamente podemos lograr nuestra empresa.

—¡Las buenas señoras! ¡Qué felices van á ser! ¡Ah! Quisiera presenciar su alegría… Pero, díganme ustedes, porque esta aventura me apasiona, ¿han navegado ustedes millares de leguas por amistad al señor de Freneuse? ¡Ustedes, dos parisienses, han abandonado su París, sus placeres, sus costumbres, y viajado tanto tiempo, arriesgando sus vidas!…

—Marenval la arriesgó en efecto, dijo Cristián, pues por poco recibe una bala de revólver… Y si le hubiera usted visto en aquel momento… ¡Estaba soberbio!

Miss Harvey ofreció la mano con entusiasmo á Marenval y con una vibración en la voz que conmovió á Cipriano hasta el fondo del corazón, añadió:

—No pensé que usted se convertiría en un héroe; pero los franceses son capaces de todo… ¿Y usted, qué hacía en ese momento, señor de Tragomer?

—Tragomer, dijo Marenval, estaba en el agua con Jacobo, sosteniéndole, animándole bajo una lluvia de balas y en un sitio en que pululan los tiburones… Sí, miss Harvey, el episodio fué vivo… Tuvimos que echar á pique la lancha de la Administración para escapar á sus ataques; pero no hemos tirado ni un tiro, aun en defensa propia, pues no queríamos tirar contra franceses. ¡Oh! ¡De buena nos escapamos! Aseguro á usted que por la noche, cuando corríamos á toda velocidad, comimos con buen apetito…

—Su amigo estaba con ustedes, salvado por ustedes. ¡Qué alegría! ¡Y qué agradecimiento el suyo!

—Estaba como loco, pero recobró después su lucidez. Nos hemos comunicado nuestros descubrimientos y lo que él sabía y ha resultado clara la prueba de su inocencia.

Miss Harvey reflexionó un instante y dijo después con gravedad:

—¡Y esa inocencia era conocida de Sorege, según ustedes!

—No cabe duda.

—¿Podrán ustedes probarlo?

—Resultará claramente de la prueba que vamos á intentar y para la cual necesitamos el concurso de usted. Vea, pues, de lo que se trata. Pasado mañana comemos en casa de su padre de usted con algunos de sus amigos. Manifieste usted desde hoy el deseo de tener en su casa esa noche á la cantante Jenny Hawkins, de Covent Garden. Sorege la conoce y si usted sabe pedirlo, servirá de intermediario para llevar á la artista.

—Así se hará. ¿Y después?

—Nada más. El resto queda de nuestra cuenta. Es indispensable que sea usted prudente y no diga ni una palabra á Sorege. Tiene usted amigos en su casa á quienes obsequiar, ha oído en el teatro á Jenny Hawkins y tiene el capricho de hacerla venir… Si él hace objeciones, insista usted, pero no nos descubra.

—Esté usted tranquilo.

—Yo pediré á usted solamente una invitación para un joven inglés amigo mío, que irá por la noche á su casa de usted á tomar una taza de te.

—¿Cómo se llama?

—Para todo el mundo se llamará sir Herbert Carlton; para usted, Jacobo de Freneuse.

—¡Dios mío! ¿Qué intentan ustedes? preguntó miss Maud con inquietud.

—Ya lo verá usted. Puesto que este asunto le apasiona, va usted á asistir á una de sus peripecias más importantes. Usted me incitó á arriesgarlo todo para salvar á mi amigo; ahora es preciso que me ayude á llegar hasta el fin, suceda lo que quiera.

—Les ayudaré lealmente, señor de Tragomer, y si hay quien tiene algo que ocultar, peor para él. Lo primero es defender á las personas honradas.

—Cuando Jacobo de Freneuse se presente, dijo Cristián, mire usted bien á Jenny Hawkins y á Sorege. Por muy dueños que sean de sí mismos, nos entregarán su secreto por el extravío de sus ojos y la palidez de sus semblantes. Usted conoce Macbeth y sabe cuál es el espanto del asesino coronado cuando ve levantarse en medio del festín la sombra de su víctima. Examine usted á su prometido y á la cantante y verá reproducirse la tragedia. Pero tenemos que habérnoslas con personas temibles. En una situación parecida la Hawkins se dominó admirablemente y acaso ahora intente burlarnos. Con ningún pretexto le permita usted comunicar con Sorege ni salir del salón. Desde el momento en que Jacobo de Freneuse esté en presencia de sus adversarios, sólo él debe combatirlos, sin ayuda, á su placer. Usted no hará más que impedir que se le escapen…

—Doy á usted mi palabra de que así será.

—Ahora, separémonos y hasta mañana.

Miss Harvey subió en el coche y los dos franceses continuaron su paseo como si no tuvieran motivo alguno de preocupación, admirando los lujosos trenes que empezaban ya á circular por las verdes praderas del parque.

El hotel Harvey es un hermoso edificio estilo Luis XVI, edificado por el duque de Sommerset y que el americano pagó á buen precio. El decorado interior es lujoso y miss Maud ha tenido el buen gusto de conservar el aspecto antiguo de los salones, de entrepaños contorneados con bonitas aguadas á dos colores. El admirable comedor, adornado con una gran chimenea de piedra, en cuyo retablo se ostenta un fresco de Gainsborough, puede contener cuarenta convidados. Aquella noche, las señoras acababan de levantarse y una quincena de caballeros, entre los cuales estaban Cristián y Marenval, estaban haciendo los honores, según la costumbre, á unas cuantas botellas de exquisitos licores.

Los hijos de la casa se indemnizaban del malestar que les producía el frac absorbiendo algunos vasos wysky. Nuestros dos franceses no habían apenas probado los vinos desde el principio de la comida. Julio Harvey, que era muy sobrio á causa de la gota, resultaba un triste anfitrión. Sorege tenía entablada una conversación, que parecía interesarle mucho, con Geo Seligman, el gran introductor de acciones de minas de oro en el mercado europeo. Eran las diez y ya la atmósfera empezaba á ponerse cargada cuando Harvey dijo á sus convidados:

—Si tienen ustedes gana de fumar, vámonos de aquí, porque de seguro mi hija va á venir pronto á rogarnos que pasemos al salón.

—Tragomer y yo vamos á reunirnos con ella ahora mismo, si usted lo permite, dijo Marenval.

Sorege levantó la cabeza pero no siguió á sus compatriotas. Su plan de conducta debía estar bien adaptado y no era él hombre de variarlo. Hasta que llegase Jenny no había nada que temer y podía tomar respiro y reservar sus medios de acción para cuando le hiciera falta emplearlos. Marenval y Cristián atravesaron un invernadero lleno de las más hermosas plantas tropicales y refrescado por una fuente de mármol de la que corría un agua cristalina, y entraron en el salón, donde la señoras en traje de baile, ofrecían un hermoso cuadro agrupadas en torno de miss Maud.

Algunas jóvenes americanas de frescas carnes, barbilla un poco gruesa, cabello rubio, anchos hombros y largos talles, conversaban en un inglés silbado y gutural. Su conversación se refería á la cantante cuya presencia estaba anunciada y que ofrecía á los invitados de Harvey un atractivo poco ordinario. Algunas la habían oído en América, otras la habían aplaudido recientemente en Covent-Garden, y todas la conocían, pero ninguna la había visto de cerca y su reputación de artista así como su belleza de mujer hacían que su presentación fuese un verdadero acontecimiento.

Marenval y Tragomer fueron acogidos favorablemente. Aquellos franceses viajeros, ricos y amables, eran simpáticos en la sociedad americana de Julio Harvey que hasta se sentía dispuesta á perdonarles la inferioridad de no ser de raza anglosajona, lo que no era floja prueba de benevolencia. Miss Gower estaba contando una visita que había hecho la semana anterior á la Patti en su castillo de Craig-y-Nos, y tenía suspensa la atención del auditorio.

—Figúrense ustedes que hay allí un teatro en el que se pueden representar óperas enteras. Hace poco tiempo se puso en escena un baile en que la gran cantante hizo en mímica el principal papel…

—Para eso es excusado tener la más hermosa voz del mundo.

—No se puede imaginar el lujo de aquella casa. Los invitados tienen á su disposición caballos de montar y coches. Los que quieren pescar, tienen un río y un lago; los que prefieren la caza pueden cazar en los bosques ó en la llanura… ¡Aquel es un boato real!

—En nuestro siglo los artistas son los reyes del universo. Á esos no se les destrona, ni se les arroja á tiros, ni se les insulta en los periódicos. En cambio no hay gracias que no se les prodiguen, ni homenajes que no se les rindan, ni elogios que no se les tributen. Sus listas civiles no son discutidas. Cuando envejecen, se les honra y cuando mueren se les hacen funerales solemnes. ¿Y qué dan ellos en cambio de todo eso?

Una voz irónica respondió:

—¡Casi nada: su genio!

Todas las miradas se dirigieron al que acababa de hablar. Era Pedro de Vesín, que entraba. El fiscal se aproximó sonriente á miss Maud y le besó la mano. Saludó al gracioso grupo de mujeres y apoyándose en la chimenea, dijo:

—El cuadro que se acaba de trazar es halagüeño, pero tiene un reverso que es preciso mostrar. En la carrera artística, como en las demás, entra por mucho la suerte. Unos acaban en la opulencia y en la gloria y otros desaparecen oscuros y miserables como un astro que después de haber brillado largo tiempo, se oscurece y se apaga. Vosotros habéis tenido un Garrick que dejó millones y está enterrado en Westminster. Nosotros tuvimos un Federico Lemaitre que murió lleno de deudas y que reposa bajo una humilde piedra pagada por sus últimos admiradores. No envidiéis la suerte de los artistas; sufren hasta en sus triunfos. El brillo de algunos está sobradamente compensado con las tristezas de otros muchos. En resumen, dan más de lo que reciben y si ponéis en una balanza de equidad de una parte el talento del artista y de otra los bravos y el dinero de los espectadores, pesará más, ciertamente, el talento.

—Tiene usted mucha razón, dijo miss Harvey. En América desenganchan los caballos de Sarah Bernardt para tirar de su coche…

La conversación fué interrumpida por la entrada de los fumadores, que venían conducidos por el dueño de la casa. En la entrada del salón apareció un personaje que llevaba debajo del brazo unos cuadernos de música. Harvey se inclinó al oído de su hija:

—Es el pianista que acompaña á la cantante. Nuestra estrella no tardará en aparecer.

Misa Maud se aproximó al músico y le condujo al piano, que ocupaba todo un ángulo del salón. En estos momentos llegaron otros invitados y unas cincuenta personas se agruparon según sus simpatías. Estaba allí lo más florido de la colonia americana y, ciertamente, los millones de todos los que aquella noche se reunieron en casa de Julio Harvey hubieran bastado para pagar la deuda de un estado europeo. Estaban allí los reyes de los ferrocarriles, los príncipes de las minas de plata y los altos señores de la cría del carnero, del caballo y del cerdo, sin contar los soberanos del petróleo y de la construcción de vagones. Todo un Gotha de la gran industria, del alto comercio y del agro en grande escala.

Marenval, Vesín y Tragomer se colocaron en un rincón, cerca del hueco de una ventana, entre la puerta y el piano, donde no podía escapárseles nada de lo que iba á pasar en el salón. Sorege estaba al lado de la bella duquesa de Blenheim y hablaba con imperturbable serenidad. En este momento se abrió una puerta y un lacayo, dominando apenas el rumor de las conversaciones, pronunció estas tres palabras.

—Miss Jenny Hawkins.

En la puerta apareció la cantante, alta, esbelta, orgullosa, un poco pálida, pero con la sonrisa en los labios. Estaba vestida con un traje de damasco blanco adornado de encajes de oro. Un solo collar de perlas rodeaba su cuello y una peineta de brillantes chispeaba en su cabellera castaña. Con expresión imperiosa y casi amenazadora paseó una mirada por el auditorio como si buscase á los que debían atacarla y al que había prometido defenderla, y sus ojos pasaron sin detenerse por Marenval, Tragomer y Vesín, para detenerse interrogadores en Sorege. Este, siempre sonriendo, se levantó, atravesó el salón con admirable aplomo y fué á ofrecer el brazo á la cantante.

Los dos de pie, en medio de la concurrencia, parecían desafiar la suerte. La altiva frente de Jenny no se bajó y la cantante entró con paso firme en aquel salón, donde sabía que se iba á decidir su porvenir. Miss Maud y Harvey salieron á su encuentro y le dieron las gracias por su amabilidad en haberse prestado á complacerles. Y los tres franceses, desde el rincón en que estaban reunidos, no pudieron menos de admirar el valor, la sangre fría y el orgullo con que aquella mujer desempeñaba su papel. Apenas un movimiento un poco rápido del pecho y un ligero temblor de sus hermosos ojos indicaban la angustia que la torturaba. Estaba en apariencia tan tranquila como la más indiferente de las invitadas de Harvey.

Tragomer eligió aquel momento para levantarse y saludar á la cantante. Jenny le vió aproximarse y un escalofrío recorrió sus carnes satinadas, pero no volvió siquiera la cabeza. Solamente al oirle dirigirle la palabra en inglés, hizo un movimiento de sorpresa tan perfectamente ejecutado, que Cristián se quedó lleno de admiración.

—¡Ah! ¿El señor de Tragomer, creo? dijo.

Le ofreció la mano, que él estrechó, y con una soberbia tranquilidad y voz tranquila y pura, prosiguió:

—Hemos corrido bien los dos desde la noche en que nos conocimos…

—Usted ha obtenido nuevos triunfos, dijo Tragomer.

—Y usted hecho nuevas exploraciones. ¿Ha sido usted dichoso en sus descubrimientos?

Aquella frase de doble sentido fué dicha con tan fina ironía, que Cristián tembló. ¿Qué garantías de seguridad tendría aquella mujer para burlarse así de él y en aquellas circunstancias? Pero pensó que acaso intentaba intimidarle, y respondió:

—Pienso hacer á usted juez de esos descubrimientos, si es que le interesan.

—Á no dudar.

Hizo un saludo con la cabeza al joven y se dirigió al piano, acompañada por miss Harvey. Sorege fué á sentarse al lado de la chimenea y con los ojos cerrados pareció absorberse en una atención religiosa, pero no perdía de vista á la cantante. Se produjo un profundo silencio, el pianista preludió y Jenny Hawkins, como para acentuar el desafío lanzado á Tragomer, cantó el Ave María de Otello, que el joven había oído en San Francisco, en aquella velada memorable. La cantante detalló deliciosamente las angustias y las súplicas de Desdémona. Su pura y hermosa voz parecía haber ganado en flexibilidad y en extensión. Un murmullo de placer partió de la concurrencia y los invitados de Harvey, sin miedo de cometer una falta de distinción, aplaudieron con entusiasmo. Hasta los mismos cow boys, dominados por el encanto de la inspiración y estupefactos ante las sensaciones que experimentaban, desistieron de marcharse al salón de fumar, como habían proyectado.

El piano resonó de nuevo, y radiante con su traje blanco, de pie en medio del auditorio, al que dominaba por su belleza tanto como por su talento, Jenny Hawkins paseó una mirada de dominación por los concurrentes. Ahora cantaba las dolorosas quejas de la Traviata, cuando la pobre mujer siente que la muerte le roza con su ala. Los adioses á la vida, á la dicha y al amor se escapaban de sus labios en frases desgarradoras y melodiosas. De pronto y en el momento en que Jenny pronunciaba las últimas palabras y emitía con punzante sentimiento las notas de la cadencia final, sus ojos se quedaron fijos, su cara se cubrió de mortal palidez, su brazo se levantó y trazó en el vacío un ademán de terror, la voz expiró en sus labios, y apoyada en el piano para no caer, la cantante permaneció inmóvil, aterradora en su actitud de trágico espanto.

Un hombre acababa de aparecer entre las cortinas de seda del salón. Y triste, pálido, demacrado espectro formidable y doloroso, la cantante reconoció á Jacobo de Freneuse. Los concurrentes, penetrados por aquel espectáculo y por la actitud de la artista, que atribuían á la inspiración, cuando no era sino terror, prorrumpieron en un transporte de admiración. Pero ya miss Harvey se había aproximado á Jenny Hawkins y cogiéndole la mano preguntaba:

—¿Qué tiene usted, señora, está usted enferma?

—¡Nada! balbuceó la cantante… ¡Nada!

Y con su mirada aterrada indicaba á la joven aquel personaje de pie, inmóvil y sombrío entre las cortinas de seda. El recién llegado sonreía ya, seguro de su poder, y no miraba á Jenny Hawkins. Sus ojos se habían fijado en otra cara cuyas deformaciones seguía con gozo cruel. Sorege, también de pie, se preguntaba si había perdido la razón ó si un milagro había hecho salir de la tumba al que él había metido en ella vivo. Él también había seguido la mirada de Jenny y visto al formidable visitante.

Se pasó una mano por la frente y dió un paso hacia atrás, como para huir, pero de repente vió á Tragomer y á Marenval que le observaban y tuvo la fuerza de pensar: "Me pierdo. Un poco de resolución y salgo de este mal paso. ¿Qué pueden ellos contra mí? Yo, en cambio, lo puedo todo contra él"… Al mismo tiempo el recién venido saludó con la cabeza á Tragomer, que salió á su encuentro, y los dos atravesaron el salón para dirigirse hacia el piano, donde estaban miss Maud y Jenny Hawkins. ¿Hacia cuál de las dos se encaminaban con paso tranquilo? ¿Hacia la dueña de la casa para saludarla ó hacia la cantante para perderla?

Viendo aquellos dos hombres venir hacia ella, Jenny dejó escapar un sordo gemido. Le pareció que su corazón dejaba de latir y que sus pupilas iban á apagarse. No veía y sus oídos no percibían más que ruidos vagos… Confusamente oyó la voz de Tragomer, que decía:

—Miss Maud, permítame usted que le presente á mi amigo sir Herbert
Carlston…

Al oir estas palabras Jenny experimentó una sensación de alivio delicioso y un rayo de esperanza devolvió la claridad á su cerebro. ¿No habría sido juguete de una ilusión? ¿Por qué aquel hombre, que se llamaba Herbert Carlston, había de ser Jacobo de Freneuse? ¿No podía existir una semejanza extraordinaria y terrible? No se atrevió, sin embargo, á mirar al recién llegado, al que adivinaba á dos pasos de ella, y dirigió los ojos hacia Sorege al que vió con terror tan alterado y tembloroso como ella.

En la angustia de su fisonomía vió que el desastre era inminente. ¿También él creía que su víctima había podido escaparse, á pesar de las precauciones tomadas y de las infamias cometidas? ¿No admitía que el Herbert Carlton pudiese ser otro que Jacobo? Ante aquella idea experimentaba tal sufrimiento por no saber á qué atenerse, que quiso, aun á riesgo de perderse, ver á aquel hombre, verle de frente, mirarle hasta el fondo del corazón para descubrir su pensamiento verdadero… Levantó los ojos y miró.

Al alcance de la mano, más pálido aún por aquellas emociones contenidas, y al lado de Tragomer grave y atento, reconoció á Jacobo. ¡Era él! Era aquella mirada, que conocía tan bien, aquel movimiento de los labios que tanto había amado, aquel perfume acostumbrado, que llegaba hasta ella. Se estremeció y, segura ya, esperó resignada su sentencia. No quiso ya resistir á la fatalidad. Una fuerza superior se imponía á ella y después de tanto luchar, de tanto huir, de tanto temer, se replegó sobre sí misma y, pasiva, ofreció la garganta al cuchillo, como la fiera que se ve cogida sin remedio.

Jacobo habló y ya la duda fué imposible.

—Doy doblemente las gracias al señor de Tragomer, puesto que me ha hecho el honor de presentarme á usted, miss Harvey, y me ha procurado el placer de oir á la gran artista miss Hawkins.

—¿Vive usted en Londres, sir Carlton? preguntó Maud.

—Hace una semana. Soy un pobre provinciano y llego de un país al que me habían llevado reveses de fortuna. Me encontraba solo, abandonado é infeliz, pero unos amigos se acordaron de mí y me han sacado de mi desierto. Juzgue usted, pues, de la alegría que experimento esta noche y de mi agradecimiento.

Su voz era tan triste, tan dulce, tan tierna, que Jenny se sintió transida de dolor. Pero su enternecimiento no pudo durar mucho tiempo. Sorege, con una audacia que no debía retroceder ante nada, iba á meterse en la pelea y tomaba la ofensiva.

—Ha cantado usted divinamente, miss Hawkins, dijo mirando á sus adversarios con altivez, y comprendo el placer de este caballero…

Y al decir esto parecía interrogar á su prometida y solicitar una presentación. Miss Maud accedió á su deseo.

—Sir Herbert Carlton, un amigo del señor de Tragomer.

—Lo suponía, dijo Sorege con una ironía soberbia. ¿Pero miss Hawkins no nos hará el obsequio de cantar la segunda estrofa de esa preciosa melodía?

—Yo se lo ruego á miss Hawkins, añadió Jacobo.

Temblorosa ante aquella rápida sucesión de episodios, la cantante pasaba del temor á la esperanza y de éste á la desesperación con una rapidez capaz de agotar todas las energías. Sin embargo, luchaba todavía, y rígida, con su traje blanco, ninguno de los que la miraban hubiera podido sospechar la espantosa tempestad que se desencadenaba en el corazón de aquella desgraciada.

Nuestros personajes formaban en medio del salón un grupo compuesto de tres hombres y dos mujeres que hablaban con una calma y una corrección perfectas. Y, sin embargo, todos eran presa del terror ó de la cólera, sus corazones destilaban cólera y sus bocas contenían difícilmente las provocaciones y los ultrajes.

—Voy á cantar puesto que lo desean ustedes, dijo Jenny Hawkins.

—Colocarse, señores.

Miss Maud, cumpliendo la promesa hecha á Tragomer, cogió una silla y la llevó al lado del piano, á dos pasos de la cantante. Tragomer, Sorege y Jacobo, como si estuvieran de acuerdo, se dirigieron á la puerta de la estufa. Penetraron en ella y Sorege, sin vacilación, con una osadía que asombró á sus interlocutores, dijo:

—¿Pero qué significa esta comedia, Jacobo? ¿Cómo tú, aquí, con un nombre falso y aparentando no conocerme? ¿Qué quiere decir esa desconfianza? ¿Dudabas del placer que tendría en verte? ¿Por qué te has confiado á Tragomer y no á mi desde tu llegada?

En una frase la situación se planteaba claramente y sin ambages. Sorege era audaz, pero Jacobo no podía ya ser engañado, pues le conocía. Por eso contestó tan rotundamente como había sido interpelado:

—Estoy aquí con nombre falso, Sorege, porque soy un desgraciado que no puede llevar el suyo verdadero. Desconfío de tí porque sospecho que contribuíste á perderme y que estás dispuesto á hacerme traición.

—¡Yo! exclamó Sorege. ¡Yo! tu amigo de la infancia, que ha llorado tu desgracia como si fuera suya…

—Y que continúa no haciendo nada para repararla, interrumpió bruscamente Jacobo. ¿Desde cuándo sabes que Jenny Hawkins es la misma mujer que Lea Peralli?

Jacobo le miraba de frente, pero Sorege no pestañeó.

—¿Estás loco? ¿Quién? ¿Esa americana? ¡Lea Peralli! Bien sabes que está muerta. Te engaña una semejanza que á mi también me sorprendió. ¡Oh! Sé que existe un parecido increíble!…

Tragomer le interrumpió poniéndole la mano en el brazo, y le dijo con tristeza viéndole perdido:

—No mienta usted, Sorege. Bien sabe usted que me ha dicho que Jenny Hawkins era Juana Baud… No puede usted salir de este paso sino por la franqueza. Si ha cometido una falta, explíquela sin reticencias, pero no trate de negar, porque es inútil. Cada paso que dé ya en esa vía, le perderá más seguramente…

—¡Me perderá! interrumpió Sorege con violencia. ¡Pero que extraño cambio de papeles! ¿Perderme yo, que no tengo nada de qué arrepentirme?

—Mientras que yo, añadió Jacobo riendo con amargura, he sido condenado como criminal, ¿verdad? Sí, Sorege, tienes razón. Si yo soy culpable, tú eres inocente.

—Pero, Jacobo ¿es posible? ¡Sospechas de mí! ¡Me acusas! ¿De qué?

—Voy á decírtelo puesto que tienes la audacia de preguntármelo, puesto que no has desaparecido al verme para esquivar tus responsabilidades, puesto que, contra toda verosimilitud, luchas todavía. Te acuso de haber sabido desde el primer momento la existencia de Lea, cuando me juzgaban por haberla matado. Te acuso de haber ido á declarar bajo la fe del juramento lo que sabías que era falso, acto que constituye un crimen para todo hombre honrado, pero que en ti, Sorege, mi amigo, mi hermano, como decías hace un momento, es la acción más baja y más cobarde que se puede cometer. Aquí tienes de lo que te acuso, puesto que deseabas saberlo.

Sorege soportó aquel terrible apóstrofe con absoluta firmeza. En realidad no le oía ni tenía necesidad de oirle. Sabía de antemano lo que le diría Jacobo y sólo pensaba en ganar tiempo para reflexionar. Sabe, pensaba, que Lea vive y que ha sustituído á Juana Baud. ¿Pero sabe que la muerta fué Juana? He aquí lo esencial. Si ese punto es todavía oscuro para él, nada hay perdido todavía. Lea está viva pero el vivir no es un crimen. Yo puedo haber sabido su existencia hace poco tiempo. Este es el plan. Y con rapidez maravillosa pasó á ejecutarle.

—¡Locura! ¡Locura! Estás engañado por falaces apariencias. Si no dije nada en el momento del proceso, es porque no sabía nada. Tú has reconocido á Lea en Jenny Hawkins; también Tragomer la reconoció; pero yo estuve engañado más tiempo que vosotros y solamente al fin de mi viaje, cuando Tragomer me encontró en San Francisco, logré descubrir la identidad de la cantante. Pero he sido engañado como vosotros…

Mientras hablaba, Sorege seguía reflexionando y con la destreza de un hábil tejedor entrecruzaba los hilos de su intriga. Es preciso, pensaba, que yo salga salvo de aquí y que hable con Lea antes que ellos. Si lo consigo, le haré comprender que debe marcharse. Si ella desaparece, estoy salvado.

—¡Tú! repuso Jacobo, ¿Tú engañado? No, Sorege. Por una razón que ignoro, tenías interés en no decir nada. Porque no voy tan lejos como pudiera ir, ¿comprendes? y no veo en tí todavía más que un amigo infiel que me ha abandonado en vez de defenderme. Pero si por tu desgracia hubieras sido cómplice…

La fisonomía de Jacobo tomó una expresión terrible, se levantó y resuelto, amenazador, dominando con toda la altura de su cabeza á Sorege encorvado y vacilante, añadió.

—Si has sido cómplice, será preciso que me pagues todas las torturas que he sufrido por tu causa, las oraciones de mi hermana desesperada, las lágrimas de mi madre, cuya vida has truncado…

La cara de Sorege, se contrajo, una arruga de amargura apareció en sus labios y con una rabia que ya no podía contener, dijo:

—¡Basta ya de amenazas! ¡Demasiada paciencia he tenido ya! Si tu madre y tu hermana han llorado, ha sido por tus locuras y nadie es responsable más que tú. Si has sufrido, es porque habías cometido faltas imperdonables. Cesa ya de eludir las responsabilidades. ¿Acaso el presidio ha convertido milagrosamente en un santo á un desgraciado perdido por los vicios? ¿Porque fuiste condenado has adquirido el derecho de acusar á los demás? No prescindamos por más tiempo del sentido común. Hay aquí un hombre honrado tratado indignamente, pero ese no eres tú, ¡Ya estoy cansado de soportar tus ultrajes! Créeme, sé prudente y no abuses de la suerte que has tenido al poder escaparte. El ruido no conviene á todo el mundo. Más te vale vivir pacíficamente bajo el nombre inglés de que te sirves, que llamar la atención de un modo peligroso. Me has rechazado, Jacobo, cuando estaba dispuesto á servirte. Estoy libre de todo deber respecto á ti. Adiós.

Dió tres pasos hacia el salón y ya tocaba con la mano á la puerta cuando esta se abrió por sí sola y aparecieron Marenval y Vesín. Al mismo tiempo que ellos entró en la estufa un soplo de calor perfumado y un rumor de aplausos. Era que Jenny Hawkins acababa de cantar.

—Cierre usted la puerta, Marenval, dijo fríamente Tragomer. El señor de Sorege querría despedirse de nosotros demasiado audazmente, pero nos cree más necios de lo que somos.

—¿Pretenderéis obligarme? exclamó Sorege.

—¡Obligar á usted! ¡Qué violento término! No, queremos continuar la conversación con usted delante del señor de Vesín, fiscal de la Audiencia de París—¡tranquilícese usted!—en vacaciones, y nuestro amigo Marenval, á quien usted conoce bien. Cuantos más testigos haya de lo que hemos dicho y de lo que vamos á decir, mejor. Al contrario de lo que usted decía antes, estamos decididos á hacer todo el ruido posible. Jacobo no se convertirá para siempre en Herbert Carlton á fin de imitar á Jenny Hawkins por medio de esta ingeniosa sustitución. No, Sorege; no caeremos más en sus artimañas. Está usted descubierto y en cuanto Jacobo hable una hora con Lea Peralli, estará en situación de confundirle á usted y de rehabilitarse, puede usted estar seguro.

Sorege hizo un ademán tan amenazador, que Tragomer se puso delante de Jacobo. Estaban cuatro al rededor de él y toda esperanza de escapar era ilusoria.

—¡Miserables! exclamó, abusáis de la fuerza y del número para secuestrarme…

—¡Vamos allá! amigo, dijo Marenval; usted se burla. Llama usted secuestro á estar en una estufa deliciosa con personas bien educadas… Además, si usted quiere, vamos á llamar á miss Maud Harvey y á rogarla que le guarde á su lado hasta que miss Hawkins salga de esta casa y Jacobo con ella. En cuanto los dos se hayan marchado, tendrá usted toda libertad para entrar en los salones y cenar con los invitados de su suegro. No ponga usted, pues, mala cara y todo se hará correctamente.

Sorege pensó: "Si puedo estar libre dentro de media hora, aún podrá acaso arreglarse todo".

—No tengo nada que temer, dijo. Hagan ustedes lo que les plazca. No tenía intención de alejarme de aquí, pero me han insultado ustedes, me han violentado, y cuento con que me concederán una reparación si los que son honrados conservan un poco de valor…

Al hablar así miraba desdeñosamente á Freneuse y parecía provocar á
Tragomer:

—¡Cuidado, Sorege! exclamó Jacobo. No seas muy exigente esta noche, porque acaso mañana te quede tan poco honor que sea hacerte una limosna el responder á tu provocación.

Freneuse cambió una mirada con su enemigo, saludó á Vesín y salió de la estufa. Jenny Hawkins, rodeada de admiradores y con la sonrisa en los labios estaba en medio del salón. Vió de lejos á Jacobo que venía hacia ella y se estremeció, pero no hizo un movimiento. Sus brazos cayeron á lo largo del cuerpo como muertos, y su abanico palpitó entre sus dedos como una mariposa herida. Jacobo se aproximaba con la mirada dura é imperiosa.

Atravesó los grupos y aproximándose á ella logró aislarla entre mis Harvey y él. Empezó por pronunciar algunas frases corrientes de felicitación y en seguida, seguro de que nadie le veía más que ella, dijo secamente:

—Vas á marcharte á tu casa y á esperarme. Dentro de media hora iré. Da orden de que me reciban.

Lea bajó la cabeza y respondió:

—Obedeceré.

—Está bien.

Retrocedió un paso y dijo sonriendo á miss Harvey:

—Nos ha dado usted esta noche una fiesta deliciosa, y miss Hawkins ha cantado de un modo divino.